Sí, mamá

Woman holding a basket of cookies stepping through a glowing magical portal in a forest

El guardián del umbral es una figura arquetípica que, en el esquema del viaje heroico, vigila el acceso al mundo extraordinario. Se supone que, dicho guardián, cumplida su labor, deja de tener protagonismo en la estructura. Digo se supone, porque, como sabéis, las estructuras narrativas son herramientas y, por suerte, no están escritas en piedra. La cuestión es que mi vida, que, como no puede ser de otro modo, sigue la archifamosa estructura de Campbell, supone en este punto, el del guardián del umbral, una particular variación.

Particularísima, diría.

Tanto, que más de un psiquiatra seguro que podría hacerse de oro solo con ese punto concreto de mi biografía.

Y es que mi guardián del umbral me ha seguido en mi peripecia, siempre con la bienintencionada voluntad de recordarme que el mundo extraordinario no es un buen lugar en el que estar y que es mejor que deje mi artefacto mágico, me despida del mentor y mis acompañantes de viaje, me ponga una chaqueta, que ha refrescado, y vuelva sobre mis pasos a lugar seguro, que aquí, en Extraordinario, es mejor no pasar mucho rato.

A lo que yo, ya por costumbre, respondo con un cansado «sí, mamá» y sigo caminando.

Pero de nada sirve porque el guardián del umbral en mi particular odisea es rubia, bajita, de tipo redondita, con voz de pito y más energía que si desayunara pilas duracell cada mañana. Para colmo, es terca —mucho— y cree estar en misión divina, o algo similar, ya que su hija —es decir, servidora— ha optado por el lado del mal y se dedica a leer libros, al estudio, a la enseñanza y, lo que es peor, a la escritura.

Obviamente, ella, que no cree ser en absoluto la guardiana de ningún umbral, sino la heroína de su propia aventura, está dispuesta a salvar a la criatura inocente —yo, de nuevo— antes de que ese invento diabólico llamado cultura me destroce por dentro y por fuera.

Y es que yo no vengo, digamos, de un linaje ilustrado, sino más bien de lo contrario. En mi casa, como en la de los Simpsons, los diccionarios eran calzas para el sofá y lo más parecido a un libro que entraba eran los crucigramas.

Mi abuela, que de todos era la más sabia y guardaba en la memoria más leyendas y cuentos populares que libros tiene ahora mi kindle en la suya, contaba, con horror, que uno del pueblo —en realidad el pueblo es un barrio de Palma, pero eso lo dejo para otra entrada—, hijo del médico, para más señas, enloqueció de tanto leer (aunque a veces era de tanto estudiar). La cuestión es que toda la familia, toda, estaba convencida de que leer y estudiar —mejor no hablemos, por favor, de escribir— era el camino más rápido para perder la cabeza.

Mi padre, que, de todos, era el más sensato, aprendió pronto a no discutir con la sabiduría de mi abuela, porque tenía una caterva de hermanas, primas, primas segundas y parientes lejanas que, con fervor casi religioso, refrendaban cualquier relato. Desde el hombre que murió por beber agua después de una operación —ni siquiera sé cuántas veces he escuchado eso cada vez que intervienen a alguien— hasta las apariciones de la virgen en Lluc, ahora en un mirador, ahora en otro, todas mágicas, todas con final feliz, todas ciertas, salvo que quieras enzarzarte en una discusión de la que no saldrás ileso.

Y mi madre, hija de mi abuela como es, no bebe agua después de ninguna intervención quirúrgica hasta que las enfermeras insisten con vehemencia y más paciencia que santas, no lee libros, no sea que pierda el juicio, y lleva cirios a las iglesias como quien paga favores personales, gracia divina mediante.

Servidora, claro está, según las reglas de ese linaje, ha salido mal.

Ya se veía venir de pequeña, esas notas no eran normales y tampoco que prefiriera quedarme en casa leyendo libros —que vayan a saber de dónde pensaban que los sacaba, porque el concepto de biblioteca no estaba claro tampoco—. Pero de mayor… ¡Qué decepción! Empeñarme en ir a la universidad teniendo un trabajo que me daba un sueldo… Y acabar de profesora ¡de profesora! Como si no fuera poco con mi locura, empeñada también en contagiarla.

Un desastre.

Pero lo de escribir. ¡Escribir! Ya no solo leer, que ya tiene tela. No, no, me dio por escribir… Y mirad que, por más que lo han intentado —y os aseguro que lo han hecho…— no paro.

La pobre mujer, tan dicharachera y optimista como es, está ya desesperada. A la mínima que se descuida, me pongo a teclear. Y si no puedo usar el ordenador, como cuando estaba en el hospital, hasta escribo a mano —¡qué salvaje!—.

Esto explica, claro, por qué no ha podido quedarse en el umbral para impedir que cruzara, sin más. Aunque tampoco ha acabado de transformarse en villana —no del todo…— ni en antagonista —aunque se acerca—.

Haga lo que haga, ella siempre acaba ejerciendo de guardiana del umbral, sin importar si estamos junto a la puerta de entrada o en cualquier otro rincón del recorrido.

Quizás, empiezo a sospechar, he descubierto una nueva estructura narrativa que consiste en enfrentar hasta la extenuación con el guardián del umbral, lo que minimiza cualquier otro aspecto de la aventura. A lo mejor, a la postre, en el momento más oscuro, sirve como arma secreta —¿arrojadiza?— para salir del apuro.

Aunque, en mi caso, me temo, por más guardiana del umbral que sea, la buena mujer sigue siendo mi madre y, al final, siempre es ella la que acaba por darme el bebedizo de recuperación —o resurrección, incluso— cuando en una prueba cualquiera he salido malherida.

Quizás, hasta resulta que he desbloqueado un nuevo arquetipo —muy mallorquín, por cierto— la guardiana acompañante, que, aunque te cure las heridas y te salve más de una vez durante el viaje, tiene como principal función recordarte que comas algo —que te estás quedando en los huesos—, que te pongas una chaqueta y, sobre todas las cosas, compararte con los héroes y heroínas a cargo de sus análogas para poder mostrarte gráficamente exactamente dónde fallas, aunque nadie todavía sabe si es con ánimo de mejora o de hundirte el ánimo a ver si así, de una vez por toda, haces caso y te acabas las malditas galletas.

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