Existen dos tipos de escritores. Al menos, dos, que yo haya identificado, aunque es probabilísimo que existan bastantes más. Muchos más. Pero, para lo que me atañe a mí y a esta entrada, vamos a centrarnos en estos que son, básicamente, los que escriben usando en su mayor parte la mente racional y los que, como servidora, escriben usando el otro lado del cerebro. O, peor, sin usar parte alguna del órgano ese al que le atribuimos tanto la conciencia como el intelecto.
Esta mañana, mientras le daba vueltas a este tema, me ha salido compararlo con la memoria muscular y el típico ejemplo de montar en bici. Por supuesto, nadie nace sabiendo montar en bici, igual que nadie nace con las reglas ortográficas interiorizadas. Tampoco las gramaticales ni mucho menos las sintácticas. Es en la fase de aprendizaje donde la mente racional brilla como ella sola y se zampa todos estos conocimientos cual August Gloop en la fábrica de Willy Wonka. Y poco importa que se trate de un aprendizaje mecánico, como el mencionado de la bici, o aprender a patinar o a escribir, o de uno memorístico, o emocional o del tipo que sea. Pero una vez comprendida la teoría, y, sobre todo, asimilada, hay que volcarse en la práctica y, por el amor de todos los dioses, soltar los manuales de instrucciones, esquemas y plantillas.
Aunque, claro, eso solo aplica al segundo tipo de escritor. El que, digamos, no usa la parte racional de la mente, sino que se deja llevar por las mareas del subconsciente. El primero, se queda en territorio conocido y a salvo con esquemas, manuales, mapas, técnicas. El segundo… Bueno, el segundo, si tiene buena suerte, no se pierde en el abismo de la mente. Con mala suerte, se bloquea durante trece años.
Entonces, querido lector, quizás te preguntes de qué puede servir esta clasificación si, total, solo existe de los dos tipos de escritores mencionados, uno que pueda aspirar al éxito y, sobre todo, evitar los peligros de la inmensidad todavía no cartografiada de la mente, o del espíritu, o de la realidad misma, si es que es eso lo que está ahí afuera.
Sencillo. Uno no elige el tipo de escritor que es. A lo sumo aprende a vivir con ello. Quizás, eso sí, pueda observar y aplicar algunos conocimientos y técnicas de los de, digamos, el otro bando. Pero nunca, jamás, te convertirás en uno de ellos.
Es algo similar a lo de las lenguas maternas. Puedes tener varias, no pasa nada, siempre y cuando se adquieran en un momento dado del neurodesarrollo y con unas condiciones determinadas. A partir de entonces, lo máximo a lo que podemos aspirar, nosotros, los meros mortales, es a aprender una segunda, tercera o enésima lengua. Pero ya ninguna de ellas será como la materna. —Y sí, dejamos también para otros post cómo los idiomas son capaces de remodelar físicamente nuestro cerebro o cómo las lenguas maternas influyen en nuestra comprensión del mundo—.
Así que, digámoslo así, en nuestro idioma materno de escritura podemos ser racionales o lo contrario. Y ambos caminos son buenos. Los dos son interesantes y retadores. Aunque, eso sí, en distinto sentido.
Lo importante, me temo, es saber cuál es el idioma que hablamos para poder perfeccionarlo al máximo y, muy especialmente, no confundirnos al tratar de aplicar normas gramaticales de una lengua vecina.
Personalmente, me ha costado muchos —muchos— años asumir el tipo de escritora que soy y mis motivaciones. Porque, una, al fin y al cabo, es humana y vive entre humanos. Y, ya se sabe, a veces las corrientes son fuertes y arrastran más que la voluntad o la pura necesidad. Y yo, ni más ni menos, creía que quería lo mismo que los demás: escribir, sí, pero también publicar, tener éxito, vender… Todo el cupo completo.
Salvo que cuando lo probé y lo tuve no funcionó. O, mejor dicho, no funcioné.
Pero, por supuesto, entonces, yo no tenía ni la menor idea de que sencillamente hay, como mínimo, dos tipos de escritores. Ya sabes, querido lector, los que escriben con la razón y los que se dejan llevar por las mareas.
Así que, dime, y tú, qué tipo de escritor eres.




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