Mi Muso

Lo confieso, tengo un Muso. Sí, un Muso, que no una musa travestida, y en el más literal sentido de la palabra. No me refiero a una persona que me inspira por los sentimientos que despierta en mí, ni a la inspiración esa que llega trabajando. No, me refiero a un Muso como divinidad inspiradora, como ser mitológico, ya sabéis, como las famosas nueve musas griegas, que, en realidad, no fueron nueve hasta una época muy moderna, y eso de que fueran solo musas y no también musos, está por discutir.

De hecho, sin alejarnos demasiado de la tradición más conocida sobre el tema, se supone que las musas habitan en el monte Parnaso con Apolo o en el Helicón con Dionisio. Estos dos dioses están también, igualmente, relacionados con la inspiración, hasta el punto de que, en muchos sentidos, se les puede considerar como una suerte de musos, de quienes, además, dependen las propias musas. Sea como fuere, la idea de los musos masculinos no es en absoluto nueva, pero a falta de nombres de musos conocidos, y para no faltar ni a Apolo ni a Dionisio, no fuera que se me enfadasen, yo a mi muso prefiero llamarlo así, Muso, con mayúscula.

El acto creativo tiene en sí mismo un punto de locura, requiere dejarse llevar y someterse a las fuerzas de la mente subconsciente, a las emociones desatadas, y cualquier tipo de control o atadura suele acabar abortando la creación. Al mismo tiempo, el creador, el artista, debe vivir en un mundo ajeno al ir y venir de su mente, y, en nuestro tiempo, muy sometido a la lógica, no es de lo más sencillo. Crear, al fin y al cabo, implica mantener una suerte de equilibrio entre el mundo interior y exterior del sujeto que crea. Del mismo modo, aceptar y reconocer a mi Muso implica jugar a los equilibrios en esa fina línea que separa la cordura de la locura, la realidad de lo imaginario, la razón de la emoción, el logos del mito…

Como el propio acto creativo, aceptar y reconocer a mi Muso es, y permitidme la metáfora, como meterse en la misma cama con Apolo y Dionisio, procurando prestar a ambos las mismas atenciones pero teniendo en cuenta diferencias de gustos y preferencias de cada cual, así como las de una misma, para que todos nos divirtamos por igual y quedemos bien saciados. Sí, ya sé que eso puede sonar a maravillosa fantasía, pero creedme si os digo que los dioses son exigentes y a pares pueden resultar no solo agotadores, sino desquiciantes. Baste ver cómo acabó Nietzsche, pobre, después de experimentar similar ménage à trois.

Tener un Muso no es en absoluto una tarea fácil, menos cuando, como el mío, gusta de jugar al escondite para aparecer en los peores momentos y no acudir cuando más se lo necesita. Con un Muso de por medio, hasta la más sencilla de las tareas se complica, porque el único modo de tenerlo -o de que él te tenga- es someterse a sus cambiantes caprichos y desquiciante sentido del humor. Mi Muso, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, tiene una clara tendencia hacia lo segundo, hasta el punto de convertirse en un ser de lo más desquiciante. Con él la famosa máxima de que la inspiración viene trabajando suena a chiste, especialmente, cuando te despierta con urgencia en plena madrugada con la mejor de las historias, a la que sabe perfectamente que no podrás resistirte. No, con él la inspiración no viene trabajando, porque basta que te sientes en la silla para ponerte manos a la obra, para que decida no aparecer y acabes el día con el trabajo más mediocre que has hecho en tu vida.

A mi Muso le da por inspirarme en los peores momentos, como en plena reunión de trabajo, o durante una comida familiar, cuando sabe que de ningún modo podrás prestarle la atención requerida. También tiene gusto por esfumarse si no se hacen las cosas como a él le gustarían, dejándome en la estacada, medio perdida, medio vacía. Su presencia es constante, salvo cuando quieres que lo sea. Y trabaja bien en lo suyo, pero a su manera. Sí, mi Muso es irritante y a menudo insoportable, pero lo cierto es que, sin él, mi vida tendría mucho menos sentido, si es que le quedara alguno, y, además, sin lugar a dudas, sería mucho más aburrida.

Tengo un Muso, y suena raro, en este tiempo de logos, en el que ya no se habla en alto de estas cosas. Además, lo tengo celoso, es Mi Muso, y no soportaría que lo fuera de ninguna otra u otro, porque, en cierto sentido, y volviendo a la dicotomía -que no es tal- de Apolo/Dionisio, podría decirse que yo soy su lado apolíneo y él mi lado dionisíaco, y que todo va bien cuando encontramos el equilibrio. Sea como sea, y ahora que al fin las piezas del puzzle cuadran, no me sonrojo al admitir que tengo un Muso y que no lo cambio por nada.

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Esta entrada fue publicada originalmente en 2012 en Diario de una escritora y en 2013 pasó a formar parte del volumen recopilatorio Aúspice: Una escalera con peldaños hechos de palabras. Ahora el Muso también quiere estar en La Enésima.

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