El susto de salud de hace un mes ha tenido dos efectos positivos. En orden inverso, pero, también de más a menos bueno, son estos: se han abierto las compuertas de la escritura y se ha desvanecido cualquier resto de bloqueo escritor que pudiera quedar y he retomado Atiskaya, aquel universo al que pertenece la novela que abandoné hace trece años. Aunque estoy segura que lo del desbloqueo es consecuencia directa de la decisión de retomar aquella novela olvidada. Bueno, de eso, y de haber vuelto al blog. El blog siempre me desbloquea. El blog es magia. Y es hogar.
Sea como sea, estas semanas he estado enfocada, además de en recuperarme y retomar el hábito de escritura en el blog, en trabajar en aquella novela, a la que a partir de ahora podemos llamar aquí, entre nosotros, la novela abandonada.
De relectura a corrección
Pero lo que empezó como una simple relectura para volver a meterme en la historia, acabó por convertirse en una revisión, primero, y en una corrección, después.
Aunque admito que el proceso fue muy civilizado y nada violento. Más bien al contrario, fue como aquello de la rana en una olla de agua puesta al fuego que se calienta progresivamente. Pues así.
Es lógico, cuando relees, ver una errata aquí, un error allá y corregirlos. Pero, claro, solo estaba volviendo a hacerme con el mundo y con la historia. No prestaba atención a cosas complejas, como la extensión de las frases. Hasta que dos cositas me empezaron a chirriar como una puerta con los goznes oxidados. Y, claro, decidí ponerle aceite.
El problemilla, porque sí, a estas alturas de la jugada ya podemos empezar a hablar en términos de problema, es que para hacer esa pequeña reparación tuve que volver a empezar la relectura del manuscrito, ahora con ánimo de revisora, aunque centrada solo en esos dos detallitos de nada.
Ocurrió que, cuando estaba a punto de llegar al mismo punto en el que antes había decidido volver atrás para, siguiendo con la metáfora, aceitar las bisagras, estaba ya desesperada por otro patrón detectado que, en este caso, sonaba cual muelle viejo de sofá. ¿De qué demonios me servía solucionar el asunto de la puerta si cada vez que me dejaba caer en la butaca un nuevo, molesto e insistente ruido me sacaba de quicio?
Y volví atrás. Y aceité los muelles, además de las bisagras. Y llegué al mismo lugar. Y fue ahora una baldosa que se movía y sonaba al pisar la que de nuevo me hizo regresar a la primera casilla.
Mi arrebato corrector había conseguido que mi manuscrito se transformara en el tablero del maldito juego de la oca y yo no hacía más que volver una y otra vez a la casilla de salida. ¿Qué demonios me estaba pasando?
Mientras tanto, la escritura no se detenía
Por suerte, al mismo tiempo que tenía lugar el drama corrector mi inspiración estaba desbordada y las historias salían de mis dedos hasta sin mi permiso. De lo contrario, seguro, segurísimo, habría acabado por pensar que otra vez estaba bloqueada.
Pero no. Escribir, escribía más que nunca en los últimos años. Tanto que, a veces, hasta escribía en el móvil. Y sí, ya sé que eso es algo más que común entre la generación z y posterior. Pero servidora ya tiene una edad y os aseguro que ocupo una letra del abecedario anterior. No mucho, en realidad, pero sí suficiente para que el teléfono sea el último de los instrumentos a mi alcance para poner en negro sobre blanco mis pensamientos. Y aún así, ahí estaba yo, con los pulgares desbocados a cualquier hora y en cualquier lugar, cuando no estaba escribiendo en el ordenador, la máquina de escribir, el cuaderno, o lo que fuera.
El bloqueo, si lo era, se limitaba a la lectura, reconvertida en revisión, primero, y en corrección, después.
Tres cerebros, una sola tarea y trece años de polvo
Y ahí estaba el asunto. En la reconversión. Para empezar, si me había propuesto leer para reconectar, en eso tendría que haberme centrado. Ni en falta una coma aquí ni una tilde allá. Mucho menos, por supuesto, en escalar la revisión a corrección. Los tres, me temo, son estados diferentes y, como tales, requieren ánimos distintos.
Pero eso solo explicaba el bucle en parte. ¿Qué pasaba con los goznes chirriantes? ¿Y el muelle machacón? ¿Y la baldosa suelta?
Simple. Igual que una casa y sus muebles sufren el paso del tiempo, el estilo de un autor —qué narices, de una persona—, también nota el transcurrir de los años. Y estamos hablando de trece años de diferencia entre la persona que escribió aquel texto y la que ahora, con la mirada actual, lo revisaba y corregía.
Claro que hay puertas que chirrían, muebles que crujen, baldosas que suenan. ¡La casa tiene trece años! ¡Trece años deshabitada! Hay polvo también. Y telarañas. Y a saber qué más escondido en los rincones oscuros, en los conductos, en las cañerías.
El tiempo es tiempo. Y pasa para todos y para todo. También para las historias.
Lo que he aprendido
Pero, por suerte, estas experiencias no dejan solo frustración, sino también alguna que otra lección. Esa es la gracia de todo este asunto de escribir, más allá del puro goce, por supuesto, el aprendizaje.
Y allá va lo que he aprendido en este mes de lectura mal reconvertida en revisión, corrección y tablero del juego de la oca.
- El cerebro que escribe no es el mismo que lee. Mucho menos es el mismo que corrige o revisa. Cada una de estas actividades requiere un estado y un ánimo concretos y mezclarlos no conduce a nada bueno.
- La lectura para reconectar con una historia debe ser libre de juicios y correcciones. Puede parecer que leer con ánimo de corregir u opinar sobre lo que escribimos nos puede ahorrar tiempo, pero es falso, porque activa otras partes de la mente —otras habilidades— que entorpecen el proceso por el que se ha iniciado la actividad.
- La lectura para detectar errores ortotipográficos, gramaticales, sintácticos y lingüísticos en general debe centrarse en eso, nada más. Si ves algo que afecte a la trama, a los personajes o lo que sea, lo anotas y sigues con la tarea principal. De nuevo, funciones distintas, ánimos distintos. Pasa como con las bebidas alcohólicas, por nuestro bien, mejor no mezclar.
- Igualmente, la lectura para detectar asuntos referidos a la historia no debe desviarse hacia cuestiones mecánicas. Se anota lo que se detecte y se deja para cuando toque. Sin más. Sin sentimiento de culpa.
- Respecto a los elementos de la historia es conveniente centrarse en uno por lectura/revisión. Si estamos centrados en la trama, vamos a por la trama. Si vemos cualquier dato referido al mundo, a los personajes o lo que sea, se anota, y se deja para cuando toque. Listos. No hay drama.
- El estilo cambia con el tiempo. Hay que tenerlo en cuenta antes de iniciar cualquier revisión y, sobre todo, haber decidido previamente si vamos a respetar el estilo de aquella antigua versión de nosotros o si vamos a actualizarla. Ambas opciones son lícitas y no creo que haya una mejor que otra.
- Por último y más importante, para tratar de impedir que el proceso, sea de lectura, revisión o corrección, convierta nuestro manuscrito en un tablero del juego de la oca imposible de finalizar, hay que tener muy claro el objetivo de cada vuelta sobre el texto y, más que nada, llegar hasta el final en cada una de ellas. El exorcismo definitivo es acabar cada vuelta que le demos al texto, sin importar que tengamos que añadir una vuelta extra a nuestro proceso.
¿Y a ti, qué gozne te chirría?
Y tú, que también escribes o que llevas tiempo queriendo hacerlo: ¿cuántas veces has vuelto a la casilla de salida creyendo que ya habías avanzado? Cuéntame, si te apetece, cuál es tu gozne oxidado, tu muelle machacón o tu baldosa suelta — ese detalle que te hace volver atrás una y otra vez. Yo, mientras tanto, sigo dando vueltas al tablero. Con una ventaja, eso sí: ahora sé que cada vuelta cuenta, aunque no lo parezca.




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