Estoy escribiendo con un cronómetro en marcha. No, no es que me haya vuelto loca. O quizás sí. Es que, al parecer, en los directos de escritura —muy en la línea de esos de estudia conmigo o trabaja conmigo— lo del cronómetro ayuda. Y, aunque es cierto que yo nunca he usado técnicas de estudio tipo pomodoro, también es verdad que cuando enseñaba historia, filosofía o cualquiera de esas asignaturas con más peso teórico y que requieren horas de codos y cierta memorización, solía recomendárselo a mis alumnos, especialmente a aquellos que más problemas tenían para mantener la concentración durante mucho tiempo.
Ahora mismo mis directos de escritura consisten, básicamente, en escribir frente a la cámara con música de fondo. Y no voy a negar que si los he empezado es por esa necesidad, tan de nuestro tiempo, de estar, muy al estilo Loki, a todas horas en todas partes. Dicho de otro modo, que tienen que verte, que te tienes que mostrar, porque, de lo contrario, eres invisible para el sistema y, por algún motivo que escapa a mi razón, eso es lo mismo que no existir. —Y sí, ese tema da para su propia entrada. Pero mejor dejémoslo para otro día—.
El caso es que, a base de hacer directos casi por imposición del sistema, mi inicial reticencia se ha transformado en gusto. Resulta que el hecho de haberme comprometido conmigo misma a hacerlos, pero, muy especialmente, con quien pueda estar interesado en seguirlos y acompañarme, se ha convertido en un aliciente para ponerme delante del ordenador cada mañana, cuando, bien lo sabe todo aspirante a escritor, siempre parece haber algo más urgente que reclama tu atención.
Porque sí, siempre, siempre, hay imprevistos y la escritura, al fin y al cabo, siempre, siempre, parece postergable. Podemos prometernos que lo haremos en un rato. O, quizá, que nos pondremos por la noche, que es el mejor momento, con la casa en calma —y el cuerpo agotado y la mente saturada—. Y hasta, a veces, nos decimos que mejor escribimos mañana. Aunque, claro, ese rato, esa noche y ese mañana nunca llegan.
Así que esos directos de escritura que tanta pereza me daban ahora son ritual y casi salvavidas. Digo más, son la excusa que necesitaba para poder contestar, sin sentirme culpable, con un rotundo «no puedo, tengo directo», cada vez que alguien —que siempre suelen ser los mismos— trata de invadir mi tiempo de escritura con cualquier cosa que, seamos sinceros, suele importarme un comino, pero a la que, por convención social, no me puedo negar.
Y me encanta esta excusa. Suena profesional, que es a lo que siempre he necesitado que sonara mi escritura, pero lo que nunca he querido que sea. Y, además, esa parte de mí que suele necesitar hacer con y por los demás —que es la misma que me ha llevado a la enseñanza— siente que, de alguna manera, en estos directos, se crea un espacio seguro para quienes, como servidora, escriben pero no se sienten del todo seguros o validados para hacerlo —sí, sí, ese tema merece otra entrada aparte también… Las voy anotando—.
En cualquier caso, el grupo protege. No en vano, somos seres gregarios y el grupo protege. No es lo mismo salir solo a la jungla a recolectar alimentos que hacerlo en grupo. Tampoco es igual escribir solo que en compañía. Aunque la compañía, en este caso, sea virtual. Quizás, deberíamos llamarlo el efecto biblioteca. Ya sabéis, es como cuando es época de exámenes y tienes una pereza monumental y un grupo de amigos convertidos en mala influencia que te proponen mil planes mientras tú tienes que dar el empujón final.
En ese contexto, la biblioteca protege. No importa lo que estén estudiando los demás, ni qué exámenes tienen. Todos estáis en el mismo barco, aunque no os conozcáis y no compartáis absolutamente nada más, porque todos tenéis que estudiar en un momento en el que, seguro, segurísimo, preferiríais estar en otro lugar, haciendo cualquier otra cosa. En este contexto actual nuestro, con demasiados estímulos, demasiadas distracciones, estos espacios virtuales de actividad compartida protegen igualmente. Aunque sea en la distancia.
Y por eso he puesto el cronómetro, porque poco o nada importa que a mí me sirva o no la técnica del pomodoro —en realidad, sin necesidad de cronómetros, cuando estoy escribiendo entro en una suerte de estado meditativo y de abstracción que bien podría caerme un meteorito al lado y no me enteraría—. La cuestión es que puede haber personas a las que sí les sirva y les ayude, de la misma manera que puede servir y ayudar escribir mientras otras personas, más allá de la pantalla, a cientos de kilómetros, están haciendo lo mismo.
Todo esto me lleva a pensar que, quizá, por mucho que hasta ahora me negara a ello, no estaría de más que programara mis directos con una hora de inicio y fin, por aquello de darme orden a mí y a quien pueda interesarle acompañarme en el ratito de escritura.
Igual que van surgiendo otras ideas de escritura compartida, que nada tienen que ver con la enseñanza —líbrenme los dioses de tratar de enseñar a nadie a escribir, que bastante tengo conmigo misma—, pero que no suenan del todo mal y que, de momento, voy anotando en una libreta para ver si, con el tiempo, siguen sonando igual de decentes.
Al fin y al cabo, y esto sí o sí tengo que reconocerlo, prefiero millones de veces cualquiera de estos ejercicios de escritura compartida que la promoción pura y dura de léete mi libro, mira mi historia, compra mi obra.
Tal vez —solo tal vez— el truco para mí siempre fue compartirme tal y como soy, en proceso incluso, sin tanta parafernalia de producto, marketing y todo lo que la acompaña.




Deja un comentario