Desde el infierno —otra vez—

Mujer sentada en el umbral entre un pasadizo infernal con lava y huesos y un salón doméstico cálido, con una fractura de luz magenta y azul dividiendo la escena.

Llevo una semana en el infierno —aunque me temo que puede ser más. Aquí el tiempo es raro—. No importa demasiado cuánto tiempo ha pasado ni cómo he llegado aquí. Las circunstancias, en realidad, nunca son demasiado importantes. Menos todavía las que aluden al proceso, pues ni siquiera matizan la realidad que se vive.

Lo que cuenta es que estoy en el infierno y es exactamente tal como lo recordaba. No ha cambiado nada. Ni una estalactita, ni un pozo de lava, ni una llamarada. Nada. Todo es crujir de huesos y chirriar de dientes. Como siempre. Como debe ser.

Salvo porque el sábado comencé a mirar a mi alrededor y el maldito infierno pareció parpadear y, durante microsegundos, disolverse. Pensé, por supuesto, que era una broma macabra más, parte de mi castigo, otro capítulo de la tortura. Pero el maldito infierno lo hizo otra vez. Se disolvió. Y reapareció. Solo que en esta ocasión fui capaz de atisbar el entorno que surgía en lugar del conocido paisaje: mi hogar.

El parpadeo se repitió el número de veces suficiente para que no tuviera duda alguna de que lo que veía en aquellos microsegundos de suspensión de la realidad infernal era mi casa. Ya sabéis, mi sofá, tan conocido y añorado, en lugar de la chaise longue de agujas y estacas; la cocina en lugar del horno de almas; el aseo en lugar de… Bueno, quizás pueda ahorraros esa imagen.

La cuestión es que aquel maldito infierno que tanto dolía se comportaba como un mal holograma. Y si el espacio era un holograma, nada de lo que vivía y experimentaba era real. Aunque, juro por todas las mordazas, grilletes y látigos de siete colas, que lo parecía y se sentía como tal.

Pensé en tantas, tantísimas, teorías que pudieran sacarme del maldito infierno que ni siquiera soy capaz de recordarlas todas, pero ninguna parecía encajar ni responder a qué estaba ocurriendo hasta que se me ocurrió interactuar con la realidad que, parpadeantemente tozuda, se aparecía a intervalos regulares.

Al principio las interacciones fueron breves y torpes. Solo conseguí arrancar de la nevera un papeluco que resultó ser un horario. En otra ocasión, llegué hasta una carpeta, con varios horarios más, planificadores semanales y mensuales y no sé cuántas chorradas más. En otra de esas, conseguí algo de bebida y comida. Y en otra una muda de ropa —¡menos mal!—.

No fue hasta ayer por la tarde que, al fin, alcancé mi portátil, desde el que estoy ahora mismo escribiendo estas letras. Sí, ya sé que he tardado mucho en enviar el primer mensaje de auxilio y contar mi experiencia, pero creo que todavía estoy en estado de shock con todo lo que he encontrado y, no sin trabajo, reconstruido de los últimos meses y años.

Al parecer, por lo que he podido reconstruir hasta ahora, en algún momento la vida se puso verdaderamente difícil. Mucho. Tanto, que exigió de mí un papel para el que posiblemente no estaba preparada. Aunque, ahora mismo, todavía no sé cuántas veces ha pasado esto mismo. Ya os he dicho que el tiempo, aquí, es raro.

Por lo visto, me vi obligada a dejar de lado las bromas, el juego y la diversión. Después, también el tiempo libre, el descanso sin más en la hamaca, la observación de las estrellas en las noches despejadas. También la lectura pasó a ser funcional y útil o a no ser. Y el trabajo. Y la escritura.

La vida dejó de ser vida y se transformó en carrera extrema de obstáculos con meta móvil. Básicamente como un IronMan en el que la línea de llegada se mueve en cuanto te acercas a ella. No hay sobrecitos de glucosa ni bebida de electrolitos que ayuden con eso, creedme. La celda de barrotes de hueso con calefacción permanente desde la que os escribo es la panacea frente a aquello.

Pero el problema no son las circunstancias que me hicieron ponerme el traje de supergirl y salir a luchar —malos momentos siempre los hay—. Ni siquiera los momentos que requirieron dejar el arte, las risas y las siestas sobre la hierba.

Para nada.

El problema fue —y sigue siendo, si tengo que tomarme como indicativo el hilo musical que combina los grandes éxitos de los payasos de la tele con el chirriar de dientes, los alaridos de dolor ajeno y el crujir de huesos— que, una vez acabada la batalla, no supe comprender que se había terminado.

Aunque, desde aquí donde estoy sentada, viendo el sinfín de celdas ocupadas por almas tan idiotas como la de una servidora, no puedo evitar preguntarme si, en realidad, el resumen no es que yo no supiera quitarme las botas cuando acabó la guerra, sino que vivimos en un mundo, un maldito sistema, cuyo horrible propósito es mantenernos siempre en estado de alerta.

Al fin y al cabo, si tras una batalla comienza otra, para qué quitarse las botas.

Salvo que no todas las batallas son tales.

Solo que ya no sabemos distinguir entre necesito un vehículo para desplazarme y el coche de lujo que nos hacen desear. Entre el bolso bonito y la estúpida cosa carísima para colgarte del brazo con logo de Chanel. Entre unas vacaciones para descansar y el pack premium al último destino de moda.

Excepto que no hablo de coches, ni bolsos, ni de destinos turísticos.

La cuestión es que siempre hay algo mejor a lo que aspirar. Algo más por lo que luchar. Una meta más que, al ser alcanzada, nos brindará la felicidad. Sin que nos percatemos, por supuesto, de la cárcel de hueso, roca y fuego que levantamos a nuestro alrededor. ¿Cómo vamos a verla si ni siquiera somos capaces de apartar los ojos de la pantalla para mirar a nuestro alrededor?

Lo peor de todo esto no es el torrente de lava que pasa por mi lado —demasiado caliente, demasiado cerca—, sino que en algún momento, por algún motivo, llegué a confundir lo que quería con lo que algo, alguien o el maldito sistema me hizo creer que debía querer.

Y una, que es una luchadora nata, empezó a pelear con uñas, dientes y todo lo que tenía. Salvo que cada batalla, cada combate, era solo un bloque más de esta cárcel, un nuevo barrote para mi celda.

Ahora, en pleno mes de agosto —según el calendario del portátil que he conseguido traer desde la realidad—, me pregunto si sería capaz de disfrutar de unas vacaciones de verano igual que antes lo hacía. Aunque, claro, este año no lo sabremos, porque tengo que escribir y entregar un guion para un máster —el cuarto—. Pienso que quizás en algún puente en otoño pueda… Pero no, no seas tonta, tengo que aprovecharlos para hacer cursillos y mejorar el inglés, que es mi bestia negra. Y en navidad, claro, tampoco, es el momento ideal para adelantar los proyectos de escritura serios…

Y aquí y ahora el problema ya no es el látigo, ni la mordaza, los grilletes o la maldita cosa que tira de brazos y piernas hasta que te sientes desmembrar. Ni siquiera la dama de hierro, sus afiladísimas púas y lo mal que huele ahí dentro.

El problema real es que no sé si he perdido la capacidad de disfrutar.

Tal vez ya no sé jugar como antes —con las historias, con las palabras— solo por el placer de hacerlo.

Puede que fuera tanto tiempo el que tuve que estar seria, parecer responsable, comportarme como una adulta, que olvidé cómo se ríe.

Y no puedo evitar pensar que quizá, solo quizá, después de pasar por tanto, puedo haber dejado de ser una persona libre para, sin darme cuenta, convertirme en otra cosa, demasiado parecida al burro que corre detrás de una zanahoria, ignorante de que jamás la cogerá, salvo que el amo quiera, y que, justo después, aparecerá otra, atada al mismo palo, que perseguir como la bestia de tiro que es.

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