La luz de agosto

Primer lunes después de las vacaciones. Qué tonto que se pueda sentir extraña la vuelta a la rutina, aunque todavía no sea ni de lejos la rutina que será en menos de quince días. Pero hasta la luz me parece rara. Diferente.

Aunque puede que no sea la luz la que ha cambiado.

Puede que sea yo.

De momento, me temo, no sé cuál es el cambio, solo que está.

Tampoco sé en qué consiste, pero, si mi alma fuera un puzle, diría que se le han movido piezas. O, tal vez, se han perdido. Aunque también es posible que algunas nuevas se hayan añadido. No lo sé.

Es probable que yo lo note ahora, justo después de las vacaciones, porque ha sido cuando me he dado el tiempo que siempre me niego, pero, sea lo que sea que ha cambiado, no lo ha hecho en esta quincena escasa. Para nada.

Y me da miedo, lo admito, porque, sea lo que sea que me pasa, se siente como una renuncia largo tiempo postergada. Un abandono, que es más, mucho más, que guardar la sombrilla sin sospechar todavía que ya no volverás a usarla.

Jamás he entendido cómo puedo sentir nostalgia por lo que nunca ha sido.

Pero aquí estoy, preguntándome qué sueño se llevará consigo esta piel que se desprende cuando, al fin, acabe la mudanza.

De todo, lo más absurdo es que me siento mal por no sentirme tan mal como creo que debería por esos fragmentos desprendidos, que sin todavía saber qué son siquiera, voy dejando tras de mí, como las chanclas, como el biquini, como el pareo, como el sombrero, como la arena…

En fin, es lunes, y estoy de vuelta. Aunque sigue siendo agosto, la luz es rara, en una maceta de mi balcón ya ha nacido una seta tempranera y no recuerdo dónde dejé la historia que estaba escribiendo.

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