La sonrisa del escarabajo

Este relato es una de las actividades que he presentado para el máster de escritura creativa que estoy cursando. Para probar algo nuevo, lo creé en una sesión de escrirtura en vivo en Tik Tok. No me desagrada el resultado así que no descarto repetir la experiencia.

Al fin conduzco este coche. He estado enamorada del viejo escarabajo amarillo de mi abuelo desde niña. De sus encantadores faros redondos, alegres y traviesos ojillos para mi desbocada imaginación infantil. De su sonrisa metálica, más amplia los sábados que el abuelo nos llevaba a pasear. Pero, sobre todo, de cómo me hizo sentir el día de mi comunión, cuando más que un coche fue una carroza para una niña vestida de princesa.

Al morir mi abuelo, el coche pasó a mi tío Raúl. Nunca monté en él durante aquellos años, aunque las pocas veces que lo vi, su mirada redonda estaba apagada y la sonrisa era tan sutil que casi no la distinguía. Me hacía mayor y la fantasía desaparecía. Después, el escarabajo pasó a mi primo Fernando y nada cambió: estaba siempre en el garaje y solo salía para pasar la revisión. Ahora, mientras lo conduzco a todo lo que da, puedo decir que el celo de mi familia ha dado resultado: las marchas entran como seda, la dirección no se desvía ni un centímetro si suelto el volante, los frenos responden a la primera y apretar el acelerador es un gustazo. En un momento, el escarabajo se ha puesto a ochenta por hora y, sin darme cuenta, casi hemos superado los cien. Nada mal, para mi viejo escarabajo amarillo.

Aparco enfrente de casa y se me hace raro cerrar el coche girando la llave en la cerradura, pero cualquier duda sobre el coche se disipa cuando lo rodeo y encuentro sus brillante ojitos redondos fijos en mí. Una sensación de sorpresa aletea en mi estómago cuando distingo, de nuevo, la añorada sonrisa metálica del coche que tanto he querido y que, por fin, es mío.

Al salir de casa por la mañana tengo que hacer un esfuerzo para no responder a la sonrisa de mi flamante nuevo coche clásico y llevármelo al trabajo. Pero un escarabajo de 1968 no es precisamente el coche más económico para conducir a diario, ni el menos contaminante. Y, aunque en casa no tenga garaje, sé que aquí en la calle está seguro. Así que, me despido de él con la mano y me voy al trabajo en la moto.

Encuentro las llaves del coche lugares extraños. Esta mañana, en la cesta del pan. Ayer, en el baño. Las ganas de salir a pasear con él me juegan malas pasadas. Me encantaría poder hacerlo, aunque solo fueran los fines de semana, pero estoy desbordada de trabajo y no tengo tiempo ni para ese pequeño capricho.

Los faros del coche han vuelto a perder el brillo. Es probable que dormir en la calle sea peor de lo que pensaba y le compro la mejor funda que encuentro. Antes de cubrirlo, lo pongo en marcha y doy algunas de vueltas a la manzana. Menos mal, porque, al encenderlo, ha hecho un ruido raro, como un quejido amargo. Después, lo limpio y le pulo los faros para que, al destaparlo, me mire con esos brillantes ojillos que tanto me gustan. Aun así, al taparlo la sonrisa metálica ha parecido mueca.

Sigo sin tiempo para el coche, pero ya no sé si quiero encontrarlo. Estoy harta de ver las llaves por todo, incluso bajo la almohada. No importa donde las guarde, la caja fuerte o un cajón del trabajo: siempre aparecen a mi alcance.

He perdido la cuenta de las veces que he recolocado la funda. Siempre se se rompe o vuela y los ojos están fijos en mí cada vez que paso a su lado. La boca metálica ya nunca sonríe.

Viejos recuerdos olvidados acuden a mi mente cuando paso a su lado o encuentro otra vez sus llaves y comprendo que no siempre fueron sonrisas ni felices ojos brillantes lo que veía en aquella cara, que nunca debería haber visto.

Últimamente, acelero el ritmo cuando paso a su lado. Y más memorias extrañas y confusas azotan mi mente y refuerzan mis miedos. Hace semanas que no puedo ponerle la funda porque cuando lo intento se le abren las puertas. He lanzado las llaves al mar, pero han vuelto a aparecer en mi cama…

No quiero estar cerca de él y mucho menos conducirlo. Tengo que venderlo.

El anuncio tiene respuesta enseguida y siento tanto alivio como angustia. A las seis en punto el comprador llama a la puerta, esta mañana hemos cerrado el trato y hemos quedado para que recoja las llaves. Abro la puerta y veo al nuevo propietario junto al escarabajo. Sonrío y, por un instante, cuando camino hacia él y le tiendo las llaves, creo que la pesadilla ha terminado. Pero un motor tose, los faros redondos me iluminan. Una violenta mueca metálica desdibuja la boca que se acerca a mí a toda prisa mientras unas ruedas chirrían.

******

Lo vuelvo a leer y no me gusta nada. Lo cambiaría todo. Pero siempre pasa igual y no cambiaré nada. Si en algún momento tengo relatos suficientes para hacer una compilación ya haré labores de corrección y edición. Ahora está sencillamente demasiado fresco y esto es como la pintura, si lo tocas antes de que seque solo lo emborronas…

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Comentarios

Una respuesta a «La sonrisa del escarabajo»

  1. Avatar de De nuevos comienzos, vídeos de promoción y sesiones de escritura en vivo – A La enésima va la vencida

    […] no es mi mejor obra, pero, qué queréis que os diga, tampoco quedó nada mal. Podéis leerla aquí, si queréis, y ya me contaréis qué os parece… Yo, en principio, no sé, estoy […]

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