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  • Benditos errores: La énesima, ya está en línea

    Benditos errores: La énesima, ya está en línea

    Acabo de lazar La enésima por accidente. Sí, sé que hasta suena cómico, pero es lo que he hecho. La web no tiene menú, los pies de página no son iguales, hay enlaces que no funcionan y todavía están ahí las entradas que vienen por defecto con la plantilla…

    Así que, sí, ha sido un error porque el plan del día era pulir todos los detallitos y publicar al menos tres entradas de blog para poder borrar las que vienen con la plantilla, que aquí no pintan nada y, después, solo después, publicar.

    Por suerte, algún duendecillo debe de estar vigilándome y ha decidido hacerme una trastada porque, sin querer, le he dado a «publicar sitio». Y sí, juro que ha sido sin querer, aunque no entiendo cómo puedo haberme no dado cuenta de lo que hacía. Pero es lo que ha pasado.

    En cualquier caso, bendito duende el que ha apretado el botón -o que ha guiado mi dedo, que, para el caso, es lo mismo-, porque, me temo, conociéndome como me conozco, esto habría tardado muuucho en ver la luz, pues, a mi siempre crítica mirada, nunca estaría lo suficiente bien, nunca sería lo suficientemente bueno.

    Así que, gracias manes, lares, penates, genios, daimones, duendes, hadas, kodamas, y todos los seres mágicos que no menciono, pero que pueden darse más que por incluidos en la lista, porque, de no ser ellos, ahí seguiría yo, dedicándome al diseño del sitio web, olvidado -o casi- su propósito, igual que la máxima esa que la perfección es cosa de dioses, no de humanos cabezotas, despistados y demasiado exigentes, como una servidora.

    En fin, que el esto ya está en línea. Ahora toca hacer que todo valga la pena.

  • Del nombre y la identidad

    Del nombre y la identidad

    Sugerencia de escritura del día
    Si tuvieras que cambiar de nombre, ¿cuál elegirías?

    Puedo decir con total convicción que no quiero cambiar de nombre, aunque en muchos momentos lo haya hecho, en parte por obligación, en parte por pudor, pero nunca por gusto. Ahí va la historia:

    Cuento en algún lugar de este sitio que he tenido muchos blogs y que he escrito -y publicado- muchas historias. Y es cierto. Pero también lo es que todo eso lo he hecho con distintos nombres. Seudónimos, decimos los escritores.

    La realidad es que no me gusta mi nombre porque hay por ahí una señora rica que se llama igual que yo y hace que no me encuentren en Google, triste pero cierto. Una autora necesita ser encontrada en redes cuando la buscan e identificada con facilidad cuando la nombran. Si todo el problema fuera ese, me habría cambiado el nombre y listos. Pero resulta que me crié con una familia adoptiva para la que es muy importante que lleve sus apellidos y el nombre que me dieron, que es el de la madre de mi padre adoptivo. ¿Cómo iba a cambiarme el nombre o publicar con seudónimo cuando para ellos eso era el equivalente a un rechazo? Así que, cuando empecé a escribir y publicar lo hice con mi nombre real, a pesar de la coincidencia con la baronesa.

    Después de eso, la cosa se complicó más, porque empecé a trabajar de profesora y no quería que mis alumnos -o sus padres- pudieran identificar a la profe de sus hijos con la persona que escribe ciertas historias. Necesitaba intimidad, discreción, anonimato… Y ahí fue cuando empezó el calvario de los mil blogs y los mil nombres. Casi uno para cada historia, uno para cada género.

    Y digo que fue un calvario porque en toda esa etapa sentía que estaba traicionando de alguna manera a mis padres (que, vale, no son los biológicos, pero eso es insignificante en comparación al amor que me han dado y me siguen dando). Y me temo que, entre otras cosas, esa fue una de las causas de la no continuidad de todos aquellos proyectos.

    Ahora, al fin, he vuelto a aceptar mi identidad, a pesar de la coincidencia con la baronesa, y a publicar con mi nombre. Que, en realidad, sí me gusta, porque es muy español, muy genuino, con un significado profundo y mágico, pero además me liga con mi familia, la de verdad, la que me ama y a la que amo (¿porque eso es una familia, verdad?).

    Aún así, aunque no quiero tener que volver a cambiar nunca de nombre, si no me quedara otra y me viera obligada a hacerlo, de todos los posibles, elegiría el que siempre usaba de pequeña: Helena, escrito así, a la griega. De todos modos, y después de lo vivido, es posible que, si se diera la circunstancia, conservara los apellidos e, incluso, que juntara ambos nombres, para que quedara algo así como Carmen Helena. Y no me suena nada mal, la verdad.

La Enésima

Aquí cultivo letras, a veces nacen historias

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