Del nombre y la identidad

Sugerencia de escritura del día
Si tuvieras que cambiar de nombre, ¿cuál elegirías?

Puedo decir con total convicción que no quiero cambiar de nombre, aunque en muchos momentos lo haya hecho, en parte por obligación, en parte por pudor, pero nunca por gusto. Ahí va la historia:

Cuento en algún lugar de este sitio que he tenido muchos blogs y que he escrito -y publicado- muchas historias. Y es cierto. Pero también lo es que todo eso lo he hecho con distintos nombres. Seudónimos, decimos los escritores.

La realidad es que no me gusta mi nombre porque hay por ahí una señora rica que se llama igual que yo y hace que no me encuentren en Google, triste pero cierto. Una autora necesita ser encontrada en redes cuando la buscan e identificada con facilidad cuando la nombran. Si todo el problema fuera ese, me habría cambiado el nombre y listos. Pero resulta que me crié con una familia adoptiva para la que es muy importante que lleve sus apellidos y el nombre que me dieron, que es el de la madre de mi padre adoptivo. ¿Cómo iba a cambiarme el nombre o publicar con seudónimo cuando para ellos eso era el equivalente a un rechazo? Así que, cuando empecé a escribir y publicar lo hice con mi nombre real, a pesar de la coincidencia con la baronesa.

Después de eso, la cosa se complicó más, porque empecé a trabajar de profesora y no quería que mis alumnos -o sus padres- pudieran identificar a la profe de sus hijos con la persona que escribe ciertas historias. Necesitaba intimidad, discreción, anonimato… Y ahí fue cuando empezó el calvario de los mil blogs y los mil nombres. Casi uno para cada historia, uno para cada género.

Y digo que fue un calvario porque en toda esa etapa sentía que estaba traicionando de alguna manera a mis padres (que, vale, no son los biológicos, pero eso es insignificante en comparación al amor que me han dado y me siguen dando). Y me temo que, entre otras cosas, esa fue una de las causas de la no continuidad de todos aquellos proyectos.

Ahora, al fin, he vuelto a aceptar mi identidad, a pesar de la coincidencia con la baronesa, y a publicar con mi nombre. Que, en realidad, sí me gusta, porque es muy español, muy genuino, con un significado profundo y mágico, pero además me liga con mi familia, la de verdad, la que me ama y a la que amo (¿porque eso es una familia, verdad?).

Aún así, aunque no quiero tener que volver a cambiar nunca de nombre, si no me quedara otra y me viera obligada a hacerlo, de todos los posibles, elegiría el que siempre usaba de pequeña: Helena, escrito así, a la griega. De todos modos, y después de lo vivido, es posible que, si se diera la circunstancia, conservara los apellidos e, incluso, que juntara ambos nombres, para que quedara algo así como Carmen Helena. Y no me suena nada mal, la verdad.

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