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  • El bisturí y la linterna

    El bisturí y la linterna

    Escribir diarios es una magnífica herramienta de autoconocimiento.

    Está demostrado que la diarística tiene múltiples beneficios en el día a día de las personas que la practican, que van desde una mayor capacidad para ordenar el flujo de pensamientos o ayudar en la toma de decisiones hasta el control de emociones como la ira.

    Asimismo, este tipo de escritura sirve para mejorar la expresión escrita, obviamente, pero también la oral. Y, sí, además ayuda a acostumbrar a nuestro terco cerebro a crear hábitos, al mismo tiempo que, cómo no, se desarrolla la creatividad.

    Una maravilla, vamos.

    Salvo que se convierte en asquerosamente sencillo y hasta automático una vez que conoces la técnica, consistente, sin más, en extraerte el corazón, plantarlo sobre un folio y observar las hermosas formas que dibuja el chorro de sangre.

    Por supuesto, los diaristas avanzados no se quedan en la mera observación del órgano vital. Qué va, ellos también lo diseccionan, para un mejor conocimiento de su morfología y análisis detallado de cicatrices y heridas, así como su evolución. Los más avezados, además, suturan, pegan, parchean, remiendan y hasta rediseñan la víscera durante el proceso.

    La última fase es la más sencilla, aunque, a priori, puede imaginarse compleja. Consiste en devolver al órgano vital su aspecto y forma anterior —con los correspondientes ajustes y remiendos que se hayan realizado, por supuesto— y reintroducirlo en la cavidad torácica. La facilidad de este último paso se debe a que el peso extra con el que cargaba el órgano se ha quedado sobre el folio, lo que supone un considerable alivio casi instantáneo para el devoto escribiente practicante de esta técnica ancestral.

    Eso sí, el último remiendo de carne y pellejo para disimular la vivisección y poder así reincorporarse con normalidad a la vida es el más peliagudo. Los expertos no se ponen de acuerdo en el motivo por el cual esa última fase de tan íntima y compleja operación, siendo en apariencia el más sencillo, es, en realidad, el más difícil de realizar; aunque en las páginas perdidas de famosos practicantes de este noble arte se insinúa que lo complejo no es ese remiendo final, sino el acto de volver a la vida con normalidad, conocedor de los estragos que ambas, vida y normalidad, causan en tan delicado órgano vital.

    Servidora, y este blog lo atestigua, cree que los beneficios de la diarística superan con creces cualquier posible inconveniente, incluidos los de los ajustes finales y el disimulo autoimpuesto.

    Tanto es así que, una vez más, me temo, sospecho que la práctica de este tipo de escritura me está despistando de la escritura de ficción. Bueno, vale, no es del todo así. No es tanto que me despiste como que, digamos, me basta.

    Es como cuando, de pequeña, mientras mi abuela preparaba el almuerzo me decía aquello de no comas ahora nada, que si te llenas con pan después no tendrás hambre para la comida. Y, en efecto, así era, aunque era incapaz de resistirme al currusco de pan…

    Pues ahora me pasa lo mismo. Escribo diario y me sacio. Igual que con el pan. No alimenta igual que el plato elaborado, pero llena lo suficiente para que, después, ese plato riquísimo ya no pase. ¡Y cómo molestaba eso a mi abuela! Aunque no es de extrañar.

    Sé, por experiencia, porque una ya es perra vieja, que por más que intente dejar de escribir diario, el diario siempre sale. Se impone a todo. No importa lo que haga. Así que la solución no puede pasar por volver a tratar de dejar de escribirlo —ya sabemos que la última vez que intenté algo así también dejé de escribir ficción, así que no sirvió para nada. O, al menos, para nada bueno.

    Creo que la clave puede pasar por cambiar el orden, no por vetar un género. Ahora, lo primero que hago por la mañana, después de la ducha, la cama y el café, es abrir el blog y escribir. Eso está más que interiorizado. Pero, en pos de la libertad creativa, en ningún momento me he propuesto escribir un tipo de entrada u otra. La cuestión es que, por lo general, lo que sale, es lo fácil, que, en mi caso, obviamente, es abrirme el pecho de par en par, sacarme el corazón y… Bueno, ya os he dicho como sigue.

    Lo curioso es que la ficción, le pese al que le pese, consiste en lo mismo. Hasta puede que sea más bruto y pase no solo por extraerse el corazón, sino también el cerebro, pero tratar de convencerte, durante la disección, de que ambos órganos pertenecen a un personaje de ficción. Al fin y al cabo, en teoría, siempre es mucho más sencillo mirar la oscuridad ajena, y, con esa treta, nos autoengañamos para ser capaces de observar la propia.

    En fin, que la cosa va igualmente de vísceras y de oscuridad propia. Lo único que cambia es el enfoque o, si se prefiere, el modo de acercarse. Habría quien aludiría a la linterna como elemento de cambio real entre ambas técnicas, pero hoy estoy demasiado cansada para trabajar esa metáfora.

    El caso es que, mi problemilla, no es de género, ni de pereza, y, creo, ni siquiera de linterna. Es, más bien, una cuestión de hábito o, si se quiere, de automatización. Hasta puede que olvido. Porque no me extrañaría que una parte de mí se preguntara para qué fingir que las vísceras objeto de estudio son de otro si, en realidad, yo ya sé que son mías.

    Pero resulta que ayer encontré la respuesta a esa duda. Y ahora, escribiendo, acabo de encontrar otra. La reciente es fácil: quién me dice que desde la consciencia de que se trata de mi oscuridad estoy enfocando en todos los rincones… Y ahí vuelve la maldita linterna. ¿Os he dicho alguna vez que no controlo en absoluto mis malditas metáforas? Pues no lo hago. Y quizá esta falta de control sobre las metáforas es la verdadera respuesta: o qué demonios es la ficción sino una metáfora de la maldita realidad.

    La primera respuesta, la que encontré ayer, menos metafórica y, por lo tanto, más sangrante y visceral, decía algo así como que escribir ficción tendría que ser casi una obligación —y sin casi— para alguien que dice amar los mitos y las dichosas metáforas. ¿No son acaso los mitos metáforas? ¡Pues claro! ¡Todo lo que importa en esta maldita vida es, en realidad, una maldita metáfora! Y el que se queda con la interpretación literal de lo que sea, lo siento, pero es que no ha entendido ni la mitad de las capas de la dichosa cebolla que es la realidad que habitamos.

    Es más, si me pongo solemne con el rollo vocacional y esas cosas, me sale confesar que tal vez todo pase por contar esos mitos que tanto me obsesionan. Y no, no hablo de hacer retellings, sino de otra cosa, bastante más metafórica.

    Lo mejor es que ya lo estoy haciendo. Lo hago con el guion de largometraje que estoy escribiendo, con los universos que tengo abiertos en canal y los que ni siquiera he empezado ni a abrir.

    Y por eso, seguramente, con cambiar el orden basta. Con no comer pan y llenarme antes de comer, sea suficiente.

    Por eso, a partir de mañana, lo primero que haga, después de la ducha, la cama y el desayuno, no sea escribir diario, sino dejar el bisturí y volver a coger la linterna. O, dicho de otro modo, centrarme en mis metáforas.

    Y el diario… Bueno, no tengo pruebas, aunque tampoco dudas, de que el diario sobrevivirá. La diarística, a pesar de sus muchas virtudes, es como las cucarachas… Absolutamente nada las mata.

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  • Me gusta mi trabajo

    Me gusta mi trabajo

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-004
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 4
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 21/07/2026 Escritura
      • 21/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    La idea de esta entrada nació cuando a principios de julio empecé a repasar todo el material que tenía acumulado sobre este guion y, en la versión más avanzada, me di cuenta de que la protagonista parecía una antisocial y que era necesario darle algo más de contexto fuera de la trama para solucionarlo. Entonces plasmé la idea en una línea y seguí trabajando hasta que llegara el momento de redactar una primera versión. Y ese momento ha sido hoy.

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  • La llave de la taquilla

    La llave de la taquilla

    Hay días que empiezan mal y lo único que se puede hacer con ellos es aceptarlos e intentar navegarlos como buenamente se pueda.

    Yo hoy estoy teniendo uno de estos.

    Y no es que pase nada.

    Pero al mismo tiempo pasa todo.

    Y, además, tengo que devolver la llave de la taquilla de mi trabajo en Ibiza. Porque ya no es mi trabajo, claro. Porque yo decidí irme para volver a casa.

    A pesar de que en realidad ya no tengo ni la menor idea de qué es casa ni dónde está.

    Porque, en realidad, ya no tengo la menor idea de nada. Y a estas alturas creo que ya ni siquiera sé qué es lo que no sé.

    Pero la llave de la taquilla está en Ibiza. Como buena parte de mis cosas. Como la vida que, quizá, no estaba tan claro que quisiera cambiar.

    O sí. Y lo que habla por mí ahora es el miedo de volver a empezar, en otro centro, con otra gente.

    O, peor, el vértigo de volver a un lugar que una vez fue tan tuyo que eras incapaz de imaginar otro, pero que ahora ya no reconoces y se ha convertido en el reflejo de lo que ya no eres y de lo que tampoco quieres volver a ser.

    Tal vez no le pasaba nada al día.

    Nada.

    Quizá, no ha sido por culpa del día que se haya caído esa taza ni de que te hayas golpeado el pie mientras hacías la cama.

    Tampoco ha sido el día el que ha fastidiado una de las cámaras justo al empezar el directo en TikTok, ni mucho menos el que esté haciendo que me esté costando tanto escribir esta estúpida entrada.

    En ningún momento ha sido el día.

    La culpa es de la maldita llave de la ridícula taquilla.

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  • Cuando las estrellas se alinean

    Cuando las estrellas se alinean

    España ha ganado el mundial de fútbol 2026 y estoy muerta de sueño. Feliz, sí, pero dormida. Aunque, en general, la felicidad gana al cansancio, en especial si tenemos en cuenta que la última vez que España se proclamó campeona del mundo de fútbol masculino, servidora escribió su primera novela.

    Y ya sabéis que yo no creo en las casualidades sino en magia, alineaciones planetarias y eventos astrológicos. En este preciso momento, lo cierto es que tanto me da si el evento es astrológico o deportivo para que pase a considerarlo no solo señal, sino profecía. Aunque es posible que todo esto sea a causa de la falta de sueño.

    No es de extrañar si tenemos en cuenta que la cosa acabó más allá de la medianoche y después del partido yo estaba tan emocionada que no era capaz de irme a dormir. Creo que han sido las tres y media de la madrugada cuando he mirado el reloj por última vez y, mientras escribo estas líneas, faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Así que he dormido más bien poco y una ya no es una niña como para aguantar noches en vela.

    Y, a pesar de todo el cansancio, la alegría está por encima, porque, ya no solo como española, sino como profesora de español y escritora en español, siento un especial orgullo porque la final se hablara en español en una competición en la que se intentó vetar y humillar a este idioma, que es el segundo en el mundo por número de hablantes nativos.

    Debo admitir que estoy muy cansada de la guerra cultural de algunos países contra todo lo que huele remotamente a España, aunque no por hastío voy a dejar de defender la lengua y la cultura de este país. Y, precisamente por eso, me alegré muchísimo cuando Argentina ganó a Inglaterra y pasó a la final.

    De todo corazón, para mí todo lo que sea vencer a Inglaterra me parece bien, en cualquier contexto. Pero en este caso en concreto me pareció especialmente elocuente justo por cómo se quiso humillar al español en esta competición por motivos ideológicos y políticos de la más baja categoría. Para mí que la final fuera entre dos países cuyo idioma era el español era ya, en sí, una enorme victoria. Sin contar que Argentina es una leyenda y jugar la final contra ellos era un hito histórico, fuera cual fuera el resultado.

    La sorpresa me la encontré al observar la reacción del otro lado. Lo que yo pensaba que sería alegría compartida porque dos países, desde mi punto de vista, hermanos se jugaban la final resultó no serlo.

    Y no voy a entrar en las estupideces desde el punto de vista histórico que se llegaron a decir sobre el periodo imperial español, a eso, por desgracia, ya estamos acostumbrados. Ni siquiera en los agravios casi personales. ¿De verdad Argentina no se alegró de que, después del intento de humillación internacional al idioma y cultura que, aunque les pese, compartimos, acabara siendo un derbi entre equipos de habla hispana?

    Me consta que aficiones de otros países hispanoamericanos sí se alegraron por eso y muchos decidieron animar a España. Pero también he escuchado estupideces de parte de anglófonos —y, sí, estadounidenses— defendiendo que la verdadera final era el partido por el tercer puesto entre Inglaterra y Francia, porque por lo visto eran incapaces de tolerar cualquier otra cosa.

    Y ya sé que llevamos en los genes la desunión y que, siendo hermanos, como somos, hemos transmitido al otro lado del charco eso de la sangre cainita, que diría Sabina. Pero por desunidos y enfrentados entre nosotros que estemos por lo general los españolitos en la piel de toro, solemos unirnos ante el enemigo común —que se lo pregunten a Napoleón—.

    Imagino que por eso me sorprendió y hasta dolió la reacción de Argentina en su pase a la final —no sé ahora, unas ocho horas después de finalizar el evento, cómo llevarán el duelo—. En cualquier caso, supongo que, por costumbre, esperaba cierta alegría colectiva en el marco lógico de competitividad sana, porque, al fin y al cabo, esto es una competición deportiva.

    Repito, esto es una competición deportiva.

    Aunque siento que, en realidad, aquí se han puesto sobre la mesa muchas más cosas que únicamente las relacionadas con el deporte. Empezando por esa absurda idea de mantener el español fuera del evento y acabando por los que pensaban que se estaban vengando de sus colonizadores —y ya he dicho que no entraré en esta discusión porque creo que coger un libro de historia está al alcance de cualquiera—.

    Sea como sea, y a pesar de las pocas horas de sueño, aquí estoy yo, escribiendo la entrada del blog del día sobre el único tema posible hoy. Porque, a pesar de todas las trabas políticas y deportivas —por favor, que nos anularon dos goles…—, España se ha proclamado campeona del mundo de fútbol masculino. Y la última vez que pasó eso yo escribí una gran novela.

    Quizá, si España contra pronóstico puede conseguir una segunda estrella, tal vez también yo sea capaz de remontar, después de todo.

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  • Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

    La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

    Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

    Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

    La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

    Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

    Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

    Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

    Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

    Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

    Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

    Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

    Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

    Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

    Y esto me parece absurdamente cruel.

    Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

    Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

    Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

    Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

    Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

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  • Un día tonto

    Un día tonto

    Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.

    Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.

    Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.

    Dice mi psicóloga que esa angustia es, en realidad, ansiedad. Que no me apure, que es el mal de este siglo, que padecerla me hace más normal, más del montón, que es, según le digo una sesión tras otra, lo que más deseo ser. Que la terapia ayudará. Que me centre en el presente. Que deje seguir su curso lo que no está en mi mano y no puedo controlar.

    —Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—

    Ansiedad y un poco de trauma, ese creo que es el diagnóstico, para nada espectacular, pero sí bastante tocanarices, cuando de funcionar con normalidad se trata. Y sí, la meditación ayuda. Pero no es suficiente —o quita más tiempo que tranquilidad te da—. También ayudaba el deporte, hasta que el cuerpo dijo basta. Y el yoga…

    Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?

    O, tal vez, quién sabe, tendría que aprender a fiarme de mi ecolocalizador interior y comprender que si tengo un día tonto, quizás sea porque el cuerpo y el alma me piden un poco de recogimiento y calma.

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  • Las últimas instrucciones de Toni

    Las últimas instrucciones de Toni

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-003
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 3
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 01/07/2026 Escritura
      • 17/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    Soy consciente de que esta escena tendrá que sufrir variaciones durante el proceso de escritura por su longitud, pero me encanta porque no solo se ve la relación entre Toni y Xicu, que para mí es una parte fundamental de la historia, sino también porque, por primera vez, se ve a la criatura, y eso siempre es emocionante.

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  • A golpe de tecla

    A golpe de tecla

    Me he metido en un berenjenal. Aunque para alguien que usa la metáfora del huerto, el jardín y las plantas para hablar de su escritura quizás no sea algo malo.

    Resulta que desde que empecé a hacer directos en TikTok tenía una idea que me medio obsesionaba: aplicar a la escritura lo que veía que muchas chicas hacían en YouTube y Twitch con el estudio, como sesiones de estudio en directo, bajo el título de «Estudia conmigo», con musiquita de fondo, un set bonito y aplicando la técnica pomodoro, que consiste en alternar periodos de trabajo y descanso. Mi ideal, cuando estoy estudiando, son las sesiones de cuatro tandas de cincuenta minutos de trabajo y diez de descanso. Para escribir, mi ideal es la mitad.

    Ayer, mientras estaba en el directo, que, fiel a mi obsesión, suelo titular «Escribe conmigo», una chica me preguntó cuál era la dinámica, a lo que yo respondí que, de momento, ninguna, pero que mi idea era la de copiar las sesiones de «Estudia conmigo» y aplicarlas a la escritura. La idea le gustó y, bueno, ya sabéis que a mí me basta poco para venirme arriba.

    Y aquí estoy yo hoy, escribiendo esta entrada durante la primera sesión oficial de «Escribe conmigo» de mi canal de TikTok —¿lo de TikTok se llama también canal o tiene otro nombre? Tendré que investigarlo—, mientras un cronómetro se come la primera mitad del tomate y hay más gente en mi live de la que ha habido nunca.

    Debo decir que, para la ocasión, siguiendo la idea de trasladar a la escritura lo que veía en el estudio, he hecho un fondo de pantalla precioso para el directo, muy cuqui él, pero en el que, además, de un vistazo puede verse en qué consiste la dinámica.

    Y creo, sinceramente, que de la misma manera que esas sesiones de «Estudia conmigo» son más que útiles para el estudio, también lo pueden ser para la escritura.

    Esos canales dedicados a las sesiones de estudio en directo con la técnica pomodoro son especialmente útiles cuando uno está embarcado en un proceso largo, extremadamente exigente y muy competitivo, como, por ejemplo, una oposición. Pero también para las épocas de exámenes de bachillerato, ciclos formativos superiores y universidad.

    Sirven porque, por un lado, ves que no eres la única persona que estudia y está sometida a un ritmo y a unos niveles de exigencia que no son los habituales. Y, seamos sinceros, no es lo mismo sufrir en solitario que hacerlo en compañía. Ese es el otro factor de utilidad. Al principio te puede parecer que solo tienes un canal de fondo, como quien tiene la tele sin sonido o música a un nivel bajito. Pero, poco a poco, vas conociendo a la persona que conduce los directos y, sobre todo —y esto es lo más importante—, a los asistentes habituales. Y el estudio deja de ser un sacrificio solitario y pasa a ser otra cosa.

    Pero hay algo más. Estos directos suelen tener una estructura clara y, más importante, unos horarios definidos. Por ejemplo, de lunes a viernes de nueve a dos. O de diez a doce, que es el horario que me he puesto yo para probar. Y eso es oro en un momento en el que tienes que organizarte tú contigo misma, sin más motivación que la ilusión inicial por el proyecto que sea y una fecha de examen generalmente muy lejana.

    Tampoco hay que olvidar que en los estudios, me da igual que sean los estudios oficiales normales o un proceso selectivo, por más que te esfuerces, no tienes nada asegurado, así que es muy importante —importantísimo— ser capaz de mantener la motivación suficiente a lo largo del tiempo para sostener el esfuerzo necesario sin flaquear. En ese contexto, saber que al otro lado de la pantalla hay un grupo de personas, o incluso una sola, con la que compartir el proceso y las sesiones, ayuda, y mucho.

    Con toda esta exposición supongo que nadie se sorprenderá si digo que cuando preparaba mi oposición yo participaba en sesiones de «Estudia conmigo» de distintas plataformas y que me ayudaron muchísimo.

    Y, por el mismo motivo, imagino que cualquiera puede suponer las enormes similitudes que veo entre las dos situaciones: estudiar es solitario, requiere de mucho esfuerzo, sacrificio y motivación. Escribir también. Cuando estudias, por mucho que te esfuerces, nadie te puede garantizar el éxito en el proceso que sea que estés participando. En la escritura tampoco hay nunca éxito garantizado. En el estudio la buena organización y unas rutinas adecuadas son imprescindibles. En la escritura —sí, lo adivinaste—, también.

    Las mayores diferencias que veo entre el estudio y la escritura son, por un lado, la competitividad, pues parece que los escritores competimos entre nosotros para conseguir el éxito; por otro lado, el mito del escritor solitario. Que es, por cierto, tan falso como el mito del escritor sufridor, aunque de este último ya hablaremos detalladamente en otro post.

    Ambas ideas, tanto la de la competitividad como la del escritor solitario, me las ha desmontado el mundo de la escritura de guiones audiovisuales. No es que los guionistas no compitan entre ellos —claro que lo hacen—, es que entienden que su trabajo no es solitario ni existe aislado en el mundo. Más que eso, lo más habitual es el trabajo conjunto, en equipos formados por múltiples profesionales. Cierto es que, en ese sector, el ego lleva la etiqueta de director. Pero, al menos, la industria del cine y la televisión entiende con facilidad la importancia del otro en el proceso y en el valor del resultado.

    El mismo mecanismo sirve para exorcizar la idea del escritor solitario encerrado en su torre de marfil. Aunque, en la actualidad, es un mito absurdo, que no se sostiene de ningún modo si tenemos en cuenta el funcionamiento de la industria editorial, que ha convertido el trabajo del autor en algo mucho más colaborativo y cooperativo de lo que el cliché que todos tenemos en mente nos deja imaginar.

    Aunque, dicho sea de paso, para mí la escritura nunca ha sido tan solitaria. Sí, íntima, por supuesto. Y a veces, muchas, nocturna, desvelada. Pero también existente en grietas del día a día, ya sea, cuando eres profe, en el ratito de una clase en el que te aburres o, cuando eres alumno, en ese momento en el que el profe no mira… Y, a veces, en minutos robados a la vida, en el coche, recién aparcada, cuando has llegado cinco minutitos antes. O los días de ruido, en una escapadita rápida al lavabo para ocuparse de unas necesidades que no son físicas, sino del alma, del espíritu, o lo que sea ese fuego que tenemos dentro y que tanto necesita salir en forma de palabras.

    En cualquier caso, servidora, ya lo sabéis, tiene vocación de juglar, casi más que de trovador. Lo mío es —siempre lo ha sido— la plaza del pueblo, el conectar para enriquecerse y el contar para entretener y devolver lo ganado. ¿No es pues, lo propio de un alma de juglar actual escribir en línea, junto a más personas que sienten la misma pulsión y a otras que solo quieren estar, mientras la obra nace, a golpe de tecla, a modo de moderna cuerda de laúd?

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  • Lo que guardan las familias

    Lo que guardan las familias

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-002
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 2
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 01/07/2026 Escritura
      • 16/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    Es una de las escenas que más me gustan porque, después de varios borradores del guion centrados en un personaje masculino, al fin, la historia se centra en Savina, que es la verdadera protagonista de la historia. Y además, aquí la vemos en su ambiente, en su vida cotidiana, y eso me encanta porque creo que es uno de los personajes femeninos más ricos que he escrito.

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  • Mudarse al refugio

    Mudarse al refugio

    Llevo días volcada en la puesta a punto del blog. Aunque no sé si, más que puesta a punto, debería llamarlo reestructuración. O, quizá, reforma. Al fin y al cabo, lo que estoy haciendo es transformar en un hogar mi pequeño refugio digital.

    Hasta ahora, La Enésima había sido como una casita en el campo a la que acudir de tanto en tanto para reconectar conmigo misma. Era acogedora y tenía todo lo que necesitaba para estancias breves. Y me encantaba ir a pasar mis ratos libres. Pero no era un hogar. A lo sumo, una casa de vacaciones o, si me apuras, de fin de semana. Poco más.

    Lo que estoy haciendo ahora es mudarme ahí, del todo, con todo lo que eso implica, y sin una casa en la ciudad que articule la vida o a la que regresar si todo sale mal.

    Aunque, por supuesto, si todo sale mal, siempre puedo volver a empezar.

    Eso, creo, es algo que he aprendido en este último año en el que la vida se me ha puesto del todo patas arriba. Solemos vivir como quien se lo juega todo a una mano y sin posibilidad de pedir más cartas. Pero la realidad, por dura que sea —y puede ser durísima—, es mucho más flexible de lo que solemos pensar. Mucho más.

    Eso sí, empezar de cero da vértigo. Mucho. En especial cuando sientes que ya tienes algo construido y quieres conservarlo. Por ejemplo, este blog. No lo estoy estropeando, lo estoy ampliando, adaptándolo a mi momento actual o incluso, quizás, mejorando. Pero no voy a mentir, me daba pánico dar este paso porque el cambio, por leve que fuera, podía suponer perder el refugio que con tanto esfuerzo había construido y, sobre todo, que tanto bien me hacía —y me sigue haciendo—.

    Igual que me daba pánico cambiar la forma de distribución de mis libros publicados y que dejaran de estar en exclusiva en Amazon, aunque hace años que las ventajas de esa exclusividad dejaron de serlo para mí. También me daba pánico publicar en el blog el guion en el que estoy trabajando, porque el formato es muy distinto, porque es un proyecto en curso, porque, porque, porque…

    Siempre es igual, miedo versus oportunidad. Pero no miedo a que la oportunidad que sea no salga bien. Eso lo podemos tolerar con sorprendente facilidad. El miedo real es a perder lo que sea que tenemos y a que no haya nunca, jamás, ninguna otra oportunidad, ningún otro camino, solo vacío.

    Al final, me temo, es a ese vacío informe al que tememos. Un vacío que ni siquiera está claro que sea real, pero que se alimenta de todos nuestros pequeños miedos concretos.

    Y es posible que no exista una fórmula mágica para hacer frente a ese vacío o, siquiera, a esos pequeños miedos que se nos acumulan en el pecho, en lo más profundo de las tripas o nos anudan la garganta. Pero sí hay una certeza: nunca sabremos cuál es nuestra última mano hasta que lleguemos a ella. Y si esta en la que estamos no es nuestra última jugada, poco importa ganar o perder. Siempre podemos volver a pedir cartas. Siempre podemos volver a empezar. Aunque sea de cero.

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  • Prólogo

    Prólogo

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-001
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 1
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 01/07/2026 Escritura
      • 15/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    Esta es la cuarta versión del prólogo de El Fameliar y, por ahora, una de las que más me convence. La escena pertenece todavía a la primera fase de escritura: está construida desde la acción y la atmósfera, y se dialogará más adelante.

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  • La promesa de Kronos

    La promesa de Kronos

    Las noches en casa de Julia eran tranquilas, salvo cuando los nietos se quedaban a dormir. Tras la cena, con los ojos aún despiertos, pero los cuerpos cansados y las jóvenes mentes llenas de sueños, empezaba la conocida cantinela:

    —¡Abuela Julia, abuela Julia!

    —Dime, Eva, querida —respondía Julia, cómplice, a la mayor de sus nietos.

    —¿Vas a contarnos un cuento esta noche?

    —¡Sí, sí, abuela, cuéntanos un cuento!

    —Ya sabes, Matías, cuál es la norma para los cuentos.

    —¡Síiii! —respondió a voz en grito Miguel, el pequeño de los hermanos—. ¡Ir a dormir sin protestar!

    —¡Y ponernos solos el pijama! —apuntó Matías.

    —¿Y qué más? —preguntó la abuela a sus emocionados nietos mientras los conducía al gran dormitorio con literas que los cuatro compartían.

    —Lavarnos las manos, los dientes y la cara —respondió Eva, que ayudaba a su abuela a conducir a los pequeños hacia el cuarto de baño del dormitorio compartido.

    —¿Y qué más, querida Diana?

    —No interrumpir y dejarte contar la historia a no ser que nos hagas alguna pregunta —recitó la niña enfurruñada por esa nueva norma establecida en exclusiva para ella.

    —Eso es… —dijo Julia, la abuela, mientras preparaba los pijamas y abría las camas de los pequeños que estaban aseándose en el cuarto de baño.

    —¿Entonces, habrá cuento hoy, abuela Julia? —preguntó Eva, que ya había salido del lavabo con los pequeños y estaba ahora ayudándolos a desvestirse para que pudieran ponerse el pijama—. Nos hemos portado todos muy bien y hasta Matías se ha terminado los guisantes de la cena.

    —Cierto…

    —¡Eso es que sí! —gritó Diana desde el baño, con la boca llena de pasta de dientes.

    —Es posible —tanteó la abuela mientras los pequeños terminaban de ponerse el pijama y Eva, la mayor, hacía lo propio con el suyo—. Pero solo si mis cuatro nietos están en la cama en el momento de empezar.

    Eva rió con disimulo mientras terminaba de ponerse el pijama y su hermana salía corriendo del baño al grito de «¡Voy, voy, voy!». La pequeña Diana se quitó rápidamente los zapatos y la ropa, y a más velocidad que nunca, se puso el pijama y se metió en la cama.

    —¡Lista! —anunció Diana.

    —Listos todos —la corrigió Eva mientras sus hermanos pequeños coreaban por lo bajo su asentimiento.

    —Bien, bien —reconoció la abuela mientras caminaba hacia el rincón de la habitación en el que estaba situada la vieja mecedora en la que había amamantado a sus hijos y que, ya muchos años atrás, había cedido a su hija para que hiciera lo mismo con los pequeños que ahora esperaban ansiosos el cuento—. ¿Seguro que estáis listos? —preguntó mientras situaba la mecedora en el centro de la habitación para poder ver bien a todos sus nietos y que ellos la vieran también a ella—. Ya sabéis las normas…

    —Nada de interrupciones —dijo Diana.

    —Ni para pipí —dijo Miguel.

    —Ni para beber agua —añadió Matías.

    —Bien, entonces —concedió la abuela, al tiempo que se sentaba y se cubría las piernas con la manta azul que solía estar en el brazo de la mecedora—. Este relato no ocurrió en un lugar muy lejano y tampoco fue hace mucho tiempo, aunque así podría haber sido de no tratar sobre el mismísimo tiempo y el mismísimo espacio. Podemos llamarlos, para entendernos, Kronos y Kairós.

    Los ojos de los niños estaban abiertos como platos, incluso los de Eva, que estaba ya más que acostumbrada a los cuentos de su abuela. Y Julia disfrutaba de aquellas expresiones, así que, en ocasiones, jugaba con el dramatismo para incrementar la curiosidad de los chiquillos. Esa noche era una de esas veces en las que la abuela Julia tenía ganas de jugar.

    —Esos nombres, Kronos y Kairós, son los que en algún momento les dieron griegos, pero, en justicia, debo decir que no son ni de lejos los únicos que recibieron. En la India, por ejemplo, los llamaban Kala y Karma. En China, Yin y Yang…

    —¿Yin y Yang? —preguntó Diana.

    —¡Shhhh! —la mandó callar Eva.

    —Sí… ¡Y, ay de mí, cuántos antiguos y poderosos nombres se me han olvidado ya! —se lamentó Julia, aunque ni siquiera Eva supo adivinar cuánto había en ese lamento de verdad y cuánto de maestría en el arte de contar cuentos—. En fin, tendréis que perdonar a vuestra vieja abuela cuentacuentos por su mala memoria y, para el bien de la historia, quizás, deberíamos acordar que llamaremos a nuestros chicos como lo hicieron los antiguos griegos: Kronos y Kairós, ¿os parece bien?

    —Sí, sí —contestaron en una extrañamente armónica cacofonía los tres hermanos pequeños.

    —¿Y a ti, Eva? —preguntó Julia a la mayor de sus nietos, que había permanecido callada.

    —Claro, abuela, pero seguramente recuerde todos los nombres durante todo el tiempo.

    Julia estalló en una risotada y ella y Eva intercambiaron una mirada cómplice.

    —¡No esperaba menos, querida niña! Al fin y al cabo, parece que las musas te han bendecido a ti también con el don de contar historias.

    —¡Qué! —se quejó Diana—. Eso no es justo, todo lo bueno le toca a Eva y yo…

    —Diana, querida, tampoco a tu edad Eva mostraba signo alguno de poseer el don. Ni mucho menos a la edad de estos dos chiquitines —añadió Julia rápidamente mientras señalaba la litera que compartían los dos varones—. En cualquier caso, la paciencia es una de las virtudes que más aprecian las musas a la hora de repartir sus bendiciones…

    —Vale —aceptó Diana, todavía algo enfurruñada—. ¿Y cuándo…?

    —Pensaba que querías escuchar la historia… —la interrumpió Julia.

    —¡Y quiero!

    —Pues ya sabes cuál es la norma.

    La niña cerró la boca con un gesto exagerado, cruzó los brazos sobre el pecho y asintió con la cabeza en un gesto que no estaba claro si era de asentimiento o de enfado.

    —¿Por dónde íbamos? —preguntó Julia mientras se recostaba otra vez en la mecedora y se impulsaba con los pies para reiniciar el balanceo que, sin darse cuenta, había interrumpido durante la discusión con Diana—. Ah, sí, os estaba presentando a los hermanos Kronos y Kairós.

    —¿Eran hermanos? —preguntó emocionado Matías, que se había incorporado de golpe en la cama—. ¿Cómo nosotros?

    —Sí, eran hermanos, más o menos como vosotros —explicó Julia con voz calmada mientras con un gesto le indicaba al pequeño que volviera a recostarse—. Tened en cuenta que ellos eran considerados dioses por los griegos… Sí, dioses —recalcó con un gesto hacia Diana y Matías, que estaban a punto de interrumpirla de nuevo—. Pero otras culturas no los consideraban de la misma manera. En todo caso, yo prefiero que pensemos en ellos como principios.

    —¿Como principios? —Fue Eva la que expresó en voz alta la duda que se había instalado en el rostro de todos los hermanos.

    —Sí, como principios —recalcó Julia—. Sin ellos no habría podido existir absolutamente nada más, así que son un inicio, a la vez que una causa. La explicación puede ser más complicada, pero, para esta historia, con esto bastará. Aunque, claro, también debéis comprender que son encarnaciones —Julia dudó y, por un momento, detuvo el balanceo de la mecedora, pero enseguida asintió y retomó el movimiento—. Sí, como encarnaciones de principios. O, si preferís, la encarnación de dos ideas que suponen el principio y la causa de todo.

    —Abuela, no sé si esto es muy complicado para…

    —¿Tú lo entiendes, Eva? —Julia interrumpió a su nieta mayor, que asintió convencida—. Entonces deja que yo me encargue de que los demás entiendan lo que necesitan entender. Recuerda, querida, que todos los cuentos guardan en su interior distintas historias para cada oyente —explicó, al mismo tiempo que hacía un gesto con la mano hacia Diana, que estaba preparada para intervenir—. Y para cada uno de vosotros —añadió mirando hacia cada uno de sus nietos— en el momento preciso llegará la historia adecuada. Ahora, sigamos con esta, ¿os parece?

    —Sí —dijeron los niños al unísono, incluida Eva.

    —Como os decía, nuestros chicos eran hermanos, pero no solo eso, eran gemelos. Como tales, eran idénticos, al menos en lo que a la apariencia se refiere. Los dos eran morenos, con ojos de un brillante marrón salpicado de motas verde oliva. Su piel estaba dorada por el sol y sus rostros de rectas facciones eran el prototipo de la belleza griega. Es más, no me extrañaría que muchas de las más famosas esculturas griegas se hubieran inspirado en ellos.

    —Pues sí que debían ser guapos —Fue incapaz de contenerse Diana y a Eva se le escapó una risita de asentimiento.

    —Sí, lo eran —convino Julia—. Pero ahí terminaba el parecido, pues, en su interior, no podían ser más distintos, aunque ninguno de los dos tenía sentido sin el otro. Peor todavía, si uno de ellos desaparecía, el otro también lo haría.

    —¡Qué horror! —Fue Miguel el que interrumpió en esta ocasión y Julia asintió hacia él.

    —Pero eso no era todo, los hermanos no podían separarse, o, al menos, no mucho, pues, al hacerlo, todo se ralentizaba hasta el punto de detenerse la existencia. Pero, atención a esto, tampoco era buena idea que estuvieran demasiado juntos, o todo se aceleraba, hasta el punto de que la existencia dejaba de ser, de tan fugaz que era.

    —¿Y qué hicieron? —Las voces de Miguel y Matías se superpusieron y sus hermanas asintieron al oír la pregunta.

    —Bueno, al principio intentaron la convivencia en armonía, claro.

    —Claro —Fueron Diana y Eva las que hablaron ahora y los otros dos los que asintieron.

    —Pero eran demasiado distintos… Kronos era ordenado y obstinado, incapaz de desandar sus pasos, de variar su ritmo, de disfrutar de nada, salvo de la cadencia matemática y exacta de la existencia. En cambio, Kairós… Bueno, él era apasionado y caótico, amante de la improvisación y la inspiración… A Kairós le gustaba jugar, explorar, experimentar, saltar de un lado a otro, cambiar y redescubrirse. ¡Hasta gustaba de regalarse a los demás! Y esas cosas no eran bien vistas, ni siquiera toleradas, por su hermano.

    —Eran como el Yin y el Yang —concluyó Diana, como si, de pronto, en su mente todo encajara.

    —Y como fuego y agua —añadió Eva.

    —Sí, eran opuestos, pero también interdependientes. Recordad que, sin el uno, era imposible la existencia del otro.

    —¿Y qué pasó? —preguntaron los pequeños Matías y Miguel, tan llevados por la curiosidad que, de nuevo, se habían sentado en sus camas y Julia, al mismo tiempo que la mayor de sus nietas, les indicó con un gesto que volvieran a recostarse.

    —No os sorprenderá, supongo, si os digo que, de los dos hermanos, el que más sufría con aquella situación era el cuadriculado de Kronos. Al fin y al cabo, por molesto que su hermano pudiera resultarle, Kairós estaba acostumbrado a lidiar con el Kaos, aunque esa historia, queridos nietos, la dejaremos para otro día —explicó Julia mientras hacía un gesto para restar importancia a aquella información—. En todo caso, Kronos lo llevaba mal. Muy mal, así que, desesperado, ideó un plan.

    »Mientras Kairós se alejaba y entretenía con esto y lo otro, provocando fluctuaciones y cambios no planeados en el devenir de la existencia, Kronos aprovechó para crear un dispositivo que sirviera para medir el tiempo de forma sistemática, ordenada, fiable y eficaz. Kronos, cuya naturaleza era el discurrir del tiempo, estaba convencido de que la existencia de tal dispositivo impediría que Kairós fluctuara más allá de lo que permitieran las manecillas que avanzaban rítmicamente en la esfera que había diseñado. Le había costado muchísimo idear y fabricar las delicadas piezas y engranajes de aquel sofisticado dispositivo, por lo que estaba convencido de que no podía fallar. De hecho, para asegurarse el éxito, había creado un sistema compuesto por segundos, minutos y horas que de ningún modo su hermano podría sortear.

    —Abuela, eso es… —empezó a decir Matías.

    —Un reloj —lo interrumpió Miguel.

    —Pero un reloj sirve para medir el tiempo —dijo Diana.

    —Cierto —convino Julia—. Y al principio del cuento os he dicho que esta historia trata sobre el tiempo.

    —Sobre el tiempo y el espacio —matizó Eva—. Pero no nos has dicho quién de los dos hermanos es cada cual.

    —¡Oh, claro que no, Eva! —respondió Julia—. Eso es porque ambos hermanos son el tiempo… Dos formas de tiempo.

    —¿Entonces…?

    —El espacio es aquello que se forma cuando ambos interaccionan… —explicó Julia, sin dejar que su nieta mayor lanzara esa nueva pregunta—. Recordad que os he dicho que según la forma en que ambos hermanos se relacionan la existencia se acelera o se detiene. Eso es el espacio.

    —No lo entiendo —dijeron Eva y Diana a la vez.

    —Ni falta que hace en este momento. Lo único que debéis entender es que, al crear ese primer reloj para medir el tiempo y, desde el punto de vista de Kronos, frenar el desastre que desataba su hermano, en realidad, lo que hizo fue condenar a ambos.

    —¿Cómo? —quisieron saber los niños.

    —En el instante en el que Kronos situó la última pieza en su flamante nuevo reloj, él mismo, el tiempo lineal, quedó encerrado en su interior. Su hermano, al regresar de sus corredurías, solo encontró en el suelo el reloj que Kronos había fabricado y, al recogerlo, lo dotó de espacio y entidad. Dicho de otro modo, creó un mundo paralelo en el interior del reloj.

    —¿Otro mundo? —preguntó Diana.

    —Sí, aunque él no era consciente de lo que hacía, por supuesto. En cualquier caso, Kairós siguió con su existencia de desorden y aventuras, aunque no dejaba de preguntarse dónde se había metido su hermano. Por supuesto, sabía que Kronos estaba bien, pues el tiempo continuaba fluyendo con total normalidad, incluso habría dicho que más que antes, si acaso él se fijara en esas cosas, claro. Pero aun así, y con todas las disputas entre ambos, Kairós echaba de menos a su hermano y, de tanto en tanto, le asaltaba la duda sobre si aquel curioso dispositivo tendría algo que ver con la extraña desaparición.

    »Pasaron los días, los meses, los años y los siglos. Fue un tiempo de Kaos y maravilla en el mundo: impulsado por la falta de orden y la inspiración y fortuna de Kairós, el mundo se formó, ardió, se enfrió, se dividió, volvió a arder y obtuvo un satélite, se volvió a enfriar, dio lugar a la vida y la aniquiló varias veces y tras más tiempo del que Kaos y Kairós se atrevían a contar, ni siquiera contando con el mágico reloj que Kronos había dejado tras de sí, surgió el ser humano y las primeras civilizaciones. Fue entonces cuando Kairós, más que Kaos, comenzó a aburrirse y la nostalgia de su hermano lo llevó a investigar el reloj.

    —¿Y lo encontró? —preguntó impaciente Diana—. ¿Encontró a Kronos?

    —Paciencia, Diana, paciencia —dijo Julia, con media sonrisa—. Más que encontrar a Kronos, Kairós, al toquetear el reloj, sin demasiado cuidado ni el más mínimo respeto hacia el mágico y complicado dispositivo que había creado su hermano, como era su estilo, más bien consiguió ir a parar al interior del mundo del reloj, junto a Kronos.

    —¿Qué? —preguntaron todos los niños a la vez.

    —Como lo oís. Ambos hermanos acabaron en el interior del reloj —dijo Julia y miró fijamente uno a uno a sus nietos antes de tomar aire y seguir—. Con su hermano junto a él, Kronos recuperó la habilidad para crear otro dispositivo como aquel que los acogía en su interior. Aunque no penséis que por ser el segundo que creaba fue más sencillo o más rápido, porque no lo fue. Y, especialmente, no lo fue porque su hermano, extrañamente interesado tanto por el mundo del interior del reloj como por esa habilidad de su hermano para fabricar esos dispositivos, quiso aprender a construir el suyo propio. Digo más, no permitió que Kronos avanzara en el trabajo en el nuevo reloj hasta que no aceptó enseñarle y permitir que fuera Kairós el que construyera el nuevo dispositivo.

    —¿Y le enseñó? —preguntó Diana.

    —¿Y él fue capaz de aprender? —quiso saber Miguel.

    —¡Pues claro que le enseñó, eran hermanos! Y por supuesto que aprendió. Kairós era, digamos, apasionado y un tanto impulsivo, pero era tan listo como su hermano, o incluso más, aunque las cosas que mejor se le daban a cada uno no eran exactamente las mismas.

    —Entonces, como nosotros —dijo Miguel, señalándose a él y a su hermano pequeño alternativamente y Julia asintió.

    —Y nosotras —dijeron casi a la vez Eva y Diana.

    —Como todas las personas, chicos, todos somos listos a nuestra manera y a todos se nos dan bien cosas distintas y eso es bueno y enriquecedor. ¡Imaginad qué aburrido si a todos nos gustara y se nos diera bien solo lo mismo!

    —Pues sí —dijo Eva y los hermanos asintieron.

    —¿Entonces, Kairós hizo el reloj? —quiso saber Diana.

    —Siempre impaciente… —bromeó Julia—. Sí, siguiendo las indicaciones de su hermano, Kairós construyó el reloj. Pero eso no fue lo único que hizo en el mundo del reloj.

    —¿Ah, no? —preguntaron los dos pequeños.

    —¡Claro que no! —respondió Diana tan ofendida como si la conversación tratara sobre ella misma—. Es que aún no os habéis dado cuenta de que Kairós es un alma libre como yo.

    Las palabras de Diana provocaron la risa de Eva y Julia, aunque esta trató de contenerse para no ofender a su nieta, mientras los más pequeños las miraban sin acabar de entender nada.

    —Yo no podría haberlo expresado mejor —dijo al fin Julia, todavía tratando de contener la risa—. Kairós era un tipo apasionado y se dispuso a disfrutar al máximo de todas las experiencias que le proporcionaba el mundo del interior del reloj mientras trabajaba duro en la creación del nuevo dispositivo. Pero, además, al poco tiempo él y Kronos se dieron cuenta de que en aquella dimensión la interacción entre ambos no parecía tener efectos catastróficos, como sí podía suceder si no iban con cuidado en el mundo exterior. Además, por innovador que fuera Kairós en sus aventuras, nunca ninguna de ellas parecía tener ningún efecto perjudicial para el mundo del interior del reloj, aunque ambos hermanos sufrían por lo que podría estar ocurriendo en el exterior. Eso sí, era Kronos quien más se preocupaba, Kairós, digamos, sentía cierto interés por los efectos de sus actos, que es más de lo que antes se había podido decir de él.

    Eva rió y Diana musitó algo ininteligible.

    —¿Y qué ocurrió en el mundo fuera del reloj mientras los hermanos estaban dentro? —preguntaron los hermanos.

    —Pues, para sorpresa de ambos, cuando, gracias al dispositivo que había construido Kairós, volvieron al exterior, se dieron cuenta de que nada malo había pasado. Bien, sí, había habido algunas cosas, pero nada similar a los choques de asteroides o volcanes erupcionando en masa de antaño. Era como si las acciones de Kairós, en el interior del reloj, vieran sus efectos mitigados. También se reducían al máximo los efectos de la interacción entre ambos.

    —¿Y qué hicieron?

    —Pues no fue sencillo, para ninguno de los dos, pero, con el tiempo, decidieron que lo mejor era que Kairós viviera en el interior del reloj y Kronos en el exterior. Para evitar posibles problemas, Kronos fabricó otro reloj, así, cada hermano tendría su propio dispositivo por si tenía que acudir en busca del otro. Además, conocedores como ambos eran del poder del tiempo y sus efectos en la memoria, hicieron un grabado en ambos relojes que decía «Para quien debe recordar». De esta manera se aseguraban no desvelar su secreto a la vez que se dejaban una pista importante para mantenerse atentos a conservar los recuerdos relativos al reloj.

    —Ya podrían haberse dejado una pista más clara —protestó Diana.

    —Shhhhhh —la mandaron callar a la vez los tres hermanos, deseosos de conocer el final.

    —Esa pista era suficiente para ellos —aclaró Julia con un gesto serio hacia Diana—. Además, antes de partir, Kairós hizo prometer a su hermano que siempre permitiría que quien lo buscara o lo mereciera lo encontrara. Kronos asintió y, con un abrazo, se despidió de su hermano, hasta que llegara el momento de reencontrarse.

    »Es desde entonces que Kronos, el tiempo, representa la promesa, para quien lo merezca, de encontrar la oportunidad de reescribir su vida, cumplir sus sueños, alcanzar sus metas. Eso sí, hace falta valor, pasión y perseverancia para hallar la oportunidad, no dejarla escapar y, con suerte, viajar al mundo del interior del reloj, donde Kairós, allí conocido como el Relojero, nos concederá aquello que más deseamos.

    —Yo quiero viajar al mundo del interior del reloj —dijo Diana con la voz llena de sueño.

    —Y yo —añadieron a la vez Matías y Miguel.

    —No diría que no a una visita al mundo del interior del reloj —convino Eva.

    —Entonces, cerrad los ojos y dormid, mis niños, porque la puerta del sueño, en ocasiones, también conduce al reino mágico de Kairós.


    Nota: Este relato nació en la primavera de 2025 como un ejercicio narrativo destinado a practicar la voz del cuentacuentos dentro de un contexto de escritura de literatura infantil y juvenil. El objetivo era trabajar la oralidad, la relación entre quien narra y quienes escuchan, y la manera de acercar ideas complejas a un público infantil sin renunciar a la imaginación ni a la profundidad.

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  • Paralel

    Paralel

    Son las seis de la mañana y la ciudad de Barn todavía está tranquila. Aún falta al menos media hora para que las calles se llenen de tráfico y peatones. Paso junto a un robot de limpieza y siento el escáner que traslada mi situación a la sede de NeoVerso. Ya es la décima vez que me escanean hoy desde que me he despertado y de forma automática se ha notificado mi inicio de actividad. Pero al salir de la zona residencial de los ciudadanos de nivel 4, los escaneos se han vuelto cada vez más frecuentes y con este último ya van siete.

    No estoy acostumbrado a venir tan temprano al gremio, pero estoy preocupado por Puka. Lleva encerrada en su taller desde que conectamos Paralel a la red y de eso han pasado ya cinco días. Todas las tardes, al salir de clase, he venido a verla para ayudarla con el trabajo de programación, aunque ambos sabemos que el problema es de componentes y solo ella puede arreglarlo. Al fin y al cabo, ella es la técnica y, si conseguimos subir Paralel a NeoVerso, será gracias a su habilidad.

    A veces, desearía haber nacido en una familia de técnicos como Puka. Me gusta que su oficio se enseñe de padres a hijos y que hereden el taller familiar, aunque deban permanecer en los gremios si quieren protección. Me encantaría tener una familia, aunque para ello tuviera que someterme a un gremio. Pero, ya se sabe, para los programadores, nuestra familia es el código y NeoVerso, nuestro gremio.

    —¡Ey, Nehia! —saluda Istra cuando entro en la tienda 24 horas y siento un nuevo escaneo—. Si vienes a por Xpressum pilla los de la nevera de atrás, que los de aquí aún están calientes.

    —Gracias —respondo mientras voy al fondo a por la bebida energética y de camino cojo un par de bolsas de aperitivos y cuatro boles de fideos instantáneos de jamón y soja, los favoritos de Puka.

    —Oye, bro, no sé en qué andáis metidos Puka y tú, pero tenéis que ir con cuidado —me advierte Istra, que me ha seguido hasta el fondo de la tienda—. Ha venido gente preguntando por aquí. No gente cualquiera, ya me entiendes…

    —NeoVerso

    —Calla, tron, no lo digas en alto —me regaña Istra entre dientes y empieza a mover las latas de Xpressum de un lado a otro de la nevera, como si estuviera reponiendo—. Al principio solo eran algunas furgonetas sospechosas paradas en la calle, pero pronto empezaron a verse vehículos más sofisticados, algunos con el logo de NeoVerso. Pero lo más raro no fue que estuvieran justo ahí delante, sino que dos tipos trajeados vinieron a interrogarme sobre los técnicos del taller de enfrente.

    El taller de Puka. Todos mis músculos se tensan e Istra lo nota.

    —Ellos no fueron los únicos en venir —continúa explicando—. Volvieron otros hace un par de días. Y ayer vino una pareja con los uniformes de NeoVerso a hacer las mismas preguntas.

    —¿Qué les has dicho? —pregunto entre dientes mientras hago un esfuerzo para no dejar caer los víveres que he ido a buscar para Puka.

    —Nada, lo juro, no he dicho nada, bro. Somos amigos, tron, conozco a Puka desde que éramos críos.

    Asiento y voy hacia la caja. Los boles de fideos que llevo en los brazos se han deformado y las bolsas de aperitivos están destrozadas. Suspiro,

    —Espera, bro —grita Istra mientras viene rápido hacia mí con una bolsa llena en las manos—. Te dejas el encargo.

    —Gracias —digo, al comprender que en la bolsa hay lo mismo que yo había cogido y espachurrado. Dejo en el mostrador los envases deformados y me giro hacia la puerta, pero siento que Istra se apoya en mi hombro y se acerca a mí.

    —Reventadlos —susurra en mi oído.

    Asiento con un movimiento de cabeza a la vez que paso por el arco de seguridad y siento otro escaneo a la vez que el importe de la compra se carga en mi cuenta bancaria.

    En la acera de enfrente el taller de Puka está a oscuras. Desde que sus padres perdieron la licencia ella es la única encargada del negocio, y con él también decidió hacerse responsable de Paralel. Así fue como nos conocimos, yo rastreaba sistemas ideados para hackear NeoVerso y ella resultó estar detrás del único capaz de hacer saltar por los aires el sistema de clases, borrar todos los datos guardados de los ciudadanos y remplazar NeoVerso por Paralel, un sistema que dejará el control en manos de todos los ciudadanos, con independencia de su clase y nivel. Puka me contó que su padre lo llamaba democracia, que, en algún idioma antiguo quería decir el gobierno del pueblo. Creo que fue en ese momento cuando decidí ayudarla.

    —¡Nehia! —me llama Puka desde algún lugar al fondo del taller.

    —Traigo comida —anuncio mientras camino hacia ella, pero algo me da mala espina.

    —¡Qué detalle! —dice una voz aguda y cruel, que confirma mis sospechas—. Jamás creí ver a un programador cuidar de una humilde técnica. ¿Y tú, Spuk?

    Oigo una voz masculina responder, pero no presto atención mientras dejo caer la bolsa y corro hacia el fondo del taller, al mismo tiempo que entro en el NeoVersoProfundo. Enseguida encuentro los sistemas de los agentes, penetro en ellos y los desconecto de sus redes antes de llegar hasta donde tienen atada a Puka. Odio ser un programador, pero soy muy bueno en lo mío. He neutralizado a los agentes, pero habrán saltado las alarmas en la central de NeoVerso y enviarán refuerzos.

    —¿Puka, estás bien? —pregunto mientras empiezo a desatar a mi amiga.

    —Sí, has llegado justo a tiempo —asegura, aunque su voz es más ronca de lo habitual—. Lo tengo, Nehia. Lo tengo.

    Tardo un instante en comprender las palabras de Puka mientras le quito de encima a los agentes desconectados, pero Puka me detiene con una mano y me muestra el dispositivo que sostiene en la otra.

    —Lo tienes —repito, cuando veo lo que me enseña y comprendo, al fin, sus palabras.

    —Está listo. Solo tienes que cargarlo —explica y me tiende el dispositivo.

    Un estruendo de vehículos y gritos nos indica que los refuerzos de NeoVerso están aquí. Es ahora o nunca. Puka y yo nos miramos durante un instante y asiento. Agarro el dispositivo con las manos y antes de conectarme me fijo en los ojos negros de Puka, su pelo rosa y esa nariz chata sembrada de pecas y caigo en la cuenta de por qué deseo realmente que Paralel funcione.

    —Puka, yo…

    —Lo sé —responde ella, con media sonrisa antes de plantarme un beso en los labios que me roba el aliento—. Recuerda que el sistema debe cargarse por completo.

    Asiento, incapaz de hacer otra cosa que apretar en el dispositivo entre las manos, con la vista fija en los labios de Puka. Pero ella es más rápida y lista que yo, así que, cuando quiero darme cuenta, ha puesto sus manos sobre las mías y ha apretado mis pulgares para activar el dispositivo. El mundo físico se desvanece para mí mientras entro en el NeoVerso y, de inmediato, conecto Paralel. El sistema funciona a la perfección.

    —Te daré todo el tiempo que pueda —oigo decir a Puka, aunque su imagen se diluye ante mis ojos—. Nos vemos al otro lado.

    Paralel 100% cargado. Nuevo sistema iniciado.


    Nota: este relato lo escribí hace tiempo, en el contexto de la asignatura de Literatura Infantil y Juvenil del máster de escritura creativa. Era una práctica y tenía que cumplir una serie de requisitos de tema, extensión, clichés, etc. Lo cierto es que me lo pasé muy bien escribiéndolo, aunque, seguramente, sin limitaciones me habría salido un texto más largo. Hoy lo rescato del cajón tal cual salió entonces, sin retocar el estilo.

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  • XVI

    XVI

    Nada y todo al mismo tiempo,
    eres mi vida y solo un sueño
    —mi dios, mi realidad, mi credo—,
    un espejismo que se esfuma
    cada vez que me despierto.

    He encontrado esto en un blog viejo con fecha de 27 de febrero de 2008, aunque en mis recuerdos es anterior, y he decidido rescatarlo. Aquí queda.

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  • La casa de todo

    La casa de todo

    Esta noche he soñado con el blog. Seguramente, también con el Muso. Aunque no recuerdo el sueño, solo la conclusión: el blog es el centro y tiene que articularlo todo.

    Bueno, recuerdo eso y la terrible migraña con la que me he despertado, porque, por lo visto, lo de que de noche la mente siga trabajando como si fuera de día tiene un precio.

    Y, sí, quizá si no hubiera habido migraña ahora estaría con ánimo para escribir uno de esos diálogos con Aúspice en los que la conclusión que recuerdo no llega en frío y en el primer párrafo, sino después de una conversación que solo ha existido sobre el papel.

    Pero ha habido migraña y, por más que la medicación que tomo me quite el dolor de cabeza, lo cierto es que deja todo lo demás, como el cuerpo hecho un trapo, hasta el punto de que todo se siente como la resaca después de una noche de fiesta y desmadre, pero sin fiesta ni desmadre.

    Así que no hay ánimo para conversaciones teóricas con el Muso —ni para casi nada—. Pero aquí estamos, porque pienso escribiendo, porque necesito que la migraña, al menos, sirva para algo y porque no me perdonaría que una idea nocturna pasara de largo por no haber sabido parar un instante para hacerle caso.

    Así que llevo desde que me he levantado dándole vueltas a la idea, a la frase: el blog es —y tiene que ser— el centro de todo y tiene que articularlo. La única traducción a lenguaje de vigilia que se me ocurre es que no me conviene separar canales y que haya uno para el diario y la ficción breve, que sería el blog, y otros para la ficción larga.

    Quizás, si tenemos en cuenta que una de las decisiones más radicales que he tomado desde que he vuelto a escribir es que lo hago, fundamentalmente, para ser feliz y para que llegue a la gente, pero no con el fin de entrar en ningún tipo de circuito profesional, la idea de articular a través del blog también la ficción larga, es decir, las novelas y los guiones de cine, tiene todo el sentido del mundo.

    Y digo más, usar el blog como cuaderno de escritura no solo de los textos breves, sean de ficción o no, sino también de los largos encaja sorprendentemente bien con la idea de mostrar la escritura en vivo en TikTok, porque así también se vería el proceso no solo en la parte mecánica, que creo que es la más aburrida, sino también en los resultados —que son los textos, las historias— y que es la parte más importante de todo.

    Ahora bien, para hacer eso y que tenga algún tipo de sentido, el blog debería cambiar, al menos en la portada, para dejar claro que aquí se pueden encontrar distintas zonas y que están separadas por secciones. Y ahí es donde no sé si la idea que tengo en mente es ejecutable, o no. Y aunque lo sea, ahora mismo, en plena resaca migrañosa, se me hace un mundo —y sí, ya lo sé, esto también pasará y me encanta jugar con WordPress, aunque ahora no lo parezca—.

    En fin, que esa es la idea, convertir el blog en casa de todo, crear secciones más claras, no solo dentro, como ahora, sino en la portada, y de esta manera permitirme disfrutar del todo y sin complejos de lo mucho que me gusta esto de tener un blog que forma parte de mi rutina, a veces para soñar con letras e historias largas, a veces para dejar constancia de mi día a día.

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  • En el desierto y sin cantimplora

    En el desierto y sin cantimplora

    Es viernes y se nota, aunque no para bien. Llego al final de semana agotada y escribir se hace cuesta arriba. Pero esto también forma parte del proceso creativo y del día a día de las personas que quieren escribir o, peor, que sienten la pulsión irrefrenable de hacerlo.

    Negar que hay días en los que la escritura se hace cuesta arriba y supone un esfuerzo que parece inasumible no hará que esos días dejen de existir. Al contrario, dada mi experiencia como autora bloqueada, no me extrañaría que negar la existencia de días malos, en los que todo cuesta, y de días regulares en los que, sin costar tanto, nada brilla, pueda provocar que la escritura se bloquee, precisamente porque se esperen siempre fuegos artificiales.

    Y sí, a veces, hay fuegos artificiales —e incluso otros fenómenos más espectaculares e impactantes—, pero para llegar a ellos, por absurdo que parezca, a veces hay que pasar por el maldito desierto, recorrer áridas llanuras y páramos helados, y sobrevivir apenas para llegar al anhelado destino en el que la inspiración te arrebata, las palabras fluyen y un texto maravilloso surge, casi de la nada, sin que siquiera tú sepas cómo demonios lo has hecho.

    Pero lo cierto es que sí que lo sabes, porque cada uno de los pasos que has dado a través del desierto, los secarrales y el hielo te ha traído a los frondosos bosques de palabras, donde, cual maná de los cielos, las ideas fluyen en vivarachos riachuelos y las historias crecen, hermosas y brillantes, en los exuberantes árboles.

    Así que sí, a mí hoy me toca recorrer el desierto sin cantimplora, pero una parte de mí sabe que cada esforzado paso es el cimiento de lo que sea que mis palabras construyan mañana.

    Pero sí, será mañana. Ya no hoy. Porque ahora mismo cuento seis párrafos, con este que estoy escribiendo en este momento, lo que es una cantidad preciosa para una entrada media de blog, y llevo ya quince minutos de directo, de mi media hora obligatoria. Si atendemos a que falta revisar, titular, poner imagen y difundir, mi tiempo autoimpuesto de directo estará completo y mi entrada, ni brillante ni exuberante, pero existente, estará escrita.

    Queda todo así listo por hoy. Sin fuegos artificiales, pero mostrando también esta parte menos romántica del proceso, compuesta por una parte de agotamiento de final de semana y otra de absurda cabezonería, que, a falta de brillantez e inspiración, me permite tachar en mi lista de tareas por hacer de hoy la escritura de esta entrada.

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  • Boira, o cuando no cantan los pájaros

    Boira, o cuando no cantan los pájaros

    La niebla es tan densa que apenas permite ver más allá de un par de metros al frente. Aunque la pegajosa humedad del aire es igual de molesta que la falta de visibilidad y casi igual de agobiante que la sensación de tener el cielo prácticamente sobre la cabeza. Además, desde que hemos entrado en el banco de niebla —o él se ha abalanzado sobre nosotros—, los pájaros se han callado y el eco cavernario de nuestros pasos se ha convertido en el único sonido a nuestro alrededor, a pesar de estar en mitad del campo.

    Aunque tengo mis dudas de que a este secarral se le pueda llamar campo. Poco importa que digan que es zona de cultivo si lo único que parecen capaces de escupir esas tierras es forraje y paja, que se alinean equidistantes en enormes fajos redondeados a nuestro alrededor, esparcidos en las parcelas de cultivos rasurados que atravesamos, tan idénticas entre sí que ni siquiera parece que avanzamos.

    Quizá, si la niebla levantara y viéramos el horizonte, o el movimiento del sol, dejaría de tener la sensación de que el tiempo se ha detenido y la vida ha quedado suspendida. Aunque, tal vez, me bastaría el canto de un pájaro, un conejo —o hasta una rata— correteando entre los brotes de hierba seca recortada, una mariposa, una mosca o un mosquito siquiera.

    Pero aquí no hay nada. Nada. Solo nosotros, la maldita paja y la niebla. Si al menos los tallos cercenados no rasparan tanto a la altura del tobillo. O si no se colaran las fibras de hierba seca entre los hilos de los calcetines para causar más picor y escozor que si no los hubiera subido para proteger de la agresión la parte inferior de las piernas. Tal vez, entonces, pesaría menos la soledad del camino. Y tal vez todo eso daría igual si, al menos, no resonaran en la nada nuestros pasos, como si la niebla fuera sólida y capaz de generar eco.

    Sí, quizá con eso bastaría para exorcizar esta sensación de irrealidad, por más que no levantara la niebla ni el sol fuera capaz de atravesar la capa de nubes para combatir esta humedad, que se adhiere a la piel, al pelo y hasta al alma.

    Pero el deslumbrante brillo del sol al salir sin previo aviso del banco de niebla no hace sino aumentar la extrañeza al descubrir que el claro que nos acoge se ha formado en torno a una solitaria y tosca construcción circular de enormes piedras.

    No, el tiempo no se ha detenido durante el trayecto. O tal vez sí. Poco importa cuando, ahora que ha regresado el canto de los pájaros, giro sobre mí mismo y veo un encinar en torno a nosotros.

    Ya no hay niebla, ni campos de cereal cosechado, ni eco de pasos resonando en el silencio. Solo encinas, garriga, brillantes rayos de un sol demasiado alto para ser tan temprano y la imponente mole de grandes piedras que se alza, majestuosa, ante nosotros.

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  • El glamur de las hojas

    El glamur de las hojas

    Me gusta vivir en un mundo con magia, aunque la magia la ponga mi mirada.

    A veces, me quedo mirando el olmo que crece junto a mi ventana. Me encanta que mi vecino más inmediato sea un árbol. Suelo saludarlo por las mañanas y algunos días hasta hablo con él. Aunque eso, por raro que pueda parecer, no es extraño. Al fin y al cabo, hablo con las plantas de la terraza a diario, quizá por aquello de que dicen que es bueno para ellas, quizá porque siempre he pensado que las plantas tienen conciencia y entendimiento.

    Lo raro es que, a veces, cuando me quedo mirando la copa de mi vecino árbol, en el baile de las hojas con el viento, creo apreciar formas extrañas, sombras sin sentido, colores que no encajan. Son milésimas de segundo. Y la ayuda de una imaginación sobrestimulada. Pero algo hay ahí, algo percibo que no debería.

    El otro día, bajando hacia casa —porque sí, en esta isla, a la ciudad se sube o se baja, depende de dónde vayas y adónde vengas—, antes de llegar a la zona urbana, donde todavía los huertos de los payeses funcionan como tales y las possessions que quedan son aún fincas agrícolas y no resorts de lujo, por un instante, vi un centauro. Claro que, después de que un obstáculo me ocultara la visión, se convirtió en un hombre tirando de un caballo hacia la cuadra. Solo que cuando lo vi como centauro el hombre estaba mucho más arriba de lo que estaba cuando conducía con calma al caballo. Y no, no tuvo tiempo de bajar de la montura mientras algo se interpuso ante mi vista. Fue demasiado rápido. O, en todo caso, elijo pensar que es un glamur funcionando a las mil maravillas cuando unos ojos equivocados posan la mirada donde no deben.

    Porque supongo que el asunto es esa elección, que permite que una hoja se convierta en ser mágico y un caballo mal enfocado en centauro. Que es la misma que, cuando subo a Sóller a por es coll, en lugar de atajar por el túnel, ve la casa de una bruja, la vivienda de retiro de un vampiro que decidió quedarse a vivir aquí, pero hacerlo como en el siglo XIX, varios círculos de hadas y una fuente de maná.

    En eso, creo, consiste la magia, en elegir verla, aunque, por lo general, no la comparta. O no de esta manera. Es más fácil escribir un cuento sobre la bruja de la montaña o sobre el vampiro dandy de la vieja mansión modernista que decir, así, a cara descubierta, que cuando paseo por mi isla veo dragones en las montañas como don Quijote veía gigantes en los molinos.

    Pero los veo. Y prefiero que así sea. No porque crea que, de verdad de la buena, el árbol junto a mi ventana es el hogar de una familia de hadas. O de varias. Sino porque la realidad es a veces tan dura, tan terrible, que necesito sentarme a ver el movimiento de las hojas cuando sopla el viento y atisbar esas formas, colores y sombras que me permiten creer en la magia.

    No, querido lector —querido amigo—, no es escapismo, es pura supervivencia.

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  • Tristeza a destiempo

    Tristeza a destiempo

    El cielo es demasiado azul para estar triste. No pega. La tristeza, a mi parecer, es más cosa de estaciones frías, de cielos grises y días cortos. Pero el estado de ánimo no me ha dado a elegir y estoy triste ahora.

    He pasado el día dándole vueltas a la causa de esta tristeza a destiempo y no he conseguido nada, salvo confirmar su existencia. Tal vez, me digo, es una de esas tristezas sin una única causa, sino fruto de motivos variados y de tamaño e intensidad diversa, pero que, al acumularse, son capaces de causar estragos.

    Sí, una tristeza veraniega de este tipo tiene que tener, por narices, más de un único origen. Quizás se deba, me digo, a que es el segundo verano que empiezo la estación sin acudir a las verbenas que lo festejan. Por segunda vez consecutiva no ha habido conciertos en la plaza, ni vasos con pomada, ni hamburguesas del club de esplai municipal. Y sin su inicio tradicional, quién sabe, hasta puede que el propio verano no se haya dado cuenta de que ha empezado.

    Tampoco ha habido este año —y eso sí que se me hace raro— exámenes de junio. La falta de salud no solo priva de lo bueno, también de lo ritual, lo extraño y lo malo, sea donde sea que encajen los exámenes en esa categoría. Pero sin el acostumbrado trámite académico, cómo va a saber el verano que ha empezado.

    Y es seis de julio cuando escribo esto —seis ya— y tampoco ha habido playa todavía. Ni paella junto al mar. Ni botella de vino blanco, de ese que sube a la cabeza aunque entra demasiado bien para darse cuenta. Y no es que eche en falta la arena, que se mete por todas partes, pero sí el agua salada, y ese cansancio al final del día, que, no sé cómo, pero es pura medicina.

    Pero, claro, tampoco ha habido paseos en moto. Ni mucho menos bicicletas. Ni largos paseos al caer la tarde. Ni granizado de limón. Ni polos de menta. Si son tantas las cosas que faltan, es, de hecho, imposible que el verano sepa que hace ya más de dos semanas que ha empezado.

    De esta guisa, por más azul que sea el día y elevadas las temperaturas, no es de extrañar que la tristeza asome, como en cualquier estación. Si ni el propio verano se ha dado cuenta, cómo va a saber la tristeza que el verano ya ha empezado.

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  • Ni raíz ni brújula

    Ni raíz ni brújula

    De jovencita, todo lo que quería era salir del lugar donde vivía e ir a vivir a una gran ciudad. Madrid o Barcelona eran mi objetivo principal, claro, pero cualquier lugar lo suficientemente grande y en apariencia lleno de oportunidades me valía.

    Lo hice, claro, aunque la experiencia no fue larga. Solo lo necesario para comprender que, en realidad, lo que deseaba era irme de casa de mis padres y, sobre todo, del entorno en el que vivíamos, que me asfixiaba. Todo barrio pijo tiene la capacidad de dejar al más pintado sin aire, me dijo alguna vez alguien. No sé si será cierto. Pero aquel barrio pijo en concreto la tenía.

    Por alguna razón, que ahora ya no comprendo, la ciudad me parecía un paraíso. Pero no a pesar del ruido, las luces absurdas, el olor a hollín y basura, sino porque por algún retorcido motivo aquello representaba lo que yo buscaba: cosmopolitismo, cultura, transgresión, vanguardia.

    No sé cómo ni cuándo todo ha cambiado lo suficiente para que lo más transgresor y vanguardista que se me ocurre sea mandar a paseo cualquier anhelo cosmopolita, volver al origen y recuperar el significado primitivo de la palabra cultura. Quizá, si me mancho las manos de tierra y me lleno los pulmones de aire limpio el alma se calme y la mente se acalle.

    Todo lo que ahora deseo es volver a la raíz. Aunque no tengo ni la menor idea de qué es esa raíz que tanto busco ni dónde está.

    Tengo claro —porque es evidente— que el mundo que alguna vez conocí ya no existe. Y diría que lo he buscado en cientos de rincones, en mañanas límpidas y atardeceres rojos. Pero no ha hecho falta buscar nada, la realidad me ha encontrado solita y me ha escupido la verdad a la cara: la panadería de la esquina es ahora un café gourmet, la zapatería hace ya tiempo que se convirtió en cajero internacional y donde antes había ruedas de arenques salados ahora ofrecen smoothies de mil sabores y tostadas de aguacates.

    Cualquier ansia de cosmopolitismo de aquel yo joven e inocente desapareció el día que necesité saber inglés para que me entendieran en mi propia casa. Aunque quizá fue el día que entendí que la cultura era lo que, antes de ser fagocitado, se encontraba en cada esquina de cada pueblo y de cada barrio, y no solo en obras de autores de nombre impronunciable.

    Y siento el impulso de huir al campo de volver a la naturaleza. Pero no puedo. Porque cualquier metro cuadrado disponible de la isla maldita en la que vivo vale más de lo que puedo pagar, aun vendiendo lo que ya poseo. Aunque de todos modos, escapar a la naturaleza no sería escapar, solo volver a lo evidente, cuando me topara con mis nuevos vecinos, Hans y Frieda, o descubriera que la cafetería del pueblo es ahora un bar de ciclistas dirigido por la familia Schröder, que lleva veinte años en Mallorca pero no habla ni media palabra de español —mejor ni pensemos en el mallorquín—, ni tiene intención de hacerlo nunca.

    Así que no, no tengo ni la menor idea de qué raíz busco ni qué es lo que duele. Tal vez no sea el pasado perdido ni el territorio robado. Quizá, ni siquiera se trate de dolor, sino de simple vacío. Puede que lo que ocurra sea, sencillamente, que echo de menos la inocente inconsciencia de aquella versión joven de mí, convencida de que la ciudad era un lugar mágico en el que lo imposible sucedía. Puede que solo quiera volver a percibir oportunidades —a sentir esperanza— en lugar de basura, luces, ruido y humo.

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La Enésima

Aquí cultivo letras, a veces nacen historias

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