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  • El vuelo de las mariposas

    El vuelo de las mariposas

    Tengo el ánimo inquieto. Llevo un buen rato observando la página en blanco y las ideas que pasan frente a mí, como mariposas que revolotean a mi alrededor, pero nunca llegan a posarse sobre la mano que les tiendo.

    Tal vez una vida más aburrida y predecible, como tanto he deseado, es menos narrable. Dicen en ciertas escuelas de escritura que el conflicto es el centro de toda narración. Yo, como los japoneses, discrepo. Aunque narrar sin fuerzas opuestas visibles es, sin duda, más complejo.

    Bueno, no, en realidad, no.

    Lo difícil es hacer que el lector sienta interés por las aguas calmadas, especialmente en un tiempo en el que la tempestad y el oleaje es lo que más se incentiva.

    Quizá por eso también es tan difícil vivir bonito y despacio.

    Nos han acostumbrado tanto a los vientos huracanados y la tromba de agua que el chirimiri o cameta d’aranya, que diría mi madre, nos parece poca cosa y molesto al mismo tiempo.

    Pero yo quiero vivir despacio y, a poder ser, hacerlo bonito, aunque no acabo de saber muy bien por dónde empezar.

    Sí, vale, me levanto sin prisa, hago la cama, enciendo una vela aromática y preparo el café mientras escucho un podcast especialmente preparado para mis mañanas lentas. Después, me siento frente a la página en blanco y espero que la magia suceda.

    Es solo que, hasta ahora, esa página en blanco no era tanto placer como pura estrategia de supervivencia.

    Y ahora, que ya he sobrevivido, no sé muy bien qué hacer con ella.

    Puede que la respuesta que busco esté en describir el vuelo de la mariposa y no en esperar que se pose sobre mi palma.

    O, tal vez —solo tal vez—, la respuesta vuelve a estar en la ficción y ya no en el día a día.

    No lo sé.

    Seguramente, esto de vivir despacio requiere el cultivo paciente y constante de todas las disciplinas artísticas.

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  • La vida huele a coche nuevo

    La vida huele a coche nuevo

    Vaya días raros. Mi final de agosto se ha convertido en una doble contrarreloj y yo no me había dado ni cuenta hasta ahora.

    Por un lado, estoy en una carrera para salvar el máster aquel que se quedó a medias en junio porque a mi cuerpo le dio por acumular tres litros de sangre en mi vientre, con el consecuente peligro de muerte. Afortunadamente, salí de aquello, cirugía y transfusiones mediante. Pero el máster quedó inacabado. Y ahora, claro, no me ha quedado otra que terminar lo que dejé a medias.

    Por suerte, ya está casi todo listo. Digo casi todo porque el profe de prácticas me pidió que le entregara el trabajo antes de la fecha oficial para «darle un ojo» antes de la entrega irreversible del 1 de septiembre. Y ese darle un ojo puede tener consecuencias que ahora mismo prefiero no pensar.

    Además, me falta otro trabajo por hacer que, aunque debería entregarse el día 7, quiero quitarme de encima antes de empezar el mes porque quiero empezar septiembre lo más limpia que pueda. Claro que también faltará un examen y la defensa del TFM…

    Por otro lado, hay otra contrarreloj, aunque, en realidad, es más una cuenta atrás: El día 1 de septiembre empieza el curso y, al fin, volveré al trabajo después de una larga convalecencia. Pero es que, además, lo haré en mi plaza nueva, en mi isla —mi casa— y no tengo palabras para explicar las ganas que tengo.

    Seguramente es por eso que mientras he estado trabajando en el máster estas semanas era casi incapaz de concentrarme en la tarea o, al menos, de hacerlo como de costumbre, porque mi cabeza volaba hacia esa vuelta al cole que tanta ilusión me hace.

    Y es que me siento como una niña de 15 años en su primer día en un instituto nuevo. No puedo parar de pensar en qué me voy a poner, qué bolso llevar, si comprarme o no un nuevo estuche o qué cuaderno estrenar. Los bolis, eso sí, ya los tengo. Aunque no descarto aumentar mi arsenal si voy en busca de ese cuaderno nuevo y bonito que tanto anhelo.

    ¿Y dónde queda la escritura en todo esto? Bueno, aquí, de momento —este bendito blog siempre me salva—. Y en el trabajito de prácticas, ese que tengo que entregar con antelación para que el profe pueda devolvérmelo lleno de virtuales tachones rojos, también cuenta como tal. Cuenta tanto que, me temo, una vez que todo haya pasado —entregas, exámenes y defensa— lo convertiré en novela. Pero tiene que haber terminado por completo todo lo académico o no funcionará, que me conozco.

    No sé qué pasará con los proyectos a medias —ni creo que sea el momento de saberlo o siquiera plantearlo— ni con el sinfín de ideas que vengo acumulando, que siguen siendo semillas de posibles obras futuras. Ya veremos cuál germina —si es que lo hace alguna—.

    Ahora, de momento, todo lo que tengo son ganas de habitar, al fin, mi vida. De tener una rutina aburrida y con pocos o ningún sobresalto. De aburrirme. De que mi mayor problema sea, al menos durante un tiempo, qué ropa me pongo para ir a trabajar, si es mejor una agenda a semana vista o de día por página, las agujetas del entrenamiento de fuerza o si reformamos primero el baño pequeño o el grande.

    Y, en ese contexto, este último coletazo del máster cuesta. Lo hace porque lo termino a destiempo. Pero también porque, aunque sigan pendientes algunas cosas de la vida que he dejado atrás, yo ya estoy en otro lugar y en otro momento.

    Pero, por suerte, incluso en estos momentos, la escritura se cuela por las rendijas. Y no tengo ni la menor duda de que, una vez cerradas todas estas puertas, cuando este apresurado final de máster parezca un recuerdo lejano y esta vida, que ahora huele a coche nuevo, haya pasado el rodaje, la escritura brotará no solo por juntas y rendijas.

    Al fin y al cabo, todo lo que he hecho —to-do— lo he hecho por ella. Qué tipo de jardinera sería si no creara la mejor parcela posible para el crecimiento de mis plantas.

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  • La gravedad sigue operando

    La gravedad sigue operando

    Ayer estuve repasando y reforzando los pilares del sistema mágico de El fameliar. Tal como una historia avanza, es algo que hay que hacer de tanto en cuanto para comprobar que hasta lo ilógico sea verosímil, en especial, como es el caso, cuando en mitad del proceso creativo cambias de versión de la historia y, además, te tomas unas vacaciones.

    En fin que, mientras daba puntadas aquí y allá al tejido base de mi ficción y fantaseaba otra vez con convertir ese guion audiovisual en novela, no pude evitar preguntarme por el sistema mágico que rige mi realidad. Cosas de escritora, supongo.

    Y es que creo firmemente que estamos tan acostumbrados al worldbuilding de nuestra realidad que nos pasa desapercibido, pero no porque no exista, sino porque, sencillamente, es lo normal para nosotros. Tan, tan normal, que ni nos paramos a observarlo. Tan, tan, tan normal, que creemos que no existe.

    Pero existe.

    Pensemos en, yo qué sé, la dichosa fuerza de la gravedad. Todos la hemos estudiado con aquel dichoso 9,81 m/s2. Que ya es una cifra curiosa. No sé, si yo fuera dios, habría redondeado a 10, aunque fuera solo por ponérselo fácil a los chavales que estudian física en la secundaria. En fin, que es una regla del mundo, que está ahí, que funciona. Aunque no es taaaaaan exacta como creemos. Resulta que fluctúa (y fijo que hay motivos sólidos para ello) entre un lugar y otro: que si de 9,7639 m/s2 en la montaña Nevado Huascarán en Perú a 9,825 en Oslo y Helsinki. Y todas las fluctuaciones justificadas, oigan.

    Eso, queridos, es worldbuilding.

    Y también lo es la depresión postvacacional. Tiene reglas y condiciones. Y consecuencias.

    Como el duelo.

    Claro que, para unos ojos poco entrenados, las normas de este mundo que nos ha tocado vivir pueden parecer absurdas. Pero también hay quien piensa que es absurdo que Superman lleve los calzoncillos por fuera y jamás he visto a nadie en Metrópolis cuestionarse ese particular. Worldbuilding.

    ¿Y la ley de Murphy y todas las otras leyes y corolarios que la acompañan? Worldbuilding.

    ¿Que no podamos respirar bajo el mar? Pues lo mismo, claro.

    ¿Que la pérdida de un progenitor sea un punto de inflexión en tu vida que de ningún modo fuiste capaz de ver venir? Sí, adivinaste, construcción de mundo, pero aquí, también, construcción de personaje.

    Porque resulta que de nada sirve que yo describa que los hijos de Krypton tienen más fuerza y poder que los hijos de la Tierra y que eso les permite volar si no planto a un maldito kryptoniano en la Tierra.

    Igual que de nada le sirve a dios establecer la fuerza de la gravedad de nuestro planeta en torno a ese dichoso 9,81 m/s2 si no tiene intención de habitar la roca en cuestión con seres y objetos afectados por tal ley. O, si preferís, de nada sirve la ley de Murphy en un mundo sin tostadas ni mantequilla.

    Tiene que existir la muerte para que te cambie la vida, sea segando las de quienes te son próximos o, directamente, sacándote a ti de la ecuación. Pero tienen que existir igualmente esos personajes, que ni siquiera saben que lo son, afectados por su existencia.

    Y eso me lleva a una de las principales reglas del worldbuilding de este mundo nuestro y que tanto pasamos por alto: Para que los personajes aprecien la vida debe existir la noción de que es finita y su final impredecible.

    Supuestamente —y digo solo supuestamente— ese debería ser uno de los motores de los personajes de este mundo que habitamos. Es más, un truco que suelen dar en las escuelas de narrativa es el uso del reloj, del tiempo, visible o invisible, como motor de la acción (no es lo mismo Lex Luthor es malo y lo tendría que neutralizar que ya está el idiota de Luthor intentando cargarse el mundo otra vez y si no le paro los pies detonará esta bomba en tantos días/horas/minutos).

    Así que la finitud, o la certeza de que vamos a morir, debería ser motor y motivación para nuestra acción. Hacer lo que nos gusta, disfrutar de cada instante, de cada experiencia, de cada pequeño detalle.

    Pero no vemos las reglas del mundo. Estamos tan tremendamente acostumbrados al worldbuilding que es invisible para nosotros. Y eso no tendría que ser malo, salvo porque nos hemos dedicado a construir otras reglas, ajenas a las reales, que, por algún absurdo motivo, son las que marcan nuestros pasos.

    No solemos estar atentos a lo que hacemos mientras lo hacemos sino que es más que común que lo hagamos pensando en lo que vendrá después o en lo que fue antes. Y poco importa que se trate de estar en el trabajo pensando en la hora de salir o pasar el rato mirando a la nada recordando aquel momento que ya pasó y que tanto echamos de menos.

    Hemos creado reglas según las que el dinero nos hará felices. O tal trabajo. O perder peso. O ganarlo. O lo que sea que en ese momento creamos. Y perseguimos esos objetivos como si el objetivo fuera conseguir. Lo que sea. Pero conseguir.

    Es como si nos hubiéramos convencido los unos a los otros de que la gravedad no existe o es mínima y, todos de acuerdo, nos dedicáramos a saltar convencidos de que, en uno de esos saltos, flotaremos o, mejor, volaremos como Superman. Hasta hay quien se ha sacado los calzoncillos por fuera, no sea que esa sea la clave. Lo más triste, no obstante, es que hay quienes han optado por subir a lo alto de los más altos edificios para saltar, seguros de que así su creencia sobre la ausencia de gravedad operará mucho mejor. Y, por si fuera poco, mientras caen nos miran con sorna y nos señalan. Pobres idiotas que no se han dado cuenta de que no es lo mismo volar que caer.

    Pero la gravedad es una regla de este mundo y como tal sigue operando, sin atender a que nosotros lo creamos o lo veamos. Igual que la finitud de esta experiencia a la que llamamos vida.

    Y en este contexto, este verano me he descubierto a mí misma saltando, como mis congéneres, sí, convencida de que, con empeño y constancia, tarde o temprano flotaría o, mejor, conseguiría volar. No podía haber dudas, pues lleno está el mundo de gente surcando los aires, aunque, seamos realistas, desde aquí abajo no se distingue si flotan, vuelan o caen.

    Aunque por más que yo salte y por más gente que vea surcar el aire, la gravedad opera.

    Y por más que viva en mis sueños y deseos, en el pasado idealizado o en el futuro hipotético, la vida avanza y, en algún momento, la muerte espera.

    Que yo haya olvidado las reglas del mundo, como personaje que soy en esta historia, no implica que las reglas cambien o desaparezcan.

    Al final, conocer las reglas que rigen el mundo de tu historia no solo sirve para que el conjunto tenga sentido y el lector tenga una experiencia satisfactoria. Es más, me temo, eso es lo de menos. Las reglas solo importan en tanto en cuanto hay un personaje al que afectan. La capacidad del personaje de vivir con ellas define, a la postre, su experiencia y de ella suele depender el sentido del conjunto y, sí, muchas veces, no sé si todas, el placer de ese mirón impertinente al que llamamos lector.

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  • La luz de agosto

    La luz de agosto

    Primer lunes después de las vacaciones. Qué tonto que se pueda sentir extraña la vuelta a la rutina, aunque todavía no sea ni de lejos la rutina que será en menos de quince días. Pero hasta la luz me parece rara. Diferente.

    Aunque puede que no sea la luz la que ha cambiado.

    Puede que sea yo.

    De momento, me temo, no sé cuál es el cambio, solo que está.

    Tampoco sé en qué consiste, pero, si mi alma fuera un puzle, diría que se le han movido piezas. O, tal vez, se han perdido. Aunque también es posible que algunas nuevas se hayan añadido. No lo sé.

    Es probable que yo lo note ahora, justo después de las vacaciones, porque ha sido cuando me he dado el tiempo que siempre me niego, pero, sea lo que sea que ha cambiado, no lo ha hecho en esta quincena escasa. Para nada.

    Y me da miedo, lo admito, porque, sea lo que sea que me pasa, se siente como una renuncia largo tiempo postergada. Un abandono, que es más, mucho más, que guardar la sombrilla sin sospechar todavía que ya no volverás a usarla.

    Jamás he entendido cómo puedo sentir nostalgia por lo que nunca ha sido.

    Pero aquí estoy, preguntándome qué sueño se llevará consigo esta piel que se desprende cuando, al fin, acabe la mudanza.

    De todo, lo más absurdo es que me siento mal por no sentirme tan mal como creo que debería por esos fragmentos desprendidos, que sin todavía saber qué son siquiera, voy dejando tras de mí, como las chanclas, como el biquini, como el pareo, como el sombrero, como la arena…

    En fin, es lunes, y estoy de vuelta. Aunque sigue siendo agosto, la luz es rara, en una maceta de mi balcón ya ha nacido una seta tempranera y no recuerdo dónde dejé la historia que estaba escribiendo.

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  • Mi pueblo, que nunca lo fue

    Mi pueblo, que nunca lo fue

    Creo que vivo mal.

    No solo yo, claro. La sociedad, el mundo que nos ha tocado.

    Y no porque haya una única forma buena de hacer las cosas, para nada. Sino porque parezco empeñada —¿parecemos?— en participar en una suerte de carrera de obstáculos de logros, prestigio y mérito en la que hemos olvidado los placeres lentos. O, sencillamente, los placeres. Sin más.

    Es posible que mi percepción no sea en absoluto un diagnóstico, sino la crisis de la mediana edad. Ya sabéis, ese momento en el que, por el motivo que sea, te paras, te observas y te das cuenta de que llevas media vida corriendo —quizás más— en pos de algo que puede que ahora ni siquiera valores. O, peor, ni lo recuerdes.

    Es como que corremos por inercia.

    Acumulamos por inercia.

    Y, también por inercia, mantenemos ciertos hábitos y costumbres, porque en algún momento fueron buenos. O nos lo parecieron. O lo que fuera.

    Yo, mientras, echo de menos el sonido del campanario de la iglesia las tardes de invierno en clase. El mercado en la plaza los viernes por la mañana. Los sábados de bicicleta y los domingos de arroz de pescado.

    Cualquiera podría pensar que echo de menos el pueblo, que no era tal, en el que me crié. Pero aquello nunca fue un pueblo, sino un simple puesto de postas a las puertas de la ciudad para pagar menos impuestos a la entrada en la urbe. En honor a su función, había hostales, posadas, bares y alguna casa de mala reputación, vosotros me entendéis. No tardaron en levantar allí una iglesia para ver si así se erradicaba el pecado que los viajeros, al parecer, traían consigo. Después, un colegio interno femenino de monjas liberales —sí, sí, liberales, todavía hoy se las llama «las francesas», aunque ya no quede ni una de ellas, para diferenciarlas de las monjas de verdad, de hábito y rosario a las cinco—.

    Con los años llegó una fábrica, después otra, bodegas y hasta minas. Con ellas se instaló allí un sindicato, que fue referencia en los primeros años del siglo XX. Ese pueblo, que no era pueblo, sino constructo a base de almas errantes de una y otra calaña amalgamadas en un espacio más que solo fronterizo, liminal, fue el lugar elegido para situar el primer aeropuerto de la isla. Todavía existe, claro, aunque ahora allí solo aterrizan avionetas y helicópteros.

    Me contaba mi abuela que, en los años de la guerra, cada vez que sonaban las sirenas, más que ir a los refugios, que les daban claustrofobia, muchos iban al aeropuerto. Una vez, por lo visto, para no dejar el guiso a medio hacer, se lo llevaron cargando la enorme olla entre dos de los siete hermanos por turnos. Y, creedme, su barrio, por más periférico que fuera, no estaba cerca de aquel aeropuerto construido en un pueblo que no era tal.

    Durante las últimas décadas de la dictadura, y a rebufo del éxito turístico de la isla, en aquel pueblo también surgió un espacio de ocio, que yo llegué a conocer y disfrutar cuando era pequeña, aunque ya no como el lugar de lujo y esplendor que había sido, sino como la realidad decadente que quedaba en los últimos coletazos de su existencia.

    Mi pueblo liminal fue un buen lugar donde crecer. Nadie era de allí, no había familias de toda la vida, a lo sumo, los descendientes de quienes, oliendo negocio en los años de expansión, se asentaron allí no más de tres generaciones atrás. La mayoría, éramos de cualquier lugar, menos de allí.

    El colegio de las monjas francesas, por aquel entonces, ya era mixto. Ya os he dicho que eran muy liberales. Fueron las primeras en mezclar chicas con chicos y en eliminar los uniformes. Absurdamente, hace pocos años los han vuelto a poner. Aunque, ya lo he dicho, de las monjas francesas que ya solo queda el nombre.

    Durante mi infancia, no obstante, no hubo uniformes, sí baberos durante algunos años —y cómo odiaba esa cosa—. Claro que el suyo ya no era el único colegio, pues, por lo visto, a rebufo de la fama de las francesas, más colegios privados y concertados se asentaron allí. Y, después —solo después— hicieron los públicos.

    Y la iglesia, ya sea porque yo iba a cole de monjas o porque de verdad era el centro de algo, vertebraba la sociedad con actividades, campamentos, excursiones, conciertos…

    Claro que, por pequeño que fuera aquello —aunque para aquel entonces ya estaba creciendo a lo bestia—, me consta que había familias que vivían de espaldas a toda aquella actividad y que si se enteraban de que existía, era de pasada.

    Y sí, es posible que eche de menos aquello, aunque de aquello ya no queda nada. La iglesia, sí, sigue en pie. Pero ahora allí solo se da misa y no queda actividad cívica alguna, igual que no quedan monjas francesas. Queda el aeropuerto, sí, y las ruinas de aquel club que alguna vez fue un lugar elitista. No tengo claro qué ha pasado con las bodegas, pero me ha parecido ver que están construyendo una finca encima. El edificio del sindicato alberga en su planta baja una compañía de seguros y, mire donde mire, hay una inmobiliaria.

    Aquel pueblo, que no era tal —nunca lo fue, ni lo pretendió—, ha seguido creciendo a lo largo de los años. Suerte que hay un torrente que delimita de alguna manera su espacio, pero ni esa frontera natural puede ocultar la realidad: ahora es un inmenso espacio residencial para la clase media aspiracional. Lo suficientemente lejos de la ciudad para sentirte cerca, pero bastante lejos para que adquirir una vivienda no suene a ilusión al alcance solo de Hans, Peter u Olaf. Ellos ya se han quedado con la ciudad y la costa, claro.

    Por lo menos, eso sí, las campanas de la iglesia siguen tocando, ya sea para llamar a misa o porque el carillón del reloj da la hora. Y eso, al menos, hace compañía. Resulta que el sonido de mi infancia es el de ese campanario y el de las avionetas cumpliendo horas de vuelo de pilotos en formación. Y sí, el de aviones teledirigidos que ni siquiera sé si todavía existen y el de un tren que ya no suena como sonaba.

    Así que no, no echo de menos aquel pueblo que nunca lo fue, porque sigue existiendo, aunque ahora sea muy diferente, pero, precisamente por eso, continúa siendo el mismo.

    Lo que echo de menos es vivir despacio. Necesitar menos. Disfrutar más. Y eso, a estas alturas, mi pueblo que jamás fue tal, levantado sobre las ruinas de casas de postas de reputación dudosa, no me lo puede dar.

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  • Renunciar a la mirada

    Renunciar a la mirada

    Estoy trabajando en mi trabajo final del máster de guion audiovisual. Sí, ese que mis problemillas de salud me impidieron terminar y presentar en convocatoria ordinaria. El mismo del que he ido publicando fragmentos por aquí.

    Es un trabajo placentero, me gusta escribir y me gusta la historia que creé y los personajes, así que no debería suponer sufrimiento alguno, más allá del que pueda provocar trabajar con un calor abrasador o tener que estar en casa tecleando mientras otros están en la piscina chapoteando. Nada nuevo bajo el sol.

    Salvo que no está siendo así.

    Hay muchas maneras de contar una misma historia. Muchas. Tantas como miradas pueden posarse sobre ella. Y yo acabo de renunciar al ángulo, enfoque, perspectiva y encuadre desde el que quería contarla. Es más, hasta puede que haya renunciado a mi mirada.

    Y eso es algo horrible.

    Pero los plazos son plazos y los parámetros, parámetros. Y esto es un trabajo final de máster (TFM) no el guion de la nueva Tesis y, por supuesto, yo no soy Amenábar, ni Bayona, ni del Toro…

    Ahora mismo la cuestión no es escribir la historia que llevo dentro, es presentar el trabajo, aprobar el máster y olvidarme por un tiempo de todo esto hasta que, con suerte, me recupere y vuelva a escribir cine. O no. Tal vez tenga que quedarme con mi diario, mis historias por entregas, mis cositas asumibles.

    La historia que quería escribir no cabe en un TFM. La que estoy escribiendo, adaptada a los requisitos universitarios, no es mi historia. Es otra cosa. Conserva tema, personajes y lugares… Conserva mucho. Pero no es ella.

    Y el problema no es que, quizá, no tendría que haberme apuntado a otro programa de máster de escritura, porque, joder, ya está bien. No. El problema es que quizá jamás debí proponer una historia que me brotara del alma, sino crear una instrumental, que me importara un pimiento y que, por lo tanto, pudiera retorcer, acortar, alargar y torturar de mil distintas maneras para hacerla entrar en el dichoso molde académico.

    Eso lo que siempre he hecho. Las historias que me importan me las guardo para trabajar en soledad y sin más presión de la que yo misma me impongo. Que, creedme, ya está bien.

    Pero estaba débil, mi padre acababa de fallecer, el máster fue el plan B porque no era capaz de enfrentar el doctorado que estaba a punto de empezar —menos mal que todavía no me había matriculado—, pero tampoco quería pasar un año en blanco, sin estudiar nada.

    Maldita manía con los estudios.

    En algún momento tendría que parar.

    Y, quizá, quién sabe, sea ahora. Después de retorcer hasta deformarlo ese pedazo de mi alma que es la historia que he escrito y traicionado, todo al mismo tiempo.

    Tal vez el dolor ahora más que permitirme parar me obligue a ello.

    No tengo claro qué queda de la versión de mí previa a la muerte de mi padre. Aquella que era feliz en su trabajo, que estaba a punto de empezar a investigar lo que siempre la había apasionado y sentía una inmensa ilusión por la vida y el futuro, maravilloso, que se abría frente a ella.

    Sí sé que el guion que estoy escribiendo no refleja ni la persona que fui ni la que soy ahora porque está demasiado ocupado reflejando los requisitos para ser un buen TFM, un buen broche final, a unos estudios que, cómo me fastidia decirlo, me han servido de poco o nada. Casi, ni siquiera, para evitar el año en blanco.

    Y aquí estoy, con el trabajo casi a punto pero sin la sensación de felicidad y plenitud que suele acompañar a estos momentos.

    Aunque no pasa nada.

    Solo es un trabajo.

    Otro más.

    Lo presentaré, si los dioses me son favorables, aprobaré, podré colgar en la pared otro papelucho que dice que soy algo que no me siento y seguiré adelante. Aunque no tengo ni la menor idea de qué es adelante ahora.

    Hay una parte de mí —muy machacona, por cierto— que no para repetir que, una vez entregado el trabajo, conseguido el papelucho para la pared y tras la recomendable desconexión a modo de vacaciones mentales —quizá volcándome en mi trabajo, quizá renovando la casa, quizá sembrando plantas como si no hubiera un mañana—, podré volver a esta historia, sacarla del corsé de TFM en el que la he encerrado, cuidarla, mimarla, sanarla y hacerla de nuevo mía, eso sí, como novela.

    Otra parte —menos parlanchina, pero quizá más sabia— cree que debo quedarme con lo aprendido de este proceso para, después de las vacaciones mentales y todo lo que las precede, poder convertir el aprendizaje en una historia nueva.

    Pero lo peor, lo más duro —y a veces hasta insoportable— es esa mirada interna, que ni siquiera tiene voz, porque no la necesita, que cree que ya está bien. Que hasta aquí hemos llegado. Que ya es hora de dejarme de historias y fantasías y de centrarme en la vida que tengo que, con sus claroscuros y escorzos, es preciosísima, por más que yo me empeñe en ignorarla.

    Aunque nada de esto importa ahora.

    Y tal vez tampoco lo haga más adelante.

    Lo único que en este momento cuenta es acabar el maldito trabajo, entregarlo y salir de este infierno de verano lo más entera posible.

    Después —porque todo pasa y el después siempre llega—, ya nos centraremos en sanar el alma maltrecha.

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  • Desde el infierno —otra vez—

    Desde el infierno —otra vez—

    Llevo una semana en el infierno —aunque me temo que puede ser más. Aquí el tiempo es raro—. No importa demasiado cuánto tiempo ha pasado ni cómo he llegado aquí. Las circunstancias, en realidad, nunca son demasiado importantes. Menos todavía las que aluden al proceso, pues ni siquiera matizan la realidad que se vive.

    Lo que cuenta es que estoy en el infierno y es exactamente tal como lo recordaba. No ha cambiado nada. Ni una estalactita, ni un pozo de lava, ni una llamarada. Nada. Todo es crujir de huesos y chirriar de dientes. Como siempre. Como debe ser.

    Salvo porque el sábado comencé a mirar a mi alrededor y el maldito infierno pareció parpadear y, durante microsegundos, disolverse. Pensé, por supuesto, que era una broma macabra más, parte de mi castigo, otro capítulo de la tortura. Pero el maldito infierno lo hizo otra vez. Se disolvió. Y reapareció. Solo que en esta ocasión fui capaz de atisbar el entorno que surgía en lugar del conocido paisaje: mi hogar.

    El parpadeo se repitió el número de veces suficiente para que no tuviera duda alguna de que lo que veía en aquellos microsegundos de suspensión de la realidad infernal era mi casa. Ya sabéis, mi sofá, tan conocido y añorado, en lugar de la chaise longue de agujas y estacas; la cocina en lugar del horno de almas; el aseo en lugar de… Bueno, quizás pueda ahorraros esa imagen.

    La cuestión es que aquel maldito infierno que tanto dolía se comportaba como un mal holograma. Y si el espacio era un holograma, nada de lo que vivía y experimentaba era real. Aunque, juro por todas las mordazas, grilletes y látigos de siete colas, que lo parecía y se sentía como tal.

    Pensé en tantas, tantísimas, teorías que pudieran sacarme del maldito infierno que ni siquiera soy capaz de recordarlas todas, pero ninguna parecía encajar ni responder a qué estaba ocurriendo hasta que se me ocurrió interactuar con la realidad que, parpadeantemente tozuda, se aparecía a intervalos regulares.

    Al principio las interacciones fueron breves y torpes. Solo conseguí arrancar de la nevera un papeluco que resultó ser un horario. En otra ocasión, llegué hasta una carpeta, con varios horarios más, planificadores semanales y mensuales y no sé cuántas chorradas más. En otra de esas, conseguí algo de bebida y comida. Y en otra una muda de ropa —¡menos mal!—.

    No fue hasta ayer por la tarde que, al fin, alcancé mi portátil, desde el que estoy ahora mismo escribiendo estas letras. Sí, ya sé que he tardado mucho en enviar el primer mensaje de auxilio y contar mi experiencia, pero creo que todavía estoy en estado de shock con todo lo que he encontrado y, no sin trabajo, reconstruido de los últimos meses y años.

    Al parecer, por lo que he podido reconstruir hasta ahora, en algún momento la vida se puso verdaderamente difícil. Mucho. Tanto, que exigió de mí un papel para el que posiblemente no estaba preparada. Aunque, ahora mismo, todavía no sé cuántas veces ha pasado esto mismo. Ya os he dicho que el tiempo, aquí, es raro.

    Por lo visto, me vi obligada a dejar de lado las bromas, el juego y la diversión. Después, también el tiempo libre, el descanso sin más en la hamaca, la observación de las estrellas en las noches despejadas. También la lectura pasó a ser funcional y útil o a no ser. Y el trabajo. Y la escritura.

    La vida dejó de ser vida y se transformó en carrera extrema de obstáculos con meta móvil. Básicamente como un IronMan en el que la línea de llegada se mueve en cuanto te acercas a ella. No hay sobrecitos de glucosa ni bebida de electrolitos que ayuden con eso, creedme. La celda de barrotes de hueso con calefacción permanente desde la que os escribo es la panacea frente a aquello.

    Pero el problema no son las circunstancias que me hicieron ponerme el traje de supergirl y salir a luchar —malos momentos siempre los hay—. Ni siquiera los momentos que requirieron dejar el arte, las risas y las siestas sobre la hierba.

    Para nada.

    El problema fue —y sigue siendo, si tengo que tomarme como indicativo el hilo musical que combina los grandes éxitos de los payasos de la tele con el chirriar de dientes, los alaridos de dolor ajeno y el crujir de huesos— que, una vez acabada la batalla, no supe comprender que se había terminado.

    Aunque, desde aquí donde estoy sentada, viendo el sinfín de celdas ocupadas por almas tan idiotas como la de una servidora, no puedo evitar preguntarme si, en realidad, el resumen no es que yo no supiera quitarme las botas cuando acabó la guerra, sino que vivimos en un mundo, un maldito sistema, cuyo horrible propósito es mantenernos siempre en estado de alerta.

    Al fin y al cabo, si tras una batalla comienza otra, para qué quitarse las botas.

    Salvo que no todas las batallas son tales.

    Solo que ya no sabemos distinguir entre necesito un vehículo para desplazarme y el coche de lujo que nos hacen desear. Entre el bolso bonito y la estúpida cosa carísima para colgarte del brazo con logo de Chanel. Entre unas vacaciones para descansar y el pack premium al último destino de moda.

    Excepto que no hablo de coches, ni bolsos, ni de destinos turísticos.

    La cuestión es que siempre hay algo mejor a lo que aspirar. Algo más por lo que luchar. Una meta más que, al ser alcanzada, nos brindará la felicidad. Sin que nos percatemos, por supuesto, de la cárcel de hueso, roca y fuego que levantamos a nuestro alrededor. ¿Cómo vamos a verla si ni siquiera somos capaces de apartar los ojos de la pantalla para mirar a nuestro alrededor?

    Lo peor de todo esto no es el torrente de lava que pasa por mi lado —demasiado caliente, demasiado cerca—, sino que en algún momento, por algún motivo, llegué a confundir lo que quería con lo que algo, alguien o el maldito sistema me hizo creer que debía querer.

    Y una, que es una luchadora nata, empezó a pelear con uñas, dientes y todo lo que tenía. Salvo que cada batalla, cada combate, era solo un bloque más de esta cárcel, un nuevo barrote para mi celda.

    Ahora, en pleno mes de agosto —según el calendario del portátil que he conseguido traer desde la realidad—, me pregunto si sería capaz de disfrutar de unas vacaciones de verano igual que antes lo hacía. Aunque, claro, este año no lo sabremos, porque tengo que escribir y entregar un guion para un máster —el cuarto—. Pienso que quizás en algún puente en otoño pueda… Pero no, no seas tonta, tengo que aprovecharlos para hacer cursillos y mejorar el inglés, que es mi bestia negra. Y en navidad, claro, tampoco, es el momento ideal para adelantar los proyectos de escritura serios…

    Y aquí y ahora el problema ya no es el látigo, ni la mordaza, los grilletes o la maldita cosa que tira de brazos y piernas hasta que te sientes desmembrar. Ni siquiera la dama de hierro, sus afiladísimas púas y lo mal que huele ahí dentro.

    El problema real es que no sé si he perdido la capacidad de disfrutar.

    Tal vez ya no sé jugar como antes —con las historias, con las palabras— solo por el placer de hacerlo.

    Puede que fuera tanto tiempo el que tuve que estar seria, parecer responsable, comportarme como una adulta, que olvidé cómo se ríe.

    Y no puedo evitar pensar que quizá, solo quizá, después de pasar por tanto, puedo haber dejado de ser una persona libre para, sin darme cuenta, convertirme en otra cosa, demasiado parecida al burro que corre detrás de una zanahoria, ignorante de que jamás la cogerá, salvo que el amo quiera, y que, justo después, aparecerá otra, atada al mismo palo, que perseguir como la bestia de tiro que es.

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  • En Júpiter y con la cama sin hacer

    En Júpiter y con la cama sin hacer

    Estoy enfadada.

    No me gusta porque el enfado me perjudica. Poco importa su causa. Me pongo de mal humor, pierdo las ganas de hacer cosas y, las que hago, se convierten en trámite u obligación. Sin darme cuenta, dejo de disfrutar, de reír, de cantar. Y la vida se vuelve gris.

    No, no importa la causa del enfado, porque, sea la que sea, seguro que no vale que mi vida pierda el color.

    A mí me gusta mi vida colorida y con brillo, con música, con momentos suaves, con detalles bonitos. Ese es el motivo de que encienda una vela aromática cuando me siento a escribir, pero también de que lo primero que hago al levantarme sea poner música y hacer la cama. Hay gestos pequeños que cuestan poco pero cambian mucho.

    A pesar de todo, sé perfectamente que la vida no es así. No es suave, ni dulce, ni lenta. Más bien al contrario, tiene la manía de ser dura, bastante inflexible, de ritmos cambiantes y, a lo sumo, agridulce. Y por eso me esfuerzo en quedarme con lo bonito. No niego la mierda. Sé que existe, creedme, pero trato de buscarle el lado positivo. Al fin y al cabo, no hay mejor abono para el campo.

    Las cosas malas, duras, difíciles y hasta terribles existen. Y la mayoría de ellas no están en nuestras manos. Suceden. Podemos reaccionar a ellas. Hasta tratar de prevenirlas. Pero no evitarlas. Nuestro papel, por más que nos pese, se limita a lo que sí depende de nosotros.

    Y llevo años haciendo un esfuerzo enorme por centrarme en lo que depende de mí, porque a base de golpes aprendí que de nada sirve que me centre en lo demás. Al final, no deja de ser cierto eso de que la mejor manera de cambiar el mundo empieza por uno mismo.

    Pero en ese uno mismo es menos singular de lo que solemos pensar en un primer momento. Es más, si me centro en mí misma hay una parte de todo lo que haga que, directamente, afectará a los demás, para bien o para mal, pues somos seres gregarios y solemos vivir en comunidad.

    Si yo tengo un mal día —y hoy lo tengo— y empiezo a actuar desde el enfado, la rabia o la emoción que sea que sea que secuestre mi amígdala, mi comportamiento afectará a los demás, además de a mí misma. No digo que haya que ignorar o reprimir las emociones negativas, eso no lleva a nada. O, al menos, a nada bueno. Hay que sentirlas, claro. Y dejarlas ir.

    Y aquí estoy yo, respirando a través de una maraña de emociones feas y violentas porque la secuestrada amígdala de otro ser humano me ha sacado de mi centro —me ha enviado a Júpiter, para ser exactos—y sé que lo único que puedo hacer es surfear como pueda este momento porque a nadie beneficiará que mi amígdala tome el mando. Tampoco a mí.

    Pero aquí estoy, a las diez y media pasadas, con la cama sin hacer, la vela sin encender, un guion sin escribir, inhalando y exhalando porque un idiota fue incapaz de hacerse cargo de su propia mierda mientras me pregunto qué coño haré hoy yo con tanto abono.

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  • Y me encanta

    Y me encanta

    Este fin de semana ha sido fin de semana, con todo lo que se le presupone a la expresión. Y hacía tanto que no disfrutaba así de un finde que hasta se me había olvidado cómo se siente.

    Creo que el cambio no ha sido tanto salir, o no escribir, o ser capaz de desconectar, como que al fin me estoy encontrando bien. Aunque, me temo, las tres cosas están más ligadas de lo que me gustaría.

    Cuando no te encuentras bien, es obvio, no sales, o, de hacerlo, acabas tan extenuada que el perjuicio anula cualquier beneficio de la aventura en el mundo exterior. Eso es más o menos evidente. Lo de la desconexión, quizá, no lo es tanto. Y es que, a ver, si tienes dolor constante, desconectar de él es imposible. Está todo el rato. Quizá no con la misma intensidad, pero sí con idéntica persistencia. Y, por absurdo que parezca, el dolor es un lugar común del resto de aspectos de tu vida, porque los atraviesa y une de tal forma que, lo diremos así, causa que los lleves todo el rato contigo de igual modo que llevas el dolor.

    Sin embargo, creo que ese papel del dolor como mediador de todos los aspectos vitales de la persona que lo sufre tiene un punto de psicológico. Ojo, no digo que nada de esto sea psicosomático, ni una cuestión de actitud, ni ninguna de esas pamplinas —que mi diario es un cuaderno serio donde vuelco mis pensamientos, no el grimorio de la hermana Pepi—. A lo que me refiero es a que convivir con el dolor crónico afecta a todos los aspectos de la vida y cambia el modo en el que los experimentas. Quizá sea, como dicen hoy en día, que te cambia la química cerebral. Tal vez, sencillamente, que no es plato de buen gusto sufrir todo el día.

    Y es posible —mucho— que ese dolor constante distorsione la forma en la que ves el mundo y hasta amplifique algunas circunstancias, más o menos problemáticas, hasta convertirlas en verdaderos monstruos. Por ejemplo, tengo que hacer la mudanza de Ibiza a Palma. No me queda otra, hay que hacerla. Mi época ibicenca se acabó —de momento—. Tengo que volver, traerlo todo, organizarlo y, sobre todo, dejar una casa que ya no ocupo y no volveré a ocupar. Pero cuando te duele todo el cuerpo —cuando llevas un maldito año con dolor en todo el maldito cuerpo— la dichosa mudanza suena a tortura. Tanto es así que ahora mismo llevo meses pagando un alquiler que no necesito porque eso duele menos que mover mi cuerpo para vaciar la casa.

    Es ridículo, lo sé.

    Pero también es cierto.

    Esto, que puede parecer un caso extremo, porque lo es, es aplicable a todo, desde hacer la compra hasta salir a pasear. Cuando el dolor llega a ciertos extremos, absolutamente todo es una tortura, o susceptible de convertirse en una. Para que os hagáis una idea, he llegado a quedarme hecha una bola en el sofá porque se me habían acabado los calmantes y bajar a la farmacia equivalía a recorrer la mismísima Tierra Media hasta el Monte del Destino. Dicho de otro modo, mejor aguantar el dolor de 7 u 8 que padecía, con calor local y electrodos enganchados aquí y allá, que hacer algo que sé que hará que el dolor aumente a 9 o, dios no lo quiera, a 10.

    Cuando este es el panorama, desconectar no es un verbo, sino un galimatías sin sentido, y escribir es la única vía de escape posible, quizá junto a leer o, en los días de verdad malos, escuchar un audiolibro.

    Por eso, este fin de semana he podido, por primera vez en mucho tiempo, no leer, no escuchar audiolibros y, ni siquiera, escribir. Porque, por primera vez en mucho tiempo, he podido desconectar. Porque, al fin, no sé cómo ni por qué, ha dejado de doler.

    Y ojo, que no he dicho que el dolor se haya situado en un nivel soportable. Ahí, más o menos, ya estábamos, con la salvedad de que ese dolor aumentaba, o no, en función de mis acciones. Pero lo que ha pasado este fin de semana es que el dolor ha desaparecido.

    Sí, desaparecido.

    Y se ha sentido igual que cuando apagas el secador o el extractor de la cocina después de mucho rato.

    De hecho, hoy lunes, y después de un fin de semana que ha sido fin de semana, el dolor sigue sin haber vuelto. Hay dolorcillos menores aquí y allá, supongo que porque el cuerpo no está habituado a la vida medio normal. Pero el dolor, dolor, no está.

    Por supuesto, una parte de mí teme que pueda volver. Hasta que pueda hacerlo con más virulencia. Pero hay otra, la más realista, espero, que entiende que esto no ha sido una mejoría súbita sino el resultado de una progresión lenta, pero firme.

    Obviamente, no he dejado la medicación. No soy nueva en esto. Pero, al fin, pienso que no debe estar lejos el día en el que pueda hacerlo.

    Y sí, puede que sea cosa de la ausencia de dolor, pero, por primera vez en mucho tiempo, me siento absurdamente optimista. Y me encanta.

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  • Menos investigar y más salir

    Menos investigar y más salir

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-005
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 5
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 01/07/2026 Escritura
      • 24/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    En la misma línea que la anterior, esta escena pretende dar contexto social a Savina, además de ofrecer datos importantes sobre su carácter e introduce un factor clave que es la obsesión del personaje por su proyecto de investigación, a pesar del poco prestigio que le otorga.

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  • Ficción primero, diario después

    Ficción primero, diario después

    Hoy ha sido mi primer día de «ficción primero, diario después» y tengo que reconocer que, aunque el comienzo ha sido un poco lento, la sesión de escritura ha sido muy productiva. Mucho más de lo normal.

    Y no sé si será cierta mi teoría de que solo puedo vaciarme en la página una vez al día, pero sí que parece que he dejado todo el peso mental en las hojas de ficción y ahora, como podéis ver, a lo máximo que llego es a relatar cómo ha ido la jugada. Que, a ver, es un tipo de diario tan digno como cualquier otro. Incluso, según como se mire, incluso más. Al fin y al cabo, los diarios, como tales, tenían la función de recoger hechos, no pensamientos. Aunque, a veces, van tan ligados los unos a los otros que son inseparables.

    En cualquier caso, lo cierto es que la sesión de escritura de hoy también me ha llenado de energía, cosa que no suele pasar, o no del mismo modo, cuando escribo las entradas habituales del blog. Y, ya, lo sé, no todas mis entradas de blog son de puro diario, pero, en cualquier caso, ni siquiera la ficción que suelo escribir para el blog se siente igual, aunque desconozco el motivo.

    Quizás sea porque no es lo mismo trabajar en un proyecto largo que en muchos cortos. Tal vez sea que, cuando trabajas en un proyecto largo, tienes que poner en marcha mecanismos de memoria y de anticipación que no son necesarios, o no del mismo modo, en los más breves. Quién sabe, a lo mejor es eso lo que me supone un chute de energía.

    Aunque, conociéndome, no descarto que el subidón se deba a la dificultad.

    La verdad es que hoy he disfrutado tanto —tanto, tanto— que las tres horas que le he dedicado se me han pasado volando y habría seguido trabajando como una salvaje, de no ser porque esta tarde tengo una cita de esas que no se pueden cancelar ni postergar —y que ni siquiera se trata de un asunto mío—.

    Odio este tipo de compromisos porque no solo implican que tengo que reservar el tiempo que sea que dure el trámite, sino que además tengo que almorzar como una persona normal, ducharme y arreglarme para parecer que soy un ser humano funcional y no una cosa que escribe y que, por todos los dioses, preferiría estar escribiendo en lugar de hacer ninguna de esas cosas de adulta que, por algún motivo que se me escapa, no me queda más remedio que hacer.

    En fin, no sé si esta tarde tendré o no un ratito para seguir escribiendo. Pero sí sé que mañana a mediodía vuelvo a tener otra de estas cosas de adulta funcional que interfieren en mi escritura. Menos mal que después viene el fin de semana y al fin —¡al fin!— podré escribir sin odiosas interrupciones que solo sirven para sacarme de mis mundos de fantasía y recordarme lo aparatoso que es el maldito mundo real.

    Escrita queda la entrada del diario de hoy para que no se diga que si escribo ficción me olvido del blog y del diario.

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  • El bisturí y la linterna

    El bisturí y la linterna

    Escribir diarios es una magnífica herramienta de autoconocimiento.

    Está demostrado que la diarística tiene múltiples beneficios en el día a día de las personas que la practican, que van desde una mayor capacidad para ordenar el flujo de pensamientos o ayudar en la toma de decisiones hasta el control de emociones como la ira.

    Asimismo, este tipo de escritura sirve para mejorar la expresión escrita, obviamente, pero también la oral. Y, sí, además ayuda a acostumbrar a nuestro terco cerebro a crear hábitos, al mismo tiempo que, cómo no, se desarrolla la creatividad.

    Una maravilla, vamos.

    Salvo que se convierte en asquerosamente sencillo y hasta automático una vez que conoces la técnica, consistente, sin más, en extraerte el corazón, plantarlo sobre un folio y observar las hermosas formas que dibuja el chorro de sangre.

    Por supuesto, los diaristas avanzados no se quedan en la mera observación del órgano vital. Qué va, ellos también lo diseccionan, para un mejor conocimiento de su morfología y análisis detallado de cicatrices y heridas, así como su evolución. Los más avezados, además, suturan, pegan, parchean, remiendan y hasta rediseñan la víscera durante el proceso.

    La última fase es la más sencilla, aunque, a priori, puede imaginarse compleja. Consiste en devolver al órgano vital su aspecto y forma anterior —con los correspondientes ajustes y remiendos que se hayan realizado, por supuesto— y reintroducirlo en la cavidad torácica. La facilidad de este último paso se debe a que el peso extra con el que cargaba el órgano se ha quedado sobre el folio, lo que supone un considerable alivio casi instantáneo para el devoto escribiente practicante de esta técnica ancestral.

    Eso sí, el último remiendo de carne y pellejo para disimular la vivisección y poder así reincorporarse con normalidad a la vida es el más peliagudo. Los expertos no se ponen de acuerdo en el motivo por el cual esa última fase de tan íntima y compleja operación, siendo en apariencia el más sencillo, es, en realidad, el más difícil de realizar; aunque en las páginas perdidas de famosos practicantes de este noble arte se insinúa que lo complejo no es ese remiendo final, sino el acto de volver a la vida con normalidad, conocedor de los estragos que ambas, vida y normalidad, causan en tan delicado órgano vital.

    Servidora, y este blog lo atestigua, cree que los beneficios de la diarística superan con creces cualquier posible inconveniente, incluidos los de los ajustes finales y el disimulo autoimpuesto.

    Tanto es así que, una vez más, me temo, sospecho que la práctica de este tipo de escritura me está despistando de la escritura de ficción. Bueno, vale, no es del todo así. No es tanto que me despiste como que, digamos, me basta.

    Es como cuando, de pequeña, mientras mi abuela preparaba el almuerzo me decía aquello de no comas ahora nada, que si te llenas con pan después no tendrás hambre para la comida. Y, en efecto, así era, aunque era incapaz de resistirme al currusco de pan…

    Pues ahora me pasa lo mismo. Escribo diario y me sacio. Igual que con el pan. No alimenta igual que el plato elaborado, pero llena lo suficiente para que, después, ese plato riquísimo ya no pase. ¡Y cómo molestaba eso a mi abuela! Aunque no es de extrañar.

    Sé, por experiencia, porque una ya es perra vieja, que por más que intente dejar de escribir diario, el diario siempre sale. Se impone a todo. No importa lo que haga. Así que la solución no puede pasar por volver a tratar de dejar de escribirlo —ya sabemos que la última vez que intenté algo así también dejé de escribir ficción, así que no sirvió para nada. O, al menos, para nada bueno.

    Creo que la clave puede pasar por cambiar el orden, no por vetar un género. Ahora, lo primero que hago por la mañana, después de la ducha, la cama y el café, es abrir el blog y escribir. Eso está más que interiorizado. Pero, en pos de la libertad creativa, en ningún momento me he propuesto escribir un tipo de entrada u otra. La cuestión es que, por lo general, lo que sale, es lo fácil, que, en mi caso, obviamente, es abrirme el pecho de par en par, sacarme el corazón y… Bueno, ya os he dicho como sigue.

    Lo curioso es que la ficción, le pese al que le pese, consiste en lo mismo. Hasta puede que sea más bruto y pase no solo por extraerse el corazón, sino también el cerebro, pero tratar de convencerte, durante la disección, de que ambos órganos pertenecen a un personaje de ficción. Al fin y al cabo, en teoría, siempre es mucho más sencillo mirar la oscuridad ajena, y, con esa treta, nos autoengañamos para ser capaces de observar la propia.

    En fin, que la cosa va igualmente de vísceras y de oscuridad propia. Lo único que cambia es el enfoque o, si se prefiere, el modo de acercarse. Habría quien aludiría a la linterna como elemento de cambio real entre ambas técnicas, pero hoy estoy demasiado cansada para trabajar esa metáfora.

    El caso es que, mi problemilla, no es de género, ni de pereza, y, creo, ni siquiera de linterna. Es, más bien, una cuestión de hábito o, si se quiere, de automatización. Hasta puede que olvido. Porque no me extrañaría que una parte de mí se preguntara para qué fingir que las vísceras objeto de estudio son de otro si, en realidad, yo ya sé que son mías.

    Pero resulta que ayer encontré la respuesta a esa duda. Y ahora, escribiendo, acabo de encontrar otra. La reciente es fácil: quién me dice que desde la consciencia de que se trata de mi oscuridad estoy enfocando en todos los rincones… Y ahí vuelve la maldita linterna. ¿Os he dicho alguna vez que no controlo en absoluto mis malditas metáforas? Pues no lo hago. Y quizá esta falta de control sobre las metáforas es la verdadera respuesta: o qué demonios es la ficción sino una metáfora de la maldita realidad.

    La primera respuesta, la que encontré ayer, menos metafórica y, por lo tanto, más sangrante y visceral, decía algo así como que escribir ficción tendría que ser casi una obligación —y sin casi— para alguien que dice amar los mitos y las dichosas metáforas. ¿No son acaso los mitos metáforas? ¡Pues claro! ¡Todo lo que importa en esta maldita vida es, en realidad, una maldita metáfora! Y el que se queda con la interpretación literal de lo que sea, lo siento, pero es que no ha entendido ni la mitad de las capas de la dichosa cebolla que es la realidad que habitamos.

    Es más, si me pongo solemne con el rollo vocacional y esas cosas, me sale confesar que tal vez todo pase por contar esos mitos que tanto me obsesionan. Y no, no hablo de hacer retellings, sino de otra cosa, bastante más metafórica.

    Lo mejor es que ya lo estoy haciendo. Lo hago con el guion de largometraje que estoy escribiendo, con los universos que tengo abiertos en canal y los que ni siquiera he empezado ni a abrir.

    Y por eso, seguramente, con cambiar el orden basta. Con no comer pan y llenarme antes de comer, sea suficiente.

    Por eso, a partir de mañana, lo primero que haga, después de la ducha, la cama y el desayuno, no sea escribir diario, sino dejar el bisturí y volver a coger la linterna. O, dicho de otro modo, centrarme en mis metáforas.

    Y el diario… Bueno, no tengo pruebas, aunque tampoco dudas, de que el diario sobrevivirá. La diarística, a pesar de sus muchas virtudes, es como las cucarachas… Absolutamente nada las mata.

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  • Me gusta mi trabajo

    Me gusta mi trabajo

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-004
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 4
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 21/07/2026 Escritura
      • 21/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    La idea de esta entrada nació cuando a principios de julio empecé a repasar todo el material que tenía acumulado sobre este guion y, en la versión más avanzada, me di cuenta de que la protagonista parecía una antisocial y que era necesario darle algo más de contexto fuera de la trama para solucionarlo. Entonces plasmé la idea en una línea y seguí trabajando hasta que llegara el momento de redactar una primera versión. Y ese momento ha sido hoy.

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  • La llave de la taquilla

    La llave de la taquilla

    Hay días que empiezan mal y lo único que se puede hacer con ellos es aceptarlos e intentar navegarlos como buenamente se pueda.

    Yo hoy estoy teniendo uno de estos.

    Y no es que pase nada.

    Pero al mismo tiempo pasa todo.

    Y, además, tengo que devolver la llave de la taquilla de mi trabajo en Ibiza. Porque ya no es mi trabajo, claro. Porque yo decidí irme para volver a casa.

    A pesar de que en realidad ya no tengo ni la menor idea de qué es casa ni dónde está.

    Porque, en realidad, ya no tengo la menor idea de nada. Y a estas alturas creo que ya ni siquiera sé qué es lo que no sé.

    Pero la llave de la taquilla está en Ibiza. Como buena parte de mis cosas. Como la vida que, quizá, no estaba tan claro que quisiera cambiar.

    O sí. Y lo que habla por mí ahora es el miedo de volver a empezar, en otro centro, con otra gente.

    O, peor, el vértigo de volver a un lugar que una vez fue tan tuyo que eras incapaz de imaginar otro, pero que ahora ya no reconoces y se ha convertido en el reflejo de lo que ya no eres y de lo que tampoco quieres volver a ser.

    Tal vez no le pasaba nada al día.

    Nada.

    Quizá, no ha sido por culpa del día que se haya caído esa taza ni de que te hayas golpeado el pie mientras hacías la cama.

    Tampoco ha sido el día el que ha fastidiado una de las cámaras justo al empezar el directo en TikTok, ni mucho menos el que esté haciendo que me esté costando tanto escribir esta estúpida entrada.

    En ningún momento ha sido el día.

    La culpa es de la maldita llave de la ridícula taquilla.

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  • Cuando las estrellas se alinean

    Cuando las estrellas se alinean

    España ha ganado el mundial de fútbol 2026 y estoy muerta de sueño. Feliz, sí, pero dormida. Aunque, en general, la felicidad gana al cansancio, en especial si tenemos en cuenta que la última vez que España se proclamó campeona del mundo de fútbol masculino, servidora escribió su primera novela.

    Y ya sabéis que yo no creo en las casualidades sino en magia, alineaciones planetarias y eventos astrológicos. En este preciso momento, lo cierto es que tanto me da si el evento es astrológico o deportivo para que pase a considerarlo no solo señal, sino profecía. Aunque es posible que todo esto sea a causa de la falta de sueño.

    No es de extrañar si tenemos en cuenta que la cosa acabó más allá de la medianoche y después del partido yo estaba tan emocionada que no era capaz de irme a dormir. Creo que han sido las tres y media de la madrugada cuando he mirado el reloj por última vez y, mientras escribo estas líneas, faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Así que he dormido más bien poco y una ya no es una niña como para aguantar noches en vela.

    Y, a pesar de todo el cansancio, la alegría está por encima, porque, ya no solo como española, sino como profesora de español y escritora en español, siento un especial orgullo porque la final se hablara en español en una competición en la que se intentó vetar y humillar a este idioma, que es el segundo en el mundo por número de hablantes nativos.

    Debo admitir que estoy muy cansada de la guerra cultural de algunos países contra todo lo que huele remotamente a España, aunque no por hastío voy a dejar de defender la lengua y la cultura de este país. Y, precisamente por eso, me alegré muchísimo cuando Argentina ganó a Inglaterra y pasó a la final.

    De todo corazón, para mí todo lo que sea vencer a Inglaterra me parece bien, en cualquier contexto. Pero en este caso en concreto me pareció especialmente elocuente justo por cómo se quiso humillar al español en esta competición por motivos ideológicos y políticos de la más baja categoría. Para mí que la final fuera entre dos países cuyo idioma era el español era ya, en sí, una enorme victoria. Sin contar que Argentina es una leyenda y jugar la final contra ellos era un hito histórico, fuera cual fuera el resultado.

    La sorpresa me la encontré al observar la reacción del otro lado. Lo que yo pensaba que sería alegría compartida porque dos países, desde mi punto de vista, hermanos se jugaban la final resultó no serlo.

    Y no voy a entrar en las estupideces desde el punto de vista histórico que se llegaron a decir sobre el periodo imperial español, a eso, por desgracia, ya estamos acostumbrados. Ni siquiera en los agravios casi personales. ¿De verdad Argentina no se alegró de que, después del intento de humillación internacional al idioma y cultura que, aunque les pese, compartimos, acabara siendo un derbi entre equipos de habla hispana?

    Me consta que aficiones de otros países hispanoamericanos sí se alegraron por eso y muchos decidieron animar a España. Pero también he escuchado estupideces de parte de anglófonos —y, sí, estadounidenses— defendiendo que la verdadera final era el partido por el tercer puesto entre Inglaterra y Francia, porque por lo visto eran incapaces de tolerar cualquier otra cosa.

    Y ya sé que llevamos en los genes la desunión y que, siendo hermanos, como somos, hemos transmitido al otro lado del charco eso de la sangre cainita, que diría Sabina. Pero por desunidos y enfrentados entre nosotros que estemos por lo general los españolitos en la piel de toro, solemos unirnos ante el enemigo común —que se lo pregunten a Napoleón—.

    Imagino que por eso me sorprendió y hasta dolió la reacción de Argentina en su pase a la final —no sé ahora, unas ocho horas después de finalizar el evento, cómo llevarán el duelo—. En cualquier caso, supongo que, por costumbre, esperaba cierta alegría colectiva en el marco lógico de competitividad sana, porque, al fin y al cabo, esto es una competición deportiva.

    Repito, esto es una competición deportiva.

    Aunque siento que, en realidad, aquí se han puesto sobre la mesa muchas más cosas que únicamente las relacionadas con el deporte. Empezando por esa absurda idea de mantener el español fuera del evento y acabando por los que pensaban que se estaban vengando de sus colonizadores —y ya he dicho que no entraré en esta discusión porque creo que coger un libro de historia está al alcance de cualquiera—.

    Sea como sea, y a pesar de las pocas horas de sueño, aquí estoy yo, escribiendo la entrada del blog del día sobre el único tema posible hoy. Porque, a pesar de todas las trabas políticas y deportivas —por favor, que nos anularon dos goles…—, España se ha proclamado campeona del mundo de fútbol masculino. Y la última vez que pasó eso yo escribí una gran novela.

    Quizá, si España contra pronóstico puede conseguir una segunda estrella, tal vez también yo sea capaz de remontar, después de todo.

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  • Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

    La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

    Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

    Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

    La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

    Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

    Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

    Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

    Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

    Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

    Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

    Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

    Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

    Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

    Y esto me parece absurdamente cruel.

    Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

    Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

    Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

    Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

    Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

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  • Un día tonto

    Un día tonto

    Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.

    Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.

    Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.

    Dice mi psicóloga que esa angustia es, en realidad, ansiedad. Que no me apure, que es el mal de este siglo, que padecerla me hace más normal, más del montón, que es, según le digo una sesión tras otra, lo que más deseo ser. Que la terapia ayudará. Que me centre en el presente. Que deje seguir su curso lo que no está en mi mano y no puedo controlar.

    —Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—

    Ansiedad y un poco de trauma, ese creo que es el diagnóstico, para nada espectacular, pero sí bastante tocanarices, cuando de funcionar con normalidad se trata. Y sí, la meditación ayuda. Pero no es suficiente —o quita más tiempo que tranquilidad te da—. También ayudaba el deporte, hasta que el cuerpo dijo basta. Y el yoga…

    Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?

    O, tal vez, quién sabe, tendría que aprender a fiarme de mi ecolocalizador interior y comprender que si tengo un día tonto, quizás sea porque el cuerpo y el alma me piden un poco de recogimiento y calma.

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  • Las últimas instrucciones de Toni

    Las últimas instrucciones de Toni

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-003
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 3
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 01/07/2026 Escritura
      • 17/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    Soy consciente de que esta escena tendrá que sufrir variaciones durante el proceso de escritura por su longitud, pero me encanta porque no solo se ve la relación entre Toni y Xicu, que para mí es una parte fundamental de la historia, sino también porque, por primera vez, se ve a la criatura, y eso siempre es emocionante.

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  • A golpe de tecla

    A golpe de tecla

    Me he metido en un berenjenal. Aunque para alguien que usa la metáfora del huerto, el jardín y las plantas para hablar de su escritura quizás no sea algo malo.

    Resulta que desde que empecé a hacer directos en TikTok tenía una idea que me medio obsesionaba: aplicar a la escritura lo que veía que muchas chicas hacían en YouTube y Twitch con el estudio, como sesiones de estudio en directo, bajo el título de «Estudia conmigo», con musiquita de fondo, un set bonito y aplicando la técnica pomodoro, que consiste en alternar periodos de trabajo y descanso. Mi ideal, cuando estoy estudiando, son las sesiones de cuatro tandas de cincuenta minutos de trabajo y diez de descanso. Para escribir, mi ideal es la mitad.

    Ayer, mientras estaba en el directo, que, fiel a mi obsesión, suelo titular «Escribe conmigo», una chica me preguntó cuál era la dinámica, a lo que yo respondí que, de momento, ninguna, pero que mi idea era la de copiar las sesiones de «Estudia conmigo» y aplicarlas a la escritura. La idea le gustó y, bueno, ya sabéis que a mí me basta poco para venirme arriba.

    Y aquí estoy yo hoy, escribiendo esta entrada durante la primera sesión oficial de «Escribe conmigo» de mi canal de TikTok —¿lo de TikTok se llama también canal o tiene otro nombre? Tendré que investigarlo—, mientras un cronómetro se come la primera mitad del tomate y hay más gente en mi live de la que ha habido nunca.

    Debo decir que, para la ocasión, siguiendo la idea de trasladar a la escritura lo que veía en el estudio, he hecho un fondo de pantalla precioso para el directo, muy cuqui él, pero en el que, además, de un vistazo puede verse en qué consiste la dinámica.

    Y creo, sinceramente, que de la misma manera que esas sesiones de «Estudia conmigo» son más que útiles para el estudio, también lo pueden ser para la escritura.

    Esos canales dedicados a las sesiones de estudio en directo con la técnica pomodoro son especialmente útiles cuando uno está embarcado en un proceso largo, extremadamente exigente y muy competitivo, como, por ejemplo, una oposición. Pero también para las épocas de exámenes de bachillerato, ciclos formativos superiores y universidad.

    Sirven porque, por un lado, ves que no eres la única persona que estudia y está sometida a un ritmo y a unos niveles de exigencia que no son los habituales. Y, seamos sinceros, no es lo mismo sufrir en solitario que hacerlo en compañía. Ese es el otro factor de utilidad. Al principio te puede parecer que solo tienes un canal de fondo, como quien tiene la tele sin sonido o música a un nivel bajito. Pero, poco a poco, vas conociendo a la persona que conduce los directos y, sobre todo —y esto es lo más importante—, a los asistentes habituales. Y el estudio deja de ser un sacrificio solitario y pasa a ser otra cosa.

    Pero hay algo más. Estos directos suelen tener una estructura clara y, más importante, unos horarios definidos. Por ejemplo, de lunes a viernes de nueve a dos. O de diez a doce, que es el horario que me he puesto yo para probar. Y eso es oro en un momento en el que tienes que organizarte tú contigo misma, sin más motivación que la ilusión inicial por el proyecto que sea y una fecha de examen generalmente muy lejana.

    Tampoco hay que olvidar que en los estudios, me da igual que sean los estudios oficiales normales o un proceso selectivo, por más que te esfuerces, no tienes nada asegurado, así que es muy importante —importantísimo— ser capaz de mantener la motivación suficiente a lo largo del tiempo para sostener el esfuerzo necesario sin flaquear. En ese contexto, saber que al otro lado de la pantalla hay un grupo de personas, o incluso una sola, con la que compartir el proceso y las sesiones, ayuda, y mucho.

    Con toda esta exposición supongo que nadie se sorprenderá si digo que cuando preparaba mi oposición yo participaba en sesiones de «Estudia conmigo» de distintas plataformas y que me ayudaron muchísimo.

    Y, por el mismo motivo, imagino que cualquiera puede suponer las enormes similitudes que veo entre las dos situaciones: estudiar es solitario, requiere de mucho esfuerzo, sacrificio y motivación. Escribir también. Cuando estudias, por mucho que te esfuerces, nadie te puede garantizar el éxito en el proceso que sea que estés participando. En la escritura tampoco hay nunca éxito garantizado. En el estudio la buena organización y unas rutinas adecuadas son imprescindibles. En la escritura —sí, lo adivinaste—, también.

    Las mayores diferencias que veo entre el estudio y la escritura son, por un lado, la competitividad, pues parece que los escritores competimos entre nosotros para conseguir el éxito; por otro lado, el mito del escritor solitario. Que es, por cierto, tan falso como el mito del escritor sufridor, aunque de este último ya hablaremos detalladamente en otro post.

    Ambas ideas, tanto la de la competitividad como la del escritor solitario, me las ha desmontado el mundo de la escritura de guiones audiovisuales. No es que los guionistas no compitan entre ellos —claro que lo hacen—, es que entienden que su trabajo no es solitario ni existe aislado en el mundo. Más que eso, lo más habitual es el trabajo conjunto, en equipos formados por múltiples profesionales. Cierto es que, en ese sector, el ego lleva la etiqueta de director. Pero, al menos, la industria del cine y la televisión entiende con facilidad la importancia del otro en el proceso y en el valor del resultado.

    El mismo mecanismo sirve para exorcizar la idea del escritor solitario encerrado en su torre de marfil. Aunque, en la actualidad, es un mito absurdo, que no se sostiene de ningún modo si tenemos en cuenta el funcionamiento de la industria editorial, que ha convertido el trabajo del autor en algo mucho más colaborativo y cooperativo de lo que el cliché que todos tenemos en mente nos deja imaginar.

    Aunque, dicho sea de paso, para mí la escritura nunca ha sido tan solitaria. Sí, íntima, por supuesto. Y a veces, muchas, nocturna, desvelada. Pero también existente en grietas del día a día, ya sea, cuando eres profe, en el ratito de una clase en el que te aburres o, cuando eres alumno, en ese momento en el que el profe no mira… Y, a veces, en minutos robados a la vida, en el coche, recién aparcada, cuando has llegado cinco minutitos antes. O los días de ruido, en una escapadita rápida al lavabo para ocuparse de unas necesidades que no son físicas, sino del alma, del espíritu, o lo que sea ese fuego que tenemos dentro y que tanto necesita salir en forma de palabras.

    En cualquier caso, servidora, ya lo sabéis, tiene vocación de juglar, casi más que de trovador. Lo mío es —siempre lo ha sido— la plaza del pueblo, el conectar para enriquecerse y el contar para entretener y devolver lo ganado. ¿No es pues, lo propio de un alma de juglar actual escribir en línea, junto a más personas que sienten la misma pulsión y a otras que solo quieren estar, mientras la obra nace, a golpe de tecla, a modo de moderna cuerda de laúd?

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  • Lo que guardan las familias

    Lo que guardan las familias

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-002
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 2
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 01/07/2026 Escritura
      • 16/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    Es una de las escenas que más me gustan porque, después de varios borradores del guion centrados en un personaje masculino, al fin, la historia se centra en Savina, que es la verdadera protagonista de la historia. Y además, aquí la vemos en su ambiente, en su vida cotidiana, y eso me encanta porque creo que es uno de los personajes femeninos más ricos que he escrito.

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La Enésima

Aquí cultivo letras, a veces nacen historias

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