70 páginas, en calibri 12, interlineado 1,5. Esto son, aproximadamente, 25.000 palabras. Y esos son los números que pueblan mis pesadillas y los de la extensión máxima de mi próximo proyecto. Lo sé, es una extensión extraña, hasta para una novela corta, ya no digamos para una antología de relatos. Es un calzado incómodo, un vestido que te aprieta aquí, te queda ancho allá, un peinado con demasiadas horquillas. Es la extensión máxima del proyecto literario de mi Trabajo Final del Máster (TFM) de Escritura creativa, que, en total, con la justificación académica y demás apartados obligatorios, no puede superar las 100 páginas.
Por supuesto, en lugar de un texto terminado, podría presentar un proyecto y escribirlo después. Es la opción B. Pero los proyectos y yo tenemos una mala relación. No es que se me den mal, al contrario, se me dan de maravilla, pero una vez terminada toda la parte organizativa (que si escaleta detallada, con capítulos y escenas detallados, fichas de personajes y análisis del conflicto de cada uno y su arco evolutivo, que si mapa de las relaciones, descripción del mundo, justificación de las elecciones…), nunca he convertido uno en novela. Cuando me pongo a escribir de verdad, a veces ocurre que, una vez terminada la parte técnica, pierdo el interés en la historia. Otras veces, la historia pierde el interés en mí.
La solución, por supuesto, podría ser un sistema mixto, de escritura y elaboración del proyecto -que, por otro lado, es como yo suelo trabajar- pero ahí, lo que va en mi contra son los plazos. Por lo general, cuando escribo y hago estructura, todo al mismo tiempo, la parte técnica nunca está terminada antes de la finalización de la novela. De hecho, para mí, esa parte técnica, es el fundamento del proceso de revisión y edición, porque, qué mejor manera de encontrar fallos de trama, inconsistencias, personajes mal creados, que analizarlo en forma de esquema. Pero, lo dicho, es, primero el texto, después la escaleta y todo lo demás. Y los plazos son muy firmes y, soy sincera, me da miedo que no me de tiempo.
Claro que no me apunté en el susodicho máster para hacer cosas que no me supongan un reto, más bien al contrario, lo hice para salir de mi zona de confort, para obligarme a escribir más allá de los blogs, para tener plazos y límites. Y esta incomodidad que siento ahora, y este miedo en forma de gusano reptando por mis tripas, es lo que buscaba. Aunque, a veces, pienso que tengo un lado masoca.
En fin, que las opciones son, 70 páginas, sea de una novela corta o de un grupo de relatos, o proyecto de novela, con todo el miedo que me da que nunca se convierta en novela o no llegar a tiempo a la entrega, porque esto, claro, hay que compaginarlo con el trabajo, que una servidora no vive del aire y lo de vivir de escribir… Bueno, dejemos eso para otro post.
Más allá de la cuestión de la extensión, están las del género y el tema. Y yo escribo fantasía. Sí, sí, mientras le daba vueltas a la idea fantaseaba con otras de las opciones que me dan para el TFM (autobiografía, crónica, ensayo literario…), pero eso me desvía de mi objetivo inicial, lo dicho, que me suponga un reto y me saque de mi zona de confort. Otros géneros, desde la histórica al misterio, quedan descartados porque me aburren. Así de simple.
Por lo que se refiere al tema, y pensando en la extensión curiosa de 70 páginas, mi primera idea fue hacer una suerte de homenaje a Frankenstein y Drácula y hacer una novela epistolar, de inspiración gótica, pero traída a la actualidad. Ya sabéis el truco de los géneros especulativos, el «¿Y si…?», pues mi idea era algo como un ¿Y si el monstruo de Frankesntein fuera una IA? ¿Y si el lugar exótico no fuera Transilvania, sino, yo qué sé, cualquier lugar de Asia o Áfrika, y el vampiro un inmortal inspirado en la mitología de la zona elegida, que más que sangre se alimentara de energía o sueños o años de vida? ¿Y si trasladamos Drácula al futuro y Transilvania a otro planeta o galaxia?
De la novelita epistolar de inspiración gótica, pasé al cuento largo. Ahí confluyeron dos hechos, por un lado, que una de las prácticas de la asignatura de literatura infantil y juvenil fue escribir un cuento y me lo pasé pipa, y, por, otro, que me llegó el libro Cómo el rey de Elfhame aprendió a odiar los cuentos y me encantó, porque es un cuento, con cuentos dentro, y que forma parte de un cuento mayor. Por no decir que soy fan de Cardan.
Pero claro, escribir un cuento es difícil y hasta puede que nuestras 70 páginas se demuestren excesivas. Y, ojo, que no hablo de esa cosa moderna a la que los que se dicen escritores serios llaman cuento, no, no, hablo de un cuento de verdad, con sus castillos, reyes, brujas y hadas, o, sus equivalentes. Eso me llevó a debatirme entre dos posibilidades:
La primera, el cuento tradicional basado en los cuentos tradicionales de toda la vida. Eso me acerca a Holly Black y su Cardan, que no me parece mal, si tengo que tener un modelo de escritora, creo que ella puedo serlo perfectamente. Además, vivo en unas islas con su propia mitología y tradición cuentística, por lo que podría marcarme un especial al crear algo nuevo inspirado en algo clásico, pero poco manoseado.
La segunda, una Alicia en el país de las Maravillas. Llámese Alicia o llámese Wendy, igual que poco importa el país al que viaja, que, obviamente, no es el nuestro. Da igual si para hacerlo entra en un armario, cae por una madriguera o sale volando por la venta gracias al polvo de hadas. El esquema es básico y reconocible: Mundo real, portal al mundo mágico, exploración para volver, regreso con éxito, aprendizaje y cambio interno. Clásico y simple, pero si está bien hecho, muy poderoso. (Mientras escribía esto último me ha venido a le mente Judy Garland dando saltitos por el sendero de baldosas amarillas y sí, eso es).
Claro, que siempre puedo hacer un mix entre las dos primeras. O, si me siento atrevida, puedo hacer un novela epistolar desde el maldito país de las maravillas, de la pobre Tina, que escribe a su madre, mientras busca como loca la forma de regresar. Claro, que las cartas solo llegarán cuando el espejo la escupa de nuevo a su aburrida realidad.
¡Ay! ¿Y si me marco un híbrido y mezclo el tan de moda relato del yo, en forma epistolar y de diario, con el viaje a las dichosas Maravillas, gracias a la creación del dichoso cuento? ¿O eso es demasiado moderno y pierde cualquier gracia clásica que pueda tener? Por supuesto, la gracia clásica vendría por la inspiración en los cuentos tradicionales locales. ¿Eso es posible, tiene sentido, tiene lógica?
El caso es que tengo que presentar la propuesta antes del día 14 de junio y, una vez presentada, se acabó lo que se daba, porque eso será lo que tendré que hacer.





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