Han pasado seis meses desde la última vez que escribí en el blog, semana arriba o abajo.
Seis meses.
Y necesitaba el parón. Era imprescindible. Igual que ahora necesito volver.
No voy a enumerar aquí los motivos por los que tuve que apartarme del blog, porque ni siquiera sé si he llegado a descubrirlos todos. En cualquier caso, lo importante es que la tregua ha funcionado, al menos en parte.
Lo que sí me llama la atención es que una de las razones que me llevó a parar es más o menos la misma que me está impulsando a volver. Y es innegable que eso me genera sorpresa y, lo que es peor, algo parecido a la ansiedad, creo que a causa de cierto desajuste entre expectativa y realidad.
Seis meses después
Me explico. Resulta que yo quiero —deseo, anhelo, ansío…— ser una escritora de ficción de esas que imaginan y crean historias maravillosas, mundos fantásticos, personajes increíbles. La maldita realidad es que siempre acabo escribiendo absurdos diarios y crónicas de mi aburridísimo día a día. Eso cuando no me da por filosofar, comentar la actualidad, o, peor, muchísimo peor, teorizar sobre escritura, estructuras narrativas y creación de personajes.
Yo quería pertenecer al mester de juglaría y me he quedado ya no en el mester de clerecía, sino relegada a monje copista en la biblioteca del monasterio que, a lo sumo, añade anotaciones en los márgenes y, en noches de tormenta, escribe su diario desde su celda triste y fría.
El desastre
Pero si algo me han enseñado mis cuarenta y cuatro años de vida es que de poco o nada sirve luchar contra la realidad. Eso, por lo general, solo sirve para perpetuarla o, incluso, empeorarla. La única opción sensata cuando se quieren cambiar las circunstancias que a una le han tocado vivir es usar esas mismas condiciones para construir otras mejores.
Y, por más que me pese, yo soy una maldita escritora de diarios. Una cronista del yo —como si a alguien le pudiera interesar eso—. Una millennial de la primera hornada que ni encaja en su generación ni en la anterior ni, mucho menos, en la siguiente, pero que condensa todos los malos vicios de las tres.
En resumen, un desastre con acceso a Internet y la compulsiva necesidad de escribir sobre todo, salvo sobre lo que quisiera querer escribir.
Si digo esto no es porque lo sospeche. No, qué va. Es porque desde el día después de apartarme del blog me creé un diario en una aplicación del teléfono, amén de otro en un documento de Scrivener en el ordenador y, por supuesto, de torturar diversas libretas, muy cuquis ellas, con los pensamientos que no me dejaba vomitar en el blog.
La suerte, por llamarlo de alguna manera, fue que mi salud empeoró lo suficiente para que hasta esa escritura intimísima fuera complicada y, por lo tanto, mi retiro lo fuera más de lo que yo misma me estaba permitiendo.
Pero de un tiempo a esta parte he empezado a encontrarme mejor. No bien todavía, pero sí mejor, con días buenos, regulares y malos. Pero cada vez más de los regulares y menos de los malos. Y eso, cómo no, me ha devuelto a la escritura.
La aceptación (maldita palabra)
Durante estos meses, la enfermedad, así como otras cositas que han ido pasando, porque, por más que una esté muerta de dolor, la vida tiene el vicio de seguir como si nada, me ha ayudado con algo que antes rechazaba de plano: la aceptación.
Aceptar, al contrario de lo que yo entendía, no es rendirse ni renunciar. Más bien es al revés, consiste en ser consciente de la realidad y actuar de forma consecuente.
Con un ejemplo se verá más claro. Si tengo un insoportable dolor en la cadera que limita mi movilidad es ridículo, además de perjudicial, empeñarme en hacer deporte igual que antes. Eso no quiere decir que no pueda ejercitarme nunca más, quiere decir que debo adaptar el movimiento a mi circunstancia actual para favorecer la recuperación y, con trabajo, poder volver a hacer ejercicio.
Otro ejemplo. Aceptar que escribo compulsivamente sobre mí, mi vida, la actualidad, teoría literaria o pensamientos variados no implica que renuncie a escribir también todas esas historias de ficción que tanto me gustan. Sencillamente significa que esa es mi manera de estar en el mundo, entenderlo y entenderme a mí misma. Y, oh, sorpresa, cuánto mejor estoy conmigo misma y con el mundo que me ha tocado habitar, más fácil es que escriba esas otras historias que tanto deseo escribir.
Es posible que nunca sea el tipo de escritora que desearía ser. Pero negarme a ser la escritora que sí soy no me convertirá en ella. Lo mejor que puedo hacer, creo, es aceptar lo que soy, la vida que tengo y mis circunstancias, las buenas y las malas, y tratar de hacer con ello lo mejor posible, aunque no sea exactamente lo que yo había soñado.
Creo que es bueno tener sueños. Los sueños pueden funcionar como una dirección general hacia la que dirigir los pasos. Pero cuando esos sueños se convierten no solo en un impedimento para disfrutar del trayecto sino en una causa de sufrimiento, hay que apartarlos, porque ya no son sueños, sino pesadillas camufladas.
En algún momento de septiembre del año pasado me convencí de que ser la escritora que soy —la que escribe para entender el mundo y habitarlo, para entenderse y soportarse, para sobrevivir— me impedía convertirme en la escritora que deseaba ser.
Y por eso me obligué a dejar de escribir lo que estaba escribiendo, como si, al hacerlo, por arte de magia, fuera a aparecer esa otra escritora, llena de místico glamour, que crea historias igual que respira. Como si hasta entonces la hubiera tenido escondida y maniatada en algún oscuro rincón de mi interior.
Por supuesto, eso no sucedió.
No creo que haya dos escritoras en mí. Tampoco creo que sea posible que no haya ninguna, por el simple hecho de que cada vez que, por una causa u otra, dejo de escribir el sufrimiento que experimento es infinito y desemboca una y otra vez en la escritura.
Creo que sencillamente soy alguien que escribe por necesidad, porque es mi manera de pensar, de sentir, de procesar y entender el mundo y la vida. Y por eso es tan difícil y doloroso cuando me obligo a escribir un tipo de texto u otro, o a no escribir nada en absoluto, porque para mí la escritura no es una elección, sino una consecuencia directa de la experiencia.
La enésima vez
Así que, mientras sigue mi recuperación, o quizás como parte de ella, he decidido aprender a aceptar la escritora que sí soy, conocerme y, quién sabe, hasta puede que llegue a caerme bien, quizás a valorarme o, tal vez, incluso a quererme.
Y eso pasa por vivir escribiendo, libre y sin remordimiento por hacer lo que hago y, sobre todo, sin complejos por no ser como ese ideal que solo existe en mi cabeza, que tanto tiempo llevo persiguiendo y que, en lugar de ser un destino, una motivación, un ejemplo, se ha convertido en mi peor juez y verdugo.
Para conseguirlo, creo que el primer paso es recuperar este espacio para que pueda ser no solo un almacén y escaparate de mi trabajo, sino un fiel reflejo de lo que soy y lo que hago.
En fin, que todo este texto es para decir que estoy de vuelta. Que todavía no sé cómo, ni mucho menos cuánto o cuándo, pero que al menos el qué y el quién parecen estar más claros. Veremos la forma que va tomando el blog en esta nueva etapa. Al fin y al cabo, solo es una nueva encarnación del mismo proyecto de siempre. Una nueva fase. La enésima.




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