Lo que hay al otro lado

Remove castle; add wild mountains and forest

Por la noche, vienen a visitarme las historias. Relatos susurrados de mundos lejanos, pero no del todo desconocidos. Imágenes oníricas de paisajes que una parte de mi mente recuerda, y, quizás, mi alma añora, aunque soy incapaz de situar en ningún otro mapa que no sea el de mis sueños. Y rostros. Tantos rostros…

Hoy he asistido a un desfile nocturno de seres engalanados con joyas imposibles y amplias capas de ricos tejidos, que, como en una marcha ritual, regresaban a sus casas tras asistir a la fiesta que se celebra jornada a jornada cuando el sol ya descansa y solo las estrellas son testigos de sus actos.

No voy a caer en la tentación de encajonar en cualquier tradición folclórica o mitología lo que he visto —¿y vivido? Sí, creo que también lo he vivido—. Sean cuales sean las coincidencias, cualquier relato conocido queda corto frente a lo que he experimentado. No solo corto. Incompleto. Peor, falto de esencia. ¿Sabéis la teoría platónica de las ideas? Pues es más o menos así, como si cualquier intento por concretar esa realidad —porque juro con todo lo que tengo que eso es una realidad— fuera solo una imagen pobre, una sombra, de aquello que trata de retratar.

Es, imagino, inaprensible. Experimentable, eso sí. E inspirador, por supuesto, no dudo ni por un instante que es allí donde viven todas las historias. Quién sabe, quizás ese es el mundo al que Tolkien denominó Fantasía. Aunque incluso ponerle esa etiqueta se siente extraño. Incorrecto. Doloroso, incluso.

Por supuesto, no he estado sola en ese viaje. Nunca lo estoy. Alguien me guiaba, indicaba, señalaba, hacía zoom in en los detalles que podían pasarme desapercibidos y zoom out cuando era incapaz de apartar la atención de lo pequeño para maravillarme por la espectacular inmensidad en la que me encontraba. También me recogía cuando me perdía —y me he perdido muchas veces, creedme, muchas— y me alentaba a explorar cuando la experiencia me sobrecogía. Creo que hasta me traducía a términos sencillos todo aquello que no conseguía comprender, que no era poco.

Si mi guía era Aúspice, aquel Muso sobre el que tanto escribí, pero que me obligué a soltar, u otro, lo desconozco. Quizás, todos los compañeros oníricos que he tenido a lo largo de mi vida son siempre el mismo y distintos a la vez. Tal vez, solo tal vez, es imprescindible que cambien su forma y carácter para adaptarse no solo a mí y al momento en el que estoy en cada etapa, sino a lo verdaderamente importante, que es la historia que estoy escribiendo en ese momento. La historia que tengo que escribir.

No tengo duda, ni una sola, de que lo que he visto y vivido, es una historia. Una nueva. Una enorme. Una que debo contar.

Igual que sé que hacerlo no es una elección. Podéis llamarme exagerada, pero siento —sé— que si he salido de este último susto es para escribir y publicar todo lo que tengo que contar, lo que incluye las historias escritas y guardadas bajo siete llaves en un cajón, y las que vendrán. Y vendrán… Porque ya están viniendo.

Tranquilos, no es que me haya puesto en plan mesiánica ni misión divina. Qué va. Es más bien en modo contrato del alma —¿tiene eso algún sentido?—. Y no estoy diciendo aquí que sea un compromiso con una fuerza superior. Es más bien un compromiso conmigo misma, eso sí, en un contexto de alucinaciones por anestesia, falta de sangre, morfina y shock postraumático.

Esta noche —aunque quizás fue en los siete días que estuve ingresada— he recordado, o me lo han hecho recordar, que yo escribo desde esa frontera entre mundos en la que ni esquemas ni estructuras tienen cabida. Me han recordado que escribo desde el símbolo y los sentidos, desde la emoción y el vértigo que te anuda la tripa justo antes de saltar sin tener del todo seguro si todavía serás capaz de volar.

El mundo más allá de la frontera, ese al que se traspasa cuando pierdes tres litros de sangre, das con la seta adecuada, o te guía por la noche una mano amiga y demasiado conocida como para desconfiar de ella, es un territorio salvaje, indómito y ajeno a norma alguna, que rechazará a todo aquel que se acerque con ánimo de someterlo. Lo sé por experiencia.

Así que no me queda otra que deshacerme de cualquier miedo, a lo que ayuda mucho haber conocido el miedo de verdad, ese que tiene que ver con desangrarse, dormirse y no volver a despertar sin haber terminado lo que sabes con cada ápice de tu ser que viniste a hacer, y volver a escribir desde el caos, la alucinación, el mundo onírico y la mano amiga, aunque demasiado salvaje —demasiado inhumana—, que me guía.

Por supuesto, todavía me asusta perderme, olvidar la realidad, o ser incapaz de regresar a ella, que es el temor que me obligó a parar la última vez. Aunque ahora, a diferencia de entonces, sé que puedo transformarme en libélula y sobrevolar incontables mundos hasta encontrar el camino de vuelta a casa. Por eso, igual que esta noche, tomaré su mano y me dejaré llevar —no solo porque ahora sepa que es mi deber, que lo es, sino porque la experiencia es demasiado espectacular para perdérsela.

Deja un comentario

Comentarios

¿Vienes conmigo?

Suscríbete a La Enésima Aventura y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.