Soy un bicho sensible. Extremadamente sensible. Y creo que por eso escribo. Es mi manera de procesar el mundo, de digerir lo que siento, de sobrevivir en la jungla.
Porque sí, para mí el mundo —la maldita realidad— es una jungla salvaje y despiadada. O, lo que es peor, incomprensible. Eso último es, precisamente, lo que me convierte en presa entre depredadores. El resto de criaturas, creo, huelen la confusión. Y no la toleran.
Por eso cada encuentro me agota. Me drena. Por el esfuerzo extra por entender, aunque manejemos diferentes diccionarios.
Ayer tuve uno de esos extenuantes encuentros. Bueno, en realidad, llevo encadenándolos desde hace un par de meses, quizás, tres, aunque a mí me parecen una eternidad.
Estoy escribiendo algo y tengo algo así como un mentor. Aunque, al parecer, jamás he sido capaz de hacer comprender a esta persona la historia que estoy contando, la que quiero contar.
Es frustrante porque está en mi cabeza. Como me suele pasar con todas las historias, la veo, la vivo, la conozco con cada fibra de mi ser. Y, claro, llegados a ese punto, la mejor manera de transmitirla es escribirla. No hay más.
Pero claro, juego fuera de casa y hay normas ajenas: que si primero establece el conflicto, que si ahora los puntos de giro, que si el clímax, que si el desenlace, que si las acciones en frases simples, que si esto se empieza a parecer sospechosamente a una formación para la creación de bonitos esquemas porque el uso del verbo conjugado puede llevar a errores si no controlas las formas verbales…
No es la primera vez que nado en estas aguas —la jungla está llena de ríos, lagos, cenotes y hasta malditos mares interiores. Es lo que hay—, pero jamás me había sentido tan desarmada como en esta ocasión.
No es solo que mi interlocutor y yo no hablemos el mismo idioma —eso suele pasar siempre— sino que el habitual diccionario traductor, por lo visto, tampoco sirve. Así que no estoy sabiendo hacer llegar mi idea y cuando yo pronuncio «Mi historia trata de un monstruo que, a fuerza de vivir entre humanos, ha olvidado su naturaleza», él entiende «El hombre que posee al monstruo de esta historia es el protagonista».
Si yo digo «Todo esto ocurre en esta localización concreta porque es adonde pertenece el ser mitológico y quiero que la realidad local sea el trasfondo», él entiende «Está creando una historia realista». Si explico «La protagonista femenina está obsesionada con este mito y ha volcado su carrera en su estudio», él entiende «hay una mujer perfecta y sin defectos en la historia».
Creedme, que hasta me he ofrecido a ponerle celulitis a mi protagonista femenina para que así no sea tan perfecta, si es que acaso lo de ser una cuarentona fracasada, sin pareja, ni gatos, ni aficiones, que ha mandado a la mierda su carrera académica por perseguir una fantasía no es ya imperfección suficiente.
No sé qué hacer. Cada conversación con esta persona me bloquea. Jamás me había enfrentado a la circunstancia de no ser capaz de trasladarle a alguien la historia en la que trabajo. O que, al hacerlo, entienda justo lo contrario de lo que quiero decir.
Sí me he encontrado con profes que cuando digo fantasía local con manipulación del pasado, entienden Terminator. O que si digo seres de reinos adyacentes al nuestro responden, ah, sí, extraterrestres. Y si tratas de reconducir, a lo sumo, se quedan con seres interdimensionales. Y vale, comprendo que su marco sea limitado y me adapto. O lo intento.
Estoy acostumbrada a que me menosprecien por escribir fantasía —ese género menor— o romance —historias de chicas…— Pero hasta ahora, nunca, nunca, nunca me había pasado todavía que alguien se empeñara en que el protagonista fuera el primer interés romántico y erróneo de la historia. O que se empeñara en convertir el contexto en trama. Eso, todavía, no había ocurrido jamás.
Salvando las distancias, es como si JK Rowling hubiera tenido un mentor empeñado en que el protagonista de Harry Potter fuera Dudley y el funcionamiento del mundo muggle el motor de la trama.
La cuestión es que el tiempo se me echa encima. Esto tiene que estar listo —sí, listo— el 29 de junio pero me quedan, al menos, dos encuentros más con el señor «tu historia trata sobre el vecino del quinto del que maneja el monstruo», cuyo último consejo fue, mejor olvida todo lo que has escrito hasta ahora y vuelve a la versión inicial.
Y no, no vamos a obviar la posibilidad de que mi trabajo sea realmente una mierda. Porque no soy perfecta y también escribo mierda. Mucha. Tanta, que me he pasado la última década pensando que era incapaz de escribir nada decente. Pero a estas alturas de la jugada, cuando falta poco más de un mes para entregar, no creo que mandar al carajo todo lo que has hecho para volver a empezar desde cero pueda considerarse un consejo decente.
Digo más, si mi trabajo es una mierda, pero hay un maldito plazo, quizás, lo que habría que asumir es que he escrito una mierda y que hay que adecentarla lo mejor posible, porque, a ver, no es lo mismo una caca como las que salían en El doctor Slump que una mierda real. Hasta las mierdas, dependiendo de su presentación, cambian. Y mucho.
Es obvio que no soy la futura ganadora del Premio Planeta ni una superventas en potencia que vaya romper el mercado. Solo soy una persona que escribe para comprender el mundo en el que vive y procesar lo que siente. Eso, y alguien a quien le gusta cumplir los plazos. Pretender que lo que salga de esta colaboración —por llamarla de alguna manera— sea cualquier cosa distinta a un producto capaz de cumplir el mínimo del programa en el que se enmarca no es malo, salvo que al hacerlo se impida la escritura del proyecto porque se considere más importante construir esquemas, que por su propia naturaleza son incapaces de contener la esencia y el detalle de la forma del proyecto que pretenden representar.
Lo siento, pero no puedo dejar de creer que se escribe escribiendo y que todo lo demás son técnicas de baratillo para lerdos sin talento. ¿O acaso alguien se imagina a Virgilio haciendo un esquema de la trama de la Eneida antes de ponerse a escribir? ¿Y al bueno de Cervantes haciendo fichas de personajes? ¿Y a Lope de Vega haciendo cualquiera de esas dos cosas?
En fin, que Hollywood nos está haciendo mucho daño con esa manía suya de convertir en método de escritura lo que siempre ha sido el resultado del análisis de la obra escrita. Pero, claro, vivimos en tiempos rápidos, de TikTok y escaletas por pulsos, no sea que escribamos más de la cuenta, dos neuronas conecten entre sí y alguien construya algo nuevo.
Volviendo a mi mierda de texto, ayer pensé en tirar la toalla después de charlar con esta persona en lo que fue la mentoría más corta y rara de la historia —sí, podéis imaginarme explicándole a este humano que el primer interés amoroso de la historia no solo no es el protagonista sino que además es más que reemplazable, eliminable sin que la trama sufra, pero que me encanta esa estructura, tan propia del romantasy, porque con ella las mujeres estamos aprendiendo que no tenemos por qué quedarnos con el primer tonto que nos encontramos, aunque, al principio, parezca algo menos tonto de lo que el pobre resulta ser—.
Bueno, tirar la toalla, en mi universo especial, significa cambiar historia larga por breve. A lo de abandonar lo llamo mandar a paseo, y, sí, creedme que también lo he pensado muchas veces, pero no me da la gana. Puedo ser derrotada, sin duda, pero caeré con las botas puestas.
En fin, que anoche, destrozada, descorazonada, desorientada y sin entender qué demonios estaba pasando, creé una versión breve de mi texto, porque existe la opción de presentar diversos formatos y el breve es uno de ellos.
El resultado no fue malo. Al contrario, me gusta lo que salió. Pero, sabéis qué, no es la historia que quiero contar. Resulta que yo quiero contar Mi Mierda —he decidido que, a partir de ahora, la llamaré así, en mayúsculas, para reconocerle la importancia que tiene—.
Así que he decidido —sí, ahora, mientras escribía. ¿O es que no os he dicho que yo escribo para procesar el mundo, para pensar, para saber lo que siento?—, que, a partir de ahora, mi ocupación será convertir Mi Mierda en la mejor mierda de todo el puto universo. La caca con la que siempre jugaba Arale en el Doctor Slump será fea y asquerosa en comparación con la mía. Haré una puta Mierda Deluxe y la presentaré en el plazo que toca.
Y si el tribunal me la tira a la cara al grito de «¡Menuda mierda!», asumiré las consecuencias porque será una mierda, sí, pero será la mía.
Dicho esto, que me ha quedado muy épico a pesar de la escatología, lo cierto es que me quedan al menos dos encuentros más con el Señor Mejor Empieza de Nuevo. Y cada encuentro es una caída al abismo. Y cada caída son un par de días de bloqueo. Así que, por lo visto, he conseguido rizar el rizo, y ahora necesito un coach para sobrevivir a mi coach. Muy normal todo. Sí.
Ahora me debato entre ponerme a hacer vídeos de TikTok en modo «Día 1 llevando Mi Mierda a su prime», y hacer directos de escritura en Twitch o YouTube para desahogarme con la cámara sabedora de que nadie me observa o, sencillamente, escribir como si no hubiera un mañana para que Mi Mierda sea la más digna de todas las heces.
Claro que, sí, también puede ser que mi trabajo no sea una mierda y, justamente, haya pillado un mentor, digamos, especial.
O ni lo uno ni lo otro y, sencillamente, he descubierto una nueva expresión de la incomunicación, elevada al cubo.
Aunque, tal vez, solo tal vez, estas horribles experiencias forman parte de esto de escribir y de sobrevivir al oficio, que, personalmente, prefiero llamar artesanía. En realidad, de todo esto estoy aprendiendo cosas, como que, aunque sea importante tener la mente dispuesta a aceptar consejos, también lo es ser capaz de defender tu historia si tú realmente crees en ella.
Si todo sale bien —sea lo que sea bien en estas circunstancias— es posible que esto se convierta en una experiencia más o menos enriquecedora, en una anécdota divertida, o macabra, según el día, o en uno de esos episodios que, con el tiempo, se recuerdan con la boca torcida en una expresión entre el asco y la nostalgia.
Pero si sale mal… Me niego a pasar otra década de bloqueo. No tengo intención de consentirlo. Aunque no puedo negar que, de todo, eso es lo que en realidad me preocupa.




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