Es curioso el tiempo.
Y raro.
Muchos de mis personajes tienen problemas con él. No lo entienden del todo, como Ángel, en Non Serviam. O lo observan como quien mira una tela exótica y preciosa que ha encontrado en el rincón más insospechado de una tienda de antigüedades, como Aúspice, allá donde aparece —porque el Muso es libérrimo, y, ya sabéis, hace lo que quiere—.
Al pobre de Alix, en Atiskaya, el tiempo se le enreda entre las piernas. Orj, más en su línea, trata con él a puñetazos. Y Lidia… Bueno, ella es un poco como Luz en Non Serviam, que el tiempo pase no implica que lo experimenten. O, al menos, no que sean conscientes de ello.
Y hay más.
Demasiados personajes con una relación conflictiva con el tiempo para que sea casual.
Aunque no lo es, claro, todo se debe a que servidora no es, precisamente, un as del reloj ni la reina de los calendarios. En mi mente, el tiempo se rige, además de por estaciones, o bien por cursos escolares o bien por obra escrita.
Por ejemplo, puedo decir, sin cortarme un pelo, «ah, sí, el verano que escribí Non Serviam todo el mundo tenía una vuvucela». Poco importa que para el resto del mundo ese sea el verano que España ganó el mundial. Para mí solo es cuando escribí esa novela.
O puedo situar acontecimientos familiares, como, yo qué sé, el viaje a Sevilla de mis padres, durante la primavera de mi tercer curso de periodismo.
Pero qué pasa si en un momento dado no estoy estudiando —sí, ya sé que es raro, pero en ocasiones ocurre y, me temo, en adelante será cada vez más habitual— ni escribiendo un proyecto concreto.
Simple: el tiempo se diluye y distorsiona hasta convertirse en algo informe en lo que soy incapaz de situar acontecimiento alguno. Mucho menos me sirve para establecer la duración de nada.
O, al menos, así es como lo iba a explicar hasta que he mirado el archivo del blog para hablar, con propiedad, del tiempo que lleva vivo y del periodo de silencio, que llamé Tregua, de este invierno.
Pero resulta que acabo de descubrir que, en esas ocasiones, el tiempo se convierte en poesía.
Sí. En poesía.
Ya os lo he dicho, el Muso aparece cuando quiere y, además, gusta de esconderse en rincones oscuros. Eso explica lo inexplicable, que en mitad del vacío de entradas entre octubre y marzo haya un borrador sin título y, lo más improbable todavía, que esconda un poema.
Porque, sí, eso es lo que hace el tiempo, cuando no se ordena en cursos y obras, en mi mente —¿en mi corazón mecánico? ¿en mi alma maldita?— se transforma en poesía.
Juro —y juro porque es cierto— que no recordaba que escribía poesía.
Bueno, no lo recordaba, al menos, hasta la madrugada de hace unos días cuando, del tirón, salieron tres poemas.
Pensé que era cosa del insomnio, del calor y de cierto grado de deshidratación.
Pero nada de todo eso explica un poema olvidado en un borrador del blog con fecha de veinte de diciembre, exactamente en mitad de la tregua de tres meses que me di del blog, y que en algún momento pensé que más que alto el fuego, sería muerte.
Dos treguas, demasiado parecidas entre sí, han conducido en dos ocasiones y, sin darme yo cuenta siquiera, a la poesía.
Aunque, claro, dos, pueden ser coincidencia. Tres ya…
He tratado de ignorar la idea, pero no me ha quedado otra que rebuscar en mis cajones digitales, esos que solo podemos ver los que conservamos la llave. Y ahí estaba la prueba, con números por título, poemas y poemas cuando no había curso ni obra larga de los que ocuparse.
Maldita sea, será posible que mi oxidado espíritu sepa escribir en verso y a mí, con más óxido que él todavía, se me olvidara.
No, seguramente no es eso. Lo más probable sigue siendo que el tiempo, cuando no está ordenado, para ser cognoscible, se transforma en poesía.
Eso, o que el Muso —mi querido Aúspice— trasmuta el dolor en verso cuando el tiempo no es lo suficientemente vasto para contenerlo.
Sí, es curioso el tiempo… El que dicen que todo lo cura.
Es raro.
Porque para curar tiene que negarse a sí mismo, suspenderse, y devenir en poesía.




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