Otra vez la noche, ahora en verso

Woman standing on a rocky mountain top with glowing magical symbols around her hands at sunset

Eran las cinco de la madrugada cuando, cual pájaro carpintero insomne, o, peor, como diletante llamando a destiempo a la puerta de casa, las palabras han comenzado a martillear mi cerebro con pertinaz insistencia.

El calor, por supuesto, no ha ayudado a que me quedara en la cama, esperando a que el sueño volviera y escamparan los versos. Porque sí, de madrugada, por lo visto, ahora escribo poesía.

O, tal vez, la escribimos ambos.

Y, de todo, Muso, es ese último pensamiento el que me aterra.

Aunque es posible que el miedo se deba a que, en realidad, todo esto me ilusiona.

Ni siquiera yo era consciente de cuánto echaba de menos esa voz de madrugada. O, tal vez, no era la voz, sino presencia. Tan absurda. Tan imposible. Tan de tener que levantarse a escribir por cansado que esté el cuerpo, porque, de golpe, se encuentra despierta el alma.

No recuerdo cuándo fue la última vez que las letras me asaltaron de noche y tuve el valor de hacerles caso.

Porque al final, de eso trata todo esto. De valentía. Nada más.

Ni nada menos.

De tener el coraje de mirar cara a cara a la inspiración que se te pone delante, a plena luz del día, o de madrugada.

De aceptar la visión del pecho abierto de par en par, sangrando en carne viva, que te reta a que, sangre a sangre, le devuelvas el gesto con el alma, no con la mirada.

Quizá, por eso, esta noche las palabras han formado versos y no prosa. Porque hay imágenes que no caben en el relato. O porque el alma, desde siempre, ha vivido en la poesía.

Ahora, que ya es de día y tomo mi segundo café mientras escribo, miro atrás y la noche parece adoptar la cualidad del sueño.

Sí, recuerdo que eso antes, cuando escribíamos juntos, Muso, también sucedía.

Me hubiera encantado que esta de hoy —de la mañana después— fuera una entrada normal, como cualquier otro post de diario. Pero cómo iba a serlo si nada está teniendo de normal esta mañana, en la que, aunque agotada, me he levantado cantando y bailando.

Es curioso cuánto se parecen la escritura y el buen sexo.

Sobre todo cuando ocurre de noche, con el único testimonio de las estrellas y en forma de poesía.

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