Punto ciego

Determined warrior woman with long hair standing near a fire with glowing embers

A veces se me olvida lo bueno que tengo. Lo bueno que me pasa. Lo bueno que hay en mí.

No sé si es porque vivo —vivimos— en una sociedad enferma de prisa, de brillo, de crítica y comparación o si es un problema mío —no lo descarto—.

He llegado a estar convencida de estar en pleno bloqueo escritor mientras estaba escribiendo Aúspice. Lo mismo me ocurrió con Atiskaya. Y ahora, más recientemente, con este mismo blog, que llegué a considerar un ladrón de tiempo y energía.

Pero no es algo que me haya sucedido solo con la escritura, para nada. Me ha pasado con el trabajo, con la casa, con los estudios…

Es como si, sencillamente, hubiera un punto ciego que me impidiera ver lo bueno y una maldita lupa que sobredimensionara lo malo.

Por lo general, soy lo suficientemente rápida para detectar el sesgo e ignorarlo y, en ocasiones, hasta contrarrestarlo. Pero a veces, sea por circunstancias externas o por mi estado anímico, paso por alto el engaño y caigo de lleno en la oscuridad que esa distorsión encierra.

Y salir de allí es difícil.

Mucho.

Por eso mi mayor empeño es no caer de nuevo, mantenerme donde estoy, en el lado luminoso, donde todavía es posible ignorar la oscuridad que tienta con brillo y amordaza con miedo.

Ojalá esta vez tenga fuerza suficiente.

Ojalá, si las luces, por un golpe de viento, se apagan, en esta ocasión sea también capaz de volver a encenderlas.

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