El glamur de las hojas

Me gusta vivir en un mundo con magia, aunque la magia la ponga mi mirada.

A veces, me quedo mirando el olmo que crece junto a mi ventana. Me encanta que mi vecino más inmediato sea un árbol. Suelo saludarlo por las mañanas y algunos días hasta hablo con él. Aunque eso, por raro que pueda parecer, no es extraño. Al fin y al cabo, hablo con las plantas de la terraza a diario, quizá por aquello de que dicen que es bueno para ellas, quizá porque siempre he pensado que las plantas tienen conciencia y entendimiento.

Lo raro es que, a veces, cuando me quedo mirando la copa de mi vecino árbol, en el baile de las hojas con el viento, creo apreciar formas extrañas, sombras sin sentido, colores que no encajan. Son milésimas de segundo. Y la ayuda de una imaginación sobrestimulada. Pero algo hay ahí, algo percibo que no debería.

El otro día, bajando hacia casa —porque sí, en esta isla, a la ciudad se sube o se baja, depende de dónde vayas y adónde vengas—, antes de llegar a la zona urbana, donde todavía los huertos de los payeses funcionan como tales y las possessions que quedan son aún fincas agrícolas y no resorts de lujo, por un instante, vi un centauro. Claro que, después de que un obstáculo me ocultara la visión, se convirtió en un hombre tirando de un caballo hacia la cuadra. Solo que cuando lo vi como centauro el hombre estaba mucho más arriba de lo que estaba cuando conducía con calma al caballo. Y no, no tuvo tiempo de bajar de la montura mientras algo se interpuso ante mi vista. Fue demasiado rápido. O, en todo caso, elijo pensar que es un glamur funcionando a las mil maravillas cuando unos ojos equivocados posan la mirada donde no deben.

Porque supongo que el asunto es esa elección, que permite que una hoja se convierta en ser mágico y un caballo mal enfocado en centauro. Que es la misma que, cuando subo a Sóller a por es coll, en lugar de atajar por el túnel, ve la casa de una bruja, la vivienda de retiro de un vampiro que decidió quedarse a vivir aquí, pero hacerlo como en el siglo XIX, varios círculos de hadas y una fuente de maná.

En eso, creo, consiste la magia, en elegir verla, aunque, por lo general, no la comparta. O no de esta manera. Es más fácil escribir un cuento sobre la bruja de la montaña o sobre el vampiro dandy de la vieja mansión modernista que decir, así, a cara descubierta, que cuando paseo por mi isla veo dragones en las montañas como don Quijote veía gigantes en los molinos.

Pero los veo. Y prefiero que así sea. No porque crea que, de verdad de la buena, el árbol junto a mi ventana es el hogar de una familia de hadas. O de varias. Sino porque la realidad es a veces tan dura, tan terrible, que necesito sentarme a ver el movimiento de las hojas cuando sopla el viento y atisbar esas formas, colores y sombras que me permiten creer en la magia.

No, querido lector —querido amigo—, no es escapismo, es pura supervivencia.

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