Boira, o cuando no cantan los pájaros

La niebla es tan densa que apenas permite ver más allá de un par de metros al frente. Aunque la pegajosa humedad del aire es igual de molesta que la falta de visibilidad y casi igual de agobiante que la sensación de tener el cielo prácticamente sobre la cabeza. Además, desde que hemos entrado en el banco de niebla —o él se ha abalanzado sobre nosotros—, los pájaros se han callado y el eco cavernario de nuestros pasos se ha convertido en el único sonido a nuestro alrededor, a pesar de estar en mitad del campo.

Aunque tengo mis dudas de que a este secarral se le pueda llamar campo. Poco importa que digan que es zona de cultivo si lo único que parecen capaces de escupir esas tierras es forraje y paja, que se alinean equidistantes en enormes fajos redondeados a nuestro alrededor, esparcidos en las parcelas de cultivos rasurados que atravesamos, tan idénticas entre sí que ni siquiera parece que avanzamos.

Quizá, si la niebla levantara y viéramos el horizonte, o el movimiento del sol, dejaría de tener la sensación de que el tiempo se ha detenido y la vida ha quedado suspendida. Aunque, tal vez, me bastaría el canto de un pájaro, un conejo —o hasta una rata— correteando entre los brotes de hierba seca recortada, una mariposa, una mosca o un mosquito siquiera.

Pero aquí no hay nada. Nada. Solo nosotros, la maldita paja y la niebla. Si al menos los tallos cercenados no rasparan tanto a la altura del tobillo. O si no se colaran las fibras de hierba seca entre los hilos de los calcetines para causar más picor y escozor que si no los hubiera subido para proteger de la agresión la parte inferior de las piernas. Tal vez, entonces, pesaría menos la soledad del camino. Y tal vez todo eso daría igual si, al menos, no resonaran en la nada nuestros pasos, como si la niebla fuera sólida y capaz de generar eco.

Sí, quizá con eso bastaría para exorcizar esta sensación de irrealidad, por más que no levantara la niebla ni el sol fuera capaz de atravesar la capa de nubes para combatir esta humedad, que se adhiere a la piel, al pelo y hasta al alma.

Pero el deslumbrante brillo del sol al salir sin previo aviso del banco de niebla no hace sino aumentar la extrañeza al descubrir que el claro que nos acoge se ha formado en torno a una solitaria y tosca construcción circular de enormes piedras.

No, el tiempo no se ha detenido durante el trayecto. O tal vez sí. Poco importa cuando, ahora que ha regresado el canto de los pájaros, giro sobre mí mismo y veo un encinar en torno a nosotros.

Ya no hay niebla, ni campos de cereal cosechado, ni eco de pasos resonando en el silencio. Solo encinas, garriga, brillantes rayos de un sol demasiado alto para ser tan temprano y la imponente mole de grandes piedras que se alza, majestuosa, ante nosotros.

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