Paralel

Son las seis de la mañana y la ciudad de Barn todavía está tranquila. Aún falta al menos media hora para que las calles se llenen de tráfico y peatones. Paso junto a un robot de limpieza y siento el escáner que traslada mi situación a la sede de NeoVerso. Ya es la décima vez que me escanean hoy desde que me he despertado y de forma automática se ha notificado mi inicio de actividad. Pero al salir de la zona residencial de los ciudadanos de nivel 4, los escaneos se han vuelto cada vez más frecuentes y con este último ya van siete.

No estoy acostumbrado a venir tan temprano al gremio, pero estoy preocupado por Puka. Lleva encerrada en su taller desde que conectamos Paralel a la red y de eso han pasado ya cinco días. Todas las tardes, al salir de clase, he venido a verla para ayudarla con el trabajo de programación, aunque ambos sabemos que el problema es de componentes y solo ella puede arreglarlo. Al fin y al cabo, ella es la técnica y, si conseguimos subir Paralel a NeoVerso, será gracias a su habilidad.

A veces, desearía haber nacido en una familia de técnicos como Puka. Me gusta que su oficio se enseñe de padres a hijos y que hereden el taller familiar, aunque deban permanecer en los gremios si quieren protección. Me encantaría tener una familia, aunque para ello tuviera que someterme a un gremio. Pero, ya se sabe, para los programadores, nuestra familia es el código y NeoVerso, nuestro gremio.

—¡Ey, Nehia! —saluda Istra cuando entro en la tienda 24 horas y siento un nuevo escaneo—. Si vienes a por Xpressum pilla los de la nevera de atrás, que los de aquí aún están calientes.

—Gracias —respondo mientras voy al fondo a por la bebida energética y de camino cojo un par de bolsas de aperitivos y cuatro boles de fideos instantáneos de jamón y soja, los favoritos de Puka.

—Oye, bro, no sé en qué andáis metidos Puka y tú, pero tenéis que ir con cuidado —me advierte Istra, que me ha seguido hasta el fondo de la tienda—. Ha venido gente preguntando por aquí. No gente cualquiera, ya me entiendes…

—NeoVerso

—Calla, tron, no lo digas en alto —me regaña Istra entre dientes y empieza a mover las latas de Xpressum de un lado a otro de la nevera, como si estuviera reponiendo—. Al principio solo eran algunas furgonetas sospechosas paradas en la calle, pero pronto empezaron a verse vehículos más sofisticados, algunos con el logo de NeoVerso. Pero lo más raro no fue que estuvieran justo ahí delante, sino que dos tipos trajeados vinieron a interrogarme sobre los técnicos del taller de enfrente.

El taller de Puka. Todos mis músculos se tensan e Istra lo nota.

—Ellos no fueron los únicos en venir —continúa explicando—. Volvieron otros hace un par de días. Y ayer vino una pareja con los uniformes de NeoVerso a hacer las mismas preguntas.

—¿Qué les has dicho? —pregunto entre dientes mientras hago un esfuerzo para no dejar caer los víveres que he ido a buscar para Puka.

—Nada, lo juro, no he dicho nada, bro. Somos amigos, tron, conozco a Puka desde que éramos críos.

Asiento y voy hacia la caja. Los boles de fideos que llevo en los brazos se han deformado y las bolsas de aperitivos están destrozadas. Suspiro,

—Espera, bro —grita Istra mientras viene rápido hacia mí con una bolsa llena en las manos—. Te dejas el encargo.

—Gracias —digo, al comprender que en la bolsa hay lo mismo que yo había cogido y espachurrado. Dejo en el mostrador los envases deformados y me giro hacia la puerta, pero siento que Istra se apoya en mi hombro y se acerca a mí.

—Reventadlos —susurra en mi oído.

Asiento con un movimiento de cabeza a la vez que paso por el arco de seguridad y siento otro escaneo a la vez que el importe de la compra se carga en mi cuenta bancaria.

En la acera de enfrente el taller de Puka está a oscuras. Desde que sus padres perdieron la licencia ella es la única encargada del negocio, y con él también decidió hacerse responsable de Paralel. Así fue como nos conocimos, yo rastreaba sistemas ideados para hackear NeoVerso y ella resultó estar detrás del único capaz de hacer saltar por los aires el sistema de clases, borrar todos los datos guardados de los ciudadanos y remplazar NeoVerso por Paralel, un sistema que dejará el control en manos de todos los ciudadanos, con independencia de su clase y nivel. Puka me contó que su padre lo llamaba democracia, que, en algún idioma antiguo quería decir el gobierno del pueblo. Creo que fue en ese momento cuando decidí ayudarla.

—¡Nehia! —me llama Puka desde algún lugar al fondo del taller.

—Traigo comida —anuncio mientras camino hacia ella, pero algo me da mala espina.

—¡Qué detalle! —dice una voz aguda y cruel, que confirma mis sospechas—. Jamás creí ver a un programador cuidar de una humilde técnica. ¿Y tú, Spuk?

Oigo una voz masculina responder, pero no presto atención mientras dejo caer la bolsa y corro hacia el fondo del taller, al mismo tiempo que entro en el NeoVersoProfundo. Enseguida encuentro los sistemas de los agentes, penetro en ellos y los desconecto de sus redes antes de llegar hasta donde tienen atada a Puka. Odio ser un programador, pero soy muy bueno en lo mío. He neutralizado a los agentes, pero habrán saltado las alarmas en la central de NeoVerso y enviarán refuerzos.

—¿Puka, estás bien? —pregunto mientras empiezo a desatar a mi amiga.

—Sí, has llegado justo a tiempo —asegura, aunque su voz es más ronca de lo habitual—. Lo tengo, Nehia. Lo tengo.

Tardo un instante en comprender las palabras de Puka mientras le quito de encima a los agentes desconectados, pero Puka me detiene con una mano y me muestra el dispositivo que sostiene en la otra.

—Lo tienes —repito, cuando veo lo que me enseña y comprendo, al fin, sus palabras.

—Está listo. Solo tienes que cargarlo —explica y me tiende el dispositivo.

Un estruendo de vehículos y gritos nos indica que los refuerzos de NeoVerso están aquí. Es ahora o nunca. Puka y yo nos miramos durante un instante y asiento. Agarro el dispositivo con las manos y antes de conectarme me fijo en los ojos negros de Puka, su pelo rosa y esa nariz chata sembrada de pecas y caigo en la cuenta de por qué deseo realmente que Paralel funcione.

—Puka, yo…

—Lo sé —responde ella, con media sonrisa antes de plantarme un beso en los labios que me roba el aliento—. Recuerda que el sistema debe cargarse por completo.

Asiento, incapaz de hacer otra cosa que apretar en el dispositivo entre las manos, con la vista fija en los labios de Puka. Pero ella es más rápida y lista que yo, así que, cuando quiero darme cuenta, ha puesto sus manos sobre las mías y ha apretado mis pulgares para activar el dispositivo. El mundo físico se desvanece para mí mientras entro en el NeoVerso y, de inmediato, conecto Paralel. El sistema funciona a la perfección.

—Te daré todo el tiempo que pueda —oigo decir a Puka, aunque su imagen se diluye ante mis ojos—. Nos vemos al otro lado.

Paralel 100% cargado. Nuevo sistema iniciado.


Nota: este relato lo escribí hace tiempo, en el contexto de la asignatura de Literatura Infantil y Juvenil del máster de escritura creativa. Era una práctica y tenía que cumplir una serie de requisitos de tema, extensión, clichés, etc. Lo cierto es que me lo pasé muy bien escribiéndolo, aunque, seguramente, sin limitaciones me habría salido un texto más largo. Hoy lo rescato del cajón tal cual salió entonces, sin retocar el estilo.

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