Las noches en casa de Julia eran tranquilas, salvo cuando los nietos se quedaban a dormir. Tras la cena, con los ojos aún despiertos, pero los cuerpos cansados y las jóvenes mentes llenas de sueños, empezaba la conocida cantinela:
—¡Abuela Julia, abuela Julia!
—Dime, Eva, querida —respondía Julia, cómplice, a la mayor de sus nietos.
—¿Vas a contarnos un cuento esta noche?
—¡Sí, sí, abuela, cuéntanos un cuento!
—Ya sabes, Matías, cuál es la norma para los cuentos.
—¡Síiii! —respondió a voz en grito Miguel, el pequeño de los hermanos—. ¡Ir a dormir sin protestar!
—¡Y ponernos solos el pijama! —apuntó Matías.
—¿Y qué más? —preguntó la abuela a sus emocionados nietos mientras los conducía al gran dormitorio con literas que los cuatro compartían.
—Lavarnos las manos, los dientes y la cara —respondió Eva, que ayudaba a su abuela a conducir a los pequeños hacia el cuarto de baño del dormitorio compartido.
—¿Y qué más, querida Diana?
—No interrumpir y dejarte contar la historia a no ser que nos hagas alguna pregunta —recitó la niña enfurruñada por esa nueva norma establecida en exclusiva para ella.
—Eso es… —dijo Julia, la abuela, mientras preparaba los pijamas y abría las camas de los pequeños que estaban aseándose en el cuarto de baño.
—¿Entonces, habrá cuento hoy, abuela Julia? —preguntó Eva, que ya había salido del lavabo con los pequeños y estaba ahora ayudándolos a desvestirse para que pudieran ponerse el pijama—. Nos hemos portado todos muy bien y hasta Matías se ha terminado los guisantes de la cena.
—Cierto…
—¡Eso es que sí! —gritó Diana desde el baño, con la boca llena de pasta de dientes.
—Es posible —tanteó la abuela mientras los pequeños terminaban de ponerse el pijama y Eva, la mayor, hacía lo propio con el suyo—. Pero solo si mis cuatro nietos están en la cama en el momento de empezar.
Eva rió con disimulo mientras terminaba de ponerse el pijama y su hermana salía corriendo del baño al grito de «¡Voy, voy, voy!». La pequeña Diana se quitó rápidamente los zapatos y la ropa, y a más velocidad que nunca, se puso el pijama y se metió en la cama.
—¡Lista! —anunció Diana.
—Listos todos —la corrigió Eva mientras sus hermanos pequeños coreaban por lo bajo su asentimiento.
—Bien, bien —reconoció la abuela mientras caminaba hacia el rincón de la habitación en el que estaba situada la vieja mecedora en la que había amamantado a sus hijos y que, ya muchos años atrás, había cedido a su hija para que hiciera lo mismo con los pequeños que ahora esperaban ansiosos el cuento—. ¿Seguro que estáis listos? —preguntó mientras situaba la mecedora en el centro de la habitación para poder ver bien a todos sus nietos y que ellos la vieran también a ella—. Ya sabéis las normas…
—Nada de interrupciones —dijo Diana.
—Ni para pipí —dijo Miguel.
—Ni para beber agua —añadió Matías.
—Bien, entonces —concedió la abuela, al tiempo que se sentaba y se cubría las piernas con la manta azul que solía estar en el brazo de la mecedora—. Este relato no ocurrió en un lugar muy lejano y tampoco fue hace mucho tiempo, aunque así podría haber sido de no tratar sobre el mismísimo tiempo y el mismísimo espacio. Podemos llamarlos, para entendernos, Kronos y Kairós.
Los ojos de los niños estaban abiertos como platos, incluso los de Eva, que estaba ya más que acostumbrada a los cuentos de su abuela. Y Julia disfrutaba de aquellas expresiones, así que, en ocasiones, jugaba con el dramatismo para incrementar la curiosidad de los chiquillos. Esa noche era una de esas veces en las que la abuela Julia tenía ganas de jugar.
—Esos nombres, Kronos y Kairós, son los que en algún momento les dieron griegos, pero, en justicia, debo decir que no son ni de lejos los únicos que recibieron. En la India, por ejemplo, los llamaban Kala y Karma. En China, Yin y Yang…
—¿Yin y Yang? —preguntó Diana.
—¡Shhhh! —la mandó callar Eva.
—Sí… ¡Y, ay de mí, cuántos antiguos y poderosos nombres se me han olvidado ya! —se lamentó Julia, aunque ni siquiera Eva supo adivinar cuánto había en ese lamento de verdad y cuánto de maestría en el arte de contar cuentos—. En fin, tendréis que perdonar a vuestra vieja abuela cuentacuentos por su mala memoria y, para el bien de la historia, quizás, deberíamos acordar que llamaremos a nuestros chicos como lo hicieron los antiguos griegos: Kronos y Kairós, ¿os parece bien?
—Sí, sí —contestaron en una extrañamente armónica cacofonía los tres hermanos pequeños.
—¿Y a ti, Eva? —preguntó Julia a la mayor de sus nietos, que había permanecido callada.
—Claro, abuela, pero seguramente recuerde todos los nombres durante todo el tiempo.
Julia estalló en una risotada y ella y Eva intercambiaron una mirada cómplice.
—¡No esperaba menos, querida niña! Al fin y al cabo, parece que las musas te han bendecido a ti también con el don de contar historias.
—¡Qué! —se quejó Diana—. Eso no es justo, todo lo bueno le toca a Eva y yo…
—Diana, querida, tampoco a tu edad Eva mostraba signo alguno de poseer el don. Ni mucho menos a la edad de estos dos chiquitines —añadió Julia rápidamente mientras señalaba la litera que compartían los dos varones—. En cualquier caso, la paciencia es una de las virtudes que más aprecian las musas a la hora de repartir sus bendiciones…
—Vale —aceptó Diana, todavía algo enfurruñada—. ¿Y cuándo…?
—Pensaba que querías escuchar la historia… —la interrumpió Julia.
—¡Y quiero!
—Pues ya sabes cuál es la norma.
La niña cerró la boca con un gesto exagerado, cruzó los brazos sobre el pecho y asintió con la cabeza en un gesto que no estaba claro si era de asentimiento o de enfado.
—¿Por dónde íbamos? —preguntó Julia mientras se recostaba otra vez en la mecedora y se impulsaba con los pies para reiniciar el balanceo que, sin darse cuenta, había interrumpido durante la discusión con Diana—. Ah, sí, os estaba presentando a los hermanos Kronos y Kairós.
—¿Eran hermanos? —preguntó emocionado Matías, que se había incorporado de golpe en la cama—. ¿Cómo nosotros?
—Sí, eran hermanos, más o menos como vosotros —explicó Julia con voz calmada mientras con un gesto le indicaba al pequeño que volviera a recostarse—. Tened en cuenta que ellos eran considerados dioses por los griegos… Sí, dioses —recalcó con un gesto hacia Diana y Matías, que estaban a punto de interrumpirla de nuevo—. Pero otras culturas no los consideraban de la misma manera. En todo caso, yo prefiero que pensemos en ellos como principios.
—¿Como principios? —Fue Eva la que expresó en voz alta la duda que se había instalado en el rostro de todos los hermanos.
—Sí, como principios —recalcó Julia—. Sin ellos no habría podido existir absolutamente nada más, así que son un inicio, a la vez que una causa. La explicación puede ser más complicada, pero, para esta historia, con esto bastará. Aunque, claro, también debéis comprender que son encarnaciones —Julia dudó y, por un momento, detuvo el balanceo de la mecedora, pero enseguida asintió y retomó el movimiento—. Sí, como encarnaciones de principios. O, si preferís, la encarnación de dos ideas que suponen el principio y la causa de todo.
—Abuela, no sé si esto es muy complicado para…
—¿Tú lo entiendes, Eva? —Julia interrumpió a su nieta mayor, que asintió convencida—. Entonces deja que yo me encargue de que los demás entiendan lo que necesitan entender. Recuerda, querida, que todos los cuentos guardan en su interior distintas historias para cada oyente —explicó, al mismo tiempo que hacía un gesto con la mano hacia Diana, que estaba preparada para intervenir—. Y para cada uno de vosotros —añadió mirando hacia cada uno de sus nietos— en el momento preciso llegará la historia adecuada. Ahora, sigamos con esta, ¿os parece?
—Sí —dijeron los niños al unísono, incluida Eva.
—Como os decía, nuestros chicos eran hermanos, pero no solo eso, eran gemelos. Como tales, eran idénticos, al menos en lo que a la apariencia se refiere. Los dos eran morenos, con ojos de un brillante marrón salpicado de motas verde oliva. Su piel estaba dorada por el sol y sus rostros de rectas facciones eran el prototipo de la belleza griega. Es más, no me extrañaría que muchas de las más famosas esculturas griegas se hubieran inspirado en ellos.
—Pues sí que debían ser guapos —Fue incapaz de contenerse Diana y a Eva se le escapó una risita de asentimiento.
—Sí, lo eran —convino Julia—. Pero ahí terminaba el parecido, pues, en su interior, no podían ser más distintos, aunque ninguno de los dos tenía sentido sin el otro. Peor todavía, si uno de ellos desaparecía, el otro también lo haría.
—¡Qué horror! —Fue Miguel el que interrumpió en esta ocasión y Julia asintió hacia él.
—Pero eso no era todo, los hermanos no podían separarse, o, al menos, no mucho, pues, al hacerlo, todo se ralentizaba hasta el punto de detenerse la existencia. Pero, atención a esto, tampoco era buena idea que estuvieran demasiado juntos, o todo se aceleraba, hasta el punto de que la existencia dejaba de ser, de tan fugaz que era.
—¿Y qué hicieron? —Las voces de Miguel y Matías se superpusieron y sus hermanas asintieron al oír la pregunta.
—Bueno, al principio intentaron la convivencia en armonía, claro.
—Claro —Fueron Diana y Eva las que hablaron ahora y los otros dos los que asintieron.
—Pero eran demasiado distintos… Kronos era ordenado y obstinado, incapaz de desandar sus pasos, de variar su ritmo, de disfrutar de nada, salvo de la cadencia matemática y exacta de la existencia. En cambio, Kairós… Bueno, él era apasionado y caótico, amante de la improvisación y la inspiración… A Kairós le gustaba jugar, explorar, experimentar, saltar de un lado a otro, cambiar y redescubrirse. ¡Hasta gustaba de regalarse a los demás! Y esas cosas no eran bien vistas, ni siquiera toleradas, por su hermano.
—Eran como el Yin y el Yang —concluyó Diana, como si, de pronto, en su mente todo encajara.
—Y como fuego y agua —añadió Eva.
—Sí, eran opuestos, pero también interdependientes. Recordad que, sin el uno, era imposible la existencia del otro.
—¿Y qué pasó? —preguntaron los pequeños Matías y Miguel, tan llevados por la curiosidad que, de nuevo, se habían sentado en sus camas y Julia, al mismo tiempo que la mayor de sus nietas, les indicó con un gesto que volvieran a recostarse.
—No os sorprenderá, supongo, si os digo que, de los dos hermanos, el que más sufría con aquella situación era el cuadriculado de Kronos. Al fin y al cabo, por molesto que su hermano pudiera resultarle, Kairós estaba acostumbrado a lidiar con el Kaos, aunque esa historia, queridos nietos, la dejaremos para otro día —explicó Julia mientras hacía un gesto para restar importancia a aquella información—. En todo caso, Kronos lo llevaba mal. Muy mal, así que, desesperado, ideó un plan.
»Mientras Kairós se alejaba y entretenía con esto y lo otro, provocando fluctuaciones y cambios no planeados en el devenir de la existencia, Kronos aprovechó para crear un dispositivo que sirviera para medir el tiempo de forma sistemática, ordenada, fiable y eficaz. Kronos, cuya naturaleza era el discurrir del tiempo, estaba convencido de que la existencia de tal dispositivo impediría que Kairós fluctuara más allá de lo que permitieran las manecillas que avanzaban rítmicamente en la esfera que había diseñado. Le había costado muchísimo idear y fabricar las delicadas piezas y engranajes de aquel sofisticado dispositivo, por lo que estaba convencido de que no podía fallar. De hecho, para asegurarse el éxito, había creado un sistema compuesto por segundos, minutos y horas que de ningún modo su hermano podría sortear.
—Abuela, eso es… —empezó a decir Matías.
—Un reloj —lo interrumpió Miguel.
—Pero un reloj sirve para medir el tiempo —dijo Diana.
—Cierto —convino Julia—. Y al principio del cuento os he dicho que esta historia trata sobre el tiempo.
—Sobre el tiempo y el espacio —matizó Eva—. Pero no nos has dicho quién de los dos hermanos es cada cual.
—¡Oh, claro que no, Eva! —respondió Julia—. Eso es porque ambos hermanos son el tiempo… Dos formas de tiempo.
—¿Entonces…?
—El espacio es aquello que se forma cuando ambos interaccionan… —explicó Julia, sin dejar que su nieta mayor lanzara esa nueva pregunta—. Recordad que os he dicho que según la forma en que ambos hermanos se relacionan la existencia se acelera o se detiene. Eso es el espacio.
—No lo entiendo —dijeron Eva y Diana a la vez.
—Ni falta que hace en este momento. Lo único que debéis entender es que, al crear ese primer reloj para medir el tiempo y, desde el punto de vista de Kronos, frenar el desastre que desataba su hermano, en realidad, lo que hizo fue condenar a ambos.
—¿Cómo? —quisieron saber los niños.
—En el instante en el que Kronos situó la última pieza en su flamante nuevo reloj, él mismo, el tiempo lineal, quedó encerrado en su interior. Su hermano, al regresar de sus corredurías, solo encontró en el suelo el reloj que Kronos había fabricado y, al recogerlo, lo dotó de espacio y entidad. Dicho de otro modo, creó un mundo paralelo en el interior del reloj.
—¿Otro mundo? —preguntó Diana.
—Sí, aunque él no era consciente de lo que hacía, por supuesto. En cualquier caso, Kairós siguió con su existencia de desorden y aventuras, aunque no dejaba de preguntarse dónde se había metido su hermano. Por supuesto, sabía que Kronos estaba bien, pues el tiempo continuaba fluyendo con total normalidad, incluso habría dicho que más que antes, si acaso él se fijara en esas cosas, claro. Pero aun así, y con todas las disputas entre ambos, Kairós echaba de menos a su hermano y, de tanto en tanto, le asaltaba la duda sobre si aquel curioso dispositivo tendría algo que ver con la extraña desaparición.
»Pasaron los días, los meses, los años y los siglos. Fue un tiempo de Kaos y maravilla en el mundo: impulsado por la falta de orden y la inspiración y fortuna de Kairós, el mundo se formó, ardió, se enfrió, se dividió, volvió a arder y obtuvo un satélite, se volvió a enfriar, dio lugar a la vida y la aniquiló varias veces y tras más tiempo del que Kaos y Kairós se atrevían a contar, ni siquiera contando con el mágico reloj que Kronos había dejado tras de sí, surgió el ser humano y las primeras civilizaciones. Fue entonces cuando Kairós, más que Kaos, comenzó a aburrirse y la nostalgia de su hermano lo llevó a investigar el reloj.
—¿Y lo encontró? —preguntó impaciente Diana—. ¿Encontró a Kronos?
—Paciencia, Diana, paciencia —dijo Julia, con media sonrisa—. Más que encontrar a Kronos, Kairós, al toquetear el reloj, sin demasiado cuidado ni el más mínimo respeto hacia el mágico y complicado dispositivo que había creado su hermano, como era su estilo, más bien consiguió ir a parar al interior del mundo del reloj, junto a Kronos.
—¿Qué? —preguntaron todos los niños a la vez.
—Como lo oís. Ambos hermanos acabaron en el interior del reloj —dijo Julia y miró fijamente uno a uno a sus nietos antes de tomar aire y seguir—. Con su hermano junto a él, Kronos recuperó la habilidad para crear otro dispositivo como aquel que los acogía en su interior. Aunque no penséis que por ser el segundo que creaba fue más sencillo o más rápido, porque no lo fue. Y, especialmente, no lo fue porque su hermano, extrañamente interesado tanto por el mundo del interior del reloj como por esa habilidad de su hermano para fabricar esos dispositivos, quiso aprender a construir el suyo propio. Digo más, no permitió que Kronos avanzara en el trabajo en el nuevo reloj hasta que no aceptó enseñarle y permitir que fuera Kairós el que construyera el nuevo dispositivo.
—¿Y le enseñó? —preguntó Diana.
—¿Y él fue capaz de aprender? —quiso saber Miguel.
—¡Pues claro que le enseñó, eran hermanos! Y por supuesto que aprendió. Kairós era, digamos, apasionado y un tanto impulsivo, pero era tan listo como su hermano, o incluso más, aunque las cosas que mejor se le daban a cada uno no eran exactamente las mismas.
—Entonces, como nosotros —dijo Miguel, señalándose a él y a su hermano pequeño alternativamente y Julia asintió.
—Y nosotras —dijeron casi a la vez Eva y Diana.
—Como todas las personas, chicos, todos somos listos a nuestra manera y a todos se nos dan bien cosas distintas y eso es bueno y enriquecedor. ¡Imaginad qué aburrido si a todos nos gustara y se nos diera bien solo lo mismo!
—Pues sí —dijo Eva y los hermanos asintieron.
—¿Entonces, Kairós hizo el reloj? —quiso saber Diana.
—Siempre impaciente… —bromeó Julia—. Sí, siguiendo las indicaciones de su hermano, Kairós construyó el reloj. Pero eso no fue lo único que hizo en el mundo del reloj.
—¿Ah, no? —preguntaron los dos pequeños.
—¡Claro que no! —respondió Diana tan ofendida como si la conversación tratara sobre ella misma—. Es que aún no os habéis dado cuenta de que Kairós es un alma libre como yo.
Las palabras de Diana provocaron la risa de Eva y Julia, aunque esta trató de contenerse para no ofender a su nieta, mientras los más pequeños las miraban sin acabar de entender nada.
—Yo no podría haberlo expresado mejor —dijo al fin Julia, todavía tratando de contener la risa—. Kairós era un tipo apasionado y se dispuso a disfrutar al máximo de todas las experiencias que le proporcionaba el mundo del interior del reloj mientras trabajaba duro en la creación del nuevo dispositivo. Pero, además, al poco tiempo él y Kronos se dieron cuenta de que en aquella dimensión la interacción entre ambos no parecía tener efectos catastróficos, como sí podía suceder si no iban con cuidado en el mundo exterior. Además, por innovador que fuera Kairós en sus aventuras, nunca ninguna de ellas parecía tener ningún efecto perjudicial para el mundo del interior del reloj, aunque ambos hermanos sufrían por lo que podría estar ocurriendo en el exterior. Eso sí, era Kronos quien más se preocupaba, Kairós, digamos, sentía cierto interés por los efectos de sus actos, que es más de lo que antes se había podido decir de él.
Eva rió y Diana musitó algo ininteligible.
—¿Y qué ocurrió en el mundo fuera del reloj mientras los hermanos estaban dentro? —preguntaron los hermanos.
—Pues, para sorpresa de ambos, cuando, gracias al dispositivo que había construido Kairós, volvieron al exterior, se dieron cuenta de que nada malo había pasado. Bien, sí, había habido algunas cosas, pero nada similar a los choques de asteroides o volcanes erupcionando en masa de antaño. Era como si las acciones de Kairós, en el interior del reloj, vieran sus efectos mitigados. También se reducían al máximo los efectos de la interacción entre ambos.
—¿Y qué hicieron?
—Pues no fue sencillo, para ninguno de los dos, pero, con el tiempo, decidieron que lo mejor era que Kairós viviera en el interior del reloj y Kronos en el exterior. Para evitar posibles problemas, Kronos fabricó otro reloj, así, cada hermano tendría su propio dispositivo por si tenía que acudir en busca del otro. Además, conocedores como ambos eran del poder del tiempo y sus efectos en la memoria, hicieron un grabado en ambos relojes que decía «Para quien debe recordar». De esta manera se aseguraban no desvelar su secreto a la vez que se dejaban una pista importante para mantenerse atentos a conservar los recuerdos relativos al reloj.
—Ya podrían haberse dejado una pista más clara —protestó Diana.
—Shhhhhh —la mandaron callar a la vez los tres hermanos, deseosos de conocer el final.
—Esa pista era suficiente para ellos —aclaró Julia con un gesto serio hacia Diana—. Además, antes de partir, Kairós hizo prometer a su hermano que siempre permitiría que quien lo buscara o lo mereciera lo encontrara. Kronos asintió y, con un abrazo, se despidió de su hermano, hasta que llegara el momento de reencontrarse.
»Es desde entonces que Kronos, el tiempo, representa la promesa, para quien lo merezca, de encontrar la oportunidad de reescribir su vida, cumplir sus sueños, alcanzar sus metas. Eso sí, hace falta valor, pasión y perseverancia para hallar la oportunidad, no dejarla escapar y, con suerte, viajar al mundo del interior del reloj, donde Kairós, allí conocido como el Relojero, nos concederá aquello que más deseamos.
—Yo quiero viajar al mundo del interior del reloj —dijo Diana con la voz llena de sueño.
—Y yo —añadieron a la vez Matías y Miguel.
—No diría que no a una visita al mundo del interior del reloj —convino Eva.
—Entonces, cerrad los ojos y dormid, mis niños, porque la puerta del sueño, en ocasiones, también conduce al reino mágico de Kairós.
Nota: Este relato nació en la primavera de 2025 como un ejercicio narrativo destinado a practicar la voz del cuentacuentos dentro de un contexto de escritura de literatura infantil y juvenil. El objetivo era trabajar la oralidad, la relación entre quien narra y quienes escuchan, y la manera de acercar ideas complejas a un público infantil sin renunciar a la imaginación ni a la profundidad.




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