Este fin de semana ha sido fin de semana, con todo lo que se le presupone a la expresión. Y hacía tanto que no disfrutaba así de un finde que hasta se me había olvidado cómo se siente.
Creo que el cambio no ha sido tanto salir, o no escribir, o ser capaz de desconectar, como que al fin me estoy encontrando bien. Aunque, me temo, las tres cosas están más ligadas de lo que me gustaría.
Cuando no te encuentras bien, es obvio, no sales, o, de hacerlo, acabas tan extenuada que el perjuicio anula cualquier beneficio de la aventura en el mundo exterior. Eso es más o menos evidente. Lo de la desconexión, quizá, no lo es tanto. Y es que, a ver, si tienes dolor constante, desconectar de él es imposible. Está todo el rato. Quizá no con la misma intensidad, pero sí con idéntica persistencia. Y, por absurdo que parezca, el dolor es un lugar común del resto de aspectos de tu vida, porque los atraviesa y une de tal forma que, lo diremos así, causa que los lleves todo el rato contigo de igual modo que llevas el dolor.
Sin embargo, creo que ese papel del dolor como mediador de todos los aspectos vitales de la persona que lo sufre tiene un punto de psicológico. Ojo, no digo que nada de esto sea psicosomático, ni una cuestión de actitud, ni ninguna de esas pamplinas —que mi diario es un cuaderno serio donde vuelco mis pensamientos, no el grimorio de la hermana Pepi—. A lo que me refiero es a que convivir con el dolor crónico afecta a todos los aspectos de la vida y cambia el modo en el que los experimentas. Quizá sea, como dicen hoy en día, que te cambia la química cerebral. Tal vez, sencillamente, que no es plato de buen gusto sufrir todo el día.
Y es posible —mucho— que ese dolor constante distorsione la forma en la que ves el mundo y hasta amplifique algunas circunstancias, más o menos problemáticas, hasta convertirlas en verdaderos monstruos. Por ejemplo, tengo que hacer la mudanza de Ibiza a Palma. No me queda otra, hay que hacerla. Mi época ibicenca se acabó —de momento—. Tengo que volver, traerlo todo, organizarlo y, sobre todo, dejar una casa que ya no ocupo y no volveré a ocupar. Pero cuando te duele todo el cuerpo —cuando llevas un maldito año con dolor en todo el maldito cuerpo— la dichosa mudanza suena a tortura. Tanto es así que ahora mismo llevo meses pagando un alquiler que no necesito porque eso duele menos que mover mi cuerpo para vaciar la casa.
Es ridículo, lo sé.
Pero también es cierto.
Esto, que puede parecer un caso extremo, porque lo es, es aplicable a todo, desde hacer la compra hasta salir a pasear. Cuando el dolor llega a ciertos extremos, absolutamente todo es una tortura, o susceptible de convertirse en una. Para que os hagáis una idea, he llegado a quedarme hecha una bola en el sofá porque se me habían acabado los calmantes y bajar a la farmacia equivalía a recorrer la mismísima Tierra Media hasta el Monte del Destino. Dicho de otro modo, mejor aguantar el dolor de 7 u 8 que padecía, con calor local y electrodos enganchados aquí y allá, que hacer algo que sé que hará que el dolor aumente a 9 o, dios no lo quiera, a 10.
Cuando este es el panorama, desconectar no es un verbo, sino un galimatías sin sentido, y escribir es la única vía de escape posible, quizá junto a leer o, en los días de verdad malos, escuchar un audiolibro.
Por eso, este fin de semana he podido, por primera vez en mucho tiempo, no leer, no escuchar audiolibros y, ni siquiera, escribir. Porque, por primera vez en mucho tiempo, he podido desconectar. Porque, al fin, no sé cómo ni por qué, ha dejado de doler.
Y ojo, que no he dicho que el dolor se haya situado en un nivel soportable. Ahí, más o menos, ya estábamos, con la salvedad de que ese dolor aumentaba, o no, en función de mis acciones. Pero lo que ha pasado este fin de semana es que el dolor ha desaparecido.
Sí, desaparecido.
Y se ha sentido igual que cuando apagas el secador o el extractor de la cocina después de mucho rato.
De hecho, hoy lunes, y después de un fin de semana que ha sido fin de semana, el dolor sigue sin haber vuelto. Hay dolorcillos menores aquí y allá, supongo que porque el cuerpo no está habituado a la vida medio normal. Pero el dolor, dolor, no está.
Por supuesto, una parte de mí teme que pueda volver. Hasta que pueda hacerlo con más virulencia. Pero hay otra, la más realista, espero, que entiende que esto no ha sido una mejoría súbita sino el resultado de una progresión lenta, pero firme.
Obviamente, no he dejado la medicación. No soy nueva en esto. Pero, al fin, pienso que no debe estar lejos el día en el que pueda hacerlo.
Y sí, puede que sea cosa de la ausencia de dolor, pero, por primera vez en mucho tiempo, me siento absurdamente optimista. Y me encanta.




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