Hace unos días otra vez me propuse escribir una entrada a diario en el blog.
Y otra vez estoy fallando.
Quizás el problema sea que ese es un objetivo demasiado exigente. Pero os aseguro que si lo rebajo a «escribir cuando pueda» acabaré por desaparecer de nuevo durante una larga temporada.
Puede que la solución pase por tratar de escribir y publicar cada día pero, eso sí, obligarme a hacerlo solo una vez a la semana. Aunque me da en la nariz que si esa es la premisa el resultado será que publicaré semanalmente durante el primer mes, o quizás también el segundo y hasta puede que el tercero. Pero, a la que me descuide, las publicaciones serán quincenales. Y no pasaría nada porque así fuera, salvo que me conozco y sé que me desmoronaría por no haber cumplido con mi propósito. Y otra vez —sí otra más— desaparecería.
Pero sucede que hoy, a las nueve y un minuto de la noche, he decidido no darme por vencida, aunque en apariencia no tenga nada interesante que decir, aunque todo dentro de mí me grite que este último esfuerzo de cabezonería del día ni vale la pena ni llevará a nada. Y me he puesto a escribir.
Resulta que, tecleando, como siempre, he rebajado revoluciones y calmado mi alma. Y puede que no haya llegado la inspiración —no siempre llega, no—, pero sí lo ha hecho cierta claridad mental, lucidez si me apuras, y se me ha ocurrido pensar que quizás, solo quizás, sí se trata de empeñarse al máximo en tratar de escribir cada día.
Escribir en el blog o en el móvil, en el archivo de Scrivener donde malvive tu novela o en ese word medio olvidado que se resiste a desaparecer en un mar de ceros y unos. ¡Como si quieres escribir a mano! Pero escribir lo que sea que te has propuesto escribir, y sí, cada día, llueva, nieve, haga sol o esté a punto de explotarte la cabeza por una maldita migraña.
Porque el propósito es escribir, no hacer un tratado ni crear una obra de arte.
Escribir cada día (el blog, la novela, el guion, lo que demonios sea), aunque se escriba un único párrafo, una palabra, una línea.
Es ahí, me temo, donde hay que bajar el listón, no en el empeño de hacer cada día eso que amas, que en mi caso es escribir, pero podría ser escalar, cocinar, o, yo qué sé, tejer.
Hazlo cada día, aunque sea un minuto.
Hazlo, aunque sea mal.
Pero hazlo.
Hace diez minutos pensaba que esta sería la entrada del blog más corta de la historia con una sola frase del tipo «esto es lo máximo que puedo hacer para cumplir mi propósito de escribir en el blog cada día». Y si esa hubiera sido la única frase, habría estado bien. Si ha acabado por salir una entrada, lo está también.
Creo que este es un buen momento para recuperar aquel Manual imprefecto de una escritora en apuros. Aunque lo haga de la manera más imperfecta del mundo —o precisamente por eso— y sin una lista de consejos al final, apartados que hagan más llevadera la escritura y una llamada a la acción para conseguir comentarios.
Hoy, otra vez, escribir es lo importante. Porque entiendo que no todos los días de escritura serán buenos. Pero también comprendo que es mejor tener malos días de escritura que no escribir en absoluto.




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