Un monstruo reconstruido

Woman walking through ruins at night with glowing chest light and walking stick

WordPress, igual que muchas otras aplicaciones, tiene una herramienta que te invita a revisitar lo que hiciste tal fecha como hoy, pero de otro año. Y hoy le ha dado a la plataforma por mostrarme lo que escribí hace trescientos sesenta y cinco días.

Menudo vértigo.

Es increíble lo que puede cambiar una vida en un año.

Bueno, en realidad, es increíble lo que puede cambiar cualquier cosa en un solo instante. Pero ese quiebre de la realidad, más rápido y fulminante, lo procesamos de otro modo. Los cambios radicales pero progresivos impactan más, precisamente, por su propia progresividad.

Me pregunto qué diría la Carmen que hace un año fantaseaba con las vacaciones de verano si me viera ahora. ¡Menudo impacto! Pasar de una vida prácticamente perfecta a este monstruo reconstruido con retales y con pésima salud que soy ahora. O que es mi vida.

Aunque amo mi vida monstruosa, no me malinterpretéis. He estado demasiado cerca de San Pedro recientemente como para no valorar lo que tengo.

A lo que me refiero es que en apenas un año todo se ha ido al garete y yo todavía estoy temblando, asumiendo y asimilando, comprobando si soy capaz de, al menos, tenerme en pie, y, con suerte, dentro de poco, volver a moverme despacio y, quizás, empezar de nuevo a caminar.

Pero será otro camino. Ya lo es, aunque todavía no sienta que lo estoy recorriendo. Uno que no es del todo nuevo, pero tampoco antiguo. Uno que se ha formado con los pedazos que han quedado del mundo —la vida— que fue.

Y está bien, supongo. Aunque esté hecho de cascotes unidos entre sí con cañas y barro. Está bien porque es mío. Y está bien porque estoy dispuesta a cuidar mi desastre de camino y recorrerlo con la misma o más ilusión que si estuviera hecho de oro y piedras preciosas.

En fin, que ha pasado un año. Y sé que durante todo este mes cada día tendré esta sensación. Cada día la ausencia será más sonora y la vida más áspera…

Un año, ya.

Aunque a estas alturas todavía ni intuía el terremoto.

Un año que me está sirviendo para comprender que, en realidad, del duelo no se sale. Ni se supera —¡menuda gilipollez! Superarlo…— El duelo, o mejor dicho, lo que lo provoca, se incorpora a la personalidad de uno. Suma y resta. Divide y multiplica. Borra, dibuja, difumina. Transforma para siempre el original para convertirlo en otra cosa.

Y a esa entidad resultante, tan distinta por dentro, pero reconocible en apariencia, capaz de funcionar o, incluso, de volver a vivir, se la cataloga de superviviente. O, peor, de sana. Porque, dicen, has sanado el duelo. Has salido de él. Lo has superado…

Qué estupidez.

Yo no he salido de nada.

Todo —absolutamente todo— lo llevo conmigo.

Deja un comentario

Comentarios

¿Vienes conmigo?

Suscríbete a La Enésima Aventura y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.