Shadow ban y otras iluminaciones

Sorceress in elaborate robes casting a magical spell with glowing scrolls swirling around her in a stone library.

El vídeo de ayer de Tik Tok no ha dado buenas métricas. No sé el motivo, puede ser desde un shadow ban porque he dicho alguna palabra que penaliza hasta alguna denuncia de alguien por cualquier motivo. La cuestión es que no ha ido como los anteriores.

El otro día, el problema no fue Tik Tok, sino Instagram. Antes ocurrió con Facebook. Y, a veces, pasa con el blog.

Es frustrante que los números no salgan porque, por absurdo que parezca, las métricas ayudan a mantener la motivación. Y cuando caen, sea por motivos desconocidos o por cualquier razón justificada dentro de la lógica de las redes sociales, la motivación puede tambalearse. Al menos, la externa. Pues, por lo visto, hay una motivación que se alimenta del exterior, de los resultados, de la retroalimentación, y otra, más rara, que surge de dentro.

No siempre ha sido tan sencillo esto que ahora estoy observando y contando con la frialdad de quien ha vuelto del otro lado con un tajo en el pecho y otros seis en la tripa, más que convencida que poco importa el ruido externo porque mi misión, vía contrato del alma, es escribir y publicar y dar a conocer mis historias. No importan las dificultades, en especial si estas son de número de vistas o de likes. Lo único que importa es cumplir con lo que me he comprometido.

Cuando empecé en esto, allá por 2012, cuando los blogs, Twitter, Facebook y Youtube eran el cambio de juego, no solo me afectaban las métricas —y mucho—, sino que no acababa de entender por qué demonios los escritores, así como cualquier otro artista, teníamos que estar promocionando y vendiendo nuestro trabajo, como si fuéramos comerciales tratando de colocar la última súper aspiradora o el nuevo carísimo robot de cocina que te salvará la vida.

No lo entendía, me violentaba y me dolía. Y eso que yo tuve suerte, al menos en lo que a la aventura promocional se refiere: Los libros se vendían muy bien, en digital y en físico, las críticas —en su mayoría— eran buenas y estaba construyendo una comunidad a mi alrededor que me apoyaba. El problema, entonces, no vino de la promoción, por más que a mí ese tema me crispara. Vino de las consecuencias de la crisis económica, de la incomprensión de los allegados y de la salud. Un cóctel que podría haber sido mortal, pero que solo resultó en bloqueo, desaparición y reconstrucción.

A pesar de todo, ahora, que estoy reviviendo todo aquello, aunque lo haga desde otro ángulo, sí comprendo que la promoción digital, con todo lo que esas dos palabras juntas conllevan, sea un motivo sobrado en sí mismo para bloquear al más pintado. Y no hablo solo de las métricas, ni siquiera de las reacciones, la retroalimentación o los dichosos trolls, siempre dispuestos a salir de debajo del puente solo para fastidiar.

Lo que hastía y drena de la promoción digital es la obligación. Cuando alguien lo que quiere es escribir, o crear, lo que sea, en digital, cualquier momento del día y cualquier mínima cantidad de energía que tengas que dedicar a lo que sea, que no sea crear, se convierte en un incordio. Si son varios momentos, varias veces, cada uno con sus normas y fórmulas, quemarse está asegurado.

Por suerte, y porque no hay mal que por bien no venga, mi descenso de más de diez años a los infiernos del bloqueo creativo, así como esa reciente lucidez que acompaña al peligro de muerte de mi último susto que me hizo comprender que no quiero irme de este mundo sin que mis historias vean la luz, me han facilitado una clave para enfrentar cualquier batalla contra el hastío, el algoritmo y el shadow ban.

Y el secreto de todo es tan simple, tanto, que me da vergüenza no haberlo comprendido antes. Porque aquí la cuestión de fondo, al menos, en mi caso, es que en el centro de todo siempre estaba yo: mi tiempo de escritura, mi historia, mis personajes, mi enorme ego absurdo cuál enorme árbol que no me dejaba ver el bosque…

Pero lo que tiene que estar en el centro no soy. Yo no importo. Yo, algún día, espero que más tarde que pronto, moriré. Como todos. Pero la obra, la creatura, esa no tiene por qué morir. Y ella es la única que importa. Ella y lo que contiene.

Así que cuando uso el tiempo y la energía para hacer un maldito vídeo, que quizás se verá tan baneado como todo lo demás, solo estoy haciendo, de otra manera, lo que me he comprometido a hacer: dedicar el tiempo que estoy aquí a esas historias que no quiero que desaparezcan si lo hago yo —cuando lo haga yo.

Vivimos en un mundo absurdamente capitalista en el que se ha puesto al artista al nivel de su obra, de formas en ocasiones absurdas, hasta el punto de ser incapaces de distinguir entre ambas entidades —no leeré esto por el autor es rellena-con-lo-que-sea; no mencionaré a tal pinto porque era completa-como-quieras…—.

Pero el artista y su obra no son una misma cosa. Nunca lo han sido. Ni el arte ha sido algo individual hasta dos días, en términos históricos. Muchas de las obras que nos obnubilan eran fruto del trabajo de un taller, de un equipo. Antes todo se parecía mucho más al teatro o al cine, aunque ahora hasta a estas formas de expresión artística colectiva nos empeñamos en individualizarlas en forma de nombre de director.

Si nos permitiéramos ya no creer, sino solo contemplar que no entendemos el funcionamiento de todo, quizás, puede que pudiéramos pensar en el artista casi como un canal que trae al mundo, en una forma concreta, una entidad existente ya en otro plano.

Sí, ya, muy platónico todo.

Pero, qué queréis que os diga, una está más cerca de Platón o Jung o, si queréis algo más asequible, de Elizabeth Gilbert que del pensamiento materialista e individualista dominante.

Así que, ahora, cuando el algoritmo me pirulea, como hoy, yo le guiño el ojo, le digo que veo su juego, y sigo con mi mano. Al fin y al cabo, aunque antes no lo supiera, y muchas veces todavía me cueste creerlo, comprendo que, en realidad, esta es una partida colectiva y, sobre todo, a largo plazo.

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