Han pasado unas cuatro semanas desde lo que en casa hemos convenido en llamar la crisis de la gran bola de sangre y dieciocho días desde que salí del hospital. Iba a decir que desde entonces han pasado muchas cosas, pero no es cierto, pasar, no ha pasado nada. Lo que ocurre es que, más bien, han cambiado muchas cosas. O no, quizás ni eso, sino que lo que pasa es que he cambiado yo.
Aunque eso de que la experiencia me cambió no es nuevo. Lo sé desde que me desperté en la sala de recuperación y ese conocimiento no hizo más que reafirmarse durante los días que duró mi ingreso.
Lo nuevo es, en realidad, estar viviendo ese cambio. O el resultado del mismo. Más allá de sensaciones y teorías, más o menos terrenales; más o menos místicas.
La diferencia es que la persona que salió del hospital y retomó la vida que esa experiencia había dejado en suspenso, siendo la misma que ingresó en urgencias con apenas sangre en las venas, está viviendo de otra manera. Ni mejor ni peor, solo distinta.
No diré que ahora soy más auténtica que antes, más yo de lo que he sido nunca, porque no creo que sea cierto. Pero sí puedo decir que, no sé muy bien cómo, me he desprendido de capas y capas que me cubrían y protegían para que ese yo, el que siempre ha estado ahí, no quedara expuesto y sufriera.
El problema es, me temo, que todas esas protecciones no solo me mantenían a salvo del mundo exterior, sino que, además, todo en pos de evitar el sufrimiento, me impedían hacer aquello que más deseaba, ser como verdaderamente soy, estar cómo y dónde en realidad quiero.
Lo que ha cambiado el hecho de casi morir desangrada es que he comprendido que de nada vale protegerme para no sufrir si no puedo vivir la vida que quiero, si no puedo ser la persona que soy, si no puedo estar de la forma que deseo para no resultar molesta a terceros —para que esos terceros no me hieran de nuevo—.
Ahora mi día a día suena a teclas y sueños. Y no quiero nada más.
Estoy aprendiendo a volver a vivir entusiasmada, alegre, con ilusión, sin que me importe si para algunos soy demasiado intensa, absurda, infantil o exagerada.
Estoy recordando cómo es vivir creyendo, de verdad, que la vida está aquí para disfrutarla y que si alguien se siente ofendido por mi goce, el problema no es mío, sino suyo. Al final del trayecto, a todos nos espera la tumba. Yo tengo la intención de disfrutar al máximo el viaje.
Y todo esto es bueno. Intenso. Asombroso. Pero extraordinariamente bueno.
Lo difícil, que también lo hay, es que junto a este desprenderse de las infinitas capas de protección tras las que me ocultaba, han venido también los recuerdos de las situaciones que justificaban su existencia.
Está la vez aquella de las niñas que se metían conmigo por la ropa que llevaba. Esa otra en la que una compañera se ofendió porque me compré las zapatillas que ella quería. Todas las que mis notas parecían la mayor afrenta que pudiera hacerle a cualquiera,
Están todas aquellas veces jugando a fútbol —¡marimacho!— pero también cuando lo que molestaba era que cantaba con la coral o que coleccionaba cartas perfumadas.
Y todas las noches que tenía que leer a escondidas porque en casa se creía ciegamente que los libros hacen perder la cabeza; las que me tuve que pagar la matrícula del instituto de mi bolsillo porque nadie recordaba que la niña tenía que arreglar los papeles para estudiar, ni mucho menos nadie entendía por qué me empeñaba en seguir estudiando si no hacía falta.
He recordado las obras de teatro a las que nadie venía, los premios que recibía sola, los justificantes de asistencia y boletines que firmaba yo, porque a nadie le importaba.
También el primer empleo en un periódico local con solo diecinueve años que era una mierda porque tenía un contrato por obra y las pagas extras prorrateadas. Compaginar con mil y un trabajos los estudios universitarios mientras te comparaban con la-hija-de-quien-sea que se lo ha sacado en mucho menos tiempo, sin contar, claro, que nadie de ellos, además, trabajaba o se encargaba de su casa.
Cómo olvidar terminar etapas educativas y recibir como única felicitación un «es tu trabajo» o «un sobresaliente no es una matrícula de honor». Mejor no hablemos de las presentaciones de libros con enhorabuenas del tipo «¿Y esto para qué te sirve?» o «No entiendo por qué pierdes el tiempo con estas cosas».
También está el memorable momento en el que anuncié que había conseguido plaza de funcionaria de carrera y la respuesta fue «¡Qué putada!».
Hay más, mucho más. Es toda una vida de ser criticada y comparada —menganita es más alta, sultanita, más delgada, fulanita gana el doble o la-hija-de-quien-sea es/tiene más y mejor—.
Toda una vida en la que, sin darme cuenta, fui perdiendo la alegría, la ilusión, las ganas. En la que aprendí a no contar, no mostrar, no decir o, incluso, ocultar, para no ser juzgada, señalada, criticada. Porque si algo llegué a tener claro era que si algo me importaba, no debía contarlo, porque me lo derrumbarían con saña. Y si estaba feliz, era mejor disimular, no fuera que supieran la causa, porque irían a por ella.
Toda una vida de aprender a hacerme pequeña, cada vez más, hasta llegar casi a ser minúscula.
Hasta casi desaparecer.
Pero, por suerte, tuve una hemorragia interna y perdí tres litros de sangre.
Por suerte, casi morí desangrada.
Por suerte, al fin, comprendí, que no estoy aquí para hacerme pequeña por el bien de los demás.
Estoy aquí para existir. Con mi muchedad, como Alicia. Porque nadie —NADIE— merece que ponga su bienestar y comodidad por encima del mío.




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