He vuelto a escribir.
Sí, ya sé, desde aquí parece que no he dejado de hacerlo nunca.
Pero no es cierto.
O no del todo.
Porque, si bien siempre, siempre, he escrito, incluso en los momentos más inverosímiles, también es verdad que durante una larga temporada, por más que escribiera, era incapaz de publicar.
Y cuando digo incapaz de publicar me refiero a cualquier tipo de publicación y formato.
Obviamente, para alguien que quiere dar a conocer sus mundos y personajes eso es un problema.
Pero ni siquiera ese ha sido el problema más grave que he enfrentado con la escritura.
Para nada.
Ni siquiera los problemillas físicos de 2015, cuando perdí la visión del campo visual izquierdo, que, por suerte, he ido recuperando casi en su totalidad, y de 2016, cuando perdí la movilidad de los dedos de la mano derecha, que también pude recuperar con mucha, mucha rehabilitación, han sido los peores que he enfrentado.
En realidad, la dificultad más importante que he enfrentado —que en muchos sentidos todavía estoy enfrentando— tiene que ver con la escritura de ficción. Y, más concretamente, con las obras largas.
Si hay que acotar el asunto, diré que allá por 2014 se me atragantó una historia. Bueno, quizás, lo que se me atragantó fue el mundo y la historia sencillamente estaba por allí y fue una víctima colateral de todo lo que me sucedía.
Pero esa historia, que era una novela larga, ambiciosa, y arriesgada, se atascó. Y yo me atasqué con ella. Y ahí empezó lo que he venido a llamar como mi década oscura, pero que podemos llamar bloqueo de escritor.
Claro que, como se puede intuir por lo que he contado antes de mis problemitas de salud, las circunstancias, en aquellos momentos, no eran las más fáciles ni favorables, ni para la escritura de una novela larga, ni para nada.
No fue hasta 2018, más o menos, cuando comencé a salir de aquel embudo. Pero os he mencionado una década de oscuridad, así que, como es fácil suponer, nada terminó entonces. ¡Qué va! Cuando empezaba a ver lo que creía que era la luz al final del túnel mi salud empeoró y tuvieron que operarme del corazón. Era noviembre de 2019.
Después vino la pandemia, junto con, para mí, un cambio de vida, de profesión y de isla. Era 2024 cuando, al fin me sentí lista para volver a la ficción, pero no de cualquier manera, claro. Lo hice a través de un máster de escritura creativa.
Pero por más título oficial y matrícula de honor que hubiera obtenido, yo seguía teniendo una historia pendiente, una novela atascada.
Mi novela atascada.
Después vino otro cambio de isla, un duelo, más problemas de salud. Y todo seguía igual. Mejor, porque podía volver a publicar con normalidad, e, incluso a escribir ficción, sobre todo, breve.
Y no fue hasta hace 18 días, cuando entré en un quirófano de urgencias y sin saber si volvería a salir, que comprendí que aquella novela —mi novela atascada— no podía seguir escondida en un cajón.
Le hice prometer a mi marido que si no salía de aquella él se hiciera cargo de publicarla. Al fin y al cabo, la historia está acabada. Se puede mejorar, porque por algo está atascada, pero es publicable.
Pero también me comprometí conmigo misma a terminar aquella historia, mejorar lo necesario, completar lo incompleto y hacer de ella lo que, en el fondo, durante todos aquellos años había sabido que era: mi obra más sincera, más auténtica y más mía.
Por suerte, salí de aquel trance. Y, desde entonces, no he dejado de escribir.
Solo que esta vez no solo he escrito para mí. Ni siquiera he escrito únicamente en el blog. Ni ficción breve…
Desde que salí del hospital no he dejado de escribir mi novela.
La que se atascó.
La que cada día que pasa es todavía más y más auténtica. Más mía.
Así que sí. He vuelto a escribir.
Al fin, estoy escribiendo.
Y, quizás, por eso el blog se resienta.
Porque está aquí, es mi criatura, mi refugio, mi lugar seguro.
Pero ya no puede ser más la excusa para no escribir la historia que de verdad de la buena importa. Esa que es tan mía que casi acaba conmigo.
Veremos cómo lo compagino.
En cualquier caso, hoy, de momento, aquí sigo.




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