Estoy enfadada.
No me gusta porque el enfado me perjudica. Poco importa su causa. Me pongo de mal humor, pierdo las ganas de hacer cosas y, las que hago, se convierten en trámite u obligación. Sin darme cuenta, dejo de disfrutar, de reír, de cantar. Y la vida se vuelve gris.
No, no importa la causa del enfado, porque, sea la que sea, seguro que no vale que mi vida pierda el color.
A mí me gusta mi vida colorida y con brillo, con música, con momentos suaves, con detalles bonitos. Ese es el motivo de que encienda una vela aromática cuando me siento a escribir, pero también de que lo primero que hago al levantarme sea poner música y hacer la cama. Hay gestos pequeños que cuestan poco pero cambian mucho.
A pesar de todo, sé perfectamente que la vida no es así. No es suave, ni dulce, ni lenta. Más bien al contrario, tiene la manía de ser dura, bastante inflexible, de ritmos cambiantes y, a lo sumo, agridulce. Y por eso me esfuerzo en quedarme con lo bonito. No niego la mierda. Sé que existe, creedme, pero trato de buscarle el lado positivo. Al fin y al cabo, no hay mejor abono para el campo.
Las cosas malas, duras, difíciles y hasta terribles existen. Y la mayoría de ellas no están en nuestras manos. Suceden. Podemos reaccionar a ellas. Hasta tratar de prevenirlas. Pero no evitarlas. Nuestro papel, por más que nos pese, se limita a lo que sí depende de nosotros.
Y llevo años haciendo un esfuerzo enorme por centrarme en lo que depende de mí, porque a base de golpes aprendí que de nada sirve que me centre en lo demás. Al final, no deja de ser cierto eso de que la mejor manera de cambiar el mundo empieza por uno mismo.
Pero en ese uno mismo es menos singular de lo que solemos pensar en un primer momento. Es más, si me centro en mí misma hay una parte de todo lo que haga que, directamente, afectará a los demás, para bien o para mal, pues somos seres gregarios y solemos vivir en comunidad.
Si yo tengo un mal día —y hoy lo tengo— y empiezo a actuar desde el enfado, la rabia o la emoción que sea que sea que secuestre mi amígdala, mi comportamiento afectará a los demás, además de a mí misma. No digo que haya que ignorar o reprimir las emociones negativas, eso no lleva a nada. O, al menos, a nada bueno. Hay que sentirlas, claro. Y dejarlas ir.
Y aquí estoy yo, respirando a través de una maraña de emociones feas y violentas porque la secuestrada amígdala de otro ser humano me ha sacado de mi centro —me ha enviado a Júpiter, para ser exactos—y sé que lo único que puedo hacer es surfear como pueda este momento porque a nadie beneficiará que mi amígdala tome el mando. Tampoco a mí.
Pero aquí estoy, a las diez y media pasadas, con la cama sin hacer, la vela sin encender, un guion sin escribir, inhalando y exhalando porque un idiota fue incapaz de hacerse cargo de su propia mierda mientras me pregunto qué coño haré hoy yo con tanto abono.




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