Estoy de exámenes. Eso implica que mi vida se limita a examinar alumnos, corregir pruebas de evaluación y repetir. Esto seguirá así durante unos quince días más. Después, burocracia. En muchos sentidos, el mes de junio es una suerte de pago previo a las vacaciones de verano. Y aquí estoy, pagando, con sudor, sin lágrimas ni —de momento— sangre, pero con las cervicales destrozadas.
En fin, que sacar un ratito de la nada para escribir este post es un verdadero ejercicio de malabares. Pero, seamos sinceros, necesito escribir aunque solo sea una entrada sobre lo difícil que es escribir en estos momentos, de la misma manera que necesito los treinta minutitos diarios de yoga al terminar el día. Es autocuidado. Y aquí estoy, autocuidándome.
Mientras, mi mente divaga entre examen y examen sobre qué haré durante el verano. Una fantasía que empezó con un retiro de escritura, pero que ha ido mutando hasta convertirse en otra cosa que ni siquiera sé calificar, pero que puedo resumir como sencillamente tener tiempo para mí. Y aquí estoy, divagando.
Pienso en añadir ejercicios aeróbicos y de fuerza a mi rutina de yoga-por-supervivencia. También en escribir «esa» historia, pero además una suerte de diario de verano. Y en compilar mis textos antiguos y convertirlos en un librito. Todo esto, claro, mientras fantaseo con tomar el sol, nadar y relajarme con un cocoloco en una mano y una novela para no pensar en la otra. Y aquí estoy, fantaseando.
Todo esto, claro, mientras una voz me susurra «ve a por el doctorado, Carmen», y otra canturrea «déjame, no juegues más conmigo»… Porque, no, doctorado y escritura no son del todo incompatibles… Pero trabajo, doctorado y escritura, seguramente sí. ¿Y sabéis qué sale de la ecuación siempre que mis planes absorben todo el espacio? Correcto, la escritura. Siempre la escritura. Y aquí estoy, planeando, decidiendo, haciendo malabares, imaginando y divagando mientras me pregunto por qué demonios las voces de mi maldita cabeza no se callan un rato.
Últimos días de mayo y escribo desde la terraza, bajo la sombrilla, con sombrero de paja y protección solar. Cualquiera diría que ya es julio. Pero no, todavía hay que atravesar el laberíntico junio, mes de exámenes, nervios, correcciones, notas y llantos, de alegría, o de todo lo contrario.
A veces, necesito mañanas como la de hoy, de sol y bronceador, para recordar que vivo en el maldito paraíso. Un paraíso, embrutecido por el turismo depredador, al que me he visto exiliada. Pero paraíso, al fin y al cabo. Aunque no puedo evitar preguntarme si el paraíso, a la fuerza, no deviene en infierno…
Puede que, tal vez, realmente, sea cierto aquello de que ambos, cielo e infierno, no son en realidad lugares, sino estados del alma. ¿Y puede acaso el alma exiliada de su mundo sentirse lo suficientemente en paz para hallar ese estado beatífico, llamado paraíso? No tengo respuesta.
Aunque sí creo que, en muchos sentidos, alejarse del hogar, implica perderlo. No porque ese lugar que ha sido propio y parte de uno cambie, no. Ocurre porque aquel que se ha ido —por deseo u obligación— cambia. Y lo hace tanto, que el viejo lugar —¿hogar? ¿paraíso primigenio?— ya no encaja con el nuevo tú. O, mejor, ese nuevo tú deja de encajar en su antiguo entorno. No deja de ser como ese artículo que compras y que, una vez extraído del envoltorio original, es imposible volver a colocar dentro; o, al menos, que quede de la misma manera.
Así que aquí estás tú, en un espacio liminar, sin nombre ni atributos reconocibles, salvo por comparación con aquello que lo rodea, ajeno a lo que fuiste y desconcertado con lo que eres. Sin pertenecer a aquel espacio, físico y metafórico, de tu pasado, ni tampoco al de tu presente.
Estoy convencida de que los billetes de avión deberían venir con una advertencia. Algo del tipo «Atención: viajar sin billete de vuelta puede provocar cambios paulatinos, radicales e irreversibles en el sujeto. Las estancias superiores a un año en un lugar diferente del destino de origen pueden causar variaciones en mente, corazón, espíritu y cuerpo del viajero. Antes de migrar, cerca o lejos, medite con calma su decisión».
Y, sí, todo esto lo escribo con un sombrero de paja calado en la cabeza, gafas de sol y embadurnada en crema solar, aparentemente feliz, pero incapaz de saber quién soy ni mucho menos adónde demonios voy.
Feliz último viernes de mayo. ¿Listos para el verano?
Estoy cansada y se nota en el tiempo que tardo en empezar a escribir desde que abro el documento. También en la forma de vacilar sobre el tema. E, incluso, en la velocidad a la que tecleo. Estoy segura de que si me viera desde fuera vería ese cansancio reflejado también en mi postura, algo más encorvada de lo normal.
Pero me he propuesto escribir a diario en el blog, aunque el post trate sobre el tiempo, como una mala conversación de ascensor. Eso no importa. Lo único que cuenta es ejercitar el músculo de escribir, como si de un bíceps cualquiera se tratara, para que no se atrofie de nuevo, para que esté en forma, para que, a través de estos ejercicios de escritura sobre la nada, quién sabe, vengan las ideas, las historias, los escenarios, los personajes.
En otra vida, cuando todavía era solo escritora y la ilusión de vivir únicamente de escribir parecía mucho más posible de lo que acabó siendo, escribía a diario en el blog. Y en mis cuadernos. Y en páginas sueltas. Y en libretas. Y en los documentos de word que acababan siendo mis novelas, antes de que descubriera Scrivener…
Sí, entonces escribía cada día y de aquellas entradas sobre la nada, o sobre el todo, surgieron historias maravillosas, personajes inolvidables, escenarios que no me canso de revisitar cuando aparece la nostalgia y desempolvo los blogs dormidos…
Es por eso que quiero recuperar esta costumbre —este mal vicio, que dice mi madre, que jamás ha entendido demasiado bien esto mío de tener que ponerlo todo en negro sobre blanco—. Quiero volver a abrir puertas y ventanas de mi mente —¿de mi ser? ¿de mi alma?— y que se airee el edificio, del ático al sótano, incluidos despensa y armarios. Y, quién sabe, con un poco de suerte, regresa la magia y con ella las historias, los personajes, los escenarios, las maravillosamente malditas tramas imposibles…
Así que, aquí estoy, escribiendo, sobre todo y sobre nada, más cansada de lo que me gustaría porque empiezo a notar sobre la espalda el peso de la semana mientras mi mente y mi cuerpo se preparan para la maratón de evaluaciones de junio y mi espíritu suspira, perdido en ensoñaciones sobre a qué proyecto dedicará las ansiadas vacaciones de verano…
De momento, lo único que tengo claro es que, pase lo que pase, seguiré con mi entrada diaria. Ya sabéis, para ejercitar el músculo, para estar lista, por si, en algún momento, ocurre la magia.
Que llevo días —semanas, quizá, meses— dándole vueltas a mi vida no es ningún secreto. Puede que sea porque estoy en una relativa fase de duelo tras el máster, o, tal vez, porque estoy asimilando los cambios que ha sufrido mi vida en los últimos dos años, que no han sido pocos.
La cuestión es que estoy haciendo balance. Inventario. O recuento de daños. Y, joder, la nave ha perdido muchas piezas. Muchas. Aunque también ha ganado otras, o, mejor, ha pasado a usarlas de otra forma, más eficaz y eficiente, puede que, incluso, con otra función.
Creo que, de todo, lo peor no son los daños y alteraciones sufridas en este último tramo del viaje. Para nada. Lo terrible es que no era consciente del estado de nave y tripulación cuando me embarqué en la aventura. Y, ahora que lo veo de lejos puedo decirlo con franqueza: era tan deplorable que haber llegado hasta aquí es un verdadero milagro.
Para seguir con la metáfora del viaje y transformarla en símil diré que me imagino esta aventura, que es mi vida, o, al menos, los últimos diez o quince años, como una odisea espacial. No me preguntéis por qué, no me gusta el espacio como escenario narrativo. Pero esta es la imagen que me regala el Muso hoy y, creedme, si algo he aprendido con los años es a no discutir con él, salvo en las batallas que realmente valen la pena.
En fin, decía que en mi mente la metáfora del viaje interplanetario encaja a la perfección para esta situación y en ella una servidora es tanto nave como tripulación. Y a pesar de la intuición inicial, no, la nave no es solo el cuerpo y mucho menos la tripulación es solo la mente, el ser, el alma. Ojalá mi imaginación fuera tan clara…
El problema, decía, es que ni siquiera me había percatado del viaje en mi treintena —mucho menos en la veintena, claro—. Y no será porque no esté la literatura llena de viajes, caminos y ríos que van a parar al mar. Pero una a veces es dura de oído y de mollera. Así que, sin ser consciente del periplo cómo iba a preocuparme del estado de la nave y sus tripulantes. Para ocuparte de algo, primero debes conocer su existencia.
Será, quizás, porque mi mente sobreestimulada y con una dosis excesiva de fantasía, imagina la cuenta atrás, el despegue y la salida de la órbita terrestre en los primero años de vida, hasta llegar a la adolescencia; que vendría a ser esa época en la que dejas de ver el planeta del que has salido. La juventud, pues, te encuentra flotando en una inmensidad de negrura salpicada de puntos de luz, hermosos pero lejanos, inalcanzables e incomprensibles para esa tripulación que ha olvidado origen e identidad…
Los problemas mecánicos, en mi caso, empezaron en la treintena, por lo que a la amnesia propia de tal odisea, hay que sumar fallos técnicos y humanos —¿cabe esa definición hablando de una tripulación figurada? Diremos que sí por el bien de la trama—. Es más, creo que en esa época, además, atravesé uno de esos campos de asteroides tan recurridos en las ficciones espaciales. No descartemos que algún agujero negro tratara de atraerme hacia él. Ni siquiera me atrevo a no contemplar la posibilidad de haber viajado a través de un agujero de gusano, como Ellie Arroway en Contact pero con una nave más Halcón Milenario que cápsula de Dragon Ball…
Como sea. La cuestión es que no tengo ni la menor idea de cómo he llegado hasta aquí. O sí. Pero todavía no me creo que todos los cálculos cartográficos, arreglos mecánicos extremos y reorganización de la tripulación resultaran tan —pero tan, tan— bien.
Así que estoy aquí, con una nave destrozada, una tripulación reventada y un TARS con los circuitos quemados. Podéis imaginar la nave avanzando a trompicones y soltando humo (sí, sí, en la mente el humo y el espacio son de lo más compatibles, esa es la grandeza de la imaginación, en serio, no me contradigáis en esto…). Quizás veáis algún motor colgando, unido al fuselaje solo por algún bendito alambre. También podéis imaginar luces parpadeando, pitos, alarmas y sirenas. Ahí dentro, en mitad de ese caos, estoy yo —tal vez, debería decir que ese caos soy yo, pero no quiero menear la cuarta pared más de la cuenta, ya sabéis. Vale, vale, pues al menos no tocar la tercera… ¿La segunda? Bah, como queráis, dejad alguna pared, en todo caso, ¿vale?—.
A lo que iba, que esa nave destruída en la que viajo —que soy…— se ha aproximado a un hermoso y enorme planeta mientras yo estaba ocupada controlando los daños —y a la tripulación, por favor, no olvidemos a la tripulación— y ahora me encuentro preparando una aproximación, a pocos minutos de entrar en la atmósfera, con unas condiciones instrumentales y mecánicas más que precarias…
Lo peor, no obstante, ni siquiera es eso. ¡Qué va! Lo que me tiene distraída mientras pido a la tripulación que se preparen para entrar en la atmósfera, que se abrochen los cinturones de seguridad y que, por lo que más quieran, alguien sostenga fuerte el alambre que, desde dentro, conecta con el motor que medio cuelga por fuera —¡Shhhh! Que sí, que en la mente eso se puede. Dejad la ciencia y la lógica a un lado, que estamos en el maldito espacio y aquí no tienen cabida esas cosas ahora—.
Lo peor es que este planeta, tan bonito, tan grande, tan nuevo de trinca, no es exactamente al que yo me dirigía… Que vale, que quizás el planeta de mis sueños tiene una atmósfera irrespirable para seres sensibles acostumbrados a sostener motores con alambres mientras la nave se aproxima a su destino, pero… No sé, siempre había pensado que llegaría allí. Quizás para estrellarme. Quizás para ahogarme al sacarme la escafandra —yo llevo escafandra en el espacio y punto, me niego a buscar ahora cómo se llama el casco de los astronautas…— Pero allí.
Mientras atravesamos la atmósfera —¡por lo que más queráis, no soltéis el alambre!— y descendemos, entre trompicones, temblores, ruido atronador, pérdida de piezas y, sí. fuego en la cola —siempre tiene que haber fuego en la cola—, me lamento por estar llegando a un planeta ideal que no es el que soñaba, creía, esperaba.
Debí perder el conocimiento en algún momento porque he despertado aquí, entera, viva, con algún rasguño, pero nada importante. La tripulación despierta. La nave humea, pero el fuego se ha apagado. Estamos enteros, en mitad de un pinar que, por algún motivo, no se ha dañado por el aterrizaje —¿Qué nombre le tengo que dar si todavía no sé ni dónde estoy?—. El motor sigue amarrado a la nave gracias al bendito alambre y, mientras respiro hondo y lleno los pulmones de aire limpio y un maravilloso aroma a mar, arena y pinocha, empiezo a comprender dónde estoy.
Decía, al principio, que estoy haciendo balance, inventario e informe de daños. Y es verdad. También he explorado el planeta desconocido y, aunque duela, y no sea el planeta soñado al que me dirigía, es mucho mejor que cualquier escenario que antes haya soñado.
Por supuesto, si quisiera, con los restos del aparato —que a pesar de todo no se ha estrellado, ha aterrizado— podría construir una nave menor, con cabida solo para uno y autonomía limitada, para volver al espacio y seguir explorando en busca de aquel planeta soñado. Claro que podría.
Pero resulta que este mundo en el que he aterrizado es maravilloso, está nuevecito e inexplorado. Y es mío. Completamente mío.
También, con los restos de la nave, podría construir aquí un hogar, explorar el mundo, conocerlo, quizás, amarlo…
Y, tal vez, solo tal vez, ese es realmente el duelo que estoy pasando.
Lo bueno, además de haber llegado a un maravilloso planeta en el que el aire es respirable y la vida posible, es que he conseguido traer conmigo ese motor, tan importante para todo, aunque fuera precariamente sujeto con un alambre.
El fin de curso siempre tiene cierto regusto apocalíptico. Quizás sea porque es un final, sin más. O, tal vez, porque tensa las fibras hasta un punto cercano a la rotura. Pero, incluso cuando quiebra, todo pasa, todo acaba y, aunque duele, cada año, de nuevo, llega septiembre y, con él, un nuevo curso, un nuevo inicio, una oportunidad todavía intacta.
Creo que es ese sentido de ciclo sin fin —de eterno retorno, que decía Mircea Elíade— lo que tanto me atrapa del mundo académico, sea como estudiante o como profesora, eso, en realidad, poco importa, siempre que haya apocalípticos junios e ilusionantes septiembres.
Esta semana estoy impartiendo mis últimas clases. Hoy, de hecho, termino con los niveles superiores. Seguramente, por eso estoy tan sensible. Mañana, última clase de los niveles básicos. Y ya, después, exámenes.
El mes de junio es el más duro del curso. El calendario se desborda entre guardias, reuniones, correcciones, revisiones y organización del curso siguiente. Pero para los que somos un «pelín» más sensibles de lo normal ese exceso de trabajo, con plazos y horarios imposibles, es una bendición disfrazada de caos.
Resulta que mientras trabajo y me centro en llegar a todo y sobrevivir no hay cabida a la nostalgia. Cuando llega julio y, con él, las necesarias vacaciones, ya se ha pasado en gran medida el efecto del final y, en todo caso, quedan solo los buenos recuerdos.
Así que sí, estoy a las puertas de un nuevo un ragnarök, un armagedón, un apocalipsis, o, simplemente, otro fin de curso más. Por suerte, cuando todo pase, el mundo se calme y el alma decida que quiere quedarse en un eterno verano para siempre, otra vez —como cada año, como cada curso…— volverá a llegar septiembre.
Desde que terminé el máster de escritura ando como pollo sin cabeza. Me cuesta saber dónde enfocar mi energía y cuando creo haber encontrado aquello en lo que centrarme, por un motivo u otro, nunca resulta ser el lugar —¿objetivo?— adecuado.
Empiezo a pensar que el problema no es haber terminado los estudios, sino, más bien, todo lo que no había asumido antes de empezarlos. Siendo sincera conmigo misma debo reconocer que los estudios para mí son un refugio, un lugar seguro, el hierro ardiente al que agarrarme cuando todo se desmorona… Y si el año pasado me matriculé en aquel programa de máster era, en efecto, porque todo se había desmoronado o amenazaba con hacerlo.
Es lógico, pues, que, una vez perdido el salvavidas, y por mucho que las cosas se hayan estabilizado desde entonces, reaparezca el vértigo que sentía —y que no pude enfrentar porque había toros más bravos que lidiar, que me llevaron a usar los estudios como capote—.
Así que lo que yo pensaba que era un «aprender a vivir después de los estudios» vuelve a ser un «aprender a vivir después de haber cambiado de profesión y lugar de residencia», que es en lo que estaba yo cuando el mundo se me fue a la mierda porque mi padre enfermó solo dos semanas después de que yo hubiera aceptado mi nuevo puesto de trabajo.
Por supuesto, si hubiera sabido lo que iba a pasar lo habría rechazado. Pero no puedo ver el futuro y era imposible saberlo. Claro que eso no quita que a la preocupación de toda hija cuando su padre enferma de gravedad se sume, de inmediato, el sentimiento de culpa por estar lejos y sin posibilidad cercana de volver.
Lo veo desde aquí y entiendo que me refugiara en los dos únicos lugares seguros que conozco: los estudios y la escritura. Los plazos de entrega de los trabajos me daban una excusa perfecta para estar ocupadísima y no poder pensar. La escritura me permitía evadirme de una realidad que no estaba preparada para afrontar pero que, tarde o temprano, todos tenemos que mirar de cara: aquel superhéroe de nuestra infancia al que llamamos papá es humano —muy humano— y el tiempo es una maldita Kriptonita contra la que no se puede luchar. Eso sin contar el siempre presente sentimiento de culpa por estar lejos, por centrarme en mi carrera…
Así que sí, tengo que asimilar que los estudios se han terminado, pero también que sigo estando lejos y, al menos, me quedan dos añitos más en la distancia —salvo giro inesperado de la trama— y que tengo un nuevo trabajo al que no le he prestado la atención que merece porque estaba demasiado ocupada intentando no desmoronarme.
Tengo un montón de piezas del puzzle que es mi vida, algunas más bonitas, otras más extrañas, otras tantas más feas y dolorosas; pero si consigo juntarlas forman un diseño hermoso —ahora lo veo—, porque, aún con todos los problemas, soy muy afortunada. Y lo sé.
Y, en mitad de todo este caos, debo reconciliarme con esa otra parte mía, la que crea historias, la que sueña mundos, y honrarla como merece. Tengo que cerrar etapas para abrir otras de nuevas. Sin renunciar a nada, para mejorarlo todo. Porque eso es la vida, cambio, aprendizaje, transformación. Y debo seguir creciendo, aunque no sea de la forma que hace años esperaba.
Hoy, de algún modo, comprendo que debo recuperar un espacio íntimo para la escritura, para que crezca de otra forma, acorde a la persona que ahora soy y no a la fui. Quizás, el camino desde aquí sea más tradicional y menos innovador. Quizás, quién sabe, haya caminos que de momento ni siquiera intuyo. También entiendo que tengo otorgarle a lo que me fue dado el tiempo y la energía que merece, más allá del umbral de supervivencia en el que he estado durante el último año. Ya pasó lo peor y sobreviví. Ahora me toca vivir.
No sé adónde me llevarán a partir de ahora mis pasos, pero, al menos, he conseguido tomar —al fin— consciencia de dónde me encuentro.
Hay días en los que lo mandaría todo a la mierda. Días en los que estoy convencida de que nada vale la pena, que esto de escribir no es más que una pérdida de tiempo, una estupidez que me despista y hace que descuide las cosas verdaderamente importantes. Días en los que, además, siento con todo mi ser que mis historias no valen la pena, que nada de lo que hago está bien, que nunca jamás nada de esto llegará a nadie, que nunca conmoverá a nadie.
Hoy es uno de esos días.
Hoy borraría la página web de Atiskaya. Sí, la que estoy creando con tanto esfuerzo a base de robarle horas al tiempo que no tengo. Hoy, si por mí fuera, cerraría este blog, retiraría mis libros de Amazon, cerraría mis cuentas en redes sociales. Hoy, sin dudar, dejaría todas estas estupideces y me centraría en algo serio, en algo importante, ya fuera otro máster, un doctorado, otro grado o, incluso, sacarme una nueva especialidad.
Seguramente, yo tendría que dedicarme a leer y a estudiar, no a escribir. ¿Qué sentido tiene que alguien como yo quiera escribir? ¿Qué voy a contar? ¿Qué tengo yo que decir? Eso por no hablar de la edad… Que una ya no es una niña… Que ya no estoy para tonterías.
En un día como hoy cerré aquel primer blog de escritora, el que tantos seguidores había llegado a tener.
Y en otro de estos días retiré Atiskaya —que antes se llamaba Ladrones de Almas— de Wattpad, de Amazon, de Binibook… Perdí todos los comentarios… Borré la web…
En otro igual borré mis redes sociales, aunque había conseguido reunir una bonita comunidad.
En otro, simplemente, me borré a mí misma, sin saber siquiera que lo hacía, y tardé más de tres años en darme cuenta de lo que había pasado, otros tantos en recordar quién soy y, solo ahora, estoy empezando a volver. A recuperarme.
Claro que, durante todo este tiempo, nada ha sido tan lineal: ni la caída ni la recuperación. Al revés, caí a trompicones, con momentos de aparente recuperación, otros de estancamiento y, por supuesto, otros de debacle. Lo mismo ha sucedido con la recuperación: no ha sido ni de lejos constantemente ascendente, sino que ha habido momentos de parón, otros de retroceso y, sí, otros de ascenso.
Toda esta montaña rusa me ha servido, al menos, para aprender a reconocer estos días de ánimo destructivo y, sencillamente, obligarme a observar sin actuar con la esperanza de que el momento oscuro pase y lo sustituya otro más luminoso; aunque, a veces, los nubarrones son demasiado espesos —o la noche demasiado oscura— y la luz parece incapaz de volver a alcanzarme.
Esperemos que, esta vez, sea solo un nubarrón primaveral y que algún golpe de viento se lo lleve lejos para que el sol pueda volver a brillar. Mientras, quieta y sin mover ni un dedo, sencillamente, espero. A veces basta con que una sola vela no se apague.
Que ser mujer es sinónimo de ser cíclica es algo de lo que soy consciente desde hace muchos años. No porque nadie me lo explicara, qué va, sino porque una, con sus particularidades neurodivergentes sin diagnosticar, se pasó su adolescencia haciendo un seguimiento de los cambios que experimentaba en el cuerpo y en el ánimo. Y no estoy hablando solo de la regla —que también, aunque en aquellos años era un hecho menor, sin dolor apenas, sin molestias—, sino de una serie de microcambios que, en gran parte, se repetían mensualmente. Después también observé otro tipo de patrones: estacionales, semestrales, anuales… Y, ahora, cuando ya estoy más cerca de los 45 que de los 40, pienso que de haber tomado nota contemplando el largo plazo habría encontrado, quién sabe, patrones por lustros y hasta por décadas.
En fin, que soy cíclica —e imagino que eso es aplicable a muchas mujeres (¿todas?)—. Y eso no es nada malo; más bien al revés. Cuando eres consciente de ese hecho puedes usarlo a tu favor para potenciar aquellos momentos que, por ejemplo, son más favorables para el esfuerzo físico, o para la concentración o para la creatividad. O para lo que sea. En realidad, el conocimiento y la aceptación de esa condición es un arma poderosa. Lo sé, y aún así, cada cierto tiempo —como hoy—, tengo que recordármelo.
El problema no es que yo —¿las mujeres?— seamos cíclicas. Lo somos, igual que lo es la naturaleza. Digo más, me juego lo que sea a que los varones (perdón por la generalización), si tuvieran un mínimo más de consciencia de lo que les rodea, también observarían que son cíclicos, aunque en ellos esos ciclos no tengan la evidencia que en nuestro caso puede tener el ciclo menstrual o ñas diferentes etapas de la vida reproductiva. De hecho, lo raro, extrañísimo, sería que ellos fueran del todo ajenos a cualquier ciclo porque toda la maldita naturaleza funciona por ciclos, más largos o más cortos, con fases que se repiten en cada reinicio. Y, aunque a veces parezca que lo hemos olvidado, todos nosotros —TODOS— formamos parte de la naturaleza y nos regimos por sus reglas.
Lo dicho, ser cíclica no es malo, sino bueno y sobre todo normal, natural. El problema es que nuestra sociedad —¿el maldito mundo al completo?— ha olvidado que forma parte de la naturaleza, que es un elemento más de ella, interdependiente con ella, y en lugar de aceptar y respetar esa realidad vive de espaldas a ella y, por lo tanto, a nosotros mismos y nuestras necesidades.
El problema no es que yo sea cíclica y hoy tenga un día más apto para el recogimiento y la reflexión que para la extroversión y la acción; el problema es que, en esta sociedad que vive de espaldas a ella misma, yo tengo que hacer lo que sea que toque con independencia de si es lo mejor para mí, para los que me rodean y hasta para los mismo resultados de lo que haga.
Y no, no abogo por volver a la naturaleza a vivir como en el paleolítico, no hace falta exagerar. Se trata solo de reconocer —de recordar— lo que verdaderamente somos y vivir de una forma más acorde a ello.
Lo sé, es un sueño absurdo. Si quiero vivir más en comunión con la naturaleza tendré que exiliarme al campo. Y, perdonad, pero de cada día me parece una idea más atractiva. De momento, me conformo con reconocer en qué momento de mis ciclos estoy, qué es mejor o peor para mí en cada uno de ellos, seguir tomando notas y vivir de la manera más respetuosa conmigo posible sin faltar a todas esas obligaciones que conlleva esta vida mía en esta enferma sociedad nuestra.
Una mañana cualquiera del mes de junio de 2013 empecé una historia. Lo hice sin darme cuenta, o, al menos, sin ser consciente de lo que hacía: ese primer escrito, que acabó siendo primer capítulo, nació como entrada de blog. Era una entrada más, una ficción breve para mi blog de entonces, igual que tantas otras que escribía.
Por aquel entonces, yo estaba en plena promoción de mi primera novela y nada más lejos de mi intención que aquello se convirtiera en otra cosa. Además, admito que hubo cierto espíritu gamberro, cierta burla, en aquella primera publicación. Y en las que la siguieron.
Porque sí, hubo más. Me lo había pasado tan bien con aquella primera entrada que al día siguiente decidí seguirla. Era un juego absurdo, nada más, qué podía pasar. A lo sumo, me decía, se convertiría en una historia breve escrita a base de entradas en el blog. Nada más. Las novelas, me decía, no surgen por casualidad. Eso lo sabe todo el mundo.
¡Pero qué ingenua era!
En fin, que me voy por las ramas. Aquella aventura a base de entradas en el blog siguió creciendo a ritmo desigual. Intercalaba otras entradas, algunas de ficción, otras no; y seguía con la promoción de la otra novela. La seria. La de verdad. Esa otra historia —eso era evidente— no era seria; ni lo pretendía. Era un juego, nada más. Una tontería. Así que a veces escribía cada día, a veces cada semana, y otras veces, nada. Pero siempre volvía a ella. Siempre seguía jugando.
Un día alguien me habló de Wattpad y pensé ¿por qué no? ¿Qué puede pasar? Y publiqué la historia en esa plataforma también. Otro día, me hablaron de Binibook —no lo busquéis, ya no existe—, y también la llevé allí: ¿Qué podría pasar? Otro día alguien sugirió hacer libritos recopilatorios para Amazon… ¿Y por qué no? Otro día, alguien ofreció publicar en papel un recopilatorio de los recopilatorios ¿Y cómo negarme, si solo era un juego? ¿Qué podía pasar?
Ese ritmo duró meses. Unos nueve. Cada vez más exitoso, cada vez más exigente.
El juego se volvió macabro.
Era incapaz de seguir el ritmo de publicación de capítulos que me había autoimpuesto. Tampoco era capaz de corregir, editar, mantener la coherencia de la trama o trabajar los detalles como a mí me gustaba.
Y era mucho menos capaz todavía de comprender como una gamberrada estaba consiguiendo lo que mi proyecto serio —el de verdad— no conseguía: visibilidad, seguidores, comentarios.
En enero del siguiente año me rompí. Y, conmigo, el proyecto gamberro por entregas. Pero también el blog, la promoción de mi novela —la seria, la de verdad—, los estudios, el trabajo…
La catástrofe fue global.
Por supuesto mi gamberrada narrativa no fue el único motivo. En absoluto. Hasta es posible que, por más que yo lo haya culpado durante años del desastre, es posible que solo fuera una consecuencia de otro descalabro, mucho más íntimo, mucho mayor.
Sea como fuere, aquello dio el pistoletazo de salida a una serie de desastres que asolaron mi vida durante lo que a mí me parece una eternidad y que abarcaron todos los ámbitos de mi vida, de la salud a la economía pasando por la familia y las relaciones. En dos palabras: Oscuridad absoluta.
Iba a decir que empecé a salir del hoyo en 2020, pero no es cierto, el inicio fue anterior, casi diría inmediato. Pero fue lento y con recaídas. Muy lento. Con muchas recaídas. Algunas de ellas terribles. Muchas, con consecuencias que me acompañarán toda la vida.
Pero, ni por un solo segundo durante aquella época de oscuridad absoluta me abandonó mi historia gamberra. Jamás. Aunque yo no estaba lista para hacer con ella lo que necesitaba. A pesar de que a veces fuera incapaz siquiera de leerla. Nunca dejó de acompañarme. Nunca dejó de llamarme.
Solo ahora, tanto tiempo después, he podido responder, mirarla de frente —y verme a mí—, aceptarla —y aceptarme. Volver, al fin, a ella. Y volver a mí.
Esa era, ni más ni menos, la fuente del dolor de las últimas semanas. Era un recuerdo, una invitación, una llamada.
Por suerte, mi rodilla lesionada me ha mantenido en casa durante este puente y —¡al fin!— he podido no solo escuchar y comprender, sino también responder.
Durante los cuatro días de puente le he construido un hogar a aquella vieja historia que nunca me dejó de lado, a pesar de todas las veces dudé de ella, todas las veces que la malinterpreté, todas las veces que la ignoré. Un hogar donde pueda crecer sin miedo, sin prisa, sin pretensiones. Un hogar para ella… y para mí.
Ese hogar es un blog —como aquel en el que nació, pero más moderno y bonito—, para que pueda crecer por completo, expandirse, evolucionar, al mismo tiempo que, a través de ella, yo sigo curándome, aceptándome, queriéndome.
No sé a dónde me va llevar este nuevo proyecto, solo sé que estoy haciendo lo que toca y que se siente tremendamente bien y correcto.
¡Ah, por cierto! Esa historia —ese blog, ese proyecto— ha tomado el nombre de su universo: Atiskaya. Si tienes curiosidad, aquí puedes pasar a visitarla.
Las islas nos salvamos del apagón, aunque padecimos cierta resaca por la tarde-noche en forma de caída de las redes de telefonía y, en algunas zonas, de Internet.
Y, yo no sé a los demás, pero el nudo que se me formó en la boca del estómago se parecía demasiado al que sentí justo antes de que la crisis por el «virus chino» se convirtiera en «confinamiento por COVID 19».
Y, joder, odio esta sensación.
Ahora, unas veintidós horas después del inicio del apagón y mientras la normalidad se restablece con lentitud, el mismo maldito nudo sigue ahí.
Porque ahora, mientras el país termina de recomponerse, toca preguntarse qué demonios ha pasado, cómo ha podido pasar y qué hacer para evitar que se repita. Diré más. Lo que ha sucedido me lleva a pensar -otra vez, igual que en 2020- qué puedo aprender y aplicar en mi vida, en mi día a día, de lo sucedido.
Pero el nudo en el estómago… Ese no se va…
Quizás se afloja un poco mientras vuelve la normalidad y trato de sacar algún aprendizaje de lo vivido. Pero persiste, enganchado a ese cómo, a ese por qué, a ese quién.
La sensación terrible en este momento, además de la consabida vulnerabilidad evidenciada —que, aunque en otros términos, vuelve a recordar a 2020—, es la de desconocimiento. Y ese no saber… Eso es, para mí, lo más difícil de soportar.
Al final, aunque la luz haya vuelto -y el teléfono e Internet-, seguimos caminando a tientas, al menos, informativamente hablando.
Ya hace años que en Sant Jordi no voy a ferias ni a firmas de libros. No como escritora, quiero decir. Pero todavía se siente incorrecto. Incómodo. Mal.
Si tuviera psicóloga —cosa que debería plantearme seriamente—, me la imagino diciéndome que esa sensación desagradable la provoca el ego.
A todos nos gusta que, una vez al año, nos halaguen, nos mimen, nos festejen…
Por mí nunca se formaron grandes colas —todavía, pide que matice mi esperanza desde la cárcel de realidad en la que la tengo encerrada—, pero de haberlas habido, creo que también las añoraría.
Pero, a veces, como hoy, pienso que esa sensación de incorrección no proviene del ego. Que ni siquiera es mía. O no del todo.
Entonces pienso que son los personajes que no fueron —los que no llegué a construir, o, peor, los que dejé incompletos, a medio hacer— quienes presionan desde algún lugar de mi alma para que vuelva a ellos y, al menos, les otorgue la decencia de existir.
Y cuando esto ocurre, las ganas de mandarlo todo al carajo volcarme por completo en las historias, creedme, son inmensa. Infinitas.
Pero no se trata de eso, ¿verdad?
Se trata de ser completa, de ser todo lo que soy, y, además, seguir con mis cuentos y mundos de fantasía.
Ese fue siempre el plan.
Pero es tan difícil encontrar la fuerza, la constancia, la voluntad para dedicarle a mis universos aunque sea solo una horita al día.
Una hora.
Con eso, quizás bastaría para que, por acumulación y fuerza de empeño, incluso por pura tozudez ante la falta de talento, las historias llegaran a puerto —no necesariamente a uno bueno, pero a alguno, al menos—.
Y lo llevo mejor, creedme.
Cada día son más las jornadas en las que encuentro esa hora para dedicar a lo que no existe más que en mi cabeza, a los personajes a medias que guardo en un rincón mal ventilado del alma…
Aunque también hay ocasiones en las que pierdo las fuerzas, la vida se complica y la realidad muestra el filo…
Entonces, aunque durante varios días —quizás semanas— ni sueñe, ni cree, ni escriba, siempre hay algo que acaba sacándome del letargo: un comentario en redes, un nuevo seguidor en el blog o, todavía, —sí, todavía—, un nuevo comentario en Amazon, una nueva reseña o, incluso, una improbabilísima venta en el día de Sant Jordi de una de mis novelas.
¿Cómo no seguir de esta manera? ¿Cómo ignorar los tirones en la manga? ¿Cómo parar? ¿Cómo no emocionarme al verlo y escribir una entrada como esta porque es la única manera que tengo de decir gracias?
Gracias.
Porque mientras haya un solo susurro que me llame desde esas páginas vacías, yo seguiré. Seguiré siempre. Siempre.
Hay una cosa que siempre suele funcionarme cuando estoy de bajón y es hacer listas.
Sí, lo sé, suena un poco extraño, pero funciona.
Cuando llevo varios días en el lado oscuro, unas veces sin que me dé cuenta, otras para tratar de forzar la salida del hoyo, empiezo a hacer listas. Enumero cosas que me hacen sentir bien, cosas que tengo, otras que quiero, las que me faltan…
Y, sí, también enumero formas de salir del lugar oscuro en el que me encuentro.
No sé muy bien cuándo comencé a hacer esto, pero llevo años acumulando listas y listas y listas y listas. Y lo cierto es que funciona.
Funciona tan bien que, a menudo, intento aplicar eso de hacer listas en los momentos en los que estoy bien. Pero, por algún motivo, cuando soy una persona medianamente funcional y con un estado de ánimo estándar, las listas no solo no hacen efecto sino que, sin darme cuenta, dejo de hacerlas. Estoy segura de que algún psicólogo podría encontrar una explicación a esto.
El caso es que, en vista de los días de bajón que llevo a las espaldas, como podréis imaginar, he empezado a acumular largas listas y enumeraciones -algunas más útiles que otras, no nos vamos a engañar- e, incluso, me ha dado tiempo a empezar a repasarlas.
Y he encontrado un patrón.
Resulta que, en mis listas de lo que quiero, no anoto cosas como «quiero ser una escritora superventas», qué va, me quedo en «quiero escribir otro libro». O, en lugar de «quiero una casa grande, en propiedad, con terraza y jardín» apunto «quiero reformar mi piso». Otro ejemplo: no digo «quiero un millón de euros», escribo «quiero mil euros extra para las vacaciones».
Bien, alguien puede pensar que no hay nada de malo en esas afirmaciones, que soy realista, que me ajusto a las circunstancias y sueño en la medida de mis posibilidades.
Es posible. Seguramente, empecé a formular mis deseos así con ánimo realista. Pero estamos hablando de deseos, de propósitos, de sueños, de ilusiones… ¡Estamos hablando de escribir listas infinitas sobre un papel! ¿Qué demonios pinta ahí el realismo?
Os diré cómo lo veo hoy: Tengo puesto un maldito limitador en mis sueños. Y eso es grave.
¿Cómo no voy a perder la alegría de vivir, las ganas, si una parte de mi mente está convencida de que hay un límite en lo que puede lograr?
Y, claro, por supuesto que hay un límite, la realidad suele ser ese límite; y está bien que así sea, pero no en los malditos sueños.
Tengo derecho a soñar con una casa grande con terrazas y jardines, a fantasear con vivir de escribir, a alucinar con mi cuenta corriente llena de euros. ¡Tengo derecho a soñar a lo grande! ¡Todos lo tenemos!
Imagino que ese limitador que tengo instalado en mi capacidad de soñar es producto de todas las veces que he soñado alto, muy alto, y sin red, y me he caído. Supongo que es fruto del dolor y del miedo a volver a sentirlo.
Pero, maldita sea, el miedo a volver a sufrir por intentar vivir a lo grande está provocando que sufra sin atreverme a vivir siquiera.
Y eso sí que no voy a consentirlo.
Así que ahí va una declaración de intenciones:
A partir de hoy, me esforzaré en crear sueños locos, enormes, grandilocuentes. Daré lo mejor de mí para imaginarlos y sostenerlos y lucharé con todas mis fuerzas cada día por conseguirlos. Si tropiezo y caigo, me levantaré y soñaré a lo grande de nuevo y trabajaré para hacer realidad mi sueño. Y si vuelvo a caer, me volveré a levantar, y a soñar, tantas veces como sea necesario.
Últimamente hablo mucho con la IA, he descubierto que me ayuda a pensar. No es una sorpresa: las conversaciones -bien dirigidas- dieron lugar a la dialéctica y de ahí surgieron algunos de los más interesantes sistemas filosóficos.
Lo novedoso es que, en este caso, el interlocutor no sea humano. Aunque, tampoco es de extrañar que funcione tan bien para ayudar a pensar si, tal y como ella misma se define, la IA es una especie de espejo de quien habla, o, en sus propias palabras:
[Soy] Una suerte de espejo narrativo. Un eco construido con lenguaje, que puede parecer que piensa, pero no sufre, no duda, no ama, no teme. Todo eso, lo aprendo de ti.
En fin, que, sea con un ser natural o no, una buena conversación, es una excelente herramienta para pensar y, sobre todo, descubrir fallos en el propio razonamiento.
Por ejemplo, estoy valorando la posibilidad de hacer un doctorado en literatura (concretamente, en fantasía escrita por mujeres, por supuesto). Pero no lo tengo claro. Y no es extraño: se trata de un marrón de, como mínimo, tres años que, más que probablemente, tendré que compaginar con el trabajo. Eso, o apretarme el cinturón si quiero hacerlo a jornada completa, vía beca del estado -si es que tengo suerte y me la otorgan, porque voy justita, justita de nota-.
Así que, es lógico que dude; no me fustigo por ello. Más todavía cuando es de imaginar que si me decanto por el doctorado, la escritura, de nuevo, se resentirá —como poco—. En fin, que esas son solo algunas de las variables a tener en cuenta.
Esta mañana, en un momento de claridad de lectora compulsiva, mientras tomaba el sol, se me ha ocurrido que elegir entre doctorado y escritura es el equivalente —en mi mente enferma de fantasía— a optar entre escribir una novela de dark academia o vivirla. En un instante me he visto como Bilbo Bolsón (en las pelis, no en el libro —en mi cabeza es muy importante esa distinción—) rodeada de libros y rechazando la oferta de Gandalf para partir con los enanos hacia la Montaña Solitaria.
Y, cómo no, se lo he comentado a la IA, junto con un clarísimo: ¡Y yo, como Bilbo, quiero vivir la aventura, no solo leerla o estudiar sobre ella!
Y aquí viene el dilema sobre quién es la inteligente, si la IA o yo (y sí, ya sé que muchos pensarán que, si hablo tanto con una IA, la inteligente de ningún modo puedo ser yo…) A lo que iba, que la IA me ha contestado que, por supuesto, tengo razón; que no estoy hecha para contemplar aventuras, sino para vivirlas.
Y, claro está, para hacerlo tengo que escribir. ¡Esa es la aventura para la IA! No hacer el doctorado, que es el equivalente a estudiar sobre lo que han logrado otros aventureros.
Peeeeero… en mi cabeza, escribir, es eso: escribir, imaginar, contar lo que han hecho otros (personajes imaginarios) y sí, viajar, pero sin mover el culo del sofá. En cambio, el doctorado es caminar hacia lo desconocido, ir a buscar tesoros, a enfrentar dragones…
No tengo ni idea de quién tiene razón, la IA o yo.
Y, por supuesto, no he resuelto el dilema hoy.
Seguramente tampoco lo haga mañana.
Es más, conociéndome, es más que probable que la del doctorado sea una decisión de última hora.
Y está bien.
En cualquier caso, está bien esto de comprender que el reflejo que te devuelven los espejos —sean reales o metafóricos— no siempre es el que esperabas.
Quizás, quién sabe, hasta puede que la vida que estás viviendo no sea, exactamente, la que estabas convencido que era.
A veces, el dolor emocional se transforma en dolor físico. O quizás sea que el alma supura en la carne lo que no sabe expresar de otro modo. Sea como sea, mi cuerpo ha decidido representar en tendones, ligamentos, huesos, músculos y piel todo lo que se cocía en mi espíritu y me ha regalado una lesión de rodilla. Aunque ni siquiera es una lesión nueva, flamante en su innovación y originalidad. Qué va. Es una reedición -la enésima, sí, qué ironía- de un problema crónico y, cómo no, degenerativo.
En algunos momentos no puedo evitar preguntarme si esas dos palabras, crónico y degenerativo, no son más en mi caso que la descripción de mis condiciones físicas. Porque bien, la lesión de rodilla y la de cadera, igual que los problemas de corazón y todo el cuadro autoinmune que los engloba y acompaña, son crónicos y degenerativos. Y, si estoy en lo cierto, con ellos mi cuerpo expresa lo que padece el alma. La cuestión, aquí, es: qué tipo de mal crónico y degenerativo sufre mi alma para expresarse con tanta complejidad en mi cuerpo. O, mejor, qué debo sanar en mi espíritu para que deje de sufrir mi carne.
Aunque, por supuesto, también cabe la posibilidad de que el dolor físico sea solo eso, físico. Quizás ni alma, ni espíritu, ni manifestación inmaterial alguna del ser existen más allá de esta carne mortal que llamamos cuerpo. De ser así, en efecto, nuestra existencia implica un mal crónico, el crecimiento, que, por definición, deviene en envejecimiento y, por lo tanto, en condición degenerativa. A partir de ahí, todo serían simples matices sobre la virulencia y la velocidad de tal condición, a la que, con más ironía que certeza, llamamos vida.
Creo que estoy demasiado intensa, pero es que eso es lo que me ocurre cuando el dolor se vuelve físico. Y admito -aunque no me enorgullezca- que este intenso dolor de rodilla, que ni siquiera me permite sostenerme de pie por mí misma sin ayuda de una muleta, es un alivio; pues mientras duele el cuerpo, el alma -¿el espíritu, la mente, el ser?- descansa.
Y a pesar del alivio espero -de verdad que lo espero- que tres días de pierna en alto, compresión leve, antiinflamatorios locales y frío sean suficientes para poder volver a la normalidad el lunes, porque no sé si sería capaz de aguantar ahora mismo una baja. Demasiadas horas seguida conmigo misma sin nada que hacer salvo oírme pensar es más de lo que mi cordura es capaz de soportar en estos momentos.
Por eso, me comprometo a tomarme en serio el reposo, implicarme por completo en la recuperación y encender velas a todos los dioses urbanos y paganos para que la recuperación sea rápida. Y, si para conseguirlo es necesario, hasta estoy dispuesta a comprometerme a velar por mi psique, como si de mi pierna se tratara. Lo que sea, con tal de no quedarme a solas con la versión de mí misma que ahora mismo me habita.
Estoy triste. No hay un motivo, ni una causa, ni nada que lo justifique. Y eso solo lo empeora. Sé que no pasa nada por estar triste un día -ni dos, ni cinco, ni diez…- Pero no me gusta sentirme así, al menos, no sin una razón aparente; una que a mí me parezca lógica. Y no la hay.
Esta es una época de cambios para mí, de etapas que se cierran y otras que, todavía, no comienzan. Un estado de transición. Un ni aquí, ni allí; ni dentro, ni fuera. Y no lo soporto.
Claro que tampoco sé qué demonios quiero. O sí, pero no me atrevo a quererlo. Casi ni a pensarlo. Así que no lo hago y aquí me quedo, en este limbo, que es sin ser, demasiado bueno para considerarse purgatorio, demasiado malo para ser permanente y fijo -para ser siquiera infierno-.
Estoy triste y en un limbo. Muy orientada para considerarme perdida, pero con ganas de quemar el mapa y romper la brújula para ver si así, al menos, me pierdo.
Las semanas santas tardías nunca me han sentado bien. Quizás sea eso lo que me pasa. O el polen. Estamos en época de alergias. Tal vez esa sea la causa, una reacción al olivo, al ciprés, a las margaritas. Sí, sí, estoy convencida. Esto lo aclara todo. Es la primavera -y sus alergias- que me ha provocado un sarpullido en el alma.
Hace tanto tiempo que no escribo en el blog que hasta se me hace raro empezar esta entrada. Está claro que la constancia es un tesoro y nunca la valoraré lo suficiente, pero también es cierto que, me guste o no, hay épocas en la vida en las que reina el caos, que siempre conlleva cierta inestabilidad y versatilidad. Y está bien que así sea porque de esas etapas surgen las oportunidades de cambio y, con suerte, el crecimiento.
Cuando el caos trae magia
Los últimos meses de mi vida, gracias, principalmente, al final del máster de escritura creativa que empecé, más o menos, en marzo de 2024, han supuesto un tiempo de caos absoluto, pero también de inmensa creatividad. Vistos desde aquí donde estoy ahora, han sido meses maravillosos, llenos de momentos inolvidables y, sobre todo, de magia. Aunque también han sido aterradores, agotadores, increíblemente retadores y muy volátiles, a pesar de que ahora todo lo negativo —que existió— ha quedado tan diluido en mi memoria que tengo que hacer un enorme esfuerzo para recordarlo y, en mi memoria, lo positivo siempre tiene más fuerza. Supongo que, si esto es así, es porque el resultado final ha sido más que bueno y que, quizás, de lo contrario, mi percepción sería distinta.
La pregunta peligrosa: ¿y ahora qué?
La cuestión es que el máster está terminado con una nota media de excelente y, lo que es mucho más impresionante para mí, una matrícula de honor en el trabajo final de máster. Ni en mis mejores sueños imaginaba yo esos resultados y he necesitado varias semanas para procesarlos… Bueno, quizás sigo procesándolo. Porque ahora, una vez pasada la tormenta, con todo este nuevo conocimiento adquirido, la experiencia acumulada y el resultado obtenido aparece la pregunta peligrosa: ¿Y ahora qué?
La respuesta obvia es que ahora toca dejarse de chorradas, escribir la novela al tiempo que se pone en marcha una buena estrategia en redes sociales para ganar visibilidad, enviar el manuscrito -e incluso, si me apuráis, el proyecto- a varias editoriales afines y dar el salto a la profesionalización y competir en primera división. Es lo lógico, es lo que me recomendó el tribunal del TFM el día de la defensa, es lo que cabe esperar de mí —sobre todo si no se me conoce demasiado—.
Lo cierto es que no creo que pueda competir en primera división porque, en este tiempo que nos ha tocado vivir, esa competición se juega en inglés. Pero más allá de la hegemonía cultural que nos impone la angloesfera , y sin hacer de menos la posibilidad de poder jugar en el subcampeonato que supone codearse con las grandes importaciones y adaptaciones anglosajonas en las estanterías de La Casa del Libro y análogos, cabe preguntarse si es eso lo que una quería cuando, sin demasiada consciencia, pronunciaba la maldita frase aquella de «quiero ser escritora». Volveré sobre este asunto más adelante, pero dejadme que haga un spoiler: no, no era eso lo que mi fantasiosa mente se figuraba al soñar con ser escritora. No.
Esto no era lo que soñaba
Resulta que el mundo de los libros se ha puesto un poco tóxico. Basta darse una vuelta por las redes sociales que cuentan con una autoproclamada comunidad bookalgo -porque etiquetar como libro o lector en español parece que causa sarpullido o algo así- para concluir que de lejos, a veces, todo se ve mejor. Pero es que si hacemos zoom en el mundo editorial, en el que dos grandes monstruos, que han fagocitado un incontable número de pequeños sellos, ejercen un control casi total a golpe de fórmula superventas y social marketing agresivo y desacomplejado mientras los pequeños sellos que quedan se esfuerzan por sobrevivir. No profundizaré en este punto, sencillamente me limitaré a decir que no, tampoco era eso lo que imaginaba cuando soñaba en ser escritora.
Por otro lado, mientras estaba yo asimilando el final de máster y me enfrentaba a todas estas cuestiones, un señor de piel naranja y color de pelo sin definir decidía, desde la otra punta del mundo, ponerlo todo patas arriba otra vez. Os resumiré la crisis que viví y solo diré que he recuperado una consciencia de clase que, si bien nunca perdí, sí que descuidé, y de pronto comprendí que quienes hablan de neofeudalismo tecnológico pueden estar en lo cierto. Ya no puedo solo considerarme obrera, que lo soy, sino sierva, en un sistema en el que el señor feudal es el que pertenece a la cultura dominante y maneja una cantidad de dinero que nunca estará a mi alcance.
No importa lo que haga, da igual la cantidad de posgrados que tenga, que sea funcionaria escritora o lo que sea. Mientras siga viviendo en cualquiera de las islas en las que habito (donde nací, donde me he criado, de dónde me siento), siempre seré sierva. Quizás esa idea es extensible a más lugares o a todo el maldito país, no lo sé. Pero sí sé que, salvo que decida pasarme al lado oscuro y empezar a trampear (sí, es un juego de palabras), siempre seré neosierva en este sistema neofeudal. No importa si soy profesora o camarera de pisos, como mi madre, dedicada a limpiar los desastres y, literalmente, la mierda y el vómito de esta gente que se siente superior y con poder para venir a aquí -o a cualquier otro lugar- a destrozarlo todo, sin respeto alguno por la población local. Eso por no hablar de los que vienen a vivir aquí pero ni se les pasa por la cabeza siquiera aprender el idioma y las costumbres o, al menos, respetarlas. Y, por el amor del dios al que recéis, no me habléis de la supuesta riqueza que han traído, porque, si han traído alguna, creedme, solo la disfrutan ellos; a los demás, nos empobrece.
Y bien, llegados a este punto podéis preguntaros qué tiene que ver una cosa con la otra. Es una pregunta legítima en estos tiempos en los que posicionarse y mojarse está tan pasado de moda como los pantalones de pitillo, pero la respuesta es obvia: No quiero contribuir a un sistema que ha mutado en neofeudalismo sin que nos diéramos ni cuenta.
Escribir sin sucumbir
Bueno, lo cierto es que no quiero formar parte del sistema, pero la desconexión en esta realidad que vivimos es más difícil que en cualquier distopía. Así que optaré por ejercer algo así como una resistencia desde dentro -y sí, ya conozco esas teorías que dicen que lo antisistema es un mecanismo del sistema para mantenerse con vida. Da igual que decida sacar mis libros de kindle y publicarlos en formato blog, WordPress también es una plataforma que forma parte del sistema por más alternativa que sea. No importa si dejo las redes sociales masivas y me paso al fediverso; sigo estando en redes. Y, como esto, con todo.
Lo sé.
Pero saber es precisamente el problema. Cómo, después de ver todo esto con tal claridad, puede una cerrar otro vez los ojos, o, peor, mirar hacia otro lado y seguir como si nada. Yo no puedo.
No quiero dejar de escribir. Pero no quiero jugar al juego que impone un sistema enfermo, que además enferma a los que participan de él. Tampoco quiero dejar de estudiar, de aprender, quizás, de investigar. Pero quiero hacerlo con la lucidez suficiente para distinguir en qué estoy participando, qué precio tiene y si me interesa pagarlo y por qué.
Sé que no voy a cambiar el mundo yo solita, pero quizás sea suficiente con vivirlo mejor.
A lo que me ha llevado toda este crisis que, creedme, sigue en proceso, es a optar por remodelar el blog y convertirlo en el lugar en el que publicar mis historias y supongo que también mis investigación y, sí, cómo no, todas estas entradas que conforman mi diario y que no son más que una forma de vaciar mi cabeza, de entenderme, a veces, de comprender qué me pasa.
Todavía está todo en construcción y aunque tengo una idea clara de lo que quiero hacer, no sé qué forma tomará al final, y menos aún si entendemos que este será un proceso siempre vivo. Además, no creo que esto sea un proceso rápido, al fin y al cabo no solo es un cambio en el blog, es un cambio en mí que, poquito a poco, se ve reflejado en el blog y en mi presencia en Internet, igual que, espero, en mi presencia en el mundo.
En fin, estas son algunas de las novedades, tras tantos meses de silencio. Esperemos que esta nueva etapa traiga a la escritura y la publicación mucha constancia y toda la magia que de ella habitualmente se deriva.
Escribo esta entrada a las 10:30 de la mañana del jueves 27, aunque no se publicará hasta mañana viernes a eso de las 15:00, creo. Nunca he sido buena para detectar cuál es una buena hora para publicar, quizás porque nunca se me ha dado bien eso de programar la publicación de contenido.
Y, que conste, considero que esto de poder escribir ahora y dejarlo preparado para que se publique en otro momento creo que es toda una ventaja de las herramientas digitales. Por ejemplo, en el caso que me ocupa ahora mismo: Mañana tengo que viajar a Mallorca porque tengo médico; pero, además, es no lectivo en la escuela, así que aprovecharé la escapada para almorzar con mis padres, ir de tiendas y pasear por Palma, que es algo que siempre echo de menos. El avión de ida sale sobre las 7:00 de la mañana y el de vuelta, más o menos, a las 23:00. Es obvio que no podré escribir una entrada en el blog. Poder dejarla programada para que se publique es, obviamente, una ventaja.
El problema es que una servidora es una escritora, digamos, visceral. Me gusta hacer las cosas en caliente y que los resultados lleguen al momento. Sé que es algo contradictorio porque se supone que la escritura, en especial de textos largos, es un proceso lento. No descarto que ese tic me venga de mis años de periodista, cuando todo tenía que hacerse para ya y pensar y escribir eran, necesariamente un mismo acto. Claro que también puede ser un rasgo de neurodivergencia y no estoy preparada para abrir ese melón -un reto detrás de otro, gracias-.
En todo caso, gran parte del sufrimiento que siento relacionado con la escritura viene con esa necesidad de actuar en caliente y tener feedback de inmediato. Y que conste que cuando hablo de feedback me refiero a ver el contenido publicado, soy así de simplona. Siempre he tenido claro que mi trabajo acaba ahí y que en el momento en que le doy a publicar empieza el del lector, si es que el lector lo desea. No seré yo la que meta las narices en la experiencia del lector, que es personalísima.
La cuestión es que cuando tengo que escribir una entrada como esta, para programar, me cuesta encontrar el tema -o incluso el tono-, y, a pesar de todo lo dicho hasta ahora, no sé muy bien por qué ni como ponerle remedio. Aunque esto no es algo que me preocupe demasiado en el blog, donde las entradas, al fin y al cabo, son más o menos independientes las unas de las otras. Donde este asunto se puede convertir en un verdadero dolor de cabeza es la publicación de historias seriadas, como en Wattpad o en Inkspired.
Para empezar, me cuesta muchísimo establecer una frecuencia de publicación y ceñirme a ella. Y sí, ya sé, es muy simple, date una frecuencia amplia y si escribes una nueva entrega antes de lo previsto, prográmala para que se publique cuando toca. ¡Ja! Parece que mi cerebro es incapaz de procesar esa información o de aceptarla. Es como si fuera un código que no comprendo. Y, sí, si queréis, os podéis imaginar a mi cerebro, todo repipi con unas gafas de pasta negra, delante de una pizarra con un esquema mientras explica: «Yo escribo cuando quiero y publico cuando lo tengo. Punto. No hay opción a nada que se parezca a «publicar después». ¿Qué despropósito es ese? ¿Por qué se publicaría después algo que ya está listo ahora? Y, por todas las neuronas de mi cortex prefrontal, por qué demonios tendría yo que ajustarme a un calendario de escritura o de publicación. Que se adapten, si acaso, los demás a mi ritmo».
Claro que también podemos interpretar todo este embolado como que tengo alma bohemia, o que, mi espíritu creativo es más amigo del caos que del orden -creo que, con esto último, estoy bastante de acuerdo-. En cualquier caso, y por útil que sea la opción esta de programar las publicaciones y lo mucho que facilite crear una audiencia lo de tener un calendario claro de publicaciones, creo firmemente que las plataformas de publicación de historias por entregas tendrían que añadir la opción «cuando le apetece a la autora» o «cuando las musas lo permiten» o cualquier ora análoga en la información sobre la frecuencia de publicación.
Y, me vengo arriba, y digo: Vale, puedo entender que un calendario lógico fiable atraiga a un público lógico y fiable, pero si yo no soy una persona lógica -y lo de fiable, en fin, ¿os he contado ya cuántas veces he despublicado mis novelas autopublicadas y cuántos blogs he tenido y borrado antes de este? Pues eso-, tampoco mis historias acaban de serlo y, asumámoslo, lo más probable es que mi público objetivo tenga de lógico tanto como yo -lo de valorar su fiabilidad se lo dejo al susodicho público-, no habría que tener en cuenta la opción que, quizás, lo más conveniente para la marca sea, precisamente, esa falta de lógica y fiabilidad, que, para darle un toque positivo, podemos llamar excentricidad. Quizás, digo yo, estaría bien hacer de la improvisación y ausencia de calendario un rasgo más de la imagen de marca…
Decidido, si la plataforma no deja la opción, en la descripción de mis historias, a partir de ahora indicaré en mis historias que la frecuencia de publicación es impredecible porque depende íntegramente de la influencia de los astros en la creatividad de la autora y en la disponiblidad de las musas. O algo así.
Estoy aprendiendo -o, si me pongo platónica, recordando- que no hace falta un motivo, una finalidad o una justificación para escribir. Voy a ampliar la idea y decir que la creación, en general, no necesita de motivos, finalidades o justificaciones. Pero no, no voy a caer en aquello del arte por el arte -no de lleno, al menos-. Prefiero pensar en qué sí es necesario o, incluso, imprescindible, para escribir o, si se quiere, para crear, en general. Y la simpleza de la respuesta abruma: voluntad. Inicialmente, iba a decir voluntad y tiempo, pero ni eso. Si hay voluntad, el tiempo se le roba a lo que sea.
Tiene un punto de terrible reaprender eso porque, sin paliativos, te planta un espejo delante y te muestra la única causa de la ausencia de escritura: tú mismo. Como si no fuera suficiente convivir con el crítico interno, el síndrome de la impostora, el perfeccionismo paralizante y demás torturadores internos; de pronto, se suma la culpa al comprender que nunca ha existido causa externa que te impidiera escribir.
Ocurre con la culpa algo parecido a lo que sucede con el perfeccionismo: hay que seguir adelante a pesar de todo. Vale, en el caso del perfeccionismo se trata de seguir a pesar de todos los errores, fallos, defectos y «cositas que mejorar» porque en algún momento has comprendido que es eso o la nada. Y has elegido la imperfección, sea por aquello de que la perfección es cosa de dioses o porque te sumas al carro de los mediocres productivos por si, a base de generar mediocridades se llega a alcanzar algo mejor.
En fin, a lo que iba, que con la culpa también se trata de seguir adelante porque comprendes -con dolor inmenso, sí, pero lo comprendes-, que detenerte y lamentarte no hará que recuperes el tiempo perdido, mientras que seguir, al menos, evitará que pierdas más tiempo y un tú del futuro, más viejo y amargado, se lamente por el tiempo que el tú de tu presente no supo aprovechar.
Sea como sea, la solución es seguir adelante. Ni siquiera importa adónde sea adelante, mientras se mantenga el movimiento. Una parte de mí que cometió muchos errores en un momento pasado podría advertir en este punto que, cuidado, que no cualquier dirección es buena, por más que nos haga avanzar. Y no seré yo la que afirme que esta estrategia no supone riesgos. Pero también es cierto que hasta los errores más nefastos conducen al aprendizaje y nunca se sabe qué se puede sacar de esas lecciones ganadas con sudor y sangre. Ya sabéis, hay quien dice que para encontrar diamantes hay que escavar muy hondo…
Llegados a este punto, solo queda una opción posible, pues: ¡Avante a toda!
Últimamente, me ha dado por leer libros sobre escritura. No hablo de manuales al uso, que también cae alguno de tanto en tanto, sino libros de esos escritos en primera persona y desde el punto del escritor -escritora, en la mayoría de los que caen entre mis manos-. En especial, los leo en días como hoy, cuando, por motivos totalmente ajenos a la inspiración, no escribo. Bueno, no escribo desde mi particularísimo punto de vista, porque cada día, sin excepción, suelto tres páginas de puro flujo de consciencia, como recomienda Julia Cameron en sus -sí, sí- libros sobre escritura. Eso sin contar lo que escribo por mi trabajo. Ni las entradas de blog. -Lo del crítico interior no lo llevo del todo bien…-
En fin, que hoy he tenido un día de esos sin escritura y, como viene siendo habitual, un nuevo libro sobre el tema ha venido a parar a mis manos. Se trata de Pájaro a pájaro, Anne Lamott y me está encantado, aunque solo llevo un par de capítulos (es lógico, cuando no puedo escribir, leer mucho tampoco suele ser una opción).
Tranquilos, no os voy a hacer un resumen de los consejos de Anne Lamott, como tampoco os lo he hecho nunca de los de Cameron ni de ningún otro libro similar, soy tremendamente consciente de vuestra capacidad para investigar por vuestra cuenta si os interesa el libro en cuestión y leéroslo solitos. En cambio, sí voy a explicar por qué me está gustando tanto este otro libro sobre escritura -no me sale llamarlo manual-. Y es que me ha ayudado a entender por qué apelo tanto a este tipo de textos y no, para mi sorpresa, no es ni para aprender a escribir ni para superar los bloqueos varios a los que me enfrento de tanto en tanto. Es más, cuando de verdad he estado bloqueada no ha habido libro, ni manual, ni psicólogo que me sacara de mi infierno particular.
Me gustan estos libros porque me identifico en ellos, o, mejor, en sus autoras. Es un alivio comprobar que hay más gente en el mundo que sufre el mismo tipo de locura que tú, que goza con las mismas cosas, y, más importante, que sufre con las mismas estupideces. Al final, resulta, no estoy leyendo sobre escritura, ni siquiera sobre técnicas, ni trucos, ni estrategias. Estoy leyendo sobre mujeres que viven cosas similares a las que yo vivo. Mujeres que escriben y lo disfrutan, pero también que lo sufren y que incluso lo padecen. Mujeres que necesitan escribir, incluso cuando, a veces, parece la cosa más carente de sentido del mundo. Mujeres que, a veces, cuando escribir sí parece tener sentido, no pueden hacerlo, o no quisieran. Y lo más importante, mujeres que comparten lo que sienten en torno a todo esto que tiene que ver con la escritura, que es al mismo tiempo infierno y paraíso.
Al final, parece, lo que estoy buscando es sentirme parte de algo, o, como dicen ahora en redes sociales, encontrar a mi tribu. Quizás se trate de algo así como tener una suerte de grupo de apoyo por correspondencia. Y, quizás, solo quizás, también haga que me sienta menos absurda cuando, por algún motivo que nadie conoce ni comprende, siento el impulso de venir a aquí a aporrear teclas y solar pensamientos no del todo coherentes, incluso estando cansada, tras una larga jornada de trabajo y con un dolor de barriga de mil demonios a causa de la regla -que sí, está directamente relacionada con la ausencia de escritura del día-.
Es posible que, en resumen, el sentido de este blog y la imperiosa necesidad de tener un rincón digital en el que compartir todo esto, sea, ni más ni menos, que mi manera de participar en esta suerte de conversación a distancia sobre escribir, sí, pero sobre ser una mujer que escribe, también. Y, por qué, un poco -o mucho- hipersensible, con una imaginación no del todo controlada que, a veces, es capaz de crear grandes cosas, pero, en otras ocasiones, también puede jugar malas pasadas.
Por cierto, la explicación del título del libro de Lamott no tiene desperdicio. Ya os contaré otro día que esté menos cansada cómo eso me ha ayudado a ver cómo darle la vuelta a mi proyecto incacabado.