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  • Uno de «esos» días

    Uno de «esos» días

    Publicado originalmente el 6 de marzo, 2008 por Carmen en Tukitina’s World.

    Hoy es uno de «esos» días. De esos en los que nada parece ir como en teoría debiera, en los que todo sale lo peor posible, en los que los desastres más insospechados ocurren, en los que la forma más positiva de describir tu estado es «lamentable».

    Un día de esos que es mejor olvidar, o incluso no haber vivido. De esos en los que lo último que uno debería hacer es levantarse de la cama, sino que lo recomendado es más bien todo lo contrario: esconderse bajo las sábanas (que tal y como todos sabemos es la mejor protección que alguien puede encontrar. A ellas recurrimos para esconder nuestra cabeza si durante la noche una pesadilla nos despierta, o cuando tenemos ganas de llorar y aún estando a solas nos cubrimos con ellas, como si fueran capaces de substituir un cálido abrazo…) Pero en un día de «esos» ni las más confortables y acogedoras sábanas podrán protegernos de los desastres que nos acechan a cada paso. En el mejor de los casos una inoportuna gotera sobre nuestra cama en un día de lluvia arruinará nuestro refugio. En el peor… buff, mejor no pensarlo, aunque podría ser incluso que un OVNI viniera a aterrizar sobre nosotros (o se estrellara, vete tu a saber)

    Sin protección alguna, pues, no queda otra opción que abandonar ese refugio y enfrentarse al día con el único consuelo de que éste también pasará. Así pues, con gran paciencia asumimos que es uno de «esos» días, que todo lo que se nos pueda caer de entre las manos se caerá, todo lo que se pueda estropear se estropeará y todo lo que pueda pasar para fastidiarnos, pasará..

    Pero aún concienciados de que estamos viviendo un día de «esos», nuestra mente jamás será lo suficientemente perversa como para imaginar cuál es el desastre que nos espera a la vuelta de la siguiente esquina. Y la mía no es la excepción. ¡¿Cómo iba a pensar que sería hoy, qué sería él, qué sería así… y que yo sería incapaz de pronunciar palabra alguna salvo un escueto «creo que será mejor que me vaya»?! Mejor irme, sí, pero tropezando, dejando caer libros, bolso, chaqueta y paquete de tabaco mientras empujaba la puerta de la salida de emergencia…

    Sí hoy tengo uno de esos días. Pero éste pasará a ser recordado como el fatídico día en el que Tuki se quedó sin palabras en el peor momento en el que podía hacerlo, en el que se acobardó y huyó. Las oportunidades existen y son imprevisibles. Tanto como para darse en un día de «esos». 

    Dispuesta a superar el desastre emocional que ha desencadenado mi huída precipitada de la escena, me dispongo a intentar huir también del mundo, a refugiarme bajo mis sábanas (que es de dónde hoy no debería haber salido), a lamentarme por mi deprimente reacción y a curar mis males a base de helado de chocolate.

  • Días tontos

    Días tontos

    Publicado originalmente el 9 de febrero de 2008 por Carmen en Tukitina’s World.

    Hay días duros, días felices, días extraños, días sorprendentes. Los hay de muy largos y de extrañamente cortos, de fríos y cálidos, de amables y de amargos… Pero sin duda hay un tipo de día que destaca sobre el resto, los tontos. Aquellos en los que te despiertas entre melancólico y triste. Aquellos en los que cada color, olor o gesto parece traer un recuerdo por largo tiempo olvidado. Aquellos que te hacen viajar en el tiempo y te dejan en una especie de estado catatónico, de empanamiento mental insoportable, en fin, de insufrible tontería.

    Cuando un día cualquiera se convierte en tonto no puedo evitar preguntarme qué extraña fuerza es la que despierta esa estúpida nostalgia, pero por más que busque no consigo encontrar respuesta alguna. Prefiero pensar que es una cuestión puramente hormonal, me resulta menos doloroso que admitir que echo de menos algunas cosas que debería haber olvidado por el bien de mi débil salud mental.

    Sí, en efecto, hoy tengo un día tonto. He recordado historias que no sólo creía olvidadas, sino que se presentan en mi memoria situándose en esa sutil barrera que separa los sueños de la realidad. Me he dado cuenta de que odio las fotos y las viejas cartas, que guardo en algún lugar, porque son la única prueba de que esos recuerdos corresponden a una realidad pasada, casi a una vida anterior, y no a un extraño sueño que por algún absurdo motivo se ha colado en mi imaginación. Tal vez debería quemar todo eso que acumulo en los armarios, deshacerme del pasado. Pero no me atrevo. La única manera de hacer desaparecer mi pasado es desapareciendo yo con él y, seamos sinceros, es posible que esté tonta, pero no tanto…

    Mañana será otro día y los recuerdos volverán a sus oscuros rincones y el presente ocupará de nuevo el lugar protagonista que le corresponde.

  • La piel tan fina

    La piel tan fina

    Estoy enfadada. Van ya, al menos, cuatro veces que se me olvida aquello que nunca, nunca, debo olvidar: Escribo para mí. Perder de vista esa básica premisa, siempre, sin excepción, desemboca en una crisis de identidad. Por suerte, en esta ocasión ha sido breve y en poco más de una semana he recuperado la memoria.

    Y es que, en palabras de mi suegro, que es, en mi particular universo, lo que Palpatine en Star Wars, tengo la piel demasiado fina. Todo me afecta demasiado, hasta aquello que debería dejarme fría. Y, sin atender a las retorcidas ocasiones en la que él suelta su frase fetiche, debo decir que tiene razón, pues, es obvio, que mi piel, tan, tan fina, se ha visto magullada y hasta quebrada por hechos que deberían resbalar sobre ella como el agua.

    Lo que me molesta no es, por supuesto, que mi piel se rompa y sangre. Soy humana, una muy delicada, está claro, pero me preocuparía más ser una insensible. No, qué va, lo que me molesta es olvidar esa premisa básica que, además de una verdad como un templo, es una maravillosa coraza: Escribo para mí. Debería repetirlo hasta quedarme sin voz, convertirlo en mural frente a mi mesa, tatuármelo en el antebrazo izquierdo, para tenerlo siempre a la vista.

    Escribir, sea este absurdo blog, un relato para enviar a un concurso o una novela, es mi particular parcela de libertad. Aunque suene feo, y sea, como dicen en TikTok, una unpopular opinion. Y más que eso, es una vía de escape, es una terapia e, incluso, una necesidad -cruda, física, ineludible-. Así que, sí, escribo para mí y no para gustar o no gustar, ni siquiera para que me lean. Y si me publico, sea aquí, sea en cualquier otro lugar, es por el mismo impulso irrefrenable que lleva al exhibicionista a abrirse en público la gabardina: mostrar aquello que no debería mostrarse, en el peor lugar y momento para hacerlo, pero jamás para perseguir loas, admiración y, ni mucho menos, consejos sobre la mejor o peor forma de enseñar sus colgajos.

    No quiero triunfar. No quiero ser famosa. No quiero gustar. No quiero que me odien. Lo único que deseo es apaciguar este dolor y escribir es la única forma de hacerlo, compartirlo lo único que le da sentido, aunque, me temo, que, como el exhibicionista de gabardina del párrafo anterior, lo haría igual por poco sentido que tuviera.

    Por supuesto, si escribo y comparto mis letras, no puedo controlar si gusto o si me odian, ni siquiera si triunfo o me hago famosa. Y, sinceramente, tampoco importa mientras no olvide lo único que sí es crucial, fundamental, vital: Escribo para mí.

    Dicho esto, volvamos a lo básico, la escritura por la propia escritura.

  • El final de la noche, justo antes del amanecer

    El final de la noche, justo antes del amanecer

    Sugerencia de escritura del día
    Describe uno de tus momentos favoritos.

    Me gustan la calma y el silencio y esas horas de la madrugada, cuando la noche ya casi deja de ser tal, pero el nuevo día todavía no empieza, es mi momento favorito del día, y mi rato preferido para escribir.

    Antes, cuando empecé a escribir, a veces llegaba a esas extrañas horas entre la noche y el día después de largas jornadas en vela, que me pasaban como un suspiro mientras tecleaba mi historia. Ahora, me levanto temprano para disfrutar de la magia de esa franja del día y, sí, también para escribir.

    Es curioso como cambian los hábitos con el tiempo, pero no otras cosas, como el gusto por esas últimas horas de la noche y las primeras del día, cuando solo hay silencio y hasta el más mínimo susurro parece hacer eco, cuando el aroma que arroja la cafetera parece más intenso, los colores del cielo más auténticos y hasta el aire más limpio.

    Me gusta escribir de madrugada, antes de tener que ser yo, antes de tener que hacer nada. Quizás sea porque, a esas horas, ayer ya es poco más que un fantasma, o, como mucho, un mal sueño, y hoy, todavía, puede ser cualquier cosa.

  • La rueda siempre será redonda y la pólvora siempre hará ¡pum!

    La rueda siempre será redonda y la pólvora siempre hará ¡pum!

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué cosas importantes te han sucedido hoy?

    Acostumbro a dormirme escuchando un audiolibro y el que escuché anoche se parece demasiado a la historia en la que estoy trabajando. Se parece tanto, que durante un rato hasta temí estar plagiando un libro que todavía no había leído -ni escuchado-. Por supuesto, caí dormida antes de comprobar si había o no plagio, al fin y al cabo, si me duermo con un audiolibro es porque escuchar historias me deja fuera de juego más rápido que cualquier somnífero, al contrario que leer, que me mantiene despierta hasta la salida del sol.

    Obviamente, he pasado una noche horrible, llena de pesadillas en las que mi historia se mezclaba con aquella que había empezado a escuchar y todo era horrible, y mi novela resultaba ser un plagio de algo que no había leído y… Bueno, podéis imaginar la nochecita que he tenido. Para colmo, por algún motivo desconocido, el temporizador de Audible no ha funcionado y la novela que casi he plagiado ha seguido sonando y nuevas partes de la historia se han entremezclado con mis sueños, para acabar de empeorarlo todo. (Recordatorio: Poner el temporizador del móvil además del de la aplicación).

    A eso de las cuatro de la madrugada, me he despertado, pero la pesadilla seguía. En el pequeño altavoz, que pongo junto a mi almohada para no molestar a mi marido, seguía sonando la novelita de marras. ¿Que qué he hecho? Primero, escuchar, y en ese punto -estábamos ya en el capítulo veintimucho-, la historia ya no tenía nada que ver con la mía, salvo, quizás, la combinación de dos narradores distintos intercalados. He respirado aliviada, me he levantado a por agua y he escuchado un rato más, hasta que, como siempre, me he quedado dormida, otra vez, pero ya con la tranquilidad de que no había peligro de plagio.

    Entonces, qué ha pasado, por qué durante un buen rato he pensado que mi historia era un plagio de otra, que ni siquiera conocía. Bueno, hay dos causas. La primera, una historia en estado embrionario se parece a todas las historias que tengan rasgos en común. Y la mía, claro, es un embrión a medio desarrollo todavía, pues es poco más que un proyecto de tres páginas en calibri 12, 1,5 de interlineado, y tres capítulos de escaleta. Pero es que, seguramente, hasta cuando tenga la escaleta completa, con todas sus escenas, seguirá siendo solo un embrión, ni siquiera un feto todavía, pues, al menos para mí, no se puede hablar de estado fetal hasta que no ha comenzado la escritura. Y, creedme, en la escaleta no ha comenzado nada, más que una firme declaración de intenciones, salvo que intercales planificación con escritura (yo lo he hecho a veces y me funciona). Pero si hablamos solo de una escaleta, o cualquier estadio anterior de la planificación, estamos hablando, como mucho, de un esquema.

    Y, queridos, a nivel esquemático todas las historias se parecen. Bueno, vale, todas no. Pero, si las dividimos por grupos, no solo por género, todas se parecen. La marca diferencial rara vez está en el esquema, en la estructura. Claro que, cada cierto tiempo hay algo rompedor, que supone un hito, un antes y un después, en lo que a estructura se refiere. Pero eso es algo excepcional. La mayor parte de las historias se basan en alguna variación de la estructura artistotélica en tres actos, o no. Y las del segundo grupo, son minoría. Y, a nivel esquemático, hay un número limitado de planteamientos, nudos y desenlaces, y también de desencadenantes y puntos de giro. Asumámoslo, cuando hablamos de escribir novelas, la mayoría de nosotros, no va a inventar nada (salvo la historia, claro). Y yo, personalmente, no quiero inventar nada, quiero entretenerme y entretener. Listos.

    Pero es que si nos detenemos a pensar en la voz narrativa, también las opciones son limitadas. Mucho. Y, claro, otra vez, puede haber propuestas rompedoras, pero una servidora, me reitero, quiere entretenerse y entretener, no reinventar la pólvora. Así que es fácil que tu propuesta coincida con cualquier novela publicada a lo largo de la historia y si, como yo, tienes la imperiosa necesidad de «escribir a la moda para no parecer que me he quedado atrás o que no soy moderna, o, peor, que parezca que tengo la edad que tengo» pues ocurrirá que encontrarás propuestas con voces narrativas similares o, incluso, calcadas. Y no hay plagio, es solo seguir la corriente del momento.

    Si bajamos otro nivel, y pensamos en los personajes y su arco de evolución, tema harto estudiado por quienes se dedican a estudiar en lugar de escribir (yo pretendo combinar las dos cosas algún día, pero, a saber cómo acabamos), pues también son limitados. Y en el caso que me ocupa -y todavía no he terminado el libro- hay un arco de ascenso o favorable (de chica probre y marginal a chica rica y asumo que bien integrada), que, al menos en su inicio, coincide con el mío. Claro, retratar en las primeras escenas la vida de una persona marginal supondrá similitudes, da igual cómo nos pongamos. Más me ha fastidiado el arco de ascenso del otro personaje protagonista, que no es de tipo material, sino más de reconocimiento social, y eso coincide con el mío. Y con cientos más.

    Vámonos a la ambientación. Y tengamos en cuenta que hablamos de fantasía, género en el que un elevadísimo porcentaje de obras tienen una ambientación de tipo seudomedieval, con magia. Sinceramente, coincidir en eso es lo mínimo que puede pasar hablando de fantasía.

    Así que tenemos tres coincidencias:

    1. Ambientación seudomedieval con magia.
    2. Dos narradores intercalados en primera persona y en presente
    3. Punto de partida de los arcos de evolución de los personajes principales.

    Si tenemos esto en cuenta, el susto y las pesadillas está justificadas.

    Ahora, vamos a las diferencias:

    1. El tema. Lo mires por donde lo mires, no hay coincidencia. Aunque el tema es algo que muchas veces el lector no aprecia, pero marca toda la historia (o debería). Tampoco hay coincidencia en los temas secundarios,
    2. La motivación de los personajes y el desarrollo de los arcos de evolución, que no parece que vayan a ser iguales.
    3. Los sistemas mágicos. Mi mundo tiene como cuatro sistemas mágicos distintos, que conviven (mal, ya os digo que mal) en un mismo mundo.
    4. Las especies o razas (no sé cómo llamarlas ahora, con todo lo de la corrección política) que en mi mundo son cuatro.
    5. La importancia del romance. Sí, en mi historia hay un romance, pero no es central en el desarrollo de la historia. Es decir, si quito el romance de la ecuación, la historia se mantiene. (Y sí, podéis imaginarme ahora amputando el romance y aumentando los narradores para que sean más de dos, porque es en lo que estoy pensando, aunque no quiere decir que lo haga).

    Es obvio que hay muchas coincidencias, pero también hay diferencias. Y, después, debemos contar el factor clave que hace que una historia se parezca más o menos a otra, más allá de todos los aspectos técnicos mencionados: La pluma del autor.

    Si bien es cierto que, si solo partimos del esquema embrionario, casi todas las historias se parecen entre sí, también lo es que la gracia del escritor para desarrollar ese esquema y transformarlo en novela tiene un papel fundamental. Si le diéramos a varios escritores el mismo esquema de una novela, más que probablemente, las historias resultantes serían muy distintas entre sí, aunque mantuvieran idénticos ciertos rasgos argumentales y formales. Aquí no hablo tanto de estilo, que también, como de mirada. Uno se fijará más en detalles del escenario, otro en el interior de los personajes, otro, en las relaciones entre ellos, otro, las emociones, otro, en la acción, otro, lo equilibrará más todo…

    Así que, debo deshacerme del pánico, pues en cuanto termine de escaletar y empiece a escribir y desarrollar, seguro, segurísimo, la historia se diferenciará de las demás.

    Pero, admito que me arrepiento un poco de haber presentado ya mi propuesta de novela, aunque el plazo terminara mañana. Lo hice porque estaba segura de que, al fin, había encontrado mi historia. Tan segura, que ni siquiera escribí sobre ella en el blog, para no gafarla (como con las anteriores), y no quise jugármela y esperar al último momento por si algún problema técnico me impedía hacer la entrega. Así que, ayer por la mañana, redacté el proyecto y lo presenté.

    Ahora, quizás por la mala noche, o quizás solo por haber descubierto esta otra historia, que parece que inspira la mía, pero no; si tuviera la oportunidad, presentaría otro proyecto, el que fuera de todos los que tengo por ahí en la carpeta de descartados.

    En fin, habrá que asumir el golpe y reaprender algo que ya hace tiempo que sé: En literatura, ya todo está inventado, cualquier cosa que hagamos, la habrá hecho alguien antes. Ante este panorama, lo único que podemos hacer es afilar nuestras plumas y sacarle brillo a nuestra prosa para que la historia que contemos, aunque no sea tan única como nos gustaría, impacte en el lector y le deje huella.

  • Escribir, crear mundos, vivir historias increíbles

    Escribir, crear mundos, vivir historias increíbles

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué te apasiona?

    Mi pasión es escribir, de eso no hay duda. Pero decirlo así me sabe a poco porque escribir es mucho más que juntar letras para convertirlas en palabras, frases, párrafos… Escribir es meterte en la piel de personajes que, a menudo, poco o nada tienen que ver contigo y es vivir situaciones que, probablemente, jamás vivirás en tu realidad. Pero, hasta ahí, aunque con mayor intensidad, la experiencia es similar a la de leer.

    Lo mejor de escribir, no obstante, no se parece a nada más, ni a la lectura, ni a ver cine o jugar a un videojuego. Lo más parecido es, en todo caso, el juego de los niños, en el que con una sola frase se altera la realidad para que, por ejemplo, de pronto, el suelo sea de lava. Porque lo mejor de escribir es crear mundos e, incluso, universos enteros.

    A veces pienso que cuando algún libro sagrado dice que un dios nos creó a su imagen y semejanza, se refiere a eso, a que, al igual que esos dioses creadores, también nosotros somos capaces de crear realidades enteras gracias a las palabras.

    Y eso de crear mundos y ponerlo en funcionamiento es, creedme, muy adictivo. Tanto que, más que una pasión, es pura necesidad. Una vez que lo has probado, nada es capaz de igualar el placer (qué proporciona). Qué digo, placer, es mucho, mucho más que placer, es plenitud, absoluta satisfacción o goce sin fin. Éxtasis.

    Claro que, ese Éxtasis, así, con mayúscula, no se extiende a toda la experiencia, y, como en todo proceso, en el creativo también hay altibajos, y si las cimas conducen al éxtasis, imagina a dónde pueden llevarte las profundas fosas. Al menos, y eso es bueno, tanto cimas como fosas son escasas y la mayor parte del trayecto transcurre por llanuras, ahora en verdes valles fluviales, ahora en desérticos parajes, intercalados por bosques o matorrales, más o menos empinados.

    Sea como sea, no lo cambio por nada, ni siquiera cuando me he visto atrapada en una sima a la que a duras penas llega la luz y de la que no parece haber salida. Siempre, siempre, crear mundos – y universos-, personajes, historias es lo que más anhela mi alma.

    Supongo que todo esto puede resumirse diciendo que escribir es mi pasión.

  • Apreciar el cambio y la diversidad

    Apreciar el cambio y la diversidad

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Cuál es tu estación favorita del año? ¿Por qué?

    Si me hubieran hecho esta misma pregunta hace unos años, habría respondido sin dudar que el verano, pero ahora ya no estoy tan segura. Es más, creo que me gustan todas, cada una en su momento, con sus pros y contras, y en su justa medida. Tal vez, lo que de verdad me gusta, sea el cíclico cambio entre ellas.

    Es cierto, antes el verano era mi momento favorito del año, me encantaba. Y, en muchos sentidos, todavía me encanta, con sus días tan largos y luminosos, el calorcito -que, vale, a veces, es calorazo, pero me resulta más soportable que el frío-, poder ir a la playa, disfrutar de las noches estrelladas…

    Pero, de un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que todas estaciones me gustan por igual, eso sí, cada una en su momento. El otoño, que para mí es sinónimo de vuelta al colegio, tiene un encanto especial, que me anima a recogerme, a disfrutar de estar en casa, con una buena taza de té y un buen libro. Me gustan sus festividades, y no hablo solo de Halloween y el día de todos los santos, aquí también se celebra el día de las vírgenes, que sí, que suena a machista y pasado de moda, pero, en su contexto, tiene su gracia, y, muy en especial, sus dulces típicos, que me recuerdan al hogar, a mi abuela, a la infancia.

    ¿Y qué decir del invierno? Las tardes frías de mantita y ordenador -o peli, o libro, aquí, cada una, que ocupe el tiempo como quiera-, los jerseis gorditos y enormes, capaces de abrigarte hasta el alma, las noches larguísimas, las chimeneas, a veces, la nieve, y sí, aquí también, las fiestas. Y no, no me refiero a la navidad, o no únicamente. Aquí en enero celebramos San Antonio, con bailes de demonios alrededor del fuego, canciones de siega, capaces de transportarte a otro tiempo y, casi, otro espacio, y, sí, también su comida típica…

    Y, claro, la primavera, cómo no me va a gustar que, cuando ya estás de invierno y frío hasta el moño, los días lentamente se alarguen, las temperaturas bajen, la naturaleza reviva y resurja el verde y, con él, todos los colores.

    Cada estación tiene un color, un olor y, sí, también un momento, por supuesto. Cada una me evoca un estado de ánimo y casi una forma de ser y de estar en el mundo. Todas tienen su cosas buenas y malas, su magia especial y hasta su mensaje, que cada año nos repiten, por si acaso, de tanto girar alrededor del sol, se nos ha olvidado. Siendo esto así, por qué escoger solo una, pudiendo gozar igual de las cuatro. Quizás, más que una estación u otra, lo que realmente me gusta es que haya estaciones.

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    Nota a mí misma: A ver si soy capaz, en adelante, de relacionar los posts sobre la pregunta del día con la escritura, que es el tema del blog. Hay que ver que con el de hoy era fácil… Pero no, me doy cuenta cuando ya lo he escrito…

  • Ideas que van, ideas que vuelven

    Ideas que van, ideas que vuelven

    Este fin de semana he empezado a trabajar en el proyecto literario del TFM basado en cuentos. Y, aparentemente, todo iba bien. Salvo que hay algo que no me convence y no sé qué es.

    Admito que no le había dado demasiado importancia a eso de que no me convenza porque, me decía, lo que importan es hacerlo, retomar el hábito de escritura, aprobar el máster y, después, ya me pondré con otra cosa. Además, es posible que no me convenza como TFM, pero sí que lo hace como proyecto, me gustan los cuentos de hadas. O eso me decía -me sigo diciendo…

    Pero ayer, perdiendo el tiempo en TikTok me saltó un vídeo de una booktoker que hablaba de un libro que tiene que salir en España en unos días y, jopelines, me entró la sensación de me gustaría escribir algo así. Vale, no me he leído ese libro y, quién sabe, puede que luego no me guste. Pero la sinopsis de la historia condensa, a grandes rasgos, lo que a mí me gusta escribir.

    El problema no es ese «yo quiero escribir algo así». Qué va, eso es bueno, eso incita a seguir escribiendo. El problema fue la continuación de la afirmación: «Y estoy perdiendo el tiempo con un proyecto de cuentos».

    Si me parece una pérdida de tiempo, es que quizás no es lo que debo hacer.

    Creo que, una parte de mí -una bastante grande- piensa que no tengo problema alguno en escribir relatos breves, o cuentos, y que es una pérdida de tiempo usar el TFM para trabajar en algo que podría haber trabajado, tranquilamente, sin recurrir a máster alguno. En cambio, de un tiempo a esta parte, sí tengo problemas con los textos largos, con las novelas, que se me atascan. Y trabajar en eso, que sí es un problema, sí que tiene sentido en el marco de un TFM o de unos estudios superiores.

    Dentro de cuatro días se acaba el plazo para que presente mi propuesta y, seamos realistas, no debería esperar al último día, por aquello de que puede haber problemas técnicos y después todo puede complicarse en exceso y sin necesidad.

    Así que, si no me sirve una novela corta, ni una recopilación de cuentos, la opción que queda, la que he descartado mil veces, es la de presentar un proyecto de historia y no una historia terminada. Eso sí, no sería el proyecto de una historia nueva, porque, ya lo he dicho, después nunca convierto esos proyectos en novelas, porque esa no es mi forma de trabajar, ya que yo acostumbro a compaginar planificación y escritura. En lugar de eso, se trataría de presentar el proyecto de una novela que empecé hace unos diez años, que sigue atascada desde entonces y cuyo fantasma nunca ha dejado de perseguirme y acosarme.

    Sigue sin enloquecerme la idea de presentar un proyecto en lugar de un texto terminado, pero se me está echando el tiempo encima y, supongo, por jugar un poco con esa idea a ver qué pasa no puedo perder nada. Aunque admito que me da miedo apostar el TFM a una idea que ya se ha atascado, al menos, una vez, porque podría volver a ocurrir durante la confección del trabajo final y eso sí que sería un desastre.

    Pero me voy a dar el dia de hoy para esbozar una escaleta de esa historia, escribir su sinopsis y ver qué pasa.

    PS: En todo caso, la idea era terminar el proyecto atascado una vez terminado el máster, pero, si ese proyecto acaba siendo el TFM, pues, del mismo modo, cuando ya haya terminado el curso, aprovecharé la idea de los cuentos para este blog o algo similar. Sea como sea, nada de todo esto se pierde.

  • El mayor lujo está en las pequeñas cosas

    El mayor lujo está en las pequeñas cosas

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Cuál es ese pequeño lujo sin el que no podrías vivir?

    Por supuesto, hay cosas sin las que no podría vivir, como, por ejemplo, los libros o la música. Lo que no tengo tan claro es que sean lujos. Claro que, si nos ponemos puristas, cualquier cosa no esencial para la vida es un lujo y podríamos acabar diciendo que, yo qué sé, usar platos y cubiertos para comer es un lujo que nos permitimos a diario.

    Vivo entre Mallorca e Ibiza y eso implica que tengo el lujo más cerca de lo que me gustaría, porque ambas islas se han convertido en caladero de imbéciles con más dinero que el PIB de muchos países. Así que, a los que nacimos aquí y decidimos quedarnos porque amamos nuestro hogar, nos toca ver sus cochazos de lujo, yates de lujo, mansiones de lujo… El problema es que su lujo es, en realidad, nuestra desgracia.

    Dicen los que no sufren los precios desorbitados de la vida en las islas o los que, por desgracia, no conocen otra cosa, que nos quejamos por vicio, que vivimos del turismo, que es lo que hay. Pero esto no es turismo ni riqueza, es colonización. Y no seré yo quien niegue que en las décadas de 1960 y 1970 el turismo ayudó a que estas islas salieran de la oscuridad del franquismo antes que otras zonas de España. Pero no es menos cierto que ahora, ese mismo turismo, pero transformado en monstruo, nos está arrastrando a otra oscuridad, creo que peor, donde nos está devorando.

    El lujo del rico europeo que decide comprarse aquí una casita para venir de tanto en tanto, es la pobreza del residente que no puede acceder al alquiler. El lujo del currante europeo que viene aquí una semana de desmadre y locura por un precio ridículo en un paquete de turismo low cost, es la pobreza del trabajador local que es explotado por un empresario que no tiene otro modo de mantener su negocio a causa de las exigencias de los touroperadores.

    Mientras, a los locales, nos tratan como a basura, y poco importa aquí que hablemos del rico que se ha comprado una mansión o del tonto que alquila una villa o del más tonto todavía que entre el día en la playa y la noche de fiesta se dedica a hacer balconing en el hotel.

    Así que, para mí, ahora mismo, un lujo es poder es ir a la playa cuando no hay gente -o no demasiada-, o poder ir a merendar al bar de toda la vida. Nada de eso será factible, al menos, hasta finales de septiembre. Mientras, mis lujos serán, como han sido siempre, ver esconderse el sol tras la Sierra de Tramuntana desde la ventana de mi habitación en casa de mis padres y contemplar el cielo nocturno desde la hamaca en la terraza de mi casa en Ibiza.

  • La muy coherente vida de Lizzi Lizzet

    La muy coherente vida de Lizzi Lizzet

    Lizzi Lizzet, ciudadana de la muy estructurada urbe de Sistemia, era una mujer ordenada, pragmática, extremadamente lógica y, por encima todas las cosas, coherente. A su parecer, esas eran las mejores virtudes que cualquier persona en la treintena podía tener y, por ese motivo, las cultivaba con mucho empeño.

    Día a día, Lizzi seguía una muy estricta rutina, fijada con anterioridad, a partir de la modificación y perfeccionamiento de una rutina anterior, y esa, de la anterior, que, a su vez, era una modificación mejorada de la previa. Y, así, seguía el hilo hasta donde le llegaba la memoria. Claro que Lizzi no podía recordar cuál había sido la primera rutina que dio origen a todo, ni mucho menos quién la estableció, pues ella, siendo una niña, no podría haberlo hecho de ningún modo. Posiblemente su madre, Lizzet Lizza, un verdadero modelo de virtud, había sido la encargada de establecer aquella primera rutina, de la que, con el tiempo, surgieron las demás.

    Los muy cuidados hábitos de Lizzi, al igual que antes los de su añorada madre, y que, anteriormente, los de su admirada abuela, y que, previamente, los de todas las mujeres de su familia, se extendían a todos los ámbitos de la vida y a cualquier circunstancia, desde el trabajo, a la dieta, pasando por el ejercicio, la lectura o la salud. Esto le procuraba una vida tranquila, predecible y sosegada, igual que antes se la había proporcionado a todas sus antepasadas, hasta donde llegaba la memoria familiar.

    Solo una cosa diferenciaba la vida de Lizzi de la de su madre y de quienes la precedieron en la familia: Lizzi estaba solera. Más que eso, no tenía ningún interés en conseguir una pareja estable. Su vida, tan lógica, pragmática y ordenada, era perfecta tal cual estaba. Y, para una persona tan extremadamente coherente como Lizzi, cualquier cambio al respecto iba contra natura.

    El problema, a ojos de Lizzi, no era tal. Ni siquiera por el hecho de que, de seguir igual, en poco tiempo habría otra diferencia notable entre su vida y la de su madre y demás antepasadas: No tendría descendencia. Aunque, si tenía en cuenta lo perfecta que en ese momento era su vida, siendo tan lógica y coherente como era, tampoco veía motivo alguno para cambiar ese punto.

    Pero las habitantes de Sistemia no debían pensar igual. No había día que, ya fuera en el trabajo, al hacer la compra, en el gimnasio, o mientras paseaba tranquila por la ciudad, una compañera, amiga, conocida, vecina o, sencillamente, una conciudadana, no le pregunta por su situación sentimental y, en muchos casos, también por su intención -o falta de ella- de tener descendencia.

    Al principio, Lizzi lo consideraba normal, al fin y al cabo, era lo que se esperaba de ella, al igual que de todas las demás. O, al menos, así era en Sistemia. Pero tal como el tiempo pasaba, cada vez lo encontraba menos natural y mucho más incómodo. ¿Por qué iba nadie, fuera o no mujer igual que ella, fuera o no vecina de Sistemia, interesarse por su vida sentimental o por su deseo -o falta de él- de procrear?

    —Oye, Lizzi, cuándo vas a echarte novio al fin —le preguntó un día cualquiera una compañera de trabajo.

    Suspiró y dejó los libros que sostenía en una mesa. La pregunta debería haberla sorprendido, pero estaba ya demasiado acostumbrada a las intromisiones. Aún así, no le gustaba que siempre la interrogaran sobre los mismos temas.

    —Nunca, probablemente —respondió—. Pero, si en algún momento lo hiciera, te aseguro que no te enterarías.

    —Ni que tener pareja fuera un asunto de vergüenza o algo que ocultar —dijo la compañera, entre sorprendida y asombrada.

    —No lo es —dijo Lizzi—. Pero sí debería serlo tener el irrefrenable impulso de meterse en la vida de los demás.

    Dicho esto, Lizzi recogió los libros que había dejado sobre la mesa y continuó con su trabajo, no sin antes oír a su compañera murmurar algo sobre lo desagradable que había sido con esa respuesta; como si ella no lo fuera con sus preguntas.

    Nadie en el trabajo volvió a preguntarle por la pareja, así que Lizzi adoptó el hábito de responder del mismo modo a todas las preguntas sobre el tema que le hicieran en cualquier otro contexto. Y, durante un largo tiempo, logró vivir más o menos tranquila, aunque era consciente de que algunas amigas, conocidas y compañeras murmuraban sobre ella.

    —Tú también deberías ponerte las pilas, o será demasiado tarde cuando te decidas —le dijeron un día a Lizzi en el trabajo cuando una de las compañeras anunció su segundo embarazo.

    Lizzi no respondió. Todas las demás mujeres de su trabajo ya eran madres, al igual que las amigas de sus infancia, las vecinas y otras personas de su misma edad, e incluso más jóvenes, a las que conocía de vista. Y sabía que su compañera tenía razón. Lo que nadie sabía era que Lizzi había decidido no tener hijos.

    Pasaron los años y Lizzi envejeció, saludable, gracias a sus buenos hábitos, soltera, feliz y sin hijos, volcada en su trabajo, sus aficiones, sus pasiones y sus cada vez más perfectas rutinas, mientras a su alrededor las mujeres envejecían junto a sus familias.

    En esos largos años nadie le preguntó más a Lizzi por la pareja o la maternidad, hasta que ya de anciana, un día, en el parque, se encontró con su antigua compañera de trabajo. Ambas se saludaron con cariño y recordaron los viejos tiempos.

    —Lo siento si alguna vez fui indiscreta con mis preguntas cuando trabajábamos juntas —dijo la antigua compañera—. Ahora entiendo que debió ser muy duro vivir y envejecer sola, sin pareja ni descendencia.

    —No, querida, en absoluto —respondió, Lizzi—. Lo duro fue, y todavía sigue siendo, no tener a nadie con quien hablar con normalidad y sin ser juzgada sobre no querer tener pareja ni descendencia.

  • A la enésima va la vencida

    A la enésima va la vencida

    Sugerencia de escritura del día
    Si todo el mundo tuviera un lema, ¿cuál sería el tuyo?

    Soy cabezota y no me rindo, da igual cuántas veces caiga derrotada, si quiero algo, sigo luchando por ello. De ahí el nombre de mi blog, La enésima, porque sí, es mi enésimo blog, pero también porque trata sobre mi propósito de vida: Escribir. Nada importa el número de veces hasta ahora que lo he intentado sin éxito, o las que he fracasado directamente. Tampoco es relevante si en esta ocasión triunfo, o no. Lo único que cuenta aquí es que cada día, pase lo que pase, al levantarme, me sentaré delante del ordenador y escribiré.

    Al final, he comprendido que esto no se trata de llegar a un lugar, sino de llevar a cabo un proceso. Imaginemos: Mi próximo libro triunfa, rompe récords y se sitúa en lo más alto de las listas de ventas. Vienen viajes, presentaciones, firmas de ejemplares, entrevistas… ¿Y ahora qué? ¿Como que lo he petado dejo de escribir? ¡Ni hablar! Si acaso, el éxito sería un motivo para escribir más todavía y, claro, seguir con el enésimo post, el enésimo cuento, la enésima novela.

    Resulta -y es una de las lecciones más absurdas que he aprendido en mi vida, pero es extremadamente útil- que lo importante en la vida es hacer las cosas por -y con- placer. Si haces lo que te gusta y procuras divertirte con ello, aunque también habrá días duros, porque siempre los hay, será mucho más fácil estar contento, sentirse pleno y realizado y hasta, quién sabe, ser feliz.

    Cuando haces lo que te gusta y disfrutas con ello, por ello mismo, no por lo que puedes conseguir al hacerlo, la repetición es divertida y que, por ejemplo, el día de hoy sea la enésima vez que subo encima de una elíptica mientras escucho música, no es una tarea, ni un deber, ni lo que tengo que hacer para mantenerme medianamente saludable. Es, sencillamente, algo divertido, que me desahoga y que mañana repetiré por enésima vez.

    Lo mismo ocurre con las entradas de blog, escribir un relato o una novela o dar clase, que es mi trabajo. La enésima vez siempre es la buena, no porque vaya la vencida, qué va, sino porque el hecho de que exista una enésima vez ya es, en sí mismo, una victoria,

  • Echarle cuento al cuento

    Echarle cuento al cuento

    Creo que he encontrado la solución para el problemilla del TFM de 70 páginas. Vale, lo creo a ratos, porque hay momentos en los que me parece una idea mediocre y otros en los que directamente me resulta una pésima idea, falta de originalidad y previsible. Pero eso, me temo, se debe a mis inseguridades, que, como es habitual, atacan a la menor de cambio. Por suerte, ya estoy acostumbrada y he aprendido a ignorarlas -la mayor parte del tiempo, al menos-.

    Bien, la idea en cuestión consiste en olvidar la opción de un único relato de 70 páginas y centrarme en los relatos cortos, pero, bastante cortos, de entre 3 y 5 páginas. Y es que, un único texto de 70 páginas, como expliqué en el primer post sobre el tema, se sitúa en la delicada línea entre el relato largo y la novela breve, en la que una única trama con una subtrama sencilla, sin demasiados personajes ni demasiada evolución, es la única solución viable. Es decir, es demasiado breve para poder incluir las formalidades propias de una novela, pero, al mismo tiempo, es demasiado largo para que no sea aburrido con tan pocos personajes y tramas.

    ¿Y por qué mi solución de los relatos de entre 3 y 5 páginas? Bueno, eso nos lleva a unos 18 relatos, aproximadamente, quizás alguno más o alguno menos, según las distintas extensiones, que esto no es una ciencia exacta y menos a estas alturas de la jugada. Bien, definido esto, va la cuestión del tipo de relato: Van a ser cuentos de hadas. O, mejor, llamémoslos cuentos maravillosos, por aquello de que no necesariamente aparecen hadas en los cuentos de hadas.

    A lo que me refiero es a que quiero jugar con el formato cuento de hadas y todas las convenciones que le son propias, desde las fórmulas de inicio y cierre a los personajes humildes o el espacio mítico, pasando por la magia y los seres maravillosos. El pack completo, vamos. Pero, además, quiero hacer algo así como un metacuento, es decir, un cuento que enmarque los cuentos y que el argumento de ese metacuento esté conformado por los cuentos que contiene. Supongo que Las mil y una noches y Sherezade es precisamente eso, un cuento, el de Sherezade, que contiene mogollón de cuentos. También el Asno de Oro es algo similar, aunque más en formato novela. En cualquier caso, no estoy inventado la pólvora.

    Y el tema de mi cuento de cuentos sería, precisamente, los cuentos de hadas. Le he dado ya tantas vueltas a la cabeza que no sé si la idea es original, vulgar o sencillamente neutra, ni buena, ni mala, solo válida. Un escritor muy reconocido me dijo una vez que en literatura lo importante no era el qué sino el cómo, pues poco importa que un centenar de escritores hayan elegido hablar del mismo tema, la clave es que ninguno lo hará igual y el oficio, aquí, consiste en hacerlo mejor o de forma más atractiva o interesante que los demás.

    Finjamos que el hombre tenía razón.

    Finjamos también que yo soy capaz de hacerlo atractivo, interesante y único, a pesar de la falta de originalidad.

    Acordado lo anterior, justifico la elección diciendo que los cuentos de hadas son mi obsesión del momento -porque como buen cerebro autista, el mío funciona a base de obsesiones, perdón, digo, intereses especiales-. Y digo más, no es la primera vez que me obsesionan, qué va. Así que el tema y formato, para qué nos vamos a engañar, me interesan, lo que le da un plus al trabajo y aumenta mis posibilidades de éxito.

    Pero es que, además, me gusta la idea de poder plantearlo como un proyecto a largo plazo, pues, aunque la historia contenedora tenga, como es lógico, planteamiento, desarrollo y desenlace, los cuentos que incluye pueden ampliarse. Y no solo eso, digo más, pueden crearse hasta continuaciones de la historia contenedora, que incluya más partes. Así que, no solo puedo contemplarlo como proyecto a largo plazo, sino infinito (insertar aquí risa maléfica, como esta, por ejemplo).

    Y digo más (agarradme el cubata, que me vengo arriba): Puedo transformarlo en un proyecto digital multimedia que contenga los cuentos, su versión en audiolibro (obviamente narrado por mí, no digáis que no os he advertido del subidón) y hasta buscar una ilustradora (vale, o ilustrador, no me entretengáis en detalles) para los cuentos y hacer ediciones impresas, ilustradas, de esas megachulas. Puede que en forma de proyecto autofinanciado a base de mecenazgos o puede que vía editorial (detalles, detalles…). Y hasta merchandising me imagino yo…

    Así que… Esa es la idea, básicamente.

    ¡Ah, se me olvidaba un detalle! He dicho cuentos de hadas, o cuentos maravillosos, y , por algún motivo eso se asocia a infancia. Pero los cuentos de hadas nunca fueron infantiles hasta que los intelectuales les metieron mano en torno a finales de XVIII y principios del XIX y, peor, después, cuando llegó Disney. Así que, por favor, interpretemos cuento de hadas con literalidad académica, lo que implica, para adultos.

    Y bien, qué os parece la idea.

  • Hacer aquello que te hace feliz y disfrutar del proceso

    Hacer aquello que te hace feliz y disfrutar del proceso

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué es lo más importante para tener una buena vida?

    Salud, es lo primero que me ha venido a la mente. Y es posible que sea una de las cosas más importantes, sí, porque sin salud todo lo demás se complica. Pero enseguida he pensado que, en realidad, se puede tener una buena vida a pesar de que la salud sea precaria, aunque, claro, todo depende de qué entendemos por bueno… Mejor aún, qué entendemos por Bien y eso me lleva a Aristóteles y a otro de mis blogs.

    Para hacerlo corto, decía el discípulo de Platón, que el Bien es un fin, es decir, una finalidad, y, por lo tanto, lo bueno, es aquello que tiende al bien. Pero, claro, no hablamos de una finalidad abstracta, como Platón y su idea de Bien, sino concreta, puesto que, además, si es una finalidad, es el resultado de una acción. Así, la finalidad de un panadero es hacer el mejor pan posible, y eso es el bien para él. La de una escritora, crear la mejor historia posible, y eso es el bien para ella. Y así sigue la cosa, pero ¿y la finalidad de la vida? Porque, pensado de este modo, para saber qué es una buena vida, debemos conocer su finalidad.

    Pero, de nuevo, hay que pensar en acciones. La finalidad es el porqué y el para qué, pero, por favor, tengamos en cuenta que el fin último es la perfección, es decir, lo que ocurre cuando la acción está completa, es decir, terminada. Y a nosotros nos atañe el proceso, es decir, la vida mientras esta dura. Y esa idea, por más griega que sea, es muy zen, muy japonesa. Porque nos insta a centrarnos en el desarrollo de la acción y no en el resultado, por más que las llevemos a cabo para obtener un resultado concreto.

    En este punto Aristóteles se embarca en el estudio de la virtud, que pienso que en su momento era un estudio del proceso, ese «la importancia está en disfrutar del viaje y no en llegar a la meta», pero que ha sito harto pervertido por los siglos y los estudiosos interesados. Al final, lo que decía el filósofo de Estagira ser resume muy bien en aquella frase de que la virtud está en el término medio.

    El mayor de los bienes, y, por lo tanto, la finalidad del ser humano -el sentido de la vida- es para Aristóteles la Felicidad, eudaimonia, pues, dice el filósofo es el fin último de la vida, lo que todos queremos, a lo que todos aspiramos, por sí mismo y no por nada y, por ella, deberíamos regir, pues, nuestras acciones. Es decir, todo aquello que hacemos, todas nuestras acciones, las llevamos a cabo porque creemos que nos harán felices, que nos acercarán a la felicidad, pero la felicidad no la queremos para conseguir ninguna cosa más que ella misma.

    En conclusión, que para tener una buena vida, según Aristóteles -y según una servidora, que se declara su fan- hay que llevar a cabo aquellas acciones que te acercan a la felicidad, disfrutando del proceso de cada una de esas acciones y de encaminarte a dicha felicidad. Si uno vive de esta manera, sin caer en extremos, ni por exceso ni por defecto, sino sencillamente gozando de todo, aún cuando vengan desgracias -que vendrán, siempre vienen- serán más fáciles de sobrellevar.

    Lo más importante para tener una buena vida es, pues, hacer aquello que te contribuye a tu felicidad.

    PD: Qué densa me ha quedado la reflexión de hoy. A ver si el tema de mañana es un poco más ligero.

  • Sé tu mejor amigo

    Sé tu mejor amigo

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Con quién pasas la mayor parte del tiempo?

    Con mis gatos, con mi marido, con mis compañeros de trabajo, con los compañeros de clase, con mis alumnos, con mis amigos, con la familia… Se me han ocurrido un montón de respuestas al ver este prompt, pero, la verdad de la buena, es que la mayor parte del tiempo, me guste o no, la paso conmigo misma.

    Sé que no está bien visto sugerir que debes ser la persona más importante para ti mismo, que te pueden tachar de egocéntrico y hasta de egoísta, pero, lo cierto es que tienes que vivir toda tu vida contigo, hasta cuando no te soportas. No importa si quieres estar solo, tú siempre vas a estar ahí. Tampoco importa con cuánta gente estés en un momento dado, quieras o no, también estarás tú. No puedes librarte de ti.

    Y no me importa lo bien o lo mal que suene, la voz de tu cabeza, esa que a veces quizás suena a otra persona -o incluso a varias…- es tuya en realidad. Es a ti a quien oyes todo el día, tú eres tu peor crítico y tu compañero, quizás, no deseado. Por eso, es tan importante llevarse bien con uno mismo, al final, tendrás que soportarte, quieras o no.

    Más que eso, te diría que lo mejor que he hecho jamás en mi vida es convertirme en mi mejor amiga. Escucharme, comprenderme y, sí, a veces, discutir y enfadarme, pero, gracias a eso, aprender a perdonarme, es una de las cosas más maravillosas de mi vida. Y es que, desde que conseguí caerme bien, todo cambió para mejor. Porque, qué más da si caes bien o no a los demás, si piensan esto o aquello de ti, si no es con ellos con quien debes vivir cada día, a todas horas.

    Hazte un favor y dedícate un tiempo a estar contigo, conócete y entabla una bonita amistad con la única persona que nunca -nunca, nunca- te abandonará. Al fin y al cabo, con quién más puedes entablar este tipo de amistad.

  • Escribir no siempre es lo más difícil

    Escribir no siempre es lo más difícil

    70 páginas, en calibri 12, interlineado 1,5. Esto son, aproximadamente, 25.000 palabras. Y esos son los números que pueblan mis pesadillas y los de la extensión máxima de mi próximo proyecto. Lo sé, es una extensión extraña, hasta para una novela corta, ya no digamos para una antología de relatos. Es un calzado incómodo, un vestido que te aprieta aquí, te queda ancho allá, un peinado con demasiadas horquillas. Es la extensión máxima del proyecto literario de mi Trabajo Final del Máster (TFM) de Escritura creativa, que, en total, con la justificación académica y demás apartados obligatorios, no puede superar las 100 páginas.

    Por supuesto, en lugar de un texto terminado, podría presentar un proyecto y escribirlo después. Es la opción B. Pero los proyectos y yo tenemos una mala relación. No es que se me den mal, al contrario, se me dan de maravilla, pero una vez terminada toda la parte organizativa (que si escaleta detallada, con capítulos y escenas detallados, fichas de personajes y análisis del conflicto de cada uno y su arco evolutivo, que si mapa de las relaciones, descripción del mundo, justificación de las elecciones…), nunca he convertido uno en novela. Cuando me pongo a escribir de verdad, a veces ocurre que, una vez terminada la parte técnica, pierdo el interés en la historia. Otras veces, la historia pierde el interés en mí.

    La solución, por supuesto, podría ser un sistema mixto, de escritura y elaboración del proyecto -que, por otro lado, es como yo suelo trabajar- pero ahí, lo que va en mi contra son los plazos. Por lo general, cuando escribo y hago estructura, todo al mismo tiempo, la parte técnica nunca está terminada antes de la finalización de la novela. De hecho, para mí, esa parte técnica, es el fundamento del proceso de revisión y edición, porque, qué mejor manera de encontrar fallos de trama, inconsistencias, personajes mal creados, que analizarlo en forma de esquema. Pero, lo dicho, es, primero el texto, después la escaleta y todo lo demás. Y los plazos son muy firmes y, soy sincera, me da miedo que no me de tiempo.

    Claro que no me apunté en el susodicho máster para hacer cosas que no me supongan un reto, más bien al contrario, lo hice para salir de mi zona de confort, para obligarme a escribir más allá de los blogs, para tener plazos y límites. Y esta incomodidad que siento ahora, y este miedo en forma de gusano reptando por mis tripas, es lo que buscaba. Aunque, a veces, pienso que tengo un lado masoca.

    En fin, que las opciones son, 70 páginas, sea de una novela corta o de un grupo de relatos, o proyecto de novela, con todo el miedo que me da que nunca se convierta en novela o no llegar a tiempo a la entrega, porque esto, claro, hay que compaginarlo con el trabajo, que una servidora no vive del aire y lo de vivir de escribir… Bueno, dejemos eso para otro post.

    Más allá de la cuestión de la extensión, están las del género y el tema. Y yo escribo fantasía. Sí, sí, mientras le daba vueltas a la idea fantaseaba con otras de las opciones que me dan para el TFM (autobiografía, crónica, ensayo literario…), pero eso me desvía de mi objetivo inicial, lo dicho, que me suponga un reto y me saque de mi zona de confort. Otros géneros, desde la histórica al misterio, quedan descartados porque me aburren. Así de simple.

    Por lo que se refiere al tema, y pensando en la extensión curiosa de 70 páginas, mi primera idea fue hacer una suerte de homenaje a Frankenstein y Drácula y hacer una novela epistolar, de inspiración gótica, pero traída a la actualidad. Ya sabéis el truco de los géneros especulativos, el «¿Y si…?», pues mi idea era algo como un ¿Y si el monstruo de Frankesntein fuera una IA? ¿Y si el lugar exótico no fuera Transilvania, sino, yo qué sé, cualquier lugar de Asia o Áfrika, y el vampiro un inmortal inspirado en la mitología de la zona elegida, que más que sangre se alimentara de energía o sueños o años de vida? ¿Y si trasladamos Drácula al futuro y Transilvania a otro planeta o galaxia?

    De la novelita epistolar de inspiración gótica, pasé al cuento largo. Ahí confluyeron dos hechos, por un lado, que una de las prácticas de la asignatura de literatura infantil y juvenil fue escribir un cuento y me lo pasé pipa, y, por, otro, que me llegó el libro Cómo el rey de Elfhame aprendió a odiar los cuentos y me encantó, porque es un cuento, con cuentos dentro, y que forma parte de un cuento mayor. Por no decir que soy fan de Cardan.

    Pero claro, escribir un cuento es difícil y hasta puede que nuestras 70 páginas se demuestren excesivas. Y, ojo, que no hablo de esa cosa moderna a la que los que se dicen escritores serios llaman cuento, no, no, hablo de un cuento de verdad, con sus castillos, reyes, brujas y hadas, o, sus equivalentes. Eso me llevó a debatirme entre dos posibilidades:

    La primera, el cuento tradicional basado en los cuentos tradicionales de toda la vida. Eso me acerca a Holly Black y su Cardan, que no me parece mal, si tengo que tener un modelo de escritora, creo que ella puedo serlo perfectamente. Además, vivo en unas islas con su propia mitología y tradición cuentística, por lo que podría marcarme un especial al crear algo nuevo inspirado en algo clásico, pero poco manoseado.

    La segunda, una Alicia en el país de las Maravillas. Llámese Alicia o llámese Wendy, igual que poco importa el país al que viaja, que, obviamente, no es el nuestro. Da igual si para hacerlo entra en un armario, cae por una madriguera o sale volando por la venta gracias al polvo de hadas. El esquema es básico y reconocible: Mundo real, portal al mundo mágico, exploración para volver, regreso con éxito, aprendizaje y cambio interno. Clásico y simple, pero si está bien hecho, muy poderoso. (Mientras escribía esto último me ha venido a le mente Judy Garland dando saltitos por el sendero de baldosas amarillas y sí, eso es).

    Claro, que siempre puedo hacer un mix entre las dos primeras. O, si me siento atrevida, puedo hacer un novela epistolar desde el maldito país de las maravillas, de la pobre Tina, que escribe a su madre, mientras busca como loca la forma de regresar. Claro, que las cartas solo llegarán cuando el espejo la escupa de nuevo a su aburrida realidad.

    ¡Ay! ¿Y si me marco un híbrido y mezclo el tan de moda relato del yo, en forma epistolar y de diario, con el viaje a las dichosas Maravillas, gracias a la creación del dichoso cuento? ¿O eso es demasiado moderno y pierde cualquier gracia clásica que pueda tener? Por supuesto, la gracia clásica vendría por la inspiración en los cuentos tradicionales locales. ¿Eso es posible, tiene sentido, tiene lógica?

    El caso es que tengo que presentar la propuesta antes del día 14 de junio y, una vez presentada, se acabó lo que se daba, porque eso será lo que tendré que hacer.

  • Con banda sonora original

    Con banda sonora original

    Todos mis proyectos exitosos, todos, tienen una cosa en común: Una banda sonora única. No se trata de que nadie haya compuesto música para ellos, qué va, es más bien que, por algún motivo, mientras trabajaba en ellos, por algún motivo u otro, se quedaron vinculados a una música. Y esa música siempre me recuerda a ese proyecto concreto y viceversa. A veces pienso que se trata de una suerte de relación simbiótica y que el proyecto, sin esa banda sonara, no habría sido jamás.

    Por ejemplo, mi primera novela siempre estará ligada Evanescense , en concreto, a la canción My Immortal. La segunda, a un disco de Manolo García que escuché una y otra vez durante mi adolescencia: Arena en los bolsillos. Y así va la cosa. Siempre hay música, nunca del mismo estilo, cada una única y ligada al proyecto que ayudó a nacer, o crecer.

    Hoy, cuando estaba trabajando en esta web y la he publicado por error, justamente estaba sonando en Spotify una canción de un grupo que no conocía -o que quizás habría oído, pero que no me había llamado la atención-. Y esa canción me ha marcado, ha llegado a algún lugar de mi mente -¿de mi alma?- que ni siquiera sabía que existía. Y, joder, permitidme el taco, pero es que ha sido mágico. Tanto, que hasta lo he compartido en Twiter -digo X, qué poco me gusta ese nombre…

    El caso es que me ha impactado tanto que no he podido evitar buscar al grupo en Spotify y ponerme a escuchar todo lo que tienen y… ¡guau! Me he encamorado.

    El grupo en cuestión es La maravillosa orquesta del alcohol y la canción PMRVR, aunque creo que todas son maravillosas, así que, la canción es lo de menos…

    No ha sido hasta un buen rato después, cuando ya llevaba un rato escuchándolos y trabajando en la web, que he me dado cuenta: ¡Son mi banda sonora! Bueno, vale, la mía quizás no, pero la de este proyecto sí.

    Y, señores, esto no puede ser nada más y nada menos que una buena señal.

    ¿Hay acaso mejor manera de lanzar un nuevo proyecto?

  • Benditos errores: La énesima, ya está en línea

    Benditos errores: La énesima, ya está en línea

    Acabo de lazar La enésima por accidente. Sí, sé que hasta suena cómico, pero es lo que he hecho. La web no tiene menú, los pies de página no son iguales, hay enlaces que no funcionan y todavía están ahí las entradas que vienen por defecto con la plantilla…

    Así que, sí, ha sido un error porque el plan del día era pulir todos los detallitos y publicar al menos tres entradas de blog para poder borrar las que vienen con la plantilla, que aquí no pintan nada y, después, solo después, publicar.

    Por suerte, algún duendecillo debe de estar vigilándome y ha decidido hacerme una trastada porque, sin querer, le he dado a «publicar sitio». Y sí, juro que ha sido sin querer, aunque no entiendo cómo puedo haberme no dado cuenta de lo que hacía. Pero es lo que ha pasado.

    En cualquier caso, bendito duende el que ha apretado el botón -o que ha guiado mi dedo, que, para el caso, es lo mismo-, porque, me temo, conociéndome como me conozco, esto habría tardado muuucho en ver la luz, pues, a mi siempre crítica mirada, nunca estaría lo suficiente bien, nunca sería lo suficientemente bueno.

    Así que, gracias manes, lares, penates, genios, daimones, duendes, hadas, kodamas, y todos los seres mágicos que no menciono, pero que pueden darse más que por incluidos en la lista, porque, de no ser ellos, ahí seguiría yo, dedicándome al diseño del sitio web, olvidado -o casi- su propósito, igual que la máxima esa que la perfección es cosa de dioses, no de humanos cabezotas, despistados y demasiado exigentes, como una servidora.

    En fin, que el esto ya está en línea. Ahora toca hacer que todo valga la pena.

  • Del nombre y la identidad

    Del nombre y la identidad

    Sugerencia de escritura del día
    Si tuvieras que cambiar de nombre, ¿cuál elegirías?

    Puedo decir con total convicción que no quiero cambiar de nombre, aunque en muchos momentos lo haya hecho, en parte por obligación, en parte por pudor, pero nunca por gusto. Ahí va la historia:

    Cuento en algún lugar de este sitio que he tenido muchos blogs y que he escrito -y publicado- muchas historias. Y es cierto. Pero también lo es que todo eso lo he hecho con distintos nombres. Seudónimos, decimos los escritores.

    La realidad es que no me gusta mi nombre porque hay por ahí una señora rica que se llama igual que yo y hace que no me encuentren en Google, triste pero cierto. Una autora necesita ser encontrada en redes cuando la buscan e identificada con facilidad cuando la nombran. Si todo el problema fuera ese, me habría cambiado el nombre y listos. Pero resulta que me crié con una familia adoptiva para la que es muy importante que lleve sus apellidos y el nombre que me dieron, que es el de la madre de mi padre adoptivo. ¿Cómo iba a cambiarme el nombre o publicar con seudónimo cuando para ellos eso era el equivalente a un rechazo? Así que, cuando empecé a escribir y publicar lo hice con mi nombre real, a pesar de la coincidencia con la baronesa.

    Después de eso, la cosa se complicó más, porque empecé a trabajar de profesora y no quería que mis alumnos -o sus padres- pudieran identificar a la profe de sus hijos con la persona que escribe ciertas historias. Necesitaba intimidad, discreción, anonimato… Y ahí fue cuando empezó el calvario de los mil blogs y los mil nombres. Casi uno para cada historia, uno para cada género.

    Y digo que fue un calvario porque en toda esa etapa sentía que estaba traicionando de alguna manera a mis padres (que, vale, no son los biológicos, pero eso es insignificante en comparación al amor que me han dado y me siguen dando). Y me temo que, entre otras cosas, esa fue una de las causas de la no continuidad de todos aquellos proyectos.

    Ahora, al fin, he vuelto a aceptar mi identidad, a pesar de la coincidencia con la baronesa, y a publicar con mi nombre. Que, en realidad, sí me gusta, porque es muy español, muy genuino, con un significado profundo y mágico, pero además me liga con mi familia, la de verdad, la que me ama y a la que amo (¿porque eso es una familia, verdad?).

    Aún así, aunque no quiero tener que volver a cambiar nunca de nombre, si no me quedara otra y me viera obligada a hacerlo, de todos los posibles, elegiría el que siempre usaba de pequeña: Helena, escrito así, a la griega. De todos modos, y después de lo vivido, es posible que, si se diera la circunstancia, conservara los apellidos e, incluso, que juntara ambos nombres, para que quedara algo así como Carmen Helena. Y no me suena nada mal, la verdad.

La Enésima Aventura

Un cuaderno de viaje con sueños, relatos y novelas en marchaHistorias vivas donde no serás espectador, sino acompañante de la aventura.

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