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  • Perdida

    Perdida

     Y ocurrió.

    Ya sabes, las cosas importantes, ocurren sin más.

    Pero sigue sorprendiéndome que no lo esperara.

    O que lo esperara sin esperarlo.

    ¿Tú lo entiendes?

    A veces creo que busco un imposible. Sencillamente, algo que no existe. Pero sé que está ahí, bajo la niebla, donde solo puede intuirse.

    A veces deseo nunca haberme perdido, pero solo entonces me doy cuenta que de ninguna otra manera, podríamos habernos encontrado.

    ______________

    Escrito en Palma el 31 de agosto de 2014

    No creo que tenga ningún valor ni como diario ni, por supuesto, literario. Pero, por algún motivo, he sido incapaz de resistir el impulso de rescatarlo y traerlo aquí.

  • Todo lo que no puedo escribir

    Todo lo que no puedo escribir

    Vamos a fingir, por un momento, que sé lo que estoy haciendo. Vamos a imaginar, aunque sea durante un ratito, que esto no es solo una fantasía y que hay alguna manera real —sí, he dicho real— de que todo esto nos lleve a alguna parte.

    Lo cierto es que ni siquiera sé cómo comenzar. Aunque a veces pienso que es mucho mejor no tener ni idea de hacia dónde tirar y sencillamente seguir avanzando.

    Anoche pensaba que, quizás, la mejor manera era empezar con una primera persona desde un apocalipsis. Ya sabes, como aquel relato que ya escribí hace años, que ni siquiera sé dónde está y que a duras penas recuerdo… Pero lo he buscado y sí, es tan intenso como creía recordar.

    Dime una cosa, cómo demonios lo hago para contar todo esto.

    Sí, ya lo sé, ese es mi trabajo, no el tuyo. Pero a mí me gusta escribir desde los personajes y en este caso no hay más personaje en la historia que tú y, si me apuras, a ratos yo…

    He pensado en traer de vuelta a Luz. Sí, como lo oyes, a Luz.

    Pero ella tiene su propia historia.

    Y hoy, en la ducha, cuando me has susurrado eso de que la historia que tengo entre manos es igual de importante que Non Serviam, solo que, ahora, en lugar de con una mitología ajena juego con un propia. Es decir, según tú, esta historia es la de verdad, es la historia de mi vida, lo que de verdad tengo que escribir, solo que no sé ni siquiera por dónde empezarla.

    Y sí, ya sé que es tan fácil como abrir el dichoso documento y escribir —escribirte—.

    ¿Dónde estás? ¿Otra vez en lo alto de un tejado, quizás? ¿En una maldita lancha en mitad de la nada? ¿Junto a la cama de una niña asustadiza? ¿Acosando a un joven que busca fortuna de pueblo en pueblo?

    Ahora me cuesta tanto imaginar —me cuesta tanto ver…

    Quizás, claro, no se trata de imaginar —ni de ver—, sino de sentir…

    Sí, así era… ya recuerdo…

    Sintamos…

    ******

    PS: Esto estaba como borrador en el blog y acabo de encontrarlo mientras trasteaba y trataba de poner algo de orden en el caos. No recuerdo en absoluto haberlo escrito, pero según WordPress lo hice hace cuatro meses.

    No me extraña en absoluto que no publicara, es uno de esos textos extraños que me salen de vez en cuando cuando garabateo sin demasiado sentido en mis cuadernos amarillos o en cualquier documento de word. Es de esos que me avergüenzo de escribir porque no sé de dónde salen y hacen que parezca que más que imaginación lo mío es trastorno mental de manual.

    Pero, qué queréis que os diga, será porque en estos meses he cambiado, porque ahora estoy más dispuesta a aceptarme tal y como soy o por el eclipse solar de hoy, pero, al leerla ahora, me ha parecido una entrada maravillosa de domingo. Así que aquí está.

  • Días perdidos, hallazgos inesperados

    Días perdidos, hallazgos inesperados

    Ayer estuve trasteando entre mis archivos viejos. No, no fue un ataque de nostalgia —aunque podría haber sido—, sino porque quiero reordenar el material que tengo publicado y ver, de lo retirado y almacenado, a qué se le puede dar una segunda vida, qué es mejor archivar, qué podría reinventarse e, incluso, qué puede ser una semilla de algo mayor.

    Perdí la mayor parte de la jornada en esa aventura, cosa que no es de extrañar dado mi estado físico y cómo me deja la medicación estos días, Y no, no encontré lo que había iniciado la búsqueda: el archivo de la maqueta en QuarkXPress de uno de los libros que tengo publicados y que contiene direcciones web y enlaces a blogs que ya no existen y que me gustaría actualizar. En cualquier caso, todavía me quedan dos cajas virtuales enteras en las que trastear, así que estoy bastante segura de poder encontrarlo.

    En cambio, sí que encontré un montón de material que había olvidado y algo menos tangible pero más impactante, al menos a mis ojos: la evolución de mis textos y mi voz. No era consciente de cómo había cambiado a lo largo de los años y, la verdad, me impactó, aunque es obvio pensar que, como en tantas otras cosas, el mero paso del tiempo cambia la escritura, el estilo, el tono, los temas de cualquier escritor…

    Esa es la otra cosa que me impactó, la consciencia —extraña, inesperada— de que soy una escritora. Es decir, de ningún modo concibo que se pueda percibir una evolución rastreable en la voz, tono, estilo, temas de los textos de nadie que no sea un escritor. Y, de pronto, he comprendido que lo que te hace o no escritor es esa voz, única —mejor o peor, ahí no voy a entrar—, que es propia y exclusiva pero que cambia, al igual que lo haces tú.

    Eso y la consciencia de escritura… Ni siquiera sé si esta expresión tiene sentido, pero me refiero a ese pensar sobre lo que se escribe desde diferentes puntos de vista, que van del estilístico al temático, pasando por el gramatical y hasta el ortográfico. La toma de decisiones conscientes sobre el uso de la puntuación, la elección de una u otra palabra, la extensión de las frases o los párrafos.

    Se trata, de alguna manera, de entender la escritura, por un lado, como la expresión del escritor, y que, como tal, cambia y evoluciona con él, pero también como actividad reflexiva, sobre los temas que trata, por un lado —sea uno mismo, como estos diarios míos o la existencia de los dragones— y, más allá de eso, sobre sí misma.

    Y, joder —y, sí, estoy eligiendo en este momento esta expresión, consciente de todas las implicaciones de esta elección o de la mayor parte de ellas—, de pronto el hecho de ser escritor se me antoja como el ejercicio de meditación más completo que se me ocurre.

    Y eso me encanta.

    Pero volviendo al mundo real, lejos de las reflexiones sobre si me gusta o no que el uso de conjunciones copulativas al inicio de frase sea una de mis marcas estilísticas con todo lo que esa elección conlleva, diré que, en mi aventura arqueológica entre textos viejos encontré al menos dos que he decidido rescatar y reutilizar en breve.

    El primero, un relato de zombies —sí, zombis—, que forma parte de otra cosa de la que puede que en otro momento hable, y que, por lo pronto se va a un concurso de Halloween.

    El otro es un texto raro, que pertenece a otra Carmen, otra vida, pero que creo que tiene algo que lo acerca a esta versión de mí y que, en un arranque de soy rebelde porque el mundo me hizo así he decidido publicar en pdf y repartir por ahí, no sé si como gancho para atraer gente al blog o solo porque me apetece. En fin, que cuando esté listo, por supuesto, lo compartiré por aquí también.

    La moraleja de todo esto es que, a veces, los días que parecen perdidos y las búsquedas en apariencia infructuosas, en realidad son todo lo contrario.

    ¡Feliz fin de semana!

  • Manual imprefecto nº 2: afirmaciones para escritoras en apuros

    Manual imprefecto nº 2: afirmaciones para escritoras en apuros

    El poder de las palabras que nos decimos

    Como buena amante de los cuentos, siempre me ha gustado la mitología, las leyendas, la fantasía y, cómo no, la magia. Y, sí, siempre me he mostrado abierta a creer en lo imposible, pero sin concretar demasiado. Ya sabéis, esa postura un tanto cómoda pero bastante hipócrita del que no acaba de de creer en nada, si siquiera en esa la ausencia de algo en lo que creer.

    En ese saco de las creencias y fantasías que, a lo sumo, surtían un efecto placebo, incluía mi yo de hace diez años prácticas como la meditación, la visualización o entre otras, las afirmaciones positivas.

    Y de las afirmaciones, precisamente, trata este artículo. Pero no solo de las positivas, de las negativas también. Y, concretamente, de aquellas que hacemos sobre nuestra escritura, el deseo de escribir o de dedicarnos a ello o sobre nuestros trabajos.

    Cuando la autocrítica bloquea

    Yo no sé tú, pero cuando yo empecé a plantearme con un mínimo de seriedad esto de escribir me hablaba fatal. No, no es que me dijera que todo lo que hacía era una mierda, qué va, de eso me habría dado cuenta. Era algo muchísimo más sutil. Era como si tuviera una lupa mágica que aumentara todos mis errores, grandes o pequeños, y los hiciera resaltar. En cambio, los aciertos, ni siquiera los percibía, o, en todo caso, consideraba que eran lo normal, lo que se esperaba de mí.

    Pensaba que el error debía castigarse duramente, pero el acierto no merecía celebración. Ahora sé que esa es una forma horrible de pensar.

    Esa manera de juzgarme está relacionada con el concepto que yo tengo de mí misma y lo que, desde mi punto de vista, debería saber y hacer a la perfección a tenor de lo que he estudiado, practicado, trabajado… Básicamente es como si, a mi modo de ver, el desempeño fuera la única muestra de conocimiento adquirido válido y el error, fuera cuál fuera su forma, número e importancia, invalidara automáticamente cualquier bagaje previo.

    Según esa lógica horrenda, el error debía castigarse duramente pero el acierto no merecía ningún tipo de halago o celebración, pues era lo esperable.

    Sí, lo sé —ahora, al fin, lo sé—, esa es una forma horrible de pensar. Y, de alguna manera, la Carmen del pasado también debía saberlo, porque solo aplicaba ese baremo a mí. Siempre —siempre, siempre— me he dedicado a ensalzar los aciertos y éxitos de los que me rodean y a quitar hierro a sus fallos. Conmigo, no obstante, no tenía piedad.

    Detectar el patrón y cambiarlo

    Esa manera de pensar y actuar, como es lógico, no me llevó a nada bueno. Al contrario, me bloqueé y el episodio de cerrazón duró, año arriba o abajo, una década. Y creedme cuando os digo que todavía tengo que hacer a diario mis ejercicios para no volver a caer en aquel ciclo de autodestrucción y bloqueo.

    A lo que voy es que, en algún momento me di cuenta de ese patrón de pensamiento y comprendí, por un lado, cómo había logrado bloquear cualquier halago o crítica positiva externa, ignorado éxitos y aciertos; y, por otro, cómo había magnificado cualquier error, real —y esto es lo más duro— o imaginario.

    Al traer a la consciencia ese patrón de pensamiento puede observarlo y, con mucha paciencia, calma y práctica, substituirlo por uno más agradable conmigo misma, más realista y, si se quiere, hasta más sano.

    Fue entonces cuando me di cuenta de que no había tanta diferencia entre las afirmaciones positivas y los mensajes que ahora me daba a mí misma, que valoraban cada pequeño éxito y evaluaban los errores y fracasos desde una perspectiva justa y realista.

    Afirmaciones para escribir con alegría

    En ese momento comencé a probar con afirmaciones positivas relativas a la escritura. No grandes frases del tipo «soy la mejor escritora del mundo» ni «todas mis obras son súperventas», sino cosas más adaptadas a mi día a día y necesidades como «me divierto escribiendo y creando historias y personajes». Ya sé, me diréis que si alguien escribe es porque le gusta y se divierte, pero resulta que yo me había olvidado de eso.

    Otra de mis afirmaciones favoritas es «cuanto más escribo más disfruto y más aprendo». También me gustan «cada historia en la que trabajo me ayuda a mejorar», «todas las palabras que escribo cuentan» o «mis historias conmueven y hacen disfrutar a mis lectores».

    La cuestión no es qué afirmación positiva usar, sino procurar que las palabras que te dedicas son amables y te ayudan a alcanzar las metas que te has propuesto.

    Una pequeña guía práctica

    Aquí tienes una lista de afirmaciones que puedes repetir, adaptar o transformar según tus propias necesidades creativas:

    Para confiar en tu voz

    • Cada palabra que escribo me acerca más a la escritora que quiero ser.
    • Mi voz narrativa es única y tiene valor.
    • Mis historias merecen ser contadas.

    Para abrazar el proceso

    • Escribir es un proceso y cada paso cuenta.
    • Me permito escribir mal en el borrador para escribir mejor después.
    • El error no me define, me enseña.

    Para celebrar los logros

    • Cada página escrita es un triunfo sobre la duda.
    • Todas las palabras que escribo cuentan.
    • El disfrute de escribir ya es un éxito.

    Para conectar con las lectoras

    • Mis historias conmueven y hacen disfrutar a mis lectores.
    • Mis lectores existen y me están esperando.

    Ejercicio abierto

    Escribe tu propia afirmación de hoy. Solo necesitas una frase amable y verdadera que te acompañe en tu escritura.

    Hoy me digo a mí misma:___________

  • Primer movimiento

    Primer movimiento

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  • Ronda de otoño

    Ronda de otoño

    El otoño abre la danza.

    La luz mengua, las noches se alargan y los velos entre mundos se diluyen. El equinoccio marca el inicio del primer movimiento de La danza de los mundos, un viaje marcado por la oscuridad que avanza y los secretos que se revelan.

    Serenata de la noche de brujas

    Cuatro amigas viajan a Ibiza convencidas de que han ganado un premio para celebrar Halloween. Ninguna imagina que esa será la última noche que pasarán unidas antes de que sus caminos se separen.

    Lo que empieza como una fiesta disfrazada de despedida pronto se tuerce: un conjuro improvisado abre la puerta a un lugar prohibido y, en medio de la tormenta, acaban entrando en un local donde nada es lo que parece. El licor que allí se sirve revela la verdadera naturaleza de sus anfitriones: seres de luz deslumbrante, criaturas nacidas de la sombra y otros con formas tan inquietantes como seductoras.

    Mientras sus amigas parecen dejarse arrastrar por ese mundo, Lorena lucha por mantenerse en pie. Contra todo pronóstico, recibe ayuda del más improbable de los anfitriones, aunque sus motivos resultan más oscuros de lo que ella imagina.

    Índice de capítulos

    Este índice se irá actualizando a medida que publique nuevos capítulos.

    ¿Te apetece bailar?

    Reacciones en fediverso
  • Rescatar un proyecto, rescatarme a mí

    Rescatar un proyecto, rescatarme a mí

    Escribo esta entrada con el último ápice de energía que me queda hoy. Estoy cansadísima y con mucho dolor, pero también alegre… Casi, diría, feliz. He recuperado un proyecto que llevo un año postergando, lo he rescatado del agujero en el que lo tenía guardado y lo he traído de vuelta como parte de este blog.

    Antes, esta historia se llamaba Sombra y era un Spin-off de una obra mayor, Ladrones de Almas, con la que no soy capaz de reconciliarme. Pero el universo de esas obras, Atiskaya, es demasiado bonito para tenerlo secuestrado y escondido, lejos del público que lo pueda disfrutar.

    No es una historia para todo el mundo, eso lo sé. Y ni siquiera me siento segura de cómo me siento al saber que he escrito esto. Hay una relación de amor/odio y bastante vergüenza y autofustigación con esa historia. Pero algo tengo claro, repito, no puedo dejar el universo en un cajón.

    Así que lo he rescatado, lo he desempolvado y lo he convertido en historia por entregas en el blog, con la idea de que, quizás, si lo comparto aquí, aunque sea solo entre suscriptores, puede que me vuelva a ilusionar, me obligue a actualizar la historia y —ojalá— continuarla y convertirla en libros (me he pasado el día soñando a lo grande y ahora no tengo fuerzas para explicar todas esas ideas, pero creedme, cualquier proyecto de autoedición que imaginéis se queda corto frente a mis fantasías)

    En fin, que, si os apetece leerlo, lo he puesto aquí, con acceso solo para suscriptores. Y lo he rebautizado como La danza de los mundos. Veremos que acaba saliendo de aquí…

  • Preludio

    Preludio

    Los humanos no sois los únicos habitantes de este mundo. 

    Ese mundo que creéis vuestro y tan bien pensáis conocer no es más que una pequeña parte de uno mucho mayor, tan grande como todo un universo. Un mundo formado por cientos de mundos, más o menos similares al vuestro, íntimamente conectados entre sí, y también al que habitáis, aunque sean invisibles a vuestros ojos. Ese mundo hecho de mundos, al que pertenecéis, sin verlo ni saberlo, es fundamental y decisivo en el destino de la humanidad.

    Son muchos los nombres que ha recibido. Tantos como tradiciones, religiones, filósofos o gurús han hablado de él. Nosotros lo conocemos como Atiskaya. Y al mundo humano, que es una parte de él, lo llamamos Reino Material, aunque es solo uno más de toda la región conocida como Reinos Intermedios a la que pertenece. 

    Por encima y por debajo de los Reinos Intermedios, existen otros reinos, infinitos en su número y características, que conforman los Reinos Superiores e Inferiores. El conjunto de estas tres regiones, su movimiento perpetuo y las relaciones entre ellos, constituyen y moldean todo lo que ha sido, es y será. Y eso es Atiskaya, un universo en pleno, más allá del tiempo y del espacio, cuyas leyes lo rigen todo, aunque lo desconozcáis e ignoréis.

    Muchos han sido también los intentos en el Reino Material por describir Atiskaya y los seres que lo habitan. Pero su existencia parece escapar a vuestra comprensión, por más que vislumbréis su realidad. En vuestros tiempos más antiguos, muchos pueblos hablaron de mundos superiores habitados por dioses, de espíritus de la naturaleza que convivían entre vosotros o de inframundos llenos de seres capaces de desencadenar las peores catástrofes. Claro que, a día de hoy, muchas de esas descripciones se han perdido en la bruma del tiempo, otras se califican de mitos, muchas se menosprecian y tantas más son malinterpretadas. En la actualidad, la mayoría de las descripciones que los humanos hacéis de Atiskaya o bien se exceden en su simplicidad o bien niegan directamente la existencia de mundo alguno más allá del conocido.

    De todas las definiciones de Atiskaya que siguen vigentes, quizás las más aproximadas las podamos encontrar en las antiguas tradiciones de esa región situada en lo que llamáis Oriente, que hoy conocéis con el nombre de India, de las que beben religiones y filosofías todavía en activo, como el budismo, el hinduismo o el shivaísmo, y otras, que ya forman parte del pasado humano, como el mitraísmo, el zoroastrismo o el orfismo. 

    Ninguna de esas tradiciones es exacta ni las tomáis demasiado en serio. Quizás sea porque hace demasiado tiempo desde la última vez que los seres de otros reinos caminaron sin camuflaje de clase alguna entre vosotros. Pero esos seres, y no otros, fueron los antiguos dioses y demonios; los daimones, genios e Ifrits; los manes, lares y penates; los titanes y olímpicos; los señores del Duat; los regentes de An, Ki, Absu y Kur; los devas y asuras; los espíritus de la naturaleza, los de los cielos y los poderosos dioses ctónicos primitivos… Cada uno perteneciente a uno de los miles de reinos existentes, cada uno distinto, pero todos igual de importantes para la historia que os ha traído hasta aquí. En su honor y nombre vuestros antepasados levantaron templos, fundaron religiones, libraron guerras, crearon ciudades, derribaron imperios… 

    Pero, por supuesto, hace mucho que los humanos olvidasteis la verdad del universo maravilloso al que pertenecéis y de los magníficos seres que lo habitan. Aunque, para bien o para mal, ni Atiskaya ni ninguno de sus habitantes se ha olvidado de los hombres y mujeres que pueblan vuestro mundo.

    La magia sigue entre vosotros, aunque solo unos pocos la veáis y muchos menos podáis o queráis entenderla.

    L’Orien

  • Lo que me salva estos días

    Lo que me salva estos días

    Este verano pensaba que este blog corría el riesgo de acabar en mi particular almacén de blogs archivados. Resultó que, tras el fallecimiento de mi padre, se me secó la escritura. No había modo de juntar frases, palabras, ni letras… Nada. Sencillamente, era incapaz de escribir.

    Después, en algún momento, no sé si por acumulación de circunstancias o por casualidad, hice algunos vídeos sobre lo que estaba viviendo. Sin guion, claro. Todo con tal de no escribir. En todo caso, sí fue una manera de canalizar el dolor, de sacarlo fuera, de soltarlo.

    Pero creo que eso no fue suficiente. Casi de inmediato mi cuerpo me traicionó y se rompió. Al dolor emocional, se sumó el físico. Dejé los vídeos. Y seguía sin poder escribir. O, al menos, no en el blog. Ni la novela esa que arrastro desde antes de que existiera el editor de bloques de WordPress. Ni relatos. Nada.

    La imposibilidad de moverme me devolvió a mis cuadernos de páginas amarillas, como aquellos que salen en las pelis americanas —sí, soy así de tiquismiquis con la papelería, como si cada cuaderno pudiera ser el elegido para mi nueva gran obra—, pero, hasta entonces, solo podía escribir sobre el dolor físico, el paisaje, la rutina, que no era tal, del verano.

    Tal era el estado, que hasta dejé de soñar. Las noches pasaban en blanco. O, mejor dicho, en negro, porque mi sensación, cuando no sueño, es como que se apaga la luz y la sala —¿o la pantalla?— se queda a oscuras.

    Pero hace unos días, pocos, (ocho, para ser exactos), salieron palabras.

    No las escribí en el susodicho cuaderno amarillo, que está más lleno de garabatos que de texto. Ni tampoco en el blog. Qué va, las escribí en una plantilla de TikTok.

    Ni siquiera me molesté en montar el vídeo en un editor, usé el de la propia aplicación. Básicamente, echaba de menos cómo me sentía en verano, antes del dolor físico, cuando aquellos vídeos eran una válvula de escape para todo aquel otro dolor, más denso, más pesado, peor, que ahora se me acumulaba en el alma.

    Así que publiqué aquel vídeo en TikTok. También lo convertí en entrada del blog. Y al día siguiente publiqué otro vídeo. Después un estado. Otra entrada. Algo en Instagram… Y, en algún punto, volvieron los sueños. Y, sin que me diera cuenta, volvió también la escritura.

    El dolor no se ha ido, ni el del alma, ni el del cuerpo. Pero han vuelto los sueños y también las palabras.

    Estos días, el dolor físico ha sido fuerte. Mucho. También he empezado con medicación a la altura del dolor, lo que me deja en una suerte de limbo extraño. Aunque, es curioso, ese espacio liminar en el que se alivia el dolor del cuerpo parece aliviar también el dolor del alma.

    No me malinterpretéis, no hay arsenal de pastillas capaz de anular el dolor por la pérdida de un ser querido. Y, de existir tal remedio, no sé si querría tomarlo porque, me temo, lo sentiría como una traición al amor sentido. Creo que, de algún modo, ese dolor y aprender a reconocer en él el amor hacia aquella persona, su recuerdo y, en cierto modo, su presencia, que sigue en ti, es algo hermoso. Porque lo bello no es opuesto a lo doloroso, sino que a veces, incluso, ambos son complementarios.

    Pero, en todo caso, esta medicación, que me transporta a otro estado en el que el dolor, físico y emocional, sin desaparecer, se transforma en circunstancia y deja de ser centro y eje de todo, parece haber sido la chispa que necesitaba para que las palabras volvieran, y, sobre todo, el blog se salvara.

    Aunque, ahora mismo, no sé si debería decir que es el blog el que me está salvando a mí, porque no hay manera de explicar el bien que me está haciendo estar entretenida con la reorganización del contenido, el diseño, la creación de páginas, de menús…

    Sí, el dolor sigue, implacable, igual que yo sigo aquí, sentada, enchufada a una almohadilla de calor, entre pastillas e infusiones, con música suave de fondo y los contornos de mi campo visual difuminados y la sensación de estar navegando en un mar en relativa calma.

    Mi realidad se ha vuelto sueño —tanto que me quejaba yo de no soñar…— y en esta particular aventura este blog es, si no mi centro, mi sextante o hasta puede que mi ancla. Es, en pocas palabras, esa cosa que me importa lo suficiente como para esforzarme en ella a pesar del subidón farmacológico y el dolor, pero al mismo tiempo es lo suficientemente intrascendente como para poder hacerlo en este estado en el que ni siquiera soy capaz de caminar en línea recta.

    Debo decir que, a pesar de todo este desastre existencial, hay una parte de mí —una bastante morbosa y retorcida, cabe señalar— que está «disfrutando» de encarnar el mito del escritor adicto al psicotrópico de turno. Menos mal que, otra parte de mí —más sensata— teme engancharse a la medicación si tanto me ayuda con soltar la escritura, después de tanto tiempo de absurdos bloqueos y atascos.

    Aunque, lo importante aquí, supongo, es seguir adelante. Si ahora la medicación y el blog ayudan, pues medicación y blog. Ya, una vez pasado el bache, ya nos ocuparemos de los daños colaterales y, quién sabe, quizás hasta puede que del trance salga un librito testimonial de cómo dejé las drogas legales que me salvaron del dolor y reactivaron mi escritura sin dejar de escribir.

  • Manual imprefecto nº1: Escribir como acto de amor propio

    Manual imprefecto nº1: Escribir como acto de amor propio

    A lo largo de los años he aprendido algunas cosas sobre eso de conseguir objetivos. Y no, no es porque haya alcanzado todo lo que me he propuesto, sino, al contrario, porque, aunque he logrado algunas cosas, otras no he podido conseguirlas. Ha sido a través de la comparación entre unas y otras que he podido notar algunos patrones que, a mí, me sirven a la hora de ir a por mis metas.

    Por supuesto, nunca, hasta ahora, había aplicado nada de todo esto a la escritura, ni mucho menos a la absurda idea esa que siempre ha rondado por mi cabeza de dedicarme a esto de escribir historias de forma profesional. Pero sí que las he aplicado a los estudios, a mi carrera profesional como profesora, a la obtención de mi plaza de funcionaria…

    Si os fijáis en el párrafo anterior, yo era el primer filtro que superar para conseguir esas metas. Jamás cuestioné la importancia o validez de mis estudios, ni del trabajo de profesora, ni de los procesos de oferta de empleo público, ni de la oposición; en cambio, sí que cuestionaba la de la escritura y ya no digamos la de dedicarme a ella como actividad profesional. Por eso mismo, el enfoque en unos y otros casos nada tenía que ver.

    Cuando estudio, por ejemplo, mis estudios siempre son una prioridad. En ningún momento y bajo ninguna circunstancia me planteo postergar una tarea o hacer cualquier cosa que no sea la que toca en ese momento según mi calendario académico.

    Para que os hagáis una idea, mientras estudiaba la licenciatura, podía no poner la lavadora durante un mes —y vestir de formas muy raras con lo que quedaba en el armario—, comer y cenar a base de arroz hervido precocido con atún, sopas de sobre y cualquier cosa que se metiera en el microondas y dejar la decoración de navidad hasta marzo porque enero y febrero son época de exámenes. En todo caso, si en algún momento había una urgencia, o algo ineludible, los aplazamientos siempre iban acompañados de un plan de recuperación.

    Lo mismo con los procesos públicos de ocupación, acumulación de puntos para listas de interinos, oposiciones, etc. E igual con el trabajo.

    Y sí, he compaginado trabajo y estudios desde que empecé la universidad, así que priorizar ambas cosas ha sido un reto en muchas ocasiones. Pero siempre, siempre, han sido prioridades.

    Con la escritura… Bueno, no, con la escritura, no.

    La escritura, para mí, siempre ha sido algo que no puedo evitar hacer, aquello que sencillamente soy. No es una prioridad, porque no es algo que pueda eliminar o postergar. ¡Por favor, pero si hasta escribo en servilletas y —no me juzguéis— en papel higiénico si la idea viene en un momento en el que no tengo nada mejor a mano.

    Y, supongo, por eso, nunca pensé en priorizar nada, salvo, quizás, en algunos momentos, la promoción. Pero, no os voy a mentir, en esas ocasiones, no sentía que fuera la escritura lo que ponía por delante de nada, sino el negocio, las ventas. Y eso se sentía mal, incluso sucio.

    Ahora, solo ahora, entiendo que la promoción no es priorizar las ventas sino la propia escritura porque parte de escribir —me guste o no— es ser leída.

    También solo ahora entiendo que, por más que las palabras me salgan por los poros, ordenarlas es imprescindible. Y esa necesidad de orden tiene que priorizarse en la misma medida que los estudios o el trabajo. O, incluso, más —aunque todavía me cuesta demasiado pensar en esto, por más que de cada día lo siento más cierto e inevitable—.

    Al final, no sé cómo, he comprendido que poner por delante la promoción o el tedioso trabajo de ordenar mi caos no es otra cosa que honrar mi escritura. Y si, al final, como he dicho, escribir es no solo lo que hago sino la más pura esencia de lo que soy; honrar mi escritura, a través de la priorización de esas tareas en apariencia tan vacías y anodinas, no deja de ser la mejor manera de honrarme a mí misma.

    Por eso, al dejar de lado la escritura, y todo lo que conlleva, y ese sueño en apariencia absurdo de vivir de ella, lo que estaba haciendo era, ni más ni menos, que dejarme de lado a mí.

    El pensamiento del día es, pues, que el éxito depende de ser capaz de priorizar aquello en lo que deseas ser exitoso. Aunque, quizás, solo quizás, lo más destacado no es ese obvio truco barato, sino, el mensaje que late debajo: El verdadero éxito es ser capaz de comprender quién eres para que tus prioridades, y consecución de metas, sean verdaderamente valiosas, en esencia, y no solo en apariencia.

    Al final, tal vez, el verdadero éxito, el de verdad de la buena, no pasa por lograr meta u objetivo alguno, pues esos serán efectos colaterales del mismo. No, el éxito de verdad, me temo, es conocerse a uno mismo, amarse, con luces y sombras, aprender a honrarse, y, por lo tanto, priorizarse. Porque si te amas —igual que cuando amas a otra persona— es imposible poner por delante cualquier otra cosa que no sea el objeto de ese amor.

    Así que, si hoy dudas sobre a qué dedicar tus horas o qué poner delante, recuerda que priorizar la escritura es priorizarte a ti.

  • Manual imprefecto nº 0: escribir a pesar de todo

    Manual imprefecto nº 0: escribir a pesar de todo

    Bienvenides al «Manual imprefecto de una escritora en apuros» (sí, está mal escrito, y sí, es a propósito) o, para abreviar, Manual imprefecto.

    Aquí no vais a encontrar grandes teorías de escritura, ni fórmulas mágicas para publicar superventas en tres meses —ni en tres años—.

    Lo que encontraréis es otra cosa: confesiones, trucos de supervivencia, reflexiones con café frío y notas garabateadas en servilletas. Dicho de otro modo, mis trucos y aprendizajes acumulados a lo largo de los años sobreviviendo a la pulsión ineludible de escribir. Algunos son más útiles, otros menos. Unos te ayudarán a centrarte, otros a desestresarte, otros a tener ideas cuando las musas se van de vacaciones y muchos a mantener el foco en lo que quieres, aunque, lo sé, lo olvidamos constantemente: escribir, sencillamente escribir, y que eso sea el centro de tu vida.

    No te aseguro que vayas a conseguir absolutamente nada. Puede que no escribas más que antes ni que tengas más o mejores ideas por seguir las recetas de este manual con complejo de grimorio. Mucho menos te prometo que publicar resulte más fácil, ni que ganes lectores, ni que aumenten las ventas o suban tus seguidores y alcances la fama.

    Estas páginas no van de esto.

    Ni siquiera es un manual para mejorar tu escritura y acercarte un poco más a aquella estupidez de la perfección. Ni tampoco pretende que superes el síndrome del impostor, el de la página en blanco, el del bloqueo por éxito ni ningún otro que puedan sacarse de la manga.

    Es todo mucho más sencillo.

    Este es, sin más, un manual para escribir —y seguir escribiendo— a pesar de todo y de todos.

    Espero que te sea útil. Al menos, a mí, me lo está siendo.

  • Después de la tormenta, quedan las palabras

    Después de la tormenta, quedan las palabras

    Ayer pensaba en hacerle un cambio de imagen al blog. Bueno, más que solo pensar, estuve trasteando con la plantilla, intentando hacer secciones, una presentación, una página sobre mí mínimamente decente, otra con mis libros publicado y demás. Ya sabéis, para darle un aire no sé si más profesional o más de «ir en serio», aunque la experiencia me dice que cuanto más en serio voy con algo, peor lo hago y más me bloqueo.

    En fin, que me dio por ahí, seguramente también porque mis actividades ahora mismo se limitan a las que puedo hacer sentadita, con la almohadilla eléctrica a la espalda dándome calor y, a poder ser, relajada. Claro que, también podría leer, pero eso depende más de la medicación, que tiene la odiosa costumbre de hacer que, a veces, las letras se muevan. Mover bloques en el editor de WordPress, obviamente, requiere menos detalle que la lectura —y, por suerte— vivimos en la era del auge del audiolibro. Escuchar y dictar, por cierto, se han convertido en mis actividades favoritas cuando leer y escribir son habilidades temporalmente fuera de servicio.

    A lo que iba, que me voy por las ramas con las divagaciones y nunca llego a puerto: Intenté remodelar y, como puede verse con un solo vistazo, fracasé. Bueno, al menos, en lo que respecta a la reorganización del blog, porque algo de provecho sí que saqué de la malograda aventura de rediseño.

    Por un lado, comprendí que si mi idea no termina de cuajar es porque el contenido del blog, ahora mismo, no da para secciones. O, al menos, no para secciones relevantes. Y crearlas solo para añadir un sobre mí y una página con mis libros me resulta, como poco pretencioso. Así que, en primer lugar, se trata de añadir el contenido que quiero que forme parte de las secciones y, cuando sea suficiente, crearlas y, si entonces me parece algo menos ególatra —atendiendo que me paso los días escribiendo sobre mí, no será difícil llegar a ese punto…—, crear esas dos páginas o secciones o lo que sea, sobre mí y mis libros.

    Por otro lado, mientras barruntaba sobre cómo traer el contenido que tengo por otros lares para crear las susodichas secciones que todo lo empezaron —bueno, no, en realidad todo lo empezaron los bloques, pero mejor dejar los detalles sobre eso para otro momento—, como el primer relámpago que rompe la noche antes de que nadie sospeche incluso que se acerca una tormenta, se me ocurrió una idea para escribir textos de ficción —¿entradas sueltas? ¿series? ¿relatos? capítulos?— exclusivos para el blog. Así los otros proyectos seguirán sus caminos —quizás hasta que cree el tan temido sobre mí…— y este blog tendrá su proyecto propio.

    Tan buena me pareció la idea que no solo la apunté donde anoto todas esas ideas que se me ocurren y que no sé si llegarán algún día en convertirse en texto, sino que también me la envié a mí misma por correo electrónico, decidida a que la entrada de hoy en el blog fuera ya, directamente, sobre el tema en cuestión. Y, por si sonaba raro pasar de golpe y sin aviso del diario a la ficción descarnada, escribir una introducción breve, que rompiera el hielo, y sirviera, de paso, de aviso a lectores desprevenidos.

    Lo más asombroso, no obstante, fue que, tan rápido como tomé esa decisión, un nuevo relámpago, acompañado ahora de un estruendoso trueno partió en dos el cielo nocturno. Fue el anuncio definitivo del chaparrón despiadado que, acompañado de violento viento, cayó sobre mí y me desarmó.

    Dejé de anotar ideas y de autoenviarme emails en el momento en el que el sonido de un trueno solapaba al otro y me limité a disfrutar de la tormenta. Cómo me gustan las tormentas, sobre todo si son nocturnas, y cuánto hacía que no vivía una similar…

    Lo más importante, sin embargo, no es la cantidad de agua, ni la fuerza del viento, ni cómo los relámpagos iluminaban el cielo nocturno ni el tremendo estrépito de los truenos… No, lo importante es todo lo que la experiencia dejó, cómo se limpió la atmósfera, se relajó el ambiente y el agua y el viento arrasaron con todo lo que no debía estar allí, con todo lo que sobraba.

    Y no, no estoy hablando de meteorología.

    Aviso a navegantes: Mi libreta de notas está llena —la última reza «comprar nueva libreta» y mi bandeja de correo llena a rebosar con mensajes que me he enviado yo misma. La idea, ahora mismo, es subir la apuesta a dos entradas de blog al día, la de diario, ya tan acostumbrada, y la que surja de la tormenta. En cualquier caso, no prometo nada, salvo disfrutar del espectáculo natural de cada tormenta, cada sequía, cada tornado, cada ola de calor, cada nevada, cada fuerte ráfaga de Tramuntana y, por supuesto, contároslo.

    Y no, ahora tampoco hablaba de meteorología…

  • Acepto dolor como animal de compañía

    Acepto dolor como animal de compañía

    Ayer tuve médico.

    Volví a casa cargada de pastillas y una brújula que apunta a un diagnóstico que no me hizo ni pizca de gracia: Fibromialgia.

    Como digo, no era un diagnóstico, solo una orientación. Faltan más pruebas, muchas más, me temo, y ver cómo funciona el arsenal de pastillas que me han recetado y que me da pánico tomar.

    Y sí, ayer estuve mal. No solo físicamente —que también— sino emocionalmente. Esa orientación diagnóstica, que no es nada, pero dice mucho, me sentó como una patada en el hígado.

    Pero hoy me he levantado optimista. Hasta feliz, diría. Bueno, vale, no me he levantado así, las primeras horas de la mañana siempre son terriblemente rígidas y dolorosas, pero cuando el movimiento suaviza la rigidez y la almohadilla de calor matiza el dolor hasta hacerlo soportable, es cuando puedo empezar a ver realmente cómo estoy. Y, vaya, teniendo en cuenta todo el cuadro, diría que, al menos emocionalmente, estoy bien.

    No, no penséis que mis nuevas drogas han empezado a obrar milagros anímicos, aunque todavía no físicos, porque no he empezado a tomarlas. Necesito concienciarme, qué queréis que os diga.

    Es más bien que, de todos los diagnósticos posibles, ese de la fibromialgia es de los menos malos. Doloroso, sí. Difícil de sobrellevar, sí. Pero pensad que leéis a alguien que carga con, al menos, una enfermedad autoinmune que afecta a los órganos internos y a los vasos sanguíneos y que ya ha tenido que ser intervenida una vez del corazón. Alguien que depende de la medicación para seguir con vida. Si esto de ahora lo único que provoca es dolor, pues bueno… tan malo no es, ¿no?

    Hoy, no sé cómo ni por qué, tengo la certeza de que superaré esto, que aprenderé a vivir con ello, igual que he aprendido a vivir con todo lo demás. Y que, a la larga, acabará siendo solo una circunstancia más de tantas, que conforman quien soy, sí, pero que no me definen por sí mismas.

    Así que, sí, mañana sumaré el nuevo arsenal de pastillas a mi ya nada desdeñable provisión diaria, seguiré a pies juntillas las instrucciones de dieta, estiramientos, estilo de vida y demás y, sobre todo, me enfocaré en volver a ese punto de equilibrio, que es mi normalidad, en el que me encontraba antes del desastre.

    Por supuesto, porque una es como es, no me quedaré con un montón de pastillas y cuatro trucos de día a día para salir de aquí. Buscaré un psicólogo, para empezar. También probaré con la rehabilitación, la acupuntura, el yoga suave, la meditación y la homeopatía y todo lo que haga falta.

    En fin, que tengo la firme convicción de superar este bache, convertir la experiencia en conocimiento y seguir adelante, siempre adelante.

  • Una brújula cuántica

    Una brújula cuántica

    Llevo un rato con el editor de WordPress abierto y la mente en blanco. Tanto rato, que sin darme cuenta de lo que hacía he cogido el móvil y he empezado a mirar vídeos. Tanto, tanto rato, que he llegado a pensar que, quizás, hoy no tocaba escribir.

    Por suerte, una idea ha atravesado mi mente a oscuras como una brillante estrella fugaz y me ha asaltado el recuerdo de las decenas —¿cientos?— de veces que he abierto este mismo editor, o alguna de sus versiones anteriores, no porque tuviera algo que contar, sino para descubrir qué demonios me estaba pasando en ese momento, qué sentía, qué pensaba.

    No se trata de eso tan manido de «la inspiración llega trabajando», aunque creo firmemente que es cierto. Es algo más curioso, hasta, tal vez, raro. Es que muchas veces, quizás demasiadas, no sé qué siento en realidad, ni qué pienso sobre algo, hasta que no me pongo a escribir y no precisamente sobre ese pensamiento o sentimiento en cuestión, sino sobre cualquier cosa.

    Es algo parecido a lo de las páginas matutinas de Julia Cameron (aprovecho para recomendar su Camino del Artista y El camino del Escritor y El camino de la Escritura, aunque me suena haberlo hecho ya en algún otro lugar, en algún otro momento).

    Lo que Cameron llama páginas matutinas y que define como un flujo libre de conciencia sin filtro ni juicio alguno, es a lo que yo, de toda la vida, he llamado escribir, sin más y, para mi suerte —no sé su buena o mala— es algo que he hecho en todo momento desde que recuerdo: Escribía mientras estaba en clase en el cole de monjas o en el instituto público, en casa por las tardes, cuando se suponía que tenía que estudiar, en el bus, en el avión, en el barco…

    Creo que escribir es mi manera más auténtica de ser —y de estar… y de existir—. Es más, creo que sin la escritura no solo no soy ni estoy, sino que no existo. ¿Cómo voy a existir sin ella, si generalmente no sé qué me pasa por dentro hasta que no lo plasmo en palabras, sea a mano o a máquina, sobre el papel o en una pantalla?

    Es un poco como aquello de Schrödinger y el gato y la caja… Mientras no lo escribo nada y todo es al mismo tiempo. En el momento que lo plasmo, la realidad se concreta. Como con el tema ese del observador en física cuántica…

    Y si es así, y estoy remotamente en lo cierto, aunque sea por pura casualidad o coincidencia, la cuestión es que de nada sirve pensar o planear lo que se quiere escribir, porque, al final, es el acto mismo de la escritura el que manda. Así, todo pensamiento y planificación al respecto lo único que hace es abortar la creación a través de la limitación de las posibilidades creativas y de la realidad que del acto de creación surja.

    Por supuesto, podéis decir que la escritora brújula que tengo dentro es la que dirige esta disertación y que jamás permitirá que apunte en contra suya. Es posible. Pero también lo es que la realidad sea más mágica —más cuántica— de lo que pensamos. O que, precisamente por eso, tu realidad y la mía sean directamente opuestas, pues es distinto el sujeto que la observa.

    En cualquier caso, una servidora ha pasado en diez párrafos —contando el actual— de la página en blanco y el encefalograma plano de la observación de vídeos a describir que, al final, no le parece tan mal eso de ser una brújula y que, al final, es posible que lo único que tenga que hacer sea dejar de darle tantas vueltas a la historia aquella y, sencillamente, lanzarse a escribirla.

  • Manzanas rojas

    Manzanas rojas

    Hay cuestiones que no deben airearse. Temas de los que es mejor no hablar en público. Asuntos que deben quedar en familia.

    Así me lo enseñaron.

    Y yo me lo creí.

    Por eso, creo, a veces me cuesta tanto escribir. Y no hablo solo de esa escritura del yo, tan de moda, diarística, epistolar, asquerosamente confesional, que tan a menudo practico —hasta cuando no quiero—; la que se encuentra en mis blogs, la que se me desborda cuando el alma se colma, sea por una gota de más, sea por diluvio a destiempo.

    Qué va, no hablo de esos textos íntimos y personales. Hablo, sobre todo, de la ficción, porque, me guste o no —y por feo que suene— cuento más verdades en mis relatos y novelas que en mis diarios.

    No es casual, por ejemplo, que la mayoría de mis personajes sean huérfanos. Yo lo soy. Y no hablo del padre adoptivo que se me ha muerto hace poco, no. Hablo de la familia que me abandonó —quizás debería decir vendió—de recién nacida.

    Tampoco lo es que el conflicto con la figura paterna sea central en mis historias, porque lo ha sido en mi vida.

    Ni que mis personajes estén desterrados, sean unos parias o hayan olvidado su auténtica identidad. Porque esa también soy yo, o así es, al menos, como me siento. Como siempre me he sentido. Como una planta trasplantada a un lugar que le es ajeno, en un entorno en el que desentona, con un clima desfavorable: Extraña. Incorrecta. Mal.

    No debo hablar de que me adoptaron —compraron— de recién nacida. No tengo que hacerlo, aunque todos ellos lo hayan hecho a lo largo de mi vida mientras a mí me mantenían en la inopia. No debo contarlo, aunque hasta mis veintiocho años todos lo supieran —to-dos—, salvo yo.

    No debo hablar de las reacciones cuando pedí explicaciones, de cómo se me hizo sentir culpable a mí por haber ido a buscar la prueba documental de lo que siempre de algún modo había sabido, pero que se suponía que no tenía que descubrir jamás. No tengo que hablar de cómo no he podido indagar sobre quién soy. No tengo que explicar que siempre he tenido que fingir, que interpretar un papel, para que nadie se sintiera mal por mi presencia.

    Tampoco está bien que cuente cómo se me ha señalado por dedicarme —o intentarlo— a escribir. Cómo todos esos juicios, esas acusaciones, me han bloqueado y me han hecho sufrir durante años.

    Ni tendría que decir nada de cómo se me ha juzgado por leer, estudiar, enseñar… ¿Dónde se ha visto una mujer con vocación académica, con gusto por las letras, por la cultura?

    No tendría que decir nada de todo esto igual que no tendría que decir que mi padre me dejó prácticamente fuera de su herencia —y no vengáis con rollos sobre que las legítimas no se pueden quitar porque hay muchas formas para que los bienes no computen en esa cuenta y, además, la legislación de Baleares es algo más agresiva que la del resto del estado en ese aspecto—. Tampoco tendría que decir nada de cómo me ha tratado mi madre durante todo este proceso de la herencia desde que mi padre falleció hasta hoy, que hemos firmado la escritura de aceptación.

    Y sobre esto, no diré nada más que lo ya dicho hasta aquí. Al fin y al cabo, soy su hija, pero no en términos normales… Soy un juguete muy mono en su infancia que creció y dejó de ser útil cuando demostró tener personalidad propia. Una mascota. Ahora entiendo, al fin, por qué se llama con tal naturalidad adopción al hecho de quedarte con un animalito de una protectora o en esas campañas de búsqueda de hogar para animales de compañía.

    Lo único que puedo decir ahora es que, al fin —¡He necesitado tanto tiempo!—, comprendo la causa de todo ese rechazo, igual que entiendo que la culpa no es mía: sencillamente, crecí y el ser humano resultante no era el que esperaban.

    Imagino que para ellos fue como criar un árbol frutal: compras un melocotonero, con todo el amor e ilusión del mundo. Lo siembras, lo riegas, lo podas y fumigas si es necesario… El árbol crece y con él la ilusión y ganas de ver sus primeros frutos, poder recoger y saborear los primeros melocotones. En algún momento, empiezas a ver cosas raras, el color de las hojas no es el esperado, o la forma, o el tamaño… Pero piensas que es una cuestión del tipo concreto de melocotonero que has comprado… Hasta que un buen día ves los primeros frutos, los observas crecer y algo no te cuadra… Tu melocotonero está dando manzanas… Intentas corregirlo, pruebas mil y una cosas que te recomiendan, para que tu arbolito te ofrezca los anhelados frutos que tanto esperabas. Pero no importa lo que hagas, porque tu árbol frutal resultó ser un manzano. Y tú, por desgracia, odias las manzanas.

    No cortarás tu árbol y no lo arrancarás de raíz —en este supuesto, digamos, es ilegal—. Tampoco lo devolverás, porque no hay dónde hacerlo. En cambio, dejarás de cuidarlo con el mismo mimo y, a lo sumo, tratarás de sacar partido a esas asquerosas manzanas. Quizás puedas hacer mermeladas y venderlas. Tal vez, si haces tartas… A los vecinos les gusta la tarta de manzana, puede que el arbolito sirva para mejorar tus relaciones. Al fin y al cabo, qué más vas a esperar de un maldito y asqueroso manzano.

    Todo eso por no hablar del dolor, la pena, de no haber conseguido el tan deseado melocotonero…

    Así que, sí, todo este dolorosísimo proceso me ha servido para comprender y asumir que soy un lindo gatito que creció y, ya de adulto, resultó no ser tan bonito. Soy un árbol frutal que ofrece los frutos incorrectos para el jardín al que me trasplantaron. Soy lo que sobra. Y lo que, en todo caso, está mal.

    Y todo, que duele horrores —vamos si duele…— ha resultado, por fin, liberarme.

    Si soy un manzano, quizás sea el momento de asumirlo y empezar a comportarme como tal. Como manzano, al fin y al cabo, nunca se me aceptará y no importan en absoluto lo que haga.

    Así que ya da igual si algo debe o no debe contarse según las normas sociales aplicables a los melocotoneros: ¡Yo soy un puto manzano! ¡Mis frutas son manzanas! Manzanas hermosas, redondas, dulces, rojas… Y, obviamente, jamás podrá ser ni el peor de los melocotoneros, porque nunca he sido uno de ellos. Eso sí, como manzano, queridos, como manzano soy jodidamente preciosa.

    Y ya da igual si algo debe o no contarse.

    No importa si está bien o mal seguir estudiando a mi edad.

    Tampoco importa si escribo o no, ni qué escribo, ni dónde, ni cómo.

    Mucho menos importa de qué tratan mis textos, mis libros, porque sea ficción o no lo sea, siempre, al final, acabo hablando de mí, de mi mundo, de mis dulcísimas y rojas manzanas.

    Y el otro día le dije a alguien que mis textos confesionales solían tener tanto de realidad como de ficción, por no decir que, a veces, la segunda, gana a la primera, porque la realidad suele ser asquerosamente aburrida y necesita sal y especias para lucir.

    Por una vez, digo con la cabeza bien alta, que aquí no hay nada de ficción, solo realidad.

    Dolorosa, cruda e incómoda realidad.

    O, si lo prefieres, un buen cesto lleno de bonitas y sabrosas manzanas rojas.

  • Nunca despierto antes de terminar la misión

    Nunca despierto antes de terminar la misión

    Esta noche ha llovido y, por lo que se ve desde la ventana, no han sido solo cuatro gotas. Debe haber descargado con ganas, pero no me enterado. Con lo que me gusta a mí un buen chaparrón nocturno. O, mejor, una tormenta, con sus truenos y relámpagos o vientos furibundos. Y, quizá, esta noche haya sido así. Yo no he oído nada, ni agua ni truenos ni rabiosas rachas de aire.

    El sueño, tan profundo que se parece demasiado a uno hipnótico, es de lo poco que se ha mantenido intacto en mi vida durante estos meses de locura, descalabro y descenso al abismo. Y sería algo bueno, de no ser, claro, porque me pierdo las tormentas. Por eso, y, bueno, por las pesadillas que lo pueblan.

    Me desconcierta pensar que ese territorio de horrores oníricos sea, en realidad, un reflejo de mi propia mente, o peor, de mi alma. Un mundo lleno de bestias, en el que el habla es un lujo, los bisturíes ensangrentados armas de guerra y las vísceras moneda habitual de cambio, no es algo que nadie quiera como imagen de sí misma.

    Los escenarios de mis sueños son isleños y mediterráneos. El mar es siempre protagonista —aunque, a veces, parezca que está solo de telón de fondo—, todos los edificios son hospitales, sanatorios o cualquier versión más amable o retorcida de cualquiera de ellos, y los personajes con los que me cruzo, algunos más humanos, otros más monstruosos, parecen sacados de un videojuego.

    Diría que no me extrañaría el día menos pensando encontrarme con misiones al más puro estilo videojuego, pero es que eso ya ha sucedido. De hecho, aunque a veces no lo recuerde, creo que ocurre cada noche.

    Hoy, concretamente, la misión la he recibido en una suerte de bar o taberna —sí, sí, a modo de cantina de hospital, por supuesto— y, como buena protagonista, la he rechazado en un primer momento. No recuerdo muy bien de qué trataba, pero, como casi siempre, tenía que ver con hospitales, bisturíes, vísceras y sangre, mucha sangre. Aunque, sí, esta vez, además, había algo relacionado con la escritura.

    Algo tenía que escribir…

    Algo tenía que crear…

    No lo sé, no me acuerdo. Solo recuerdo la sensación de peligro, de huida, de persecución. La urgencia de tener que poner a alguien a salvo, de tener que salvarme a mí. Y la sangre.

    Toda esa sangre…

    Al final, no sé cómo, conseguía hacer lo que tenía que hacer. Salía victoriosa, ensangrentada y exhausta, sí; sintiéndome sucia, monstruosa… Pero victoriosa. Y el premio, en el sueño, era el descanso, en un viejo y sucio camastro de una destartalada cabaña —¿sala de mantenimiento o trastero de un tétrico complejo hospitalario?—. En la realidad, ese descanso, lo sé por experiencia, significa despertar.

    Nunca despierto antes de terminar la misión. Nunca.

    Tampoco nunca desaparece al despertar la sensación de la sangre —ajena y propia— sobre la piel. Ni la culpa. Nunca.

    Cuando me he despertado ya no llovía, solo quedaban los charcos en la acera y el sonido de los coches al circular sobre el agua.

    Siento mucho haberme perdido esta noche de lluvia y, quizás, de tormentas. Gustosa cambiaría mis angustiosas noches de sueños sangrientos por horas en vela en las que disfrutar, cuando se da, de la lluvia.

    Aunque una parte de mí, la misma que sigue sintiéndose sucia y llena de sangre incluso después de una buena ducha, no puede evitar preguntarse si este apacible mundo en el que el dolor va únicamente por dentro es el onírico y el otro, sangriento y tétrico, la terrible realidad.

    Ojalá, al menos, también llueva algo durante el día. Las precipitaciones no me quitarán la odiosa sensación de suciedad invisible de la piel, pero, al menos, sí limpiarán la atmósfera y aliviarán el ambiente.

  • Retorno

    Retorno

    Vuelvo.

    No sé cómo, pero vuelvo.

    Hoy, que caen lágrimas del cielo

    y que septiembre me sabe a febrero,

    Vuelvo, porque el dolor también es físico ahora.

    O porque este cuerpo retorcido, casi inmóvil,

    empuja a mi alma a volver,

    arrastrándose,

    deshecha,

    perdida,

    al refugio de la palabra

    —el único que le queda—.

    Reacciones en fediverso
  • Recuerdos

    Recuerdos

    El tiempo se diluye, avanza, retrocede, se superpone y disuelve. Revivo instantes, algunos grabados en mi mente, otros que, hasta ahora no recordaba:

    Estoy con mi padre en el pasillo de casa, me lleva a hombros, pasillo arriba, pasillo abajo y yo río, chillo y juego. Soy feliz; somos felices.

    Es verano, estamos en la cocina, mi padre acaba de abrir una sandía enorme. Yo revoloteo a su alrededor –en mis recuerdos siempre estoy revoloteando a su alrededor, mientras trabaja en el jardín, cuando repara cosas en casa, si está haciendo crucigramas o cuando ve el fútbol, el tenis, las motos o la fórmula uno… Siempre revoloteo a su alrededor…–. Él se gira, me sonríe y me da el centro tierno y jugoso de la sandía; ese que casi no tiene pepitas. Lo cojo, le doy un beso y me voy corriendo feliz con mi pedazo de sandía.

    Estamos viendo las olimpiadas del 92 en la terraza. Mi madre compró una tele pequeña, de esas con antenas, para poder sacar fuera. No recuerdo qué deporte era –creo que los vimos todos–. Fue uno de los mejores veranos de mi vida.

    Vimos juntos el accidente de Aitor Sena, esperando a que saliera del coche como si nada –porque siempre todos salían–. Sena no salió. Concluimos que morir haciendo aquello que más te gusta, lo que amas, es una buena muerte, pero que quizás es mejor vivir muchos años, junto a los que quieres, haciendo lo mejor que puedes,

    Volamos a Valencia para ver la final del Mallorca de Cúper, con Amato, Valerón, Stankovic, Olaizola y Roa. Animamos juntos a Álex Crivillé, a Fernando Alonso, a Rafael Nadal…

    Los únicos libros que me han regalado durante la infancia y la adolescencia me los ha regalado mi padre. También me compró mi primer walkman y mis primeros vinilos -de Madonna y Michael Jackson-, me enseñó a poner en marcha aquel sofisticadísimo –y sagrado, sobre todo, sagrado– equipo de música, que tenía un espacio especial en el salón de casa. Y, más importante, a poner en marcha el tocadiscos sin poner en peligro los vinilos.

    Son un montón de hermosos recuerdos los que tengo con mi padre. Memorias de tardes a la fresca, de verbenas, fiestas, música, comida, deportes… Y de trabajo. Siempre estaba trabajando, en la casa que construyó prácticamente con sus propias manos, y que, además de mi madre, ha sido su pasión, o en ese empleo suyo que tanto lo hacía madrugar –durante una larga época estaba convencida de que mi padre era la persona que más pronto se levantaba del mundo–.

    Son un montón de recuerdos y quiero seguir creando más, aunque no sean tan luminosos ni bellos. Quiero más. No quiero que se acabe. Y es posible que ese sea el deseo más egoísta del mundo, pero ahora mismo soy incapaz de desear cualquier otra cosa. ¿Qué otra cosa podría desear si resulta que tengo el mejor papá de la historia?

  • Maldito cachivache viejo y oxidado

    Maldito cachivache viejo y oxidado

    Hoy mi dolor tiene forma de embudo. Es un cuello de botella en el que se apiñan los pensamientos, aleatorios, en apariencia inconexos, sangrantes, rabiosos, oscuros, brillantes, livianos, opacos, coagulados, densos… Los hay de colores, cargados de imágenes, pero silenciosos como una madrugada de invierno, justo antes de que despunte el alba. Otros, en cambio, son sonoros, aunque carentes de imagen. Algunos son musicales; otros, simples palabras. También hay olores, sabores e incluso tacto. Son tantos, tantísimos pensamientos, que se acumulan ahí, en ese embudo de mi mente, y no dejan que nada salga –ni que nada entre–.

    Es curioso el dolor y sus cambios de forma. Hasta puede engañarte y hacerte creer que, en realidad, no sufres. El cabrón se disfraza de ausencia, para que te duela creer que no duele, mientras, con su ardid, te regala un dolor doble.

    Y también lo es el pensamiento, cómo se atasca, se licúa, se rehace, se evapora… Y vuelve a empezar.

    Cuando ambos, pensamiento y dolor, se alían, el sufrimiento cambia de nombre. Agonía, que no es más que un dolor sostenido en el tiempo y con consciencia de ello.

    Lo que no sabía –y preferiría seguir sin saber– es que la agonía tiene forma de embudo. Un embudo viejo, grande, abollado, oxidado, donde todo se agolpa y emboza; se suspende.

    Maldita vida, maldita muerte. Maldito cachivache viejo y oxidado del que no consigo deshacerme.

  • En silencio

    En silencio

    Estaba escribiendo una entrada sobre lo que estoy viviendo en este momento, pero ni puedo seguir ni la quiero publicar.

    Pero sé que debo escribir. Sé que es terapia para mí, no egoísmo. Aunque duele. Porque la vida duele en ocasiones y la escritura, sencillamente, la refleja.

    Resumo: Estoy en Mallorca desde el martes pasado. Mi padre ha sufrido un ictus isquémico y la intervención para extraer el coágulo le provocó una hemorragia. Sigue ingresado. El pronóstico es reservado. Pase lo que pase a partir de ahora la vida de mi padre no volverá a ser igual. Tampoco la de mi madre. Ni la mía.

    Tengo suerte de poder estar aquí con ellos, de acompañarlos.

    Estoy en estado de shock y en modo supervivencia desde el martes, aunque va variando la forma de ambos estados.

    Estoy aquí. Aunque no publique. Aunque esté en silencio. Sigo aquí.

La Enésima

Aquí cultivo letras, a veces nacen historias

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