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  • De nuevos comienzos, vídeos de promoción y sesiones de escritura en vivo

    De nuevos comienzos, vídeos de promoción y sesiones de escritura en vivo

    No acabo de saber muy bien cómo ni por qué, pero de un tiempo a esta parte estoy reactivando mi actividad como escritora. Y cuando hablo de mi actividad como escritora no me refiero tanto al acto escribir, que es algo que nunca ha dejado de estar ahí, sino a todo lo que conlleva eso de querer no solo escribir para uno mismo sino también para llegar a los demás.

    Creo que es el momento de admitir que cuando me metí en esto, hace ya la friolera de dieciséis años, no estaba preparada. Y no hablo de preparación académica ni de experiencia laboral. Me refiero a fortaleza mental. La exposición pública, en general, es muy dura; en internet, es brutal. Y yo no elegí precisamente el camino sencillo -aunque no soy precisamente una persona sencilla…-. Pero no, no estaba lista.

    Dedicarse a la autopublicación -porque ya es hora de que deje de engañarme y reconozca de una vez que eso es lo que hago y que no entra en mis planes hacerlo de otro modo- es más que duro, intensivo y bastante sacrificado. Una no se dedica a esto parcialmente, es una actividad de veinticuatro horas, los siete días de la semana y sin festivos ni vacaciones.

    Pero a una servidora no solo le gusta escribir -que sí, me encanta-, sino que además disfruto de ser dueña de todo el proceso, hasta de las partes desagradables, como filtrar trolls o comentarios no del todo agradables. Me encanta crear mis propias portadas, maquetar mis libros, hacer booktrailers o cualquier otro vídeo de promoción, llevar el blog, las redes sociales… Me gusta absolutamente todo el proceso y no me apetece que nadie decida por mí qué se hace o cómo, que es lo que, entre otras cosas, sucedería si publicara de forma tradicional. Y resulta que, además, me encanta internet, todas las posibilidades que supone, todo lo que permite hacer.

    Aunque, a pesar de que nada de esto es una novedad, no yo estaba lista para asumir que eso es lo que quiero hacer, que no quiero ser una escritora al uso, que solo quiero divertirme con mis cosas y no tomarme demasiado en serio. Una parte de mí excesivamente terca y competitiva estaba convencida de que si no lo hacía en serio no valía la pena y creo que la presión que ejerció sobre mí ese particular rasgo de mi carácter pudo conmigo.

    No voy a decir -porque no puedo- que haya conseguido domeñar esa parte mía. En realidad sigue tan activa como siempre, pero le he dado otro juguete, otro foco de atención; uno, en el que se valora ese modo de ser, que es bastante tóxico permitidme que lo diga aunque me eche piedras sobre mí misma. Así que, ahora que mi yo ultracompetitivo y perfeccionista está enfrascado en la carrera por los puntos y el ascenso laboral en mi trabajo, mi parte creativa puede funcionar libre y salvaje.

    Y en eso estoy, promocionando novelas que llevan más de diez años sin que las mueva, sí, pero también creando contenido para este blog -no tanto como me gustaría, cierto-, creando vídeos para Tik Tok y, aquí lo más asombroso, haciendo directos de escritura en vivo…

    No tengo ni la menor idea de qué saldrá de esta experiencia, ni a dónde puede conducirme. Pero tengo que reconocer que me lo estoy pasando pipa y, en el fondo de mi ser, sé que eso es lo único importante.

    Bueno, eso y que ayer, en ese primer directo de escritura del que no sabía qué esperar, aproveché para escribir una actividad que tenía que entregar en el máster de escritura y, bueno, no es mi mejor obra, pero, qué queréis que os diga, tampoco quedó nada mal. Podéis leerla aquí, si queréis, y ya me contaréis qué os parece… Yo, en principio, no sé, estoy planteándome si, quizás, no sería una buena idea eso de escribir un relatito semanal de entre ochocientas y mil palabritas… Una excusa para hacer directos en domingo, como ayer, ejercitar el músculo creativo y, de paso, tener material nuevo y menos diarístico para compartir en el blog.

  • Escribir lo que sea para no escribir lo que toca

    Escribir lo que sea para no escribir lo que toca

    Tendría que estar escribiendo un texto de unas ochocientas palabras que causara extrañamiento a través de la aparición reiterada de un objeto cotidiano. Y no es que la idea de la actividad no me guste, es que no consigo centrarme del todo y no sé muy bien por qué, así que he decidido pasarme por aquí, a ver si escribiendo una entrada de blog las ideas se desatacas y todo fluye mejor.

    Tengo dos teorías sobre esto de la fluidez. La primera, que seguramente va muy encaminada, es que la presión por falta de tiempo es indudablemente beneficiosa porque no te permite juzgar lo que estás haciendo. Tienes que escribir 800 palabras sobre lo que sea y las escribes. Una vez terminado el texto lo revisas, ajustas la extensión y pules los errores y lo entregas. Listo. Cuando hay tiempo, entonces puedes dejar que aparezca el juez (el editor, el crítico destructor, el pensador, llámalo como quieras) y la cosa se alarga.

    Por ejemplo, tengo al menos cinco ideas para ese texto de ochocientas palabritas. Ninguna me parece lo suficientemente buena -ya empezamos mal-, me pongo frente a la hoja en blanco y dudo sobre si primera persona o segunda, en presente o en pasado, con diálogo o sin diálogo… No, así no estoy generando suspense. No, esto no despierta inseguridad, ni ansiedad, ni pasmo. No, hay demasiados adjetivos, muestra más, cuenta menos. No, no, no, nada de este texto vale.

    La segunda teoría sobre la fluidez en la creación de historias es que, quizás, hay que admitir que se escribe desde una parte de la mente que no es racional -que, quizás, ni siquiera es mente-. Escribir requiere de un gran sacrificio por parte del autor y la ofrenda ceremonial es el ego, al que debe renunciar para que la historia fluya. Es un inmenso ejercicio de humildad frente a la Inspiración -¿las musas? ¿los dioses? ¿el alma? ¿el todo?-. Por eso me hace tanta rabia cuando hablan del ego de los escritores. ¿Cómo no vamos a ser ególatras cuando no estamos escribiendo? Hay que compensar, de algún modo, la muerte ritual del yo en el altar del papel en blanco.

    Aunque, por supuesto, es posible que todo esto no sean sino chorradas mías, de esas que tecleo compulsivamente cuando me da demasiada pereza ponerme a escribir lo que en realidad tengo que escribir. Así que…

    Érase una vez un teclado blanco, impoluto, que esperaba con ansia el roce los gentiles dedos que sobre él tecleaban a diario. Cada pulsación era un beso, piel con tecla, labio con diente…

  • De blogs a vídeos: Mi viaje en la escritura y autopublicación

    De blogs a vídeos: Mi viaje en la escritura y autopublicación

    Ayer hice un vídeo para TikTok para promocionar Sombra. Bueno, vale, ya había hecho varios, pero eran vídeos sobre la historia con fotos, música y esas cosas. El de anoche, no. En ese vídeo solo salgo yo hablando sobre Sombra, de dónde salió la historia, cuál fue la inspiración y cosas de esas. Y ya sé que se supone que eso no tendría que ser motivo de reflexión alguno ni tema para ninguna entrada de este blog (¡todo el mundo hace vídeos hoy en día!). Pero, en mi microcosmos, sí lo es.

    Pensadlo así, cuando yo empecé con esto de autopublicarse lo más top eran los blogs y Twitter y, aunque Facebook ya no era la red social más potente, también era importante. Como mucho, los más atrevidos, hacían algún vídeo para Youtube. Yo hice uno, que no sé ni por dónde andará, respondiendo a preguntas que me habían enviado los lectores y un par de book trailers para Non Serviam, la primera novela que publiqué en Amazon.

    Pero, digo más, imaginad cómo estaba la cosa, que cuando publiqué Non Serviam tuve que explicar a muchísima gente cómo hacerse una cuenta en Amazon para poder descargarse la historia gratis. Y eran tantas las personas que no sabían cómo hacerlo que tuve que publicar en mi antiguo blog una especie de guía paso a paso con fotos para que la gente pudiera descargarse la novela. Lo pienso ahora y me da risa, pero fue así.

    Y no hace tantísimo tiempo de aquello, era septiembre de 2012. Doce años han resultado ser una eternidad y todo ha cambiado muchísimo. Y ha cambiado para bien, si me preguntan. No digo que en la actualidad nadie te cuestione por autopublicarte -porque gente con prejuicios ha habido y habrá siempre-, pero sí que ya no es necesario explicar qué es eso de autopublicarse…

    Además, no tanto con Non Serviam, pero sí con Sombras y Ladrones de Almas, recuerdo que recibí críticas de todos lados por las escenas de sexo que incluyen. Y, bueno, sí, las hay, pero si lo comparamos con los libros actuales, aquello es tontería. En aquel momento, lo admito, a mí me agobiaron un montón los comentarios (críticas feroces) sobre el asunto y es más que probable que influyeran en mi retirada, aunque, claro, ese no fue el motivo principal.

    Hoy en día me parece que todo es más normal y relajado. O quizás soy yo que ahora estoy más relajada, a saber. Pero todo lo que entonces suponía una presión bestial, ahora me parece un juego. Tal vez sea porque se ha normalizado y hay muchísimas personas que escriben, se autopublican, promocionan sus libros. O, quién sabe, puede que sencillamente sea que yo ahora estoy en mejor posición para no solo emprender sino soportar esta aventura.

    Supongo que es una mezcla de factores, por un lado, que han cambiado las formas y también está más normalizado, pero además, y creo que eso es muy importante, yo soy más madura, estoy más tranquila y, para qué nos vamos a engañar, me da todo un poco igual, y eso es indudablemente una ventaja.

    Así que supongo que, mientras sigo con el final del máster de escritura y su dichosísimo TFM, seguiré haciendo vídeos para TikTok, similares al de anoche y también de otros tipos, desempolvaré Instagram y, más importante que todo eso, sacaré a la luz todas las historias que retiré, como Sombra, y todas las que tengo guardadas a la espera de que yo esté lista para volver al ruedo.

    Parece que, al fin, ha llegado el momento de volver a ponerse en marcha.

  • La magia de lo inesperado: reflexiones sobre la vida

    La magia de lo inesperado: reflexiones sobre la vida

    He detectado una constante en mi vida. O eso creo. Las mejores cosas que me pasan son, por norma, espontáneas. Es decir, creo que de lo bueno que hay en mi vida nada ha sido planeado, ni buscado, ni, a veces, en absoluto deseado. Y eso es maravilloso, no lo voy a negar, aunque también requiere de cierta capacidad para el juego y la improvisación, pues, cuando aparece una situación inesperada, por lo general, lo hace en lugar de -o sobre…- otra que, por lo general, sí es esperada e, incluso, planeada en detalle. Hace falta, digamos, cierto juego de cadera, para saber acomodar el paso y no tropezar por el sobresalto.

    Pondré un ejemplo. Conocí al que se acabaría convirtiendo en mi marido justo un mes antes de mi primer año de universidad. Había pasado toda mi adolescencia con un único objetivo en mente: estudiar periodismo en una gran universidad. Eso requería una alta nota en el instituto y una mayor todavía en la selectividad. Y lo conseguí. Me admitieron en la facultad de comunicación de la UCM. Yo estaba feliz, pletórica, todos mis sueños se iban a convertir en realidad… Pero la vida tenía otros planes.

    Por supuesto, podría haber pasado del chico en cuestión que me desviaba de esos objetivos que tanto había perseguido, de todos mis sueños. Pero, no os engañéis, ahora sé que esa nunca fue una opción. Al menos, no realmente. Y, ahora, tantos años después, no cambiaría por nada las decisiones de entonces. Eso no quiere decir que no haya cosas mejorables o momentos difíciles. Qué va, claro que los hay. Solo que, a veces, lo que hemos planeado no es, necesariamente, lo mejor para nosotros y que la vida, en ocasiones, ofrece magníficos regalos inesperados, si estás abierto a aceptarlos.

    Más ejemplos. Después de una larga enfermedad, con una importante intervención quirúrgica incluida, mi vida había quedado en suspenso y, de alguna manera, tenía que reinventarme. Surgió la oportunidad de ir a Ibiza a trabajar de profesora de instituto y eso sería una especie de pasarela que me facilitaría poder trabajar de lo mismo en Mallorca, donde vivía. Acepté, con la idea de que sería algo temporal que, en un futuro próximo, me permitiría empezar una nueva carrera profesional en mi lugar de residencia. Pero llegó la pandemia y con ella se alargó mi estancia en Ibiza y de ahí surgieron nuevas oportunidades, que me retuvieron en la isla por un tiempo hasta que conseguí una plaza de profe interina en un instituto cerca de mi casa en Palma.

    Todo era genial, perfecto, pero la vida se guardaba algo más. Todavía no llevaba ni tres semanas en mi nuevo instituto cerca de mi casa cuando me llamaron del departamento de educación. El curso anterior había concursado en un proceso para la obtención de una plaza fija y, si la quería, había para mí una plaza de mi especialidad en Ibiza. ¡¿Cómo iba a decir que no?! Ya, mi casa está en Palma, justo acababa de conseguir una plaza de tres años de castellano muy cerquita de mi casa, al fin había regresado y podía tener una buena vida en Mallorca. Pero… Una plaza fija de por vida es mucho decir, en especial cuando sabes que, precisamente, esa es la clave para poder hacer otras cosas, como, por ejemplo, escribir.

    Y, aunque no entraba en mis planes, aquí estoy, en Ibiza, trabajando de profesora de español, escribiendo, estudiando… Feliz. Mi marido y yo, de momento, hemos vuelto a una suerte de noviazgo con mucho teléfono, videollamadas y citas los fines de semana, cuando él viene aquí o yo -los menos- voy allá. Por supuesto, mis planes pasan por volver a Mallorca en cuanto pueda. Pero, de nuevo, esos son solo mis planes, los de la vida, pues, ya se verá.

    También sucedió algo similar con mis primeras novelas, tanto por lo que se refiere a los procesos de escritura, como de publicación. Pero si los casos anteriores son ejemplos de cómo ser capaz de aceptar lo que te brinda la vida, aunque no coincida con tus planes y expectativas, estos, en cambio, son muestra de lo contrario, en uno por lo que respecta a la publicación, en el segundo, por lo que tiene que ver con la escritura. Y tengo que reconocer que en este tema siempre he sido de ideas muy rígidas, con muchos conceptos preestablecidos y, sí, prejuicios, que no me permitían hacer aquello del juego de cadera.

    Ya, si acaso, en otro post, otro día, entraré en detalle sobre esas experiencias. Lo que me hace escribir este texto es que, cómo no, esto ha vuelto a suceder. Y lo ha hecho, como siempre, cuando menos lo esperaba. Se supone que yo ahora mismo tendría que estar dándole los retoques finales a la segunda entrega de mi TFM, pero, en lugar de eso, llevo unos cinco días volcada en la reedición de uno de mis libros retirados. Ni siquiera sé cómo ni por qué ha sucedido esto, pero ha pasado. Y la cuestión es que me parece bien. Mejor que bien.

    No tengo ni idea de qué sucederá con el TFM -bueno, sí, lo acabaré, en esta convocatoria, a ser posible- pero ha pasado de ser una de mis más altas prioridades a ser, no sé, como los estudios de periodismo cuando los dejé por mi novio y futuro marido. La sensación es la misma, igual que la primera vez que vine a trabajar a Ibiza, que la vida me está mostrando una puerta y el lugar al que conduce me gusta tanto que no me importa lo que tenga que solar para llegar a él y poder disfrutarlo.

    Y esto me lleva a una última cuestión a la que, diría, no dejo de dar vueltas, pero no es cierto, sencillamente, he descubierto que es así: ¿qué tipo de escritora soy? Y no hablo de cuál es mi género. Casi ni siquiera hablo de cómo publico, aunque eso se acerca más. Se trata de cómo y para qué escribo y la respuesta a esas preguntas son las que enlazan con la publicación. Escribir, crear mis historias, es una forma de vida. No, más que eso, forma parte de lo que soy.

    Escribir no es un trabajo, no es un proyecto, no es algo pensado para conseguir un fin. Pero tampoco es una simple afición, un hobby. Es mucho más que todo eso. Escribir es un medio, un proceso, mi manera de estar en el mundo. Cuando no publico -y lo sé porque he estado una década sin hacerlo-sigo creando y escribiendo exactamente igual porque eso es lo que hago, lo que soy. Hasta cuando no escribo, en el sentido de poner las cosas en negro sobre blanco, lo hago igual en forma de ensoñación en mi cabeza (seguro que más de un psicólogo tiene algo que decir sobre eso).

    Llegados a este punto uno podría preguntarse por qué publico. La respuesta es compleja, con múltiples frentes. En primer lugar, porque me divierte. Aunque, claro, eso solo ocurre cuando yo me hago cargo de todo el proceso. Es posible que me queje del proceso de revisión y corrección, pero, en el fondo, lo disfruto. Igual que lo hago de maquetar el texto, diseñar la portada o buscar ilustradores para que hagan su magia con mis libros. Me encanta subir mis libros a las diversas plataformas, aunque a veces me enloquezcan. Y me chifla promocionarlos, llevar las redes sociales, estar pendiente de ellos. Es muy, pero que muy divertido, aunque a veces también sea estresante y, en ocasiones, te toque la fibra porque hay usuarios que… bueno… ya sabéis cómo está el patio. Pero el conjunto es genial.

    Y después hay algo que no me esperaba antes de empezar a compartir lo que escribo: las reacciones de la gente. Es maravilloso cuando encuentras lectores a los que tu obra les gusta, pero, a veces, encuentras a gente a la que le encanta, que lo disfrutan de una manera que tú creías que era impensable, e, incluso, gente que te dice que tus historias les han ayudado a pasar y superar momentos difíciles en sus vidas. Y eso… Buah, eso no tiene precio.

    Así que está muy bien lo de hacer un máster de escritura y conseguir un título que, de alguna manera, diga que eres escritor. He aprendido un montón, igual que con todos los cursos de escritura que llevo a la espalda. Pero nada de eso hace que quiera dejar de escribir como escribo y publicar como lo hago.

    Esa conclusión es a la que me ha permitido llegar esta aventura de reedición de Sombra. He disfrutado corrigiendo mil veces el texto y la maqueta para que se subiera bien a Amazon. Y estoy disfrutando haciendo vídeos de promoción, aunque solo tenga una red social mínimamente en marcha en este momento.

    La cuestión es que no cambio esta experiencia inesperada por ningún título de máster, ni mucho menos, por la aburrida redacción de un TFM, y que, por más diplomita de escritora que consiga, esto es lo que quiero seguir siendo. Una persona que escribe por puro placer, sí, pero también porque no sabe vivir de otra forma, y que comparte lo que hace por diversión.

    No sé si esto me convierte en una escritora autopublicada más, una autora independiente o en cualquier otra cosa con su correspondiente etiqueta. Pero creo que tampoco me importa. Sencillamente, esto es lo que soy, lo que hago y lo que quiero seguir haciendo. Ya veremos a dónde nos lleva.

  • Bloqueo por falta de ganas o cuando un apartado del TFM deviene en guardián del umbral

    Bloqueo por falta de ganas o cuando un apartado del TFM deviene en guardián del umbral

    Lo peor de que tu trabajo final de máster (TFM) consista en la creación de un proyecto literario es que, al tratarse de un trabajo académico, se exige que incluya un apartado específico de marco teórico.

    Me explico, no me molesta tener que justificar con argumentos y referencias teóricas las decisiones detrás del proyecto literario, que debe ser el núcleo central del TFM. Lo que me incomoda -y me bloquea un montón- es tener que redactar un apartado puramente teórico que, aunque obviamente está relacionado con el proyecto de novela, no hace referencia a él en ese apartado en concreto. Es decir, es pura teoría inconexa.

    Puedo decir que llevo prácticamente todo el día de hoy dedicada a ese maldito apartado, y es cierto, salvo por aquello de parar para almorzar y otro alto, más reciente, para redactar mi aportación para un trabajo de grupo. Pero lo triste es que llevo más tiempo, mucho más, en ese apartado del marco teórico, sencillamente porque las pocas veces que he encontrado la voluntad para sentarme a trabajar en él he avanzado extremadamente despacio. Peor todavía es, me temo, esa sensación de no querer trabajar en ese apartado.

    Escribir por placer, aunque sea un texto académico

    Creo que lo que ocurre es que una servidora ya tiene una edad -y no, no me refiero solo a los años, sino más concretamente a la experiencia acumulada- y ya no me apetece escribir cosas que no me interesan. Quizás cuando estaba en la veintena -y había tenido que tragar pocos o ningún sapo todavía- podía encontrar retadoras este tipo de tareas y, solo por el hecho de afrontar el reto, las hacía gustosa. En la treintena, bueno, ya no había un reto en eso, pero con aquella crisis económica que casi nos llevó a todos por delante -y ya con sobrada experiencia en eso de tragar sapos (y ranas y culebras y batracios y lagartos…)- si había que hacer una disertación teórica sobre el sexo de los ángeles porque servía para conseguir un fin, por entonces necesario, como un título -más- de máster, pues se hacía. Pero ahora… Ahora, a menos de dos semanas de cumplir 43, pues qué queréis que os diga, prefiero escribir únicamente por gusto y placer. Sí, también cuando se trata de un texto académico.

    Y, por lo general, yo encuentro el placer en el sentido. Pero, maldita sea, no tiene ningún tipo de sentido que esté volcando información -con sus correspondientes citas y referencias- sobre los géneros literarios cuando es un tema conocido hasta por los alumnos que he tenido en primero de la ESO. Vale, aquí hay más profundidad, pero, leñe, que me aburro.

    Me imagino, que esas ultimas palabras son las culpables de que a día de hoy a duras penas lleve una página y cuarto del mínimo de seis -máximo de doce- que tengo que escribir en ese apartado.

    Ni más tesinas ni tesis

    Lo que me está ocurriendo con este trabajo me lleva a comprender que, quizás, este sea mi último máster -al menos mientras cursar otro implique otro TFM- y que, tal como siempre he sospechado, por tentador que a veces pueda parecer, el doctorado tampoco es un camino para mí. En todo caso, si en algún momento me pega la neura, escribiré algún artículo y trataré de publicarlo. Pero creo que he llegado a mi límite en lo que se refiere a hacer chorradas -y entiéndase como tales cualquier cosa que se aleje de lo que me apetece- solo para que me den un título más.

    Eso sí, no descarto chorradas menores, como entrega de actividades y exámenes a ritmo de tres al día, si no hay TFM de por medio. Lo digo porque ya tengo el ojo echado a un máster de guion audiovisual que no requiere de esta última tortura académico-masoquista.

    Así que, vamos, no descarto seguir estudiando, pero, por piedad, sin más trabajos de demasiadas páginas y epígrafes innecesarios, por descontextualizados.

    Mi problema con el problema de los géneros

    Lo que más rabia me da del asunto es que el tema de los géneros me gusta. Es decir, hay todo un mundo ahí, desde la diferencia de la clasificación clásica a la moderna, pasando por las teorías de Todorov o las clasificaciones comerciales.

    Lo que no me gusta es tener que dedicar seis páginas de un documento, cuyo centro se supone que es un proyecto narrativo, a disertar sobre una cuestión que no es el centro del proyecto. No sé si me explico.

    Así que no me importa si tengo que escribir tooooodo un trabajo sobre los géneros literarios. Pero, por favor, que ese sea el tema central del trabajo. Con lo que estoy haciendo ahora siento que estoy perdiendo el tiempo y dando vueltas sin llegar a ningún lugar concreto y, sobre todo, no al que tengo que llegar, que es la redacción del proyecto de novela.

    A llorar a la llorería

    En fin, que supongo que necesitaba desahogarme para poder seguir, o intentarlo. Imagino que, como decían mis alumnos de hace unos años, si quieres llorar, ve a la llorería. Que los de mi quinta traduciríamos por aquello de «aquí se viene llorado». Y, me guste o no, supongo que este blog es mi particular llorería.

    Así pues, echadas las lagrimitas necesarias, vuelvo al tajo. A ver si, con un poco de suerte, consigo cerrar y superar de una vez por todas, al menos, el dichoso apartado de los géneros literarios. Si la suerte -o el Muso- me acompaña, hasta puede que fulmine todo el apartado de marco teórico durante este fin de semana. Crucemos los dedos.

    PS: Creo que lo mejor de todo el post es la foto que ha hecho la inteligencia artificial de WordPress 😉

  • El Proceso Creativo: fluir en la escritura

    El Proceso Creativo: fluir en la escritura

    ¿De dónde salen las ideas? ¿Cómo funciona la mente que escribe? ¿Por qué a veces la escritura parece imposible y, otras, fluye con una facilidad pasmosa? Estas preguntas vienen persiguiéndome desde hace unos quince años, cuando, después de terminar mi primera novela, creí haber entrado en un bloqueo. Pero no. El bloqueo de verdad vino después, aunque esa es otra historia.

    La cuestión es que, en este tiempo, he procurado observar qué favorece la magia, es decir, la escritura, y qué la entorpece. Y, ahí va un spoiler, a la magia no le gusta ser observada ni que se la comprenda demasiado, así que, al parecer, cuanto más observas, más esquiva se vuelve. Pero una servidora es tozuda y he seguido en mi empeño investigados.

    Por eso ahora que parece que he conseguido entender, aunque solo sea un poco, cómo funciona el proceso, he decidido poner aquí por escrito lo que sé, no vaya a ser que se me olvide -así de caprichoso y misterioso es el proceso-. Eso sí, querido lector, estos datos se basan en mi experiencia y son únicamente aplicables a mí, quizás a ti no te sirvan en absoluto, o puede que solo algunos te valgan o, quién sabe, que tu método, o fórmula o lo que sea, sea justo al revés que la mía. Advertido quedas.

    1. La mente que planea no sabe escribir

    Siempre he sido consciente de que la mente que escribe no es la misma con la que funciono de forma habitual. Cuando digo la mente que escribe me refiero a esa mente que escribe de verdad, de forma compulsiva, sin que seas capaz casi de seguir el ritmo de las palabras que salen, cuando la experiencia es tan profunda y placentera que pierdes la noción del tiempo, y a veces también del espacio.

    Hace tiempo que sé que esa experiencia tiene un nombre, estado de flujo, y hace mucho también que sospecho que si en estado sea más fácil acceder a un pensamiento menos racional y lineal, más creativo, está relacionado con dar el mando del cerebro a la mente subconsciente y darle un descanso a esa consciencia egoica tan pesada con la que tenemos que lidiar a todas horas. En fin, resulta que esa mente consciente es genial planeando, pero una basura para entrar en flujo y ya no digamos para tener un verdadero pensamiento original.

    Así que, cuando quiero escribir -escribir de verdad, digo-, me funciona tener una intención muy básica y clara (algo como el personaje va a comprar y mientras está en la tienda entran unos ladrones. Puedo darme un final o no, pero generalmente no lo cumplo) y a partir de ese punto quitarle le mando a la mente consciente y dejarme llevar por la fantasía. Por lo general, tardará más o tardará menos, la fantasía me toma de la mano y me lleva por derroteros inimaginados. Cuando eso sucede, estoy en flujo, pero solo puedo afirmarlo con rotundidad después, pues durante la experiencia, cómo lo diría, no me importa ni me percato porque solo me importa la historia, la escena, el fragmento en el que estoy trabajando.

    2. La mente que escribe no sabe planear pero atiende a marcos y estructuras

    En un arranque de frustración aquí podría decir que, precisamente por todo lo del punto anterior, ninguno de los malditos cursos de escritura me han servido nunca para nada, salvo para dejar de escribir y bloquearme, pues todos ellos, sin excepción, abogan por el planifica primero, escribe después.

    Pues bien, sin dejar de ser cierto que hay cierta frustración ahí por los bloqueos que me provocaron los métodos estándar, no puedo evitar decir que sí han servido. Todo ha servido, esos cursos carísimos y en apariencia inútiles, los manuales de escritura, consejos de autores exitosos y libros leídos y gozados. Todo. Pues todo lo aprendido, una vez asimilado, más que en información, se ha convertido en estructura y cuando hablo de estructura puedo decir de guía, de molde, de marco.

    Me explico, todo ese conocimiento explícito engullido en forma de información y practicado a modo de ejercicio, ha pasado a ser un lienzo, unos colores, unos pinceles, unas guías, que esa mente subconsciente, la mente que escribe, ha aprendido a usar a placer para crear esas historias geniales y absorbentes en estado de flujo.

    Un ejemplo: Hace mucho que aprendiste ortografía y un montón de normas gramaticales, pero, a qué no piensas conscientemente en ellas cuando escribes, salvo, quizás, cuando te encuentras con algo que te saca de la concentración, que te rompe los esquemas. Pues es lo mismo, pero cambia ortografía y gramática por estructura, conflicto, arco de transformación, etc. Todo ese conocimiento está ahí, igual que el resto de normas que estudiaste, y la mente subconsciente lo usa sin que la mente consciente deba hacer nada previamente con ello.

    3. Yo escribo «a trozos». Ni partes, ni escenas, ni capítulos. Trozos

    En este contexto, vamos a definir trozo como unidad de contenido que tiene sentido para mí, aunque ni yo misma sé cuál es el sentido que tiene en el conjunto de la obra -si es que lo tiene y no acaba en el montón de «info que necesito para mí pero que no le voy a dar al lector hasta que me de la gana, o quizás nunca»-.

    Creo que, de todas mis peculiaridades escritoriles, esta es la que más me cuesta de admitir y entender, porque no tiene sentido. Bueno, sí, pero no. Requiere de un poco de fe en el proceso y yo ya hace años que voy escasa de fe en todo…

    Sea como sea, creo que escribo a trozos por dos motivos, uno, para darme información necesaria para la obra, pero que no irá en la obra. Por ejemplo, si tengo un personaje traumatizado por algo que le pasó de pequeño, escribo parte de su infancia hasta encontrar ese algo, pero, obviamente, ni escribo toooooooda la niñez del personaje en cuestión, ni voy a meter toda la información que escriba en el texto final.

    Y sí, habrá quién me diga que eso se arregla con una ficha de personaje, ya. ¿Pero recuerdas lo que te he dicho de la mente que escribe y la que planea? A fuerza de golpes -muchos- he descubierto que mi mente que escribe es incapaz -pobrecita- de hacer nada que valga un duro con lo que le propone mi mente que planea, salvo bloquearse, eso se le da genial. Así que si necesito saber algo de mis personajes no me sirve hacer una ficha, tengo que escribir su maldita vida poniéndolos en acción sobre el tablero -porque no, tampoco me vale contarlo como si fuera una biografía, ellos tienen que escenificarlo, es lo que hay-.

    El otro motivo por el que escribo a trozos es porque me encanta los cliffhanger incluso desde antes de saber que se llaman así. Y no es solo que me guste usarlos para crear suspense y mantener al lector enganchado, qué va, ojalá fuera eso. Pero yo soy mucho más retorcida. Resulta que los necesito para mantenerme enganchada yo misma a la historia que estoy escribiendo porque, si no hay ese factor «¿y ahora qué? Necesito saber más» es más que probable que deje el proyecto sin terminar. Lo sé, es muy radical, pero si no me engancha mi propia historia soy incapaz de seguir con ella.

    Así que, como alguien que necesita deja en suspense las escenas, capítulos y partes para seguir trabajando en la historia al día siguiente, escribir a trozos es, casi, la única opción. Por ejemplo, me muero de ganas de terminar esta entrada -que estoy escribiendo todavía en camisón mientras me tomo el primer café mañanero-, para adecentarme y empezar el día oficialmente y escribir el trozo de hoy de la historia con la que estoy porque NECESITO -así, en letras capitales y negrita- saber qué le pasa a mi prota.

    4. La mente que planea edita, corrige y junta. Sobre todo, junta

    Podrás imaginar, querido lector, que alguien que escribe a trozos desde un estado de flujo en el que la mente ejecutiva es el subconsciente mientras el consciente está en el spa, tarde o temprano necesitará un director de orquesta que ponga orden sobre todo el desastre. Y ahí sí, entra en juego la mente consciente.

    Las principales labores de esa mente, que muchos llaman el crítico o el editor, en efecto son editar, corregir y evaluar si lo que se ha hecho está bien. En mi caso, además, es labor primordial juntar los trozos que he ido escribiendo, a veces muy conectados entre sí, otras… Bueno, otras, no. Y dotar de sentido a la maraña.

    Tras algunos sonados fracasos he descubierto que también en ese punto trabajo por partes, pero, en este caso, suelen corresponderse -más o menos, no esperes de mí exactitud- con las partes clásicas de la historia, esto es, planteamiento, nudo y desenlace. Pero, además, hay un factor sumatorio. Es decir, escribo un montón de trozos hasta llegar al punto de giro que inicia el desenlace, los reviso, conecto y junto, corrijo, edito, corto, extiendo, vuelvo a revisar y los aparto y sigo con el nudo, hasta el siguiente punto de giro, fragmento que reviso, conecto, corrijo y edito, hasta que lo doy por bueno y lo sumo a lo anterior, y lo vuelvo a revisar todo. Y así, hasta el final.

    Una vez con el manuscrito terminado, vuelvo a revisarlo todo. Como ves, la mente que planea tampoco se aburre durante el proceso de creación de la obra, es solo que tiene que salir de la habitación mientras la mente que escribe hace lo suyo.

    Bien, estos cuatro puntos no son los únicos que forman parte de mi proceso creativo, qué va, pero sí que son esenciales. Y, como ya he mencionado por ahí, me muero de ganas de saber que le pasa a la protagonista que ayer dejé colgando en un acantilado y, además, ya me he terminado el café, así que, por hoy, voy a dejarlo aquí.

    Pero me ha gustado esto de poner por escrito todo esto, que suelo dar por hecho, pero que, ahora, en negro sobre blanco, veo mucho más claro. En cualquier caso, espero que toda esta información también pueda ser de ayuda a alguien más.

  • Cansancio mental y plazos de entrega

    Cansancio mental y plazos de entrega

    Hace días que no escribo en el blog, pero resulta que no doy abasto. No recuerdo, fuera de época de exámenes, una temporada de trabajo tan exigente como esta. La burocracia me devora y, demasiado a menudo, me hace olvidar que me encanta mi trabajo, o, al menos, la parte que consiste en enseñar, no ese sinfín de papeleo, más inútil que otra cosa, con el que, curso tras curso, nos obligan a lidiar. No veo el momento de que empiecen las clases (el lunes que viene, ya) y el día a día se normalice.

    Claro que, para entonces, ya habré tenido que terminar y enviar tanto todo el papeleo del trabajo como la primera entrega del TFM. Y sí, no miento si digo que es esa última la que me tiene exhausta. Aunque, quizás, la causa sea la suma de trabajo intelectual en una y otra tarea, que, por cierto, comparten fecha límite: el próximo jueves 26.

    Mi cansancio -quizás debería llamarlo agotamiento- no es físico, sino mental. Es más, es posible que algo de ejercicio me ayudara a lidiar con todo. El problema, como casi siempre, es el tiempo. A mis días les faltan horas, incluso ahora, mientras estoy escribiendo esta entrada, debería estar escribiendo -sí, siempre escribiendo- un capítulo de la novela del TFM. O medio capítulo. Lo que fuera, mientras fuera medio decente y pudiera adjuntarlo al trabajo teórico para completar la entrega de pasado mañana (¡pasado mañana, por todos los dioses paganos!)

    Resulta que la parte teórica, esa de la que me quejaba hace unas semanas porque no sabía cómo abordar ni por dónde empezar, ha sido mucho más sencilla de lo que esperaba. La terminé el sábado y, admito, la disfruté tanto, que creo que me vine un poco arriba con los objetivos y que, más que probablemente, deba recortarlos o me pasaré de largo del límite de palabras. Pero es que el tema me gusta tanto que hasta barajé la posibilidad de escribir un artículo científico sobre la cuestión -¿sabéis la de años que hace que no hago eso?-. O tal vez pueda escribir un ensayo, que es menos ambicioso y mucho más asequible. Pero, claro, eso será después de haber acabado el trabajo…

    Y al trabajo, ahora mismo, le falta la parte puramente creativa. Para completar la entrega, cuyo plazo se me viene encima sin piedad, me falta, al menos, un fragmento de la obra que pretendo escribir. Que dicho así suena muy cuqui y sencillo, al menos en comparación con todo el rollo teórico que he soltado hasta ahora en las páginas que ya he dado por terminadas, pero resulta que ni me gusta lo que tengo de antes de empezar con la parte académica, ni he escrito nada que me satisfaga mínimamente desde que la terminé. Así que, de cuqui y sencillo, nada de nada.

    La parte positiva, porque siempre la hay, es que al fin creo haber encontrado el tono, y, no menos importante, la escena que quiero incluir. Por lo que, supuestamente, solo tengo que ponerme y, sí, escribirla. Pero, en lugar de eso, después de no sé ni cuántos días sin pasarme por aquí sin que se haya acabado el mundo, he decidido que era mucho más importante escribir esta entrada.

    Si soy indulgente conmigo misma, diré que este post es un ejercicio de calentamiento antes de enfrentar la sesión de escritura de hoy. Quizás podríamos decir que hasta es una forma de desperezar esa parte de mi cerebro que se dedica a escribir. Ya sabéis, para no empezar en frío y evitar lesiones. Pero lo cierto es que estoy cansada. Muy cansada. Mentalmente (¿intelectualmente?) agotada. Tanto, que a esto ni siquiera se le puede llamar procrastinación, sino que es algo peor, porque ni siquiera sé si seré capaz de sacar algo decente con la sopa de neuronas que es ahora mismo mi cerebro.

    Pero hay que hacerlo.

    Y quiero hacerlo.

    Y lo haré justo después de darle al botón de publicar esto.

    Deseadme suerte. Y, en cuanto me recupere, os contaré qué tal ha ido la experiencia, espero que ya con un ritmo de vida y trabajo más manejable que el actual, y, deseo, con un ritmo más constante y regular de publicaciones en el blog.

    PS: Le dejo a mi yo futuro como tarea pendiente aplicar eso en lo que tanto insiste la IA de WordPress de meter títulos, apartados y destacados en la entrada. Hoy no toca lidiar con ese asunto en concreto, que bastante tengo ya entre manos.

  • Una fórmula mágica para autopublicar: sinceridad, mimo y constancia

    Una fórmula mágica para autopublicar: sinceridad, mimo y constancia

    Llueve en Ibiza y las temperaturas han bajado lo suficiente para que haya tenido que ponerme una rebeca. Quizás sea por eso que hoy no parece viernes. Aunque también puede ser porque empiezo a acostumbrarme de nuevo al ritmo de trabajo después de las vacaciones y el cansancio propio del último día de la semana laboral parece menor que las semanas anteriores.

    La tregua térmica, dice el diario, será breve, pero, aún así, me gusta poder disfrutar de este pequeño adelanto del otoño. Es como ver el trailer de una película muy esperada. Mejor, incluso, pues se trata de vivirlo.

    Por lo que respecta al ritmo de trabajo, bueno, sí, cada vez es más similar al que solía ser, aunque estas primeras semanas siempre son más estresantes de lo normal, por los exámenes extraordinarios, las pruebas de nivel y la preparación del nuevo curso. Además, que haya coincidido con el inicio del nuevo semestre del máster de escritura, no lo facilita en absoluto. Aún así, he encontrado un extraño equilibrio provisional en el que las mañanas de lunes a viernes son para todas las tareas del inicio del curso en la EOI y los fines de semana para el máster. De ahí que los últimos días no haya publicado nada en el blog

    Digo que el equilibrio es provisional porque en cuanto termine este mes de programaciones anuales y pruebas extraordinarias espero poder dedicar también parte de las mañanas a la escritura y al máster, al menos hasta el periodo de exámenes parciales, que este año, creo, será en febrero. Los finales del máster, en cambio, serán la semana inmediatamente posterior a las vacaciones de navidad, así que me tocará estudiar entre polvorones y villancicos. Y no me quejo, oigan, que nada me gusta más que estudiar con frío, frente a la lumbre, mientras los demás hacen cosas supuestamente más normales, como, no sé, ver la tele o cosas de esas.

    Por lo demás, hoy he tenido la primera clase de una asignatura que se llama algo así como «Gestión y promoción de la obra literaria» y… A ver, cómo digo esto sin que resulte faltón. Creo que el profesor está más interesado en vender las bondades de su editorial que en que el alumnado aprenda algo o, sencillamente, pueda superar los exámenes de la asignatura. La experiencia ha sido tan triste y frustrante que solo me ha servido para reafirmarme en aquella opción que tomé hace ya tantos años de autopublicarme, de la que tantas veces he dudado durante la última década, solo para volver de nuevo a ella.

    Pienso que la industria editorial española -y creo que también en español, aunque no la conozco tanto- está enferma, como, por otro lado, lo están otras tantas industrias y sectores empresariales de nuestro maltrecho país. Pero es que en el mundo del libro la cuestión es sangrante. Dos megaempresas copan un mercado en el que fagocitan los descubrimientos de pequeñas editoriales, que a duras penas se sostienen, al tiempo que importan de forma intensiva obras extranjeras (en inglés, en general), que cuentan con una maquinaria de marketing insuperable. El panorama es una condena a muerte para el autor con criterio y ganas de hacer algo que no necesariamente encaje ni el mainstream ni en el nicho cultureta ni en el underground. Vamos, para escritores con personalidad y valores propios que huyan de etiquetas y estereotipos.

    Eso por no hablar de la cuestión más repetida durante el máster: Búscate un buen trabajo para no depender económicamente de lo que escribes y así poder escribir lo que quieras. Ya… Pero si tengo un buen trabajo y no dependo económicamente de lo que escribo, como es mi caso, dejo de necesitar muchísimas partes del enfermizo engranaje del sector editorial y, las que necesito, las contrato y me las pago con el buen sueldo de mi buen trabajo… Y sí, bueno, nunca seré, no sé, Sarah J. Maas, porque sin gran grupo editorial, en un mercado en el que los agentes literarios brillan por su inutilidad en los inicios del autor, es muy complicado tener visibilidad. Peeero, a ver, si ya tengo la vida resuelta, que por eso soy funcionaria de carrera, qué más me da la visibilidad ultra-súper-mega, a lo Grupo Planeta, que seguramente me llevará a lectores que no son necesariamente mi público objetivo, si con mimo, cariño y trabajo constante en mi proyecto puedo llegar a ese publico que sí va a disfrutar al máximo de mi libro.

    Y sí, ya sé, me dirás que no hay constancia, ni cariño, ni mimitos que lleven mi novelucha autopublicada a un público objetivo que es, seguramente, inexistente . No lo niegues, lo dirás, porque me lo han repetido tantas veces que, durante un tiempo muy largo, me lo llegué a creer, a pesar del montón de libros que vendía, y me hundí -y, conmigo, mis libros-. Pero resulta que todos los nichos de mercado son inexistentes hasta que alguien da con una tecla precisa, como los magos de JK Rowling o los dragones de Rebecca Yarros, por nombrar algunos.

    Así que estoy convencida de que sí, que el trabajo constante y sincero, cuando haces aquello en lo que crees, con mimo y mucho amor, es el que obtiene resultados, con independencia de que te publique Random House o lo hagas tú solita. Y para muestra, este botón que alguien dejó el pasado día 9 de septiembre en forma de comentario en mi primera novela (muchas gracias, Begoña, ojalá pudiera contactar contigo para explicarte hasta qué punto tu comentario me ha ayudado a reafirmarme en la decisión de seguir esta saga).

    Lo mejor no es que este comentario, que, por cierto, me ha hecho llorar de emoción, haya llegado en un momento crucial para la continuidad de la saga a la que pertenece esa primera novela, ni que lo haya visto justo después de esa clase sobre gestión y promoción que me ha reafirmado en la idea de que la autopublicación es mi camino. No, lo mejor es que ha llegado cuando llevaba más de seis meses, y diría que incluso más de un año, sin hacer absolutamente nada promoción del libro, ni de mí misma. Así que sí, este comentario se debe a esa magia que sucede cuando un libro encuentra a su lector, o viceversa, porque el orden de los factores no altera en absoluto el resultado.

    Y, ya lo sabemos, no podemos gustar a todos. Nuestras historias nunca encantarán a todo el mundo y hasta habrá quien las odie con fervor. Lo mismo ocurre con nuestra forma de escribir. Y está bien que así sea, siempre que se entienda lo fundamental, que todo libro -toda historia- va dirigida a un tipo de lector y es en él en quien debes centrarte. Descubre a tu lector objetivo y vuélcate en él, dáselo todo, porque, si encuentra tus libros, también ese lector te lo dará todo a ti. Es como una gran historia de amor a través de las páginas.

  • Empezando mi TFM: Reflexiones inspiradas por J.R.R. Tolkien

    Empezando mi TFM: Reflexiones inspiradas por J.R.R. Tolkien

    Estoy escuchando el prefacio de la edición en audiolibro de El señor de los anillos. He perdido la cuenta de las veces que lo he leído, pero reconozco que las ocasiones en las que lo he escuchado ya las igualan, o incluso superan. Creo que se debe a que oír esas palabras de Tolkien no deja de ser como reencontrarse y charlar con un viejo amigo. No miento si digo que es un lugar seguro para mí, en el que refugiarme con una taza de café cuando, por lo que sea, las palabras -las historias- no fluyen.

    Hay muchas cosas que me gustan del pensamiento de Tolkien y en las que, además, coincido, como, por ejemplo, su aversión hacia las alegorías. Pero también esa idea firme de que un buen cuento de hadas, que es como el autor se refería a la fantasía, pues todavía no se le había puesto nombre al género, debe tener -merece- un final feliz en el que todo entuerto queda resuelto, por duras que sean las tribulaciones sufridas por los protagonistas. Al giro de acontecimientos que da lugar a ese fin dichoso lo llamó eucatástrofe.

    Pero hay otra cosa más importante, a mi juicio, que me hace volver una y otra vez a él, la idea de que la fantasía es necesaria para comprender nuestro mundo y también mejorarlo. Es idea, creo, es el motivo real por el que escribo. Y, sí, es también el motivo por el que quiero escribir la historia en la que estoy trabajando.

    Explicarlo en este post ha sido bastante sencillo y creo que se entiende bien. Pero, por lo visto, soy incapaz de escribirlo en el apartado de Introducción de mi dichoso TFM. Desde ayer por la tarde que estoy dándole vueltas a la maldita idea, pero no hay modo.

    Quizás sea por la conocida presión de la primera frase. Ya sabéis, eso de que esa primera oración es clave para conseguir la atención y el interés del público. Ya me gustaría a mí conseguir un «Llamadme Ismael» o, incluso mejor, «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre ni quiero acordarme». Pero soy solo yo la que escribe. A estas alturas de la jugada debería conformarme con ser capaz de escupir una frase, la que sea, y completar ese primer apartado (¡qué solo es el primero, por favor!) para poder seguir adelante.

    Agarrada de la sabia mano de Tolkien, quizás podría empezar con algo del tipo: «El presente trabajo pretende ser una hoja de ruta, una guía, para adentrarse en la peligrosa tierra de Fantasía, que, en palabras de J.R.R. Tolkien, está llena de trampas para los incautos y mazmorras para los temerarios» y a partir de aquí explicar que, sin ánimo de compararme con tan gran autor, sí pretendo proyectar -y escribir- lo que el autor de El señor de los anillos denomina en su ensayo Sobre los cuentos de hadas, un mundo secundario, en cuyo interior lo que se relata es verdad en tanto que está en consonancia con las leyes de ese mundo.

    ¿Qué os parece esto como inicio? Aunque no empiece con una frase memorable, no tiene mala pinta como primer borrador del primer apartado… Y, si tenemos en cuenta que lo que no había logrado sobre un documento de word en 24 horas lo he conseguido en unos 30 minutos en el blog, quizás, solo quizás, debería plantearme escribir el maldito trabajo en formato blog y, después, ya si eso, llevármelo al documento de entrega. Madre mía, con los vicios y manías de escritora.

    En fin, que voy a seguir trabajando, que con la tontería de escribir el primer apartado todavía voy en pijama y, a estas horas, ni siquiera he hecho la cama…

    PS: A veces el análisis del post del asistente IA es mágico para subir el ánimo y, encima, me da buenas ideas. Adjunto captura :p

  • La doble vida de una profesora escritora: chaparrones, exámenes y TFM

    La doble vida de una profesora escritora: chaparrones, exámenes y TFM

    El curso acaba de empezar y ya me estoy agobiando. Por lo general, el estrés comienza cuando empiezan las clases, pero este año, ni eso.

    El primer día fue agotador. Y no, no me dedico a levantar piedras ni cargar sacos de cemento, como me recuerda mi querida madre cada vez que oso insinuar que estoy cansada por el trabajo. Pero mi batería social es, digamos, limitada -muy limitada, especificaría-, y toda una jornada dedicada al reencuentro tras las vacaciones es, para una servidora, el equivalente mental a levantar sacos de arena o hacer dieciocho habitaciones de hotel. Soy una blanda, no lo voy a negar.

    Y si el día uno me destrozó, el día dos parecía que me había pasado la noche morreándome con un dementor: Ni pizca de alegría, cero fuerza, cero ánimo. Mi estado era tan patético que ni una legión de licántropos ofreciéndome chocolate lo habría mejorado. Por suerte, el clima acompañaba y el otoño meteorológico -que empezó día 1 de septiembre- decidió hacer acto de presencia abriendo las compuertas del cielo para que toda el agua allí almacenada, según una mitología que prefiero no recordar, cayera sobre la minúscula isla de Ibiza en el instante justo en el que mi microcoche, nada preparado para el clima lluvioso, y yo nos dirigíamos al trabajo. Afortunadamente, no hubo que lamentar heridos, salvo que queramos incluir en esa lista las sandalias que llevaba, cuyo nombre ha sido incluido hoy en la lista de muertos. Una pena, pero en todas las batallas hay bajas, y, seamos sinceros, mejor las sandalias que yo.

    Pero la conducción extrema en condiciones adversas y el baño de pies atravesando calles reconvertidas en río para llegar en hora a mi puesto de trabajo no fue lo mejor, qué va. Omitiré detalles, pero digamos que, en esta amada isla mía, después de un chaparrón, el ambiente de por sí cálido de inicios de septiembre, se transforma en sofocante, en especial dentro de un aula llena, mientras alumnos de otro profesor realizan un examen de cuatro horitas, con un descansito de quince minutos, que hubo que suprimir, por cortesía, por si las inclemencias del tiempo habían imposibilitado la llegada del alumnado a la hora establecida. Una sauna habría sido un lugar menos sofocante para pasar el rato.

    Y no, no encuentro analogía pop para describir el estado en el que llegué a casa. Solo diré que me quité la ropa y las sandalias -esto último fue difícil, porque se habían secado sobre mis pies y habían tomado su forma, casi hasta incrustarse en ellos-, me di una ducha rápida -con especial énfasis en mis maltratados pinreles-, me puse el pijama me metí en la cama y lo siguiente que recuerdo es el sonido de la alarma esta mañana.

    Hoy el día no pinta mejor, aunque si no llueve, con el consecuente aumento de la humedad relativa que convierte las aulas en calderas, me doy con un canto en los dientes. Bueno, eso, y si no hay problemas técnicos, pero esa es otra historia.

    Aunque nada de lo anterior es lo que me tiene agobiada. Para nada. Ni siquiera las ajustadísimas fechas de exámenes y correcciones que tengo según el calendario de septiembre. Nop. Lo que me tiene al borde de un ataque de nervios es el dichoso TFM, para el que, por cierto, ya tengo director, y sus maravillosas fechas de entrega. Porque, recordemos, una servidora, además de profe de español, es escritora. O eso pretendo. Pero el 26 de septiembre tengo que hacer la primera entrega del dichoso trabajo final y no tengo NADA.

    En, fin, lo dicho, que vamos por el cuarto día de septiembre y ya estoy agobiada. Habrá que aplicar lo aprendido hasta aquí, que se puede resumir como «mejor ocuparse que preocuparse», aunque también sirve aquello de «cada día tiene su afán». Personalmente, suelo pensarlo como «tarea a tarea» o «línea a línea», según el caso, pero, no os voy a mentir, se lo he copiado al Cholo Simeone y su «partido a partido». Y eso que no soy aficionada al fútbol, pero cuando uno lleva razón, la lleva, y ese hombre, con ese lema, tiene más razón que un santo.

  • Escritora accidental: Escribir para pensar, para entenderse o para crear la historia que deseas leer

    Escritora accidental: Escribir para pensar, para entenderse o para crear la historia que deseas leer

    Hoy podría escribir sobre por que este fin de semana ni he escrito ni he hecho ejercicio, aunque la entrada quedaría demasiado corta. Todo se reduce a que, en las actuales circunstancias, prefiero dedicar los días de descanso a aquello que el resto de la semana no puedo tener. No hay misterio.

    También podría hablar sobre los cambios y las esperas, pero me he dado cuenta que hay ciertas cosas, demasiado personales, demasiado privadas, que prefiero no airear. O, al menos, no hacerlo de esta manera o no en este momento.

    Y podría escribir sobre esos micromachismos, que en realidad son muy macro y están tan perniciosamente arraigados en las vísceras de la sociedad, que muchas personas ni siquiera saben identificar. Ese fue un tristemente divertido tema de debate anoche. Pero no me apetece volver a entrar en esa rueda.

    Por último, podría escribir sobre un pensamiento que ni es nuevo, ni es mío. O, al menos, no del todo. Es de Jaime Gil de Biedma, que solía decir de sí mismo que era un escritor accidental, pues, en realidad, solo era un lector que, en un momento dado, se había visto impelido -casi obligado- a coger la pluma.

    Resulta que sí, que a veces se escribe por pura necesidad de dar salida a aquello que tenemos dentro y solo sabemos procesar con tinta. También, de vez en cuando, escribir es una de las mejores formas de pensar. Una servidora, por ejemplo, solo piensa con cierta claridad cuando lo hace por escrito y, preferiblemente, a mano.

    Pero hay más modos de ser un lector que escribe. Incontables, me temo. Mi preferido, quizás porque encajo en él, quizás porque me cuesta horrores aceptarlo, es el del lector que se escribe a sí mismo los libros que quiere leer y no acaba de encontrar.

    Y esa soy yo: una lectora que escribe para pensar y para entenderse, para estar en paz consigo misma, para acallar la mente. Pero, sobre todo, una lectora que se cuenta las historias que quiere -necesita- leer. Y eso, amigos míos, me hace sentirme como un fraude, pues en mi fuero interno creo que un escritor debe desear crear y, especialmente, hacerlo para los demás, sean esos otros el frío y mecánico mercado editorial o los lectores.

    Pero no, yo no escribo para nadie, salvo para mí. Y me importan un bledo las modas, las tendencias, los géneros, los estilos… Porque escribo para mí, con el único fin de poder leer esa historia que tantos años llevo buscando pero todavía no he conseguido encontrar.

    Eso sí, querido lector, no te tomes esa última confesión como algo personal. Pues sí, es posible que escriba para mí -y para pensar, y para aclararme-, pero, en todo caso, me encanta que me lean -que me leas-. Quizás ese sea el rasgo más propio de un escritor que poseo, ese exhibicionismo visceral; ese ego, que nos lleva a compartir lo que hacemos, nuestra obra; esa necesidad de que las almas afines se identifiquen con nuestra esencia -¿nuestro dolor?- impreso en negro sobre blanco.

    En fin, quizás, el próximo lunes hable del fin de semana, de los cambios, las esperas o todo el camino que falta por recorrer para que ser mujer no sea un condicionante para nada. O tal vez, simplemente, volveré a usar el blog para pensar, comprenderme y calmar a esta hiperactiva cabeza mía.

  • Fin del verano y vuelta a la realidad. De rutinas, incertidumbre y miedos

    Fin del verano y vuelta a la realidad. De rutinas, incertidumbre y miedos

    Viernes, 30 de agosto, es casi sinónimo de final de verano. Qué narices. Lo es. Para mí, lo es. Hasta el día ha amanecido medio nublado, como si supiera que esto ya se acaba, que pasó la tregua, que llegó el fin.

    Aunque hay otro modo de verlo, por supuesto, pues, después de todo fin, hay un comienzo. Y no me vengáis con pamplinas de finales absolutos, pues sería lo único absoluto en este maldito universo de relatividad física y aleatoriedad cuántica. Seamos algo menos prepotentes y comprendamos que aquí, lo único absoluto, parece ser la ignorancia humana, revestida de arrogancia.

    Me voy por las ramas, como siempre. Lo que quiero decir es que estoy de vuelta en Ibiza, en casa, y, tras este último fin de semana de vacaciones -de verano metereológico-, el lunes vuelvo al trabajo y, una semana después, a la universidad. Se acabó el receso.

    Y no, mejor no me preguntéis sobre mis vacaciones de escritura, porque no quiero hablar de ello. Cuando pueda, si es que en algún momento puedo, ya lo haré. Pero el pasado, aunque sea estival, dejémoslo reposar en la memoria, que es su sitio.

    Respecto al futuro, ay, amigos míos, el futuro… ¡Qué maldito miedo le tengo ahora mismo al futuro! Al inmediato y al de más allá. Aunque ese temor, a pesar de sentirlo como tal, es posiblemente pura inseguridad. No sé si seré capaz de tirar adelante con todo, ya sabéis, el trabajo, el proyecto de fin de máster, las asignaturas, la vida en general.

    Pienso que me faltará tiempo y puede que también fuerzas. Pero, llegados a este punto, se me acaba el suelo firme y la única opción es saltar al agua y nadar. Nadar sin detenerme, como si no hubiera duda de que alcanzaré la siguiente orilla. Hay quien lo llama fe, yo prefiero decir cabezonería.

    Y después está lo demás, claro, que abarca desde qué, cómo y dónde escribo hasta el nombre con el que firmo. Y eso, me temo, también es inseguridad.

    Pensaba que volvería del descanso más fuerte, más segura y mucho más convencida de todo y resulta que ha sucedido lo contrario. O, tal vez, solo tal vez, todas esas inseguridades y miedos de los que ahora soy tan hiperconsciente ya estaban ahí y he conseguido sacarlos a flote, ponerles nombre y rostro para enfrentarlos cara a cara.

    En fin, que las vacaciones se acaban, que regresa la rutina, con sus idas y venidas, sus más y sus menos, y todas esas luchas, más o menos épicas, que enfrentamos cada día.

  • Superando el bloqueo emocional al escribir: Experiencias y consejos

    Superando el bloqueo emocional al escribir: Experiencias y consejos

    Paso a paso, palabra a palabra

    Se supone que estoy de vacaciones de escritura, y lo estoy, pero hoy me he levantado apática.

    Sucede que no me encanta lo que estoy escribiendo. Y, ojo, que he usado el verbo encantar y no gustar, ni convencer, porque creo que ahí está la clave. Bueno, no, ni siquiera está ahí. Creo que el punto es que mientras escribo -mientras creo- mi juicio queda suspendido y pierdo cualquier capacidad que haya podido tener antes para saber si lo que estoy haciendo es bueno o malo. Peor todavía, todo se vuelve emocional, desaparece la lógica y, en lugar de argumentos, quedan solo sensaciones.

    Todo estaría bien si esas sensaciones fueran fiables, pero me consta que no lo son. Varias veces ya he sentido que estaba escribiendo una mala historia, que ha acabado siendo de mis favoritas, o un pésimo personaje, al que he acabado amando por encima incluso de los demás.

    Es más, he perdido la cuenta de las veces que habría abandonado una historia por no ser lo que yo pretendía o por no darme esa sensación que ni siquiera sé explicar o por cualquier otra estupidez que no puedo poner ni en palabras, sino que debo describirla con ridículos gestos de las manos.

    Y de todas esas ocasiones, muchas he abandonado, y ni os imagináis cuánto me arrepiento, porque añoro esas historias perdidas como a los mejores amigos que no ves desde la infancia. Pero, más importante para este caso, son las ocasiones en las que he conseguido superar esa barrera, supuestamente emocional, construida a base de sensaciones, que acaban por demostrarse vanas, y el resultado han sido historias que, una vez terminadas, me han entusiasmado y personajes, que ya completos en su universo, han sido de los mejores que he escrito.

    Suele ocurrir que cuando, años después de haberlas escrito, vuelvo a aquellas historias que estuve a punto de abandonar por esas sensaciones sin nombre, tan similares a las que ahora siento, no solo me encantan sino que me parecen de gran calidad, y sé que queda feo que una diga eso de su propia obra. Pero es lo que es.

    Entonces, ahora mismo, estoy atravesando este extraño momento en el que dudo de todo y en el que las ganas de tirar la toalla son inmensas. Ese momento en el que pienso que estoy a tiempo de empezar otra historia, mejor que esta, o que quizás tengo que darle otra vuelta a la escaleta en lugar de escribir… Ese momento en el que cualquier cosa parece mejor idea que escribir.

    Pero una ya tiene unos años y ha acumulado experiencia suficiente como para saber que no hay que abandonar, no importa lo cuesta arriba que se ponga, no importa el bombardeo emocional sin soporte argumental alguno, no importa absolutamente nada, salvo seguir adelante.

    Y allá voy, paso a paso, ahora mismo a través de un desierto del que no veo el final, pero dispuesta a atravesarlo para encontrar aquel maravilloso oasis de mis recuerdos, esa tierra prometida, aquel paraíso perdido… Llegados a este punto, solo pueden ocurrir dos cosas: Que lo consiga, o que caiga en el intento.

    PS: Por cierto, las notas, bien 😀

    PS2: He usado el generador de títulos de la IA y aunque no me convence del todo, puede que tenga razón a la hora de decidir los títulos con forma de consejos para atraer tráfico… Habrá que ir probando a ver qué tal.

    PS3: Y sí, llevo varias entradas usando el generador de imágenes de IA en lugar del banco de imágenes directamente. Todavía no puedo decir si me gusta el resultado, habrá que seguir probando.

  • Vacaciones literarias: notas de exámenes y proyecto de escritura intensiva

    Vacaciones literarias: notas de exámenes y proyecto de escritura intensiva

    Hoy salen las notas de los exámenes. Dijeron el día, pero no la hora, así que podéis imaginar cómo van los nervios y el número de veces que, a estas horas de la mañana, ya he entrado en la web de la universidad a ver si hay algo publicado.

    Lo cierto es que no temo demasiado por el aprobado, pero una, que es medio ingenua, medio soñadora, por una vez se ha permitido alucinar con la posibilidad de que las notas sean buenas. Y hasta he hecho algo así como un trato o una apuesta conmigo misma y, según los resultados, puede que encamine mis pasos hacia el doctorado. Y esa suerte de juego conmigo misma no ayuda a mantener controlados los nervios.

    Por otro lado, la publicación de las notas supone, oficialmente, el inicio de las vacaciones, en especial si sumamos que ayer entregué las actividades del último cursillo de formación continua que pienso hacer este verano. Vale, lo admito, en un primer momento pensaba hacer otro más en el mes de agosto, pero he decidido regalarme el mes de verano por excelencia y dejar el próximo cursillo para septiembre. Que sí, que serán cincuenta horas de formación menos en mi haber, pero ya está bien de autoexigencias, al menos por lo que se refiere a este tema.

    Y así, con algo más de un mes de vacaciones que se presenta ante mí, he decidido sumergirme en la escritura como si no hubiera un mañana y dedicarme a mi proyecto de novela a un ritmo de entre 10 y 13 páginas diarias, lo que da como resultado una novelita de entre 300 y 400 páginas, más o menos.

    Básicamente, así es como escribí mi primera novela, allá por 2010, aunque la cuenta de páginas fue más de entre 3 y 5 la primera semana, de 5 a 10, la segunda, y de 10 a 20 -y a veces algunas más- el resto de ellas, hasta concluir los últimos días de agosto un librito de algo más de 400 páginas. Así que mi plan, básicamente, consiste en replicar aquella experiencia. Y, creedme, es el mejor plan de vacaciones que soy capaz de soñar porque un viaje de escritura tan intenso e inmersivo es… Bueno, no tengo palabras, digamos, solo, que te cambia la vida.

    Así que, oficialmente, esta es la última entrada del blog hasta que vuelva de mi viaje de escritura, allá por el tres de septiembre, que es el primer lunes laborable del mes de la vuelta al cole. Eso no quiere decir que no vaya a escribir nada en el blog, sino, sencillamente, que suspendo la obligatoriedad de publicar una entrada al día o, incluso, de publicar en absoluto; pero, si me apetece, simplemente, escribiré. En septiembre, con la vuelta a la rutina, ya retomaremos el ritmo normal.

    Y, ya que hablamos de rutina, he pensado que podría ser una buena práctica hacer un vídeo diario del proceso de escritura. En un primer momento había pensado en hacer un Tik Tok dedicado o un video blog, o algo así, pero después pensé que el proceso de edición y publicación podría quitarme tiempo y, sobre todo, desconcentrarme de la escritura y la creación de la novela (eso por no hablar de cuánto y cómo pueden desestabilizarme los comentarios), así que creo que es mejor sencillamente grabar el día a día y ya veremos después que hago con el metraje, si lo voy publicando como vídeos cortos, si monto una especie de making of o yo qué se. Se trata, más bien, de registrar la experiencia. Por lo demás, ya veremos. Y si, al final, queda solo como recuerdo de unas vacaciones de verano, pues bien, también.

    Así que, estos son los planes y las novedades. Espero que disfrutéis del verano tanto -o más- como tengo intención de hacerlo yo. Nos leemos a la vuelta.

  • Reflexiones desde el fin del mundo

    Reflexiones desde el fin del mundo

    Este fin de semana he tenido una muy mala migraña. No es que crea que hay migrañas buenas, para nada, es solo que algunas son especialmente incapacitantes. Y aunque hoy estoy mejor -mucho mejor- dos horas después de haberme levantado puedo decir que no estoy completamente recuperada. Con suerte, y en ello me enfoco, mañana estaré mejor que hoy, y así cada día, hasta que, una vez más, la crisis migrañosa se haya convertido en un mal recuerdo.

    Cuento todo esto porque esta mañana he visto un vídeo de Tik Tok que me ha hecho reflexionar. No es que el vídeo fuera especialmente agudo u original, para nada, más bien al contrario, el tipo que hablaba se dedicaba a dar vueltas en torno al concepto ese de que somos mucho más que un cuerpo, que esto es solo un vehículo, que el verdadero ser es espiritual y ese tipo de cosas.

    Y, oye, es posible que sea cierto.

    Y también es posible que no.

    En cualquier caso, nada cambia. Seamos seres físicos, y punto, o espíritus viviendo una experiencia material, si el vehículo a través del cuál vivimos esta experiencia, es decir, nuestro cuerpo, se rompe o no funciona como es debido, todo se va al garete.

    Sé que es una reflexión muy básica, muy obvia, en especial para alguien, como una servidora, que viene batallando desde hace más de una década contra problemas de salud varios. Pero, a veces, lo más obvio, no es necesariamente lo más fácil de ver.

    Ocurre que cuando la salud está realmente comprometida, absolutamente todo se relativiza, salvo la propia salud y el propósito de recuperación. Todo pasa a un segundo plano y, por ridículo que parezca, los más pequeños avances se convierten en éxitos y las rutinas relativas a la recuperación en bienestar. Al menos, esa es mi experiencia cuando he estado realmente mal.

    Pero, ay, amigos, cuando estás más o menos bien, vives en la ilusión de llevar una vida normal, o, al menos, muy funcional, y algo aparentemente tonto como una migraña te deja fuera de juego, parece el fin del mundo.

    Y en el fin del mundo las cosas se ven diferentes y una empieza a preguntarse qué ocurre si esa aparente normalidad, en la que una quiere creer que vive, resulta que es menos normal de lo que me permito ver. Y si, en realidad, por más que mire hacia otro lado, son más los días malos que los buenos, y si los buenos son únicamente aquellos en los que consigo alcanzar unos mínimos muy mínimos -tanto, que nadie se atrevería si quiera a llamarlos mínimos, salvo el que se aferra a ellos como clavo ardiente-. Y si, sin darme cuenta, resulta que vivir se ha convertido únicamente en sobrevivir y no hay opción de más.

    Menuda perspectiva. No, definitivamente no me gusta nada la vista desde este acantilado, mejor me doy la vuelta y veo si puedo desandar el camino recorrido.

  • Hastío veraniego

    Hastío veraniego

    Hay días en los que no apetece nada. Poco importa lo que sea que te propongan o tengas que hacer, sencillamente, no apetece. Da igual si se trata de comer tu postre favorito, practicar el deporte que más te gusta o poder dedicar horas a esa afición por la que tanto fervor sientes. Y también da lo mismo si hablamos de hacer una tarea rutinaria, pesada o poco agradable. Simplemente, no apetece y esa falta de apetencia, tan similar a la desidia, pues ni siquiera aumenta o disminuye o varía en forma alguna según la actividad, puede ser una barrera infranqueable.

    Hoy tengo uno de esos días y hasta escribir estas palabras en el blog me está costando horrores. Pero las estoy escribiendo. Y esto es porque cuando se da esta situación podemos optar por dos caminos opuestos, o bien forzar la máquina y hacer, sea como sea, aquello que te has propuesto hacer, o bien asumir que es uno de «esos» días y aceptarlo y sobrellevarlo de la mejor manera posible.

    Admito que soy de las que suelen forzar la máquina, aunque me consta que en ocasiones es contraproducente, pues, si estás en esta situación quizás sea porque tu cuerpo -tu ser entero- te está pidiendo a gritos que pares, descanses, tomes distancia, lo que sea, menos seguir adelante como si nada.

    Y es posible que así sea, pero, por si acaso, tengo una estrategia: Me doy un día de forzar la máquina, a veces dos, incluso tres o puede que hasta una semana. Si la situación sigue igual, comprendo que debo parar, por lo que sea, porque hay algo que tengo que ver, sentir, hacer -o no hacer- para que el proceso que sea en el que ando metida llegue a buen puerto. Aunque, por suerte, lo cierto es que rara vez se da esa concatenación de días de inapetencia y hastío, es más, esa es una extraña anomalía que sí merece toda mi atención.

    En este contexto, cuando, como hoy, de forma aislada, al menos de momento, se da esta conjunción de hastío absoluto y apatía extrema, como decía, fuerzo la máquina. Pero no lo hago de cualquier manera, qué va. He aprendido que hay actividades que siempre van a ser más dolorosas que placenteras, más aburridas que divertidas, más molestas que bienvenidas. Estos días de inapetencia absoluta son ideales para quitarse de encima estas tareas, pues, total, absolutamente nada que hagas hará que el día mejore -tampoco que empeore, se quedará así de gris hasta que te despiertes al día siguiente-. Y a eso los dedico.

    Por lo general, estos días, en especial cuando se presentan de forma aislada, pueden ser un regalo, a la larga, si sabes enfocarlos de la manera correcta, pues, si total, hagas lo que hagas, nada cambiará tu humor ni tu ánimo, por qué no usarlo para hacer eso que, en un buen día, sí conseguiría agriar al más pintado.

    Así que, siendo hoy uno de estos días grises -y encima el color del cielo acompaña, imagino que por exceso de calor-, y habiendo realizado ya la principal tarea de mis días veraniegos, que es escribir la entrada del día en este blog, me dispongo a concentrarme en las tareas de un absurdo curso de verano, que, creedme, me provoca un aburrimiento infinito, y, precisamente por eso, mejor hoy, que cualquier día bueno.

  • Mi guerra del arte

    Mi guerra del arte

    Hablemos de la Resistencia. Steven Pressfield se refiere a ella como una fuerza opuesta y correspondiente en intensidad a cualquier empeño que te propongas, en especial si es creativo, pero, según el autor de Legend of Bagger Vance tanto podemos toparnos con ella al decidir empezar una dieta o a ir al gimnasio como al iniciar la escritura de una novela. Y no, no solo aparece en el inicio de cualquier proceso creativo, sino que acecha constantemente, a la espera de cualquier oportunidad, cualquier señal de flaqueza por parte nuestra, para así desviarnos de nuestro camino, apartarnos de nuestro propósito.

    No me gusta demasiado el nombre de Resistencia, pero, claro, no se supone que deba gustarme absolutamente nada de ella, pues hasta cabría el peligro de que acabara romantizándola. Lo que puedo asegurar es que esa fuerza opuesta y proporcional a nuestro empeño en cualquier iniciativa existe, pues yo la he experimentado múltiples veces. Toma muchas formas y siempre ataca por donde menos lo esperas, pero, si te despistas, estás listo.

    También es verdad que Pressfield habla de fuerzas positivas, como la inspiración, representada por las musas, que nos ayudan y empujan, siempre que haya empuje por nuestra parte primero. La toma de acción en primer lugar y de forma principal debe ser nuestra, viene a decirnos.

    Pressfield tiene varios libros dedicados a esto de la vida creativa, todos en torno a la misma premisa de Empeño/Resistencia/Musas. El primero, y creo que el único traducido al español, que he convertido en mi libro de cabecera, es La guerra del arte, y nunca me cansaré de recomendarlo a cualquiera que quiera dedicarse a esto de la escritura, o cualquier otro arte u oficio análogo.

    Pero, además de esa lucha encarnizada y diaria contra la Resistencia y, gracias a nuestro trabajo, con el favor de las musas -llámalas musas, llámalo universo, o lo que mejor te convenga-, Pressfield también habla en sus libros de la necesidad de dedicarse 100% a la labor creativa. Resumiendo mucho su argumentación, diremos que si de verdad quieres algo, no valen medias tintas y en el mundo creativo, que suele requerir un esfuerzo descomunal, menos todavía. Y esto, amigos, se resume en, si quieres ser escritor, dedícate a escribir, aunque tengas que pasar una temporada durmiendo en un coche -como el propio Pressfield- o en un autocaravana -como Stephen King y su mujer antes del bombazo de Carrie-.

    Por suerte, si me atreviera a probar su método al completo, no tendría que vivir en una autocaravana -es más probable que acabe en una si me quedo mucho tiempo más en Ibiza, tal y como están los alquileres por allí- porque una de las cosas que gané en previos sacrificios de sueños y ambiciones fue, precisamente, una casa en propiedad, y las facturas, afortunadamente, son asumibles. La parte material, pues, estaría más o menos satisfecha, habría que estrecharse el cinturón y renunciar a caprichos y chorradas varias, pero, oigan , por un sueño como el de dedicarse a la escritura, es un precio pequeño, ¿verdad?

    El problema, la Resistencia, en mi hipotético escenario, tiene la cara de mi suegra y la risa sarcástica de su marido. Y, tras ellos, innumerables personas sin rostro del todo definido que se mofan y me señalan. Es como si a ese sinfín de espectadores, entre los que hay tanto seres queridos como desconocidos, les debiera una explicación justificada de la decisión de seguir mi sueño. Diría más, es como si a ese público no deseado, pero del que no consigo librarme, nada de lo que hiciera les pareciera bien, salvo lo que ellos dictan. E, incluso, si sigo sus dictados, hay juicio y señalamiento.

    Pero, peor que todo eso, es, me temo, mi falta de convicción. Y me explico, una servidora es capaz de hacer muchas cosas con todas las opiniones en contra, siempre y cuando esté totalmente convencida de que es el camino adecuado. A mis 42 años tengo múltiples ejemplos de ello, que no viene a cuento enumerar ahora, que me llevan a preguntarme en esta ocasión qué demonios es lo que pasa. Porque aquí el problema ya no es el imaginario público eternamente insatisfecho ni la susodicha Resistencia. En absoluto. Aquí el problema sería yo, que, o bien no me siento capaz de luchar -de nuevo- por mi sueño, no sea que vuelva a fracasar; o bien no creo que sea lo suficientemente buena y piense que primero debo probar en un entorno controlado -obviando ahí todos los inconvenientes, que son muchos, de ese entorno-; o bien sigo desconfiando del sistema y de la industria. Pero esta última ni siquiera me parece una excusa.

    La opción segura, la fácil, es optar por practicar en un entorno controlado hasta que, de alguna manera, suene la campana. Esa es la opción tradicional, la que prefiere mi imaginario público eternamente insatisfecho, y, por supuesto, la Resistencia. Esa es la que implica no querer al 100% lo que se supone que quieres, la de amar solo a medias.

    Pero la creación -¿me atreveré a llamarlo arte?- es una forma de amor, quizás una de las más elevadas y puras, y es un amante exigente. Algo así no se puede amar a medias, si es que acaso existe algún supuesto en el que el amor a medias pueda considerarse como tal, y personalmente creo que no.

    El amor, implica entrega gustosa y eso es lo que la creación -¿el arte?- pide. Uno no puede ser un creador -¿artista?- a medias. O lo eres o no. Y ahí no entro en las apreciaciones ajenas, porque en esta ecuación no caben. Se trata de ser y vivir con sentido y significado, acorde a lo que se es. Quizás, sencillamente se trata de aceptarse y defenderse. Tal vez, para que exista amor al arte debe de haber amor propio en primer lugar. No lo sé.

    La cuestión es si me atreveré a dar el paso y seguir los consejos de Pressffield en esto de la vida creativa, siendo a medias, amando a medias, y dejando que un gentío imaginario dirija mi vida por el camino que marque la Resistencia.

    Menudo dilema para una mañana de julio cualquiera.

  • De sueños y decisiones

    De sueños y decisiones

    Me ha costado muchos años, pero, al fin, he entendido que, por más que se desee, no se puede tener todo, aunque a veces parezca que sí. Cada día debemos tomar decisiones, algunas más superfluas, otras más profundas o importantes, pero todas ellas de un modo u otro determinantes. Y, lo peor, me temo, es que el hecho de no decidir, no actuar, es también una decisión en sí misma. Así que la parálisis, sea por el motivo que sea, no es una opción, porque también supone una acción, aunque sea en negativo.

    Y cada una de esas decisiones, por absurda que pueda ser, es una elección. En este contexto, la falta de decisión implica dejar que el contexto, o, peor, otras personas, elijan por ti.

    Todo esto viene a cuento de que desde hace un año, mes arriba o abajo, me encuentro en una encrucijada, que, más o menos, puedo describir como la necesidad de elegir entre mi fututo profesional y mi sueño de ser escritora o la vida que durante dos décadas había estado construyendo, con muchísimo esfuerzo. La primera opción implica estar alejada de mis seres queridos, de mi hogar y de todo lo que con tanto esfuerzo habíamos construido; la segunda implica renunciar al mejor trabajo del mundo y a mi sueño.

    Y voy a ser muy sincera, renunciar al trabajo me daría absolutamente igual de no ser porque es el único con el que sé que tendré tiempo y posibilidad de escribir. Pero renunciar, por segunda vez, a mi sueño de ser escritora no es una opción para mí, entre otras cosas porque ya lo he probado y sé lo que hay después de esa decisión: dolor, soledad y frío.

    Pero alejarme de las personas a las que quiero y de todo lo que con tantísimo esfuerzo hemos construido aquí no es sencillo y poco importa el apoyo que sienta por parte de esas personas de las que tanto me cuesta separarme.

    Así que me imagino que me toca ser fuerte porque no voy a renunciar a mis sueños, por mucho esfuerzo y sacrificio que me toque hacer. He elegido, he tomado una decisión y sé que es la correcta. Ahora solo me falta acostumbrarme a vivir con ella.

  • Fin de exámenes

    Fin de exámenes

    Y, al fin, el verano huele a verano.

    Terminé el domingo, aunque debo admitir que ese último examen de dos horas desde las 11:30 de la mañana fue más una prueba de resistencia que de conocimientos. El calor era infernal y por más aire acondicionado que hubiera en la sala, la sensación era asfixiante -aunque, quizás, el cansancio acumulado ayudaba a eso casi tanto como las temperaturas caniculares-.

    En fin, que ayer me tomé el día de descanso. Para ser exactos, diré que estuve en un estado de letargo similar al de los osos cuando hibernan, pero con todo al revés, es decir, con un calor de morirse y un hambre atroz, que era casi el único motivo por el que me levantaba del sofá.

    Hoy estoy algo mejor -no demasiado, no nos vengamos arriba-, pero, además, tengo claustro, así que no me queda otra que poner fin a mi pequeño descanso y aceptar que tendré que recuperar fuerzas mientras me reincorporo a la rutina. Muy fácil todo.

    Esta temporada de exámenes, que ha coincidido con mis vacaciones, porque, ya sabéis, a cierta edad, si no es vacaciones mediante, lo de preparar una examen en condiciones es prácticamente imposible, me ha traído un montón de ideas a la cabeza y algunas de ellas ni siquiera las he asimilado del todo todavía.

    Supongo que necesito reposarlas, observarlas y seguramente también cuestionarlas, pero ahora mismo, aunque no quiero precipitarme en mis conclusiones, la sensación es que necesito un cambio de vida, o, al menos, de enfoque. Creo que, en algún momento del camino que me ha traído hasta aquí, he olvidado cosas importantes, como, por ejemplo, quién soy, y me he dejado llevar por impulsos, ideas y necesidades que ni siquiera son mías.

    Sé que todavía estoy cansada porque el mero hecho de escribir esta entradita de blog me supone un esfuerzo enorme, así que voy a dar por cumplido el propósito de retomar hoy el blog y dejarlo aquí, con el compromiso de retomar la publicación diaria y la confianza de que cada día será más sencillo que el anterior, hasta volver a la normalidad.

  • Sin culpa

    Sin culpa

    Hoy no he trabajado ni cinco minutos en el proyecto de novela para el TFM. Y ya sabía que sería así. He tenido médico y sé, por experiencia, que cuando me toca consulta o, peor, algún tipo de prueba o tratamiento, no hay escritura. Mañana tengo que volver al hospital y, probablemente, tampoco habrá escritura.

    Comprendo que es normal que en estos días no pueda trabajar en la novela. Lo comprendo ahora. Hace unos años un día como el de hoy era causa de agobio y, con un poco de mala suerte, de bloqueo.

    Una autoexigencia demasiado elevada ha sido siempre uno de mis mayores problemas porque, cuando no cumplo mis propios estándares, me bloqueo. Y entonces sí que ya no cumplo nada. Lo peor de todo es que esos estándares son muy difíciles de cumplir porque, como digo, por defecto me pongo a mí misma el listón demasiado alto.

    Una situación como la de hoy y mañana habría sido sin duda una causa de bloqueo. Peor aún, mañana mi marido empieza las vacaciones, así que lo más probable es que disminuyan aún más las horas que pueda dedicar a la escritura. Y si a eso le sumamos que en dos semanas tengo los exámenes semestrales, pues, el bloqueo y la catástrofe habría estado asegurado.

    Pero esta vez hay algo diferente y, no, por desgracia no es que haya conseguido bajar mi listón imposible -o, al menos, no lo suficiente-. Lo que ha cambiado, o, mejor dicho, lo que ya no está, es la culpa.

    No me siento -y no me sentiré- culpable por no haber podido escribir hoy, o por no poder hacerlo mañana. Pero tampoco me sentiré culpable por disfrutar de unos días de vacaciones con mi pareja después de más de cinco años sin que hayamos compartido ni una semana de vacaciones en verano -sí en navidad, pero no es lo mismo-. Tampoco me sentiré culpable por tener que estudiar para los exámenes en lugar de escribir.

    Comprendo que soy humana, que tengo limitaciones y multitud de defectos. Pero también que una historia no se bloqueará por no poder prestarle el 100% de atención durante unos días.

    Es muy fácil escribirlo, veremos que tal se me da hacerlo.

La Enésima Aventura

Un cuaderno de viaje con sueños, relatos y novelas en marchaHistorias vivas donde no serás espectador, sino acompañante de la aventura.

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