Tengo una tiara de princesa que, sorprendentemente, porque es de niñas, encaja en mi cabeza, una varita mágica de plástico de colores y un unicornio de peluche con cara de enfadado que gruñe cuando lo aprietas. Es mi kit de supervivencia para días tontos en los que la escritura no sale ni a latigazos. O, peor, para esos días en los que sí sale, pero rechazo el resultado.
Rechazar lo que escribo no es nuevo. Tampoco odiarlo. Ni ocultarlo o esconderme yo como autora, sea con un seudónimo, sea con una conveniente y magistralmente ejecutada desaparición. Este último, de hecho, es un truco que se me da de perlas. Si eres de mis más antiguos seguidores, seguro, ya te habrás dado cuenta.
Por lo visto, el rechazo a la propia obra es algo más habitual de lo que parece en los ámbitos creativos. Poco importa que escribas, pintes, cantes, bailes o, yo qué sé, te dediques a la alta cocina, siempre puedes caer en la tentación de odiar tu producción ya sea por indigna, poco original, predecible, o, directamente mala.
Julia Gilbert, o alguien muy parecido a ella, decía que esa autoaversión es un mal europeo, cosa del malditismo artístico. Puede que tenga razón. Lo mío, en todo caso, no es eso. O no solo.
El rechazo que yo experimento hacia mi propia producción, en cambio, no tiene tanto que ver con su calidad o falta de ella ni con cualquiera de las cosas que he mencionado. Para nada. Lo mío está directamente relacionado con la idea de escritora que durante mi infancia y adolescencia construí en mi cabeza y que poco o nada tiene que ver con la escritora que soy. Y es un mal, ya os lo adelanto, que no se cura ni con tiaras de plástico barato, unicornios malcarados ni listones coronados con estrellas a modo de varita mágica.
Ocurre que yo querría escribir luz, pero escribo oscuridad.
Para más señas, estoy trabajando en un proyecto que quería ser un cuento del tipo de La forma del agua o La pesadilla prenavideña de Tim Burton, pero me ha salido una catástrofe sin final feliz posible, sin importar el sentido que lo miras. Es como si hubiera intentado escribir Harry Potter y hubiera ganado Voldemort. Peor, peor. Es Romeo y Julieta, pero además se suicidan los padres y hasta el alcalde de Verona aquel que nos da contexto. Peor todavía. El tenorio, pero Doña Inés va al infierno.
Y, claro, aquí estoy yo, con tiara en la cabeza, varita junto al teclado y unicornio entre los brazos todavía con los ojos llorosos mientras intento asumir que eso es lo que escribo y que lo más parecido a un final de feliz que sale de mis manos es un «y no te quejes que estás viva», después de haberme cargado a sus amores pasados y presentes, su carrera y el lugar en el que vive.
Yo quería escribir un cuento de hadas y me ha salido otro cuento macabro.
¡Sssshhhhh! Que te veo, ni se te ocurra decirme que los cuentos populares originales eran macabros. Lo sé, pero eso no tiene cabida en esta conversación ahora. ¿No ves que tengo un unicornio gruñón entre mis brazos y estoy dispuesta a usarlo si es necesario?
En fin, que no escribir, duele. Lo sé. Pero hacerlo, a veces, también.
Ahora toca recuperarse. Mi método es el helado de menta con chocolate, que para eso está. Y cuando haya sobrevivido, que sobreviviré, os contaré con calma de qué va este proyecto —horrible, horrible, horrible— que estoy escribiendo y cómo, cuándo y dónde podréis disfrutarlo.




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