Hoy ya me siento mejor. Más humana. Más en mí. Más en el mundo de los vivos. No en vano, esta noche a eso de las 21:30 hará siete días que salí del quirófano, con tres litros de sangre menos y una prórroga de tiempo indefinido en este tablero de juego al que llamamos vida. Y eso, para alguien con querencia hacia el pensamiento mítico, como servidora, no es cualquier cosa, pues el siete no es cualquier número.
Mañana, si no hay novedades, me quitarán las grapas. Las ganas que tengo de pasar por ese trance son enormes, no solo para ver, ya sin bastidores, la forma del mapa que se ha dibujado en mi barriga —que también—, sino porque ya tiran, alguna empieza a sobresalir, como si la piel la escupiera, y debo cuidar que no se enganche con la ropa, y, además, es incómodo moverse con ellas.
También estoy mucho menos mareada. Señal, supongo, de que mi cuerpo sigue regenerando la sangre perdida, aunque no salí con malos números del hospital. Y debo confesar que cada vez que pienso en eso, en la sangre, los valores en las analíticas que debieron cumplirse para poder iniciar la intervención, primero, y los que tuvieron que alcanzarse después para poder salir del hospital, en mi mente se reproduce una escena de Drácula en la que alguien —no sé si Gary Oldman encarnando al vampiro o Tom Waits en la piel de Renfield— afirma «La sangre es la vida».
Y es que la sangre es la vida. Sin más. Aunque, por mística que me haya sonado siempre, esa frase es mucho más literal de lo que estoy dispuesta a admitir, entre otras cosas porque en la novela que estoy terminando de escribir la sangre es la manifestación física de la esencia de los seres. Algo así como espíritu líquido. Pero, ya os lo he dicho, servidora tiende al pensamiento mítico, aunque la vida, por lo visto es mucho más prosaica.
La cuestión es que estoy mejor y, cómo no, los pensamientos grandilocuentes sobre el sentido de la vida empiezan a dejar paso a esos pequeños intrusos cotidianos más relacionados con el debe y el haber que con el estoy y el ser. Cosas del tipo qué hago con la mudanza que tengo pendiente, en especial cuando estoy castigada a no levantar peso hasta que las cosas no se normalicen —y eso no pinta que sea rápido—, o qué hago con el máster ese que estoy a punto de terminar. También hay burocracia, cómo no, que va de las citas médicas al envío de bajas, pago de facturas…
En fin, lo propio de un mundo en el que la sangre puede ser, sin problema, el líquido vital, pero en el que levantamos suspicaces la ceja si alguien se refiere a ella como la representación del espíritu. Uno en el que, claramente, nos sentimos más cómodos ignorando que miles de fieles cada domingo se dan un banquete a base de la carne y la sangre de su dios encarnado.
Un mundo que, debo confesarlo, por más que me alegre estar viva y de vuelta, me aburre soberanamente, pero no por cómo es, en absoluto, sino por cómo se nos obliga a mirarlo y leerlo, desde la rigidez del logos, por más que todos nosotros seamos, en esencia, puro mito encarnado.
Y en este mundo de logos al que estoy regresando, en el que la sangre solo es sangre y las palabras solo palabras, he decidido tomar varias decisiones. Por un lado, recordarme a diario que, por más que las corrientes sean fuertes, me mantendré firme en mi cosmovisión, aunque tenga que repetirme a diario qué pienso —y creo— y por qué. Así que viviré en el mito, en la metáfora, en la linde. Y digo viviré. Con todo lo que vivir conlleva.
Por otro lado, y esa decisión, me temo, está tomada desde antes de entrar en el quirófano, voy a terminar y publicar aquella novela que dejé a medias porque fui incapaz de soportar esa tensión de vivir en la linde, en la metáfora y en el mito. Sí, esa en la que la sangre es más que sangre y el sexo más que sexo. Esa que no soporté escribir porque, en el fondo, lo confieso, siempre he anhelado ser normal, como los demás, del montón. Y esa historia me mostraba como era sin coraza alguna y no estaba lista para soportarlo.
Tampoco sé si ahora estoy lista, aunque tras una década y pico desde que la condené al cajón de las historias perdidas, el yo que muestra no es el de ahora. Al menos, no exactamente. En cualquier caso, ya lo he dicho en otras entradas, nada de esto es una opción, qué va, es, directamente, un contrato del alma.
De ese contrato que contraje, y juro que lo hice, solo empiezo a entrever las condiciones, aunque la más clara y evidente es que estoy aquí, de vuelta, sana y salva. La otra, igual de evidente e inevitable, es la de escribir, así, en general, terminar aquella novela, publicarla y aceptar todas las demás historias que se presenten en adelante y, creo, también las que dejé olvidadas atrás, cuando ellas lo reclamen. Bueno, y, como se puede entrever, también respetar que las historias tienen voluntad, es decir, ellas deciden cuándo y cómo se presentan. No se fuerza, no se exige y, sobre todo, no se tergiversa.
Empiezo a comprender que, además, alguna cláusula debe referirse a vivir de acuerdo con las propias creencias y principios, cosa que, debo reconocerlo, no he estado haciendo, por miedo a que me tachen de rara o excéntrica. Aunque, llegados a este punto, me temo, creo que esa fama ya la cargo por más que me esforzara tratando de camuflarme.
Lo demás, porque hay más, lo sé, ya se irá desvelando. Aunque no tengo prisa, solo curiosidad y, por qué negarlo, ganas. Al fin y al cabo, hasta ahora, nunca me he permitido vivir plenamente desde el mito en este mundo logos. Nunca, hasta ahora, me he permitido creer que, en efecto, «La sangre es la vida», quizás se refiere a mucho más de lo que la literalidad de la frase deja entrever.




Deja un comentario