Esta mañana me han quitado las grapas de la operación. No sé cuántas han sido, en ningún momento las he contado. Pero si tenemos en cuenta que tengo seis agujeros en el vientre, dos más chiquitines, cerrados con tiritas de esas que son como puntos y el resto, de diversos tamaños, cerrados con grapas, el total, seguro que llegaba a la decena. Quizás más.
En fin, una, que es aprensiva, aunque valiente, se ha presentado a la cita con la enfermera con tanto miedo como esperanza. Miedo al dolor, por supuesto. Y esperanza de que no doliera, claro. Además, al menos cuatro de las grapas estaban en el ombligo, zona que siempre ha sido para mí especialmente sensible. Así que, al menos, los nervios, del tipo pánico escénico, estaban asegurados.
Para colmo, la enfermera de siempre no estaba. Y, a ver, no es que desconfíe de las enfermeras sustitutas, para nada; pero, vamos, cuando la que te va a desgrapar es la misma que te ha vacunado, curado, grapado, cosido, pesado, medido y mucho más desde hace años, pues es como que la cosa fluye con más facilidad.
Por suerte, para pasar este trance, mi madre me ha acompañado. Y ella, además de fiel escudera en lides similares, tiene el don de distraerme y llevar mi mente lejos del combate que tengo que librar mientras el ring se dispone.
Así que cuando la enfermera, sustituta y jovencita, tras examinar el mapa de grapas y tiritas, me ha dejado tumbada boca arriba y panza al aire mientras iba a buscar las herramientas pertinentes, mi señora madre ha empezado a hablarme de lo que, sin duda, es para ella la mejor —cuando no única— medicina para cualquier mal: la comida.
Ya me veis a mí, cuál tortuga boca arriba sobre la camilla mientras mi madre, del otro lado de la cortina, debatía sobre si, una vez retiradas las grapas, sería más conveniente ir a merendar de un llonguet o de un pa amb oli, porque servidoras, lesionadas o no, somos, por lo visto, ante todo, mallorquinas. Y, en la misma conversación, sembrada aquí y allá de risas, iba la discusión sobre si mejor ir hacia Palma a merendar, con lo que conlleva de precios y mal aparcamiento, o hacia la Part Forana. Que no es lo mismo el queso de aquí que el de allá, que si ahí es mejor con sobrasada, que si allá mejor con butifarrón.
Por suerte, cuando ha regresado la enfermera, elevado ya el tono de la conversación entre mi madre y yo, se ha olido el percal y, en lugar de poner orden, se ha unido a nosotras con sus particulares sugerencias sobre uno y otro manjar. Y tan enfrascada estaba yo en la charla, tanto, tanto, que la muchacha se ha puesto a desgrapar y desinfectar, entre sugerencias y risas, y, sin darme siquiera cuenta me ha dicho: ea, ya estás lista.
Me he levantado con cuidado, por supuesto, que una todavía está delicadita y debilucha, y, vamos, que por poco que me haya dolido, que te quiten un puñado de grapas del vientre, tiene su aquel, y he querido observar el cuadro de arte abstracto de mi tripa, pero la más que diligente enfermera, me ha cubierto las heridas para que, al menos, durante un par de días, nos aseguremos de que nada se abra (¿cómo? ¿que acaso esto puede abrirse? Mejor no lo pienso y hago como que no lo he oído) y no me moleste el roce de la ropa.
Al final, enfermera, madre y servidora hemos concluido que nuestra mejor opción de merienda, dada la situación, pasaba por un buen pa amb oli hacia el Pla, que ya habrá tiempo para ir a callejear por Ciutat cuando me encuentre más fuerte. Ahora lo importante, ha recalcado la enfermera, es alimentarme bien para reponerme en condiciones de la extraordinaria pérdida de sangre. Y mi madre, hinchada cuál globo aerostático, se ha sentido respaldada en su milagrosa cura para cualquier mal: la comida.
Y pensando en eso he salido de la consulta, tratando de seguirle el paso a mi madre, que a sus setenta y cinco años tiene más fuerza y velocidad que cualquier atleta olímpico y he recordado que en realidad, esa milagrosa receta para cualquier mal, no es la de mi madre, sino la de mi abuela.
Ha sido justo ese pensamiento el que, en cascada, ha desbloqueado un recuerdo de mis días de ingreso. Un recuerdo que estaba ahí, sí, pero oculto como detrás de una neblina de anemia y morfina. No es un recuerdo raro. O, al menos, no es de los más raros y psicodélicos de esos días. Y ni siquiera es uno completamente olvidado que ha salido de forma súbita a la superficie. Es mucho más simple que todo eso.
Es un recuerdo de la habitación, no de la anestesia, ni de la noche en la sala de observación. Uno que, supongo, para no olvidarlo, conté en voz alta tal como se produjo:
—He soñado con la abuela —le dije a mi madre, nada más despertar de una cabezada a deshoras ese primer día en la habitación—. Me ha dado de comer.
Tan vívida fue aquella experiencia, tan extraña, que, en realidad, me desperté masticando, como si realmente mi abuela —cuánto la extraño— me hubiera metido algo en la boca.
Mi madre dijo algo como que mi abuela todo lo arreglaba con comida. Igual que ella, aunque esto lo digo yo, ella jamás lo reconocería.
Y todo quedó en anécdota.
Todo, hasta que al recibir el alta la hematóloga me entregó la receta de la heparina que, desde entonces, religiosamente, me pincho cada día. Y leí el nombre. Y sonó a faraón egipcio. Y el recuerdo, conservado, pero no observado ni comprendido, se desplegó con vertiginoso desparpajo ante mí.
En efecto, soñé con mi abuela. Ella estaba junto a mi cama, apoyada en la barrerita esa que tienen las camas de hospital, que yo había usado para medio darme la vuelta, porque tenía la espalda destrozada de estar boca arriba, o porque siempre he dormido de lado y lo necesitaba, por más que me doliera la barriga.
Mi abuela me acariciaba la cabeza. También me agarraba la mano. Y me decía que debía abrir la boca y comer lo que me daba. Y yo, como gatita asustada y herida, abrí la boca y acepté lo que me daba. Que era alimento. Pero no comida. Lo que mi abuela sacó de no sé dónde e introdujo en mi boca era un Ankh.
Ahora el recuerdo de aquella cruz ansada es claro como el agua y ni siquiera comprendo cómo he podido olvidarlo. Pero, más raro que eso, es cómo me las apañé para leer el nombre de Imhotep, el primer médico cuyo nombre ha llegado a la historia, en la receta de las heparinas, que reveló el recuerdo como por arte de magia, que en realidad se llaman Innohep por más aire que ambos nombres se traigan.
No tengo intención de buscarle la lógica a la experiencia. Hay cosas que están más allá de ella y es bueno que así sea. Tampoco intentaré explicarle a mi madre este sueño y revelación, porque ni entenderá el significado del Ankh ni la relación de nada de esto con el primer médico y científico conocido. Ni falta que hace.
A todos los efectos, basta con que mi madre sepa, como sabe, que desde que soñé que mi abuela me daba algo de comer en la cama de la habitación y yo me desperté masticando mi mejoría fue meteórica, los valores de mi sangre en las analíticas se estabilizaron como por arte de magia y ya no fue necesaria ninguna otra transfusión, ni siquiera la que estaba prevista. Eso, y que el pa amb oli de esta mañana me ha curado cualquier dolor que pudiera haber sentido por la retirada de las grapas.




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