Tres litros

Glowing humanoid figure emitting red and blue energy streams in outer space

Tener una enfermedad crónica es un asco por muchos motivos. Muchos. Pero entre todos destaca uno, por lo general, ignorado, y que es en realidad una multitud: los efectos secundarios de la medicación.

Me hace gracia cuando alguien sano se entera de que sufres una enfermedad crónica que te obliga a medicarte de por vida y sentencia cosas del tipo «yo no podría tomar eso» o «a mí se me olvidaría tomarlo la mitad de los días».

Ya no entremos en los «yo no creo en esto» o, peor, «esa inyección (o pastilla, o sea lo que sea que te tengas que poner en ese momento) te va a matar», cuando resulta que es lo que te mantiene con vida.

En fin, lo que me resulta gracioso, en general, es la actitud de algunas personas sanas frente a la medicina moderna en el caso de las enfermedades ajenas. Porque, digámoslo, para las personas sanas, la enfermedad —la de verdad, la seria, la que te encara con el final— es eso que ocurre a los otros. Y lo sé porque, antes de estar enferma, he estado sana.

Suele ocurrir que esas mismas personas que miran con suspicacia tu pastillero cuando, en mitad de una conversación, te suena una alarma para indicarte que es la hora de la pastilla, son las mismas que acostumbran a decirte que no entienden por qué estás de baja, si se te ve bien, y, en realidad, tienes mejor aspecto que en otros momentos.

Personalmente, todo eso lo suelo guardar en un cajón etiquetado como «cosas de sanos» junto con los «pues yo conozco a uno que…» o «mi vecino lo arregló con más vitamina D» para evitarme frustraciones y enfados, aunque, a veces, si la afirmación viene de personas cercanas, poco importan los candados que le pongas al cajón, las palabras te pellizcan un poco el alma.

Lo que quería decir, antes de irme por las ramas, es que en algunas de estas enfermedades crónicas y, muchas veces, invisibles, la medicación puede ser tan cura como veneno, pero no por ello prescindible.

Y eso cuesta entenderlo.

¿Cómo voy a medicarme a diario con algo con el potencial de matarme? Hay un duelo que pasar cuando te enfrentas a eso, pero, al final, por lo general, se asume que debes elegir entre morir ahora, seguro, y la posibilidad, poco probable pero posible, de que el remedio te mate.

Por lo general, por supuesto, se elige la vida con riesgos. Al final, la única diferencia entre mis venenos y yo y el más sano del barrio es que yo soy más consciente de mi vulnerabilidad y mortalidad, aunque a ambos nos puede atropellar un autobús al cruzar la calle…

En mi caso en concreto, de entre todas las drogas que me mantienen en este mundo hay una particularmente peliaguda. Recibe el nombre de Warfarina y es un inhibidor de la vitamina K —al final tenía razón el cuñado y todo era cuestión de vitaminas…— lo que reduce la capacidad de la sangre de coagular.

Y debo tomar esa maravilla porque, por un lado, mi cuerpo tiene tendencia a formar trombos y, por otro, el mismo síndrome que provoca eso, en un día de aburrimiento, decidió escacharrarme la válvula aórtica y me la tuvieron que sustituir por una de Ferrari —¿o quizás era de Porsche?—, que, como casi todo lo artificial, con independencia de la marca o la calidad, requiere de ayuda para funcionar igual que la original. La ayuda, en este caso, es la anticoagulación.

Por supuesto, estar anticoagulada supone algunos riesgos y el peor de todos es la posibilidad de padecer sangrados internos y, como tales, discretos, que pueden ponerte en jaque.

Exactamente eso es lo que me ha pasado. En un máximo de veinte días, a tenor de la fecha y resultados de las últimas analíticas de sangre rutinarias, me desangré por dentro hasta formar un enorme coágulo de unos tres litros en la parte inferior del vientre. El nombre técnico es hemoperitoneo.

Joder, qué duro es ponerlo por escrito.

Dadme un momento para respirar.

Ya estoy de vuelta.

Bien, lo que me llevó a urgencias, más allá de la hinchazón descomunal de la barriga y la debilidad, fueron el dolor indescriptible en la tripa y la imposibilidad de orinar.

Y los médicos fueron rápidos porque, a pesar de que cuando entré se barajaron todo tipo de hipótesis, y casi ninguna relacionada con que me estuviera desangrando por dentro, de inmediato me pusieron un suero de vitamina K, que es el antídoto de la Warfarina, porque, con independencia de qué me estaba pasando, tenían claro que habría que intervenir.

E intervinieron.

Aunque, claro, primero tuvieron que estabilizar mi INR, que es algo así como el parámetro que mide la velocidad de coagulación de la sangre, y también compensar la pérdida de sangre, que ya se reflejaba en mis analíticas, por supuesto.

Así que, tras unas bolsitas de sangre —no tengo palabras suficientes para agradecer a los donantes de sangre—, otras de hierro intravenoso, algunas más de vitamina K y unas tres horas de intervención en turno de tarde/noche, me despertaron de camino a la sala de recuperación al ritmo de sevillanas y promesas de un futuro con pescaíto frito y rebujito junto al Guadalquivir —sí, tuve un anestesista molón—, tras una noche en observación, varios días de ingreso y el tiempo necesario de recuperación, que es en lo que estoy ahora.

Este es el primer texto que escribo desde entonces.

Y necesitaba que fuera el relato de los hechos, porque tengo que asumir lo que ha pasado: que de entre 4,5 y 5 litros de sangre que de promedio tenemos las mujeres, yo perdí 3. Que me salvó, otra vez, la sanidad pública de este país, que en los informativos parece estar desmoronándose, pero que, con todo, sigue siendo el mejor lugar del mundo donde vivir, aunque sea imprescindible que hagamos limpieza de caraduras al mando. Que tengo unas cinco cicatrices nuevas en la tripa. Que todavía no sé cómo acabará este episodio, pero que, joder, cueste lo que cueste, quiero vivir.

Ya habrá tiempo para otros posts en los que relatar cómo se siente una siendo una libélula entre mundos —porque eso es lo que fui— o cómo parece que se están recolocando mis prioridades después de esta experiencia.

Sí, habrá tiempo para todo eso y más. Y eso es lo importante.

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Comentarios

Una respuesta a «Tres litros»

  1. Avatar de sandruski1

    Buah! Me ha encantado! Cuánta razón en tus palabras! Qué cantidad de opinólogos tenemos a un lado y al otro de nuestra vida! Te deseo una pronta recuperación y muchos años más de textos donde haya cabida a otras aventuras distintas y apasionantes. Te envío un abrazo. Uno flojito que no moleste a esa experiencia en forma de cicatriz! 🤗❤️

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