Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

Y esto me parece absurdamente cruel.

Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

¿Me acompañas?

Suscríbete a La Enésima y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Deja un comentario

Comentarios

3 respuestas a «Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego»

  1. Avatar de Neteru Essence

    Lo importante es que no te copien lo que escribes, lo demás da lo mismo.

    Me gusta

    1. Avatar de Carmen

      Eso también ayuda, sí. Aunque en esta entrada el enemigo estaba más bien dentro que fuera.

      Me gusta

      1. Avatar de Neteru Essence

        No entiendo eso de los enemigos, de afuera o de adentro, al fin y al cabo son lo mismo.

        Me gusta

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.