Cuando las estrellas se alinean

España ha ganado el mundial de fútbol 2026 y estoy muerta de sueño. Feliz, sí, pero dormida. Aunque, en general, la felicidad gana al cansancio, en especial si tenemos en cuenta que la última vez que España se proclamó campeona del mundo de fútbol masculino, servidora escribió su primera novela.

Y ya sabéis que yo no creo en las casualidades sino en magia, alineaciones planetarias y eventos astrológicos. En este preciso momento, lo cierto es que tanto me da si el evento es astrológico o deportivo para que pase a considerarlo no solo señal, sino profecía. Aunque es posible que todo esto sea a causa de la falta de sueño.

No es de extrañar si tenemos en cuenta que la cosa acabó más allá de la medianoche y después del partido yo estaba tan emocionada que no era capaz de irme a dormir. Creo que han sido las tres y media de la madrugada cuando he mirado el reloj por última vez y, mientras escribo estas líneas, faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Así que he dormido más bien poco y una ya no es una niña como para aguantar noches en vela.

Y, a pesar de todo el cansancio, la alegría está por encima, porque, ya no solo como española, sino como profesora de español y escritora en español, siento un especial orgullo porque la final se hablara en español en una competición en la que se intentó vetar y humillar a este idioma, que es el segundo en el mundo por número de hablantes nativos.

Debo admitir que estoy muy cansada de la guerra cultural de algunos países contra todo lo que huele remotamente a España, aunque no por hastío voy a dejar de defender la lengua y la cultura de este país. Y, precisamente por eso, me alegré muchísimo cuando Argentina ganó a Inglaterra y pasó a la final.

De todo corazón, para mí todo lo que sea vencer a Inglaterra me parece bien, en cualquier contexto. Pero en este caso en concreto me pareció especialmente elocuente justo por cómo se quiso humillar al español en esta competición por motivos ideológicos y políticos de la más baja categoría. Para mí que la final fuera entre dos países cuyo idioma era el español era ya, en sí, una enorme victoria. Sin contar que Argentina es una leyenda y jugar la final contra ellos era un hito histórico, fuera cual fuera el resultado.

La sorpresa me la encontré al observar la reacción del otro lado. Lo que yo pensaba que sería alegría compartida porque dos países, desde mi punto de vista, hermanos se jugaban la final resultó no serlo.

Y no voy a entrar en las estupideces desde el punto de vista histórico que se llegaron a decir sobre el periodo imperial español, a eso, por desgracia, ya estamos acostumbrados. Ni siquiera en los agravios casi personales. ¿De verdad Argentina no se alegró de que, después del intento de humillación internacional al idioma y cultura que, aunque les pese, compartimos, acabara siendo un derbi entre equipos de habla hispana?

Me consta que aficiones de otros países hispanoamericanos sí se alegraron por eso y muchos decidieron animar a España. Pero también he escuchado estupideces de parte de anglófonos —y, sí, estadounidenses— defendiendo que la verdadera final era el partido por el tercer puesto entre Inglaterra y Francia, porque por lo visto eran incapaces de tolerar cualquier otra cosa.

Y ya sé que llevamos en los genes la desunión y que, siendo hermanos, como somos, hemos transmitido al otro lado del charco eso de la sangre cainita, que diría Sabina. Pero por desunidos y enfrentados entre nosotros que estemos por lo general los españolitos en la piel de toro, solemos unirnos ante el enemigo común —que se lo pregunten a Napoleón—.

Imagino que por eso me sorprendió y hasta dolió la reacción de Argentina en su pase a la final —no sé ahora, unas ocho horas después de finalizar el evento, cómo llevarán el duelo—. En cualquier caso, supongo que, por costumbre, esperaba cierta alegría colectiva en el marco lógico de competitividad sana, porque, al fin y al cabo, esto es una competición deportiva.

Repito, esto es una competición deportiva.

Aunque siento que, en realidad, aquí se han puesto sobre la mesa muchas más cosas que únicamente las relacionadas con el deporte. Empezando por esa absurda idea de mantener el español fuera del evento y acabando por los que pensaban que se estaban vengando de sus colonizadores —y ya he dicho que no entraré en esta discusión porque creo que coger un libro de historia está al alcance de cualquiera—.

Sea como sea, y a pesar de las pocas horas de sueño, aquí estoy yo, escribiendo la entrada del blog del día sobre el único tema posible hoy. Porque, a pesar de todas las trabas políticas y deportivas —por favor, que nos anularon dos goles…—, España se ha proclamado campeona del mundo de fútbol masculino. Y la última vez que pasó eso yo escribí una gran novela.

Quizá, si España contra pronóstico puede conseguir una segunda estrella, tal vez también yo sea capaz de remontar, después de todo.

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