Hay días que empiezan mal y lo único que se puede hacer con ellos es aceptarlos e intentar navegarlos como buenamente se pueda.
Yo hoy estoy teniendo uno de estos.
Y no es que pase nada.
Pero al mismo tiempo pasa todo.
Y, además, tengo que devolver la llave de la taquilla de mi trabajo en Ibiza. Porque ya no es mi trabajo, claro. Porque yo decidí irme para volver a casa.
A pesar de que en realidad ya no tengo ni la menor idea de qué es casa ni dónde está.
Porque, en realidad, ya no tengo la menor idea de nada. Y a estas alturas creo que ya ni siquiera sé qué es lo que no sé.
Pero la llave de la taquilla está en Ibiza. Como buena parte de mis cosas. Como la vida que, quizá, no estaba tan claro que quisiera cambiar.
O sí. Y lo que habla por mí ahora es el miedo de volver a empezar, en otro centro, con otra gente.
O, peor, el vértigo de volver a un lugar que una vez fue tan tuyo que eras incapaz de imaginar otro, pero que ahora ya no reconoces y se ha convertido en el reflejo de lo que ya no eres y de lo que tampoco quieres volver a ser.
Tal vez no le pasaba nada al día.
Nada.
Quizá, no ha sido por culpa del día que se haya caído esa taza ni de que te hayas golpeado el pie mientras hacías la cama.
Tampoco ha sido el día el que ha fastidiado una de las cámaras justo al empezar el directo en TikTok, ni mucho menos el que esté haciendo que me esté costando tanto escribir esta estúpida entrada.
En ningún momento ha sido el día.
La culpa es de la maldita llave de la ridícula taquilla.




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