El bisturí y la linterna

Mujer sentada a un escritorio de escritora, con una mano sobre el pecho donde brilla una luz cálida roja y magenta, como si el corazón latiera con tinta. A su alrededor flotan hojas de papel manuscritas, hay una libreta abierta sobre la mesa y una lámpara con luz azul fría al otro lado de la escena.

Escribir diarios es una magnífica herramienta de autoconocimiento.

Está demostrado que la diarística tiene múltiples beneficios en el día a día de las personas que la practican, que van desde una mayor capacidad para ordenar el flujo de pensamientos o ayudar en la toma de decisiones hasta el control de emociones como la ira.

Asimismo, este tipo de escritura sirve para mejorar la expresión escrita, obviamente, pero también la oral. Y, sí, además ayuda a acostumbrar a nuestro terco cerebro a crear hábitos, al mismo tiempo que, cómo no, se desarrolla la creatividad.

Una maravilla, vamos.

Salvo que se convierte en asquerosamente sencillo y hasta automático una vez que conoces la técnica, consistente, sin más, en extraerte el corazón, plantarlo sobre un folio y observar las hermosas formas que dibuja el chorro de sangre.

Por supuesto, los diaristas avanzados no se quedan en la mera observación del órgano vital. Qué va, ellos también lo diseccionan, para un mejor conocimiento de su morfología y análisis detallado de cicatrices y heridas, así como su evolución. Los más avezados, además, suturan, pegan, parchean, remiendan y hasta rediseñan la víscera durante el proceso.

La última fase es la más sencilla, aunque, a priori, puede imaginarse compleja. Consiste en devolver al órgano vital su aspecto y forma anterior —con los correspondientes ajustes y remiendos que se hayan realizado, por supuesto— y reintroducirlo en la cavidad torácica. La facilidad de este último paso se debe a que el peso extra con el que cargaba el órgano se ha quedado sobre el folio, lo que supone un considerable alivio casi instantáneo para el devoto escribiente practicante de esta técnica ancestral.

Eso sí, el último remiendo de carne y pellejo para disimular la vivisección y poder así reincorporarse con normalidad a la vida es el más peliagudo. Los expertos no se ponen de acuerdo en el motivo por el cual esa última fase de tan íntima y compleja operación, siendo en apariencia el más sencillo, es, en realidad, el más difícil de realizar; aunque en las páginas perdidas de famosos practicantes de este noble arte se insinúa que lo complejo no es ese remiendo final, sino el acto de volver a la vida con normalidad, conocedor de los estragos que ambas, vida y normalidad, causan en tan delicado órgano vital.

Servidora, y este blog lo atestigua, cree que los beneficios de la diarística superan con creces cualquier posible inconveniente, incluidos los de los ajustes finales y el disimulo autoimpuesto.

Tanto es así que, una vez más, me temo, sospecho que la práctica de este tipo de escritura me está despistando de la escritura de ficción. Bueno, vale, no es del todo así. No es tanto que me despiste como que, digamos, me basta.

Es como cuando, de pequeña, mientras mi abuela preparaba el almuerzo me decía aquello de no comas ahora nada, que si te llenas con pan después no tendrás hambre para la comida. Y, en efecto, así era, aunque era incapaz de resistirme al currusco de pan…

Pues ahora me pasa lo mismo. Escribo diario y me sacio. Igual que con el pan. No alimenta igual que el plato elaborado, pero llena lo suficiente para que, después, ese plato riquísimo ya no pase. ¡Y cómo molestaba eso a mi abuela! Aunque no es de extrañar.

Sé, por experiencia, porque una ya es perra vieja, que por más que intente dejar de escribir diario, el diario siempre sale. Se impone a todo. No importa lo que haga. Así que la solución no puede pasar por volver a tratar de dejar de escribirlo —ya sabemos que la última vez que intenté algo así también dejé de escribir ficción, así que no sirvió para nada. O, al menos, para nada bueno.

Creo que la clave puede pasar por cambiar el orden, no por vetar un género. Ahora, lo primero que hago por la mañana, después de la ducha, la cama y el café, es abrir el blog y escribir. Eso está más que interiorizado. Pero, en pos de la libertad creativa, en ningún momento me he propuesto escribir un tipo de entrada u otra. La cuestión es que, por lo general, lo que sale, es lo fácil, que, en mi caso, obviamente, es abrirme el pecho de par en par, sacarme el corazón y… Bueno, ya os he dicho como sigue.

Lo curioso es que la ficción, le pese al que le pese, consiste en lo mismo. Hasta puede que sea más bruto y pase no solo por extraerse el corazón, sino también el cerebro, pero tratar de convencerte, durante la disección, de que ambos órganos pertenecen a un personaje de ficción. Al fin y al cabo, en teoría, siempre es mucho más sencillo mirar la oscuridad ajena, y, con esa treta, nos autoengañamos para ser capaces de observar la propia.

En fin, que la cosa va igualmente de vísceras y de oscuridad propia. Lo único que cambia es el enfoque o, si se prefiere, el modo de acercarse. Habría quien aludiría a la linterna como elemento de cambio real entre ambas técnicas, pero hoy estoy demasiado cansada para trabajar esa metáfora.

El caso es que, mi problemilla, no es de género, ni de pereza, y, creo, ni siquiera de linterna. Es, más bien, una cuestión de hábito o, si se quiere, de automatización. Hasta puede que olvido. Porque no me extrañaría que una parte de mí se preguntara para qué fingir que las vísceras objeto de estudio son de otro si, en realidad, yo ya sé que son mías.

Pero resulta que ayer encontré la respuesta a esa duda. Y ahora, escribiendo, acabo de encontrar otra. La reciente es fácil: quién me dice que desde la consciencia de que se trata de mi oscuridad estoy enfocando en todos los rincones… Y ahí vuelve la maldita linterna. ¿Os he dicho alguna vez que no controlo en absoluto mis malditas metáforas? Pues no lo hago. Y quizá esta falta de control sobre las metáforas es la verdadera respuesta: o qué demonios es la ficción sino una metáfora de la maldita realidad.

La primera respuesta, la que encontré ayer, menos metafórica y, por lo tanto, más sangrante y visceral, decía algo así como que escribir ficción tendría que ser casi una obligación —y sin casi— para alguien que dice amar los mitos y las dichosas metáforas. ¿No son acaso los mitos metáforas? ¡Pues claro! ¡Todo lo que importa en esta maldita vida es, en realidad, una maldita metáfora! Y el que se queda con la interpretación literal de lo que sea, lo siento, pero es que no ha entendido ni la mitad de las capas de la dichosa cebolla que es la realidad que habitamos.

Es más, si me pongo solemne con el rollo vocacional y esas cosas, me sale confesar que tal vez todo pase por contar esos mitos que tanto me obsesionan. Y no, no hablo de hacer retellings, sino de otra cosa, bastante más metafórica.

Lo mejor es que ya lo estoy haciendo. Lo hago con el guion de largometraje que estoy escribiendo, con los universos que tengo abiertos en canal y los que ni siquiera he empezado ni a abrir.

Y por eso, seguramente, con cambiar el orden basta. Con no comer pan y llenarme antes de comer, sea suficiente.

Por eso, a partir de mañana, lo primero que haga, después de la ducha, la cama y el desayuno, no sea escribir diario, sino dejar el bisturí y volver a coger la linterna. O, dicho de otro modo, centrarme en mis metáforas.

Y el diario… Bueno, no tengo pruebas, aunque tampoco dudas, de que el diario sobrevivirá. La diarística, a pesar de sus muchas virtudes, es como las cucarachas… Absolutamente nada las mata.

¿Me acompañas?

Suscríbete a La Enésima y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Deja un comentario

Comentarios

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.