Hubo un tiempo, cuando me tomaba en serio a mí misma y esto de escribir, en que días como hoy eran, siempre, días de ajetreo. Ferias, firmas, eventos, actos y dar vueltas cual peonza sin parar ni saber demasiado bien dónde te encuentras. Eso quedó atrás hace bastante y aunque en algún momento sentí cierta nostalgia ahora lo veo desde otro lugar y, en realidad, ni siquiera sé qué siento.
No soy una persona sociable. Entendedme, si tengo que relacionarme con otros humanos, lo hago y, a veces, hasta lo disfruto. Pero si puedo elegir entre eso y quedarme en mi agujero hobbit escribiendo, obviamente, elijo el agujero —quizás el problema siempre ha sido que soy un hobbit y no un humano, pero mejor dejamos esa disertación para otra entrada—. Y si alguna vez coincidimos en un gran evento es probable que descubráis que yo también tengo un anillo de invisibilidad que me ayuda a salir por patas cuando me harto, como Bilbo, solo que el mío no está vinculado al mal ni es un arma de destrucción masiva (bueno, al menos, todavía nadie ha conseguido probarlo).
En fin, a lo que iba, que Sant Jordi ha vuelto a ser para mí exclusivamente el día de gastarme una pasta en libros, de ver cuál es el modelo de rosa de la temporada (ya he pasado por fieltro, papel, cristal, comestible…) y coleccionar puntos de libro. Y me gusta este enfoque.
Pero no deja de ser verdad que año tras año por estas fechas vuelve el dilema sobre qué escritora soy, qué escritora quiero ser y qué demonios estoy haciendo con mi vida porque, no nos engañemos, una creció el siglo pasado cuando ser escritor era sinónimo de libro en papel, editorial y giras para dar a conocer el libro. Eso es una línea de código que no he sido capaz de cambiar, borrar ni hackear en mi cabeza.
En ese contexto, ser autora en digital, con más nombres que Satanás porque lo que produzco se niega a caber en una única etiqueta, no computa como escritora. Más que eso, me devuelve un error de sistema y, a veces, hasta provoca algún que otro pantallazo azul, que mis seguidores perciben, si es que lo hacen, como ausencia —ya sabéis, ya sabéis, lo del anillo como el de Bilbo…—
Es más, hasta empiezo a pensar que igual que existe el día del libro también tendría que existir el día del blog o del boletín —me niego a llamarlo newsletter— o de las letras digitales, que suena muy a invento de un Ministerio de Asuntos Insustanciales, o de las letras independientes, pero me hace pensar en manifestaciones con banderas y lazos de colores. No. El día de las letras electrónicas. Ese me gusta.
Y, en lugar de un santo y un dragón quizás podríamos apelar a un duendecillo en bicicleta pedaleando a todo tren dentro de una torre de PC. O, una tipografía vintage en tono verde Matrix sobre negro pantalla analógica, pero claro, ahí dónde está el mito… No sé, podría ser cualquier cosa desde Prometeo entregando un chip en lugar del fuego a Arturo desclavando un iPhone en lugar de a Excalibur. Mejor, Melusina, alada, huyendo de la torre del idiota incapaz de mantener una promesa y respetar su privacidad. Al fin y al cabo, ni el santo ni el dragón tienen demasiado parentesco con el libro. Al menos, Melusina es una tipa interesante. Y su historia es demasiado feminista, por más que hayan intentado tergiversarla, para ser tan mainstream como la de los pesados de Jordi, Arturo, Rodrigo, Roland…
Si la leyenda de Melusina fuera la propia de nuestro Día de las letras electrónicas, en lugar de rosas y libros, propongo margaritas, mucho más prosaicas, pero no menos hermosas, y códigos QR enlazados a webs y árboles de enlaces.
Admito que la margarita es mi flor favorita, pero ya que me estoy currando esto, creo, puedo regalarme elegir flor. Aunque, en pos de la modernidad, quizás cada participante en el Día de las letras electrónicas debería poder elegir la flor o símbolo que desee, al fin y al cabo, esto es muy de nuestro espacio, aquí cada uno hace lo que quiere, donde quiere y como quiere, y aún así, joder, funciona.
En cualquier caso, es obvio que hoy ya no llego a tiempo a sustituir el día del libro por el de las letras electrónicas ni por cualquier otro invento. Y, me temo, lo ideal no es reemplazarlo, sino crear ese nuevo espacio. Quizás, entre proyecto y proyecto, debería buscarme un hueco para esto.
O, tal vez, basta con rescatar del olvido a Melusina y otras mujeres análogas, hacer algo con sus historias y, por qué no, actualizar mi árbol de enlaces y repartir por ahí mis QR, con o sin margaritas… O tal vez las margaritas podrían ser algo más cuqui, como pegatinas. O calendarios. ¿O acaso hay un equivalente digital al punto de libro? Bueno, da igual, de momento que alguien vaya avisando a Melusina.




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