Canción de siega: Supervivientes

Make undead transformation extremely subtle, barely visible

Tierra seca, cactus y lagartijas. Eso era todo lo que había a su alrededor desde hacía días. O, al menos, eso era lo único que Brock veía cada vez que abría los ojos. Al principio, había creído que aquel erial era parte de los delirios que lo atormentaban durante los largos periodos de sueño febril. Pero los episodios de inconsciencia eran cada vez más breves y espaciados entre sí, aunque igual de intensos y terroríficos. Aun así, el yermo paisaje a su alrededor llevaba días sin cambiar.

Se fijó en su acompañante, que alguna vez había sido una mujer humana, pero que ahora era poco más que un cadáver andante, una infectada, una convertida, que en ese momento tendía hacia él una lagartija, todavía viva, ensartada en la hoja de una vieja navaja oxidada.

—Come.

Fue una orden, no una invitación. Pero Brock fue incapaz de hacer nada, salvo mirar al animalillo que se removía con desesperación para tratar de escapar, a pesar de la herrumbrosa hoja que le atravesaba el tórax. Él era como esa lagartija. En la práctica, estaba muerto. No había modo de huir. Pero no tenía intención de ceder sin luchar.

—Aliméntate. —Otra orden, pero con voz más suave ahora—. O perderás el control antes de llegar.

Los movimientos de la lagartija ensartada eran ahora más lentos, más erráticos. El animal estaba débil, su cuerpo lánguido. Un violento estertor lo sacudió de arriba abajo. Brock pensó que el reptil había muerto y lo envidió, pero otra vez comenzó el lento y cada vez más débil movimiento del animal, que todavía resistía y luchaba contra un destino del que no podría escapar. Como él.  Otros dos estertores sacudieron el cuerpo de la lagartija antes de que finalmente encontrara el descanso. Y, entre ellos, el reptil siguió luchando. Como si hubiera alguna posibilidad de salir de allí. Algún modo de huir. Alguna esperanza.

—La carne de dragón es buena —insistió la convertida con un movimiento de la navaja, que hizo temblar el cuerpo ya sin vida del animalillo—. Mantendrá a raya al comensal y te hidratará.

La vista de Brock se apartó del cadáver del reptil clavado en la navaja y se fijó en la mano que la sostenía. Era de un color pálido azulado, salvo allí donde le faltaban algunas uñas, lugar que se había oscurecido hasta convertirse casi en negro.

—¿No sabes hablar? ¿O todavía no puedes?

Una tos áspera brotó de la garganta de Brock, un acto reflejo para probar si verdaderamente tenía la capacidad de hablar. Sintió tanta sequedad e irritación que no tenía claro que pudiera emitir sonido alguno si lo intentaba.

—Bien, no es necesario que hables. Basta que comas —concluyó ella y, con un rápido movimiento, le lanzó la navaja.

 La lagartija atravesada por la hoja fue a parar a su regazo. Brock quiso apartarse, rechazarla, lanzarla lejos. Pero permaneció inmóvil, con la vista fija en el animal muerto.

—Si no comes, el comensal tomará el control de ti —explicó la convertida, cuya voz se había suavizado un poco más—. Perderás la mente, dejarás de ser tú y harás cualquier cosa para alimentarte. Si eso sucede, tendré que matarte. Y me ha costado demasiado esfuerzo traerte hasta aquí para tener que arrancarte la cabeza cuando estamos a punto de llegar.

Con un crujido, el carro se puso en marcha con el ya familiar y monótono traqueteo de las enormes ruedas de madera, que giraban al compás de un seco golpe de metal. Los ojos de Brock buscaron el origen de aquel sonido que no había dejado de acompañarlo ni siquiera durante la inconsciencia, momento en el que se había convertido en parte de sus delirios. Al principio, no pudo comprender qué veía. Una larga barra de hierro oxidado se movía junto a la pierna de la convertida, que estaba empujando casi sin esfuerzo el enorme carro en el que él iba tendido, junto al saco de grano y numerosos enseres de labranza. Poco a poco, asimiló que era una sola pierna la que se movía junto a la barra metálica que producía aquel inquietante sonido. Después, comprendió que el ruido que le erizaba la piel no era el golpe de metal de la barra al golpear el suelo, sino el chasquido húmedo que lo acompañaba. Era ese gorgoteo lo que le erizaba el alma y, sin poder evitarlo, buscó su origen y vio que la barra de metal se hundía allí donde tendría que haber estado la pierna derecha del ser que empujaba el carro.

—¿No te gusta? —oyó la voz de la convertida, que llegaba a él desde algún lugar lejano—. Después de que aquel disparo tuyo me volara la pierna, esta ha sido la mejor solución que he encontrado.

Los recuerdos acudieron en tropel a la embotada mente de Brock. La granja, los últimos silos de trigo infectado, los sacos de grano, el grupo de infectados, la lucha, sus compañeros muertos, el fuego… Buscó el rostro de la convertida con la mirada. La reconoció de inmediato.

—Aunque también podría haberte quitado una de las tuyas —seguía diciendo ella, cuyos labios morados se retorcían en una macabra imitación de sonrisa, que dejaba al descubierto unos maltrechos dientes amarillentos—. No es que las hayas usado demasiado hasta ahora.

—Eres una infectada —se oyó decir Brock, como si eso fuera algo nuevo, como si cambiara algo.

Ella asintió.

—Y me mordiste —dijo en voz alta, aunque en realidad hablaba para sí mismo.

Vio a la convertida torcer la cabeza en un gesto de obviedad al mismo tiempo que la grotesca sonrisa de sus labios era sustituida por una línea fina y tensa.

—Ahora… Yo…

Las palabras no salían de la garganta de Brock y no era por la sequedad ni por la irritación. Pensó en su esposa, en sus hijas, en la vida que una vez había tenido y que ya nunca recuperaría.

—Ahora tú eres como yo —terció ella—. Un hijo del trigo. Un superviviente. 

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