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  • Mi Muso

    Mi Muso

    Lo confieso, tengo un Muso. Sí, un Muso, que no una musa travestida, y en el más literal sentido de la palabra. No me refiero a una persona que me inspira por los sentimientos que despierta en mí, ni a la inspiración esa que llega trabajando. No, me refiero a un Muso como divinidad inspiradora, como ser mitológico, ya sabéis, como las famosas nueve musas griegas, que, en realidad, no fueron nueve hasta una época muy moderna, y eso de que fueran solo musas y no también musos, está por discutir.

    De hecho, sin alejarnos demasiado de la tradición más conocida sobre el tema, se supone que las musas habitan en el monte Parnaso con Apolo o en el Helicón con Dionisio. Estos dos dioses están también, igualmente, relacionados con la inspiración, hasta el punto de que, en muchos sentidos, se les puede considerar como una suerte de musos, de quienes, además, dependen las propias musas. Sea como fuere, la idea de los musos masculinos no es en absoluto nueva, pero a falta de nombres de musos conocidos, y para no faltar ni a Apolo ni a Dionisio, no fuera que se me enfadasen, yo a mi muso prefiero llamarlo así, Muso, con mayúscula.

    El acto creativo tiene en sí mismo un punto de locura, requiere dejarse llevar y someterse a las fuerzas de la mente subconsciente, a las emociones desatadas, y cualquier tipo de control o atadura suele acabar abortando la creación. Al mismo tiempo, el creador, el artista, debe vivir en un mundo ajeno al ir y venir de su mente, y, en nuestro tiempo, muy sometido a la lógica, no es de lo más sencillo. Crear, al fin y al cabo, implica mantener una suerte de equilibrio entre el mundo interior y exterior del sujeto que crea. Del mismo modo, aceptar y reconocer a mi Muso implica jugar a los equilibrios en esa fina línea que separa la cordura de la locura, la realidad de lo imaginario, la razón de la emoción, el logos del mito…

    Como el propio acto creativo, aceptar y reconocer a mi Muso es, y permitidme la metáfora, como meterse en la misma cama con Apolo y Dionisio, procurando prestar a ambos las mismas atenciones pero teniendo en cuenta diferencias de gustos y preferencias de cada cual, así como las de una misma, para que todos nos divirtamos por igual y quedemos bien saciados. Sí, ya sé que eso puede sonar a maravillosa fantasía, pero creedme si os digo que los dioses son exigentes y a pares pueden resultar no solo agotadores, sino desquiciantes. Baste ver cómo acabó Nietzsche, pobre, después de experimentar similar ménage à trois.

    Tener un Muso no es en absoluto una tarea fácil, menos cuando, como el mío, gusta de jugar al escondite para aparecer en los peores momentos y no acudir cuando más se lo necesita. Con un Muso de por medio, hasta la más sencilla de las tareas se complica, porque el único modo de tenerlo -o de que él te tenga- es someterse a sus cambiantes caprichos y desquiciante sentido del humor. Mi Muso, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, tiene una clara tendencia hacia lo segundo, hasta el punto de convertirse en un ser de lo más desquiciante. Con él la famosa máxima de que la inspiración viene trabajando suena a chiste, especialmente, cuando te despierta con urgencia en plena madrugada con la mejor de las historias, a la que sabe perfectamente que no podrás resistirte. No, con él la inspiración no viene trabajando, porque basta que te sientes en la silla para ponerte manos a la obra, para que decida no aparecer y acabes el día con el trabajo más mediocre que has hecho en tu vida.

    A mi Muso le da por inspirarme en los peores momentos, como en plena reunión de trabajo, o durante una comida familiar, cuando sabe que de ningún modo podrás prestarle la atención requerida. También tiene gusto por esfumarse si no se hacen las cosas como a él le gustarían, dejándome en la estacada, medio perdida, medio vacía. Su presencia es constante, salvo cuando quieres que lo sea. Y trabaja bien en lo suyo, pero a su manera. Sí, mi Muso es irritante y a menudo insoportable, pero lo cierto es que, sin él, mi vida tendría mucho menos sentido, si es que le quedara alguno, y, además, sin lugar a dudas, sería mucho más aburrida.

    Tengo un Muso, y suena raro, en este tiempo de logos, en el que ya no se habla en alto de estas cosas. Además, lo tengo celoso, es Mi Muso, y no soportaría que lo fuera de ninguna otra u otro, porque, en cierto sentido, y volviendo a la dicotomía -que no es tal- de Apolo/Dionisio, podría decirse que yo soy su lado apolíneo y él mi lado dionisíaco, y que todo va bien cuando encontramos el equilibrio. Sea como sea, y ahora que al fin las piezas del puzzle cuadran, no me sonrojo al admitir que tengo un Muso y que no lo cambio por nada.

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    Esta entrada fue publicada originalmente en 2012 en Diario de una escritora y en 2013 pasó a formar parte del volumen recopilatorio Aúspice: Una escalera con peldaños hechos de palabras. Ahora el Muso también quiere estar en La Enésima.

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  • El efecto biblioteca

    El efecto biblioteca

    Estoy escribiendo con un cronómetro en marcha. No, no es que me haya vuelto loca. O quizás sí. Es que, al parecer, en los directos de escritura —muy en la línea de esos de estudia conmigo o trabaja conmigo— lo del cronómetro ayuda. Y, aunque es cierto que yo nunca he usado técnicas de estudio tipo pomodoro, también es verdad que cuando enseñaba historia, filosofía o cualquiera de esas asignaturas con más peso teórico y que requieren horas de codos y cierta memorización, solía recomendárselo a mis alumnos, especialmente a aquellos que más problemas tenían para mantener la concentración durante mucho tiempo.

    Ahora mismo mis directos de escritura consisten, básicamente, en escribir frente a la cámara con música de fondo. Y no voy a negar que si los he empezado es por esa necesidad, tan de nuestro tiempo, de estar, muy al estilo Loki, a todas horas en todas partes. Dicho de otro modo, que tienen que verte, que te tienes que mostrar, porque, de lo contrario, eres invisible para el sistema y, por algún motivo que escapa a mi razón, eso es lo mismo que no existir. —Y sí, ese tema da para su propia entrada. Pero mejor dejémoslo para otro día—.

    El caso es que, a base de hacer directos casi por imposición del sistema, mi inicial reticencia se ha transformado en gusto. Resulta que el hecho de haberme comprometido conmigo misma a hacerlos, pero, muy especialmente, con quien pueda estar interesado en seguirlos y acompañarme, se ha convertido en un aliciente para ponerme delante del ordenador cada mañana, cuando, bien lo sabe todo aspirante a escritor, siempre parece haber algo más urgente que reclama tu atención.

    Porque sí, siempre, siempre, hay imprevistos y la escritura, al fin y al cabo, siempre, siempre, parece postergable. Podemos prometernos que lo haremos en un rato. O, quizá, que nos pondremos por la noche, que es el mejor momento, con la casa en calma —y el cuerpo agotado y la mente saturada—. Y hasta, a veces, nos decimos que mejor escribimos mañana. Aunque, claro, ese rato, esa noche y ese mañana nunca llegan.

    Así que esos directos de escritura que tanta pereza me daban ahora son ritual y casi salvavidas. Digo más, son la excusa que necesitaba para poder contestar, sin sentirme culpable, con un rotundo «no puedo, tengo directo», cada vez que alguien —que siempre suelen ser los mismos— trata de invadir mi tiempo de escritura con cualquier cosa que, seamos sinceros, suele importarme un comino, pero a la que, por convención social, no me puedo negar.

    Y me encanta esta excusa. Suena profesional, que es a lo que siempre he necesitado que sonara mi escritura, pero lo que nunca he querido que sea. Y, además, esa parte de mí que suele necesitar hacer con y por los demás —que es la misma que me ha llevado a la enseñanza— siente que, de alguna manera, en estos directos, se crea un espacio seguro para quienes, como servidora, escriben pero no se sienten del todo seguros o validados para hacerlo —sí, sí, ese tema merece otra entrada aparte también… Las voy anotando—.

    En cualquier caso, el grupo protege. No en vano, somos seres gregarios y el grupo protege. No es lo mismo salir solo a la jungla a recolectar alimentos que hacerlo en grupo. Tampoco es igual escribir solo que en compañía. Aunque la compañía, en este caso, sea virtual. Quizás, deberíamos llamarlo el efecto biblioteca. Ya sabéis, es como cuando es época de exámenes y tienes una pereza monumental y un grupo de amigos convertidos en mala influencia que te proponen mil planes mientras tú tienes que dar el empujón final.

    En ese contexto, la biblioteca protege. No importa lo que estén estudiando los demás, ni qué exámenes tienen. Todos estáis en el mismo barco, aunque no os conozcáis y no compartáis absolutamente nada más, porque todos tenéis que estudiar en un momento en el que, seguro, segurísimo, preferiríais estar en otro lugar, haciendo cualquier otra cosa. En este contexto actual nuestro, con demasiados estímulos, demasiadas distracciones, estos espacios virtuales de actividad compartida protegen igualmente. Aunque sea en la distancia.

    Y por eso he puesto el cronómetro, porque poco o nada importa que a mí me sirva o no la técnica del pomodoro —en realidad, sin necesidad de cronómetros, cuando estoy escribiendo entro en una suerte de estado meditativo y de abstracción que bien podría caerme un meteorito al lado y no me enteraría—. La cuestión es que puede haber personas a las que sí les sirva y les ayude, de la misma manera que puede servir y ayudar escribir mientras otras personas, más allá de la pantalla, a cientos de kilómetros, están haciendo lo mismo.

    Todo esto me lleva a pensar que, quizá, por mucho que hasta ahora me negara a ello, no estaría de más que programara mis directos con una hora de inicio y fin, por aquello de darme orden a mí y a quien pueda interesarle acompañarme en el ratito de escritura.

    Igual que van surgiendo otras ideas de escritura compartida, que nada tienen que ver con la enseñanza —líbrenme los dioses de tratar de enseñar a nadie a escribir, que bastante tengo conmigo misma—, pero que no suenan del todo mal y que, de momento, voy anotando en una libreta para ver si, con el tiempo, siguen sonando igual de decentes.

    Al fin y al cabo, y esto sí o sí tengo que reconocerlo, prefiero millones de veces cualquiera de estos ejercicios de escritura compartida que la promoción pura y dura de léete mi libro, mira mi historia, compra mi obra.

    Tal vez —solo tal vez— el truco para mí siempre fue compartirme tal y como soy, en proceso incluso, sin tanta parafernalia de producto, marketing y todo lo que la acompaña.

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  • Nunca el mismo mar

    Nunca el mismo mar

    Normalmente decido sobre qué escribir mientras me tomo el café y miro los periódicos, cuando hago la cama y adecento el dormitorio o ya cuando me visto y me adecento a mí misma para empezar el día sobre todo ahora, que mis mañanas se han convertido en públicas con eso de la escritura en directo, que implica, además, no poder ir con cara de zombi hasta mediodía—.

    Pero las ideas no siempre vienen cuando quieren. Ni mucho menos como esperas.

    Hoy, sin ir más lejos, mientras hacía la cama, he escrito en mi mente las primeras líneas de una entrada, que, al final, parece que se quedará en nada. O que mutará lo suficiente para transformarse en esta.

    Esa entrada trataba sobre el cambio. O, mejor dicho, sobre las épocas de cambio. Y, concretamente, sobre la que estaba convencida de estar atravesando.

    Mi entrada mental —o hipotética. Esto es nuevo, así que no sé muy bien qué término corresponde— giraba en torno a la idea de que hay épocas de cambio y hasta había situado en el calendario la mía, con un inicio muy concreto y, ojo, hasta un final previsto. Pues, por lo visto, esa versión mía que escribe mentalmente mientras hace la cama además es, como poco, pitonisa.

    Aunque, claro, eso de pensar que hay épocas de cambio implica que debe haber otras de, digamos, estabilidad. O, al menos, de tranquilidad. Y ahí es donde todo el edificio teórico que había armado entre ahuecar almohadas y aventar sábanas se ha derrumbado por completo.

    No diré, porque sería salvaje, que no tengo épocas de estabilidad o tranquilidad relativa. Haylas, como las meigas, pero a veces no soy siquiera capaz de identificarlas hasta que han pasado y las he dejado atrás. Muy atrás. Y las añoro, como el niño que en febrero echa de menos el ritmo, la luz y el ajetreo de las tan lejanas vacaciones de verano.

    Pero lo cierto es que, si me detengo a observar, ni esas supuestas épocas de calma son tan plácidas como aparentan. Ni el verano era tan genial como se lo pinta al crío su memoria, ni febrero es tan terrible como lo sentimos en plena ola de frío. Sin quitar que cada estación, claro, tenga su peculiaridad, su punto, su gracia.

    O, dicho en otras palabras, hasta en el mar más calmado hay corrientes, mareas y hasta marejadas.

    Por eso no me sirve de nada coger el calendario, fijar el inicio de esta época de remolinos y vorágines y aventurar, con los dedos cruzados, un supuesto final. Porque sí, puede ser que el oleaje se calme y se intensifique, según la época, pero la mar siempre, siempre, se mueve. Está viva. Cambia. Y, precisamente por eso, nunca es la misma, aunque lo parezca.

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  • Objeto, sujeto, zombi

    Objeto, sujeto, zombi

    A veces, la versión de mí que sobrevivía en lugar de vivir regresa como un muerto viviente en una mala película de zombies. Regresa y toma el control, como si no hubiera conseguido ya lo que me propuse cuando cambié experiencia por supervivencia. O, peor, como si no hubiera entendido la lección más importante de todo aquello. La única que realmente valió la pena.

    Pero sí que lo entendí. Perfectamente. Es solo que tengo mala memoria y soy de olvido fácil. Sobre todo, en los días que tengo el ánimo bajo, como hoy. Y estaba a punto de escribir que, además, todo es culpa de la sociedad, que nos bombardea con ideas más o menos absurdas y nos genera falsas necesidades, ajenas a cualquier deseo o ambición personal. Pero la excusa es demasiado fácil. Demasiado simple.

    La culpa —ese concepto tan católico—, si la hay, es toda nuestra. Toda mía, en este caso. Y no es por darme importancia, sino por reconocer una verdad que no por ser omitida dolerá menos: es más fácil y cómodo dejarse llevar que pensar por uno mismo. Más simple que tener ideas propias. Mucho más sencillo que luchar por ellas, nadar contra corriente, pero no como un salmón cualquiera, siguiendo instintos e impulsos físicos ni siquiera comprendidos. Para nada. Sino como el superhombre nietzscheano —supermujer, si se me permite— que se sobrepone y supera a cualquier corriente de su tiempo y pensamiento imperante para construir las propias.

    Muy decimonónico todo —o de principios del veinte…—, pero qué queréis, soy una romántica. Nada me gusta más que una tormenta, un espíritu atormentado, un buen mito o una leyenda. Quizás un filósofo misógino. O un poeta sifilítico, pero inspirado. Tal vez, cuando era joven, también la absenta.

    Y es que, si me paro a pensarlo, soy una maldita encarnación, un siglo tardía, eso sí, de una heroína romántica. Quizás tuve que nacer cien años tarde porque, por aquel entonces, como mujer, era difícil ser nada más que objeto y servidora gusta de defender su función como sujeto, aunque la función que me toque ejecutar sea la de verbos tristes como enfermar, sufrir o perder. Ahora, que si lo pienso bien, es eso lo que me convierte en romántica, en realidad.

    Vaya tela, encajar tan bien en un movimiento y vivir con un siglo de retraso. Aunque, si me detengo a observarlo, también es eso muy, muy romántico. Es como el mito del fantasma pero elevado a la enésima potencia. No es que sea un espíritu del ayer que ha permanecido, por apego o por lo que sea, vinculado a un plano que no es el suyo. Es peor todavía. Es un alma de una época que ya no existe condenada a vivir en una época que no le corresponde, sin castillos ni dandis decadentes, sin la inocencia previa a las grandes guerras, ni la fe en el progreso, ni la nostalgia, siquiera, de un pasado dorado.

    Quizás, visto desde ese ángulo, no sea tan romántica como me creo, sino neorromántica —aunque estoy segura, sin necesidad de buscarlo, de que, como todo en nuestro tiempo, ya se habrá banalizado este término para referirse a cualquier cosa concretísima, como, yo qué sé, un tipo de ropa o un estilo de música—.

    En mi mundo, a partir de hoy, neorromántico es sufrir una enfermedad crónica, a poder ser autoinmune, pero no necesariamente, en lugar de sífilis y tuberculosis, tan propias ellas del romanticismo original.

    También lo es creer que los mundos imaginarios tal vez no lo son tanto, que un buen mito o leyenda puede explicar tanto o más que la mejor de las teorías científicas y, al mismo tiempo, que la ciencia, tarde o temprano, explicará muchas de las cosas que ahora niega.

    Una neorromántica no tiene problema en creer tanto en fantasmas como en la conciencia de las máquinas. Y, quizás, ya no beba absenta, pero, oigan, que el matcha es antioxidante, con toda una tradición que lo sostiene y mitología propia, y, en fin, también es verde.

    Y, puestos a ello, con tal de exorcizar días malos, como este, una neorromántica se viste acorde al estilo que representa, que un vestido largo hasta los pies y vaporoso es tan propio de Ibiza en verano como del siglo XIX —vale, quizás, el mío para viajar en el tiempo es un poco demasiado escotado, pero por algo hemos añadido el prefijo neo al término que nos define—.

    Dicho sea de paso, una buena neorromántica gusta de escribir y es una experta diarista. Quizás por aquello de la obsesión por el yo de los románticos, que ha perdurado hasta nuestros días a través de las décadas.

    Pero, de todo, lo mejor de ser una neorromántica es que tener días tontos, días malos —días de mierda— forma parte, por completo, de su propia esencia. Seamos realistas, no hay romántico o romántica que valga, con o sin prefijo rejuvenecedor, que no esté atormentado por el mero hecho de su existencia, a la par que maravillado por la misma.

    Y eso, queridos, desmitifica al zombi del pasado que, sin éxito, se empeña en tomar el mando. Hasta cuando es un muerto viviente el que gobierna mi mente, mi esencia sigue siendo la misma, porque, decidme, qué hay más romántico que luchar con tu propia psique por el control del barco.

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  • Manual imprefecto nº 7: de la corrección o el juego de la oca

    Manual imprefecto nº 7: de la corrección o el juego de la oca

    El susto de salud de hace un mes ha tenido dos efectos positivos. En orden inverso, pero, también de más a menos bueno, son estos: se han abierto las compuertas de la escritura y se ha desvanecido cualquier resto de bloqueo escritor que pudiera quedar y he retomado Atiskaya, aquel universo al que pertenece la novela que abandoné hace trece años. Aunque estoy segura que lo del desbloqueo es consecuencia directa de la decisión de retomar aquella novela olvidada. Bueno, de eso, y de haber vuelto al blog. El blog siempre me desbloquea. El blog es magia. Y es hogar.

    Sea como sea, estas semanas he estado enfocada, además de en recuperarme y retomar el hábito de escritura en el blog, en trabajar en aquella novela, a la que a partir de ahora podemos llamar aquí, entre nosotros, la novela abandonada.

    De relectura a corrección

    Pero lo que empezó como una simple relectura para volver a meterme en la historia, acabó por convertirse en una revisión, primero, y en una corrección, después.

    Aunque admito que el proceso fue muy civilizado y nada violento. Más bien al contrario, fue como aquello de la rana en una olla de agua puesta al fuego que se calienta progresivamente. Pues así.

    Es lógico, cuando relees, ver una errata aquí, un error allá y corregirlos. Pero, claro, solo estaba volviendo a hacerme con el mundo y con la historia. No prestaba atención a cosas complejas, como la extensión de las frases. Hasta que dos cositas me empezaron a chirriar como una puerta con los goznes oxidados. Y, claro, decidí ponerle aceite.

    El problemilla, porque sí, a estas alturas de la jugada ya podemos empezar a hablar en términos de problema, es que para hacer esa pequeña reparación tuve que volver a empezar la relectura del manuscrito, ahora con ánimo de revisora, aunque centrada solo en esos dos detallitos de nada.

    Ocurrió que, cuando estaba a punto de llegar al mismo punto en el que antes había decidido volver atrás para, siguiendo con la metáfora, aceitar las bisagras, estaba ya desesperada por otro patrón detectado que, en este caso, sonaba cual muelle viejo de sofá. ¿De qué demonios me servía solucionar el asunto de la puerta si cada vez que me dejaba caer en la butaca un nuevo, molesto e insistente ruido me sacaba de quicio?

    Y volví atrás. Y aceité los muelles, además de las bisagras. Y llegué al mismo lugar. Y fue ahora una baldosa que se movía y sonaba al pisar la que de nuevo me hizo regresar a la primera casilla.

    Mi arrebato corrector había conseguido que mi manuscrito se transformara en el tablero del maldito juego de la oca y yo no hacía más que volver una y otra vez a la casilla de salida. ¿Qué demonios me estaba pasando?

    Mientras tanto, la escritura no se detenía

    Por suerte, al mismo tiempo que tenía lugar el drama corrector mi inspiración estaba desbordada y las historias salían de mis dedos hasta sin mi permiso. De lo contrario, seguro, segurísimo, habría acabado por pensar que otra vez estaba bloqueada.

    Pero no. Escribir, escribía más que nunca en los últimos años. Tanto que, a veces, hasta escribía en el móvil. Y sí, ya sé que eso es algo más que común entre la generación z y posterior. Pero servidora ya tiene una edad y os aseguro que ocupo una letra del abecedario anterior. No mucho, en realidad, pero sí suficiente para que el teléfono sea el último de los instrumentos a mi alcance para poner en negro sobre blanco mis pensamientos. Y aún así, ahí estaba yo, con los pulgares desbocados a cualquier hora y en cualquier lugar, cuando no estaba escribiendo en el ordenador, la máquina de escribir, el cuaderno, o lo que fuera.

    El bloqueo, si lo era, se limitaba a la lectura, reconvertida en revisión, primero, y en corrección, después.

    Tres cerebros, una sola tarea y trece años de polvo

    Y ahí estaba el asunto. En la reconversión. Para empezar, si me había propuesto leer para reconectar, en eso tendría que haberme centrado. Ni en falta una coma aquí ni una tilde allá. Mucho menos, por supuesto, en escalar la revisión a corrección. Los tres, me temo, son estados diferentes y, como tales, requieren ánimos distintos.

    Pero eso solo explicaba el bucle en parte. ¿Qué pasaba con los goznes chirriantes? ¿Y el muelle machacón? ¿Y la baldosa suelta?

    Simple. Igual que una casa y sus muebles sufren el paso del tiempo, el estilo de un autor —qué narices, de una persona—, también nota el transcurrir de los años. Y estamos hablando de trece años de diferencia entre la persona que escribió aquel texto y la que ahora, con la mirada actual, lo revisaba y corregía.

    Claro que hay puertas que chirrían, muebles que crujen, baldosas que suenan. ¡La casa tiene trece años! ¡Trece años deshabitada! Hay polvo también. Y telarañas. Y a saber qué más escondido en los rincones oscuros, en los conductos, en las cañerías.

    El tiempo es tiempo. Y pasa para todos y para todo. También para las historias.

    Lo que he aprendido

    Pero, por suerte, estas experiencias no dejan solo frustración, sino también alguna que otra lección. Esa es la gracia de todo este asunto de escribir, más allá del puro goce, por supuesto, el aprendizaje.

    Y allá va lo que he aprendido en este mes de lectura mal reconvertida en revisión, corrección y tablero del juego de la oca.

    1. El cerebro que escribe no es el mismo que lee. Mucho menos es el mismo que corrige o revisa. Cada una de estas actividades requiere un estado y un ánimo concretos y mezclarlos no conduce a nada bueno.
    2. La lectura para reconectar con una historia debe ser libre de juicios y correcciones. Puede parecer que leer con ánimo de corregir u opinar sobre lo que escribimos nos puede ahorrar tiempo, pero es falso, porque activa otras partes de la mente —otras habilidades— que entorpecen el proceso por el que se ha iniciado la actividad.
    3. La lectura para detectar errores ortotipográficos, gramaticales, sintácticos y lingüísticos en general debe centrarse en eso, nada más. Si ves algo que afecte a la trama, a los personajes o lo que sea, lo anotas y sigues con la tarea principal. De nuevo, funciones distintas, ánimos distintos. Pasa como con las bebidas alcohólicas, por nuestro bien, mejor no mezclar.
    4. Igualmente, la lectura para detectar asuntos referidos a la historia no debe desviarse hacia cuestiones mecánicas. Se anota lo que se detecte y se deja para cuando toque. Sin más. Sin sentimiento de culpa.
    5. Respecto a los elementos de la historia es conveniente centrarse en uno por lectura/revisión. Si estamos centrados en la trama, vamos a por la trama. Si vemos cualquier dato referido al mundo, a los personajes o lo que sea, se anota, y se deja para cuando toque. Listos. No hay drama.
    6. El estilo cambia con el tiempo. Hay que tenerlo en cuenta antes de iniciar cualquier revisión y, sobre todo, haber decidido previamente si vamos a respetar el estilo de aquella antigua versión de nosotros o si vamos a actualizarla. Ambas opciones son lícitas y no creo que haya una mejor que otra.
    7. Por último y más importante, para tratar de impedir que el proceso, sea de lectura, revisión o corrección, convierta nuestro manuscrito en un tablero del juego de la oca imposible de finalizar, hay que tener muy claro el objetivo de cada vuelta sobre el texto y, más que nada, llegar hasta el final en cada una de ellas. El exorcismo definitivo es acabar cada vuelta que le demos al texto, sin importar que tengamos que añadir una vuelta extra a nuestro proceso.

    ¿Y a ti, qué gozne te chirría?

    Y tú, que también escribes o que llevas tiempo queriendo hacerlo: ¿cuántas veces has vuelto a la casilla de salida creyendo que ya habías avanzado? Cuéntame, si te apetece, cuál es tu gozne oxidado, tu muelle machacón o tu baldosa suelta — ese detalle que te hace volver atrás una y otra vez. Yo, mientras tanto, sigo dando vueltas al tablero. Con una ventaja, eso sí: ahora sé que cada vuelta cuenta, aunque no lo parezca.

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  • Esponja maldita

    Esponja maldita

    Empiezo a pensar que el bloqueo nunca fue el problema.

    Quién sabe, hasta puede que no hubiera bloqueo, sino otra cosa —más profunda, peor, mucho más difícil de nombrar—.

    Y hasta es posible que lo que fuera, no fuera mío siquiera.

    Pero soy una esponja. Una esponja maldita que absorbe todo lo que la rodea. Todo, sea lo que sea, hasta que estoy saturada y no cabe en mí ya nada más. Ni siquiera lo mío. Ni siquiera yo.

    Quizá tendría que aprender cómo funciona el mecanismo, no para dominarlo, ni controlarlo siquiera, sino para, al menos, reconocerlo cuando ocurre y poder decir con certeza, sea lo que sea, esto que me sucede ahora no es mío ni me pertenece.

    Tal vez, también, si consigo comprenderlo del todo, pueda apartarme cuando lo que me rodea —y que por lo tanto estoy absorbiendo— me dañe, me empobrezca, me encierre en una celda oscura, sin aire ni salidas.

    Aunque, claro, lo ideal, seguramente, sería dejar de absorber. Dejar de observar siquiera. Pasar por el mundo como un ente etéreo al que nada afecta ni en nada influye.

    Pero me temo que el mismo mecanismo que me ha mantenido amordazada es el que alimenta la escritura. Si cierro las compuertas, el alma también se calla.

    Puede que se trate tan solo de comprender qué es lo que pasa. Asumir que soy sensible —demasiado, por lo visto— y que no pasa nada. Y normalizar que el dolor —la maldita vida— se transforma en letras cuando me atraviesa con su afilada espada.

    Sí, tal vez no ha sido cosa de ser una esponja. Lo soy y punto. Tal vez la causa, si es que hay solo una, ha sido querer controlar el proceso, comprenderlo y, sobre todo, pretender abrirme en canal sin derramar sangre alguna.

    Pero la escritura —la mía, al menos— no es limpia ni pulcra. Es visceral. Hasta intestina.

    Sí, cada día estoy más convencida. No hubo bloqueo. Solo miedo al dolor que provoca la vida cuando, sin protección alguna, te sumerges en ella.

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  • Grins

    Grins

    Imagina que el món és,
    per un pic,
    un lloc gentil.
    Un lloc amable.
    Un món sense absurdes presses,
    ni s'eixordador renou —ni s'olor de carbonissa—
    des maleïts cotxos.
    Un lloc on, es vespre, veure ses estrelles
    i també la Via Làctia
    si és que aguantes despert
    just fins abans que rompi l'auba.
    Un on el bosc fos bosc,
    el prat, prat
    i la mar, mar
    i no abocador.
    Hi ha vespres que despert allà
    i escolt cantar es grins
    de sa meva memori,
    tan plena de estius de cels estrellats,
    nets dematins de silenci, amb olor de cafè
    i taiades de sindri,
    i de capbussades a un mar,
    que era només mar encara.
    ______________

    Versió mòbil sense problemes de línies i talls.

    Versión en castellano.

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  • Grillos

    Grillos

    Imagina que el mundo es,
    por una vez,
    un lugar apacible.
    Un sitio amable.
    Un mundo sin absurdas prisas,
    ni el ensordecedor ruido —ni el olor a carbonilla—
    de los malditos coches.
    Un lugar donde, de noche, se ven las estrellas
    y hasta la vía láctea,
    si es que aguantas despierto hasta justo antes del alba.
    Uno donde el bosque fuera bosque
    y el prado, prado
    y el mar, mar
    y no vertedero.
    Algunas noches despierto allí
    y oigo cantar los grillos,
    que habitan en mi memoria,
    tan llena de veranos de cielos estrellados,
    limpias mañanas silenciosas, con olor a café
    y a rodajas de sandía,
    y de baños en un mar,
    que era solo mar todavía.

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    Versión para móviles sin problemas de salto de línea.

    Versión en mallorquín.

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  • Punto ciego

    Punto ciego

    A veces se me olvida lo bueno que tengo. Lo bueno que me pasa. Lo bueno que hay en mí.

    No sé si es porque vivo —vivimos— en una sociedad enferma de prisa, de brillo, de crítica y comparación o si es un problema mío —no lo descarto—.

    He llegado a estar convencida de estar en pleno bloqueo escritor mientras estaba escribiendo Aúspice. Lo mismo me ocurrió con Atiskaya. Y ahora, más recientemente, con este mismo blog, que llegué a considerar un ladrón de tiempo y energía.

    Pero no es algo que me haya sucedido solo con la escritura, para nada. Me ha pasado con el trabajo, con la casa, con los estudios…

    Es como si, sencillamente, hubiera un punto ciego que me impidiera ver lo bueno y una maldita lupa que sobredimensionara lo malo.

    Por lo general, soy lo suficientemente rápida para detectar el sesgo e ignorarlo y, en ocasiones, hasta contrarrestarlo. Pero a veces, sea por circunstancias externas o por mi estado anímico, paso por alto el engaño y caigo de lleno en la oscuridad que esa distorsión encierra.

    Y salir de allí es difícil.

    Mucho.

    Por eso mi mayor empeño es no caer de nuevo, mantenerme donde estoy, en el lado luminoso, donde todavía es posible ignorar la oscuridad que tienta con brillo y amordaza con miedo.

    Ojalá esta vez tenga fuerza suficiente.

    Ojalá, si las luces, por un golpe de viento, se apagan, en esta ocasión sea también capaz de volver a encenderlas.

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  • Desde El Otro Lado

    Desde El Otro Lado

    Siempre he escrito desde El Otro Lado. O con la otra mente. El nombre es lo de menos, en especial cuando para no sentirme violenta al nombrarlo necesito poner en mayúscula desde el determinante al adjetivo, sin dejar de lado al sustantivo. Lo que quiero decir es que mi escritura, me guste o no, nunca ha sido de manual y básica, sino más bien instintiva y por impulso.

    Me sale decir que en ese contexto nació una figura a la que le tengo particular cariño, Aúspice, que es el personaje que creé para representar a mi inspiración. Mi Muso.

    Y me encantaría explicarlo así, sí, pero sería una vil mentira. Porque ni Aúspice nació de esa manera ni está claro si fue primero el huevo o la gallina, pues ese tipo de escritura no la practico solo cuando fantaseo, escribo ficción o, incluso, diario. Para nada. También es la escritura de los exámenes. Y la de cuando era periodista.

    Quizá, para ser sincera, debería invertir el orden de este texto y empezar por admitir que, en realidad, yo no sé escribir en absoluto desde la mente racional. No importa cuánto lo intente. Tampoco lo mucho que practique o lo que se empeñen en enseñarme —y, creedme, son muchos ya los másters, cursos y seminarios y cargo a mis espaldas—.

    Lo cierto es que yo escribo desde la mente que sueña. Con memoria muscular, seguramente, que incluye no solo el movimiento de ciertas partes del cuerpo, sino también de la mente o, tal vez, de la memoria, donde se guardan las estructuras, la ortografía, la sintaxis, la gramática…

    Y es en esa mente que sueña, que es la mente que escribe, es donde vive Aúspice. Y en ese espacio que no sé nombrar más que con mayúsculas de más, es donde, cuando me lo permito, nos encontramos.

    A veces, claro, Aúspice no es Aúspice, sino un personaje de un relato o de una novela. A veces, cambia de rostro, de ropa, de edad, de momento. A veces, no es persona ni personaje en absoluto sino época, lugar o, incluso, estado de ánimo.

    Si tengo que decir la verdad, no sé lo que es Aúspice en absoluto. Solo sé que está ahí, seguramente desde siempre, y que por más que he intentado ignorarlo —encerrarlo, incluso, en lo más profundo del subconsciente— nunca ha dejado de estar.

    Solo ahora, que estoy de vuelta de casi todo, me atrevo a confesarme que, en realidad, nunca he querido que se vaya.

    Por eso, creo, he decidido no solo volver a escribir a Aúspice, sino también volver a publicar todo el material antiguo que tengo de él, que formó parte en su día de mi antiguo blog y que, en buena parte, recopilé en un libro.

    Quizás, quién sabe, de esta manera, que es la más insospechada, al fin consiga aprender a escribir no solo desde la mente que sueña, sino también con la que piensa.

    O tal vez no.

    Y, sea como sea, estará bien mientras siga escribiendo.

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  • VII

    VII

    De pronto,
    la caída de los sueños,
    el derrumbe de una vida
    que hoy se demuestra imposible.

    De pronto,
    brusca, rápida, fatal,
    la pérdida del punto de vista.

    He escrito mucha poesía, pero he guardado poca. Muchos de esos textos viven en cuadernos polvorientos en algún altillo. Algunos se perdieron. Y otros los rompí. Este, de diciembre de 2007, se salvó porque quedó viviendo en un blog viejo. De ahí lo he rescatado.

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  • Versos por días

    Versos por días

    Es curioso el tiempo.

    Y raro.

    Muchos de mis personajes tienen problemas con él. No lo entienden del todo, como Ángel, en Non Serviam. O lo observan como quien mira una tela exótica y preciosa que ha encontrado en el rincón más insospechado de una tienda de antigüedades, como Aúspice, allá donde aparece —porque el Muso es libérrimo, y, ya sabéis, hace lo que quiere—.

    Al pobre de Alix, en Atiskaya, el tiempo se le enreda entre las piernas. Orj, más en su línea, trata con él a puñetazos. Y Lidia… Bueno, ella es un poco como Luz en Non Serviam, que el tiempo pase no implica que lo experimenten. O, al menos, no que sean conscientes de ello.

    Y hay más.

    Demasiados personajes con una relación conflictiva con el tiempo para que sea casual.

    Aunque no lo es, claro, todo se debe a que servidora no es, precisamente, un as del reloj ni la reina de los calendarios. En mi mente, el tiempo se rige, además de por estaciones, o bien por cursos escolares o bien por obra escrita.

    Por ejemplo, puedo decir, sin cortarme un pelo, «ah, sí, el verano que escribí Non Serviam todo el mundo tenía una vuvucela». Poco importa que para el resto del mundo ese sea el verano que España ganó el mundial. Para mí solo es cuando escribí esa novela.

    O puedo situar acontecimientos familiares, como, yo qué sé, el viaje a Sevilla de mis padres, durante la primavera de mi tercer curso de periodismo.

    Pero qué pasa si en un momento dado no estoy estudiando —sí, ya sé que es raro, pero en ocasiones ocurre y, me temo, en adelante será cada vez más habitual— ni escribiendo un proyecto concreto.

    Simple: el tiempo se diluye y distorsiona hasta convertirse en algo informe en lo que soy incapaz de situar acontecimiento alguno. Mucho menos me sirve para establecer la duración de nada.

    O, al menos, así es como lo iba a explicar hasta que he mirado el archivo del blog para hablar, con propiedad, del tiempo que lleva vivo y del periodo de silencio, que llamé Tregua, de este invierno.

    Pero resulta que acabo de descubrir que, en esas ocasiones, el tiempo se convierte en poesía.

    Sí. En poesía.

    Ya os lo he dicho, el Muso aparece cuando quiere y, además, gusta de esconderse en rincones oscuros. Eso explica lo inexplicable, que en mitad del vacío de entradas entre octubre y marzo haya un borrador sin título y, lo más improbable todavía, que esconda un poema.

    Porque, sí, eso es lo que hace el tiempo, cuando no se ordena en cursos y obras, en mi mente —¿en mi corazón mecánico? ¿en mi alma maldita?— se transforma en poesía.

    Juro —y juro porque es cierto— que no recordaba que escribía poesía.

    Bueno, no lo recordaba, al menos, hasta la madrugada de hace unos días cuando, del tirón, salieron tres poemas.

    Pensé que era cosa del insomnio, del calor y de cierto grado de deshidratación.

    Pero nada de todo eso explica un poema olvidado en un borrador del blog con fecha de veinte de diciembre, exactamente en mitad de la tregua de tres meses que me di del blog, y que en algún momento pensé que más que alto el fuego, sería muerte.

    Dos treguas, demasiado parecidas entre sí, han conducido en dos ocasiones y, sin darme yo cuenta siquiera, a la poesía.

    Aunque, claro, dos, pueden ser coincidencia. Tres ya…

    He tratado de ignorar la idea, pero no me ha quedado otra que rebuscar en mis cajones digitales, esos que solo podemos ver los que conservamos la llave. Y ahí estaba la prueba, con números por título, poemas y poemas cuando no había curso ni obra larga de los que ocuparse.

    Maldita sea, será posible que mi oxidado espíritu sepa escribir en verso y a mí, con más óxido que él todavía, se me olvidara.

    No, seguramente no es eso. Lo más probable sigue siendo que el tiempo, cuando no está ordenado, para ser cognoscible, se transforma en poesía.

    Eso, o que el Muso —mi querido Aúspice— trasmuta el dolor en verso cuando el tiempo no es lo suficientemente vasto para contenerlo.

    Sí, es curioso el tiempo… El que dicen que todo lo cura.

    Es raro.

    Porque para curar tiene que negarse a sí mismo, suspenderse, y devenir en poesía.

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  • En lugar de hacer el almuerzo

    En lugar de hacer el almuerzo

    Estoy tratando de darle vueltas a las categorías del blog porque, bueno, ya sabéis, cuando me bloqueo o paso por un cambio de vida no me queda otra que cambiar los muebles de sitio en mi hogar digital. Y sí, lo prometo, antes de ir a algo tan íntimo y delicado como las categorías del blog he probado con jugar con la plantilla, que, al fin y al cabo es algo estético, y, en apariencia, menos delicado.

    La cuestión es que no hay arreglo estético posible. No diré que mi página de inicio sea ahora la mejor, pero sí que estoy segura de que es la más útil en este momento. Al menos, según lo que domino de WordPress, sin tener que hacer ningún cursillo exprés de ninguna nueva plantilla y que solo sirva para esa plantilla en cuestión.

    Así que sí, renombrar y reordenar las categorías es ahora mismo la única opción viable. Pero, claro, no es que no sepa cómo tiene que ser ese orden, sino que a mí, cómo no, no me gustan las cosas sencillas y obvias, y lo de ficción, no ficción y entresuelo me suena a obvio. Pero tampoco quiero que el blog se convierta en un acertijo que solo el bueno de Sherlock Holmes sea capaz de resolver, del tipo ensueño, sombra y frenesí. Las categorías tienen que ser claras, aunque, preferiblemente poéticas.

    Y aquí estoy, dándole vueltas a las opciones, hasta el punto de saturarme y llegar a la conclusión de que la mejor manera de desatascarme las neuronas era ponerlo todo por escrito, pues, al fin y al cabo, servidora como mejor piensa es escribiendo.

    Ahora mismo, a las dos y veinte de la tarde, cuando, por algún motivo, en lugar de estar preparando el almuerzo estoy escribiendo estas líneas, mis opciones son Ficción, para la ficción, claro, Vigilia, para la no ficción, por supuesto, y Duermevela para todo aquello que nunca sé dónde ni cómo clasificar y que va desde la poesía hasta los diálogos con Aúspice, pasando por otras idas de pinza en verso y en prosa.

    Que qué es lo que no me convence de la clasificación, preguntas, querido lector, pues que no tengo del todo claro que la duermevela no sea en realidad territorio de la ficción. Aunque ahora que lo leo, y lo comparo con la otra posibilidad (diario para la no ficción, ficción para la ficción y frontera para el estado liminal) lo veo algo mejor.

    Hay una tercera opción, que también me gusta, pero que, sin ser tan críptica como otras, no es tan clara como las anteriores: Aquí, para la no ficción. Allá, para la ficción. Entre mundos, para todo lo demás.

    Antes de tratar de clasificarlo, yo diferenciaba entre Este Lado (no ficción), El Otro Lado (el mundo liminal) y Ficción o el Mundo de los Sueños. O, quizás, lo que Tolkien llamó Fantasía.

    Y así está la cosa, que no tengo nada claro, salvo en que el menú debe ser comprensible y las categorías tres como máximo.

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  • Sí, mamá

    Sí, mamá

    El guardián del umbral es una figura arquetípica que, en el esquema del viaje heroico, vigila el acceso al mundo extraordinario. Se supone que, dicho guardián, cumplida su labor, deja de tener protagonismo en la estructura. Digo se supone, porque, como sabéis, las estructuras narrativas son herramientas y, por suerte, no están escritas en piedra. La cuestión es que mi vida, que, como no puede ser de otro modo, sigue la archifamosa estructura de Campbell, supone en este punto, el del guardián del umbral, una particular variación.

    Particularísima, diría.

    Tanto, que más de un psiquiatra seguro que podría hacerse de oro solo con ese punto concreto de mi biografía.

    Y es que mi guardián del umbral me ha seguido en mi peripecia, siempre con la bienintencionada voluntad de recordarme que el mundo extraordinario no es un buen lugar en el que estar y que es mejor que deje mi artefacto mágico, me despida del mentor y mis acompañantes de viaje, me ponga una chaqueta, que ha refrescado, y vuelva sobre mis pasos a lugar seguro, que aquí, en Extraordinario, es mejor no pasar mucho rato.

    A lo que yo, ya por costumbre, respondo con un cansado «sí, mamá» y sigo caminando.

    Pero de nada sirve porque el guardián del umbral en mi particular odisea es rubia, bajita, de tipo redondita, con voz de pito y más energía que si desayunara pilas duracell cada mañana. Para colmo, es terca —mucho— y cree estar en misión divina, o algo similar, ya que su hija —es decir, servidora— ha optado por el lado del mal y se dedica a leer libros, al estudio, a la enseñanza y, lo que es peor, a la escritura.

    Obviamente, ella, que no cree ser en absoluto la guardiana de ningún umbral, sino la heroína de su propia aventura, está dispuesta a salvar a la criatura inocente —yo, de nuevo— antes de que ese invento diabólico llamado cultura me destroce por dentro y por fuera.

    Y es que yo no vengo, digamos, de un linaje ilustrado, sino más bien de lo contrario. En mi casa, como en la de los Simpsons, los diccionarios eran calzas para el sofá y lo más parecido a un libro que entraba eran los crucigramas.

    Mi abuela, que de todos era la más sabia y guardaba en la memoria más leyendas y cuentos populares que libros tiene ahora mi kindle en la suya, contaba, con horror, que uno del pueblo —en realidad el pueblo es un barrio de Palma, pero eso lo dejo para otra entrada—, hijo del médico, para más señas, enloqueció de tanto leer (aunque a veces era de tanto estudiar). La cuestión es que toda la familia, toda, estaba convencida de que leer y estudiar —mejor no hablemos, por favor, de escribir— era el camino más rápido para perder la cabeza.

    Mi padre, que, de todos, era el más sensato, aprendió pronto a no discutir con la sabiduría de mi abuela, porque tenía una caterva de hermanas, primas, primas segundas y parientes lejanas que, con fervor casi religioso, refrendaban cualquier relato. Desde el hombre que murió por beber agua después de una operación —ni siquiera sé cuántas veces he escuchado eso cada vez que intervienen a alguien— hasta las apariciones de la virgen en Lluc, ahora en un mirador, ahora en otro, todas mágicas, todas con final feliz, todas ciertas, salvo que quieras enzarzarte en una discusión de la que no saldrás ileso.

    Y mi madre, hija de mi abuela como es, no bebe agua después de ninguna intervención quirúrgica hasta que las enfermeras insisten con vehemencia y más paciencia que santas, no lee libros, no sea que pierda el juicio, y lleva cirios a las iglesias como quien paga favores personales, gracia divina mediante.

    Servidora, claro está, según las reglas de ese linaje, ha salido mal.

    Ya se veía venir de pequeña, esas notas no eran normales y tampoco que prefiriera quedarme en casa leyendo libros —que vayan a saber de dónde pensaban que los sacaba, porque el concepto de biblioteca no estaba claro tampoco—. Pero de mayor… ¡Qué decepción! Empeñarme en ir a la universidad teniendo un trabajo que me daba un sueldo… Y acabar de profesora ¡de profesora! Como si no fuera poco con mi locura, empeñada también en contagiarla.

    Un desastre.

    Pero lo de escribir. ¡Escribir! Ya no solo leer, que ya tiene tela. No, no, me dio por escribir… Y mirad que, por más que lo han intentado —y os aseguro que lo han hecho…— no paro.

    La pobre mujer, tan dicharachera y optimista como es, está ya desesperada. A la mínima que se descuida, me pongo a teclear. Y si no puedo usar el ordenador, como cuando estaba en el hospital, hasta escribo a mano —¡qué salvaje!—.

    Esto explica, claro, por qué no ha podido quedarse en el umbral para impedir que cruzara, sin más. Aunque tampoco ha acabado de transformarse en villana —no del todo…— ni en antagonista —aunque se acerca—.

    Haga lo que haga, ella siempre acaba ejerciendo de guardiana del umbral, sin importar si estamos junto a la puerta de entrada o en cualquier otro rincón del recorrido.

    Quizás, empiezo a sospechar, he descubierto una nueva estructura narrativa que consiste en enfrentar hasta la extenuación con el guardián del umbral, lo que minimiza cualquier otro aspecto de la aventura. A lo mejor, a la postre, en el momento más oscuro, sirve como arma secreta —¿arrojadiza?— para salir del apuro.

    Aunque, en mi caso, me temo, por más guardiana del umbral que sea, la buena mujer sigue siendo mi madre y, al final, siempre es ella la que acaba por darme el bebedizo de recuperación —o resurrección, incluso— cuando en una prueba cualquiera he salido malherida.

    Quizás, hasta resulta que he desbloqueado un nuevo arquetipo —muy mallorquín, por cierto— la guardiana acompañante, que, aunque te cure las heridas y te salve más de una vez durante el viaje, tiene como principal función recordarte que comas algo —que te estás quedando en los huesos—, que te pongas una chaqueta y, sobre todas las cosas, compararte con los héroes y heroínas a cargo de sus análogas para poder mostrarte gráficamente exactamente dónde fallas, aunque nadie todavía sabe si es con ánimo de mejora o de hundirte el ánimo a ver si así, de una vez por toda, haces caso y te acabas las malditas galletas.

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  • Las mareas del subconsciente (y otros idiomas maternos)

    Las mareas del subconsciente (y otros idiomas maternos)

    Existen dos tipos de escritores. Al menos, dos, que yo haya identificado, aunque es probabilísimo que existan bastantes más. Muchos más. Pero, para lo que me atañe a mí y a esta entrada, vamos a centrarnos en estos que son, básicamente, los que escriben usando en su mayor parte la mente racional y los que, como servidora, escriben usando el otro lado del cerebro. O, peor, sin usar parte alguna del órgano ese al que le atribuimos tanto la conciencia como el intelecto.

    Esta mañana, mientras le daba vueltas a este tema, me ha salido compararlo con la memoria muscular y el típico ejemplo de montar en bici. Por supuesto, nadie nace sabiendo montar en bici, igual que nadie nace con las reglas ortográficas interiorizadas. Tampoco las gramaticales ni mucho menos las sintácticas. Es en la fase de aprendizaje donde la mente racional brilla como ella sola y se zampa todos estos conocimientos cual August Gloop en la fábrica de Willy Wonka. Y poco importa que se trate de un aprendizaje mecánico, como el mencionado de la bici, o aprender a patinar o a escribir, o de uno memorístico, o emocional o del tipo que sea. Pero una vez comprendida la teoría, y, sobre todo, asimilada, hay que volcarse en la práctica y, por el amor de todos los dioses, soltar los manuales de instrucciones, esquemas y plantillas.

    Aunque, claro, eso solo aplica al segundo tipo de escritor. El que, digamos, no usa la parte racional de la mente, sino que se deja llevar por las mareas del subconsciente. El primero, se queda en territorio conocido y a salvo con esquemas, manuales, mapas, técnicas. El segundo… Bueno, el segundo, si tiene buena suerte, no se pierde en el abismo de la mente. Con mala suerte, se bloquea durante trece años.

    Entonces, querido lector, quizás te preguntes de qué puede servir esta clasificación si, total, solo existe de los dos tipos de escritores mencionados, uno que pueda aspirar al éxito y, sobre todo, evitar los peligros de la inmensidad todavía no cartografiada de la mente, o del espíritu, o de la realidad misma, si es que es eso lo que está ahí afuera.

    Sencillo. Uno no elige el tipo de escritor que es. A lo sumo aprende a vivir con ello. Quizás, eso sí, pueda observar y aplicar algunos conocimientos y técnicas de los de, digamos, el otro bando. Pero nunca, jamás, te convertirás en uno de ellos.

    Es algo similar a lo de las lenguas maternas. Puedes tener varias, no pasa nada, siempre y cuando se adquieran en un momento dado del neurodesarrollo y con unas condiciones determinadas. A partir de entonces, lo máximo a lo que podemos aspirar, nosotros, los meros mortales, es a aprender una segunda, tercera o enésima lengua. Pero ya ninguna de ellas será como la materna. —Y sí, dejamos también para otros post cómo los idiomas son capaces de remodelar físicamente nuestro cerebro o cómo las lenguas maternas influyen en nuestra comprensión del mundo—.

    Así que, digámoslo así, en nuestro idioma materno de escritura podemos ser racionales o lo contrario. Y ambos caminos son buenos. Los dos son interesantes y retadores. Aunque, eso sí, en distinto sentido.

    Lo importante, me temo, es saber cuál es el idioma que hablamos para poder perfeccionarlo al máximo y, muy especialmente, no confundirnos al tratar de aplicar normas gramaticales de una lengua vecina.

    Personalmente, me ha costado muchos —muchos— años asumir el tipo de escritora que soy y mis motivaciones. Porque, una, al fin y al cabo, es humana y vive entre humanos. Y, ya se sabe, a veces las corrientes son fuertes y arrastran más que la voluntad o la pura necesidad. Y yo, ni más ni menos, creía que quería lo mismo que los demás: escribir, sí, pero también publicar, tener éxito, vender… Todo el cupo completo.

    Salvo que cuando lo probé y lo tuve no funcionó. O, mejor dicho, no funcioné.

    Pero, por supuesto, entonces, yo no tenía ni la menor idea de que sencillamente hay, como mínimo, dos tipos de escritores. Ya sabes, querido lector, los que escriben con la razón y los que se dejan llevar por las mareas.

    Así que, dime, y tú, qué tipo de escritor eres.

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  • El meollo digital

    El meollo digital

    Estoy aprendiendo a escribir con una cámara delante y otra enfocándome las manos. Sí, lo sé, suena raro. Hacerlo es más raro todavía. Pero el mundo avanza rápido y deja poco margen, o te sumas y lo sigues o te quedas atrás. Y tengo edad suficiente para haber probado las dos cosas y poder decir sin temor a equivocarme que es, con creces, peor la segunda.

    Así que, aquí estoy, montada al carro de la vida como si en lugar de una millennial con mala salud fuera una centennial con al menos una década menos de edad y el doble de energía.

    La otra opción, la de quedarme atrás, ni la contemplo. Ni por mí, que lo mío me está costando seguir con vida como para, encima, vivir como si prefiriera estar haciendo cualquier otra cosa. Ni por mis criaturas —léase historias, con sus personajes y paisajes—, que me he comprometido a traer de vuelta al mundo desde el cajón donde las encerré a cambio de que también me dejaran —las musas, el universo, los dioses, lo que sea— quedarme por aquí una temporadita más.

    La cuestión es que, en este mundo actual, si una quiere dedicarse a escribir, no solo por el propio placer de hacerlo, sino con el ánimo de cumplir el firme compromiso de darle a sus critauras toda la visibilidad que merecen para que tengan una oportunidad de hacer lo suyo, sea eso lo que sea, pues no queda otra que estar en medio de todo y, más concretamente, allá donde está el movimiento.

    Hace unos años —quizás décadas— eso significaba estar en la ciudad que, en ese momento, fuera capital cultural. Aquí en España, cuando yo era jovencita y soñaba con ser escritora, eso implicaba vivir en Madrid o Barcelona, por los contactos y los saraos culturales. Creo que en la actualidad el eje se ha desplazado a favor de la capital española. Pero eso ahora, al parecer, es menos relevante que antes. Lo crucial, por lo visto, es estar en el meollo digital. Todo lo demás, es subsanable.

    Así que servidora, decidida como está a luchar por sus historias, ha decidido empezar por el asunto digital, a ver si conseguimos llegar, aunque sea a trompicones, al susodicho meollo, y, a partir de ahí, ya veremos.

    La cuestión, más allá de la pereza que puede suponer eso de meterse en el mundillo de las redes sociales, en especial cuando ahora lo que se lleva no es lo de escribir sino lo de mostrarse, es qué contenido puedo compartir yo que sea interesante o, al menos, me pueda ayudar en mi propósito.

    No penséis que no le he dado vueltas. Tantas que, para inspirarme, hasta he hecho una rigurosa investigación de perfiles similares al mío y que ya han conseguido lo que yo me propongo.

    Pero, claro, ahí vino lo peliagudo. Definir qué narices me propongo. Porque la mayor parte de las personas con perfiles parecidos al mío tienen objetivos bastante claros y, lo más importante, cuantificables. Y suelen dividirse en grandes grupos.

    Por un lado, encontramos a los autores que quieren vender libros. Suelen ser autores autopublicados, como servidora, pero no únicamente. También hay autores que publican con editoriales tradicionales que hacen una labor de promoción maravillosa. Y esa palabra es la clave: promoción. Todos ellos, también los que están publicando en Wattpad o plataformas análogas, quieren promocionar sus obras.

    Por otro lado, encontramos a los autores que quieren llegar al lugar en el que están los primeros, a poder ser, pero no solo, a través de una oportunidad ofrecida por una editorial.

    Y después está el enorme cajón que es booktok en el que caben desde personas que aman leer y comparten su afición hasta autores que desean ser leídos, pasando por personas que aman que las editoriales y autores quieran colaborar con ellos y les envían libros y otros regalitos a cambio de su tiempo y esfuerzo.

    ¡Ah, y se me olvidaban otros! Los que se dedican a enseñar a escribir/ maquetar/ promocionar o lo que sea que pueda necesitar cualquier autor o escritor en potencia. Estos, por lo general, ofrecen sus servicios, sean de asesoramiento o edición, corrección, maquetación o cualquier otra cosa. Pero otros muchos también lo hacen para darse a conocer como autores.

    La cuestión es que de todos estos grupos, me temo, como mucho, solo encajo en el primero. Salvo por el hecho que la promoción y todo lo que huela a ella me repele. Diré más, creo que uno de los mayores culpables del largo bloqueo de escritura que he sufrido fue, precisamente la promoción.

    Y no me malinterpretéis, me encanta hablar de mis historias, como a casi todos los autores, supongo, pero odio profundamente tratar de convencer a nadie de que se las lea. Mejor no hablemos del problemón que me supone tratar de vender un libro.

    Lo mío, y eso también lo descubrí durante aquella etapa de locura previa al bloqueo en el que la escritura y la promoción ocupaban prácticamente todo mi día a día, es, en realidad, compartir mi trabajo y mi proceso creativo.

    Repito, compartirlo. No enseñar nada a nadie —lo único que me siento capacitada para enseñar es español, que por algo es además mi trabajo—. No tratar de convencer a nadie de que lea o compre o lo que sea. De ahí, además, creo que vienen después los disgustos.

    Eso me deja con pocas opciones de creación de contenido, salvo compartir lo que hago mientras lo hago. Y de ahí las cámaras de las que os hablaba al principio de esta entrada. Quizás, lo más sincero y fiel a mí misma sea, sencillamente, mostrar mi trabajo, aunque sea menos visual que, yo qué sé, el de un artista plástico y mucho menos impactante que, no sé, un músico que interpreta una pieza.

    Pero, claro, no solo de directos viven la redes sociales de vídeo estas que están tan de moda ahora. También hay que crear vídeos.

    Y para eso, más allá de pedir ayuda a varias inteligencias artificiales para elaborar un plan de creación de contenido mínimamente lógico, acorde a mi propósito y factible, dados mis medios, he vuelto a recurrir a los creadores que ya han conseguido lo que yo quiero, o algo similar, que podemos resumir, de forma muy clara como dar a conocer mi trabajo a mi público objetivo. No a la masa. No vender. No crecer. Llegar a quién puede disfrutarlo.

    Eso me ha dejado una cartera de vídeos que, con alguna que otra adaptación puedo crear y compartir, como hablar de libros que me han gustado o inspirado, leer fragmentos de mi trabajo, hacer un vídeo diario hablando de los avances de mis proyectos…

    Pero todo eso es exactamente lo mismo que hacen los del grupo dos, es decir, los que quieren llegar al mismo lugar al que los primeros ya han llegado. Y ese grupo es un saco sin fin del que es muy difícil salir salvo que consigas diferenciarte.

    Y, si consigues diferenciarte lo suficiente, pasas a dejar de formar parte de ninguno de los grupos mencionados para crear tu propio y único grupo. Que no voy a decir que sea algo fácil de defender. Pero, al menos, es algo mucho más encaminado a lograr el objetivo establecido, que, recuerdo, no es llegar a la masa, sino a aquellas personas que realmente puedan estar interesadas en lo que yo hago.

    Llegados a este punto, conviene ser realistas y sinceros. Es prácticamente imposible que nadie interesando en productos culturales, digamos, mainstream, se sienta interesado en lo que yo hago, salvo que, por alguna misteriosa regla de tres, lo mío acabara por convertirse en mainstream.

    Mi público objetivo, me temo, es tan, digamos, particular como yo misma. Porque mi propia obra lo es —y por eso me bloqueé, recordemos, porque yo quería ser normal y que mi obra lo fuera, peor, oh, sorpresa, eso no es posible—.

    Así que la creación de contenido normal me traerá a gente normal que busca obras normales cuando lo que yo tengo para ofrecer, es, más bien, alternativo.

    Si lo quiero conseguir es dar a conocer mi obra tal y como es — porque a eso es a lo que me he comprometido a cambio de seguir en este mundo otra temporada, esperemos que larga—, a un potencial público objetivo, lo mejor que puedo hacer, por no decir lo único, es mostrarme tal y como soy.

    Eso implica, por ejemplo, hablar sin cortapisa de ese pacto del alma de escribir y publicar a cambio de más tiempo de vida. Pero también volver a hablar del Muso y de las musas, de la inspiración, del subconsciente, del lugar donde viven las historias, el mundo de los sueños y de los mundos entre mundos.

    Esto es, sin más, volver a lo que hacía antes de bloquearme en el blog que precedió a este.

    Implica quitarme la coraza.

    Y volver a poner el corazón y el alma sobre la mesa.

    Aún a riesgo de volver a bloquearme.

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  • Desmontable, ampliable

    Desmontable, ampliable

    Estar enferma es una mierda.

    Me gustaría poder empezar esta entrada de otra manera, desde un enfoque más positivo u optimista. Pero, a veces, para poder llegar ahí, hay que pasar primero por la aceptación de la maldita realidad.

    Y la realidad es que estoy enferma.

    Y que estar enferma es una mierda.

    Punto.

    Escribo esto con los ojos empañados. No llorando a moco tendido, solo con lágrimas que se acumulan a la par que aumenta el moqueo, pero sin estallar en llanto.

    Aunque a veces pienso que una buena llorada, a lo rabieta de niña pequeña, me haría bien. Mucho. Pero la máquina del llanto desconsolado y liberador está, por lo visto, estropeada.

    Estropeado, en general, tengo el cuerpo.

    Y hemos llegado a un punto incómodo en el que se ve que lo que arregla una cosa fastidia otra.

    Así andamos.

    No es que me hayan dado una noticia especialmente mala.

    Tampoco buena.

    Solo otra noticia más, que es otro factor a tener en cuenta en este puzle en que se ha convertido mi particular bienestar, al que, quizás, habría que rebautizar como soportabilidad del estar. Soportaestar, para hacerlo breve.

    Y una, que además de todo, es sensible, pues claro, con dolor en el bajovientre y la mente saturada de noticias médicas que no son malas, pero tampoco buenas, va, y se rompe.

    Porque es lo que estoy haciendo ahora.

    Romperme.

    Mientras aporreo las teclas para no escuchar el crack de cada fragmento. Cada pedazo.

    Y cada clic del teclado me recuerda que también las palabras están hechas de pedazos y que, cual lego lexicográfico, se arman y se desarman para formar otras de nuevas. O, mejor aún, para juntarse entre ellas y formar frases. Y párrafos. Y relatos. Y capítulos… Historias…

    Si las historias están hechas de piezas no puede ser tan malo reconocerme así a mí misma: desmontable, fragmentable, rompible. Pero también reparable, unible, montable. Y, quizá, lo mejor, como las palabras, las frases, los párrafos… Ampliable.

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  • Una partida de damas con San Pedro

    Una partida de damas con San Pedro

    En cuestión de varios días, quizás de una semana, me he encontrado con algunos fantasmas del pasado.

    Sí, de aquellos que, por algún motivo, han sobrevivido a mi bloqueo de escritura de trece años en forma de espectro.

    Y, claro, han tratado de bloquearme de nuevo.

    Pero, por lo que sea, esta vez no lo han conseguido.

    Resulta que en mi particular travesía por el desierto he aprendido varias cosas de las que ni siquiera me había dado cuenta, pero que son útiles ―no, utilísimas― para vivir sin cortapisas autoimpuestas.

    En primer lugar, y es uno de los aprendizajes más valiosos que he obtenido, hay que comprender que siempre habrá polémicas. Siempre. Polémicas diversas, variopintas y, sobre todo, ruidosas y pasionales. De lo contrario, no serían polémicas, se quedarían en simples discusiones sin más trascendencia que el hecho de existir.

    Pero las polémicas no son debates ni disputas. Están un escalón más allá, justo en el de las vísceras y los humores. Por eso encienden. Y por lo mismo enganchan. Lo peor es que, por lo mismo, se vuelven violentas ―con suerte, solo de palabra―.

    A diferencia de cualquier controversia, las polémicas tocan fibras en extremo delicadas del animal humano y del momento en el que vive. Y, tal vez, precisamente por ello, polarizan. En una polémica, sobre lo que sea, no se permite ser neutral porque los involucrados ―secuestro de la amígdala mediante― son incapaces de ver en ningún tono o color más allá del más puro blanco o el más oscuro negro.

    Allá por 2012, cuando me lancé a autopublicar Non Serviam, la polémica tenía que ver con Kindle y lo que la posibilidad de autopublicarse suponía. Había dos bandos claros y enfrentados, lo que consideraban que era una democratización de la publicación y los que, en cambio, estaban convencidos de que era una opción para los mediocres sin talento alguno y que afirmaban sin pudor alguno que ellos, jamás, nunca, nunca, leerían a un autopublicado.

    Hoy la polémica es el uso de la IA. Pero, ojo, no hablo ya del uso de la inteligencia artificial generativa como herramienta de trabajo y apoyo a la escritura, que también está sobre la mesa, no, no, hablo del uso de la IA, especialmente en el caso de pequeños autores autopublicados ―qué manía con eso, eh― para crear portadas para sus libros y, ojito, imágenes y vídeos promocionales. He llegado a leer que si uno quiere alguno de esos materiales y no tiene presupuesto para pagar a un diseñador o un ilustrador, pues que aprenda a diseñar y a dibujar. Y tan anchos se quedan.

    Eso por no hablar del silogismo si usas la IA para crear una portada/imagen promocional/vídeo o lo que sea nadie me asegura que no la uses también para crear la novela.

    Por supuesto, están en lo cierto. Pero tampoco nadie asegura que el no uso de la IA en los materiales gráficos implique que tampoco se use en la creación de la obra. Seamos serios.

    La cuestión es que estoy reviviendo aquel si te autopublicas es porque ninguna editorial te ha querido publicar, ergo tu obra carece de calidad o es mala. Como si todo lo que publican las editoriales fuera carne de Nobel o potencial Quijote.

    Y la cuestión es que uno no puede declararse neutral. Yo no puedo afirmar que me la pela lo que cada cuál haga con su tiempo y dinero porque, de verdad de la buena, creo en la libertad siempre y cuando no se incumpla ley alguna porque seguramente gente que no ha tocado un libro de filosofía en su vida vendrá a hablarme de moral y ética sin caer en que aquí lo complejo es que ni una ni otra tienen fuente externa alguna y se suele llegar a ellas por consenso, lo que nos lleva a la política, las leyes y, bueno, otra vez al principio de este nudo gordiano.

    Recuerdo que en primero de carrera ―sí, ya ha llovido mucho de entonces― un profesor, muy sabio, muy moderno, nos hizo presentar un trabajo final de un mínimo de diez páginas escrito a mano porque, según él, teclear nos estaba volviendo a todos lelos y no quería participar en el embrutecimiento de la juventud.

    Algunos años después, cuando ya trabajaba como periodista y tenía mi primer blog, varias eminencias de la comunicación defendían desde sus elevadas tribunas que los blogs eran poco más que onanismo intelectual y que supondrían el final del periodismo.

    Es como cuando el bueno de Chaplin, quizás dejándose llevar por su Charlot, afirmaba que el sonido había llegado para acabar con el cine.

    Cada vez que una tecnología ha irrumpido con fuerza en la sociedad hay reacciones similares. Y un periodo de caos, más o menos largo, seguido por la asimilación de dicha tecnología por parte de la sociedad.

    Lo que me preocupa tiene que ver directamente con esa última parte, la de la asimilación, porque mientras nosotros, hormiguitas de a pie, discutimos sobre si el nuevo invento es bueno o mano, la maldita hormiga reina y sus hordas de soldados no pierden el tiempo en polémicas, adoptan la tecnología y la utilizan en nuestra maldita contra.

    Pero aquí seguimos, polemizando. Trece años después, con el mismo debate pero con distinto disfraz.

    Y me tiene tan harta.

    Tanto.

    Tanto, que el otro día pensaba que, quizás, tenía que quitarme de la cabeza lo de autopublicar, entendido como lo que hace uno a través de KDP o cualquier plataforma análoga porque acabaría, igual que la primera vez, trece años atrás, ejerciendo más de vendedora de libros que de creadora de historias.

    Y no, nada tenía que ver ese pensamiento con la IA, sino más bien con esa necesidad, demasiado humana y natural, de compartir lo que hago, no de ganar dinero con ello.

    Es más, gracias al calvario de trece años atrás, me he ocupado de solucionarme el tema pecuniario para poder, por fin, escribir sin pensar en target, mercados ni ventas. Mis historias, gracias a dios ―y a mi esfuerzo brutal y continuado a lo largo de trece añazos― no tienen que ser rentables, solo ser. Son mi refugio. Mi lugar seguro. Mi razón de existir.

    Y ahora mismo, salvo porque la salud ha salido del grupo y estamos negociando seriamente para que vuelva, mi vida es exactamente lo que siempre había soñado: Puedo escribir por el placer de escribir gracias al mejor trabajo imaginable para mí. No cabe en ese sueño que es mi vida ―y que será del todo perfecta en cuanto la salud se restablezca― que dedique mis horas a vender mis libros como quien vende aspiradoras.

    Eso no quiere decir que renuncie al libro en formato físico ni nada de todo eso. Solo quiere decir que no es una prioridad. Aquí, después del episodio de casi-muerte-por-hemorragia-interna, la única prioridad es ser tan feliz como sea posible.

    Si esa felicidad pasa por jugar con la IA a crear retratos de los personajes que viven en mi cabeza, queridos, ahí están los clavos, allá los maderos, si traéis martillo, proceded a crucificarme.

    Si pasa por publicar en Wattpad porque es lo que me nace del alma, allá me voy. Si va de editar libros en papel porque, no lo negaremos ahora, me encanta el proceso, es lo que haré. Y si me apetece hacer promoción para vender como si no hubiera un mañana, lo haré, por apetencia.

    La ventaja de echar una partida de damas con San Pedro ―o de haber pasado trece años de vida en un tête-à-tête con Lucifer en el Infierno― es que todas esas pasiones viscerales donde viven las polémicas, como por arte de magia, dejan de afectarte.

    O te afectan de otra manera.

    Por ejemplo, provocando que recopiles aprendizajes y los vomites en una entrada de blog demasiado larga para que nadie se la lea.

    Pero da igual.

    Porque ya no escribes para que nadie te lea ―en realidad nunca lo hiciste―.

    Escribes porque te apetece. Te da la real gana. Te nace.

    Supongo que esa es la segunda lección, que tiene que ver más con la casi-muerte que con los trece años de muerte en vida: Haz lo que te apetezca, en cualquier caso, siempre, siempre, habrá alguien que te critique y señale, pero nunca sabes cuando eso que haces puede ser exactamente lo que alguien necesita encontrar y tú, pasando de normas y por el mero hecho de seguir tu instinto, puedes darle. Vale más uno de estos, que miles de los otros. Entre tanto, que hablen.

    Y luego viene el tercer aprendizaje. Creo que este sí que lo he tenido siempre delante de las narices, que por algo me educaron en una escuela de monjas.

    Resulta que, grosso modo, podemos dividir la población según dos actitudes: los que viven en la luz, los que lo hacen en la oscuridad. Los primeros se centran en las emociones positivas y todo lo que las genera, los segundos, bueno, en lo contrario. Esos segundos son, sí, los apasionados polemistas.

    Esas dos actitudes se pueden observar fácilmente. Los primeros, hacen, actúan. Los segundos, hablan, polemizan. Volcar la energía en actuar, por lo general, pero en especial cuando haces algo que amas, produce un aumento de endorfinas y un sinfín de hormonas buenas, de esas que te hacen sentir bien e, incluso, llegan a hacer desaparecer la sensación del tiempo. Los avances, por pequeños que sean, magnifican ese efecto y se entra en una espiral maravillosa.

    Pero volcar la energía en hablar, sobre todo cuando se habla de terceros o del trabajo de estos, suele tener el efecto contrario, con idéntico efecto en espiral, pero exactamente a la inversa, que se ve además aumentado cuando se comprueba que el otro, a través de las acciones avanza, cuando uno, por más que hable, se estanca cada vez más.

    Y un apunte aquí, ese hablar, ese polemizar, no se refiere necesariamente a hacerlo en voz alta. Lo mismo aplica cuando uno se queda atrapado en los pensamientos dentro de su cabeza. La acción, por cierto, también exorciza eso.

    Por mi parte, esta entrada, demasiado larga, demasiado abstracta, con demasiados temas, es, exactamente, lo que hoy, en este instante, me apetecía hacer. Y esa es mi acción, la que me mantiene en lado positivo y me aleja de polémicas propias y ajenas. No importa si este es el formato más adecuado o no, si me señalarán por no posicionarme en la polémica del momento o si por mi falta de posición me sitúan en un lado cualquiera. Nada de eso importa, porque, en realidad, no importa nada.

    Nada.

    Salvo disfrutar de cada instante de esta bendita vida.

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  • En cuerpo y alma

    En cuerpo y alma

    Dentro de unas horas tengo médicos. Así, en plural, porque, después del susto, se ve que las revisiones me las hacen a pares. Y mentiría si dijera que no estoy nerviosa. Aunque a estas alturas tengo bastante claro que las cosas del cuerpo no quieren nervios y que, en cualquier caso, el optimismo y un estilo de vida saludable son la mejor medicina, eso sí, siempre junto a ese montón de fármacos con receta de los que una depende.

    Sucede que en estos días estoy observando, casi desde fuera, como cuerpo y alma van de la mano. Y digo alma porque de alguna manera hay que llamar a esa parte de nosotros que no es física pero es más que un constructo resultado de la actividad cerebral para nuestro mejor funcionamiento.

    Creo, por lo que veo, porque una tiene el vicio ese de primero experimentar y después trazar teorías, investigar y si procede, involucrar a la fe, que todas esas teorías místicas orientales que hablan de, en cierto modo, domeñar el alma para elevarla a través de prácticas físicas, sean estas ejercicio físico, como el yoga, o privaciones, como el ayuno, podrían tener un punto de verdad. No hablo de literalidad. Eso no lo sé ni dedicaré mi tiempo a estudiar a fondo esas disciplinas para averiguarlo, pero, tal vez, hay ahí un poso de razón.

    Y, sí, ya sé, no hace falta acudir a oriente para encontrar prácticas que vinculan el entrenamiento del cuerpo como medio para acceder y elevar el alma. Pero sí se me tendrá que reconocer que ahora mismo esas son las más conocidas.

    Hay otros caminos que, sin alejarse de ese vínculo cuerpo/alma, confían al trabajo intelectual la elevación o perfeccionamiento del alma. De esos, que también encontramos en oriente, tenemos sobrados precedentes a mano en la cuenca Mediterránea. Desde Platón a Santa Teresa, pasando por todos los que desee, señalan esa vía.

    Y hay una cosa que, desde mi roca en mitad de Nuestro Mar, que decían los romanos, no deja de llamarme la atención y es lo que Ramón Llull dejó caer, no tanto de palabra, como de obra. Y es que hay un momento en el que si recibes una llamada —¿del alma? ¿del espíritu? ¿de dios?— lo dejas todo y sigues tu vocación. Llull, dejó esposa e hijos, bien colocados, por cierto, y partió a hacer lo suyo, que era filosofar y crear máquinas lógicas para demostrar que ni musulmanes ni judíos tenían razón alguna y que la verdad era enterita de los cristianos. Cada cual, en su época, ya se sabe, hacía lo que podía. Aunque también dejó castillos circulares y sistemas mágicos —sí, mágicos— que dan para más de una novela.

    Lo que yo estoy sintiendo, lejos de llevarme hacia el yoga, de vuelta al platonismo, o a crear máquinas lógicas con motivos variopintos, apunta en la misma dirección de lo que estoy comentando, pero de un modo que hasta me encoge el corazón —¿o será el alma?— cuando lo pongo por escrito.

    Es como si la causa de mi enfermedad fuera que mi vida no respondía a los deseos —o necesidades— de mi alma. Que si había una llamada —y la había, vamos si la había— encontraba la forma de ignorarla. Y de tanto ignorar que cuerpo y alma son vasos comunicantes, fastidié el tandem, desequé mi alma y, como consecuencia, me fastidié el cuerpo.

    Y, sí, ya sé, ya sé, suena místico y extraño, completamente fuera de lugar en un mundo regido por ceros y unos y método científico. Pero no puedo cambiar lo que siento. Lo siento y punto.

    Claro que podría no decirlo en voz alta, pero, mirad por dónde, eso sería hacer otra vez exactamente lo que me ha traído hasta este punto. No decir, no contar, no escribir. Disimular que todo es normal —que yo soy normal— y vivir como si escribir no fuera lo único que le otorga sentido a mi vida. Como si no sintiera vocación alguna. Como si no hubiera llamada del alma.

    Pero me he comprometido conmigo misma a no hacer eso, sino lo contrario. Y aquí estoy y cada día que pasa viviendo más alineada con esa llamada, con ese sentido de la vida —seguro que los japoneses tienen una palabra chula para esto—, siguiendo el que estoy del todo segura que es el único camino de mi vida, siento que la relación entre mi cuerpo y mi alma es más y más armoniosa.

    Y no sé explicar muy bien todas estas sensaciones, ya tendréis que perdonarme, pero es que últimamente estoy muy ocupada sintiéndolas. Ni tampoco acabo de comprender adónde me lleva esta travesía. Pero cada partícula de mí sabe que mientras respete esa relación, ese equilibrio, entre mi cuerpo —lo que hago— y mi alma —lo que siento que tengo que hacer—, pase lo que pase, siempre, todo irá bien.

    ******

    PS: Publico sin revisar o no llegaré al médico. Ya le daré un ojo a la vuelta. Sed comprensivos, porfa.

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  • Por suerte, casi morí desangrada

    Por suerte, casi morí desangrada

    Han pasado unas cuatro semanas desde lo que en casa hemos convenido en llamar la crisis de la gran bola de sangre y dieciocho días desde que salí del hospital. Iba a decir que desde entonces han pasado muchas cosas, pero no es cierto, pasar, no ha pasado nada. Lo que ocurre es que, más bien, han cambiado muchas cosas. O no, quizás ni eso, sino que lo que pasa es que he cambiado yo.

    Aunque eso de que la experiencia me cambió no es nuevo. Lo sé desde que me desperté en la sala de recuperación y ese conocimiento no hizo más que reafirmarse durante los días que duró mi ingreso.

    Lo nuevo es, en realidad, estar viviendo ese cambio. O el resultado del mismo. Más allá de sensaciones y teorías, más o menos terrenales; más o menos místicas.

    La diferencia es que la persona que salió del hospital y retomó la vida que esa experiencia había dejado en suspenso, siendo la misma que ingresó en urgencias con apenas sangre en las venas, está viviendo de otra manera. Ni mejor ni peor, solo distinta.

    No diré que ahora soy más auténtica que antes, más yo de lo que he sido nunca, porque no creo que sea cierto. Pero sí puedo decir que, no sé muy bien cómo, me he desprendido de capas y capas que me cubrían y protegían para que ese yo, el que siempre ha estado ahí, no quedara expuesto y sufriera.

    El problema es, me temo, que todas esas protecciones no solo me mantenían a salvo del mundo exterior, sino que, además, todo en pos de evitar el sufrimiento, me impedían hacer aquello que más deseaba, ser como verdaderamente soy, estar cómo y dónde en realidad quiero.

    Lo que ha cambiado el hecho de casi morir desangrada es que he comprendido que de nada vale protegerme para no sufrir si no puedo vivir la vida que quiero, si no puedo ser la persona que soy, si no puedo estar de la forma que deseo para no resultar molesta a terceros —para que esos terceros no me hieran de nuevo—.

    Ahora mi día a día suena a teclas y sueños. Y no quiero nada más.

    Estoy aprendiendo a volver a vivir entusiasmada, alegre, con ilusión, sin que me importe si para algunos soy demasiado intensa, absurda, infantil o exagerada.

    Estoy recordando cómo es vivir creyendo, de verdad, que la vida está aquí para disfrutarla y que si alguien se siente ofendido por mi goce, el problema no es mío, sino suyo. Al final del trayecto, a todos nos espera la tumba. Yo tengo la intención de disfrutar al máximo el viaje.

    Y todo esto es bueno. Intenso. Asombroso. Pero extraordinariamente bueno.

    Lo difícil, que también lo hay, es que junto a este desprenderse de las infinitas capas de protección tras las que me ocultaba, han venido también los recuerdos de las situaciones que justificaban su existencia.

    Está la vez aquella de las niñas que se metían conmigo por la ropa que llevaba. Esa otra en la que una compañera se ofendió porque me compré las zapatillas que ella quería. Todas las que mis notas parecían la mayor afrenta que pudiera hacerle a cualquiera,

    Están todas aquellas veces jugando a fútbol —¡marimacho!— pero también cuando lo que molestaba era que cantaba con la coral o que coleccionaba cartas perfumadas.

    Y todas las noches que tenía que leer a escondidas porque en casa se creía ciegamente que los libros hacen perder la cabeza; las que me tuve que pagar la matrícula del instituto de mi bolsillo porque nadie recordaba que la niña tenía que arreglar los papeles para estudiar, ni mucho menos nadie entendía por qué me empeñaba en seguir estudiando si no hacía falta.

    He recordado las obras de teatro a las que nadie venía, los premios que recibía sola, los justificantes de asistencia y boletines que firmaba yo, porque a nadie le importaba.

    También el primer empleo en un periódico local con solo diecinueve años que era una mierda porque tenía un contrato por obra y las pagas extras prorrateadas. Compaginar con mil y un trabajos los estudios universitarios mientras te comparaban con la-hija-de-quien-sea que se lo ha sacado en mucho menos tiempo, sin contar, claro, que nadie de ellos, además, trabajaba o se encargaba de su casa.

    Cómo olvidar terminar etapas educativas y recibir como única felicitación un «es tu trabajo» o «un sobresaliente no es una matrícula de honor». Mejor no hablemos de las presentaciones de libros con enhorabuenas del tipo «¿Y esto para qué te sirve?» o «No entiendo por qué pierdes el tiempo con estas cosas».

    También está el memorable momento en el que anuncié que había conseguido plaza de funcionaria de carrera y la respuesta fue «¡Qué putada!».

    Hay más, mucho más. Es toda una vida de ser criticada y comparada —menganita es más alta, sultanita, más delgada, fulanita gana el doble o la-hija-de-quien-sea es/tiene más y mejor—.

    Toda una vida en la que, sin darme cuenta, fui perdiendo la alegría, la ilusión, las ganas. En la que aprendí a no contar, no mostrar, no decir o, incluso, ocultar, para no ser juzgada, señalada, criticada. Porque si algo llegué a tener claro era que si algo me importaba, no debía contarlo, porque me lo derrumbarían con saña. Y si estaba feliz, era mejor disimular, no fuera que supieran la causa, porque irían a por ella.

    Toda una vida de aprender a hacerme pequeña, cada vez más, hasta llegar casi a ser minúscula.

    Hasta casi desaparecer.

    Pero, por suerte, tuve una hemorragia interna y perdí tres litros de sangre.

    Por suerte, casi morí desangrada.

    Por suerte, al fin, comprendí, que no estoy aquí para hacerme pequeña por el bien de los demás.

    Estoy aquí para existir. Con mi muchedad, como Alicia. Porque nadie —NADIE— merece que ponga su bienestar y comodidad por encima del mío.

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La Enésima

Aquí cultivo letras, a veces nacen historias

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