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  • Si lo perdiera todo, escribiría otra vez

    Si lo perdiera todo, escribiría otra vez

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué harías si perdieras todo lo que tienes?

    Si lo perdiera todo… solo se me ocurre una opción: escribir.

    Sí, ya sé que mi respuesta puede sonar un poco a perogrullada, por el contexto, e, incluso, a fanfarronada, dado que eso es algo que ya hago y, más aún si tenemos en cuenta que seguir haciéndolo y conseguir vivir en exclusiva de ello es a lo que aspiro…

    Pero lo digo completamente en serio. Y, lo que es peor, por experiencia. Escribir me ha salvado más veces de las que me atrevo a contar. Mencionaré solo dos.

    La crisis que lo cambió todo

    El primero se remonta a aquella crisis económica de 2008. Entonces, perdí el trabajo y era incapaz de encontrar ninguno más. En aquella época yo trabajaba en comunicación, era periodista en la delegación autonómica de una radio nacional, aunque antes había trabajado en periódicos, televisiones… —joder, parece que fue en otra vida—, pero los medios de comunicación en general, y los profesionales que trabajábamos en ellos, en particular, sufrimos aquella crisis con especial virulencia. En mi casa, además, fuimos dos los que recibimos el martillazo, aunque mi marido no se dedicaba a nada ni remotamente parecido. De la noche a la mañana pasamos de ser dos trabajadores con una carrera estable e, incluso, exitosa, cada uno en lo suyo, a vernos tirando de ahorros (¡benditos ahorros!).

    Todos nuestros planes se pararon de golpe, todo lo que habíamos construido, se volatilizó, todo quedó en nada sin que pudiéramos hacer nada para evitarlo. Entonces, escribir me salvó. Me permitió procesar todo lo que sentía —toda aquella frustración, todo ese dolor— y no permitir que se enquistara en mi alma. Además, entonces pude escribir mi primera novela, algunos cuentos y adentrarme en el fabuloso mundo de la ficción, del que ya nunca he vuelto a salir. Sinceramente, no sé qué habría sido de mí entonces sin la escritura.

    Cuando el cuerpo dijo basta

    El segundo vino casi a continuación, o, al menos yo lo siento así, aunque, ahora que lo pienso, fue un poco más cruel: ocurrió justo cuando parecía que empezaba a levantar cabeza de aquel desastre económico que se había cargado mi carrera. En ese momento lo que perdí no fue el trabajo ni el dinero, sino la salud. Y solo entonces comprendí hasta qué punto aquella crisis anterior que tan terrible me había parecido era, en realidad, una tontería. Al fin y al cabo, si tienes salud, puedes hacer muchísimas cosas, pero cuando falla…

    Mi enfermedad debutó con ceguera. Me asusté muchísimo y no era para menos, estaba sufriendo un ictus. Era 2015. Tenía 33 años y yo todavía no lo sabía pero, ahora sí, mi mundo se estaba yendo al garete.

    Tengo que decir, porque es así, que fui —sigo siendo— muy afortunada porque, aunque en el hospital me mandaron a casa con unas pastillas para la epilepsia (¿?) y una cita con el oftalmólogo para el día siguiente (¡!), recuperé la vista. Y eso es lo importante.

    Aquí la cuestión es qué demonios provocó un ictus a una persona joven sin factores de riesgo. La respuesta no fue una, sino muchas. Y, como los buenos culebrones, llegaron por fascículos. La espera y la batería infinita de pruebas no fueron algo bonito que pasar y sin la escritura, de nuevo como herramienta para procesar lo que sentía, ordenar el pensamiento y asumir lo que estaba viviendo, no sé cómo habría superado todo aquello. Digerir las respuestas que iban llegando tampoco habría sido posible sin la escritura, creedme.

    Os resumiré el diagnóstico así: la válvula aórtica de mi corazón estaba escacharrada y hubo que sustituirla por otra de último modelo. La causa del estropicio cardíaco es, posiblemente, una enfermedad autoinmune que diez años después —sí, diez— sigue jugando al escondite con los médicos y provocando brotes —como el que estoy sufriendo mientras escribo estas líneas— cada equis tiempo.

    La escritura como medicina

    Algunos de estos brotes son, digamos, suaves, o, al menos, manejables. Eso implica que puedo hacer una vida medianamente normal a pesar de no estar al 100%, pero que, con más descanso, medicación y alguna que otra estrategia terapéutica, no me incapacitan. Otros… Bueno, otros son peores.

    Estos brotes, mis médicos y yo lo tenemos comprobado, están directamente relacionados con el estilo de vida y el estrés. Si descuido mi estilo de vida (alimentación, deporte, medicación, meditación, estiramientos y, sí, escritura), la enfermedad se rebela y el brote aparece. Si lo hago todo bien, entonces, no. Claro que hay cosas que no son controlables y disparan el estrés y, con él, los brotes.

    La mejor herramienta que tengo para vivir con la enfermedad, además de la medicación y todo lo que ya he explicado, es la escritura.

    Los diarios, tanto los privados como los públicos, me permiten gestionar mis emociones, ordenar el pensamiento, asumir lo que vivo en cada momento, recordar todo lo bueno que tengo en mi vida y todo lo que tantísimo me gusta. La ficción… Bueno, la ficción me permite soñar y volar. Vivir más allá de las limitaciones que la realidad impone. Pero también interpretar la realidad desde el mito, entenderla, asimilarla de otra manera.

    Así que, sí, no tengo duda. Ninguna duda. Si lo perdiera todo, lo que haría —otra vez— sería escribir. Y… os devuelvo la pregunta: ¿Hay algo que os haya salvado en el pasado que, de nuevo, haríais en una situación extrema, como perderlo todo? Os leo

  • A pesar de todo, hoy escribo

    A pesar de todo, hoy escribo

    No se ha notado en el blog —o eso espero— porque dejé las entradas programadas (bendita opción de WordPress), pero vengo de días duros, de médicos, trámites, estrés familiar, dolor físico y emocional y, sobre todo, agotamiento.

    Hoy, sábado, por fin estoy escribiendo una entrada destinada a ser publicada el mismo día que la escribo. Y sé que puede sonar absurdo, porque lo eficaz y eficiente, cuando una quiere dedicarse con algo de seriedad y constancia a esto de escribir y publicar por entregas, es programar las publicaciones y olvidarse un poco de todo-

    Pero, claro, yo combino lo de la publicación de secciones fijas por entregas con mi diario —este diario, que tantas veces me ha salvado la vida— , y eso funciona mejor con la inmediatez, la sinceridad un tanto exhibicionista y, por qué no decirlo, la improvisación.

    Aunque, en realidad —y no me duele confesarlo—, la que necesita esa sinceridad inmediata, casi exhibicionista del alma despojada de ropajes, soy yo, no el blog, no la sección, no mi diario.

    Lo cierto es que hoy también está siendo difícil. Hay resaca emocional, ha habido compromisos ineludibles y, además, para mí es un día importante en lo personal

    Y aun así, ahora, en este instante, estoy eligiendo escribir la entrada del día.

    Soy consciente de que podría parecer saludable parar. Y, seguramente, en muchos casos lo sea. Pero recordemos que lo que me ha traído hasta aquí no ha sido no saber parar, sino todo lo contrario.

    En todo caso, lo que sí he aprendido en todos estos años ha sido, más que a parar, a dosificarme. Y eso es lo que voy a hacer hoy. Ahora.

    Me dosifico.

    Y dejo la entrada aquí.

    Ya habrá días más suaves. Días mejores. Días en los que escribir pueda ser algo más que un dejar constancia de que, sí, sigo escribiendo porque, a pesar de todo, hoy también he elegido escribir.

  • Manual imprefecto nº4: Soltar, parar, crear

    Manual imprefecto nº4: Soltar, parar, crear

    La lección de un bloqueo

    A veces, parar también es crear.

    Tenía previsto otro tema para el Manual imprefecto… de este viernes, pero, a veces, el día a día nos ofrece el mejor material de inspiración posible.

    Y es que resulta que el martes estaba trabajando en una historia nueva, que, a título provisional, he denominado Proyecto Ecos, que es algo distinta a mis anteriores trabajos. Se trata de un retelling y, lo confieso, es el primero en el que me embarco, salvo que tengamos en cuenta ejercicios académicos con instrucciones cruelmente detalladas, que dejaban poco espacio para la imaginación.

    Adaptación, narrador y bloqueo creativo

    La cuestión es que en el arte de volver a contar una historia, más allá de la adaptación de la misma a otro momento, entorno, normas, hay que tomar decisiones técnicas que respeten tanto el original como la nueva versión que se propone. Y una de esas cuestiones técnicas, concretamente, la relativa al tipo de narrador, me atascó.

    Una servidora es un bicho algo intenso a la hora de trabajar. Digamos que me gustan los maratones. Así que, por lo general, con los proyectos, hago como los perros con un hueso nuevo…

    Pero ayer, por más que me aferrara al hueso, el atasco no se resolvía. Y, creedme, que habría seguido insistiendo hasta el hartazgo de no ser porque mi particular paladín de brillante armadura me rescató a media tarde —bueno, en el mundo real fue mi marido trayéndome la medicación y recordándome que tenía que hacer mis estiramientos de espalda—.

    El caso es que guardé los documentos y cerré el ordenador para dedicarme a lo que en ese momento era prioritario. Después, en lugar de volver en busca de mi hueso, decidí quedarme un rato charlando con mi marido, comentamos cosas del día a día, planeamos la cena y pensamos en qué hacer el fin de semana. Y, oh, sorpresa, al cabo de unas horas, cuando ponía la mesa para cenar, mientras hablábamos de todo y nada, la solución a mi problema del narrador surgió en mi mente como por arte de magia.

    Por supuesto, dejé lo que tenía entre manos y apunté de inmediato aquello que en ese momento se mostraba ante mí como evidente, pero que hasta entonces era incapaz de ver.

    La lección de soltar el hueso

    La enseñanza de ese trozo de vida, ese cachito de rutina, es precisamente que, en ocasiones, el acto creativo requiere soltar el hueso. Exige parar.

    Eso sí, no se trata de cualquier tipo de pausa. Hay que liberar el cuerpo y cambiar de actividad, a poder ser a una opuesta de la que estamos haciendo. Por ejemplo, si estamos sentados escribiendo, es buena idea salir a caminar, correr o hacer cualquier actividad física.

    Pero con eso no basta. También hay que liberar la mente. De nada nos servirá pasar una hora de, yo que sé, BodyCombat, si mientras practicamos nuestra cabeza está más pendiente de aquel problema que hemos aplazado que de seguir los pasos y hacer los ejercicios. Al revés, si no conseguimos llevar nuestra atención a cualquier otro lugar es posible que la sensación de bloqueo y frustración empeore.

    El truco del cambio de tarea

    Así pues, el truco es informar a nuestro cerebro a través de la actividad que esté realizando nuestro cuerpo que hemos cambiado de tarea. Y, al mismo tiempo, darle a nuestra mente otra cosa, muy distinta de la anterior o muy atractiva para nosotros, que la aleje de ese bloqueo y la frustración que conlleva.

    En mi caso funcionan varias cosas, según el ánimo, el día y, sí, el estado físico. Cuando me encuentro bien, lo que mejor me va es el ejercicio físico, bien intenso, una buena ducha y después una buena lectura que nada tenga que ver con lo que estoy escribiendo. Si no me encuentro tan bien, pero no estoy del todo mal, lo mejor es un paseo y una buena peli o serie. Si estoy fatal —físicamente, se entiende—, nada me va mejor que sacar un set de Lego y entregarme a ello con buena música de fondo.

    Como suele ocurrir, no hay una sola forma de aplicar la técnica, sino tantas como personas que necesiten usarla.

    Y ahora os pregunto

    ¿Habéis sentido alguna vez ese bloqueo, que parecía imposible esfumarse como por arte de magia?

    ¿Habéis aplicado alguna vez este tipo de técnica para superar algún bloqueo?

    ¿Qué hacéis cuando alguna parte del trabajo creativo se os atraganta?

    Compartid en comentarios vuestras experiencias, que, seguro, me ayudarán a mí y a otras personas que pasen por lo mismo.

  • Nuevos proyectos, género, señores de bigote y la eterna discusión sobre «la literatura seria»

    Nuevos proyectos, género, señores de bigote y la eterna discusión sobre «la literatura seria»

    Una idea nueva: Proyecto Ecos

    No sé si ha sido fruto de la medicación o de eso de que cuanto más escribes más historias se te ocurren, pero se me ha ocurrido una nueva idea. Ayer, en lugar de hacer todo lo que tenía previsto, me pasé buena parte de la mañana y casi toda la tarde trabajando en ella, ya sabéis, por aquello de tantear si es viable o flor de un día. Y parece viable. Así que, a partir de aquí, vamos a llamarlo Proyecto Ecos.

    El eterno dilema del género

    El problema es que, como casi siempre, cuando empiezo una idea con un mínimo de planificación, cuando puedo ver la idea en su conjunto antes de que esté escrita, como en este caso, me atasco en un par de cuestiones. Siempre, por supuesto, las mismas.

    Por un lado, la causa del primer atasco es el género de la historia. Y, al menos en este caso, ese es un tema menor, porque el Proyecto Ecos es un retelling, así que el género ya no es un asunto mío, sino de la obra original a la que voy a dar la vuelta. Aunque, por supuesto, lo de escribir una reinterpretación también me ha dado mucha lata, pero, qué queréis que os diga, esta la veo tan de cajón y tan mía, que estoy dispuesta a ignorar todos los problemas que me supone eso de «recontar», con todo lo que hacerlo implica.

    Ícaro y las alas falsas

    Aquí las vueltas vienen al pensar en cómo y desde dónde recontar. Hay cosas que tengo claras. Clarísimas. Pero otras… Otras no. Por ejemplo, no tengo claro —o al menos no del todo— con qué reinterpretación, de todas las posibles, puedo quedarme en lo que se refiere al papel del personaje femenino principal.

    Bueno, vale, estoy mintiendo. Yo sí lo tengo claro. Lo que pasa es que el mundo de los retellings, al menos los, digamos, más serios, han adoptado una postura política muy clara sobre el tema. Clara y un tanto extrema en tanto que, por representar una realidad, hasta ahora infrarepresentada, deja fuera aquello en lo que yo más cómoda y representada me siento. Traicionarme a mí misma no me parece una opción, pero tampoco quiero cortarle las alas al proyecto. Aunque tampoco me parece bien adosarle unas alas falsas, al gusto de la moda cultureta del momento, para que, cuál Ícaro, consiga volar alto solo para descubrir que esas alas no sirven de nada en realidad.

    Oculta, por tratarse de un retelling, esta duda es la del género, que cada vez que me siento a escribir me asalta y me atormenta, solo que, ahora con otros ropajes.

    El señor del bigote y el plátano

    Y todo este conflicto ha empeorado esta mañana cuando, al abrir TikTok, el primer vídeo que me he encontrado ha sido el de un señor, muy digno él, comiéndose un plátano, muy bien peinado y mostachudo, comentando el vídeo de una chica con la siguiente sentencia: «Lo que ocurre es que las jóvenes, porque sobre todo son chicas, leen sobre todo romantasy, Dark Academia, young adult en general…, pero crecerán y se convertirán en lectores adultos y cuando vayan a la ficción literaria —le ha faltado decir a la literatura seria…— no encontrarán nada. El trabajo de las editoriales es crear nuevos públicos adultos».

    No voy a ir al detalle, me voy a quedar con dos ideas: ficción literaria y nuevos públicos adultos. Y ahí me pregunto yo: ¿la novela de género es ficción literaria? Si la respuesta es sí, la novela juvenil es un maldito género. Igual que la infantil. Y es tan ficción literaria como la que más. Y, después, habrá libros mejores y libros peores; bien escritos y mal escritos; complejos y sencillos. Lo que quieras. Pero dejemos de sacar del cajón de la literatura la literatura infantil y juvenil (LiJ), por favor.

    Cómo se crean lectores adultos (y cómo no)

    Y ahora vayamos a lo de crear nuevos públicos adultos. ¿Cómo demonios se crean los públicos adultos? Pues inculcando el placer por la lectura en los jóvenes. Diría más, por las historias. Si a ti te gustan las historias, las buenas historias, las buscarás en el formato que sea. Pero, bueno, ciñámonos a los libros. Se inculca el amor por los libros, se enseña a buscar el placer en el libro y, a partir de ahí, el lector, desarrolla su gusto.

    Yo no sé el de este señor, pero, por lo general, el gusto por la lectura, una vez adquirido, se mantiene —aunque fluctúe— y la atracción por uno y otro género varía. Y el gusto cambia en función de muchos factores, la edad entre ellos, pero también el momento personal. Y pondré un ejemplo cercano, cuando falleció mi padre yo solo podía leer poesía y filosofía. Nada de ficción, de género o no. Tuve una época de detectives. Una de histórica. Una de artúrica. He tenido largas épocas de no ficción. Y, sí, muchas y repetidas épocas de fantasía.

    Los lectores adultos se construyen a sí mismos. Ser lector es un placer que conlleva cierta responsabilidad, como la de buscar y descubrir qué va contigo en cada momento, qué necesitas leer en cada etapa vital. Tu gusto se construye a través de la búsqueda personal, y, sí, de las recomendaciones en redes sociales, pero también de las lecturas obligatorias. Aunque no acaba ahí, hay que contar esas recomendaciones a susurros durante aquel verano en el que conociste a esa persona que puso patas arriba tu mundo y que te descubrió toda una galaxia de posibilidades. Y de la curiosidad por el libro que lee ese chico del tren. Y por esa conferencia que escuchaste aquella vez en la que mencionaron a varios autores. Y por las recomendaciones de los libreros. ¡Benditos libreros! Y tantas y tantas situaciones como escenas tiene una vida humana.

    Pobre de la sociedad que delegue la construcción del gusto lector —la creación de lectores adultos— únicamente en las editoriales, o en cualquier otra empresa o institución en exclusiva, porque esa construcción del lector adulto es prácticamente inseparable de la construcción de la personalidad.

    El censor que vive en mi cabeza

    El vídeo de este señor me suena a lloriqueo porque «no le están dando bombo a lo mío» o, peor, «no se está leyendo lo que yo creo que se tiene que leer». Y no diré yo que cada uno no pueda llorar por lo que quiera, pero que para hacerlo, una vez más, haya que volver al debate de la alta y baja literatura y de si la LiJ es o no literatura, a estas alturas, ya cansa.

    Por supuesto, también se me puede acusar a mí de lloriquear en esta entrada porque otro señor es que casi siempre son señores…— pone en tela de juicio que la LiJ sea literatura.

    Y es verdad que estoy lloriqueando, pero no por eso.

    Resulta que una servidora tiene dentro de su cabeza un señor casi idéntico al del vídeo. Bueno, no. Mejor imaginad a una señora de casi 44 años, con vestido y taconazos, pero con bigote y tupé como el señor del vídeo, criticando todo lo que hago porque no es literatura, literatura. ¿Queréis que le de voz? Allá va, pero avisados estáis que ese personaje de mi cabeza es muy mal hablado:

    «Deja de escribir diarios de una puta vez, que las tías parece que no sabéis hacer otra cosa que esa estupidez de literatura del yo, que ni es literatura ni es nada, joder». «Si fueras tan escritora como te crees te dejarías de relatitos de fantasía y mierdas de esas y escribirías uno de verdad, de esos deconstruidos, con calidad». «Ya estamos con el romance. Joder, que parece que si no hay lío entre personajes no sabes contar historias». «¡Demasiados adjetivos! Como se nota que eres una tía».

    Y así sigue la cosa… Así que sí, ver a un señor con bigote y tupé, comiéndose un plátano, soltando esas perlas me toca la fibra sensible porque yo llevo uno de esos todo el día conmigo, integrado en la sesera, gracias a esta sociedad en la que me he criado, que me lo ha incrustado ahí y no hay manera de sacarlo.

    Editorial o autopublicación: esa es la cuestión

    Más que eso, ese señor —el de mi cabeza, no el del vídeo— es el responsable de la siguiente cuestión que me atormenta sobre el Proyecto Ecos, que podemos resumir como «editorial o no editorial, esa es la cuestión».

    Os juro que ayer, cuando parí todo el proyecto, al ver la escaleta, las fichas de personajes y demás, lo vi claramente para editorial. Insisto, lo vi clarísimo.

    Hoy ya no.

    Primero, la cuestión ya mencionada de los retellings serios. Eso no es lo que yo quiero hacer, pero tengo en la cabeza la idea de que una editorial solo aceptará el proyecto si es un retelling serio (otro día os hablaré de la escritora feminista radical que convive en mi cerebro con el tío del bigote…) Eso me lleva a un bloqueo por parálisis, en plan: ¿hago lo que quiero o lo que creo que debo? (En este punto sois libres de imaginar al señor del bigote y a la feminista radical de mi cabeza discutiendo a voz en grito, salvo cuando se ponen de acuerdo para gritarme a mí).

    Entonces aparece la idea de, bueno, tú escribe, y luego ya verás. ¡Ja! No soy capaz de eso. Yo tengo que tener un foco claro por el que hacer las cosas y escribir sin ese foco es para mí el equivalente a escribir sin rumbo, o, lo que es lo mismo, me bloquea. Y no escribo.

    La tercera opción es la de asumir, como mecanismo de defensa, que nada de eso va conmigo, que yo, más que escritora, soy una artista, y que todos los rollos esos prácticos tienen que ver más con el marketing y este maldito mundo capitalista en el que vivimos, por lo que la solución es escribir el Proyecto Ecos como parte de este blog y después, si me brota, autopublicar.

    Al final, creo que esa última será la solución perfecta. Lo que convierte la autopublicación y la autoedición en un mecanismo no solo de defensa sino de supervivencia en un mundo demasiado hostil que siento que me aprisiona.

    Y aquí os paso la pelota a vosotros:

    ¿Pensáis que la literatura infantil y juvenil sigue estando infravalorada frente a una supuesta «literatura seria»?

    ¿Habéis detectado tendencias, estéticas o políticas, que penetran en el mundo editorial y que, al menos durante un tiempo, se convierten en criterio de selección de manuscritos?

    Y, lo más importante: ¿también tenéis un «señor del bigote» en vuestra cabeza cuya principal ocupación es criticar lo que leéis o escribís? (Prometo que el mío se está partiendo de risa ahora mismo solo de pensar en vuestros comentarios…)

  • Tercer movimiento

    Tercer movimiento

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  • Manual imprefecto nº3: El rito de escribir

    Manual imprefecto nº3: El rito de escribir

    Tengo un documento de Scrivener en el que he ido anotando trucos y técnicas que he usado para no rendirme en esto de la escritura, para llamar a la inspiración, para recordarme que la promoción forma parte de la aventura, o para aprender a recibir y sobrevivir a críticas negativas, a veces incluso injustas y despiadadas.

    Empecé ese recopilatorio con toda la intención de, algún día, compartirlo, en un blog, en libro o formato audiovisual. Pero siempre, siempre, la intención ha sido compartirlo. Y, a pesar de eso, ahora me da vergüenza hacerlo.

    El poder de la palabra

    Me explico. Mis trucos y técnicas no son, ni de lejos, científicos. Eso, creo, estaba claro desde un principio. Pero es que tampoco son… cómo lo diría… usuales. Es más, son, con toda seguridad, raritos y hasta supersticiosos, en extremo.

    Y yo me puedo repetir a mí misma que nuestra psique funciona a base de símbolos y no de lenguaje racional y que por eso, a veces, los trucos que mejor funcionan son los aparentemente más raros y extravagantes, como, yo qué sé, el «traje de escritora» de Jo March en Mujercitas.

    Por supuesto, no hay atuendo especial ni objeto mágico que te haga escribir cuando vives un bloqueo —creedme, eso lo sé por experiencia—. Y tampoco nada de eso hará que escribas mejor, ni que vendas más o te contacten las editoriales, si es que ese camino es el que deseas. No, para nada de eso hay atajos.

    Pero la escritura, mis queridos compañeros de viaje, es magia que trabaja con la substancia —sí, escrito así, con b— más poderosa existente: la palabra. Y si no me creéis, acudid a la Biblia, los Vedas, Heráclito…

    La magia, históricamente, siempre ha estado relacionada con la palabra. Y, sin negar otras formas más abstractas recogidas en fuentes antiguas y modernas, es innegable que la palabra, que no deja de ser nuestra herramienta de trabajo, siempre se ha considerado importante y poderosa. No en vano, en ella, hablada o escrita, viaja la memoria de los pueblos. Pero también en ella están los ladrillos que servirán para edificar el constructo que es la identidad de esos mismos pueblos.

    En definitiva, sin palabras, no somos nada.

    La escritura como ritual

    Si atendemos, pues, a lo poderosa que es la materia prima con la que trabajamos, y el valor mágico —sí, mágico— que tradicionalmente se le ha reconocido, no es de extrañar que su uso pueda requerir de ciertos gestos y costumbres habituales en el contexto de su uso, que comúnmente puede llegar a denominarse ritual.

    ¿O acaso no se viste con ropas especiales un sacerdote solo para repetir palabras que fueron escritas por otros? ¿No hace lo mismo un juez, cuando usa las palabras que recogen las normas y leyes de un estado para condenar o no a alguien? ¿Y no tienen los doctores y profesores sus propios bártulos especiales, aunque los usen solo con motivos ceremoniales? ¿Qué no deberemos hacer nosotros cuando no solo repetimos, usamos o enseñamos gracias a esa poderosa substancia, sino que, con ella, creamos historias antes inexistentes?

    Es sumamente lógico, desde mi punto de vista, que el oficio de escribir, en tanto que de manipulador de la palabra, pero, sobre todo, como generador de mundos y realidades gracias a ella, requiera de, por ejemplo, ropajes especiales, como los de la mencionada Jo. O de espacios específicos, como el despacho de Stephen King. Aunque, sobre todo, de lo que requiere, y eso no es negociable, es de un estado mental concreto, y me atrevería a decir, también, de uno físico concreto.

    Cuando escribes, no estás aquí. Tu cuerpo sí, pero tu mente —¿tu alma?— está en otro lado.

    No son pocos los que no son conscientes de que, al escribir, cambian de ese estado de alerta normal, a ese otro, abstraído, o, incluso, extático. Pero que no lo percibas, no implica que no ocurra. Créeme, los que te rodean, si te han visto escribir sí lo han percibido. Y, déjame decírtelo claro, cuando escribes, no estás aquí. Puede que tu cuerpo sí, pero tu mente —¿tu alma?— está en otro lado. La mejor manera de explicártelo que se me ocurre es con la película Soul, de Pixar. Ya tiene su tiempo, así que, si no la has visto, y quieres entender de qué te hablo en esta entrada, apúntatela para el fin de semana.

    Así que, bueno, toda esta reflexión es para decirte que mi truco de hoy consiste en, ni más ni menos, que eso: honrar a la palabra y el uso que como autores hacemos de ella de tal forma que reconozcas que, al escribir estás trabajando con la más poderosa y primordial de las substancias.

    Y ahí ya, cada cuál puede tener su particular forma de hacerlo. Puede consistir en ponerte un «traje de escritora», como Jo; o reservar cuidadosamente una hora para escribir, como Miércoles Adams; o puede consistir en encender una vela junto a tu ordenador, o hacerlo en una cafetería mientras te tomas una buena taza de café. Quizás quieras tener una playlist específica para la escritura o puede que necesites el más absoluto de los silencios.

    No importa la forma en la que lo hagas, todas son correctas. Todas son válidas. Todas son perfectas. Lo importante, creo, es ser consciente de lo especial de ese acto tan normal, que es escribir, y, si se quiere, de lo sagrado que hay en el mismo.

    Sobre todo, esto es importante si estás atravesando un bloqueo, un atasco creativo.

    En primer lugar, comprende y reconoce que el material que estás utilizando es delicado y hasta peligroso. No importa que en nuestro mundo, tan material y lógico, lo hayamos mundanizado y frivolizado. Y, recuerda, trabajas con la substancia más poderosa que existe. No se trata de una operación fácil, sencilla ni apta para todos, te digan lo que te digan.

    Después, procede establecer una rutina —un ritual cuidado—, que a ti te guste y te sirva, que, por un lado, se aproxime de forma respetuosa a la palabra y a la creación de historias y, por otro, te recuerde que, seas consciente tú de ello o no, durante el trabajo con tan delicado material, tu estado mental y físico cambian.

    Mi forma de prepararme para escribir

    Si me preguntas por mi ritual particular, pasa por ponerme unos vaqueros cómodos y blanditos —muy viejos— que tengo por ahí. Sí, son mis vaqueros de escribir. En invierno van con una camisa a cuadros y un jersey, en otoño y primavera, con una camiseta negra y una camisa a cuadros encima a modo de chaqueta, si es necesario. Esto es imprescindible, excepto en verano, cuando cualquier cosa fresca vale. Después, me preparo un café con leche en mi taza —adivinaste, es mi taza de escribir— enciendo una vela, pongo la música de la historia en la que estoy trabajando, abro el documento… y escribo. Al terminar, agradezco, cierro el documento y apago música y la vela.

    Hay quienes repiten los primeros versos de la Ilíada para encomendarse a las musas, otros usan otras fórmulas y objetos. Y sí, hay quienes escriben sin necesidad de nada de todo eso. Y bien por ellos. Pero esto no va para el que escribe sin problemas, sino para quienes, en algún momento, sintieron que se había cerrado lo que fuera que antes les permitía escribir.

    Símbolos y subconsciente

    En resumen, de lo que se trata es de recordar que nuestra mente subconsciente es simbólica y funciona a través de símbolos y estructuras más o menos fijas. El uso de la palabra, por tradición, es un acto trascendente, aunque nosotros creamos que esa tradición no nos afecta, nuestro subconsciente no suele opinar igual. Incorporar esos símbolos y gestos nos ayuda a entrar en ese espacio trascendente, en especial cuando a nuestra mente no consciente, por lo que sea, le ha dado por impedirnos el acceso. Es más, si preferís pensar que esto es una mera herramienta que facilita el foco y la concentración, adelante.

    Lo importante aquí no es tanto entender racionalmente qué estamos haciendo sino comprender que la mente que escribe no es la lógica ni la racional, no es la consciente, sino esa otra, tan amiga de los símbolos y los ritos. Si es necesario hablar en su idioma para saltar las barreras que nos mantienen fuera de ese espacio sagrado que es el hecho de crear y escribir, pues bien vale la pena, creo, hacerlo, implique eso usar un traje de escribir, una taza especial, una vela, o lo que sea.

    Si lo ponéis a prueba, contadme vuestra experiencia. Me encantará leerla. Si tenéis problemas de bloqueo para escribir y ni con este truco os funciona, contádmelo también, a ver si podemos adaptar la técnica para que os sirva. En cualquier caso, ánimo con esas historias, pues, al fin y al cabo, no es cualquiera el que trabaja con la substancia más mágica que existe.

    PS: Ahora que ya lo he puesto por escrito, a pesar de lo largo que queda y de lo extraño que suena, comprendo que no importa lo raros que sean esos trucos míos para escritoras en apuros. Si pueden ayudar a alguien, por poco que sea, tengo que compartirlos,

  • El cuaderno que nunca cierro

    El cuaderno que nunca cierro

    Siempre he pensado que mis blogs, de alguna manera, son un reflejo de mí misma, o, al menos, del momento en el que me encuentro. Y eso es así incluso cuando los abandono, sea por falta de tiempo o por dudas sobre mi vocación, mi camino. Al final, el silencio no deja de ser también una forma de comunicación.

    Mi primer blog

    Mi primer blog fue el fruto de un trabajo de la universidad. Creo que jamás agradeceré lo suficiente que aquella profesora, cuyo nombre no recuerdo, se empeñara en que aprendiéramos a manejar WordPress, en especial en un momento en el que, al menos en España, Blogger era de lejos la aplicación más usada para estos menesteres. Hasta recuerdo el disgusto de muchos compañeros de clase que no entendían por qué existiendo una herramienta mucho más sencilla nosotros teníamos que usar esa otra, más compleja…

    A mí, personalmente, aquel trabajo me encantó. Me resultó fascinante la posibilidad de tener un sitio propio, tan a mi medida, en el que volcar todo aquello que puebla mi mente y que, hasta entonces, guardaba en cuadernos y carpetas. Y aquel primer blog, que solo tenía que ser un trabajo universitario, se convirtió en mi compañero inseparable. Desde entonces, siempre he tenido, al menos, un blog. Y, siempre, siempre, uno que fuera diario, personal e íntimo, sí, pero también donde volcar mis mundos y fantasías. Ese, el diario, ha sido siempre mi blog principal y los demás, a lo sumo, herramientas para un fin concreto.

    Más que una herramienta

    Pero mi blog, el de verdad, nunca es una herramienta. Su función principal no es darme a conocer, ni vender, ni crear comunidad, aunque, claro, soy humana, me encanta que ayude en todos esos aspectos. Pero mi blog es un extensión de mí misma y eso lo aleja de la idea de herramienta.

    De tener una función, que no niego que pueda tenerla, sería la de válvula de escape, cuaderno de viaje y, a lo sumo, cuerda de seguridad que me mantiene en el mundo real cada vez que mi mente se adentra demasiado en ese peligroso mundo llamado fantasía.

    Mi blog es una extensión de mí misma.

    En cualquier caso, creo que es por esa naturaleza suya, tan particular, que al visitar mis viejos blogs, como estoy haciendo estos días, puedo ver con claridad el momento en el que estaba en cada uno de ellos. Y no hablo solo de los textos. Me refiero a las secciones, el diseño, las categorías, la frecuencia de publicación, el uso de imágenes… Son todos esos detalles los que hablan de la Carmen que escribía en ellos entonces. Igual que, me temo, este blog, habla de la Carmen de ahora…

    Lo que dice este blog de mí

    Eso me ha hecho preguntarme qué dice este blog ahora de mí, aunque, por supuesto, falta la perspectiva que da el tiempo para poder sacar conclusiones mínimamente válidas. Aún así sí puedo ver varias cosas, como que estoy decidida a volver a intentarlo, o de lo contrario no invertiría tanto tiempo ni esfuerzo en esta aventura. También que no quiero cortar en seco con mi pasado y todos aquellos intentos que no salieron bien, o no estaría rebuscando en los cajones y rescatando todo el material viejo que estoy trayendo a este espacio. Quizás también pensaría que quiero compartir lo que he aprendido, o no tendría una categoría dedicada a ello.

    No sé qué más verá mi yo futuro cuando viaje en el tiempo y vea esto que estoy haciendo ahora, pero, con independencia de las conclusiones de esa hipotética versión futura de mí misma, por ahora, en este preciso momento, puedo decir que me gusta lo que estoy haciendo y cómo va quedando. Más que eso. Ahora este blog está siendo clavo ardiendo al que aferrarme cuando parece que nada más queda entero a mi alrededor y lo más importante, que es la salud, falla.

    Lo único de lo que estoy segura en este momento es que aquellas clases de primero de periodismo en las que una profesora se empeñó en que aprendiéramos a usar WordPress son uno de los mejores regalos que he recibido en la vida, aunque entonces ni siquiera imaginara la importancia que acabaría teniendo para mí, porque, desde entonces, no concibo la vida sin blog.

  • Puertas

    Puertas

    Otra vez siento que al escribir abro una puerta que, generalmente, no solo está cerrada, sino que es invisible. Hacerlo me asusta y excita por igual. Traspasar ese umbral, es, en realidad, lo que da sentido a mi vida.

    Más allá del martilleo de los dedos sobre las teclas, de las palabras y de las páginas escritas, hay un mundo que, por lo general, desconocemos e ignoramos. Un mundo que desde cualquier punto de vista actual no debería existir, pero que, nos guste o no, existe. Un mundo que, cada día estoy más convencida, forma parte de este que sí aceptamos y disfrutamos —o padecemos—, pero que no podemos o sabemos medir, definir y calificar, y que, supongo, por eso negamos. Pero negarlo no hace que deje de existir, igual que repetir una mentira no la convierte en verdad.

    Sentir ese nudo en el estómago que me indica que estoy a punto de entrar en ese otro lado de la realidad suele hacer que dude de mi cordura. Pero hay momentos, quizás los de más enajenación, en los que no importa en absoluto perder la razón con tal de poder disfrutar de aquello que, por consenso social, nos está del todo prohibido.

    La puerta de entrada que yo conozco a ese mundo que está más allá de lo que conocemos, y que aparece y se abre cuando dejo volar libre mi mente sin restricción alguna, no es, seguramente, la única que existe. Pero es la más cómoda para mí, la de más fácil acceso. Y, a partir de ahí, ya nada vale ni es definible. Ni puede contarse, a no ser que uno quiera que lo encierren directamente en un psiquiátrico.

    Lo que hay al otro lado —que no deja de ser este mismo lado, por más empeño que pongamos en negarlo— ha sido mil veces descrito por la humanidad, pero ninguna de esas descripciones sirve. Y es absurdo tratar de darle nombre, o de clasificarlo, porque el mero hecho de intentarlo, hace que se esfume. Y en realidad tampoco debería de importar que así sea, salvo porque nosotros tenemos la manía de querer encasillarlo todo, etiquetarlo, esquematizarlo…

    Así que, poco importa lo que yo diga o escriba, salvo que otra vez he encontrado la puerta y que, de nuevo, siento ese nudo en la boca del estómago que me indica que estoy a punto de entrar. Y, por supuesto, siento miedo, terror, de hacerlo y desaparecer, o perder completamente el juicio y desvincularme hasta tal punto de lo que llamamos realidad que no haya modo de volver.

    Y, por supuesto, siento las ganas —la necesidad— de penetrar en esa realidad que otros llaman fantasía. Dentro de nada, la necesidad se impondrá, la curiosidad ganará la partida, y dejará de importarme si desaparezco o si lo hace todo lo que ahora me rodea. Al fin y al cabo, qué más da, si lo único que sabemos con certeza de esto a lo que llamamos vida es que, hagamos lo que hagamos, en un momento dado, simplemente, se termina. Siendo así, habrá que disfrutarla hasta las últimas consecuencias, sean estas cuales sean, digo yo.

    Si encontramos puertas, la curiosidad —y quizás también la imprudencia— impone abrirlas.

    ______________

    Escrito y publicado el 26 de noviembre de 2012 en mi antiguo y perdido Diario de una escritora.

    Este texto, que ni siquiera recordaba haber escrito, es demasiado similar a lo que ahora es el preludio de La Danza de los Mundos para que no me llame la atención, solo que lo escribí mucho antes. Pero, más que eso, lo que me sobrecoge es que creo que recoge no solo la semilla de un mundo que no era todavía ni un embrión, sino también la causa del largo bloqueo creativo que siguió al nacimiento de aquel universo llamado Atiskaya y que, ni más ni menos, el miedo. Miedo al qué dirán, sí, pero también a perder la cabeza —y sobre todo— a quedarme sola.

    Hoy, tantos años después, comprendo que lo que he vivido supera a cualquiera de esos terrores antiguos. Pero, no solo eso: también entiendo que algunos de esos miedos, o, al menos, sus ecos, todavía me acompañan. No obstante, esta vez, elijo seguir adelante y abrir de par en par la dichosa puerta, para que lo que tenga que pasar, suceda, y, el que tenga que irse, que se largue.

  • Si el dinero no importara…

    Si el dinero no importara…

    Sugerencia de escritura del día
    Enumera tres empleos que te plantearías desempeñar si el dinero no importase.

    ¡Esto sí que es fácil! Si el dinero no importase el primer empleo que querría desempeñar, es, cómo no, dedicarme a la escritura de novelas, cuentos, relatos… Escribir cualquier cosa que se me pasara por la cabeza, sin más motivación que la apetencia. El segundo empleo, para mí, muy relacionado, sería la investigación académica, eso sí, sobre un tema en concreto: mitología y literatura. O, mejor dicho, el papel de la mitología en la creación literaria. El tercero, muy en línea con los anteriores, si pensamos que el centro de ambos es la creación de historias, sería guionista. Al final, se mire como se mire, todo lo que me interesa está relacionado con el arte de contar historias

    Pero el dinero importa…

    Por eso, empecé trabajando en periodismo. El mundo de la comunicación era lo más parecido que se me ocurría a dedicarme a escribir y contar historias. La realidad fue muy distinta de lo que imaginaba y rápidamente acabé quemada y deprimida. Dicen que el burnout es la causa oculta detrás de muchos problemas de salud. Y me lo creo, porque justo tras esa etapa, que no puedo calificar con ningún apelativo amable, empezaron mis problemas físicos y, casi de inmediato después, los problemas vasculares y cardíacos. Tenía unos 30 años cuando todo empezó y mi estado físico era, supuestamente, bueno. Así qué, quién sabe: puede, o no, que haya relación entre ambas cosas.

    Y la salud también

    En vista de los problemas de salud y el estrés que conllevaba trabajar en el mundo de la comunicación, decidí darle un vuelco a mi vida y dedicarme a la enseñanza. Por supuesto, en ese momento podría haber optado por seguir el camino de la escritura o el de la investigación académica. Pero, no me atreví. Quizás porque, sí, el dinero importa y ninguno de esos dos caminos parece conducir a la estabilidad económica que necesitaba entonces. O, tal vez, fuera porque en ese momento toda mi valentía estaba puesta en aprender a vivir con mi nueva situación.

    Encontrar el equilibrio entre dinero, salud y vocación

    Solo ahora, que mi vida más o menos se ha estabilizado, me atrevo a volver a soñar con escribir y hacer de ello mi ocupación principal. Porque sí, la salud física importa, pero la salud mental también. Y, seamos sinceros, mi trabajo como profe de español para extranjeros es maravilloso, pero vivo con la aplastante sensación de estar traicionándome por no hacer aquello que verdaderamente amo. O, al menos, no hacerlo con la intensidad que merece. Y, quizás, el secreto radique en encontrar un equilibrio entre dinero, salud y vocación, sin dar más importancia a una cosa que a otra y, sobre todo, sin dejar ninguna de lado.

    El amor y el destino tienen la última palabra

    Aunque, por supuesto, siempre queda el sueño de poder dedicarse en exclusiva a aquello que más deseamos. Eso que haríamos —y que muchos hacemos— a cambio de absolutamente nada más que el placer de hacerlo. A ese sueño, os lo aseguro, no estoy dispuesta a renunciar. En especial, porque estoy firmemente convencida de que cuando tienes una vocación —una llamada— y amas lo suficiente lo que sea que te atrae de tal manera, es porque, realmente, estás destinado a ello.

    Y aquí estoy, a la espera de que el amor por mi vocación me lleve a mi destino.

    Mientras tanto, ¿qué tal si me cuentas cuál es tu sueño imposible?

  • Cuando la enfermedad se convierte en mito

    Cuando la enfermedad se convierte en mito

    Estar enferma es un asco. No hay otra forma de decirlo ni acepto discusión al respecto.

    Pero, es verdad, tengo días buenos y días malos.

    Vale, la mayoría son malos. Hay algunos regulares. Y unos pocos buenos.

    Pero hay días buenos y eso es importante. Mucho.

    Hoy es uno de los buenos. Tan bueno, que hasta me he atrevido a ponerle voz al vídeo que he compartido en TikTok. ¿Tenéis idea de cuántos días hacía que el mero hecho de hablar era un esfuerzo titánico? Y hoy le he puesto voz a un vídeo… Claro, que, a diferencia de otras veces —antes de la catástrofe…—, solo he hecho una grabación y, por suerte, ha ido bien. No he repetido nada. No he buscado nada parecido a la perfección. Ni siquiera a la corrección. Ha salido lo que ha salido. Pero ha salido algo… Y, sí, después de grabar el audio he tenido que descansar. Y después de montar el vídeo, también.

    Pero hoy es un día bueno. Y es difícil explicar hasta qué punto eso es esperanzador.

    También los días regulares son importantes y me ayudan a mantenerme optimista. Gracias a ellos estoy rebuscando en los cajones digitales olvidados, en ese desván de ceros y unos que son los blogs pasados, las aplicaciones de almacenamiento, los discos duros externos, los pendrives y, sí, también en los cuadernos en papel, los apuntes, las notas.

    La enfermedad puede ser una oportunidad

    Es curioso como este episodio, que todavía tengo que bautizar oficialmente porque lo de catástrofe es demasiado general, está funcionando como una suerte de túnel del tiempo que me ha llevado a enfrentarme a mi pasado, tanto al bueno, ese que tengo tan idealizado, como al malo, que, del mismo modo, y justo al revés, he demonizado hasta el extremo.

    Y, sí, todavía voy a decir que este gran desastre, que me tiene atada a la silla, la almohadilla de calor y una bárbara cantidad de pastillas de efectos psicotrópicos, está teniendo efectos positivos que nada tienen que ver con el viaje farmacológico en el que estoy inmersa. O puede que sí.

    En cualquier caso, más allá de recuperar un arsenal de textos perdidos que estaban cogiendo polvo digital —y sí, eso existe, no me discutáis— y real, está causando que vea mi trayectoria creativa con otros ojos —sigo sin referirme al subidón, aunque sigo sin descartar su influencia— y me replantee dónde estoy, qué hago aquí, de dónde vengo y, sobre todo, cómo he llegado hasta aquí y adónde demonios quiero ir.

    Tan es así, que, de no ser porque suena demasiado dramático, diría que mi cuerpo y mi mente —quién sabe si en confabulación con mi alma— han decidido coordinarse para que mi crisis de la mediana edad sea de nivel épico. O, incluso, diría, legendaria

    Tanto, tanto es así que, a veces, pienso que mi dolor físico —los distintos dolores, quiero decir, porque no creeréis que esto afecta a una única parte de mi cuerpo… Por favor, eso sería demasiado fácil y normal— es una expresión de los «dolores de la mente y el alma» que tan bien he aprendido a ignorar. En ese escenario, el viaje psicotrópico y, por supuesto, el viaje en el tiempo serían algo así como herramientas para cuidar y sanar cada una de esas heridas invisibles; la mayoría de ellas, ya que estamos siendo sinceros, relacionadas con la absurda necesidad de escribir y el sueño de dedicarme en exclusiva a ello, más absurdo todavía.

    La mitología como herramienta para comprender la realidad

    Voy a ir más allá, pero recordad que escribo esto en un estado de consciencia que cualquier juez declararía como alterado, diría que estoy viviendo toda una iniciación chamánica. O, yendo a conceptos con los que me siento más cómoda, un descenso a los abismos para renacer, cual misterio eleusino o rito mitraico, ya sabéis, de esos en los que desciendes al Inframundo para superar (o no) una prueba y regresar renovado.

    Así que, cual moderna Isis —que me perdonen los dioses antiguos por tal comparación y, vosotros, lectores, si seguís aquí, atribuid a los fármacos el salto atrás cultural—, siento que estoy descendiendo al Duat a buscar los restos de mi amado y resucitarlo, que, en mi caso, no es Osiris, sino la escritura, el sueño de ser escritora, y, ojo, si esto sale bien, concebir a Horus, que, para hacerlo corto, diremos que es el dios más importante de Egipto.

    Si me pongo en extremo junguiana, cosa que no me cuesta demasiado dada mi obsesión con los mitos, su vigencia y papel en nuestras vidas, podría interpretar mi enfermedad como ese proceso de búsqueda del cuerpo fragmentado de mi, digamos, carrera de escritora (¡qué osada me hacen las drogas!), su reconstrucción y resurrección gracias a la magia.

    Eso, siguiendo el mito de Isis, me haría algo así como señora del Duat o del Inframundo, entendiéndolo como ese mundo especial, distinto del mundo mundano anterior. Y, hete aquí lo interesante, supone la posibilidad de concebir «un hijo póstumo con «el resucitado» ». Es decir, una nueva obra, pero no distinta ni independiente de lo anterior (no con otro padre), sino relacionada con ello (hija de esa existencia anterior). Y, si me pongo literal, atendiendo a la importancia de Horus en el panteón egipcio, diría que, dicha obra, será la más importante de todas.

    El relato y el mito como herramienta para resistir

    A tenor de todo lo anterior, y atendiendo a mi estado, me vais a permitir que me aferre al mito de Isis, y, como dirían Maureen Murdock y Jean Shinoda Bolen o Maria Tatar, deje que el mito me atraviese, encarne en mí, se desarrolle por completo y, cuando, esté lista, me libere para poder encarnar el mito siguiente.

    Al final, la vida real, la mitología y la fantasía no están tan alejadas la una de la otra como a primera vista puede parecer. Mucho menos para quienes, con más o menos éxito, nos dedicamos a estos temas, sea profesional o académicamente. Y, más todavía, cuando la aproximación se hace desde la más salvaje creatividad.

    En todo caso, tanto fantasía pura como mitología, en tanto que relatos ambas, son magníficas herramientas en las que apoyarse cuando, en apariencia, la vida real ha perdido cualquier apariencia de estabilidad.

    Digo más, en vista del dolor y del viaje alucinógeno en el que estoy inmersa, ahora mismo, fantasía, mitología y psicología junguiana aplicada son mi clavo ardiente favorito.

    Al fin y al cabo, cualquiera, creo, elegiría verse como Isis en mitad de una prueba en lugar de como enferma sin solución a la vista.

    Bibliografía sobre mitos, mujeres y narrativa

    Por si os interesa, aquí os dejo mis tres libros de cabecera sobre el tema de la aplicación de la teoría junguiana a la mujer, muy útiles para el día a día, pero también para la narrativa. Un buen trasfondo mítico siempre fortalece al personaje porque son estructuras que, de un modo u otro, tenemos interiorizadas.

    Bolen, J. S. (2002). Las diosas de cada mujer: Una nueva psicología femenina. Kairós.

    Murdock, M. (2010). Ser mujer: un viaje heroico (P. Gutiérrez, Trad.). Gaia Ediciones.

    Tatar, M. (2023). La heroína de las 1001 caras (A. I. Sánchez Díez, Trad.). Koan.

  • Cruce de caminos

    Cruce de caminos

    Una vez más, esto ya lo he vivido. Estoy en un lugar que conozco, no exactamente idéntico, pero básicamente igual. Mi querido cruce de caminos en mi viaje en espiral.

    Aquí, a mano derecha, la lógica y el método, lo conocido, la suma y la resta, las piezas que encajan, el camino seguro, señalizado, bien iluminado. Aquí lo material, lo tangible, lo deseable, y, también, lo aburrido. Aquí, lo lineal y previsible, lo que llena solo a medias y únicamente al principio.

    Allí, hacia la izquierda, lo desconocido. Allí la falta de lógica y de sentido, el desorden, el caos, la ausencia absoluta de camino. Allí lo inmaterial, lo intangible, lo deseado y anhelado hasta la casi total pérdida del juicio. Allí la inspiración y el éxtasis, la plenitud absoluta, y, también, el delirio.

    Aquí, ser uno más, mejor o peor, pero uno más. Allí ser cualquier cosa.

    Aquí la seguridad. Allí el desconcierto.

    Una vez más, esto ya lo he vivido. Y sé lo que quiero. Y cómo hacerlo. Entonces ¿a qué espero?

    ¿O será quizás que, esta vez, sí tengo miedo?

    ______________

    Escrito y publicado el 15 de enero de 2013 en mi antiguo y perdido Diario de una escritora.

    Sigo recuperando, rescatando y reciclando textos pasados de mi desván digital. Este tiene poco misterio y sigue tan actual como entonces: siempre, siempre, siempre dudo entre seguir la vocación y la inspiración o conformarme con la seguridad y comodidad de una vida del montón.

    Espero que os guste.

  • Segundo movimiento

    Segundo movimiento

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  • Abismo

    Abismo

    Más allá de ti, de mí y del mundo que nos separa hay un abismo.

    Un lugar que no es tuyo, ni mío, ni llega a él el mundanal ruido.

    Allí, tal vez, podríamos encontrarnos,

    igual que lo hacen todas las cosas que fueron, pero ya no son,

    y que, a pesar de ello, aún siguen siendo.

    ______________

    Escrito y publicado el 9 de febrero de 2014 en mi antiguo —y ya perdido—Diario de una escritora.

    Esto sí que no recuerdo haberlo escrito, ni mucho menos el contexto. Diría, por el tono, que debía de estar trabajando en la segunda parte de Non Serviam. Bueno, por el tono y por la mención al abismo y al espacio entre los dos personajes. Pero, vamos, que ni idea.

    Aquí lo traigo, para que, al menos, quede recogidito en algún lugar, que da mucha pena ver estos textos huérfanos, perdidos entre ceros y unos.

  • Maldita divina noche

    Maldita divina noche

    Hace tanto tiempo ya de todo, que no puedo evitar preguntarme cuánto de mis recuerdos es real y cuánto una reconstrucción de mi mente, un encaje de bolillos de ideas e imágenes sueltas, tejido a la perfección para crear una imagen quizás falsa, quizás idealizada, quizás retorcida…

    Tanto, tanto tiempo, que no comprendo cómo es posible que sigas viviendo en mi cabeza, en mi memoria. Porque no fue para tanto, ¿verdad? O quizás sí lo fue y yo solo me repito la poca importancia que tuvo para mitigar la sensación de pérdida.

    Perdimos algo. Un poco cada uno de aquellos días, tan alejados entre sí, pero entre los que no parecía haber distancia alguna. Pero, sobre todo, perdimos algo aquella noche.

    Maldita divina noche.

    Me pregunto si también tú te acuerdas de mí, como yo, cuando tu imagen me asalta de pronto, sin que venga a cuento de nada. Me aseguro que no, que lo que pasa es que yo soy una tonta romántica, que de no ser así ni siquiera recordaría tu nombre, ni tu rostro, ni mucho menos tu mirada. Me digo que no debería recordarte. Que es absurdo… Y que por todo eso, tú no me recuerdas.

    A veces, cuando, como hoy, tu recuerdo se cuela en mi mente y me paraliza, pienso en qué pasaría si nos cruzáramos por la calle. ¿Te reconocería? ¿Me reconocerías tú a mí? ¿Nos pararíamos y nos saludaríamos como las personas civilizadas en las que supuestamente nos hemos convertido, como si nunca hubiera pasado nada de lo que ocurrió?

    Claro que, enseguida me doy cuenta de que, quizás, quién sabe, nos hemos cruzado mil veces en todos estos años, pero los dos teníamos —y yo sigo teniendo—, cierta tendencia a encerrarnos en nuestro mundo y no ver qué pasa afuera. ¿Sabes? Es probable que haya pasado, que paseara por el centro pensando en mis libros e historias, y, en sentido contrario, caminaras pensando en tu música, y ni siquiera nos viéramos. La ciudad no es tan grande… ¿Cuántas posibilidades reales hay de que no nos hayamos vuelto a cruzar jamás? Tal vez un día tú estabas sentado al final del bus y yo en los asientos de delante. Quizás me bajé dos o tres paradas antes que tú. Tal vez fuiste tú el que bajó antes.

    No, no sé si nos hemos cruzado. Tampoco si nos reconoceríamos. Ni si nos pararíamos y hablaríamos como si nada (a ninguno se nos daba bien fingir, ¿recuerdas?). De todos modos, hay una imagen de ti viviendo en mi cabeza y a fuerza de la distancia que impusimos y el tiempo que ha pasado se ha vuelto más fuerte que cualquier realidad que pudiera encontrarme ahora. Incluso es posible que si nos viéramos ahora, después de despedirnos, girara la esquina y pensara que el tú de mi mente es mejor que cualquier realidad que hubiera encontrado. Aunque, claro, esa reflexión puede ser fruto de la cobardía. U otra autodefensa, como eso de repetirme que no me recuerdas… O tal vez de cierta vergüenza, porque, tú lo sabes (creo que eres el único que llegó a descubrirlo entonces), bajo toda esta fachada hay vergüenza, mucha… Y miedo…

    Pero sigo sin entender por qué todavía tu imagen se aparece de pronto en mi mente, tu voz en mi cabeza… A veces pasan meses sin que lo haga, tantos que ni siquiera tengo la ilusión de haberte exorcizado porque no me acuerdo de que sigues ahí, de que todo este tiempo has estado… Y, de pronto, vuelves. ¿Por qué vuelves? ¿Por qué no hay manera de olvidarte?

    Ya hace tanto tiempo, tantos años… Tantos, que he pensado en convertirte en personaje. Quizás meterte en una historia sea la manera de sacarte de mi cabeza, que tu recuerdo viva entre las páginas y no más en mi memoria. Así, tal vez, el tú de mi memoria consiga ganar fuerza suficiente para tener una personalidad propia y la realidad pueda seguir su curso, tal y como ha hecho todos estos años, pero libre al fin de cargas y deudas pasadas; de los recuerdos de aquellas malditamente divinas noches de verano.

    ______________

    Escrito y publicado el 4 de septiembre de 2014 en mi antiguo y perdido Diario de una escritora.

    Otras de esas cosas que he encontrado buscando en polvorientos cajones digitales. Y no, no lo traigo por nostalgia. O, al menos, no de la obvia. Ocurre que en este texto encontré por primera vez la voz de uno de mis primeros personajes femeninos serios, si por serio entendemos que forma parte de un universo propio…

    En fin, aquí está. Once añitos tiene la criatura. Hay que ver, cómo crecen…

  • Golpes

    Golpes

    ¿De verdad alguien cree que a base de golpes conseguirá derrotarme?

    ¿O es que no se dan cuenta que con cada uno de ellos mi mente se expande y mi mundo interior se hace más y más grande?

    Cada morado en mi alma es un portal a un universo sin fin lleno de palabras.

    También el tuyo.

    Gracias.

    ______________

    Escrito el 17 de diciembre de 2013.

    Publicado originalmente en Diario de una escritora uno de mis blogs antiguos del que, por cierto, perdí el dominio.

    Tampoco creo que tenga ningún valor literario ni nada que se le parezca, pero sí emocional, pues refleja un momento concreto de mi vida. Cuánta lucha en mi pasado. Cuánta…

    En fin, que lo publico aquí, supongo, por un ataque de nostalgia o como simple testimonio de lo que fue —lo que fui—, que no deja de ser lo que me ha traído hasta aquí.

  • Una historia del fin del Mundo

    Una historia del fin del Mundo

    Imagina ahora que es de noche, que estás en casa sin poder dormir mientras suena la única canción que ambos prometimos no volver a escuchar. ¿Estás ya allí? Cierra los ojos, siéntete de nuevo en aquel verano que jamás tendría que haber existido, saborea el humo de aquellos cigarrillos de contrabando que nunca pudimos volver a encontrar, de aquella cerveza que ya no te puedes permitir. ¿Recuerdas aquellos tejanos gastados y rajados que tanto te gustaban y que yo apenas podía soportar? Debo reconocer que eran suaves al tacto, tanto que solo con rozarlos uno ya podía saber que habían vivido más de lo que cualquier pantalón debe soportar —como su dueño ¿no?—. Nunca te lo dije, pero cuando los usabas aquellas calurosas noches, con el último botón sin abrochar y sin camiseta, solo con mirarte sentía arder cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Si me parara a buscar un culpable de todo lo que pasó, juraría que la culpa fue de tus jeans.

    Pero no es momento de buscar culpables, ahora que todo acaba.

    Con aquel calor cualquiera podría haber pensado que el aire, cargado de humedad, podía cortarse. Pero no fue entonces cuando llegó el fin del mundo, al fin y al cabo, se trató solo de un verano más. El nuestro.

    No, no acabó el mundo, pero bien podría haberlo hecho…

    Tampoco importa. No, si sigues imaginando, si abres los ojos y me ves allí, en la puerta de la terraza, exactamente en el mismo lugar en el que tú te solías situar cuando te presentabas de improviso. Siempre llegabas sin avisar, aunque mentiría si dijera que no te esperaba. Siempre lo hacía.

    Ahora, cambiando las tornas y viéndome a mí allí desde donde tú me solías espiar hasta que me percataba de tu presencia, casi —solo casi— puedo comprender por qué lo hacías. No lo niego, es un gusto contemplarte ahí sentado, con la cabeza echada hacia atrás, un pitillo consumiéndose en una mano, la otra sosteniendo una cerveza que ya ha dejado de estar fría. Tú, tus vaqueros, la dichosa música, y —gracias a los dioses— sigues sin usar camisetas.

    Aun así, sabiéndome una privilegiada por poder observarte cual descarada voyeur —aunque sea solo en mis recuerdos, aunque sean solo sueños—, sigo pensando que es de pésima educación… Quizás por eso hago ruido, que te saca de tus pensamientos y atrae a mí tu atención. Aunque tal vez solo lo he hecho para poder ver una vez más esos ojos tuyos, tan hipnóticos, tan sacados de mis peores pesadillas.

    Te levantas y caminas hacia mí. Sigo siendo yo la que, por una vez, ha acudido a tu puerta, pero no importa. Vienes a mí como siempre, con ese gesto del que ha visto demasiado, de quien ha vivido más de la cuenta. Odio que soportes sobre tus hombros todo ese peso que haría caer de bruces al mismísimo Atlas y muero por descargarte al menos en parte de él, aunque sé que jamás lo consentirás.

    Como siempre, no me das opción a decir palabra. No hace falta. Pasas tus manos por mi cintura, clavando de esa manera en mis ojos tu mirada, justo antes de acercarme a ti y hundir la cabeza en mi cuello. A veces, cuando haces eso, me pregunto si, quizás, nos haría bien llorar. Pero, sí, ya sé, no todo lo alivian las lágrimas. Tampoco todo pueden expresarlo las palabras.

    Quisiera odiarte —tantas veces lo he deseado—, pero antes de que pueda siquiera pensar de nuevo en ello, me levantas, giras conmigo en vilo y me llevas al interior de la casa. No me doy cuenta de qué estás haciendo hasta que estamos ya ambos en el suelo, tú tumbado boca arriba, yo abrazada a ti como si creyera que que desapareceré si mi suelto. Y lo creo.

    Cuando tu mirada encuentra otra vez la mía comprendo que se han esfumado todos los miedos, toda la rabia, los eternos porqués… No queda nada, salvo esa paz que solo encontramos al estar el uno en el otro. Y ya no quiero odiarte, porque sé que jamás podría hacerlo… Solo quiero, como siempre quise, que esto no pase, que no acabe…

    Y todo es igual que siempre fue, como siempre ha sido, salvo por el brillo salvaje que en el exterior ha sustituido a la noche.

    Esto es el fin. Te lo dije al empezar. Pero no podría imaginar un fin del mundo que no tuviera lugar a tu lado.

    Solo ahora, en este segundo eterno que me separa de la desaparición, cuando el tiempo parece haberse detenido, comprendo la angustia que vivía en tu mirada, el peso que amenazaba con destrozar tus hombros y el resto de tu cuerpo con ellos. ¿Cuántas veces has visto tú un fin? ¿Cuántas veces el fuego inundando el cielo, acabando con todo y con todos?

    —No es el fin… —susurras en mi oído y, por primera vez, creo reconocer algo parecido a la esperanza en tu voz—. No hay finales para vosotros, solo principios. Miles de eternos principios.

    Habría querido preguntarte qué querías decir, pero el fuego ya ha llegado a nosotros y solo puedo apelar a tu mirada, el único recuerdo que no quisiera perder jamás. Pero tus ojos no son ahora ya los mismos, ha desaparecido ese aire de pesadilla y en su lugar encuentro únicamente paz.

    «No es el fin», me repito mientras el fuego que consume todo lo que encuentra se tropieza conmigo. «No hay finales, solo principios. Miles de eternos principios».

    —Te encontraré. Volveré a buscarte, y te encontraré.

    Creo oír tu voz, pero ya es demasiado tarde. No estás junto a mí. ¿O soy yo la que ya no está a tu lado?

    «No hay finales, sólo principios. Miles de eternos principios».

    ______________

    Rescato esto desde uno de mis viejos blogs. Lo escribí el 5 de abril de 2014. No sé qué lo inspiró, sí que me impactó al escribirlo y hasta puede que llegara a imaginar una historia mayor que nunca llegó a ser. O, quién sabe, que de momento no ha sido. En todo caso, mi parte más sentimental ha querido rescatarlo y traerlo aquí. Espero que os guste.

  • Perdida

    Perdida

     Y ocurrió.

    Ya sabes, las cosas importantes, ocurren sin más.

    Pero sigue sorprendiéndome que no lo esperara.

    O que lo esperara sin esperarlo.

    ¿Tú lo entiendes?

    A veces creo que busco un imposible. Sencillamente, algo que no existe. Pero sé que está ahí, bajo la niebla, donde solo puede intuirse.

    A veces deseo nunca haberme perdido, pero solo entonces me doy cuenta que de ninguna otra manera, podríamos habernos encontrado.

    ______________

    Escrito en Palma el 31 de agosto de 2014

    No creo que tenga ningún valor ni como diario ni, por supuesto, literario. Pero, por algún motivo, he sido incapaz de resistir el impulso de rescatarlo y traerlo aquí.

  • Todo lo que no puedo escribir

    Todo lo que no puedo escribir

    Vamos a fingir, por un momento, que sé lo que estoy haciendo. Vamos a imaginar, aunque sea durante un ratito, que esto no es solo una fantasía y que hay alguna manera real —sí, he dicho real— de que todo esto nos lleve a alguna parte.

    Lo cierto es que ni siquiera sé cómo comenzar. Aunque a veces pienso que es mucho mejor no tener ni idea de hacia dónde tirar y sencillamente seguir avanzando.

    Anoche pensaba que, quizás, la mejor manera era empezar con una primera persona desde un apocalipsis. Ya sabes, como aquel relato que ya escribí hace años, que ni siquiera sé dónde está y que a duras penas recuerdo… Pero lo he buscado y sí, es tan intenso como creía recordar.

    Dime una cosa, cómo demonios lo hago para contar todo esto.

    Sí, ya lo sé, ese es mi trabajo, no el tuyo. Pero a mí me gusta escribir desde los personajes y en este caso no hay más personaje en la historia que tú y, si me apuras, a ratos yo…

    He pensado en traer de vuelta a Luz. Sí, como lo oyes, a Luz.

    Pero ella tiene su propia historia.

    Y hoy, en la ducha, cuando me has susurrado eso de que la historia que tengo entre manos es igual de importante que Non Serviam, solo que, ahora, en lugar de con una mitología ajena juego con un propia. Es decir, según tú, esta historia es la de verdad, es la historia de mi vida, lo que de verdad tengo que escribir, solo que no sé ni siquiera por dónde empezarla.

    Y sí, ya sé que es tan fácil como abrir el dichoso documento y escribir —escribirte—.

    ¿Dónde estás? ¿Otra vez en lo alto de un tejado, quizás? ¿En una maldita lancha en mitad de la nada? ¿Junto a la cama de una niña asustadiza? ¿Acosando a un joven que busca fortuna de pueblo en pueblo?

    Ahora me cuesta tanto imaginar —me cuesta tanto ver…

    Quizás, claro, no se trata de imaginar —ni de ver—, sino de sentir…

    Sí, así era… ya recuerdo…

    Sintamos…

    ******

    PS: Esto estaba como borrador en el blog y acabo de encontrarlo mientras trasteaba y trataba de poner algo de orden en el caos. No recuerdo en absoluto haberlo escrito, pero según WordPress lo hice hace cuatro meses.

    No me extraña en absoluto que no publicara, es uno de esos textos extraños que me salen de vez en cuando cuando garabateo sin demasiado sentido en mis cuadernos amarillos o en cualquier documento de word. Es de esos que me avergüenzo de escribir porque no sé de dónde salen y hacen que parezca que más que imaginación lo mío es trastorno mental de manual.

    Pero, qué queréis que os diga, será porque en estos meses he cambiado, porque ahora estoy más dispuesta a aceptarme tal y como soy o por el eclipse solar de hoy, pero, al leerla ahora, me ha parecido una entrada maravillosa de domingo. Así que aquí está.

  • Días perdidos, hallazgos inesperados

    Días perdidos, hallazgos inesperados

    Ayer estuve trasteando entre mis archivos viejos. No, no fue un ataque de nostalgia —aunque podría haber sido—, sino porque quiero reordenar el material que tengo publicado y ver, de lo retirado y almacenado, a qué se le puede dar una segunda vida, qué es mejor archivar, qué podría reinventarse e, incluso, qué puede ser una semilla de algo mayor.

    Perdí la mayor parte de la jornada en esa aventura, cosa que no es de extrañar dado mi estado físico y cómo me deja la medicación estos días, Y no, no encontré lo que había iniciado la búsqueda: el archivo de la maqueta en QuarkXPress de uno de los libros que tengo publicados y que contiene direcciones web y enlaces a blogs que ya no existen y que me gustaría actualizar. En cualquier caso, todavía me quedan dos cajas virtuales enteras en las que trastear, así que estoy bastante segura de poder encontrarlo.

    En cambio, sí que encontré un montón de material que había olvidado y algo menos tangible pero más impactante, al menos a mis ojos: la evolución de mis textos y mi voz. No era consciente de cómo había cambiado a lo largo de los años y, la verdad, me impactó, aunque es obvio pensar que, como en tantas otras cosas, el mero paso del tiempo cambia la escritura, el estilo, el tono, los temas de cualquier escritor…

    Esa es la otra cosa que me impactó, la consciencia —extraña, inesperada— de que soy una escritora. Es decir, de ningún modo concibo que se pueda percibir una evolución rastreable en la voz, tono, estilo, temas de los textos de nadie que no sea un escritor. Y, de pronto, he comprendido que lo que te hace o no escritor es esa voz, única —mejor o peor, ahí no voy a entrar—, que es propia y exclusiva pero que cambia, al igual que lo haces tú.

    Eso y la consciencia de escritura… Ni siquiera sé si esta expresión tiene sentido, pero me refiero a ese pensar sobre lo que se escribe desde diferentes puntos de vista, que van del estilístico al temático, pasando por el gramatical y hasta el ortográfico. La toma de decisiones conscientes sobre el uso de la puntuación, la elección de una u otra palabra, la extensión de las frases o los párrafos.

    Se trata, de alguna manera, de entender la escritura, por un lado, como la expresión del escritor, y que, como tal, cambia y evoluciona con él, pero también como actividad reflexiva, sobre los temas que trata, por un lado —sea uno mismo, como estos diarios míos o la existencia de los dragones— y, más allá de eso, sobre sí misma.

    Y, joder —y, sí, estoy eligiendo en este momento esta expresión, consciente de todas las implicaciones de esta elección o de la mayor parte de ellas—, de pronto el hecho de ser escritor se me antoja como el ejercicio de meditación más completo que se me ocurre.

    Y eso me encanta.

    Pero volviendo al mundo real, lejos de las reflexiones sobre si me gusta o no que el uso de conjunciones copulativas al inicio de frase sea una de mis marcas estilísticas con todo lo que esa elección conlleva, diré que, en mi aventura arqueológica entre textos viejos encontré al menos dos que he decidido rescatar y reutilizar en breve.

    El primero, un relato de zombies —sí, zombis—, que forma parte de otra cosa de la que puede que en otro momento hable, y que, por lo pronto se va a un concurso de Halloween.

    El otro es un texto raro, que pertenece a otra Carmen, otra vida, pero que creo que tiene algo que lo acerca a esta versión de mí y que, en un arranque de soy rebelde porque el mundo me hizo así he decidido publicar en pdf y repartir por ahí, no sé si como gancho para atraer gente al blog o solo porque me apetece. En fin, que cuando esté listo, por supuesto, lo compartiré por aquí también.

    La moraleja de todo esto es que, a veces, los días que parecen perdidos y las búsquedas en apariencia infructuosas, en realidad son todo lo contrario.

    ¡Feliz fin de semana!

  • Manual imprefecto nº 2: afirmaciones para escritoras en apuros

    Manual imprefecto nº 2: afirmaciones para escritoras en apuros

    El poder de las palabras que nos decimos

    Como buena amante de los cuentos, siempre me ha gustado la mitología, las leyendas, la fantasía y, cómo no, la magia. Y, sí, siempre me he mostrado abierta a creer en lo imposible, pero sin concretar demasiado. Ya sabéis, esa postura un tanto cómoda pero bastante hipócrita del que no acaba de de creer en nada, si siquiera en esa la ausencia de algo en lo que creer.

    En ese saco de las creencias y fantasías que, a lo sumo, surtían un efecto placebo, incluía mi yo de hace diez años prácticas como la meditación, la visualización o entre otras, las afirmaciones positivas.

    Y de las afirmaciones, precisamente, trata este artículo. Pero no solo de las positivas, de las negativas también. Y, concretamente, de aquellas que hacemos sobre nuestra escritura, el deseo de escribir o de dedicarnos a ello o sobre nuestros trabajos.

    Cuando la autocrítica bloquea

    Yo no sé tú, pero cuando yo empecé a plantearme con un mínimo de seriedad esto de escribir me hablaba fatal. No, no es que me dijera que todo lo que hacía era una mierda, qué va, de eso me habría dado cuenta. Era algo muchísimo más sutil. Era como si tuviera una lupa mágica que aumentara todos mis errores, grandes o pequeños, y los hiciera resaltar. En cambio, los aciertos, ni siquiera los percibía, o, en todo caso, consideraba que eran lo normal, lo que se esperaba de mí.

    Pensaba que el error debía castigarse duramente, pero el acierto no merecía celebración. Ahora sé que esa es una forma horrible de pensar.

    Esa manera de juzgarme está relacionada con el concepto que yo tengo de mí misma y lo que, desde mi punto de vista, debería saber y hacer a la perfección a tenor de lo que he estudiado, practicado, trabajado… Básicamente es como si, a mi modo de ver, el desempeño fuera la única muestra de conocimiento adquirido válido y el error, fuera cuál fuera su forma, número e importancia, invalidara automáticamente cualquier bagaje previo.

    Según esa lógica horrenda, el error debía castigarse duramente pero el acierto no merecía ningún tipo de halago o celebración, pues era lo esperable.

    Sí, lo sé —ahora, al fin, lo sé—, esa es una forma horrible de pensar. Y, de alguna manera, la Carmen del pasado también debía saberlo, porque solo aplicaba ese baremo a mí. Siempre —siempre, siempre— me he dedicado a ensalzar los aciertos y éxitos de los que me rodean y a quitar hierro a sus fallos. Conmigo, no obstante, no tenía piedad.

    Detectar el patrón y cambiarlo

    Esa manera de pensar y actuar, como es lógico, no me llevó a nada bueno. Al contrario, me bloqueé y el episodio de cerrazón duró, año arriba o abajo, una década. Y creedme cuando os digo que todavía tengo que hacer a diario mis ejercicios para no volver a caer en aquel ciclo de autodestrucción y bloqueo.

    A lo que voy es que, en algún momento me di cuenta de ese patrón de pensamiento y comprendí, por un lado, cómo había logrado bloquear cualquier halago o crítica positiva externa, ignorado éxitos y aciertos; y, por otro, cómo había magnificado cualquier error, real —y esto es lo más duro— o imaginario.

    Al traer a la consciencia ese patrón de pensamiento puede observarlo y, con mucha paciencia, calma y práctica, substituirlo por uno más agradable conmigo misma, más realista y, si se quiere, hasta más sano.

    Fue entonces cuando me di cuenta de que no había tanta diferencia entre las afirmaciones positivas y los mensajes que ahora me daba a mí misma, que valoraban cada pequeño éxito y evaluaban los errores y fracasos desde una perspectiva justa y realista.

    Afirmaciones para escribir con alegría

    En ese momento comencé a probar con afirmaciones positivas relativas a la escritura. No grandes frases del tipo «soy la mejor escritora del mundo» ni «todas mis obras son súperventas», sino cosas más adaptadas a mi día a día y necesidades como «me divierto escribiendo y creando historias y personajes». Ya sé, me diréis que si alguien escribe es porque le gusta y se divierte, pero resulta que yo me había olvidado de eso.

    Otra de mis afirmaciones favoritas es «cuanto más escribo más disfruto y más aprendo». También me gustan «cada historia en la que trabajo me ayuda a mejorar», «todas las palabras que escribo cuentan» o «mis historias conmueven y hacen disfrutar a mis lectores».

    La cuestión no es qué afirmación positiva usar, sino procurar que las palabras que te dedicas son amables y te ayudan a alcanzar las metas que te has propuesto.

    Una pequeña guía práctica

    Aquí tienes una lista de afirmaciones que puedes repetir, adaptar o transformar según tus propias necesidades creativas:

    Para confiar en tu voz

    • Cada palabra que escribo me acerca más a la escritora que quiero ser.
    • Mi voz narrativa es única y tiene valor.
    • Mis historias merecen ser contadas.

    Para abrazar el proceso

    • Escribir es un proceso y cada paso cuenta.
    • Me permito escribir mal en el borrador para escribir mejor después.
    • El error no me define, me enseña.

    Para celebrar los logros

    • Cada página escrita es un triunfo sobre la duda.
    • Todas las palabras que escribo cuentan.
    • El disfrute de escribir ya es un éxito.

    Para conectar con las lectoras

    • Mis historias conmueven y hacen disfrutar a mis lectores.
    • Mis lectores existen y me están esperando.

    Ejercicio abierto

    Escribe tu propia afirmación de hoy. Solo necesitas una frase amable y verdadera que te acompañe en tu escritura.

    Hoy me digo a mí misma:___________

La Enésima Aventura

Un cuaderno de viaje con sueños, relatos y novelas en marchaHistorias vivas donde no serás espectador, sino acompañante de la aventura.

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