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  • Mudarse al refugio

    Mudarse al refugio

    Llevo días volcada en la puesta a punto del blog. Aunque no sé si, más que puesta a punto, debería llamarlo reestructuración. O, quizá, reforma. Al fin y al cabo, lo que estoy haciendo es transformar en un hogar mi pequeño refugio digital.

    Hasta ahora, La Enésima había sido como una casita en el campo a la que acudir de tanto en tanto para reconectar conmigo misma. Era acogedora y tenía todo lo que necesitaba para estancias breves. Y me encantaba ir a pasar mis ratos libres. Pero no era un hogar. A lo sumo, una casa de vacaciones o, si me apuras, de fin de semana. Poco más.

    Lo que estoy haciendo ahora es mudarme ahí, del todo, con todo lo que eso implica, y sin una casa en la ciudad que articule la vida o a la que regresar si todo sale mal.

    Aunque, por supuesto, si todo sale mal, siempre puedo volver a empezar.

    Eso, creo, es algo que he aprendido en este último año en el que la vida se me ha puesto del todo patas arriba. Solemos vivir como quien se lo juega todo a una mano y sin posibilidad de pedir más cartas. Pero la realidad, por dura que sea —y puede ser durísima—, es mucho más flexible de lo que solemos pensar. Mucho más.

    Eso sí, empezar de cero da vértigo. Mucho. En especial cuando sientes que ya tienes algo construido y quieres conservarlo. Por ejemplo, este blog. No lo estoy estropeando, lo estoy ampliando, adaptándolo a mi momento actual o incluso, quizás, mejorando. Pero no voy a mentir, me daba pánico dar este paso porque el cambio, por leve que fuera, podía suponer perder el refugio que con tanto esfuerzo había construido y, sobre todo, que tanto bien me hacía —y me sigue haciendo—.

    Igual que me daba pánico cambiar la forma de distribución de mis libros publicados y que dejaran de estar en exclusiva en Amazon, aunque hace años que las ventajas de esa exclusividad dejaron de serlo para mí. También me daba pánico publicar en el blog el guion en el que estoy trabajando, porque el formato es muy distinto, porque es un proyecto en curso, porque, porque, porque…

    Siempre es igual, miedo versus oportunidad. Pero no miedo a que la oportunidad que sea no salga bien. Eso lo podemos tolerar con sorprendente facilidad. El miedo real es a perder lo que sea que tenemos y a que no haya nunca, jamás, ninguna otra oportunidad, ningún otro camino, solo vacío.

    Al final, me temo, es a ese vacío informe al que tememos. Un vacío que ni siquiera está claro que sea real, pero que se alimenta de todos nuestros pequeños miedos concretos.

    Y es posible que no exista una fórmula mágica para hacer frente a ese vacío o, siquiera, a esos pequeños miedos que se nos acumulan en el pecho, en lo más profundo de las tripas o nos anudan la garganta. Pero sí hay una certeza: nunca sabremos cuál es nuestra última mano hasta que lleguemos a ella. Y si esta en la que estamos no es nuestra última jugada, poco importa ganar o perder. Siempre podemos volver a pedir cartas. Siempre podemos volver a empezar. Aunque sea de cero.

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  • Prólogo

    Prólogo

    Esta escena forma parte de un guion en proceso de escritura, que además es mi Trabajo Final de Máster de Guion Audiovisual. Su contenido y su posición dentro del largometraje son provisionales. Aquí, sencillamente, comparto el proceso. En la ficha encontrarás información sobre su estado actual.

    Ficha

    • Identificador: EF-001
    • Estado actual: Vigente
    • Ubicación actual: 1
    • Fase de escritura: estructura y acción (pendiente de dialogar)
    • Historial de cambios:
      • 01/07/2026 Escritura
      • 15/07/2026 Revisión y publicación blog

    Escena

    Notas

    Esta es la cuarta versión del prólogo de El Fameliar y, por ahora, una de las que más me convence. La escena pertenece todavía a la primera fase de escritura: está construida desde la acción y la atmósfera, y se dialogará más adelante.

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  • La promesa de Kronos

    La promesa de Kronos

    Las noches en casa de Julia eran tranquilas, salvo cuando los nietos se quedaban a dormir. Tras la cena, con los ojos aún despiertos, pero los cuerpos cansados y las jóvenes mentes llenas de sueños, empezaba la conocida cantinela:

    —¡Abuela Julia, abuela Julia!

    —Dime, Eva, querida —respondía Julia, cómplice, a la mayor de sus nietos.

    —¿Vas a contarnos un cuento esta noche?

    —¡Sí, sí, abuela, cuéntanos un cuento!

    —Ya sabes, Matías, cuál es la norma para los cuentos.

    —¡Síiii! —respondió a voz en grito Miguel, el pequeño de los hermanos—. ¡Ir a dormir sin protestar!

    —¡Y ponernos solos el pijama! —apuntó Matías.

    —¿Y qué más? —preguntó la abuela a sus emocionados nietos mientras los conducía al gran dormitorio con literas que los cuatro compartían.

    —Lavarnos las manos, los dientes y la cara —respondió Eva, que ayudaba a su abuela a conducir a los pequeños hacia el cuarto de baño del dormitorio compartido.

    —¿Y qué más, querida Diana?

    —No interrumpir y dejarte contar la historia a no ser que nos hagas alguna pregunta —recitó la niña enfurruñada por esa nueva norma establecida en exclusiva para ella.

    —Eso es… —dijo Julia, la abuela, mientras preparaba los pijamas y abría las camas de los pequeños que estaban aseándose en el cuarto de baño.

    —¿Entonces, habrá cuento hoy, abuela Julia? —preguntó Eva, que ya había salido del lavabo con los pequeños y estaba ahora ayudándolos a desvestirse para que pudieran ponerse el pijama—. Nos hemos portado todos muy bien y hasta Matías se ha terminado los guisantes de la cena.

    —Cierto…

    —¡Eso es que sí! —gritó Diana desde el baño, con la boca llena de pasta de dientes.

    —Es posible —tanteó la abuela mientras los pequeños terminaban de ponerse el pijama y Eva, la mayor, hacía lo propio con el suyo—. Pero solo si mis cuatro nietos están en la cama en el momento de empezar.

    Eva rió con disimulo mientras terminaba de ponerse el pijama y su hermana salía corriendo del baño al grito de «¡Voy, voy, voy!». La pequeña Diana se quitó rápidamente los zapatos y la ropa, y a más velocidad que nunca, se puso el pijama y se metió en la cama.

    —¡Lista! —anunció Diana.

    —Listos todos —la corrigió Eva mientras sus hermanos pequeños coreaban por lo bajo su asentimiento.

    —Bien, bien —reconoció la abuela mientras caminaba hacia el rincón de la habitación en el que estaba situada la vieja mecedora en la que había amamantado a sus hijos y que, ya muchos años atrás, había cedido a su hija para que hiciera lo mismo con los pequeños que ahora esperaban ansiosos el cuento—. ¿Seguro que estáis listos? —preguntó mientras situaba la mecedora en el centro de la habitación para poder ver bien a todos sus nietos y que ellos la vieran también a ella—. Ya sabéis las normas…

    —Nada de interrupciones —dijo Diana.

    —Ni para pipí —dijo Miguel.

    —Ni para beber agua —añadió Matías.

    —Bien, entonces —concedió la abuela, al tiempo que se sentaba y se cubría las piernas con la manta azul que solía estar en el brazo de la mecedora—. Este relato no ocurrió en un lugar muy lejano y tampoco fue hace mucho tiempo, aunque así podría haber sido de no tratar sobre el mismísimo tiempo y el mismísimo espacio. Podemos llamarlos, para entendernos, Kronos y Kairós.

    Los ojos de los niños estaban abiertos como platos, incluso los de Eva, que estaba ya más que acostumbrada a los cuentos de su abuela. Y Julia disfrutaba de aquellas expresiones, así que, en ocasiones, jugaba con el dramatismo para incrementar la curiosidad de los chiquillos. Esa noche era una de esas veces en las que la abuela Julia tenía ganas de jugar.

    —Esos nombres, Kronos y Kairós, son los que en algún momento les dieron griegos, pero, en justicia, debo decir que no son ni de lejos los únicos que recibieron. En la India, por ejemplo, los llamaban Kala y Karma. En China, Yin y Yang…

    —¿Yin y Yang? —preguntó Diana.

    —¡Shhhh! —la mandó callar Eva.

    —Sí… ¡Y, ay de mí, cuántos antiguos y poderosos nombres se me han olvidado ya! —se lamentó Julia, aunque ni siquiera Eva supo adivinar cuánto había en ese lamento de verdad y cuánto de maestría en el arte de contar cuentos—. En fin, tendréis que perdonar a vuestra vieja abuela cuentacuentos por su mala memoria y, para el bien de la historia, quizás, deberíamos acordar que llamaremos a nuestros chicos como lo hicieron los antiguos griegos: Kronos y Kairós, ¿os parece bien?

    —Sí, sí —contestaron en una extrañamente armónica cacofonía los tres hermanos pequeños.

    —¿Y a ti, Eva? —preguntó Julia a la mayor de sus nietos, que había permanecido callada.

    —Claro, abuela, pero seguramente recuerde todos los nombres durante todo el tiempo.

    Julia estalló en una risotada y ella y Eva intercambiaron una mirada cómplice.

    —¡No esperaba menos, querida niña! Al fin y al cabo, parece que las musas te han bendecido a ti también con el don de contar historias.

    —¡Qué! —se quejó Diana—. Eso no es justo, todo lo bueno le toca a Eva y yo…

    —Diana, querida, tampoco a tu edad Eva mostraba signo alguno de poseer el don. Ni mucho menos a la edad de estos dos chiquitines —añadió Julia rápidamente mientras señalaba la litera que compartían los dos varones—. En cualquier caso, la paciencia es una de las virtudes que más aprecian las musas a la hora de repartir sus bendiciones…

    —Vale —aceptó Diana, todavía algo enfurruñada—. ¿Y cuándo…?

    —Pensaba que querías escuchar la historia… —la interrumpió Julia.

    —¡Y quiero!

    —Pues ya sabes cuál es la norma.

    La niña cerró la boca con un gesto exagerado, cruzó los brazos sobre el pecho y asintió con la cabeza en un gesto que no estaba claro si era de asentimiento o de enfado.

    —¿Por dónde íbamos? —preguntó Julia mientras se recostaba otra vez en la mecedora y se impulsaba con los pies para reiniciar el balanceo que, sin darse cuenta, había interrumpido durante la discusión con Diana—. Ah, sí, os estaba presentando a los hermanos Kronos y Kairós.

    —¿Eran hermanos? —preguntó emocionado Matías, que se había incorporado de golpe en la cama—. ¿Cómo nosotros?

    —Sí, eran hermanos, más o menos como vosotros —explicó Julia con voz calmada mientras con un gesto le indicaba al pequeño que volviera a recostarse—. Tened en cuenta que ellos eran considerados dioses por los griegos… Sí, dioses —recalcó con un gesto hacia Diana y Matías, que estaban a punto de interrumpirla de nuevo—. Pero otras culturas no los consideraban de la misma manera. En todo caso, yo prefiero que pensemos en ellos como principios.

    —¿Como principios? —Fue Eva la que expresó en voz alta la duda que se había instalado en el rostro de todos los hermanos.

    —Sí, como principios —recalcó Julia—. Sin ellos no habría podido existir absolutamente nada más, así que son un inicio, a la vez que una causa. La explicación puede ser más complicada, pero, para esta historia, con esto bastará. Aunque, claro, también debéis comprender que son encarnaciones —Julia dudó y, por un momento, detuvo el balanceo de la mecedora, pero enseguida asintió y retomó el movimiento—. Sí, como encarnaciones de principios. O, si preferís, la encarnación de dos ideas que suponen el principio y la causa de todo.

    —Abuela, no sé si esto es muy complicado para…

    —¿Tú lo entiendes, Eva? —Julia interrumpió a su nieta mayor, que asintió convencida—. Entonces deja que yo me encargue de que los demás entiendan lo que necesitan entender. Recuerda, querida, que todos los cuentos guardan en su interior distintas historias para cada oyente —explicó, al mismo tiempo que hacía un gesto con la mano hacia Diana, que estaba preparada para intervenir—. Y para cada uno de vosotros —añadió mirando hacia cada uno de sus nietos— en el momento preciso llegará la historia adecuada. Ahora, sigamos con esta, ¿os parece?

    —Sí —dijeron los niños al unísono, incluida Eva.

    —Como os decía, nuestros chicos eran hermanos, pero no solo eso, eran gemelos. Como tales, eran idénticos, al menos en lo que a la apariencia se refiere. Los dos eran morenos, con ojos de un brillante marrón salpicado de motas verde oliva. Su piel estaba dorada por el sol y sus rostros de rectas facciones eran el prototipo de la belleza griega. Es más, no me extrañaría que muchas de las más famosas esculturas griegas se hubieran inspirado en ellos.

    —Pues sí que debían ser guapos —Fue incapaz de contenerse Diana y a Eva se le escapó una risita de asentimiento.

    —Sí, lo eran —convino Julia—. Pero ahí terminaba el parecido, pues, en su interior, no podían ser más distintos, aunque ninguno de los dos tenía sentido sin el otro. Peor todavía, si uno de ellos desaparecía, el otro también lo haría.

    —¡Qué horror! —Fue Miguel el que interrumpió en esta ocasión y Julia asintió hacia él.

    —Pero eso no era todo, los hermanos no podían separarse, o, al menos, no mucho, pues, al hacerlo, todo se ralentizaba hasta el punto de detenerse la existencia. Pero, atención a esto, tampoco era buena idea que estuvieran demasiado juntos, o todo se aceleraba, hasta el punto de que la existencia dejaba de ser, de tan fugaz que era.

    —¿Y qué hicieron? —Las voces de Miguel y Matías se superpusieron y sus hermanas asintieron al oír la pregunta.

    —Bueno, al principio intentaron la convivencia en armonía, claro.

    —Claro —Fueron Diana y Eva las que hablaron ahora y los otros dos los que asintieron.

    —Pero eran demasiado distintos… Kronos era ordenado y obstinado, incapaz de desandar sus pasos, de variar su ritmo, de disfrutar de nada, salvo de la cadencia matemática y exacta de la existencia. En cambio, Kairós… Bueno, él era apasionado y caótico, amante de la improvisación y la inspiración… A Kairós le gustaba jugar, explorar, experimentar, saltar de un lado a otro, cambiar y redescubrirse. ¡Hasta gustaba de regalarse a los demás! Y esas cosas no eran bien vistas, ni siquiera toleradas, por su hermano.

    —Eran como el Yin y el Yang —concluyó Diana, como si, de pronto, en su mente todo encajara.

    —Y como fuego y agua —añadió Eva.

    —Sí, eran opuestos, pero también interdependientes. Recordad que, sin el uno, era imposible la existencia del otro.

    —¿Y qué pasó? —preguntaron los pequeños Matías y Miguel, tan llevados por la curiosidad que, de nuevo, se habían sentado en sus camas y Julia, al mismo tiempo que la mayor de sus nietas, les indicó con un gesto que volvieran a recostarse.

    —No os sorprenderá, supongo, si os digo que, de los dos hermanos, el que más sufría con aquella situación era el cuadriculado de Kronos. Al fin y al cabo, por molesto que su hermano pudiera resultarle, Kairós estaba acostumbrado a lidiar con el Kaos, aunque esa historia, queridos nietos, la dejaremos para otro día —explicó Julia mientras hacía un gesto para restar importancia a aquella información—. En todo caso, Kronos lo llevaba mal. Muy mal, así que, desesperado, ideó un plan.

    »Mientras Kairós se alejaba y entretenía con esto y lo otro, provocando fluctuaciones y cambios no planeados en el devenir de la existencia, Kronos aprovechó para crear un dispositivo que sirviera para medir el tiempo de forma sistemática, ordenada, fiable y eficaz. Kronos, cuya naturaleza era el discurrir del tiempo, estaba convencido de que la existencia de tal dispositivo impediría que Kairós fluctuara más allá de lo que permitieran las manecillas que avanzaban rítmicamente en la esfera que había diseñado. Le había costado muchísimo idear y fabricar las delicadas piezas y engranajes de aquel sofisticado dispositivo, por lo que estaba convencido de que no podía fallar. De hecho, para asegurarse el éxito, había creado un sistema compuesto por segundos, minutos y horas que de ningún modo su hermano podría sortear.

    —Abuela, eso es… —empezó a decir Matías.

    —Un reloj —lo interrumpió Miguel.

    —Pero un reloj sirve para medir el tiempo —dijo Diana.

    —Cierto —convino Julia—. Y al principio del cuento os he dicho que esta historia trata sobre el tiempo.

    —Sobre el tiempo y el espacio —matizó Eva—. Pero no nos has dicho quién de los dos hermanos es cada cual.

    —¡Oh, claro que no, Eva! —respondió Julia—. Eso es porque ambos hermanos son el tiempo… Dos formas de tiempo.

    —¿Entonces…?

    —El espacio es aquello que se forma cuando ambos interaccionan… —explicó Julia, sin dejar que su nieta mayor lanzara esa nueva pregunta—. Recordad que os he dicho que según la forma en que ambos hermanos se relacionan la existencia se acelera o se detiene. Eso es el espacio.

    —No lo entiendo —dijeron Eva y Diana a la vez.

    —Ni falta que hace en este momento. Lo único que debéis entender es que, al crear ese primer reloj para medir el tiempo y, desde el punto de vista de Kronos, frenar el desastre que desataba su hermano, en realidad, lo que hizo fue condenar a ambos.

    —¿Cómo? —quisieron saber los niños.

    —En el instante en el que Kronos situó la última pieza en su flamante nuevo reloj, él mismo, el tiempo lineal, quedó encerrado en su interior. Su hermano, al regresar de sus corredurías, solo encontró en el suelo el reloj que Kronos había fabricado y, al recogerlo, lo dotó de espacio y entidad. Dicho de otro modo, creó un mundo paralelo en el interior del reloj.

    —¿Otro mundo? —preguntó Diana.

    —Sí, aunque él no era consciente de lo que hacía, por supuesto. En cualquier caso, Kairós siguió con su existencia de desorden y aventuras, aunque no dejaba de preguntarse dónde se había metido su hermano. Por supuesto, sabía que Kronos estaba bien, pues el tiempo continuaba fluyendo con total normalidad, incluso habría dicho que más que antes, si acaso él se fijara en esas cosas, claro. Pero aun así, y con todas las disputas entre ambos, Kairós echaba de menos a su hermano y, de tanto en tanto, le asaltaba la duda sobre si aquel curioso dispositivo tendría algo que ver con la extraña desaparición.

    »Pasaron los días, los meses, los años y los siglos. Fue un tiempo de Kaos y maravilla en el mundo: impulsado por la falta de orden y la inspiración y fortuna de Kairós, el mundo se formó, ardió, se enfrió, se dividió, volvió a arder y obtuvo un satélite, se volvió a enfriar, dio lugar a la vida y la aniquiló varias veces y tras más tiempo del que Kaos y Kairós se atrevían a contar, ni siquiera contando con el mágico reloj que Kronos había dejado tras de sí, surgió el ser humano y las primeras civilizaciones. Fue entonces cuando Kairós, más que Kaos, comenzó a aburrirse y la nostalgia de su hermano lo llevó a investigar el reloj.

    —¿Y lo encontró? —preguntó impaciente Diana—. ¿Encontró a Kronos?

    —Paciencia, Diana, paciencia —dijo Julia, con media sonrisa—. Más que encontrar a Kronos, Kairós, al toquetear el reloj, sin demasiado cuidado ni el más mínimo respeto hacia el mágico y complicado dispositivo que había creado su hermano, como era su estilo, más bien consiguió ir a parar al interior del mundo del reloj, junto a Kronos.

    —¿Qué? —preguntaron todos los niños a la vez.

    —Como lo oís. Ambos hermanos acabaron en el interior del reloj —dijo Julia y miró fijamente uno a uno a sus nietos antes de tomar aire y seguir—. Con su hermano junto a él, Kronos recuperó la habilidad para crear otro dispositivo como aquel que los acogía en su interior. Aunque no penséis que por ser el segundo que creaba fue más sencillo o más rápido, porque no lo fue. Y, especialmente, no lo fue porque su hermano, extrañamente interesado tanto por el mundo del interior del reloj como por esa habilidad de su hermano para fabricar esos dispositivos, quiso aprender a construir el suyo propio. Digo más, no permitió que Kronos avanzara en el trabajo en el nuevo reloj hasta que no aceptó enseñarle y permitir que fuera Kairós el que construyera el nuevo dispositivo.

    —¿Y le enseñó? —preguntó Diana.

    —¿Y él fue capaz de aprender? —quiso saber Miguel.

    —¡Pues claro que le enseñó, eran hermanos! Y por supuesto que aprendió. Kairós era, digamos, apasionado y un tanto impulsivo, pero era tan listo como su hermano, o incluso más, aunque las cosas que mejor se le daban a cada uno no eran exactamente las mismas.

    —Entonces, como nosotros —dijo Miguel, señalándose a él y a su hermano pequeño alternativamente y Julia asintió.

    —Y nosotras —dijeron casi a la vez Eva y Diana.

    —Como todas las personas, chicos, todos somos listos a nuestra manera y a todos se nos dan bien cosas distintas y eso es bueno y enriquecedor. ¡Imaginad qué aburrido si a todos nos gustara y se nos diera bien solo lo mismo!

    —Pues sí —dijo Eva y los hermanos asintieron.

    —¿Entonces, Kairós hizo el reloj? —quiso saber Diana.

    —Siempre impaciente… —bromeó Julia—. Sí, siguiendo las indicaciones de su hermano, Kairós construyó el reloj. Pero eso no fue lo único que hizo en el mundo del reloj.

    —¿Ah, no? —preguntaron los dos pequeños.

    —¡Claro que no! —respondió Diana tan ofendida como si la conversación tratara sobre ella misma—. Es que aún no os habéis dado cuenta de que Kairós es un alma libre como yo.

    Las palabras de Diana provocaron la risa de Eva y Julia, aunque esta trató de contenerse para no ofender a su nieta, mientras los más pequeños las miraban sin acabar de entender nada.

    —Yo no podría haberlo expresado mejor —dijo al fin Julia, todavía tratando de contener la risa—. Kairós era un tipo apasionado y se dispuso a disfrutar al máximo de todas las experiencias que le proporcionaba el mundo del interior del reloj mientras trabajaba duro en la creación del nuevo dispositivo. Pero, además, al poco tiempo él y Kronos se dieron cuenta de que en aquella dimensión la interacción entre ambos no parecía tener efectos catastróficos, como sí podía suceder si no iban con cuidado en el mundo exterior. Además, por innovador que fuera Kairós en sus aventuras, nunca ninguna de ellas parecía tener ningún efecto perjudicial para el mundo del interior del reloj, aunque ambos hermanos sufrían por lo que podría estar ocurriendo en el exterior. Eso sí, era Kronos quien más se preocupaba, Kairós, digamos, sentía cierto interés por los efectos de sus actos, que es más de lo que antes se había podido decir de él.

    Eva rió y Diana musitó algo ininteligible.

    —¿Y qué ocurrió en el mundo fuera del reloj mientras los hermanos estaban dentro? —preguntaron los hermanos.

    —Pues, para sorpresa de ambos, cuando, gracias al dispositivo que había construido Kairós, volvieron al exterior, se dieron cuenta de que nada malo había pasado. Bien, sí, había habido algunas cosas, pero nada similar a los choques de asteroides o volcanes erupcionando en masa de antaño. Era como si las acciones de Kairós, en el interior del reloj, vieran sus efectos mitigados. También se reducían al máximo los efectos de la interacción entre ambos.

    —¿Y qué hicieron?

    —Pues no fue sencillo, para ninguno de los dos, pero, con el tiempo, decidieron que lo mejor era que Kairós viviera en el interior del reloj y Kronos en el exterior. Para evitar posibles problemas, Kronos fabricó otro reloj, así, cada hermano tendría su propio dispositivo por si tenía que acudir en busca del otro. Además, conocedores como ambos eran del poder del tiempo y sus efectos en la memoria, hicieron un grabado en ambos relojes que decía «Para quien debe recordar». De esta manera se aseguraban no desvelar su secreto a la vez que se dejaban una pista importante para mantenerse atentos a conservar los recuerdos relativos al reloj.

    —Ya podrían haberse dejado una pista más clara —protestó Diana.

    —Shhhhhh —la mandaron callar a la vez los tres hermanos, deseosos de conocer el final.

    —Esa pista era suficiente para ellos —aclaró Julia con un gesto serio hacia Diana—. Además, antes de partir, Kairós hizo prometer a su hermano que siempre permitiría que quien lo buscara o lo mereciera lo encontrara. Kronos asintió y, con un abrazo, se despidió de su hermano, hasta que llegara el momento de reencontrarse.

    »Es desde entonces que Kronos, el tiempo, representa la promesa, para quien lo merezca, de encontrar la oportunidad de reescribir su vida, cumplir sus sueños, alcanzar sus metas. Eso sí, hace falta valor, pasión y perseverancia para hallar la oportunidad, no dejarla escapar y, con suerte, viajar al mundo del interior del reloj, donde Kairós, allí conocido como el Relojero, nos concederá aquello que más deseamos.

    —Yo quiero viajar al mundo del interior del reloj —dijo Diana con la voz llena de sueño.

    —Y yo —añadieron a la vez Matías y Miguel.

    —No diría que no a una visita al mundo del interior del reloj —convino Eva.

    —Entonces, cerrad los ojos y dormid, mis niños, porque la puerta del sueño, en ocasiones, también conduce al reino mágico de Kairós.


    Nota: Este relato nació en la primavera de 2025 como un ejercicio narrativo destinado a practicar la voz del cuentacuentos dentro de un contexto de escritura de literatura infantil y juvenil. El objetivo era trabajar la oralidad, la relación entre quien narra y quienes escuchan, y la manera de acercar ideas complejas a un público infantil sin renunciar a la imaginación ni a la profundidad.

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  • Paralel

    Paralel

    Son las seis de la mañana y la ciudad de Barn todavía está tranquila. Aún falta al menos media hora para que las calles se llenen de tráfico y peatones. Paso junto a un robot de limpieza y siento el escáner que traslada mi situación a la sede de NeoVerso. Ya es la décima vez que me escanean hoy desde que me he despertado y de forma automática se ha notificado mi inicio de actividad. Pero al salir de la zona residencial de los ciudadanos de nivel 4, los escaneos se han vuelto cada vez más frecuentes y con este último ya van siete.

    No estoy acostumbrado a venir tan temprano al gremio, pero estoy preocupado por Puka. Lleva encerrada en su taller desde que conectamos Paralel a la red y de eso han pasado ya cinco días. Todas las tardes, al salir de clase, he venido a verla para ayudarla con el trabajo de programación, aunque ambos sabemos que el problema es de componentes y solo ella puede arreglarlo. Al fin y al cabo, ella es la técnica y, si conseguimos subir Paralel a NeoVerso, será gracias a su habilidad.

    A veces, desearía haber nacido en una familia de técnicos como Puka. Me gusta que su oficio se enseñe de padres a hijos y que hereden el taller familiar, aunque deban permanecer en los gremios si quieren protección. Me encantaría tener una familia, aunque para ello tuviera que someterme a un gremio. Pero, ya se sabe, para los programadores, nuestra familia es el código y NeoVerso, nuestro gremio.

    —¡Ey, Nehia! —saluda Istra cuando entro en la tienda 24 horas y siento un nuevo escaneo—. Si vienes a por Xpressum pilla los de la nevera de atrás, que los de aquí aún están calientes.

    —Gracias —respondo mientras voy al fondo a por la bebida energética y de camino cojo un par de bolsas de aperitivos y cuatro boles de fideos instantáneos de jamón y soja, los favoritos de Puka.

    —Oye, bro, no sé en qué andáis metidos Puka y tú, pero tenéis que ir con cuidado —me advierte Istra, que me ha seguido hasta el fondo de la tienda—. Ha venido gente preguntando por aquí. No gente cualquiera, ya me entiendes…

    —NeoVerso

    —Calla, tron, no lo digas en alto —me regaña Istra entre dientes y empieza a mover las latas de Xpressum de un lado a otro de la nevera, como si estuviera reponiendo—. Al principio solo eran algunas furgonetas sospechosas paradas en la calle, pero pronto empezaron a verse vehículos más sofisticados, algunos con el logo de NeoVerso. Pero lo más raro no fue que estuvieran justo ahí delante, sino que dos tipos trajeados vinieron a interrogarme sobre los técnicos del taller de enfrente.

    El taller de Puka. Todos mis músculos se tensan e Istra lo nota.

    —Ellos no fueron los únicos en venir —continúa explicando—. Volvieron otros hace un par de días. Y ayer vino una pareja con los uniformes de NeoVerso a hacer las mismas preguntas.

    —¿Qué les has dicho? —pregunto entre dientes mientras hago un esfuerzo para no dejar caer los víveres que he ido a buscar para Puka.

    —Nada, lo juro, no he dicho nada, bro. Somos amigos, tron, conozco a Puka desde que éramos críos.

    Asiento y voy hacia la caja. Los boles de fideos que llevo en los brazos se han deformado y las bolsas de aperitivos están destrozadas. Suspiro,

    —Espera, bro —grita Istra mientras viene rápido hacia mí con una bolsa llena en las manos—. Te dejas el encargo.

    —Gracias —digo, al comprender que en la bolsa hay lo mismo que yo había cogido y espachurrado. Dejo en el mostrador los envases deformados y me giro hacia la puerta, pero siento que Istra se apoya en mi hombro y se acerca a mí.

    —Reventadlos —susurra en mi oído.

    Asiento con un movimiento de cabeza a la vez que paso por el arco de seguridad y siento otro escaneo a la vez que el importe de la compra se carga en mi cuenta bancaria.

    En la acera de enfrente el taller de Puka está a oscuras. Desde que sus padres perdieron la licencia ella es la única encargada del negocio, y con él también decidió hacerse responsable de Paralel. Así fue como nos conocimos, yo rastreaba sistemas ideados para hackear NeoVerso y ella resultó estar detrás del único capaz de hacer saltar por los aires el sistema de clases, borrar todos los datos guardados de los ciudadanos y remplazar NeoVerso por Paralel, un sistema que dejará el control en manos de todos los ciudadanos, con independencia de su clase y nivel. Puka me contó que su padre lo llamaba democracia, que, en algún idioma antiguo quería decir el gobierno del pueblo. Creo que fue en ese momento cuando decidí ayudarla.

    —¡Nehia! —me llama Puka desde algún lugar al fondo del taller.

    —Traigo comida —anuncio mientras camino hacia ella, pero algo me da mala espina.

    —¡Qué detalle! —dice una voz aguda y cruel, que confirma mis sospechas—. Jamás creí ver a un programador cuidar de una humilde técnica. ¿Y tú, Spuk?

    Oigo una voz masculina responder, pero no presto atención mientras dejo caer la bolsa y corro hacia el fondo del taller, al mismo tiempo que entro en el NeoVersoProfundo. Enseguida encuentro los sistemas de los agentes, penetro en ellos y los desconecto de sus redes antes de llegar hasta donde tienen atada a Puka. Odio ser un programador, pero soy muy bueno en lo mío. He neutralizado a los agentes, pero habrán saltado las alarmas en la central de NeoVerso y enviarán refuerzos.

    —¿Puka, estás bien? —pregunto mientras empiezo a desatar a mi amiga.

    —Sí, has llegado justo a tiempo —asegura, aunque su voz es más ronca de lo habitual—. Lo tengo, Nehia. Lo tengo.

    Tardo un instante en comprender las palabras de Puka mientras le quito de encima a los agentes desconectados, pero Puka me detiene con una mano y me muestra el dispositivo que sostiene en la otra.

    —Lo tienes —repito, cuando veo lo que me enseña y comprendo, al fin, sus palabras.

    —Está listo. Solo tienes que cargarlo —explica y me tiende el dispositivo.

    Un estruendo de vehículos y gritos nos indica que los refuerzos de NeoVerso están aquí. Es ahora o nunca. Puka y yo nos miramos durante un instante y asiento. Agarro el dispositivo con las manos y antes de conectarme me fijo en los ojos negros de Puka, su pelo rosa y esa nariz chata sembrada de pecas y caigo en la cuenta de por qué deseo realmente que Paralel funcione.

    —Puka, yo…

    —Lo sé —responde ella, con media sonrisa antes de plantarme un beso en los labios que me roba el aliento—. Recuerda que el sistema debe cargarse por completo.

    Asiento, incapaz de hacer otra cosa que apretar en el dispositivo entre las manos, con la vista fija en los labios de Puka. Pero ella es más rápida y lista que yo, así que, cuando quiero darme cuenta, ha puesto sus manos sobre las mías y ha apretado mis pulgares para activar el dispositivo. El mundo físico se desvanece para mí mientras entro en el NeoVerso y, de inmediato, conecto Paralel. El sistema funciona a la perfección.

    —Te daré todo el tiempo que pueda —oigo decir a Puka, aunque su imagen se diluye ante mis ojos—. Nos vemos al otro lado.

    Paralel 100% cargado. Nuevo sistema iniciado.


    Nota: este relato lo escribí hace tiempo, en el contexto de la asignatura de Literatura Infantil y Juvenil del máster de escritura creativa. Era una práctica y tenía que cumplir una serie de requisitos de tema, extensión, clichés, etc. Lo cierto es que me lo pasé muy bien escribiéndolo, aunque, seguramente, sin limitaciones me habría salido un texto más largo. Hoy lo rescato del cajón tal cual salió entonces, sin retocar el estilo.

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  • XVI

    XVI

    Nada y todo al mismo tiempo,
    eres mi vida y solo un sueño
    —mi dios, mi realidad, mi credo—,
    un espejismo que se esfuma
    cada vez que me despierto.

    He encontrado esto en un blog viejo con fecha de 27 de febrero de 2008, aunque en mis recuerdos es anterior, y he decidido rescatarlo. Aquí queda.

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  • La casa de todo

    La casa de todo

    Esta noche he soñado con el blog. Seguramente, también con el Muso. Aunque no recuerdo el sueño, solo la conclusión: el blog es el centro y tiene que articularlo todo.

    Bueno, recuerdo eso y la terrible migraña con la que me he despertado, porque, por lo visto, lo de que de noche la mente siga trabajando como si fuera de día tiene un precio.

    Y, sí, quizá si no hubiera habido migraña ahora estaría con ánimo para escribir uno de esos diálogos con Aúspice en los que la conclusión que recuerdo no llega en frío y en el primer párrafo, sino después de una conversación que solo ha existido sobre el papel.

    Pero ha habido migraña y, por más que la medicación que tomo me quite el dolor de cabeza, lo cierto es que deja todo lo demás, como el cuerpo hecho un trapo, hasta el punto de que todo se siente como la resaca después de una noche de fiesta y desmadre, pero sin fiesta ni desmadre.

    Así que no hay ánimo para conversaciones teóricas con el Muso —ni para casi nada—. Pero aquí estamos, porque pienso escribiendo, porque necesito que la migraña, al menos, sirva para algo y porque no me perdonaría que una idea nocturna pasara de largo por no haber sabido parar un instante para hacerle caso.

    Así que llevo desde que me he levantado dándole vueltas a la idea, a la frase: el blog es —y tiene que ser— el centro de todo y tiene que articularlo. La única traducción a lenguaje de vigilia que se me ocurre es que no me conviene separar canales y que haya uno para el diario y la ficción breve, que sería el blog, y otros para la ficción larga.

    Quizás, si tenemos en cuenta que una de las decisiones más radicales que he tomado desde que he vuelto a escribir es que lo hago, fundamentalmente, para ser feliz y para que llegue a la gente, pero no con el fin de entrar en ningún tipo de circuito profesional, la idea de articular a través del blog también la ficción larga, es decir, las novelas y los guiones de cine, tiene todo el sentido del mundo.

    Y digo más, usar el blog como cuaderno de escritura no solo de los textos breves, sean de ficción o no, sino también de los largos encaja sorprendentemente bien con la idea de mostrar la escritura en vivo en TikTok, porque así también se vería el proceso no solo en la parte mecánica, que creo que es la más aburrida, sino también en los resultados —que son los textos, las historias— y que es la parte más importante de todo.

    Ahora bien, para hacer eso y que tenga algún tipo de sentido, el blog debería cambiar, al menos en la portada, para dejar claro que aquí se pueden encontrar distintas zonas y que están separadas por secciones. Y ahí es donde no sé si la idea que tengo en mente es ejecutable, o no. Y aunque lo sea, ahora mismo, en plena resaca migrañosa, se me hace un mundo —y sí, ya lo sé, esto también pasará y me encanta jugar con WordPress, aunque ahora no lo parezca—.

    En fin, que esa es la idea, convertir el blog en casa de todo, crear secciones más claras, no solo dentro, como ahora, sino en la portada, y de esta manera permitirme disfrutar del todo y sin complejos de lo mucho que me gusta esto de tener un blog que forma parte de mi rutina, a veces para soñar con letras e historias largas, a veces para dejar constancia de mi día a día.

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  • En el desierto y sin cantimplora

    En el desierto y sin cantimplora

    Es viernes y se nota, aunque no para bien. Llego al final de semana agotada y escribir se hace cuesta arriba. Pero esto también forma parte del proceso creativo y del día a día de las personas que quieren escribir o, peor, que sienten la pulsión irrefrenable de hacerlo.

    Negar que hay días en los que la escritura se hace cuesta arriba y supone un esfuerzo que parece inasumible no hará que esos días dejen de existir. Al contrario, dada mi experiencia como autora bloqueada, no me extrañaría que negar la existencia de días malos, en los que todo cuesta, y de días regulares en los que, sin costar tanto, nada brilla, pueda provocar que la escritura se bloquee, precisamente porque se esperen siempre fuegos artificiales.

    Y sí, a veces, hay fuegos artificiales —e incluso otros fenómenos más espectaculares e impactantes—, pero para llegar a ellos, por absurdo que parezca, a veces hay que pasar por el maldito desierto, recorrer áridas llanuras y páramos helados, y sobrevivir apenas para llegar al anhelado destino en el que la inspiración te arrebata, las palabras fluyen y un texto maravilloso surge, casi de la nada, sin que siquiera tú sepas cómo demonios lo has hecho.

    Pero lo cierto es que sí que lo sabes, porque cada uno de los pasos que has dado a través del desierto, los secarrales y el hielo te ha traído a los frondosos bosques de palabras, donde, cual maná de los cielos, las ideas fluyen en vivarachos riachuelos y las historias crecen, hermosas y brillantes, en los exuberantes árboles.

    Así que sí, a mí hoy me toca recorrer el desierto sin cantimplora, pero una parte de mí sabe que cada esforzado paso es el cimiento de lo que sea que mis palabras construyan mañana.

    Pero sí, será mañana. Ya no hoy. Porque ahora mismo cuento seis párrafos, con este que estoy escribiendo en este momento, lo que es una cantidad preciosa para una entrada media de blog, y llevo ya quince minutos de directo, de mi media hora obligatoria. Si atendemos a que falta revisar, titular, poner imagen y difundir, mi tiempo autoimpuesto de directo estará completo y mi entrada, ni brillante ni exuberante, pero existente, estará escrita.

    Queda todo así listo por hoy. Sin fuegos artificiales, pero mostrando también esta parte menos romántica del proceso, compuesta por una parte de agotamiento de final de semana y otra de absurda cabezonería, que, a falta de brillantez e inspiración, me permite tachar en mi lista de tareas por hacer de hoy la escritura de esta entrada.

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  • Boira, o cuando no cantan los pájaros

    Boira, o cuando no cantan los pájaros

    La niebla es tan densa que apenas permite ver más allá de un par de metros al frente. Aunque la pegajosa humedad del aire es igual de molesta que la falta de visibilidad y casi igual de agobiante que la sensación de tener el cielo prácticamente sobre la cabeza. Además, desde que hemos entrado en el banco de niebla —o él se ha abalanzado sobre nosotros—, los pájaros se han callado y el eco cavernario de nuestros pasos se ha convertido en el único sonido a nuestro alrededor, a pesar de estar en mitad del campo.

    Aunque tengo mis dudas de que a este secarral se le pueda llamar campo. Poco importa que digan que es zona de cultivo si lo único que parecen capaces de escupir esas tierras es forraje y paja, que se alinean equidistantes en enormes fajos redondeados a nuestro alrededor, esparcidos en las parcelas de cultivos rasurados que atravesamos, tan idénticas entre sí que ni siquiera parece que avanzamos.

    Quizá, si la niebla levantara y viéramos el horizonte, o el movimiento del sol, dejaría de tener la sensación de que el tiempo se ha detenido y la vida ha quedado suspendida. Aunque, tal vez, me bastaría el canto de un pájaro, un conejo —o hasta una rata— correteando entre los brotes de hierba seca recortada, una mariposa, una mosca o un mosquito siquiera.

    Pero aquí no hay nada. Nada. Solo nosotros, la maldita paja y la niebla. Si al menos los tallos cercenados no rasparan tanto a la altura del tobillo. O si no se colaran las fibras de hierba seca entre los hilos de los calcetines para causar más picor y escozor que si no los hubiera subido para proteger de la agresión la parte inferior de las piernas. Tal vez, entonces, pesaría menos la soledad del camino. Y tal vez todo eso daría igual si, al menos, no resonaran en la nada nuestros pasos, como si la niebla fuera sólida y capaz de generar eco.

    Sí, quizá con eso bastaría para exorcizar esta sensación de irrealidad, por más que no levantara la niebla ni el sol fuera capaz de atravesar la capa de nubes para combatir esta humedad, que se adhiere a la piel, al pelo y hasta al alma.

    Pero el deslumbrante brillo del sol al salir sin previo aviso del banco de niebla no hace sino aumentar la extrañeza al descubrir que el claro que nos acoge se ha formado en torno a una solitaria y tosca construcción circular de enormes piedras.

    No, el tiempo no se ha detenido durante el trayecto. O tal vez sí. Poco importa cuando, ahora que ha regresado el canto de los pájaros, giro sobre mí mismo y veo un encinar en torno a nosotros.

    Ya no hay niebla, ni campos de cereal cosechado, ni eco de pasos resonando en el silencio. Solo encinas, garriga, brillantes rayos de un sol demasiado alto para ser tan temprano y la imponente mole de grandes piedras que se alza, majestuosa, ante nosotros.

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  • El glamur de las hojas

    El glamur de las hojas

    Me gusta vivir en un mundo con magia, aunque la magia la ponga mi mirada.

    A veces, me quedo mirando el olmo que crece junto a mi ventana. Me encanta que mi vecino más inmediato sea un árbol. Suelo saludarlo por las mañanas y algunos días hasta hablo con él. Aunque eso, por raro que pueda parecer, no es extraño. Al fin y al cabo, hablo con las plantas de la terraza a diario, quizá por aquello de que dicen que es bueno para ellas, quizá porque siempre he pensado que las plantas tienen conciencia y entendimiento.

    Lo raro es que, a veces, cuando me quedo mirando la copa de mi vecino árbol, en el baile de las hojas con el viento, creo apreciar formas extrañas, sombras sin sentido, colores que no encajan. Son milésimas de segundo. Y la ayuda de una imaginación sobrestimulada. Pero algo hay ahí, algo percibo que no debería.

    El otro día, bajando hacia casa —porque sí, en esta isla, a la ciudad se sube o se baja, depende de dónde vayas y adónde vengas—, antes de llegar a la zona urbana, donde todavía los huertos de los payeses funcionan como tales y las possessions que quedan son aún fincas agrícolas y no resorts de lujo, por un instante, vi un centauro. Claro que, después de que un obstáculo me ocultara la visión, se convirtió en un hombre tirando de un caballo hacia la cuadra. Solo que cuando lo vi como centauro el hombre estaba mucho más arriba de lo que estaba cuando conducía con calma al caballo. Y no, no tuvo tiempo de bajar de la montura mientras algo se interpuso ante mi vista. Fue demasiado rápido. O, en todo caso, elijo pensar que es un glamur funcionando a las mil maravillas cuando unos ojos equivocados posan la mirada donde no deben.

    Porque supongo que el asunto es esa elección, que permite que una hoja se convierta en ser mágico y un caballo mal enfocado en centauro. Que es la misma que, cuando subo a Sóller a por es coll, en lugar de atajar por el túnel, ve la casa de una bruja, la vivienda de retiro de un vampiro que decidió quedarse a vivir aquí, pero hacerlo como en el siglo XIX, varios círculos de hadas y una fuente de maná.

    En eso, creo, consiste la magia, en elegir verla, aunque, por lo general, no la comparta. O no de esta manera. Es más fácil escribir un cuento sobre la bruja de la montaña o sobre el vampiro dandy de la vieja mansión modernista que decir, así, a cara descubierta, que cuando paseo por mi isla veo dragones en las montañas como don Quijote veía gigantes en los molinos.

    Pero los veo. Y prefiero que así sea. No porque crea que, de verdad de la buena, el árbol junto a mi ventana es el hogar de una familia de hadas. O de varias. Sino porque la realidad es a veces tan dura, tan terrible, que necesito sentarme a ver el movimiento de las hojas cuando sopla el viento y atisbar esas formas, colores y sombras que me permiten creer en la magia.

    No, querido lector —querido amigo—, no es escapismo, es pura supervivencia.

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  • Tristeza a destiempo

    Tristeza a destiempo

    El cielo es demasiado azul para estar triste. No pega. La tristeza, a mi parecer, es más cosa de estaciones frías, de cielos grises y días cortos. Pero el estado de ánimo no me ha dado a elegir y estoy triste ahora.

    He pasado el día dándole vueltas a la causa de esta tristeza a destiempo y no he conseguido nada, salvo confirmar su existencia. Tal vez, me digo, es una de esas tristezas sin una única causa, sino fruto de motivos variados y de tamaño e intensidad diversa, pero que, al acumularse, son capaces de causar estragos.

    Sí, una tristeza veraniega de este tipo tiene que tener, por narices, más de un único origen. Quizás se deba, me digo, a que es el segundo verano que empiezo la estación sin acudir a las verbenas que lo festejan. Por segunda vez consecutiva no ha habido conciertos en la plaza, ni vasos con pomada, ni hamburguesas del club de esplai municipal. Y sin su inicio tradicional, quién sabe, hasta puede que el propio verano no se haya dado cuenta de que ha empezado.

    Tampoco ha habido este año —y eso sí que se me hace raro— exámenes de junio. La falta de salud no solo priva de lo bueno, también de lo ritual, lo extraño y lo malo, sea donde sea que encajen los exámenes en esa categoría. Pero sin el acostumbrado trámite académico, cómo va a saber el verano que ha empezado.

    Y es seis de julio cuando escribo esto —seis ya— y tampoco ha habido playa todavía. Ni paella junto al mar. Ni botella de vino blanco, de ese que sube a la cabeza aunque entra demasiado bien para darse cuenta. Y no es que eche en falta la arena, que se mete por todas partes, pero sí el agua salada, y ese cansancio al final del día, que, no sé cómo, pero es pura medicina.

    Pero, claro, tampoco ha habido paseos en moto. Ni mucho menos bicicletas. Ni largos paseos al caer la tarde. Ni granizado de limón. Ni polos de menta. Si son tantas las cosas que faltan, es, de hecho, imposible que el verano sepa que hace ya más de dos semanas que ha empezado.

    De esta guisa, por más azul que sea el día y elevadas las temperaturas, no es de extrañar que la tristeza asome, como en cualquier estación. Si ni el propio verano se ha dado cuenta, cómo va a saber la tristeza que el verano ya ha empezado.

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  • Ni raíz ni brújula

    Ni raíz ni brújula

    De jovencita, todo lo que quería era salir del lugar donde vivía e ir a vivir a una gran ciudad. Madrid o Barcelona eran mi objetivo principal, claro, pero cualquier lugar lo suficientemente grande y en apariencia lleno de oportunidades me valía.

    Lo hice, claro, aunque la experiencia no fue larga. Solo lo necesario para comprender que, en realidad, lo que deseaba era irme de casa de mis padres y, sobre todo, del entorno en el que vivíamos, que me asfixiaba. Todo barrio pijo tiene la capacidad de dejar al más pintado sin aire, me dijo alguna vez alguien. No sé si será cierto. Pero aquel barrio pijo en concreto la tenía.

    Por alguna razón, que ahora ya no comprendo, la ciudad me parecía un paraíso. Pero no a pesar del ruido, las luces absurdas, el olor a hollín y basura, sino porque por algún retorcido motivo aquello representaba lo que yo buscaba: cosmopolitismo, cultura, transgresión, vanguardia.

    No sé cómo ni cuándo todo ha cambiado lo suficiente para que lo más transgresor y vanguardista que se me ocurre sea mandar a paseo cualquier anhelo cosmopolita, volver al origen y recuperar el significado primitivo de la palabra cultura. Quizá, si me mancho las manos de tierra y me lleno los pulmones de aire limpio el alma se calme y la mente se acalle.

    Todo lo que ahora deseo es volver a la raíz. Aunque no tengo ni la menor idea de qué es esa raíz que tanto busco ni dónde está.

    Tengo claro —porque es evidente— que el mundo que alguna vez conocí ya no existe. Y diría que lo he buscado en cientos de rincones, en mañanas límpidas y atardeceres rojos. Pero no ha hecho falta buscar nada, la realidad me ha encontrado solita y me ha escupido la verdad a la cara: la panadería de la esquina es ahora un café gourmet, la zapatería hace ya tiempo que se convirtió en cajero internacional y donde antes había ruedas de arenques salados ahora ofrecen smoothies de mil sabores y tostadas de aguacates.

    Cualquier ansia de cosmopolitismo de aquel yo joven e inocente desapareció el día que necesité saber inglés para que me entendieran en mi propia casa. Aunque quizá fue el día que entendí que la cultura era lo que, antes de ser fagocitado, se encontraba en cada esquina de cada pueblo y de cada barrio, y no solo en obras de autores de nombre impronunciable.

    Y siento el impulso de huir al campo de volver a la naturaleza. Pero no puedo. Porque cualquier metro cuadrado disponible de la isla maldita en la que vivo vale más de lo que puedo pagar, aun vendiendo lo que ya poseo. Aunque de todos modos, escapar a la naturaleza no sería escapar, solo volver a lo evidente, cuando me topara con mis nuevos vecinos, Hans y Frieda, o descubriera que la cafetería del pueblo es ahora un bar de ciclistas dirigido por la familia Schröder, que lleva veinte años en Mallorca pero no habla ni media palabra de español —mejor ni pensemos en el mallorquín—, ni tiene intención de hacerlo nunca.

    Así que no, no tengo ni la menor idea de qué raíz busco ni qué es lo que duele. Tal vez no sea el pasado perdido ni el territorio robado. Quizá, ni siquiera se trate de dolor, sino de simple vacío. Puede que lo que ocurra sea, sencillamente, que echo de menos la inocente inconsciencia de aquella versión joven de mí, convencida de que la ciudad era un lugar mágico en el que lo imposible sucedía. Puede que solo quiera volver a percibir oportunidades —a sentir esperanza— en lugar de basura, luces, ruido y humo.

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  • Mi Muso

    Mi Muso

    Lo confieso, tengo un Muso. Sí, un Muso, que no una musa travestida, y en el más literal sentido de la palabra. No me refiero a una persona que me inspira por los sentimientos que despierta en mí, ni a la inspiración esa que llega trabajando. No, me refiero a un Muso como divinidad inspiradora, como ser mitológico, ya sabéis, como las famosas nueve musas griegas, que, en realidad, no fueron nueve hasta una época muy moderna, y eso de que fueran solo musas y no también musos, está por discutir.

    De hecho, sin alejarnos demasiado de la tradición más conocida sobre el tema, se supone que las musas habitan en el monte Parnaso con Apolo o en el Helicón con Dionisio. Estos dos dioses están también, igualmente, relacionados con la inspiración, hasta el punto de que, en muchos sentidos, se les puede considerar como una suerte de musos, de quienes, además, dependen las propias musas. Sea como fuere, la idea de los musos masculinos no es en absoluto nueva, pero a falta de nombres de musos conocidos, y para no faltar ni a Apolo ni a Dionisio, no fuera que se me enfadasen, yo a mi muso prefiero llamarlo así, Muso, con mayúscula.

    El acto creativo tiene en sí mismo un punto de locura, requiere dejarse llevar y someterse a las fuerzas de la mente subconsciente, a las emociones desatadas, y cualquier tipo de control o atadura suele acabar abortando la creación. Al mismo tiempo, el creador, el artista, debe vivir en un mundo ajeno al ir y venir de su mente, y, en nuestro tiempo, muy sometido a la lógica, no es de lo más sencillo. Crear, al fin y al cabo, implica mantener una suerte de equilibrio entre el mundo interior y exterior del sujeto que crea. Del mismo modo, aceptar y reconocer a mi Muso implica jugar a los equilibrios en esa fina línea que separa la cordura de la locura, la realidad de lo imaginario, la razón de la emoción, el logos del mito…

    Como el propio acto creativo, aceptar y reconocer a mi Muso es, y permitidme la metáfora, como meterse en la misma cama con Apolo y Dionisio, procurando prestar a ambos las mismas atenciones pero teniendo en cuenta diferencias de gustos y preferencias de cada cual, así como las de una misma, para que todos nos divirtamos por igual y quedemos bien saciados. Sí, ya sé que eso puede sonar a maravillosa fantasía, pero creedme si os digo que los dioses son exigentes y a pares pueden resultar no solo agotadores, sino desquiciantes. Baste ver cómo acabó Nietzsche, pobre, después de experimentar similar ménage à trois.

    Tener un Muso no es en absoluto una tarea fácil, menos cuando, como el mío, gusta de jugar al escondite para aparecer en los peores momentos y no acudir cuando más se lo necesita. Con un Muso de por medio, hasta la más sencilla de las tareas se complica, porque el único modo de tenerlo -o de que él te tenga- es someterse a sus cambiantes caprichos y desquiciante sentido del humor. Mi Muso, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, tiene una clara tendencia hacia lo segundo, hasta el punto de convertirse en un ser de lo más desquiciante. Con él la famosa máxima de que la inspiración viene trabajando suena a chiste, especialmente, cuando te despierta con urgencia en plena madrugada con la mejor de las historias, a la que sabe perfectamente que no podrás resistirte. No, con él la inspiración no viene trabajando, porque basta que te sientes en la silla para ponerte manos a la obra, para que decida no aparecer y acabes el día con el trabajo más mediocre que has hecho en tu vida.

    A mi Muso le da por inspirarme en los peores momentos, como en plena reunión de trabajo, o durante una comida familiar, cuando sabe que de ningún modo podrás prestarle la atención requerida. También tiene gusto por esfumarse si no se hacen las cosas como a él le gustarían, dejándome en la estacada, medio perdida, medio vacía. Su presencia es constante, salvo cuando quieres que lo sea. Y trabaja bien en lo suyo, pero a su manera. Sí, mi Muso es irritante y a menudo insoportable, pero lo cierto es que, sin él, mi vida tendría mucho menos sentido, si es que le quedara alguno, y, además, sin lugar a dudas, sería mucho más aburrida.

    Tengo un Muso, y suena raro, en este tiempo de logos, en el que ya no se habla en alto de estas cosas. Además, lo tengo celoso, es Mi Muso, y no soportaría que lo fuera de ninguna otra u otro, porque, en cierto sentido, y volviendo a la dicotomía -que no es tal- de Apolo/Dionisio, podría decirse que yo soy su lado apolíneo y él mi lado dionisíaco, y que todo va bien cuando encontramos el equilibrio. Sea como sea, y ahora que al fin las piezas del puzzle cuadran, no me sonrojo al admitir que tengo un Muso y que no lo cambio por nada.

    _____________

    Esta entrada fue publicada originalmente en 2012 en Diario de una escritora y en 2013 pasó a formar parte del volumen recopilatorio Aúspice: Una escalera con peldaños hechos de palabras. Ahora el Muso también quiere estar en La Enésima.

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  • El efecto biblioteca

    El efecto biblioteca

    Estoy escribiendo con un cronómetro en marcha. No, no es que me haya vuelto loca. O quizás sí. Es que, al parecer, en los directos de escritura —muy en la línea de esos de estudia conmigo o trabaja conmigo— lo del cronómetro ayuda. Y, aunque es cierto que yo nunca he usado técnicas de estudio tipo pomodoro, también es verdad que cuando enseñaba historia, filosofía o cualquiera de esas asignaturas con más peso teórico y que requieren horas de codos y cierta memorización, solía recomendárselo a mis alumnos, especialmente a aquellos que más problemas tenían para mantener la concentración durante mucho tiempo.

    Ahora mismo mis directos de escritura consisten, básicamente, en escribir frente a la cámara con música de fondo. Y no voy a negar que si los he empezado es por esa necesidad, tan de nuestro tiempo, de estar, muy al estilo Loki, a todas horas en todas partes. Dicho de otro modo, que tienen que verte, que te tienes que mostrar, porque, de lo contrario, eres invisible para el sistema y, por algún motivo que escapa a mi razón, eso es lo mismo que no existir. —Y sí, ese tema da para su propia entrada. Pero mejor dejémoslo para otro día—.

    El caso es que, a base de hacer directos casi por imposición del sistema, mi inicial reticencia se ha transformado en gusto. Resulta que el hecho de haberme comprometido conmigo misma a hacerlos, pero, muy especialmente, con quien pueda estar interesado en seguirlos y acompañarme, se ha convertido en un aliciente para ponerme delante del ordenador cada mañana, cuando, bien lo sabe todo aspirante a escritor, siempre parece haber algo más urgente que reclama tu atención.

    Porque sí, siempre, siempre, hay imprevistos y la escritura, al fin y al cabo, siempre, siempre, parece postergable. Podemos prometernos que lo haremos en un rato. O, quizá, que nos pondremos por la noche, que es el mejor momento, con la casa en calma —y el cuerpo agotado y la mente saturada—. Y hasta, a veces, nos decimos que mejor escribimos mañana. Aunque, claro, ese rato, esa noche y ese mañana nunca llegan.

    Así que esos directos de escritura que tanta pereza me daban ahora son ritual y casi salvavidas. Digo más, son la excusa que necesitaba para poder contestar, sin sentirme culpable, con un rotundo «no puedo, tengo directo», cada vez que alguien —que siempre suelen ser los mismos— trata de invadir mi tiempo de escritura con cualquier cosa que, seamos sinceros, suele importarme un comino, pero a la que, por convención social, no me puedo negar.

    Y me encanta esta excusa. Suena profesional, que es a lo que siempre he necesitado que sonara mi escritura, pero lo que nunca he querido que sea. Y, además, esa parte de mí que suele necesitar hacer con y por los demás —que es la misma que me ha llevado a la enseñanza— siente que, de alguna manera, en estos directos, se crea un espacio seguro para quienes, como servidora, escriben pero no se sienten del todo seguros o validados para hacerlo —sí, sí, ese tema merece otra entrada aparte también… Las voy anotando—.

    En cualquier caso, el grupo protege. No en vano, somos seres gregarios y el grupo protege. No es lo mismo salir solo a la jungla a recolectar alimentos que hacerlo en grupo. Tampoco es igual escribir solo que en compañía. Aunque la compañía, en este caso, sea virtual. Quizás, deberíamos llamarlo el efecto biblioteca. Ya sabéis, es como cuando es época de exámenes y tienes una pereza monumental y un grupo de amigos convertidos en mala influencia que te proponen mil planes mientras tú tienes que dar el empujón final.

    En ese contexto, la biblioteca protege. No importa lo que estén estudiando los demás, ni qué exámenes tienen. Todos estáis en el mismo barco, aunque no os conozcáis y no compartáis absolutamente nada más, porque todos tenéis que estudiar en un momento en el que, seguro, segurísimo, preferiríais estar en otro lugar, haciendo cualquier otra cosa. En este contexto actual nuestro, con demasiados estímulos, demasiadas distracciones, estos espacios virtuales de actividad compartida protegen igualmente. Aunque sea en la distancia.

    Y por eso he puesto el cronómetro, porque poco o nada importa que a mí me sirva o no la técnica del pomodoro —en realidad, sin necesidad de cronómetros, cuando estoy escribiendo entro en una suerte de estado meditativo y de abstracción que bien podría caerme un meteorito al lado y no me enteraría—. La cuestión es que puede haber personas a las que sí les sirva y les ayude, de la misma manera que puede servir y ayudar escribir mientras otras personas, más allá de la pantalla, a cientos de kilómetros, están haciendo lo mismo.

    Todo esto me lleva a pensar que, quizá, por mucho que hasta ahora me negara a ello, no estaría de más que programara mis directos con una hora de inicio y fin, por aquello de darme orden a mí y a quien pueda interesarle acompañarme en el ratito de escritura.

    Igual que van surgiendo otras ideas de escritura compartida, que nada tienen que ver con la enseñanza —líbrenme los dioses de tratar de enseñar a nadie a escribir, que bastante tengo conmigo misma—, pero que no suenan del todo mal y que, de momento, voy anotando en una libreta para ver si, con el tiempo, siguen sonando igual de decentes.

    Al fin y al cabo, y esto sí o sí tengo que reconocerlo, prefiero millones de veces cualquiera de estos ejercicios de escritura compartida que la promoción pura y dura de léete mi libro, mira mi historia, compra mi obra.

    Tal vez —solo tal vez— el truco para mí siempre fue compartirme tal y como soy, en proceso incluso, sin tanta parafernalia de producto, marketing y todo lo que la acompaña.

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  • Nunca el mismo mar

    Nunca el mismo mar

    Normalmente decido sobre qué escribir mientras me tomo el café y miro los periódicos, cuando hago la cama y adecento el dormitorio o ya cuando me visto y me adecento a mí misma para empezar el día sobre todo ahora, que mis mañanas se han convertido en públicas con eso de la escritura en directo, que implica, además, no poder ir con cara de zombi hasta mediodía—.

    Pero las ideas no siempre vienen cuando quieren. Ni mucho menos como esperas.

    Hoy, sin ir más lejos, mientras hacía la cama, he escrito en mi mente las primeras líneas de una entrada, que, al final, parece que se quedará en nada. O que mutará lo suficiente para transformarse en esta.

    Esa entrada trataba sobre el cambio. O, mejor dicho, sobre las épocas de cambio. Y, concretamente, sobre la que estaba convencida de estar atravesando.

    Mi entrada mental —o hipotética. Esto es nuevo, así que no sé muy bien qué término corresponde— giraba en torno a la idea de que hay épocas de cambio y hasta había situado en el calendario la mía, con un inicio muy concreto y, ojo, hasta un final previsto. Pues, por lo visto, esa versión mía que escribe mentalmente mientras hace la cama además es, como poco, pitonisa.

    Aunque, claro, eso de pensar que hay épocas de cambio implica que debe haber otras de, digamos, estabilidad. O, al menos, de tranquilidad. Y ahí es donde todo el edificio teórico que había armado entre ahuecar almohadas y aventar sábanas se ha derrumbado por completo.

    No diré, porque sería salvaje, que no tengo épocas de estabilidad o tranquilidad relativa. Haylas, como las meigas, pero a veces no soy siquiera capaz de identificarlas hasta que han pasado y las he dejado atrás. Muy atrás. Y las añoro, como el niño que en febrero echa de menos el ritmo, la luz y el ajetreo de las tan lejanas vacaciones de verano.

    Pero lo cierto es que, si me detengo a observar, ni esas supuestas épocas de calma son tan plácidas como aparentan. Ni el verano era tan genial como se lo pinta al crío su memoria, ni febrero es tan terrible como lo sentimos en plena ola de frío. Sin quitar que cada estación, claro, tenga su peculiaridad, su punto, su gracia.

    O, dicho en otras palabras, hasta en el mar más calmado hay corrientes, mareas y hasta marejadas.

    Por eso no me sirve de nada coger el calendario, fijar el inicio de esta época de remolinos y vorágines y aventurar, con los dedos cruzados, un supuesto final. Porque sí, puede ser que el oleaje se calme y se intensifique, según la época, pero la mar siempre, siempre, se mueve. Está viva. Cambia. Y, precisamente por eso, nunca es la misma, aunque lo parezca.

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  • Objeto, sujeto, zombi

    Objeto, sujeto, zombi

    A veces, la versión de mí que sobrevivía en lugar de vivir regresa como un muerto viviente en una mala película de zombies. Regresa y toma el control, como si no hubiera conseguido ya lo que me propuse cuando cambié experiencia por supervivencia. O, peor, como si no hubiera entendido la lección más importante de todo aquello. La única que realmente valió la pena.

    Pero sí que lo entendí. Perfectamente. Es solo que tengo mala memoria y soy de olvido fácil. Sobre todo, en los días que tengo el ánimo bajo, como hoy. Y estaba a punto de escribir que, además, todo es culpa de la sociedad, que nos bombardea con ideas más o menos absurdas y nos genera falsas necesidades, ajenas a cualquier deseo o ambición personal. Pero la excusa es demasiado fácil. Demasiado simple.

    La culpa —ese concepto tan católico—, si la hay, es toda nuestra. Toda mía, en este caso. Y no es por darme importancia, sino por reconocer una verdad que no por ser omitida dolerá menos: es más fácil y cómodo dejarse llevar que pensar por uno mismo. Más simple que tener ideas propias. Mucho más sencillo que luchar por ellas, nadar contra corriente, pero no como un salmón cualquiera, siguiendo instintos e impulsos físicos ni siquiera comprendidos. Para nada. Sino como el superhombre nietzscheano —supermujer, si se me permite— que se sobrepone y supera a cualquier corriente de su tiempo y pensamiento imperante para construir las propias.

    Muy decimonónico todo —o de principios del veinte…—, pero qué queréis, soy una romántica. Nada me gusta más que una tormenta, un espíritu atormentado, un buen mito o una leyenda. Quizás un filósofo misógino. O un poeta sifilítico, pero inspirado. Tal vez, cuando era joven, también la absenta.

    Y es que, si me paro a pensarlo, soy una maldita encarnación, un siglo tardía, eso sí, de una heroína romántica. Quizás tuve que nacer cien años tarde porque, por aquel entonces, como mujer, era difícil ser nada más que objeto y servidora gusta de defender su función como sujeto, aunque la función que me toque ejecutar sea la de verbos tristes como enfermar, sufrir o perder. Ahora, que si lo pienso bien, es eso lo que me convierte en romántica, en realidad.

    Vaya tela, encajar tan bien en un movimiento y vivir con un siglo de retraso. Aunque, si me detengo a observarlo, también es eso muy, muy romántico. Es como el mito del fantasma pero elevado a la enésima potencia. No es que sea un espíritu del ayer que ha permanecido, por apego o por lo que sea, vinculado a un plano que no es el suyo. Es peor todavía. Es un alma de una época que ya no existe condenada a vivir en una época que no le corresponde, sin castillos ni dandis decadentes, sin la inocencia previa a las grandes guerras, ni la fe en el progreso, ni la nostalgia, siquiera, de un pasado dorado.

    Quizás, visto desde ese ángulo, no sea tan romántica como me creo, sino neorromántica —aunque estoy segura, sin necesidad de buscarlo, de que, como todo en nuestro tiempo, ya se habrá banalizado este término para referirse a cualquier cosa concretísima, como, yo qué sé, un tipo de ropa o un estilo de música—.

    En mi mundo, a partir de hoy, neorromántico es sufrir una enfermedad crónica, a poder ser autoinmune, pero no necesariamente, en lugar de sífilis y tuberculosis, tan propias ellas del romanticismo original.

    También lo es creer que los mundos imaginarios tal vez no lo son tanto, que un buen mito o leyenda puede explicar tanto o más que la mejor de las teorías científicas y, al mismo tiempo, que la ciencia, tarde o temprano, explicará muchas de las cosas que ahora niega.

    Una neorromántica no tiene problema en creer tanto en fantasmas como en la conciencia de las máquinas. Y, quizás, ya no beba absenta, pero, oigan, que el matcha es antioxidante, con toda una tradición que lo sostiene y mitología propia, y, en fin, también es verde.

    Y, puestos a ello, con tal de exorcizar días malos, como este, una neorromántica se viste acorde al estilo que representa, que un vestido largo hasta los pies y vaporoso es tan propio de Ibiza en verano como del siglo XIX —vale, quizás, el mío para viajar en el tiempo es un poco demasiado escotado, pero por algo hemos añadido el prefijo neo al término que nos define—.

    Dicho sea de paso, una buena neorromántica gusta de escribir y es una experta diarista. Quizás por aquello de la obsesión por el yo de los románticos, que ha perdurado hasta nuestros días a través de las décadas.

    Pero, de todo, lo mejor de ser una neorromántica es que tener días tontos, días malos —días de mierda— forma parte, por completo, de su propia esencia. Seamos realistas, no hay romántico o romántica que valga, con o sin prefijo rejuvenecedor, que no esté atormentado por el mero hecho de su existencia, a la par que maravillado por la misma.

    Y eso, queridos, desmitifica al zombi del pasado que, sin éxito, se empeña en tomar el mando. Hasta cuando es un muerto viviente el que gobierna mi mente, mi esencia sigue siendo la misma, porque, decidme, qué hay más romántico que luchar con tu propia psique por el control del barco.

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  • Manual imprefecto nº 7: de la corrección o el juego de la oca

    Manual imprefecto nº 7: de la corrección o el juego de la oca

    El susto de salud de hace un mes ha tenido dos efectos positivos. En orden inverso, pero, también de más a menos bueno, son estos: se han abierto las compuertas de la escritura y se ha desvanecido cualquier resto de bloqueo escritor que pudiera quedar y he retomado Atiskaya, aquel universo al que pertenece la novela que abandoné hace trece años. Aunque estoy segura que lo del desbloqueo es consecuencia directa de la decisión de retomar aquella novela olvidada. Bueno, de eso, y de haber vuelto al blog. El blog siempre me desbloquea. El blog es magia. Y es hogar.

    Sea como sea, estas semanas he estado enfocada, además de en recuperarme y retomar el hábito de escritura en el blog, en trabajar en aquella novela, a la que a partir de ahora podemos llamar aquí, entre nosotros, la novela abandonada.

    De relectura a corrección

    Pero lo que empezó como una simple relectura para volver a meterme en la historia, acabó por convertirse en una revisión, primero, y en una corrección, después.

    Aunque admito que el proceso fue muy civilizado y nada violento. Más bien al contrario, fue como aquello de la rana en una olla de agua puesta al fuego que se calienta progresivamente. Pues así.

    Es lógico, cuando relees, ver una errata aquí, un error allá y corregirlos. Pero, claro, solo estaba volviendo a hacerme con el mundo y con la historia. No prestaba atención a cosas complejas, como la extensión de las frases. Hasta que dos cositas me empezaron a chirriar como una puerta con los goznes oxidados. Y, claro, decidí ponerle aceite.

    El problemilla, porque sí, a estas alturas de la jugada ya podemos empezar a hablar en términos de problema, es que para hacer esa pequeña reparación tuve que volver a empezar la relectura del manuscrito, ahora con ánimo de revisora, aunque centrada solo en esos dos detallitos de nada.

    Ocurrió que, cuando estaba a punto de llegar al mismo punto en el que antes había decidido volver atrás para, siguiendo con la metáfora, aceitar las bisagras, estaba ya desesperada por otro patrón detectado que, en este caso, sonaba cual muelle viejo de sofá. ¿De qué demonios me servía solucionar el asunto de la puerta si cada vez que me dejaba caer en la butaca un nuevo, molesto e insistente ruido me sacaba de quicio?

    Y volví atrás. Y aceité los muelles, además de las bisagras. Y llegué al mismo lugar. Y fue ahora una baldosa que se movía y sonaba al pisar la que de nuevo me hizo regresar a la primera casilla.

    Mi arrebato corrector había conseguido que mi manuscrito se transformara en el tablero del maldito juego de la oca y yo no hacía más que volver una y otra vez a la casilla de salida. ¿Qué demonios me estaba pasando?

    Mientras tanto, la escritura no se detenía

    Por suerte, al mismo tiempo que tenía lugar el drama corrector mi inspiración estaba desbordada y las historias salían de mis dedos hasta sin mi permiso. De lo contrario, seguro, segurísimo, habría acabado por pensar que otra vez estaba bloqueada.

    Pero no. Escribir, escribía más que nunca en los últimos años. Tanto que, a veces, hasta escribía en el móvil. Y sí, ya sé que eso es algo más que común entre la generación z y posterior. Pero servidora ya tiene una edad y os aseguro que ocupo una letra del abecedario anterior. No mucho, en realidad, pero sí suficiente para que el teléfono sea el último de los instrumentos a mi alcance para poner en negro sobre blanco mis pensamientos. Y aún así, ahí estaba yo, con los pulgares desbocados a cualquier hora y en cualquier lugar, cuando no estaba escribiendo en el ordenador, la máquina de escribir, el cuaderno, o lo que fuera.

    El bloqueo, si lo era, se limitaba a la lectura, reconvertida en revisión, primero, y en corrección, después.

    Tres cerebros, una sola tarea y trece años de polvo

    Y ahí estaba el asunto. En la reconversión. Para empezar, si me había propuesto leer para reconectar, en eso tendría que haberme centrado. Ni en falta una coma aquí ni una tilde allá. Mucho menos, por supuesto, en escalar la revisión a corrección. Los tres, me temo, son estados diferentes y, como tales, requieren ánimos distintos.

    Pero eso solo explicaba el bucle en parte. ¿Qué pasaba con los goznes chirriantes? ¿Y el muelle machacón? ¿Y la baldosa suelta?

    Simple. Igual que una casa y sus muebles sufren el paso del tiempo, el estilo de un autor —qué narices, de una persona—, también nota el transcurrir de los años. Y estamos hablando de trece años de diferencia entre la persona que escribió aquel texto y la que ahora, con la mirada actual, lo revisaba y corregía.

    Claro que hay puertas que chirrían, muebles que crujen, baldosas que suenan. ¡La casa tiene trece años! ¡Trece años deshabitada! Hay polvo también. Y telarañas. Y a saber qué más escondido en los rincones oscuros, en los conductos, en las cañerías.

    El tiempo es tiempo. Y pasa para todos y para todo. También para las historias.

    Lo que he aprendido

    Pero, por suerte, estas experiencias no dejan solo frustración, sino también alguna que otra lección. Esa es la gracia de todo este asunto de escribir, más allá del puro goce, por supuesto, el aprendizaje.

    Y allá va lo que he aprendido en este mes de lectura mal reconvertida en revisión, corrección y tablero del juego de la oca.

    1. El cerebro que escribe no es el mismo que lee. Mucho menos es el mismo que corrige o revisa. Cada una de estas actividades requiere un estado y un ánimo concretos y mezclarlos no conduce a nada bueno.
    2. La lectura para reconectar con una historia debe ser libre de juicios y correcciones. Puede parecer que leer con ánimo de corregir u opinar sobre lo que escribimos nos puede ahorrar tiempo, pero es falso, porque activa otras partes de la mente —otras habilidades— que entorpecen el proceso por el que se ha iniciado la actividad.
    3. La lectura para detectar errores ortotipográficos, gramaticales, sintácticos y lingüísticos en general debe centrarse en eso, nada más. Si ves algo que afecte a la trama, a los personajes o lo que sea, lo anotas y sigues con la tarea principal. De nuevo, funciones distintas, ánimos distintos. Pasa como con las bebidas alcohólicas, por nuestro bien, mejor no mezclar.
    4. Igualmente, la lectura para detectar asuntos referidos a la historia no debe desviarse hacia cuestiones mecánicas. Se anota lo que se detecte y se deja para cuando toque. Sin más. Sin sentimiento de culpa.
    5. Respecto a los elementos de la historia es conveniente centrarse en uno por lectura/revisión. Si estamos centrados en la trama, vamos a por la trama. Si vemos cualquier dato referido al mundo, a los personajes o lo que sea, se anota, y se deja para cuando toque. Listos. No hay drama.
    6. El estilo cambia con el tiempo. Hay que tenerlo en cuenta antes de iniciar cualquier revisión y, sobre todo, haber decidido previamente si vamos a respetar el estilo de aquella antigua versión de nosotros o si vamos a actualizarla. Ambas opciones son lícitas y no creo que haya una mejor que otra.
    7. Por último y más importante, para tratar de impedir que el proceso, sea de lectura, revisión o corrección, convierta nuestro manuscrito en un tablero del juego de la oca imposible de finalizar, hay que tener muy claro el objetivo de cada vuelta sobre el texto y, más que nada, llegar hasta el final en cada una de ellas. El exorcismo definitivo es acabar cada vuelta que le demos al texto, sin importar que tengamos que añadir una vuelta extra a nuestro proceso.

    ¿Y a ti, qué gozne te chirría?

    Y tú, que también escribes o que llevas tiempo queriendo hacerlo: ¿cuántas veces has vuelto a la casilla de salida creyendo que ya habías avanzado? Cuéntame, si te apetece, cuál es tu gozne oxidado, tu muelle machacón o tu baldosa suelta — ese detalle que te hace volver atrás una y otra vez. Yo, mientras tanto, sigo dando vueltas al tablero. Con una ventaja, eso sí: ahora sé que cada vuelta cuenta, aunque no lo parezca.

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  • Esponja maldita

    Esponja maldita

    Empiezo a pensar que el bloqueo nunca fue el problema.

    Quién sabe, hasta puede que no hubiera bloqueo, sino otra cosa —más profunda, peor, mucho más difícil de nombrar—.

    Y hasta es posible que lo que fuera, no fuera mío siquiera.

    Pero soy una esponja. Una esponja maldita que absorbe todo lo que la rodea. Todo, sea lo que sea, hasta que estoy saturada y no cabe en mí ya nada más. Ni siquiera lo mío. Ni siquiera yo.

    Quizá tendría que aprender cómo funciona el mecanismo, no para dominarlo, ni controlarlo siquiera, sino para, al menos, reconocerlo cuando ocurre y poder decir con certeza, sea lo que sea, esto que me sucede ahora no es mío ni me pertenece.

    Tal vez, también, si consigo comprenderlo del todo, pueda apartarme cuando lo que me rodea —y que por lo tanto estoy absorbiendo— me dañe, me empobrezca, me encierre en una celda oscura, sin aire ni salidas.

    Aunque, claro, lo ideal, seguramente, sería dejar de absorber. Dejar de observar siquiera. Pasar por el mundo como un ente etéreo al que nada afecta ni en nada influye.

    Pero me temo que el mismo mecanismo que me ha mantenido amordazada es el que alimenta la escritura. Si cierro las compuertas, el alma también se calla.

    Puede que se trate tan solo de comprender qué es lo que pasa. Asumir que soy sensible —demasiado, por lo visto— y que no pasa nada. Y normalizar que el dolor —la maldita vida— se transforma en letras cuando me atraviesa con su afilada espada.

    Sí, tal vez no ha sido cosa de ser una esponja. Lo soy y punto. Tal vez la causa, si es que hay solo una, ha sido querer controlar el proceso, comprenderlo y, sobre todo, pretender abrirme en canal sin derramar sangre alguna.

    Pero la escritura —la mía, al menos— no es limpia ni pulcra. Es visceral. Hasta intestina.

    Sí, cada día estoy más convencida. No hubo bloqueo. Solo miedo al dolor que provoca la vida cuando, sin protección alguna, te sumerges en ella.

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  • Grins

    Grins

    Imagina que el món és,
    per un pic,
    un lloc gentil.
    Un lloc amable.
    Un món sense absurdes presses,
    ni s'eixordador renou —ni s'olor de carbonissa—
    des maleïts cotxos.
    Un lloc on, es vespre, veure ses estrelles
    i també la Via Làctia
    si és que aguantes despert
    just fins abans que rompi l'auba.
    Un on el bosc fos bosc,
    el prat, prat
    i la mar, mar
    i no abocador.
    Hi ha vespres que despert allà
    i escolt cantar es grins
    de sa meva memori,
    tan plena de estius de cels estrellats,
    nets dematins de silenci, amb olor de cafè
    i taiades de sindri,
    i de capbussades a un mar,
    que era només mar encara.
    ______________

    Versió mòbil sense problemes de línies i talls.

    Versión en castellano.

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  • Grillos

    Grillos

    Imagina que el mundo es,
    por una vez,
    un lugar apacible.
    Un sitio amable.
    Un mundo sin absurdas prisas,
    ni el ensordecedor ruido —ni el olor a carbonilla—
    de los malditos coches.
    Un lugar donde, de noche, se ven las estrellas
    y hasta la vía láctea,
    si es que aguantas despierto hasta justo antes del alba.
    Uno donde el bosque fuera bosque
    y el prado, prado
    y el mar, mar
    y no vertedero.
    Algunas noches despierto allí
    y oigo cantar los grillos,
    que habitan en mi memoria,
    tan llena de veranos de cielos estrellados,
    limpias mañanas silenciosas, con olor a café
    y a rodajas de sandía,
    y de baños en un mar,
    que era solo mar todavía.

    ___________________

    Versión para móviles sin problemas de salto de línea.

    Versión en mallorquín.

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  • Punto ciego

    Punto ciego

    A veces se me olvida lo bueno que tengo. Lo bueno que me pasa. Lo bueno que hay en mí.

    No sé si es porque vivo —vivimos— en una sociedad enferma de prisa, de brillo, de crítica y comparación o si es un problema mío —no lo descarto—.

    He llegado a estar convencida de estar en pleno bloqueo escritor mientras estaba escribiendo Aúspice. Lo mismo me ocurrió con Atiskaya. Y ahora, más recientemente, con este mismo blog, que llegué a considerar un ladrón de tiempo y energía.

    Pero no es algo que me haya sucedido solo con la escritura, para nada. Me ha pasado con el trabajo, con la casa, con los estudios…

    Es como si, sencillamente, hubiera un punto ciego que me impidiera ver lo bueno y una maldita lupa que sobredimensionara lo malo.

    Por lo general, soy lo suficientemente rápida para detectar el sesgo e ignorarlo y, en ocasiones, hasta contrarrestarlo. Pero a veces, sea por circunstancias externas o por mi estado anímico, paso por alto el engaño y caigo de lleno en la oscuridad que esa distorsión encierra.

    Y salir de allí es difícil.

    Mucho.

    Por eso mi mayor empeño es no caer de nuevo, mantenerme donde estoy, en el lado luminoso, donde todavía es posible ignorar la oscuridad que tienta con brillo y amordaza con miedo.

    Ojalá esta vez tenga fuerza suficiente.

    Ojalá, si las luces, por un golpe de viento, se apagan, en esta ocasión sea también capaz de volver a encenderlas.

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La Enésima

Aquí cultivo letras, a veces nacen historias

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