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  • Otra vez la noche, ahora en verso

    Otra vez la noche, ahora en verso

    Eran las cinco de la madrugada cuando, cual pájaro carpintero insomne, o, peor, como diletante llamando a destiempo a la puerta de casa, las palabras han comenzado a martillear mi cerebro con pertinaz insistencia.

    El calor, por supuesto, no ha ayudado a que me quedara en la cama, esperando a que el sueño volviera y escamparan los versos. Porque sí, de madrugada, por lo visto, ahora escribo poesía.

    O, tal vez, la escribimos ambos.

    Y, de todo, Muso, es ese último pensamiento el que me aterra.

    Aunque es posible que el miedo se deba a que, en realidad, todo esto me ilusiona.

    Ni siquiera yo era consciente de cuánto echaba de menos esa voz de madrugada. O, tal vez, no era la voz, sino presencia. Tan absurda. Tan imposible. Tan de tener que levantarse a escribir por cansado que esté el cuerpo, porque, de golpe, se encuentra despierta el alma.

    No recuerdo cuándo fue la última vez que las letras me asaltaron de noche y tuve el valor de hacerles caso.

    Porque al final, de eso trata todo esto. De valentía. Nada más.

    Ni nada menos.

    De tener el coraje de mirar cara a cara a la inspiración que se te pone delante, a plena luz del día, o de madrugada.

    De aceptar la visión del pecho abierto de par en par, sangrando en carne viva, que te reta a que, sangre a sangre, le devuelvas el gesto con el alma, no con la mirada.

    Quizá, por eso, esta noche las palabras han formado versos y no prosa. Porque hay imágenes que no caben en el relato. O porque el alma, desde siempre, ha vivido en la poesía.

    Ahora, que ya es de día y tomo mi segundo café mientras escribo, miro atrás y la noche parece adoptar la cualidad del sueño.

    Sí, recuerdo que eso antes, cuando escribíamos juntos, Muso, también sucedía.

    Me hubiera encantado que esta de hoy —de la mañana después— fuera una entrada normal, como cualquier otro post de diario. Pero cómo iba a serlo si nada está teniendo de normal esta mañana, en la que, aunque agotada, me he levantado cantando y bailando.

    Es curioso cuánto se parecen la escritura y el buen sexo.

    Sobre todo cuando ocurre de noche, con el único testimonio de las estrellas y en forma de poesía.

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  • Vuelvo a escribir

    Vuelvo a escribir

    He vuelto a escribir.

    Sí, ya sé, desde aquí parece que no he dejado de hacerlo nunca.

    Pero no es cierto.

    O no del todo.

    Porque, si bien siempre, siempre, he escrito, incluso en los momentos más inverosímiles, también es verdad que durante una larga temporada, por más que escribiera, era incapaz de publicar.

    Y cuando digo incapaz de publicar me refiero a cualquier tipo de publicación y formato.

    Obviamente, para alguien que quiere dar a conocer sus mundos y personajes eso es un problema.

    Pero ni siquiera ese ha sido el problema más grave que he enfrentado con la escritura.

    Para nada.

    Ni siquiera los problemillas físicos de 2015, cuando perdí la visión del campo visual izquierdo, que, por suerte, he ido recuperando casi en su totalidad, y de 2016, cuando perdí la movilidad de los dedos de la mano derecha, que también pude recuperar con mucha, mucha rehabilitación, han sido los peores que he enfrentado.

    En realidad, la dificultad más importante que he enfrentado —que en muchos sentidos todavía estoy enfrentando— tiene que ver con la escritura de ficción. Y, más concretamente, con las obras largas.

    Si hay que acotar el asunto, diré que allá por 2014 se me atragantó una historia. Bueno, quizás, lo que se me atragantó fue el mundo y la historia sencillamente estaba por allí y fue una víctima colateral de todo lo que me sucedía.

    Pero esa historia, que era una novela larga, ambiciosa, y arriesgada, se atascó. Y yo me atasqué con ella. Y ahí empezó lo que he venido a llamar como mi década oscura, pero que podemos llamar bloqueo de escritor.

    Claro que, como se puede intuir por lo que he contado antes de mis problemitas de salud, las circunstancias, en aquellos momentos, no eran las más fáciles ni favorables, ni para la escritura de una novela larga, ni para nada.

    No fue hasta 2018, más o menos, cuando comencé a salir de aquel embudo. Pero os he mencionado una década de oscuridad, así que, como es fácil suponer, nada terminó entonces. ¡Qué va! Cuando empezaba a ver lo que creía que era la luz al final del túnel mi salud empeoró y tuvieron que operarme del corazón. Era noviembre de 2019.

    Después vino la pandemia, junto con, para mí, un cambio de vida, de profesión y de isla. Era 2024 cuando, al fin me sentí lista para volver a la ficción, pero no de cualquier manera, claro. Lo hice a través de un máster de escritura creativa.

    Pero por más título oficial y matrícula de honor que hubiera obtenido, yo seguía teniendo una historia pendiente, una novela atascada.

    Mi novela atascada.

    Después vino otro cambio de isla, un duelo, más problemas de salud. Y todo seguía igual. Mejor, porque podía volver a publicar con normalidad, e, incluso a escribir ficción, sobre todo, breve.

    Y no fue hasta hace 18 días, cuando entré en un quirófano de urgencias y sin saber si volvería a salir, que comprendí que aquella novela —mi novela atascada— no podía seguir escondida en un cajón.

    Le hice prometer a mi marido que si no salía de aquella él se hiciera cargo de publicarla. Al fin y al cabo, la historia está acabada. Se puede mejorar, porque por algo está atascada, pero es publicable.

    Pero también me comprometí conmigo misma a terminar aquella historia, mejorar lo necesario, completar lo incompleto y hacer de ella lo que, en el fondo, durante todos aquellos años había sabido que era: mi obra más sincera, más auténtica y más mía.

    Por suerte, salí de aquel trance. Y, desde entonces, no he dejado de escribir.

    Solo que esta vez no solo he escrito para mí. Ni siquiera he escrito únicamente en el blog. Ni ficción breve…

    Desde que salí del hospital no he dejado de escribir mi novela.

    La que se atascó.

    La que cada día que pasa es todavía más y más auténtica. Más mía.

    Así que sí. He vuelto a escribir.

    Al fin, estoy escribiendo.

    Y, quizás, por eso el blog se resienta.

    Porque está aquí, es mi criatura, mi refugio, mi lugar seguro.

    Pero ya no puede ser más la excusa para no escribir la historia que de verdad de la buena importa. Esa que es tan mía que casi acaba conmigo.

    Veremos cómo lo compagino.

    En cualquier caso, hoy, de momento, aquí sigo.

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  • Un monstruo reconstruido

    Un monstruo reconstruido

    WordPress, igual que muchas otras aplicaciones, tiene una herramienta que te invita a revisitar lo que hiciste tal fecha como hoy, pero de otro año. Y hoy le ha dado a la plataforma por mostrarme lo que escribí hace trescientos sesenta y cinco días.

    Menudo vértigo.

    Es increíble lo que puede cambiar una vida en un año.

    Bueno, en realidad, es increíble lo que puede cambiar cualquier cosa en un solo instante. Pero ese quiebre de la realidad, más rápido y fulminante, lo procesamos de otro modo. Los cambios radicales pero progresivos impactan más, precisamente, por su propia progresividad.

    Me pregunto qué diría la Carmen que hace un año fantaseaba con las vacaciones de verano si me viera ahora. ¡Menudo impacto! Pasar de una vida prácticamente perfecta a este monstruo reconstruido con retales y con pésima salud que soy ahora. O que es mi vida.

    Aunque amo mi vida monstruosa, no me malinterpretéis. He estado demasiado cerca de San Pedro recientemente como para no valorar lo que tengo.

    A lo que me refiero es que en apenas un año todo se ha ido al garete y yo todavía estoy temblando, asumiendo y asimilando, comprobando si soy capaz de, al menos, tenerme en pie, y, con suerte, dentro de poco, volver a moverme despacio y, quizás, empezar de nuevo a caminar.

    Pero será otro camino. Ya lo es, aunque todavía no sienta que lo estoy recorriendo. Uno que no es del todo nuevo, pero tampoco antiguo. Uno que se ha formado con los pedazos que han quedado del mundo —la vida— que fue.

    Y está bien, supongo. Aunque esté hecho de cascotes unidos entre sí con cañas y barro. Está bien porque es mío. Y está bien porque estoy dispuesta a cuidar mi desastre de camino y recorrerlo con la misma o más ilusión que si estuviera hecho de oro y piedras preciosas.

    En fin, que ha pasado un año. Y sé que durante todo este mes cada día tendré esta sensación. Cada día la ausencia será más sonora y la vida más áspera…

    Un año, ya.

    Aunque a estas alturas todavía ni intuía el terremoto.

    Un año que me está sirviendo para comprender que, en realidad, del duelo no se sale. Ni se supera —¡menuda gilipollez! Superarlo…— El duelo, o mejor dicho, lo que lo provoca, se incorpora a la personalidad de uno. Suma y resta. Divide y multiplica. Borra, dibuja, difumina. Transforma para siempre el original para convertirlo en otra cosa.

    Y a esa entidad resultante, tan distinta por dentro, pero reconocible en apariencia, capaz de funcionar o, incluso, de volver a vivir, se la cataloga de superviviente. O, peor, de sana. Porque, dicen, has sanado el duelo. Has salido de él. Lo has superado…

    Qué estupidez.

    Yo no he salido de nada.

    Todo —absolutamente todo— lo llevo conmigo.

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  • Shadow ban y otras iluminaciones

    Shadow ban y otras iluminaciones

    El vídeo de ayer de Tik Tok no ha dado buenas métricas. No sé el motivo, puede ser desde un shadow ban porque he dicho alguna palabra que penaliza hasta alguna denuncia de alguien por cualquier motivo. La cuestión es que no ha ido como los anteriores.

    El otro día, el problema no fue Tik Tok, sino Instagram. Antes ocurrió con Facebook. Y, a veces, pasa con el blog.

    Es frustrante que los números no salgan porque, por absurdo que parezca, las métricas ayudan a mantener la motivación. Y cuando caen, sea por motivos desconocidos o por cualquier razón justificada dentro de la lógica de las redes sociales, la motivación puede tambalearse. Al menos, la externa. Pues, por lo visto, hay una motivación que se alimenta del exterior, de los resultados, de la retroalimentación, y otra, más rara, que surge de dentro.

    No siempre ha sido tan sencillo esto que ahora estoy observando y contando con la frialdad de quien ha vuelto del otro lado con un tajo en el pecho y otros seis en la tripa, más que convencida que poco importa el ruido externo porque mi misión, vía contrato del alma, es escribir y publicar y dar a conocer mis historias. No importan las dificultades, en especial si estas son de número de vistas o de likes. Lo único que importa es cumplir con lo que me he comprometido.

    Cuando empecé en esto, allá por 2012, cuando los blogs, Twitter, Facebook y Youtube eran el cambio de juego, no solo me afectaban las métricas —y mucho—, sino que no acababa de entender por qué demonios los escritores, así como cualquier otro artista, teníamos que estar promocionando y vendiendo nuestro trabajo, como si fuéramos comerciales tratando de colocar la última súper aspiradora o el nuevo carísimo robot de cocina que te salvará la vida.

    No lo entendía, me violentaba y me dolía. Y eso que yo tuve suerte, al menos en lo que a la aventura promocional se refiere: Los libros se vendían muy bien, en digital y en físico, las críticas —en su mayoría— eran buenas y estaba construyendo una comunidad a mi alrededor que me apoyaba. El problema, entonces, no vino de la promoción, por más que a mí ese tema me crispara. Vino de las consecuencias de la crisis económica, de la incomprensión de los allegados y de la salud. Un cóctel que podría haber sido mortal, pero que solo resultó en bloqueo, desaparición y reconstrucción.

    A pesar de todo, ahora, que estoy reviviendo todo aquello, aunque lo haga desde otro ángulo, sí comprendo que la promoción digital, con todo lo que esas dos palabras juntas conllevan, sea un motivo sobrado en sí mismo para bloquear al más pintado. Y no hablo solo de las métricas, ni siquiera de las reacciones, la retroalimentación o los dichosos trolls, siempre dispuestos a salir de debajo del puente solo para fastidiar.

    Lo que hastía y drena de la promoción digital es la obligación. Cuando alguien lo que quiere es escribir, o crear, lo que sea, en digital, cualquier momento del día y cualquier mínima cantidad de energía que tengas que dedicar a lo que sea, que no sea crear, se convierte en un incordio. Si son varios momentos, varias veces, cada uno con sus normas y fórmulas, quemarse está asegurado.

    Por suerte, y porque no hay mal que por bien no venga, mi descenso de más de diez años a los infiernos del bloqueo creativo, así como esa reciente lucidez que acompaña al peligro de muerte de mi último susto que me hizo comprender que no quiero irme de este mundo sin que mis historias vean la luz, me han facilitado una clave para enfrentar cualquier batalla contra el hastío, el algoritmo y el shadow ban.

    Y el secreto de todo es tan simple, tanto, que me da vergüenza no haberlo comprendido antes. Porque aquí la cuestión de fondo, al menos, en mi caso, es que en el centro de todo siempre estaba yo: mi tiempo de escritura, mi historia, mis personajes, mi enorme ego absurdo cuál enorme árbol que no me dejaba ver el bosque…

    Pero lo que tiene que estar en el centro no soy. Yo no importo. Yo, algún día, espero que más tarde que pronto, moriré. Como todos. Pero la obra, la creatura, esa no tiene por qué morir. Y ella es la única que importa. Ella y lo que contiene.

    Así que cuando uso el tiempo y la energía para hacer un maldito vídeo, que quizás se verá tan baneado como todo lo demás, solo estoy haciendo, de otra manera, lo que me he comprometido a hacer: dedicar el tiempo que estoy aquí a esas historias que no quiero que desaparezcan si lo hago yo —cuando lo haga yo.

    Vivimos en un mundo absurdamente capitalista en el que se ha puesto al artista al nivel de su obra, de formas en ocasiones absurdas, hasta el punto de ser incapaces de distinguir entre ambas entidades —no leeré esto por el autor es rellena-con-lo-que-sea; no mencionaré a tal pinto porque era completa-como-quieras…—.

    Pero el artista y su obra no son una misma cosa. Nunca lo han sido. Ni el arte ha sido algo individual hasta dos días, en términos históricos. Muchas de las obras que nos obnubilan eran fruto del trabajo de un taller, de un equipo. Antes todo se parecía mucho más al teatro o al cine, aunque ahora hasta a estas formas de expresión artística colectiva nos empeñamos en individualizarlas en forma de nombre de director.

    Si nos permitiéramos ya no creer, sino solo contemplar que no entendemos el funcionamiento de todo, quizás, puede que pudiéramos pensar en el artista casi como un canal que trae al mundo, en una forma concreta, una entidad existente ya en otro plano.

    Sí, ya, muy platónico todo.

    Pero, qué queréis que os diga, una está más cerca de Platón o Jung o, si queréis algo más asequible, de Elizabeth Gilbert que del pensamiento materialista e individualista dominante.

    Así que, ahora, cuando el algoritmo me pirulea, como hoy, yo le guiño el ojo, le digo que veo su juego, y sigo con mi mano. Al fin y al cabo, aunque antes no lo supiera, y muchas veces todavía me cueste creerlo, comprendo que, en realidad, esta es una partida colectiva y, sobre todo, a largo plazo.

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  • Media horita

    Media horita

    Estoy mejor y no hay duda porque empiezo a preocuparme de cosas más que mundanas, absurdas.

    Por ejemplo, anoche, durante la cena, haciendo balance de cómo había ido el día, concluí que el ritmo blog más escritura más trabajo a tiempo completo no es compatible. Caerá algo. No es novedad. Y tendrá que ser el blog, o, al menos, la frecuencia diaria.

    Y se ve que me fui a dormir con este pensamiento en mente porque esta madrugada, a eso de las cuatro y media, además de un calor de categoría infernal, me ha despertado mi mente contándome un detalladísimo plan para volver al mundo de la comunicación, más concretamente, de la prensa escrita, y así conseguir que vuelvan a pagarme por escribir y poder prescindir de ese trabajo a tiempo completo que genera la incompatibilidad detectada durante la cena.

    Todo genial, sí, salvo porque todavía recuerdo lo que era ser periodista. Lo bueno, que es lo que echo de menos, y lo malo, que fue lo que casi me mató. Y no, mi cuerpo rehecho no está en condiciones de volver al periodismo, dando por hecho, claro, de alguna manera el periodismo quisiera que volviera a él. Al final, las profesiones, son como las parejas. Que la cosa funcione —o no— es depende siempre de las dos partes.

    En fin, que con unos mil infernales grados de temperatura ambiental y con los ojos abiertos como platos, mi mente, traidora, ha decidido aprovechar para pensar cómo volver a hacer de esto de escribir una fuente de ingresos. Y, creedme, a tales intempestivas horas la lógica básica no opera y de nada sirve intentar explicarle a la cabeza que ya no existe esa necesidad y que, de hecho, me ha costado horrores deshacerme de ella. Que ahora soy libre para escribir por puro placer.

    Por suerte, he podido acceder al mando del aire acondicionado, que mi querido esposo tenía secuestrado como si fuera una maldita bola de dragón, y bajar la temperatura del aparato para ver si, vía oxígeno y fresquito, mi mente se calmaba. De paso, me he levantado y me he bebido un buen vaso de agua fría-casi-helada.

    Pero nada, ni con el aire escupiendo escarcha ni con la hidratación he conseguido calmar mi mente, que, sin mi consentimiento, ha comenzado a trazar un nuevo plan dado que, con toda lógica nocturna y desvelada, si desde Poe hasta Bécquer, pasando por tantos otros, lo de ganarse unas perras escribiendo ha sido siempre de lo más normal, por qué no iba a serlo también ahora.

    He conseguido abandonar la pantanosa zona de volver al periodismo y he migrado a lugares más seguros, como los boletines, tan de moda ahora, o, sí amigos míos, los blogs, como este en el que ahora escribo —pero no se lo contéis a mi mente nocturna—. Lo primero, claro, me he dicho, más allá de encontrar el medio y la voz, es buscar algo que decir que pueda importar a la gente. Porque mi día a día peleando por escribir no es exactamente lo que se llama contenido viral.

    Y me he puesto a pensar. Primero, claro, he pasado por el rollo de la opinión política. Que me apasiona, sí. Pero me tiene harta. Después por algo más de nicho como milenial sobreviviendo al milenio. Pero, a ver, una cohorte generacional no es suficiente para sacar tema con gancho. ¡Ya lo tengo! Me he dicho, cuarentonas sin hijos ni sentimiento de culpa. Pero lo veo más vídeos o quizás para podcast —sí, he ideado toda una maldita serie de podcast antes de comprender que eso no era lo que quería hacer—. Y casi todo lo que se me ocurría a partir de ese punto mejoraba en formato audiovisual.

    La ficción, cómo no, ha venido a salvarme de la debacle —o a hundirme más en ella—. ¿Y si rescato el folletín? Si antes se sacaban cuartos con eso… Claro, que luego he recordado que así fue como empecé a escribir Ladrones de Almas, que eso lo que ahora llamo Atiskaya, y acabé en tremendo bloqueo por ser incapaz de defender mi propuesta de fantasía oscura mediterránea sin sonrojarme y con la necesidad de ocultarme debajo de la cama.

    Si es que quizás, he concluido, lo mejor es que el blog baje la frecuencia y me centre en la ficción, que es lo que me gusta. ¿Pero qué haré yo sin mi espacio de desahogo? ¿Sin mi sustituto de la terapia? ¿Sin mi amadísima bitácora?

    Entre esos terrores me he quedado dormida, hasta que sonado la alarma. Demasiado pronto, demasiado fuerte.

    Por suerte, después del café con leche —bendito café— he comprendido que, al final, el blog, como tal, me lleva poco más de media horita, que es pura terapia.

    Tal vez, me digo ahora, veinte minutos después de sentarme a escribir, no hará falta que caiga nada. Quizás solo necesite evitar pensar en estos temas de madrugada.

  • Grapas, médicos egipcios y meriendas mágicas

    Grapas, médicos egipcios y meriendas mágicas

    Esta mañana me han quitado las grapas de la operación. No sé cuántas han sido, en ningún momento las he contado. Pero si tenemos en cuenta que tengo seis agujeros en el vientre, dos más chiquitines, cerrados con tiritas de esas que son como puntos y el resto, de diversos tamaños, cerrados con grapas, el total, seguro que llegaba a la decena. Quizás más.

    En fin, una, que es aprensiva, aunque valiente, se ha presentado a la cita con la enfermera con tanto miedo como esperanza. Miedo al dolor, por supuesto. Y esperanza de que no doliera, claro. Además, al menos cuatro de las grapas estaban en el ombligo, zona que siempre ha sido para mí especialmente sensible. Así que, al menos, los nervios, del tipo pánico escénico, estaban asegurados.

    Para colmo, la enfermera de siempre no estaba. Y, a ver, no es que desconfíe de las enfermeras sustitutas, para nada; pero, vamos, cuando la que te va a desgrapar es la misma que te ha vacunado, curado, grapado, cosido, pesado, medido y mucho más desde hace años, pues es como que la cosa fluye con más facilidad.

    Por suerte, para pasar este trance, mi madre me ha acompañado. Y ella, además de fiel escudera en lides similares, tiene el don de distraerme y llevar mi mente lejos del combate que tengo que librar mientras el ring se dispone.

    Así que cuando la enfermera, sustituta y jovencita, tras examinar el mapa de grapas y tiritas, me ha dejado tumbada boca arriba y panza al aire mientras iba a buscar las herramientas pertinentes, mi señora madre ha empezado a hablarme de lo que, sin duda, es para ella la mejor —cuando no única— medicina para cualquier mal: la comida.

    Ya me veis a mí, cuál tortuga boca arriba sobre la camilla mientras mi madre, del otro lado de la cortina, debatía sobre si, una vez retiradas las grapas, sería más conveniente ir a merendar de un llonguet o de un pa amb oli, porque servidoras, lesionadas o no, somos, por lo visto, ante todo, mallorquinas. Y, en la misma conversación, sembrada aquí y allá de risas, iba la discusión sobre si mejor ir hacia Palma a merendar, con lo que conlleva de precios y mal aparcamiento, o hacia la Part Forana. Que no es lo mismo el queso de aquí que el de allá, que si ahí es mejor con sobrasada, que si allá mejor con butifarrón.

    Por suerte, cuando ha regresado la enfermera, elevado ya el tono de la conversación entre mi madre y yo, se ha olido el percal y, en lugar de poner orden, se ha unido a nosotras con sus particulares sugerencias sobre uno y otro manjar. Y tan enfrascada estaba yo en la charla, tanto, tanto, que la muchacha se ha puesto a desgrapar y desinfectar, entre sugerencias y risas, y, sin darme siquiera cuenta me ha dicho: ea, ya estás lista.

    Me he levantado con cuidado, por supuesto, que una todavía está delicadita y debilucha, y, vamos, que por poco que me haya dolido, que te quiten un puñado de grapas del vientre, tiene su aquel, y he querido observar el cuadro de arte abstracto de mi tripa, pero la más que diligente enfermera, me ha cubierto las heridas para que, al menos, durante un par de días, nos aseguremos de que nada se abra (¿cómo? ¿que acaso esto puede abrirse? Mejor no lo pienso y hago como que no lo he oído) y no me moleste el roce de la ropa.

    Al final, enfermera, madre y servidora hemos concluido que nuestra mejor opción de merienda, dada la situación, pasaba por un buen pa amb oli hacia el Pla, que ya habrá tiempo para ir a callejear por Ciutat cuando me encuentre más fuerte. Ahora lo importante, ha recalcado la enfermera, es alimentarme bien para reponerme en condiciones de la extraordinaria pérdida de sangre. Y mi madre, hinchada cuál globo aerostático, se ha sentido respaldada en su milagrosa cura para cualquier mal: la comida.

    Y pensando en eso he salido de la consulta, tratando de seguirle el paso a mi madre, que a sus setenta y cinco años tiene más fuerza y velocidad que cualquier atleta olímpico y he recordado que en realidad, esa milagrosa receta para cualquier mal, no es la de mi madre, sino la de mi abuela.

    Ha sido justo ese pensamiento el que, en cascada, ha desbloqueado un recuerdo de mis días de ingreso. Un recuerdo que estaba ahí, sí, pero oculto como detrás de una neblina de anemia y morfina. No es un recuerdo raro. O, al menos, no es de los más raros y psicodélicos de esos días. Y ni siquiera es uno completamente olvidado que ha salido de forma súbita a la superficie. Es mucho más simple que todo eso.

    Es un recuerdo de la habitación, no de la anestesia, ni de la noche en la sala de observación. Uno que, supongo, para no olvidarlo, conté en voz alta tal como se produjo:

    —He soñado con la abuela —le dije a mi madre, nada más despertar de una cabezada a deshoras ese primer día en la habitación—. Me ha dado de comer.

    Tan vívida fue aquella experiencia, tan extraña, que, en realidad, me desperté masticando, como si realmente mi abuela —cuánto la extraño— me hubiera metido algo en la boca.

    Mi madre dijo algo como que mi abuela todo lo arreglaba con comida. Igual que ella, aunque esto lo digo yo, ella jamás lo reconocería.

    Y todo quedó en anécdota.

    Todo, hasta que al recibir el alta la hematóloga me entregó la receta de la heparina que, desde entonces, religiosamente, me pincho cada día. Y leí el nombre. Y sonó a faraón egipcio. Y el recuerdo, conservado, pero no observado ni comprendido, se desplegó con vertiginoso desparpajo ante mí.

    En efecto, soñé con mi abuela. Ella estaba junto a mi cama, apoyada en la barrerita esa que tienen las camas de hospital, que yo había usado para medio darme la vuelta, porque tenía la espalda destrozada de estar boca arriba, o porque siempre he dormido de lado y lo necesitaba, por más que me doliera la barriga.

    Mi abuela me acariciaba la cabeza. También me agarraba la mano. Y me decía que debía abrir la boca y comer lo que me daba. Y yo, como gatita asustada y herida, abrí la boca y acepté lo que me daba. Que era alimento. Pero no comida. Lo que mi abuela sacó de no sé dónde e introdujo en mi boca era un Ankh.

    Ahora el recuerdo de aquella cruz ansada es claro como el agua y ni siquiera comprendo cómo he podido olvidarlo. Pero, más raro que eso, es cómo me las apañé para leer el nombre de Imhotep, el primer médico cuyo nombre ha llegado a la historia, en la receta de las heparinas, que reveló el recuerdo como por arte de magia, que en realidad se llaman Innohep por más aire que ambos nombres se traigan.

    No tengo intención de buscarle la lógica a la experiencia. Hay cosas que están más allá de ella y es bueno que así sea. Tampoco intentaré explicarle a mi madre este sueño y revelación, porque ni entenderá el significado del Ankh ni la relación de nada de esto con el primer médico y científico conocido. Ni falta que hace.

    A todos los efectos, basta con que mi madre sepa, como sabe, que desde que soñé que mi abuela me daba algo de comer en la cama de la habitación y yo me desperté masticando mi mejoría fue meteórica, los valores de mi sangre en las analíticas se estabilizaron como por arte de magia y ya no fue necesaria ninguna otra transfusión, ni siquiera la que estaba prevista. Eso, y que el pa amb oli de esta mañana me ha curado cualquier dolor que pudiera haber sentido por la retirada de las grapas.

  • Espíritu líquido

    Espíritu líquido

    Hoy ya me siento mejor. Más humana. Más en mí. Más en el mundo de los vivos. No en vano, esta noche a eso de las 21:30 hará siete días que salí del quirófano, con tres litros de sangre menos y una prórroga de tiempo indefinido en este tablero de juego al que llamamos vida. Y eso, para alguien con querencia hacia el pensamiento mítico, como servidora, no es cualquier cosa, pues el siete no es cualquier número.

    Mañana, si no hay novedades, me quitarán las grapas. Las ganas que tengo de pasar por ese trance son enormes, no solo para ver, ya sin bastidores, la forma del mapa que se ha dibujado en mi barriga —que también—, sino porque ya tiran, alguna empieza a sobresalir, como si la piel la escupiera, y debo cuidar que no se enganche con la ropa, y, además, es incómodo moverse con ellas.

    También estoy mucho menos mareada. Señal, supongo, de que mi cuerpo sigue regenerando la sangre perdida, aunque no salí con malos números del hospital. Y debo confesar que cada vez que pienso en eso, en la sangre, los valores en las analíticas que debieron cumplirse para poder iniciar la intervención, primero, y los que tuvieron que alcanzarse después para poder salir del hospital, en mi mente se reproduce una escena de Drácula en la que alguien —no sé si Gary Oldman encarnando al vampiro o Tom Waits en la piel de Renfield— afirma «La sangre es la vida».

    Y es que la sangre es la vida. Sin más. Aunque, por mística que me haya sonado siempre, esa frase es mucho más literal de lo que estoy dispuesta a admitir, entre otras cosas porque en la novela que estoy terminando de escribir la sangre es la manifestación física de la esencia de los seres. Algo así como espíritu líquido. Pero, ya os lo he dicho, servidora tiende al pensamiento mítico, aunque la vida, por lo visto es mucho más prosaica.

    La cuestión es que estoy mejor y, cómo no, los pensamientos grandilocuentes sobre el sentido de la vida empiezan a dejar paso a esos pequeños intrusos cotidianos más relacionados con el debe y el haber que con el estoy y el ser. Cosas del tipo qué hago con la mudanza que tengo pendiente, en especial cuando estoy castigada a no levantar peso hasta que las cosas no se normalicen —y eso no pinta que sea rápido—, o qué hago con el máster ese que estoy a punto de terminar. También hay burocracia, cómo no, que va de las citas médicas al envío de bajas, pago de facturas…

    En fin, lo propio de un mundo en el que la sangre puede ser, sin problema, el líquido vital, pero en el que levantamos suspicaces la ceja si alguien se refiere a ella como la representación del espíritu. Uno en el que, claramente, nos sentimos más cómodos ignorando que miles de fieles cada domingo se dan un banquete a base de la carne y la sangre de su dios encarnado.

    Un mundo que, debo confesarlo, por más que me alegre estar viva y de vuelta, me aburre soberanamente, pero no por cómo es, en absoluto, sino por cómo se nos obliga a mirarlo y leerlo, desde la rigidez del logos, por más que todos nosotros seamos, en esencia, puro mito encarnado.

    Y en este mundo de logos al que estoy regresando, en el que la sangre solo es sangre y las palabras solo palabras, he decidido tomar varias decisiones. Por un lado, recordarme a diario que, por más que las corrientes sean fuertes, me mantendré firme en mi cosmovisión, aunque tenga que repetirme a diario qué pienso —y creo— y por qué. Así que viviré en el mito, en la metáfora, en la linde. Y digo viviré. Con todo lo que vivir conlleva.

    Por otro lado, y esa decisión, me temo, está tomada desde antes de entrar en el quirófano, voy a terminar y publicar aquella novela que dejé a medias porque fui incapaz de soportar esa tensión de vivir en la linde, en la metáfora y en el mito. Sí, esa en la que la sangre es más que sangre y el sexo más que sexo. Esa que no soporté escribir porque, en el fondo, lo confieso, siempre he anhelado ser normal, como los demás, del montón. Y esa historia me mostraba como era sin coraza alguna y no estaba lista para soportarlo.

    Tampoco sé si ahora estoy lista, aunque tras una década y pico desde que la condené al cajón de las historias perdidas, el yo que muestra no es el de ahora. Al menos, no exactamente. En cualquier caso, ya lo he dicho en otras entradas, nada de esto es una opción, qué va, es, directamente, un contrato del alma.

    De ese contrato que contraje, y juro que lo hice, solo empiezo a entrever las condiciones, aunque la más clara y evidente es que estoy aquí, de vuelta, sana y salva. La otra, igual de evidente e inevitable, es la de escribir, así, en general, terminar aquella novela, publicarla y aceptar todas las demás historias que se presenten en adelante y, creo, también las que dejé olvidadas atrás, cuando ellas lo reclamen. Bueno, y, como se puede entrever, también respetar que las historias tienen voluntad, es decir, ellas deciden cuándo y cómo se presentan. No se fuerza, no se exige y, sobre todo, no se tergiversa.

    Empiezo a comprender que, además, alguna cláusula debe referirse a vivir de acuerdo con las propias creencias y principios, cosa que, debo reconocerlo, no he estado haciendo, por miedo a que me tachen de rara o excéntrica. Aunque, llegados a este punto, me temo, creo que esa fama ya la cargo por más que me esforzara tratando de camuflarme.

    Lo demás, porque hay más, lo sé, ya se irá desvelando. Aunque no tengo prisa, solo curiosidad y, por qué negarlo, ganas. Al fin y al cabo, hasta ahora, nunca me he permitido vivir plenamente desde el mito en este mundo logos. Nunca, hasta ahora, me he permitido creer que, en efecto, «La sangre es la vida», quizás se refiere a mucho más de lo que la literalidad de la frase deja entrever.

  • Lo que hay al otro lado

    Lo que hay al otro lado

    Por la noche, vienen a visitarme las historias. Relatos susurrados de mundos lejanos, pero no del todo desconocidos. Imágenes oníricas de paisajes que una parte de mi mente recuerda, y, quizás, mi alma añora, aunque soy incapaz de situar en ningún otro mapa que no sea el de mis sueños. Y rostros. Tantos rostros…

    Hoy he asistido a un desfile nocturno de seres engalanados con joyas imposibles y amplias capas de ricos tejidos, que, como en una marcha ritual, regresaban a sus casas tras asistir a la fiesta que se celebra jornada a jornada cuando el sol ya descansa y solo las estrellas son testigos de sus actos.

    No voy a caer en la tentación de encajonar en cualquier tradición folclórica o mitología lo que he visto —¿y vivido? Sí, creo que también lo he vivido—. Sean cuales sean las coincidencias, cualquier relato conocido queda corto frente a lo que he experimentado. No solo corto. Incompleto. Peor, falto de esencia. ¿Sabéis la teoría platónica de las ideas? Pues es más o menos así, como si cualquier intento por concretar esa realidad —porque juro con todo lo que tengo que eso es una realidad— fuera solo una imagen pobre, una sombra, de aquello que trata de retratar.

    Es, imagino, inaprensible. Experimentable, eso sí. E inspirador, por supuesto, no dudo ni por un instante que es allí donde viven todas las historias. Quién sabe, quizás ese es el mundo al que Tolkien denominó Fantasía. Aunque hasta ponerle esa etiqueta se siente extraño. Incorrecto. Doloroso, incluso.

    Por supuesto, no he estado sola en ese viaje. Nunca lo estoy. Alguien me guiaba, indicaba, señalaba, hacía zoom in en los detalles que podían pasarme desapercibidos y zoom out cuando era incapaz de apartar la atención de lo pequeño para maravillarme por la espectacular inmensidad en la que me encontraba. También me recogía cuando me perdía —y me he perdido muchas veces, creedme, muchas— y me alentaba a explorar cuando la experiencia me sobrecogía. Creo que hasta me traducía a términos sencillos todo aquello que no conseguía comprender, que no era poco.

    Si mi guía era Aúspice, aquel Muso sobre el que tanto escribí, pero que me obligué a soltar, u otro, lo desconozco. Quizás, todos los compañeros oníricos que he tenido a lo largo de mi vida son siempre el mismo y distintos a la vez. Tal vez, solo tal vez, es imprescindible que cambien su forma y carácter para adaptarse no solo a mí y al momento en el que estoy en cada etapa, sino a lo verdaderamente importante, que es la historia que estoy escribiendo en ese momento. La historia que tengo que escribir.

    No tengo duda, ni una sola, de que lo que he visto y vivido, es una historia. Una nueva. Una enorme. Una que debo contar.

    Igual que sé que hacerlo no es una elección. Podéis llamarme exagerada, pero siento —sé— que si he salido de este último susto es para escribir y publicar todo lo que tengo que contar, lo que incluye las historias escritas y guardadas bajo siete llaves en un cajón, y las que vendrán. Y vendrán… Porque ya están viniendo.

    Tranquilos, no es que me haya puesto en plan mesiánica ni misión divina. Qué va. Es más bien en modo contrato del alma —¿tiene eso algún sentido?—. Y no estoy diciendo aquí que sea un compromiso con una fuerza superior. Es más bien un compromiso conmigo misma, eso sí, en un contexto de alucinaciones por anestesia, falta de sangre, morfina y shock postraumático.

    Esta noche —aunque quizás fue en los siete días que estuve ingresada— he recordado, o me lo han hecho recordar, que yo escribo desde esa frontera entre mundos en la que ni esquemas ni estructuras tienen cabida. Me han recordado que escribo desde el símbolo y los sentidos, desde la emoción y el vértigo que te anuda la tripa justo antes de saltar sin tener del todo seguro si todavía serás capaz de volar.

    El mundo más allá de la frontera, ese al que se traspasa cuando pierdes tres litros de sangre, das con la seta adecuada, o te guía por la noche una mano amiga y demasiado conocida como para desconfiar de ella, es un territorio salvaje, indómito y ajeno a norma alguna, que rechazará a todo aquel que se acerque con ánimo de someterlo. Lo sé por experiencia.

    Así que no me queda otra que deshacerme de cualquier miedo, a lo que ayuda mucho haber conocido el miedo de verdad, ese que tiene que ver con desangrarse, dormirse y no volver a despertar sin haber terminado lo que sabes con cada ápice de tu ser que viniste a hacer, y volver a escribir desde el caos, la alucinación, el mundo onírico y la mano amiga, aunque demasiado salvaje —demasiado inhumana—, que me guía.

    Por supuesto, todavía me asusta perderme, olvidar la realidad, o ser incapaz de regresar a ella, que es el temor que me obligó a parar la última vez. Aunque ahora, a diferencia de entonces, sé que puedo transformarme en libélula y sobrevolar incontables mundos hasta encontrar el camino de vuelta a casa. Por eso, igual que esta noche, tomaré su mano y me dejaré llevar —no solo porque ahora sepa que es mi deber, que lo es, sino porque la experiencia es demasiado espectacular para perdérsela.

  • Tres litros

    Tres litros

    Tener una enfermedad crónica es un asco por muchos motivos. Muchos. Pero entre todos destaca uno, por lo general, ignorado, y que es en realidad una multitud: los efectos secundarios de la medicación.

    Me hace gracia cuando alguien sano se entera de que sufres una enfermedad crónica que te obliga a medicarte de por vida y sentencia cosas del tipo «yo no podría tomar eso» o «a mí se me olvidaría tomarlo la mitad de los días».

    Ya no entremos en los «yo no creo en esto» o, peor, «esa inyección (o pastilla, o sea lo que sea que te tengas que poner en ese momento) te va a matar», cuando resulta que es lo que te mantiene con vida.

    En fin, lo que me resulta gracioso, en general, es la actitud de algunas personas sanas frente a la medicina moderna en el caso de las enfermedades ajenas. Porque, digámoslo, para las personas sanas, la enfermedad —la de verdad, la seria, la que te encara con el final— es eso que ocurre a los otros. Y lo sé porque, antes de estar enferma, he estado sana.

    Suele ocurrir que esas mismas personas que miran con suspicacia tu pastillero cuando, en mitad de una conversación, te suena una alarma para indicarte que es la hora de la pastilla, son las mismas que acostumbran a decirte que no entienden por qué estás de baja, si se te ve bien, y, en realidad, tienes mejor aspecto que en otros momentos.

    Personalmente, todo eso lo suelo guardar en un cajón etiquetado como «cosas de sanos» junto con los «pues yo conozco a uno que…» o «mi vecino lo arregló con más vitamina D» para evitarme frustraciones y enfados, aunque, a veces, si la afirmación viene de personas cercanas, poco importan los candados que le pongas al cajón, las palabras te pellizcan un poco el alma.

    Lo que quería decir, antes de irme por las ramas, es que en algunas de estas enfermedades crónicas y, muchas veces, invisibles, la medicación puede ser tan cura como veneno, pero no por ello prescindible.

    Y eso cuesta entenderlo.

    ¿Cómo voy a medicarme a diario con algo con el potencial de matarme? Hay un duelo que pasar cuando te enfrentas a eso, pero, al final, por lo general, se asume que debes elegir entre morir ahora, seguro, y la posibilidad, poco probable pero posible, de que el remedio te mate.

    Por lo general, por supuesto, se elige la vida con riesgos. Al final, la única diferencia entre mis venenos y yo y el más sano del barrio es que yo soy más consciente de mi vulnerabilidad y mortalidad, aunque a ambos nos puede atropellar un autobús al cruzar la calle…

    En mi caso en concreto, de entre todas las drogas que me mantienen en este mundo hay una particularmente peliaguda. Recibe el nombre de Warfarina y es un inhibidor de la vitamina K —al final tenía razón el cuñado y todo era cuestión de vitaminas…— lo que reduce la capacidad de la sangre de coagular.

    Y debo tomar esa maravilla porque, por un lado, mi cuerpo tiene tendencia a formar trombos y, por otro, el mismo síndrome que provoca eso, en un día de aburrimiento, decidió escacharrarme la válvula aórtica y me la tuvieron que sustituir por una de Ferrari —¿o quizás era de Porsche?—, que, como casi todo lo artificial, con independencia de la marca o la calidad, requiere de ayuda para funcionar igual que la original. La ayuda, en este caso, es la anticoagulación.

    Por supuesto, estar anticoagulada supone algunos riesgos y el peor de todos es la posibilidad de padecer sangrados internos y, como tales, discretos, que pueden ponerte en jaque.

    Exactamente eso es lo que me ha pasado. En un máximo de veinte días, a tenor de la fecha y resultados de las últimas analíticas de sangre rutinarias, me desangré por dentro hasta formar un enorme coágulo de unos tres litros en la parte inferior del vientre. El nombre técnico es hemoperitoneo.

    Joder, qué duro es ponerlo por escrito.

    Dadme un momento para respirar.

    Ya estoy de vuelta.

    Bien, lo que me llevó a urgencias, más allá de la hinchazón descomunal de la barriga y la debilidad, fueron el dolor indescriptible en la tripa y la imposibilidad de orinar.

    Y los médicos fueron rápidos porque, a pesar de que cuando entré se barajaron todo tipo de hipótesis, y casi ninguna relacionada con que me estuviera desangrando por dentro, de inmediato me pusieron un suero de vitamina K, que es el antídoto de la Warfarina, porque, con independencia de qué me estaba pasando, tenían claro que habría que intervenir.

    E intervinieron.

    Aunque, claro, primero tuvieron que estabilizar mi INR, que es algo así como el parámetro que mide la velocidad de coagulación de la sangre, y también compensar la pérdida de sangre, que ya se reflejaba en mis analíticas, por supuesto.

    Así que, tras unas bolsitas de sangre —no tengo palabras suficientes para agradecer a los donantes de sangre—, otras de hierro intravenoso, algunas más de vitamina K y unas tres horas de intervención en turno de tarde/noche, me despertaron de camino a la sala de recuperación al ritmo de sevillanas y promesas de un futuro con pescaíto frito y rebujito junto al Guadalquivir —sí, tuve un anestesista molón—, tras una noche en observación, varios días de ingreso y el tiempo necesario de recuperación, que es en lo que estoy ahora.

    Este es el primer texto que escribo desde entonces.

    Y necesitaba que fuera el relato de los hechos, porque tengo que asumir lo que ha pasado: que de entre 4,5 y 5 litros de sangre que de promedio tenemos las mujeres, yo perdí 3. Que me salvó, otra vez, la sanidad pública de este país, que en los informativos parece estar desmoronándose, pero que, con todo, sigue siendo el mejor lugar del mundo donde vivir, aunque sea imprescindible que hagamos limpieza de caraduras al mando. Que tengo unas cinco cicatrices nuevas en la tripa. Que todavía no sé cómo acabará este episodio, pero que, joder, cueste lo que cueste, quiero vivir.

    Ya habrá tiempo para otros posts en los que relatar cómo se siente una siendo una libélula entre mundos —porque eso es lo que fui— o cómo parece que se están recolocando mis prioridades después de esta experiencia.

    Sí, habrá tiempo para todo eso y más. Y eso es lo importante.

  • De simple caca a Mierda Deluxe

    De simple caca a Mierda Deluxe

    Soy un bicho sensible. Extremadamente sensible. Y creo que por eso escribo. Es mi manera de procesar el mundo, de digerir lo que siento, de sobrevivir en la jungla.

    Porque sí, para mí el mundo —la maldita realidad— es una jungla salvaje y despiadada. O, lo que es peor, incomprensible. Eso último es, precisamente, lo que me convierte en presa entre depredadores. El resto de criaturas, creo, huelen la confusión. Y no la toleran.

    Por eso cada encuentro me agota. Me drena. Por el esfuerzo extra por entender, aunque manejemos diferentes diccionarios.

    Ayer tuve uno de esos extenuantes encuentros. Bueno, en realidad, llevo encadenándolos desde hace un par de meses, quizás, tres, aunque a mí me parecen una eternidad.

    Estoy escribiendo algo y tengo algo así como un mentor. Aunque, al parecer, jamás he sido capaz de hacer comprender a esta persona la historia que estoy contando, la que quiero contar.

    Es frustrante porque está en mi cabeza. Como me suele pasar con todas las historias, la veo, la vivo, la conozco con cada fibra de mi ser. Y, claro, llegados a ese punto, la mejor manera de transmitirla es escribirla. No hay más.

    Pero claro, juego fuera de casa y hay normas ajenas: que si primero establece el conflicto, que si ahora los puntos de giro, que si el clímax, que si el desenlace, que si las acciones en frases simples, que si esto se empieza a parecer sospechosamente a una formación para la creación de bonitos esquemas porque el uso del verbo conjugado puede llevar a errores si no controlas las formas verbales…

    No es la primera vez que nado en estas aguas —la jungla está llena de ríos, lagos, cenotes y hasta malditos mares interiores. Es lo que hay—, pero jamás me había sentido tan desarmada como en esta ocasión.

    No es solo que mi interlocutor y yo no hablemos el mismo idioma —eso suele pasar siempre— sino que el habitual diccionario traductor, por lo visto, tampoco sirve. Así que no estoy sabiendo hacer llegar mi idea y cuando yo pronuncio «Mi historia trata de un monstruo que, a fuerza de vivir entre humanos, ha olvidado su naturaleza», él entiende «El hombre que posee al monstruo de esta historia es el protagonista».

    Si yo digo «Todo esto ocurre en esta localización concreta porque es adonde pertenece el ser mitológico y quiero que la realidad local sea el trasfondo», él entiende «Está creando una historia realista». Si explico «La protagonista femenina está obsesionada con este mito y ha volcado su carrera en su estudio», él entiende «hay una mujer perfecta y sin defectos en la historia».

    Creedme, que hasta me he ofrecido a ponerle celulitis a mi protagonista femenina para que así no sea tan perfecta, si es que acaso lo de ser una cuarentona fracasada, sin pareja, ni gatos, ni aficiones, que ha mandado a la mierda su carrera académica por perseguir una fantasía no es ya imperfección suficiente.

    No sé qué hacer. Cada conversación con esta persona me bloquea. Jamás me había enfrentado a la circunstancia de no ser capaz de trasladarle a alguien la historia en la que trabajo. O que, al hacerlo, entienda justo lo contrario de lo que quiero decir.

    Sí me he encontrado con profes que cuando digo fantasía local con manipulación del pasado, entienden Terminator. O que si digo seres de reinos adyacentes al nuestro responden, ah, sí, extraterrestres. Y si tratas de reconducir, a lo sumo, se quedan con seres interdimensionales. Y vale, comprendo que su marco sea limitado y me adapto. O lo intento.

    Estoy acostumbrada a que me menosprecien por escribir fantasía —ese género menor— o romance —historias de chicas…— Pero hasta ahora, nunca, nunca, nunca me había pasado todavía que alguien se empeñara en que el protagonista fuera el primer interés romántico y erróneo de la historia. O que se empeñara en convertir el contexto en trama. Eso, todavía, no había ocurrido jamás.

    Salvando las distancias, es como si JK Rowling hubiera tenido un mentor empeñado en que el protagonista de Harry Potter fuera Dudley y el funcionamiento del mundo muggle el motor de la trama.

    La cuestión es que el tiempo se me echa encima. Esto tiene que estar listo —sí, listo— el 29 de junio pero me quedan, al menos, dos encuentros más con el señor «tu historia trata sobre el vecino del quinto del que maneja el monstruo», cuyo último consejo fue, mejor olvida todo lo que has escrito hasta ahora y vuelve a la versión inicial.

    Y no, no vamos a obviar la posibilidad de que mi trabajo sea realmente una mierda. Porque no soy perfecta y también escribo mierda. Mucha. Tanta, que me he pasado la última década pensando que era incapaz de escribir nada decente. Pero a estas alturas de la jugada, cuando falta poco más de un mes para entregar, no creo que mandar al carajo todo lo que has hecho para volver a empezar desde cero pueda considerarse un consejo decente.

    Digo más, si mi trabajo es una mierda, pero hay un maldito plazo, quizás, lo que habría que asumir es que he escrito una mierda y que hay que adecentarla lo mejor posible, porque, a ver, no es lo mismo una caca como las que salían en El doctor Slump que una mierda real. Hasta las mierdas, dependiendo de su presentación, cambian. Y mucho.

    Es obvio que no soy la futura ganadora del Premio Planeta ni una superventas en potencia que vaya romper el mercado. Solo soy una persona que escribe para comprender el mundo en el que vive y procesar lo que siente. Eso, y alguien a quien le gusta cumplir los plazos. Pretender que lo que salga de esta colaboración —por llamarla de alguna manera— sea cualquier cosa distinta a un producto capaz de cumplir el mínimo del programa en el que se enmarca no es malo, salvo que al hacerlo se impida la escritura del proyecto porque se considere más importante construir esquemas, que por su propia naturaleza son incapaces de contener la esencia y el detalle de la forma del proyecto que pretenden representar.

    Lo siento, pero no puedo dejar de creer que se escribe escribiendo y que todo lo demás son técnicas de baratillo para lerdos sin talento. ¿O acaso alguien se imagina a Virgilio haciendo un esquema de la trama de la Eneida antes de ponerse a escribir? ¿Y al bueno de Cervantes haciendo fichas de personajes? ¿Y a Lope de Vega haciendo cualquiera de esas dos cosas?

    En fin, que Hollywood nos está haciendo mucho daño con esa manía suya de convertir en método de escritura lo que siempre ha sido el resultado del análisis de la obra escrita. Pero, claro, vivimos en tiempos rápidos, de TikTok y escaletas por pulsos, no sea que escribamos más de la cuenta, dos neuronas conecten entre sí y alguien construya algo nuevo.

    Volviendo a mi mierda de texto, ayer pensé en tirar la toalla después de charlar con esta persona en lo que fue la mentoría más corta y rara de la historia —sí, podéis imaginarme explicándole a este humano que el primer interés amoroso de la historia no solo no es el protagonista sino que además es más que reemplazable, eliminable sin que la trama sufra, pero que me encanta esa estructura, tan propia del romantasy, porque con ella las mujeres estamos aprendiendo que no tenemos por qué quedarnos con el primer tonto que nos encontramos, aunque, al principio, parezca algo menos tonto de lo que el pobre resulta ser—.

    Bueno, tirar la toalla, en mi universo especial, significa cambiar historia larga por breve. A lo de abandonar lo llamo mandar a paseo, y, sí, creedme que también lo he pensado muchas veces, pero no me da la gana. Puedo ser derrotada, sin duda, pero caeré con las botas puestas.

    En fin, que anoche, destrozada, descorazonada, desorientada y sin entender qué demonios estaba pasando, creé una versión breve de mi texto, porque existe la opción de presentar diversos formatos y el breve es uno de ellos.

    El resultado no fue malo. Al contrario, me gusta lo que salió. Pero, sabéis qué, no es la historia que quiero contar. Resulta que yo quiero contar Mi Mierda —he decidido que, a partir de ahora, la llamaré así, en mayúsculas, para reconocerle la importancia que tiene—.

    Así que he decidido —sí, ahora, mientras escribía. ¿O es que no os he dicho que yo escribo para procesar el mundo, para pensar, para saber lo que siento?—, que, a partir de ahora, mi ocupación será convertir Mi Mierda en la mejor mierda de todo el puto universo. La caca con la que siempre jugaba Arale en el Doctor Slump será fea y asquerosa en comparación con la mía. Haré una puta Mierda Deluxe y la presentaré en el plazo que toca.

    Y si el tribunal me la tira a la cara al grito de «¡Menuda mierda!», asumiré las consecuencias porque será una mierda, sí, pero será la mía.

    Dicho esto, que me ha quedado muy épico a pesar de la escatología, lo cierto es que me quedan al menos dos encuentros más con el Señor Mejor Empieza de Nuevo. Y cada encuentro es una caída al abismo. Y cada caída son un par de días de bloqueo. Así que, por lo visto, he conseguido rizar el rizo, y ahora necesito un coach para sobrevivir a mi coach. Muy normal todo. Sí.

    Ahora me debato entre ponerme a hacer vídeos de TikTok en modo «Día 1 llevando Mi Mierda a su prime», y hacer directos de escritura en Twitch o YouTube para desahogarme con la cámara sabedora de que nadie me observa o, sencillamente, escribir como si no hubiera un mañana para que Mi Mierda sea la más digna de todas las heces.

    Claro que, sí, también puede ser que mi trabajo no sea una mierda y, justamente, haya pillado un mentor, digamos, especial.

    O ni lo uno ni lo otro y, sencillamente, he descubierto una nueva expresión de la incomunicación, elevada al cubo.

    Aunque, tal vez, solo tal vez, estas horribles experiencias forman parte de esto de escribir y de sobrevivir al oficio, que, personalmente, prefiero llamar artesanía. En realidad, de todo esto estoy aprendiendo cosas, como que, aunque sea importante tener la mente dispuesta a aceptar consejos, también lo es ser capaz de defender tu historia si tú realmente crees en ella.

    Si todo sale bien —sea lo que sea bien en estas circunstancias— es posible que esto se convierta en una experiencia más o menos enriquecedora, en una anécdota divertida, o macabra, según el día, o en uno de esos episodios que, con el tiempo, se recuerdan con la boca torcida en una expresión entre el asco y la nostalgia.

    Pero si sale mal… Me niego a pasar otra década de bloqueo. No tengo intención de consentirlo. Aunque no puedo negar que, de todo, eso es lo que en realidad me preocupa.

  • Elegir, dosificar o explotar

    Elegir, dosificar o explotar

    Que estoy en una época de cambios y transformación no es ningún secreto. Igual que tampoco lo es que nunca antes he tenido tan claro qué cosas quiero que formen parte de mi vida, cuáles me son más o menos indiferentes y, sobre todo, qué estoy convencida de dejar atrás.

    Sé que esa claridad no es un mal punto de partida. Para nada. Pero una servidora es, digamos, de carácter inquieto y no le basta con saber qué ni desde dónde, necesita saber el cómo. Y ahí, amigos, ahí está el verdadero embrollo.

    Podría hablar de trabajo, de vivienda, de salud o incluso de pareja, pero todo el que viene con frecuencia por aquí sabe, perfectamente, que mi verdadera obsesión es la escritura, o, para concretar, las historias, así que dejémonos de cuestiones mundanas y centrémonos en lo mollar —lo que me inquieta, me quita el sueño y me trastorna—: cómo lo hago para que mis historias vivan más allá de mi mente, libres, y puedan llegar al máximo posible de gente.

    Descartamos el camino tradicional, es decir, el editorial, por incompatibilidad de caracteres. Nos queda la vía alternativa, pero dentro de las múltiples opciones, dado el espíritu rebelde de quien escribe, se ha comprobado por ensayo y error —sobre todo por error, dicho sea de paso— que las fórmulas habituales tampoco acaban de encajar. O sí, pero no de la manera habitual, lo que nos lleva a buscar la alternativa alternativa, que es algo casi punk, pero, qué queréis que os diga, el mundo está lleno de personas normales, no pasará nada porque unas pocas decidan dejarse cresta.

    La alternativa de la alternativa, en mi caso, pasa por la creación de una comunidad digital en torno a la historia de turno —que es la misma de siempre, con otra ropa, pero eso mejor lo dejamos para otra entrada—. Y eso suena hasta fácil, si no pensamos en la dedicación que requiere crear una comunidad. Pero, bueno, que no suena a barbaridad, que hasta parece asumible.

    Pero aquí la escritora con cresta figurada que aporrea con cara de pocos amigos las teclas en este momento tiene algo parecido a personalidad escritoril múltiple, rasgo, aunque suene raro, más habitual de lo que parece entre autores. La dificultad surge cuando esas personalidades son, entre sí, como imanes de idéntica polaridad. La repulsión es, por lo tanto, automática e, incluso, violenta.

    Partiendo de esa base, cómo demonios se va a crear una comunidad digital en torno a nada. En todo caso habría que crear tantas como expresiones de esa personalidad existen. Y, creedme, aunque me dedicara exclusivamente a escribir, no hay modo humano, ni siquiera asistido por IA, capaz de conseguir tal cosa.

    Así que tengo dos opciones, elegir o dosificar. Bueno, la tercera sería explotar por sobrecarga, pero, por razones obvias, la he descartado.

    De momento, no tengo ni idea de qué voy a hacer, ni cómo. Y, quizás, no sea el momento de saberlo, sino de jugar y experimentar para, con suerte, descubrir cuál es el mejor camino, la mejor opción.

    En todo caso, por ahora, sé que este blog, como siempre, sigue siendo refugio, que no es poco, aunque la finalidad con la que nació haya quedado diluida. Quizás, quién sabe, no tiene que ser más que esto, un lugar seguro al que volver y donde poder volcar todas esas ideas que no caben en ningún otro lugar. O puede que sea más, aunque todavía no alcanzo a verlo desde aquí. Tendré que seguir jugando para descubrirlo.

  • Escribir sin permiso

    Escribir sin permiso

    El blog lleva varios días funcionando en automático y eso se nota. Bueno, lo que quiero decir es que yo lo noto. No escribir es como aguantar la respiración. Puedes estar un tiempo así e, incluso, con práctica y entrenamiento, conseguir apneas cada vez mayores. Pero no es cómodo ni exento de riesgos.

    Estos días sin escribir, que me parecen una eternidad aunque han sido solo cinco, me han permitido observarme desde fuera. O, mejor dicho, observar mi escritura. Aunque insisto en aquello de que no sé hasta qué punto ambas cosas son distintas realidades analizables la una sin la otra. De hecho, creo que no lo son en absoluto, pero eso lo dejo para otras entradas.

    Este descanso no deseado me ha permitido comprender un par de cosas. Por un lado, en los últimos años detecto en mi escritura cierta necesidad de ser vista. Peor, diría, validada. O, incluso, aceptada. No es una cuestión de querer ser leída o disfrutada. Para nada. Ni siquiera aprobada o ratificada, aunque en algún momento puede haber habido algo de eso. Digamos, dada por buena. Al contrario, es más bien una cuestión de ser consentida. Como si necesitara permiso para escribir. Permiso para ser.

    Eso me ha llevado a notar que he estado escribiendo —seguramente lo sigo haciendo en este instante— desde un estado de carencia causado por la necesidad de aval, aprobación y aceptación. De mis letras, sí. Y de mí.

    Así, pensar en desde dónde contar una historia o, incluso, en qué historia contar, no era pensar en la historia —ni en mí— sino en ese juez implacable y de criterio desconocido que nunca jamás daba su permiso, su visto bueno, su aceptación.

    Al final, ocurre que de tanto querer hacerlo bien en realidad he estado traicionando lo único que jamás debería haber traicionado, a las historias y, por supuesto, a mí misma.

    Resulta que he llegado hasta aquí con un montón de experiencia y conocimiento acumulado sobre muchísimas cosas relacionadas con esto de escribir pero con un enorme vacío en lo más importante que es el sujeto que escribe y las historias que lo habitan.

    No voy a caer en la afirmación fácil y derrotista de decir que tengo que empezar desde cero, porque es absurda, además de falsa. Todo lo aprendido está aquí y juega a mi favor, aunque ahora mismo me resulte complicadísimo verlo.

    Pero sí que me resulta evidente que tengo que iniciar un proceso de búsqueda sincera de voz y de historias que, de una vez por todas, deje de lado todos los complejos y absurdas necesidades de validación exterior.

    Un proceso de exploración para que la escritura vuelva a ser solo escritura. Ese momento, más místico que racional, de encuentro entre la historia en cruda y la voz y la forma que exige, sin imposiciones.

    Aunque admito que, después de tanto tiempo de usar la teoría como escudo y armadura, no sé si seré capaz de volver a sangrar sobre la página como antes. Pero puede que no se trate de hacerlo cómo antes. Tal vez este camino consista más en combinar todas y cada una de las cosas que he aprendido durante este periplo para encontrar o crear algo nuevo. Un nuevo modo de hacer. Otra forma de estar. Otra manera de ser.

  • Historias

    Historias

    Hay historias que nos persiguen, algunos nos damos cuenta de ello, otros no, pero eso no cambia la realidad. Son esas historias que aparecen en el lugar más insospechado, en el momento menos esperado, en mitad de las conversaciones aparentemente más inocuas y que, cada vez que lo hacen, son capaces de hacer que te de un vuelco el corazón, que tu piel reaccione volviéndose de pronto hipersensible y haciéndote plenamente consciente de toda la extensión de tu cuerpo, que tu mente se paralice hasta el punto de perder momentáneamente la capacidad de pensar y de hablar. Son esas historias que te tocan alguna fibra desconocida, una parte íntima de ti a la vez que extraña. Algunos las ven como esos temas que se repiten una y otra vez a lo largo de su vida, sin saber por qué. Esos temas de los que parece imposible desprenderse.

    Es fácil detectar a una persona perseguida por su historia, aunque, por lo general, no sean conscientes de ello. Incluso puede llegar a ser divertido ver como las casualidades se arremolinan en torno de esa persona para que todo conduzca al único lugar al que puede llegar: su historia.

    Hay historias que más que perseguir, acosan. Aparecen constantemente allá donde no se las espera, surgen de la nada reclamando el protagonismo en cualquier momento o lugar, aparecen por arte de magia en cualquier conversación, se cuelan en la única página del periódico que has mirado, en tu correo electrónico en forma de mensaje en cadena, en el título del libro que lee el que se ha sentado frente a ti en el metro, en la canción que suena en la radio… Esas historias reclaman para sí tu mente y la hacen suya, impidiéndote pensar en nada más. Te incapacitan, te paralizan y te anulan hasta que cedes a su propósito y consientes en entregarles tu atención plena, tu intimidad, tus sueños, tu vida…

    Mis historias gustan de perseguirme de día y visitarme de noche, reclamándome para ellas. A veces aparecen como simples pensamientos repetitivos dispuestos a mantenerme en vela, otras, cuando están más juguetonas, se muestran desnudas, permitiéndome ver su complejidad, en ocasiones hermosa, en ocasiones terrible. A veces, queriendo llevarme un paso más allá de la cordura, se transforman en pequeñas luces que se arremolinan a mi alrededor, saltando de un lado a otro, como duendecillos inquietos dispuestos a desquiciarme y no dejarme dormir. Últimamente, tentándome con la locura, se mostraban como sombras junto a mi cama, sentadas a mi lado vigilando mi sueño o en pie con la mano tendida,  invitándome a seguirlas mientras parecían luchar por tomar aún más corporeidad, una mayor consistencia.

    A veces, sospecho que todas son una sola historia desmontada en piezas, como un inmenso puzzle que me reta para que lo resuelva. Un rompecabezas para el que no he tenido tiempo y al que he querido expulsar de mi vida, ignorando los vuelcos en el estómago y los vellos erizados cuando me topaba con él a la luz del día, y exiliándolo a mis sueños por la noche a base de pastillas para dormir. Recuerdo cuando las inmensas cadenas de casualidades que me llevaban una y otra vez a los brazos de mi historia me sacaban de quicio y me ponían histérica. También cuando me asustaba por lo que pasaba en la oscuridad, arremolinándome bajo las sábanas, durmiendo noche tras noche con las luces encendidas. No puedo evitar sonreír cuando pienso en la cantidad de veces que he tratado de echarla de mi vida, aunque siempre ha seguido ahí, susurrándome, esperando a que le devolviera mi atención, a que le regalara otra vez mis largas noches de vigilia para darme a cambio los mejores momentos de mi vida,  aunque no fueran momentos al uso -tampoco mi historia lo es-.

    Hoy, de nuevo, me he topado con mi historia. Como siempre, ha sido de un modo inesperado, casi mágico, y, como siempre, ha provocado que mi corazón palpitara con furia como si quisiera escapar de mi pecho, que mi piel se sensibilizara hasta el punto de dolerme y que mi vientre se contrajera haciéndome consciente de un vacío que no quiero reconocer.

    Quizás haya llegado el momento de reconocer que la necesidad es mutua, que también yo echo de menos las noches en vela y que no me importa desprenderme a ratos de la cordura, tomar la mano tendida y adentrarme allá donde sea que me lleven mis sombras. A lo mejor es el momento de admitir que no puedo ni quiero vivir de ninguna otra manera.

    __________________

    Un texto recuperado de Diario de una escritora, publicado originalmente el 14 de junio de 2012. Ha llovido mucho desde entonces, pero sigo pensando más o menos lo mismo. Será porque las historias siguen persiguiéndome, algunas nuevas, cierto, pero también algunas de entonces. Quizás deba ir pensando en hacer las paces con ellas.

  • Canción de siega: La semilla (la idea antes de la forma)

    Canción de siega: La semilla (la idea antes de la forma)

    Este texto no es un relato. Es lo que hubo antes: la primera vez que el mundo de Canción de siega existió, en bruto, sin forma todavía. Lo escribí de un tirón, con rumbo pero sin filtro. Los tres relatos que lo preceden nacieron de aquí. Lo publico porque el caos original también forma parte de la historia.

    Unas voces sacaron a Sarah de la duermevela en la que se había sumido. Su catre estaba rodeado por viejas y sucias cortinas que le impedían ver el resto de la sala, pero estaba segura: Estaba segura: la voz femenina pertenecía a Minervah, la jefa de guerra de los Hijos del Trigo. También la voz masculina le resultaba familiar, pero, aunque tardó más en reconocerla, pronto comprendió que se trataba de Macaroxh, el jefe de la asamblea.  

    —¡Está prohibido visitar a los injertados! —gritó la ensambladora de carne.

    —Seguro que por esta vez es posible hacer una excepción, ensambladora Alayah —dijo Macaroxh con voz persuasiva.

    —¡De ninguna manera! Las normas de La Carnicería son muy claras: Nadie puede visitar a los injertados. Nadie, ni siquiera usted, por muy jefe de la asamblea que sea, señor Macaroxh.

    —La entiendo —terció Minervah con la voz calmada de quien está acostumbrada a negociar—. También yo tengo que hacer cumplir normas a veces incomprendidas, pero en esta ocasión toda la zona de excepción está en juego. Se trata del futuro de los Hijos del Trigo.

    —Nuestra existencia está en juego —insistió Macaroxh, cuya voz era ahora más firme y contundente.

    —Y hemos traído esto —terció Minervah y se hizo el silencio durante un instante—. Seguro que será de ayuda los Hijos del Trigo ingresados en La Carnicería —explicó—. Nadie debería morir aquí por dejar de alimentar al comensal.

    La ensambladora de carne hizo un ruido de disgusto que coincidió con el ronco quejido que escapó de la garganta de Sarah cuando oyó a Minervah nombrar con aquella naturalidad al parásito, que habían adquirido a través del trigo, y los había convertido en aquella burla de seres humanos, suspendidos entre la vida y la muerte, mientras sus cuerpos se descomponían lenta, aunque incasablemente, incapaces de sentir dolor, pero privados también de su humanidad.

    —Pasaremos a verla —dijo Macaroxh, después de un largo silencio.

    Sarah, cuyo cuerpo seguía sin haber recuperado del todo la fuerza, se incorporó como pudo en el catre y, por primera vez desde la intervención, vio la prótesis de hierro que la ensambladora le había injertado en el muñón, después de que el disparo del agente del Ancla le reventara la pierna.  Era una simple barra de hierro oxidado. Suficiente para mantener el equilibrio y recuperar la movilidad, pero un nuevo recordatorio de todo lo que la separaba de la mujer que un día fue, antes del Azote de Trigo.

    La ensambladora de carne retiró las cortinas y descubrió a los visitantes, que se acercaron a ella después de agradecer con un gesto de cabeza que la encargada de La Carnicería los dejara pasar.

    —Expedicionaria —saludó con respeto Macaroxh.

    Antes de que Sarah pudiera responder al líder de la asamblea, vio a Minervah lanzar dos formas redondas hacia ella, que tuvo que hacer un considerable esfuerzo para atrapar al vuelo, una con cada mano, y dejar que la dañada parte inferior de su cuerpo, todavía en proceso de recuperación, sostuviera por sí misma su peso y mantuviera el equilibrio. Fue difícil, pero consiguió evitar caer hacia el lado donde la pierna había sido sustituida por una tosca barra de hierro oxidado.

    —Come —ordenó Minervah y Sarah comprendió que aquello que le había lanzado la jefa de guerra eran un par de pitahayas.

    Sin entretenerse a observar la gruesa piel amarilla con forma de grandes escamas del fruto de los cactus que crecían, generosos, en la zona de excepción, clavó las uñas de ambos índices junto al crecimiento del tallo de una de las frutas y la abrió por la mitad. El suave aroma dulce del fruto le hizo la boca agua y se llevó la suculenta pulpa blanca y llena de semillas a la boca. Jamás se cansaría de esas frutas, aunque fueran las únicas que crecían en aquel lugar olvidado por los dioses y uno de los pocos alimentos que, racionados, comían para mantener con vida al comensal, el parásito que los mantenía en aquel estado de suspensión entre la vida y la muerte. Si el comensal moría, ellos también. Y era un huésped demasiado hambriento para aquellas yermas tierras malditas en las que solo los cactus y las lagartijas parecían capaces de sobrevivir.

    —¿Qué ha pasado, Sarah? —preguntó Minervah, que se había sentado en un taburete junto a su catre.

    Sarah paró de comer y frente a ella, ya sin el impedimento de la cortina que rodeaba su catre, vio a la ensambladora de carne pasearse entre los catres con un saco en los brazos mientras repartía pitahayas entre el resto de convalecientes. Aquel saco lleno de la valiosa fruta era el precio que Minervah y Macaroxh habían pagado por mantener esa conversación con ella. Sarah suspiró, se llevó a la boca lo que quedaba de la primera pitahaya y lo devoró.

    —La expedición fue un desastre —empezó a contar y vio que los hundidos ojos de Macaroxh se ensanchaban. Minervah, en cambio, escuchaba impasible—. Habían pasado dos lunas sin que encontráramos ni rastro de alimento. Estábamos derrotados y hambrientos, la carne seca de dragón se había acabado días atrás y la provisión de pitahayas ya casi se había agotado. Rioth y Pamh se estaban dejando llevar por el desánimo, pero Franh y yo tratábamos de mantener el ánimo alto. Ya sabes, ambos comprendíamos que la vuelta a la zona de excepción era imposible sin encontrar provisiones, pero todavía teníamos un par de semanas, quizás tres, por delante para seguir buscando hasta que el comensal muriera y nosotros nos apagáramos.

    —El coste de la expedición había sido enorme —dijo Minervah, comprensiva.

    —Exacto —convino Sarah—. Y Franh y yo comprendíamos que teníamos el deber de seguir buscando hasta el final.

    Minervah asintió y Macaroxh se acercó un poco más.

    —Entonces lo vimos —continuó Sarah­—. Al norte, un edificio que solo podía ser una granja. Y, junto a ella, orgulloso, se alzaba un enorme silo de cereal. Corrimos hacia allí, estábamos emocionados la posibilidad de salvarnos, sí, pero también por el hecho de poder cumplir con la misión alimento a la zona de excepción.

    —Más que alimento… —murmuró Macaroxh—. Una posibilidad de volver a investigar el cereal, de comprender al comensal, de curarnos.

    —O mejorarnos —interrumpió Minervah con cara de pocos amigos—. Somos simbióticos con el comensal…

    —Lo sé, lo sé —admitió Macaroxh, aunque algo en su mirada de ojos velados y hundidos había cambiado—. Continúa, por favor, expedicionaria.

    Minervah asintió y Sarah cogió aire, en un gesto aprendido, pero ya del todo innecesario.

    —Estábamos emocionados, avanzábamos sin precaución y por eso los agentes del ancla nos pillaron desprevenidos. Oí una detonación y la cabeza de Franh reventó junto a mí y me llenó de líquido y otras sustancias más espesas. Su cuerpo seguía corriendo, animado por el comensal, pero nuevos disparos acabaron con él y al fin comprendí qué pasaba. Busqué refugio tras una carreta abandonada y Rioth y Pamh me siguieron. Esperamos a que los agentes del ancla vinieran hacia nosotros y saltamos sobre ellos antes de que pudieran dispararnos. Eliminarlos fue sencillo, solo eran siete humanos. Fue entonces cuando vimos las llamas. Antes de venir hacia nosotros habían prendido fuego al trigo, que estaba amontonado bajo el silo. Junto al montón en llamas había tres sacos a los que todavía no había llegado el fuego.

    —Pero solo has traído un saco —terció Macaroxh y ella asintió.

    —Rioth y Pamh estaban famélicos ­—explicó—. Se abalanzaron sobre los sacos y comenzaron a comer el grano a puñados. Traté de detenerlos, pero el hambre los había cegado, el comensal había tomado el control de sus cuerpos…

    —Los mataste —dijo Minervah cuando ella fue incapaz de continuar y se limitó a asentir.

    —Hiciste lo correcto —sentenció Macaroxh y Sarah volvió a asentir, aunque en el fondo de su ser sintiera lo contrario.

    —Y entonces cogiste los sacos

    —Quedaba un agente del ancla —Sarah interrumpió a Minervah—. Había bajado la guardia y él aprovechó esa ventaja. Me disparó. El tiro iba directo a mi cabeza, pero logré esquivarlo. Empezó a correr hacia mí, sin dejar de disparar y…

    Sarah se interrumpió y sus ojos se fijaron en el muñón en carne viva y la barra de hierro oxidado que ahora sustituía a su pierna.

    —Te hirió en la pierna —adivinó Minervah.

    —La voló de un solo disparo. La munición que usaba era más destructiva que ninguna a la que me hubiera enfrentado antes. Caí. Quise buscar la extremidad, tratar de injertarla, pero todo lo que quedaba de ella eran trozos de carne y hueso.

    —¿Y los tres sacos de grano? —inquirió Macaroxh sin disimular que su suerte le importaba un carajo.

    Sarah trató de reprimir sin éxito una risa macabra. El líder de la asamblea se tensó y la jefa de guerra lo miró con furia.

    —El agente del ancla se aproximó a los sacos mientras yo estaba en el suelo. Llevaba una antorcha en la mano. Yo me arrastré hacia él para tratar de impedir que prendiera el cereal, pero sin la pierna era demasiado lento. Incendió los sacos.

    Macaroxh inhaló con fuerza y se ganó otra furibunda mirada de Minervah.

    —Conseguiste traer un saco —dijo la jefa de guerra y Sarah asintió.

    —Ni siquiera sé de dónde saqué la fuerza. Me apoyé en un instrumento de labranza que había en el suelo. Creo que era una horca. O quizás un rastrillo. Conseguí ponerme de pie y usé aquella herramienta a modo de muleta. El agente quiso dispararme de nuevo, pero se le había acabado la munición. Llegué a él antes de que pudiera recargar el arma. Le mordí en el cuello y se derrumbó. Me moví rápido hacia los sacos, pero solo uno estaba todavía intacto. Lo aparté de las llamas y lo arrastré hasta ponerlo a salvo del fuego. Finalmente, vacié la carreta tras la que antes me había refugiado y cargué en ella el saco y al nuevo hijo del trigo y emprendí el lento camino a casa. Cuando él recobró la conciencia rompió a llorar y, entre lamentos, aseguró que aquel era el último reducto de cereal que quedaba en la zona exterior. Ese saco de trigo —recalcó Sarah— es el último del mundo.

    —Lo usaremos sabiamente —dijo Macaroxh— y honraremos el precio que has pagado por él.

    Minervah asintió y puso una mano sobre su hombro. Le hizo una señal con la cabeza al jefe de la asamblea, ambos se alejaron de ella y la dejaron a solas con sus demonios.

    Iba a echar de menos a Franh, pensó Sarah, pero de inmediato su mirada se fijó en la barra de hierro que surgía de su muñón. También echaría de menos su pierna.

    Aquí encontrarás la historia final que surgió de este primer texto.

  • Canción de siega: Pan de muertos

    Canción de siega: Pan de muertos

    Lee la parte anterior en Canción de Siega: Supervivientes

    La harina flotaba en el aire y lo impregnaba todo con un aroma que solía ser reconfortante. Paula se ajustó la mascarilla. El aire en la panadería era más pesado esa noche. No era solo la humedad, algo más se ocultaba tras la familiaridad de la harina.

    El teléfono había sonado temprano. Una voz áspera, cansada, había murmurado advertencias vagas sobre una posible contaminación del grano. Micotoxinas, decía. Paula había oído el término antes, pero nunca había imaginado que algo tan abstracto pudiera sentirse tan real. Y ahora estaba allí, amasando pan con manos temblorosas mientras su mente intentaba aferrarse a la lógica.

    El primer golpe contra el cristal la sacó de sus pensamientos. No era el ruido típico de una piedra o un accidente; era algo más deliberado, casi hambriento. Se giró hacia el escaparate y lo vio: un hombre apoyado contra el vidrio, su cabeza ladeada en un ángulo grotesco. Tenía la mirada perdida, vacía. Su piel era grisácea y había algo inhumano en sus movimientos. Golpeó de nuevo, ahora con más fuerza. Paula retrocedió, incapaz de apartar la mirada de las manchas rojizas que se extendían en el vidrio. No quería creer que fuera sangre.

    —¿Se encuentra bien? —logró preguntar, aunque su voz sonó débil.

    El hombre no respondió. Otro golpe resonó detrás de él, y luego otro. A su alrededor aparecieron más sombras, rostros que Paula reconocía como vecinos, clientes habituales, gente que le sonreía cada mañana al recoger sus barras de pan. Pero ahora esas sonrisas eran muecas hambrientas en sus rígidas bocas abiertas.

    Zombis, pensó. La palabra le atravesó la mente como un cuchillo, absurda pero indiscutible. Lo que veía eran cadáveres andantes. Y estaban hambrientos.

    A unos kilómetros de allí, la doctora Beltrán releía una y otra vez el último informe del laboratorio. Los datos eran claros: el Claviceps purpurea había evolucionado hasta crear un metabolito neurotóxico que iba más allá de las alucinaciones del ergotismo medieval. Este nuevo compuesto atacaba el cerebro, despojándolo de inhibiciones y dejando al huésped atrapado en un estado de rabia y desesperación primitiva.

    Las pruebas en animales eran devastadoras. Los ratones infectados mostraban comportamiento caníbal en cuestión de horas, atacando a los sanos. Pero no era solo el hambre lo que los impulsaba. Era algo más oscuro, más profundo, un instinto que no pertenecía al reino de los vivos. Y el contagio no se limitaba al pan. Bastaba una herida, un rasguño, para que la toxina encontrara su camino al torrente sanguíneo.

    Beltrán se recostó en su silla, la cabeza entre las manos. Había hecho llamadas frenéticas a las autoridades, pero la burocracia no se movía con la velocidad que requería una emergencia como esta. Afuera, la noche parecía más oscura que de costumbre, como si la ciudad misma respirara su último aliento.

    Paula había logrado atrancar la puerta con una mesa, pero el cristal del escaparate empezaba a ceder bajo el peso de los no muertos. La puerta trasera se abrió de golpe, y Carla, su aprendiz, apareció en el umbral. Estaba cubierta de sangre, su delantal blanco manchado de rojo oscuro.

    —No pude detenerlos… —dijo Carla, su voz un susurro quebrado—. Están por todas partes. Los vecinos… ellos…

    Paula dio un paso hacia ella, pero algo en los ojos de Carla la detuvo. Había un brillo febril, un temblor en sus manos que no era del miedo.

    —¿Te mordieron? —preguntó Paula, aunque temía la respuesta.

    Carla negó con la cabeza, pero Paula no podía confiar en eso. Retrocedió hacia la mesa y agarró el cuchillo más grande que pudo encontrar. Carla dio un paso adelante, y la vio retorcerse, sus movimientos cada vez más espasmódicos. Entonces, entre convulsiones, Carla cayó al suelo. El sonido que salió de su garganta no era humano.

    Casi de inmediato, Carla se levantó con un único y antinatural movimiento, y Paula apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la chica se lanzara sobre ella. Usó por acto reflejo el cuchillo que sostenía; la hoja cortó la carne, pero Carla no se detuvo hasta que, desesperada, Paula la empujó hacia el horno caliente. El olor de la carne quemada llenó el aire, pero ni siquiera eso hizo que Carla se detuviera.

    Con el cuerpo temblando, Paula cerró la puerta del horno y atrapó dentro a la criatura en la que se había convertido su amiga. Afuera, los golpes contra el cristal seguían, cada vez más fuertes.

    Paula se limpió la sangre de las manos, con la mirada fija en los sacos de harina apilados en la esquina. La toxina estaba en todo. Y ya era parte de ella.

    Con una última mirada a la panadería, Paula tomó el cuchillo y esperó a que el cristal se rompiera.

    Si sientes curiosidad, aquí puedes leer el texto que dio lugar a la historia.

  • Canción de siega: Supervivientes

    Canción de siega: Supervivientes

    Lee el principio en Canción de Siega: La última cosecha

    Tierra seca, cactus y lagartijas. Eso era todo lo que había a su alrededor desde hacía días. O, al menos, eso era lo único que Brock veía cada vez que abría los ojos. Al principio, había creído que aquel erial era parte de los delirios que lo atormentaban durante los largos periodos de sueño febril. Pero los episodios de inconsciencia eran cada vez más breves y espaciados entre sí, aunque igual de intensos y terroríficos. Aun así, el yermo paisaje a su alrededor llevaba días sin cambiar.

    Se fijó en su acompañante, que alguna vez había sido una mujer humana, pero que ahora era poco más que un cadáver andante, una infectada, una convertida, que en ese momento tendía hacia él una lagartija, todavía viva, ensartada en la hoja de una vieja navaja oxidada.

    —Come.

    Fue una orden, no una invitación. Pero Brock fue incapaz de hacer nada, salvo mirar al animalillo que se removía con desesperación para tratar de escapar, a pesar de la herrumbrosa hoja que le atravesaba el tórax. Él era como esa lagartija. En la práctica, estaba muerto. No había modo de huir. Pero no tenía intención de ceder sin luchar.

    —Aliméntate. —Otra orden, pero con voz más suave ahora—. O perderás el control antes de llegar.

    Los movimientos de la lagartija ensartada eran ahora más lentos, más erráticos. El animal estaba débil, su cuerpo lánguido. Un violento estertor lo sacudió de arriba abajo. Brock pensó que el reptil había muerto y lo envidió, pero otra vez comenzó el lento y cada vez más débil movimiento del animal, que todavía resistía y luchaba contra un destino del que no podría escapar. Como él.  Otros dos estertores sacudieron el cuerpo de la lagartija antes de que finalmente encontrara el descanso. Y, entre ellos, el reptil siguió luchando. Como si hubiera alguna posibilidad de salir de allí. Algún modo de huir. Alguna esperanza.

    —La carne de dragón es buena —insistió la convertida con un movimiento de la navaja, que hizo temblar el cuerpo ya sin vida del animalillo—. Mantendrá a raya al comensal y te hidratará.

    La vista de Brock se apartó del cadáver del reptil clavado en la navaja y se fijó en la mano que la sostenía. Era de un color pálido azulado, salvo allí donde le faltaban algunas uñas, lugar que se había oscurecido hasta convertirse casi en negro.

    —¿No sabes hablar? ¿O todavía no puedes?

    Una tos áspera brotó de la garganta de Brock, un acto reflejo para probar si verdaderamente tenía la capacidad de hablar. Sintió tanta sequedad e irritación que no tenía claro que pudiera emitir sonido alguno si lo intentaba.

    —Bien, no es necesario que hables. Basta que comas —concluyó ella y, con un rápido movimiento, le lanzó la navaja.

     La lagartija atravesada por la hoja fue a parar a su regazo. Brock quiso apartarse, rechazarla, lanzarla lejos. Pero permaneció inmóvil, con la vista fija en el animal muerto.

    —Si no comes, el comensal tomará el control de ti —explicó la convertida, cuya voz se había suavizado un poco más—. Perderás la mente, dejarás de ser tú y harás cualquier cosa para alimentarte. Si eso sucede, tendré que matarte. Y me ha costado demasiado esfuerzo traerte hasta aquí para tener que arrancarte la cabeza cuando estamos a punto de llegar.

    Con un crujido, el carro se puso en marcha con el ya familiar y monótono traqueteo de las enormes ruedas de madera, que giraban al compás de un seco golpe de metal. Los ojos de Brock buscaron el origen de aquel sonido que no había dejado de acompañarlo ni siquiera durante la inconsciencia, momento en el que se había convertido en parte de sus delirios. Al principio, no pudo comprender qué veía. Una larga barra de hierro oxidado se movía junto a la pierna de la convertida, que estaba empujando casi sin esfuerzo el enorme carro en el que él iba tendido, junto al saco de grano y numerosos enseres de labranza. Poco a poco, asimiló que era una sola pierna la que se movía junto a la barra metálica que producía aquel inquietante sonido. Después, comprendió que el ruido que le erizaba la piel no era el golpe de metal de la barra al golpear el suelo, sino el chasquido húmedo que lo acompañaba. Era ese gorgoteo lo que le erizaba el alma y, sin poder evitarlo, buscó su origen y vio que la barra de metal se hundía allí donde tendría que haber estado la pierna derecha del ser que empujaba el carro.

    —¿No te gusta? —oyó la voz de la convertida, que llegaba a él desde algún lugar lejano—. Después de que aquel disparo tuyo me volara la pierna, esta ha sido la mejor solución que he encontrado.

    Los recuerdos acudieron en tropel a la embotada mente de Brock. La granja, los últimos silos de trigo infectado, los sacos de grano, el grupo de infectados, la lucha, sus compañeros muertos, el fuego… Buscó el rostro de la convertida con la mirada. La reconoció de inmediato.

    —Aunque también podría haberte quitado una de las tuyas —seguía diciendo ella, cuyos labios morados se retorcían en una macabra imitación de sonrisa, que dejaba al descubierto unos maltrechos dientes amarillentos—. No es que las hayas usado demasiado hasta ahora.

    —Eres una infectada —se oyó decir Brock, como si eso fuera algo nuevo, como si cambiara algo.

    Ella asintió.

    —Y me mordiste —dijo en voz alta, aunque en realidad hablaba para sí mismo.

    Vio a la convertida torcer la cabeza en un gesto de obviedad al mismo tiempo que la grotesca sonrisa de sus labios era sustituida por una línea fina y tensa.

    —Ahora… Yo…

    Las palabras no salían de la garganta de Brock y no era por la sequedad ni por la irritación. Pensó en su esposa, en sus hijas, en la vida que una vez había tenido y que ya nunca recuperaría.

    —Ahora tú eres como yo —terció ella—. Un hijo del trigo. Un superviviente. 

    Sigue en Canción de siega: Pan de Muertos

  • Canción de siega: La última cosecha

    Canción de siega: La última cosecha

    Salimos de la zona de excepción dos lunas atrás y seguíamos sin hallar alimentos. Habíamos terminado la carne seca de dragón y solo quedaban cuatro pitahayas. Rioth y Pamh, famélicos, estaban perdiendo el dominio de sus cuerpos, suspendidos entre la vida y la muerte. El culpable era el comensal, el parásito que estaba a punto de adueñarse de ellos. Pero si el comensal moría de hambre, el huésped moría con él. También Franh y yo necesitábamos comer. Sin provisiones, era imposible volver a la zona de excepción y, llegados a ese punto, debíamos buscar hasta el final.

    Resignado, Franh nos lanzó una pitahaya a cada uno y atrapé la mía al vuelo. El aroma dulce del fruto me embriagó y lo atesoré junto a la imagen de la gruesa piel amarilla con forma de grandes escamas. Con las uñas, la abrí por la mitad y me llevé la suculenta pulpa blanca y llena de semillas a la boca.

    Al terminarnos las pitahayas, lo vimos. Al norte había una antigua granja con un enorme silo de cereal. Corrimos hacia allí, ilusionados con la posibilidad de salvarnos y de poder cumplir nuestra misión: llevar alimento a la zona de excepción.

    Emocionados, avanzábamos sin precaución y los agentes del grano nos pillaron desprevenidos. Oí una detonación y la cabeza de Franh reventó junto a mí y me llenó de fluidos. Su cuerpo siguió corriendo, animado por el comensal, pero nuevos disparos acabaron con él y comprendí lo que estaba pasando. Busqué refugio tras una carreta y Rioth y Pamh me siguieron. Cuando los agentes se acercaron, saltamos sobre ellos antes de que dispararan. Eliminarlos fue sencillo, solo eran siete humanos. Entonces vimos las llamas. Los agentes habían prendido fuego al trigo amontonado bajo el silo, pero quedaban tres sacos a salvo.

    Rioth y Pamh se abalanzaron sobre los sacos para engullir el grano a puñados. Traté de detenerlos, pero el comensal había tomado el control. Lo único que pude hacer por ellos fue arrancarles la cabeza y lanzarlas al fuego, junto a sus cuerpos.

    Salió otro agente y corrió hacia mí sin dejar de disparar. Esquivé varias balas explosivas, hasta que una acertó y me voló la pierna. Caí, busqué la extremidad para reinjertarla, pero solo quedaban trozos de carne y hueso.

    El agente volvió junto a los sacos de cereal y los incendió sin que pudiera evitarlo. Encontré una horca en el suelo, la usé como muleta para levantarme y caminar. El agente había terminado la munición y llegué a él antes de que recargara el arma. Le mordí en el cuello y se derrumbó. Cogí el único saco intacto y lo arrastré hasta la carreta que antes me había protegido y lo cargué. También recogí al nuevo hijo del trigo y emprendí el camino de vuelta a casa.

    Cuando el antiguo agente, ahora infectado por el comensal, despertó, rompió a llorar. Aquel era el último reducto de cereal de la zona exterior. Nuestro saco de trigo era el último del mundo.

    Sigue en Canción de Siega: Supervivientes

  • Un túnel

    Un túnel

    A veces me despisto. A veces, me olvido de qué quiero y, peor, de por qué. A veces me pierdo y no recuerdo qué hago, de dónde vengo, adónde quería ir… A veces, me olvido hasta de mi nombre.

    De pequeña imaginaba la vida como un túnel. Un túnel con ventanas, desde las que entraba luz y color. No sé dónde saqué aquella imagen, pero sí sé que me gustaba, la sentía reconfortante. Aunque el túnel era oscuro y la luz que entraba por aquellas ventanas era lo único que se podía ver. Tanto así, que en ocasiones, me ponía a jugar con los rayos de luz, que rebotaban allí y allá, estallando en mil diminutos rayos de todos los colores. Por supuesto entonces sabía que aquellas luces, aquellos colorines, tan divertidos y juguetones, no eran más que una ilusión. Sabía que lo que yo tenía que hacer era seguir recorriendo el túnel. Y sabía por qué, aunque ahora ese motivo, que de pequeña me resultaba tan claro e incluso acuciante, se me haya olvidado por completo.

    La imagen del túnel no me parece tan cálida ahora. Es un túnel oscuro y frío, hecho de negra roca cristalizada. Supongo que de ahí los destellos de luz. Ahora a menudo me molesta tener que recorrer este túnel, quiero rebelarme y salir, o sentarme y quedarme muy quieta en señal de protesta. Pero eso solo ocurre cuando recuerdo que, en realidad, estoy dentro de un maldito túnel, oscuro y frío, hecho de negra roca cristalizada. La mayor parte del tiempo olvido el túnel, me distraigo pensando en qué tipo de material será este del que están hechos suelo, techo y paredes, por qué rebota así aquí la luz, por qué forma millones de colores… Y los miro, los observo jugar, chocando con la roca para variar su trayectoria, multiplicándose o dividiéndose, brillando sin parar. Los sigo, busco su procedencia, encuentro las ventanas, que a veces son poco más que milimétricos agujeros, a veces enormes boquetes en la pared desde los que me puedo asomar. No veo nada, salvo luz y colores. No sé qué hay allí fuera, y aunque sé que saltar por una de aquellas ventanas no es la forma de llegar, las ganas no me faltan.

    Ahora, a menudo se me olvida que esto es solo un túnel y creo que los reflejos de color son la única realidad. Me pierdo en su belleza, ambiciono su brillo, me quedo absorta contemplándolos, y dejo de caminar.

    Por suerte, o quizás no, siempre hay algo que me espabila, algo que me recuerda que las luces son solo reflejos y nada más. A veces es el tacto de la roca fría, otras que me golpeo contra una pared. Generalmente ocurre que me mareo de tanto en girar persiguiendo los destellos de luz que no puedo atrapar y caigo.

    Un túnel, oscuro y frío, nada más…

    Entonces me levanto, dejo que mis ojos se acostumbren de nuevo a la oscuridad, que mi mente se olvide de las brillantes luces, y vuelvo a caminar. Despacio, un paso ahora, después otro. Despacio… Lentamente los sentidos se adaptan y se olvidan de la ilusión en la que, seguro, se volverán a perder de nuevo unos metros más allá. Pero en ese momento no importa, porque allí, al fondo, se vislumbra algo… Algo que es real, algo que no es un destello fortuito, ni una ilusión. Algo que se deja de ver tan pronto como lo has atisbado. Algo que prende dentro de mí un calor ardiente, demasiado intenso para durar demasiado, lo suficientemente rotundo para caldear mi cuerpo durante días, semanas, meses, a veces incluso años…

    Un túnel, oscuro y frío, que lleva a algún lugar.

    Un túnel que, ahora, cuando vuelvo a recordar, parece el mejor lugar del mundo en el que estar. El único camino posible que seguir. La senda de negra obsidiana que me lleva hasta ti.

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    Escrito el 18 de octubre de 2014.

    Publicado originalmente en Diario de una escritora, uno de mis blogs de otra vida.

    Lo he encontrado esta tarde, sin buscarlo, navegando entre ruinas digitales de mala tarde. No lo recordaba. Me he reconocido, no en quien soy ahora, sino en el camino que me ha traído hasta aquí. Me ha parecido razón suficiente para sacarlo del olvido.

  • Por puro gusto

    Por puro gusto

    Por placer, para calmar la mente, para entender el mundo, para ordenar ideas, para escapar de la realidad, para comprenderla, para fijar recuerdos, para revivir momentos, para imaginar situaciones que de ningún otro modo pueden suceder… Estos son solo algunos de los motivos que se me ocurren para escribir. Aunque me consta que hay muchos más.

    Por eso no puedo entender que estos días atrás, con motivo de la festividad del libro, en muchos medios escritos diversos articulistas algunos de ellos escritores profesionales y otros tantos académicos, pero, en su mayoría, periodistas resaltaban la enorme cantidad de libros publicados en la actualidad, en un mercado, decían, saturado, en el que no hay lectores para tanto libro. Y, además, se llevaban las manos a la cabeza porque menuda desgracia hoy en día todo el mundo conoce a alguien que escribe. ¡Cómo puede ser eso!

    No deja de maravillarme que la mayoría de las digresiones opinadas que leí pensaban en la escritura solo como una actividad económica, es decir, de la que sacar un rédito, como si nada que no implicara la posibilidad de un futuro provecho monetario pudiera valer en modo alguno la pena.

    Pero lo que más me alucina es que esas personas en su mayoría señores, aunque no sé hasta qué punto el género es importante aquí salvo porque en la mayor parte de la historia este tipo de actividades intelectuales las han practicado, mayormente, hombres parecían incapaces de pensar que hay más motivos para hacer cualquier cosa más allá que el simple lucro.

    En justicia debo decir que algunos aludían también al postureo, sí, así tal cual, como causa probable del auge escritoril del ciudadano de a pie. Ya sabéis, eso de planta un árbol, trae un hijo al mundo y escribe un libro, que, por lo visto, sigue dando caché y siendo sinónimo de una vida plena.

    Pero, por lo visto, nadie al menos no que yo leyera defendía la escritura como una afición placentera, como quien hace ganchillo o se dedica al cuidado de las plantas o, yo qué sé, juega a rol o a videojuegos. Las referencias al goce, a la satisfacción, al disfrute en una actividad como esta de escribir brillaban por su ausencia.

    Qué vida más triste, pensé, la de estas personas incapaces de contemplar el placer y de pensar solo en términos de logros, éxito y, por supuesto, dinero. Pero, de pronto, me di cuenta de que esa no es más que la esencia destilada del espíritu de los tiempos que vivimos.

    Unos tiempos en los que tener un blog como este, tipo diario digital, es, según la inteligencia artificial, una actividad vintage. Porque, claro, ahora, lo que se lleva son los vídeo diarios. Que, oiga, muy respetables me parecen, igual que lo fueron en su día los cilindros de cera que usaba en Drácula el Dr. John Seward para sus anotaciones sobre el comportamiento de Renfield. No obstante, el medio no debe desmerecer la práctica. O, al menos, no necesariamente.

    Esto de priorizar el fin y que este siempre sea económico o de prestigio, que suele redundar en lo anterior explica, muy a mi pesar, qué está pasando con géneros como la diarística, la autoficción o la llamada literatura del yo, que, de tanto etiquetarlos, han acabado convertidos en fórmulas carentes de originalidad. Quizás si la práctica fuera por goce o necesidad de expresión, o de entenderse a uno y al mundo, o de búsqueda de belleza, o de reflexión otro gallo cantaría.

    Un poco igual ocurre con la ficción. A base de etiquetas y fórmulas nos estamos cargando la diversión prefiero no hablar de calidad, porque ese es otro tema tanto de leer como de escribir.

    Ojo, que no estoy defendiendo la ignorancia del autor. La narratología es una materia que merece todos mis respetos y que, por cierto, me encanta. Pero tengo la costumbre de dejar todos los manuales en la estantería cuando me siento a escribir. Y creo firmemente que lo contrario no es escribir, es otra cosa.

    Particularmente, me declaro en rebeldía. Me niego a escribir por nada que no sea placer o pura necesidad, que son los motores que comúnmente me empujan, indistintamente, a coger el boli o a aporrear teclas.

    No consideraré más la escritura oficio, a lo sumo, artesanía, por aquello del perfeccionamiento a través de la práctica. Digo más, nada que no sea pasión conducirá jamás mis letras, con independencia de que queden fijadas en un blog, un cilindro de cera, un libro, electrónico o de papel, o en un video diario cualquiera.

  • Bicho de exterior

    Bicho de exterior

    Escribo desde la terraza, aunque todavía hace fresco porque a estas alturas del año el sol no llega aquí hasta la hora de comer. Pero me he propuesto adaptarme otra vez a esta ciudad y eso, en mi caso, implica terraza —a pesar del tráfico, las sirenas y el olor a gasolina—.

    Soy un bicho de exterior, suelo necesitar sol, aire fresco y grandes masas de agua en las que nadar o junto a las que pasear. Aquí no hay ríos así que tengo que conformarme con el mar, pero, creedme, no le hago ascos al agua dulce.

    También necesito vegetación, preferiblemente bosques, pero en su defecto me apaño bien con margaritas, como las que llenan estos días la barandilla de mi terraza y que consiguen que el ruido de coches y el olor a tubo de escape pese menos.

    A veces, pienso que he nacido en el lugar equivocado, pero después recuerdo cómo era mi ciudad hace unos años, cómo se sentía sentarse en esta misma terraza desde la que ahora escribo, y, aunque no entiendo qué ha pasado —o sí, pero prefiero no pensarlo—, comprendo que no es un problema de localización. Tampoco de tiempo, aunque también, en ocasiones, caiga en la trampa de pensar que vivo en la época que no toca.

    Tal vez esto no sea solo un problema mío. Ni de este pedrusco rodeado de mar en el que habito. Ni siquiera de la época. Quizás lo que ocurre es que el mundo ha enloquecido y, de alguna manera, todos nosotros con él.

    Me gustaría ser capaz de volver a vivir despacio. Repensar qué es o no importante. Recalcular en qué consiste el lujo. Aunque, quizás, de lo que se trata es de volver a mirar dónde demonios está el norte para comprobar que la dirección que seguimos es la adecuada, la que de verdad queremos, y, en caso contrario, reorientar nuestros pasos.

    Cada día intento hacer eso —frenar, respirar, valorar, disfrutar— y cada día en al menos una ocasión pierdo el rumbo. A veces me doy cuenta y puedo corregirlo. Otras, a pesar de percibirlo, no consigo volver a mi ruta. En las peores, tardo tanto en comprenderlo que al darme cuenta ya he chocado contra el siguiente iceberg.

    Sí, hoy escribo fuera, a pesar del fresco y del ruido, porque creo firmemente que cada pequeño gesto importa y permite calibrar la brújula, fijar o corregir el rumbo.

    Puede que sea una ingenua en un mundo de locos.

    De ser así —que no lo dudo— que la ingenuidad sea mi tipo de locura.

La Enésima

Aquí cultivo letras, a veces nacen historias

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