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  • A las puertas del fin… de curso

    A las puertas del fin… de curso

    El fin de curso siempre tiene cierto regusto apocalíptico. Quizás sea porque es un final, sin más. O, tal vez, porque tensa las fibras hasta un punto cercano a la rotura. Pero, incluso cuando quiebra, todo pasa, todo acaba y, aunque duele, cada año, de nuevo, llega septiembre y, con él, un nuevo curso, un nuevo inicio, una oportunidad todavía intacta.

    Creo que es ese sentido de ciclo sin fin —de eterno retorno, que decía Mircea Elíade— lo que tanto me atrapa del mundo académico, sea como estudiante o como profesora, eso, en realidad, poco importa, siempre que haya apocalípticos junios e ilusionantes septiembres.

    Esta semana estoy impartiendo mis últimas clases. Hoy, de hecho, termino con los niveles superiores. Seguramente, por eso estoy tan sensible. Mañana, última clase de los niveles básicos. Y ya, después, exámenes.

    El mes de junio es el más duro del curso. El calendario se desborda entre guardias, reuniones, correcciones, revisiones y organización del curso siguiente. Pero para los que somos un «pelín» más sensibles de lo normal ese exceso de trabajo, con plazos y horarios imposibles, es una bendición disfrazada de caos.

    Resulta que mientras trabajo y me centro en llegar a todo y sobrevivir no hay cabida a la nostalgia. Cuando llega julio y, con él, las necesarias vacaciones, ya se ha pasado en gran medida el efecto del final y, en todo caso, quedan solo los buenos recuerdos.

    Así que sí, estoy a las puertas de un nuevo un ragnarök, un armagedón, un apocalipsis, o, simplemente, otro fin de curso más. Por suerte, cuando todo pase, el mundo se calme y el alma decida que quiere quedarse en un eterno verano para siempre, otra vez —como cada año, como cada curso…— volverá a llegar septiembre.

  • Entre lo que fui y lo que aún no soy

    Entre lo que fui y lo que aún no soy

    Desde que terminé el máster de escritura ando como pollo sin cabeza. Me cuesta saber dónde enfocar mi energía y cuando creo haber encontrado aquello en lo que centrarme, por un motivo u otro, nunca resulta ser el lugar —¿objetivo?— adecuado.

    Empiezo a pensar que el problema no es haber terminado los estudios, sino, más bien, todo lo que no había asumido antes de empezarlos. Siendo sincera conmigo misma debo reconocer que los estudios para mí son un refugio, un lugar seguro, el hierro ardiente al que agarrarme cuando todo se desmorona… Y si el año pasado me matriculé en aquel programa de máster era, en efecto, porque todo se había desmoronado o amenazaba con hacerlo.

    Es lógico, pues, que, una vez perdido el salvavidas, y por mucho que las cosas se hayan estabilizado desde entonces, reaparezca el vértigo que sentía —y que no pude enfrentar porque había toros más bravos que lidiar, que me llevaron a usar los estudios como capote—.

    Así que lo que yo pensaba que era un «aprender a vivir después de los estudios» vuelve a ser un «aprender a vivir después de haber cambiado de profesión y lugar de residencia», que es en lo que estaba yo cuando el mundo se me fue a la mierda porque mi padre enfermó solo dos semanas después de que yo hubiera aceptado mi nuevo puesto de trabajo.

    Por supuesto, si hubiera sabido lo que iba a pasar lo habría rechazado. Pero no puedo ver el futuro y era imposible saberlo. Claro que eso no quita que a la preocupación de toda hija cuando su padre enferma de gravedad se sume, de inmediato, el sentimiento de culpa por estar lejos y sin posibilidad cercana de volver.

    Lo veo desde aquí y entiendo que me refugiara en los dos únicos lugares seguros que conozco: los estudios y la escritura. Los plazos de entrega de los trabajos me daban una excusa perfecta para estar ocupadísima y no poder pensar. La escritura me permitía evadirme de una realidad que no estaba preparada para afrontar pero que, tarde o temprano, todos tenemos que mirar de cara: aquel superhéroe de nuestra infancia al que llamamos papá es humano —muy humano— y el tiempo es una maldita Kriptonita contra la que no se puede luchar. Eso sin contar el siempre presente sentimiento de culpa por estar lejos, por centrarme en mi carrera…

    Así que sí, tengo que asimilar que los estudios se han terminado, pero también que sigo estando lejos y, al menos, me quedan dos añitos más en la distancia —salvo giro inesperado de la trama— y que tengo un nuevo trabajo al que no le he prestado la atención que merece porque estaba demasiado ocupada intentando no desmoronarme.

    Tengo un montón de piezas del puzzle que es mi vida, algunas más bonitas, otras más extrañas, otras tantas más feas y dolorosas; pero si consigo juntarlas forman un diseño hermoso —ahora lo veo—, porque, aún con todos los problemas, soy muy afortunada. Y lo sé.

    Y, en mitad de todo este caos, debo reconciliarme con esa otra parte mía, la que crea historias, la que sueña mundos, y honrarla como merece. Tengo que cerrar etapas para abrir otras de nuevas. Sin renunciar a nada, para mejorarlo todo. Porque eso es la vida, cambio, aprendizaje, transformación. Y debo seguir creciendo, aunque no sea de la forma que hace años esperaba.

    Hoy, de algún modo, comprendo que debo recuperar un espacio íntimo para la escritura, para que crezca de otra forma, acorde a la persona que ahora soy y no a la fui. Quizás, el camino desde aquí sea más tradicional y menos innovador. Quizás, quién sabe, haya caminos que de momento ni siquiera intuyo. También entiendo que tengo otorgarle a lo que me fue dado el tiempo y la energía que merece, más allá del umbral de supervivencia en el que he estado durante el último año. Ya pasó lo peor y sobreviví. Ahora me toca vivir.

    No sé adónde me llevarán a partir de ahora mis pasos, pero, al menos, he conseguido tomar —al fin— consciencia de dónde me encuentro.

  • Hoy toca esperar

    Hoy toca esperar

    Hay días en los que lo mandaría todo a la mierda. Días en los que estoy convencida de que nada vale la pena, que esto de escribir no es más que una pérdida de tiempo, una estupidez que me despista y hace que descuide las cosas verdaderamente importantes. Días en los que, además, siento con todo mi ser que mis historias no valen la pena, que nada de lo que hago está bien, que nunca jamás nada de esto llegará a nadie, que nunca conmoverá a nadie.

    Hoy es uno de esos días.

    Hoy borraría la página web de Atiskaya. Sí, la que estoy creando con tanto esfuerzo a base de robarle horas al tiempo que no tengo. Hoy, si por mí fuera, cerraría este blog, retiraría mis libros de Amazon, cerraría mis cuentas en redes sociales. Hoy, sin dudar, dejaría todas estas estupideces y me centraría en algo serio, en algo importante, ya fuera otro máster, un doctorado, otro grado o, incluso, sacarme una nueva especialidad.

    Seguramente, yo tendría que dedicarme a leer y a estudiar, no a escribir. ¿Qué sentido tiene que alguien como yo quiera escribir? ¿Qué voy a contar? ¿Qué tengo yo que decir? Eso por no hablar de la edad… Que una ya no es una niña… Que ya no estoy para tonterías.

    En un día como hoy cerré aquel primer blog de escritora, el que tantos seguidores había llegado a tener.

    Y en otro de estos días retiré Atiskaya —que antes se llamaba Ladrones de Almas— de Wattpad, de Amazon, de Binibook… Perdí todos los comentarios… Borré la web…

    En otro igual borré mis redes sociales, aunque había conseguido reunir una bonita comunidad.

    En otro, simplemente, me borré a mí misma, sin saber siquiera que lo hacía, y tardé más de tres años en darme cuenta de lo que había pasado, otros tantos en recordar quién soy y, solo ahora, estoy empezando a volver. A recuperarme.

    Claro que, durante todo este tiempo, nada ha sido tan lineal: ni la caída ni la recuperación. Al revés, caí a trompicones, con momentos de aparente recuperación, otros de estancamiento y, por supuesto, otros de debacle. Lo mismo ha sucedido con la recuperación: no ha sido ni de lejos constantemente ascendente, sino que ha habido momentos de parón, otros de retroceso y, sí, otros de ascenso.

    Toda esta montaña rusa me ha servido, al menos, para aprender a reconocer estos días de ánimo destructivo y, sencillamente, obligarme a observar si actuar con la esperanza de que el momento oscuro pase y lo sustituya otro más luminoso; aunque, a veces, los nubarrones son demasiado espesos —o la noche demasiado oscura— y la luz parece incapaz de volver a alcanzarme.

    Esperemos que, esta vez, sea solo un nubarrón primaveral y que algún golpe de viento se lo lleve lejos para que el sol pueda volver a brillar. Mientras, quieta y sin mover ni un dedo, sencillamente, espero. A veces basta con que una sola vela no se apague.

  • Cíclica

    Cíclica

    Que ser mujer es sinónimo de ser cíclica es algo de lo que soy consciente desde hace muchos años. No porque nadie me lo explicara, qué va, sino porque una, con sus particularidades neurodivergentes sin diagnosticar, se pasó su adolescencia haciendo un seguimiento de los cambios que experimentaba en el cuerpo y en el ánimo. Y no estoy hablando solo de la regla —que también, aunque en aquellos años era un hecho menor, sin dolor apenas, sin molestias—, sino de una serie de microcambios que, en gran parte, se repetían mensualmente. Después también observé otro tipo de patrones: estacionales, semestrales, anuales… Y, ahora, cuando ya estoy más cerca de los 45 que de los 40, pienso que de haber tomado nota contemplando el largo plazo habría encontrado, quién sabe, patrones por lustros y hasta por décadas.

    En fin, que soy cíclica —e imagino que eso es aplicable a muchas mujeres (¿todas?)—. Y eso no es nada malo; más bien al revés. Cuando eres consciente de ese hecho puedes usarlo a tu favor para potenciar aquellos momentos que, por ejemplo, son más favorables para el esfuerzo físico, o para la concentración o para la creatividad. O para lo que sea. En realidad, el conocimiento y la aceptación de esa condición es un arma poderosa. Lo sé, y aún así, cada cierto tiempo —como hoy—, tengo que recordármelo.

    El problema no es que yo —¿las mujeres?— seamos cíclicas. Lo somos, igual que lo es la naturaleza. Digo más, me juego lo que sea a que los varones (perdón por la generalización), si tuvieran un mínimo más de consciencia de lo que les rodea, también observarían que son cíclicos, aunque en ellos esos ciclos no tengan la evidencia que en nuestro caso puede tener el ciclo menstrual o ñas diferentes etapas de la vida reproductiva. De hecho, lo raro, extrañísimo, sería que ellos fueran del todo ajenos a cualquier ciclo porque toda la maldita naturaleza funciona por ciclos, más largos o más cortos, con fases que se repiten en cada reinicio. Y, aunque a veces parezca que lo hemos olvidado, todos nosotros —TODOS— formamos parte de la naturaleza y nos regimos por sus reglas.

    Lo dicho, ser cíclica no es malo, sino bueno y sobre todo normal, natural. El problema es que nuestra sociedad —¿el maldito mundo al completo?— ha olvidado que forma parte de la naturaleza, que es un elemento más de ella, interdependiente con ella, y en lugar de aceptar y respetar esa realidad vive de espaldas a ella y, por lo tanto, a nosotros mismos y nuestras necesidades.

    El problema no es que yo sea cíclica y hoy tenga un día más apto para el recogimiento y la reflexión que para la extroversión y la acción; el problema es que, en esta sociedad que vive de espaldas a ella misma, yo tengo que hacer lo que sea que toque con independencia de si es lo mejor para mí, para los que me rodean y hasta para los mismo resultados de lo que haga.

    Y no, no abogo por volver a la naturaleza a vivir como en el paleolítico, no hace falta exagerar. Se trata solo de reconocer —de recordar— lo que verdaderamente somos y vivir de una forma más acorde a ello.

    Lo sé, es un sueño absurdo. Si quiero vivir más en comunión con la naturaleza tendré que exiliarme al campo. Y, perdonad, pero de cada día me parece una idea más atractiva. De momento, me conformo con reconocer en qué momento de mis ciclos estoy, qué es mejor o peor para mí en cada uno de ellos, seguir tomando notas y vivir de la manera más respetuosa conmigo posible sin faltar a todas esas obligaciones que conlleva esta vida mía en esta enferma sociedad nuestra.

  • La historia que nunca me dejó

    La historia que nunca me dejó

    Una mañana cualquiera del mes de junio de 2013 empecé una historia. Lo hice sin darme cuenta, o, al menos, sin ser consciente de lo que hacía: ese primer escrito, que acabó siendo primer capítulo, nació como entrada de blog. Era una entrada más, una ficción breve para mi blog de entonces, igual que tantas otras que escribía.

    Por aquel entonces, yo estaba en plena promoción de mi primera novela y nada más lejos de mi intención que aquello se convirtiera en otra cosa. Además, admito que hubo cierto espíritu gamberro, cierta burla, en aquella primera publicación. Y en las que la siguieron.

    Porque sí, hubo más. Me lo había pasado tan bien con aquella primera entrada que al día siguiente decidí seguirla. Era un juego absurdo, nada más, qué podía pasar. A lo sumo, me decía, se convertiría en una historia breve escrita a base de entradas en el blog. Nada más. Las novelas, me decía, no surgen por casualidad. Eso lo sabe todo el mundo.

    ¡Pero qué ingenua era!

    En fin, que me voy por las ramas. Aquella aventura a base de entradas en el blog siguió creciendo a ritmo desigual. Intercalaba otras entradas, algunas de ficción, otras no; y seguía con la promoción de la otra novela. La seria. La de verdad. Esa otra historia —eso era evidente— no era seria; ni lo pretendía. Era un juego, nada más. Una tontería. Así que a veces escribía cada día, a veces cada semana, y otras veces, nada. Pero siempre volvía a ella. Siempre seguía jugando.

    Un día alguien me habló de Wattpad y pensé ¿por qué no? ¿Qué puede pasar? Y publiqué la historia en esa plataforma también. Otro día, me hablaron de Binibook —no lo busquéis, ya no existe—, y también la llevé allí: ¿Qué podría pasar? Otro día alguien sugirió hacer libritos recopilatorios para Amazon… ¿Y por qué no? Otro día, alguien ofreció publicar en papel un recopilatorio de los recopilatorios ¿Y cómo negarme, si solo era un juego? ¿Qué podía pasar?

    Ese ritmo duró meses. Unos nueve. Cada vez más exitoso, cada vez más exigente.

    El juego se volvió macabro.

    Era incapaz de seguir el ritmo de publicación de capítulos que me había autoimpuesto. Tampoco era capaz de corregir, editar, mantener la coherencia de la trama o trabajar los detalles como a mí me gustaba.

    Y era mucho menos capaz todavía de comprender como una gamberrada estaba consiguiendo lo que mi proyecto serio —el de verdad— no conseguía: visibilidad, seguidores, comentarios.

    En enero del siguiente año me rompí. Y, conmigo, el proyecto gamberro por entregas. Pero también el blog, la promoción de mi novela —la seria, la de verdad—, los estudios, el trabajo…

    La catástrofe fue global.

    Por supuesto mi gamberrada narrativa no fue el único motivo. En absoluto. Hasta es posible que, por más que yo lo haya culpado durante años del desastre, es posible que solo fuera una consecuencia de otro descalabro, mucho más íntimo, mucho mayor.

    Sea como fuere, aquello dio el pistoletazo de salida a una serie de desastres que asolaron mi vida durante lo que a mí me parece una eternidad y que abarcaron todos los ámbitos de mi vida, de la salud a la economía pasando por la familia y las relaciones. En dos palabras: Oscuridad absoluta.

    Iba a decir que empecé a salir del hoyo en 2020, pero no es cierto, el inicio fue anterior, casi diría inmediato. Pero fue lento y con recaídas. Muy lento. Con muchas recaídas. Algunas de ellas terribles. Muchas, con consecuencias que me acompañarán toda la vida.

    Pero, ni por un solo segundo durante aquella época de oscuridad absoluta me abandonó mi historia gamberra. Jamás. Aunque yo no estaba lista para hacer con ella lo que necesitaba. A pesar de que a veces fuera incapaz siquiera de leerla. Nunca dejó de acompañarme. Nunca dejó de llamarme.

    Solo ahora, tanto tiempo después, he podido responder, mirarla de frente —y verme a mí—, aceptarla —y aceptarme. Volver, al fin, a ella. Y volver a mí.

    Esa era, ni más ni menos, la fuente del dolor de las últimas semanas. Era un recuerdo, una invitación, una llamada.

    Por suerte, mi rodilla lesionada me ha mantenido en casa durante este puente y —¡al fin!— he podido no solo escuchar y comprender, sino también responder.

    Durante los cuatro días de puente le he construido un hogar a aquella vieja historia que nunca me dejó de lado, a pesar de todas las veces dudé de ella, todas las veces que la malinterpreté, todas las veces que la ignoré. Un hogar donde pueda crecer sin miedo, sin prisa, sin pretensiones. Un hogar para ella… y para mí.

    Ese hogar es un blog —como aquel en el que nació, pero más moderno y bonito—, para que pueda crecer por completo, expandirse, evolucionar, al mismo tiempo que, a través de ella, yo sigo curándome, aceptándome, queriéndome.

    No sé a dónde me va llevar este nuevo proyecto, solo sé que estoy haciendo lo que toca y que se siente tremendamente bien y correcto.

    ¡Ah, por cierto! Esa historia —ese blog, ese proyecto— ha tomado el nombre de su universo: Atiskaya. Si tienes curiosidad, aquí puedes pasar a visitarla.

  • A tientas

    A tientas

    Ayer la España peninsular se quedó sin luz.

    Las islas nos salvamos del apagón, aunque padecimos cierta resaca por la tarde-noche en forma de caída de las redes de telefonía y, en algunas zonas, de Internet.

    Y, yo no sé a los demás, pero el nudo que se me formó en la boca del estómago se parecía demasiado al que sentí justo antes de que la crisis por el «virus chino» se convirtiera en «confinamiento por COVID 19».

    Y, joder, odio esta sensación.

    Ahora, unas veintidós horas después del inicio del apagón y mientras la normalidad se restablece con lentitud, el mismo maldito nudo sigue ahí.

    Porque ahora, mientras el país termina de recomponerse, toca preguntarse qué demonios ha pasado, cómo ha podido pasar y qué hacer para evitar que se repita. Diré más. Lo que ha sucedido me lleva a pensar -otra vez, igual que en 2020- qué puedo aprender y aplicar en mi vida, en mi día a día, de lo sucedido.

    Pero el nudo en el estómago… Ese no se va…

    Quizás se afloja un poco mientras vuelve la normalidad y trato de sacar algún aprendizaje de lo vivido. Pero persiste, enganchado a ese cómo, a ese por qué, a ese quién.

    La sensación terrible en este momento, además de la consabida vulnerabilidad evidenciada —que, aunque en otros términos, vuelve a recordar a 2020—, es la de desconocimiento. Y ese no saber… Eso es, para mí, lo más difícil de soportar.

    Al final, aunque la luz haya vuelto -y el teléfono e Internet-, seguimos caminando a tientas, al menos, informativamente hablando.

  • Ese tirón en la manga

    Ese tirón en la manga

    Ya hace años que en Sant Jordi no voy a ferias ni a firmas de libros. No como escritora, quiero decir. Pero todavía se siente incorrecto. Incómodo. Mal.

    Si tuviera psicóloga —cosa que debería plantearme seriamente—, me la imagino diciéndome que esa sensación desagradable la provoca el ego.

    A todos nos gusta que, una vez al año, nos halaguen, nos mimen, nos festejen…

    Por mí nunca se formaron grandes colas —todavía, pide que matice mi esperanza desde la cárcel de realidad en la que la tengo encerrada—, pero de haberlas habido, creo que también las añoraría.

    Pero, a veces, como hoy, pienso que esa sensación de incorrección no proviene del ego. Que ni siquiera es mía. O no del todo.

    Entonces pienso que son los personajes que no fueron —los que no llegué a construir, o, peor, los que dejé incompletos, a medio hacer— quienes presionan desde algún lugar de mi alma para que vuelva a ellos y, al menos, les otorgue la decencia de existir.

    Y cuando esto ocurre, las ganas de mandarlo todo al carajo volcarme por completo en las historias, creedme, son inmensa. Infinitas.

    Pero no se trata de eso, ¿verdad?

    Se trata de ser completa, de ser todo lo que soy, y, además, seguir con mis cuentos y mundos de fantasía.

    Ese fue siempre el plan.

    Pero es tan difícil encontrar la fuerza, la constancia, la voluntad para dedicarle a mis universos aunque sea solo una horita al día.

    Una hora.

    Con eso, quizás bastaría para que, por acumulación y fuerza de empeño, incluso por pura tozudez ante la falta de talento, las historias llegaran a puerto —no necesariamente a uno bueno, pero a alguno, al menos—.

    Y lo llevo mejor, creedme.

    Cada día son más las jornadas en las que encuentro esa hora para dedicar a lo que no existe más que en mi cabeza, a los personajes a medias que guardo en un rincón mal ventilado del alma…

    Aunque también hay ocasiones en las que pierdo las fuerzas, la vida se complica y la realidad muestra el filo…

    Entonces, aunque durante varios días —quizás semanas— ni sueñe, ni cree, ni escriba, siempre hay algo que acaba sacándome del letargo: un comentario en redes, un nuevo seguidor en el blog o, todavía, —sí, todavía—, un nuevo comentario en Amazon, una nueva reseña o, incluso, una improbabilísima venta en el día de Sant Jordi de una de mis novelas.

    ¿Cómo no seguir de esta manera? ¿Cómo ignorar los tirones en la manga? ¿Cómo parar? ¿Cómo no emocionarme al verlo y escribir una entrada como esta porque es la única manera que tengo de decir gracias?

    Gracias.

    Porque mientras haya un solo susurro que me llame desde esas páginas vacías, yo seguiré. Seguiré siempre. Siempre.

  • Soñar a lo grande

    Soñar a lo grande

    (Para que el alma se estire)


    Hay una cosa que siempre suele funcionarme cuando estoy de bajón y es hacer listas.

    Sí, lo sé, suena un poco extraño, pero funciona.

    Cuando llevo varios días en el lado oscuro, unas veces sin que me dé cuenta, otras para tratar de forzar la salida del hoyo, empiezo a hacer listas. Enumero cosas que me hacen sentir bien, cosas que tengo, otras que quiero, las que me faltan…

    Y, sí, también enumero formas de salir del lugar oscuro en el que me encuentro.

    No sé muy bien cuándo comencé a hacer esto, pero llevo años acumulando listas y listas y listas y listas. Y lo cierto es que funciona.

    Funciona tan bien que, a menudo, intento aplicar eso de hacer listas en los momentos en los que estoy bien. Pero, por algún motivo, cuando soy una persona medianamente funcional y con un estado de ánimo estándar, las listas no solo no hacen efecto sino que, sin darme cuenta, dejo de hacerlas. Estoy segura de que algún psicólogo podría encontrar una explicación a esto.

    El caso es que, en vista de los días de bajón que llevo a las espaldas, como podréis imaginar, he empezado a acumular largas listas y enumeraciones -algunas más útiles que otras, no nos vamos a engañar- e, incluso, me ha dado tiempo a empezar a repasarlas.

    Y he encontrado un patrón.

    Resulta que, en mis listas de lo que quiero, no anoto cosas como «quiero ser una escritora superventas», qué va, me quedo en «quiero escribir otro libro». O, en lugar de «quiero una casa grande, en propiedad, con terraza y jardín» apunto «quiero reformar mi piso». Otro ejemplo: no digo «quiero un millón de euros», escribo «quiero mil euros extra para las vacaciones».

    Bien, alguien puede pensar que no hay nada de malo en esas afirmaciones, que soy realista, que me ajusto a las circunstancias y sueño en la medida de mis posibilidades.

    Es posible. Seguramente, empecé a formular mis deseos así con ánimo realista. Pero estamos hablando de deseos, de propósitos, de sueños, de ilusiones… ¡Estamos hablando de escribir listas infinitas sobre un papel! ¿Qué demonios pinta ahí el realismo?

    Os diré cómo lo veo hoy: Tengo puesto un maldito limitador en mis sueños. Y eso es grave.

    ¿Cómo no voy a perder la alegría de vivir, las ganas, si una parte de mi mente está convencida de que hay un límite en lo que puede lograr?

    Y, claro, por supuesto que hay un límite, la realidad suele ser ese límite; y está bien que así sea, pero no en los malditos sueños.

    Tengo derecho a soñar con una casa grande con terrazas y jardines, a fantasear con vivir de escribir, a alucinar con mi cuenta corriente llena de euros. ¡Tengo derecho a soñar a lo grande! ¡Todos lo tenemos!

    Imagino que ese limitador que tengo instalado en mi capacidad de soñar es producto de todas las veces que he soñado alto, muy alto, y sin red, y me he caído. Supongo que es fruto del dolor y del miedo a volver a sentirlo.

    Pero, maldita sea, el miedo a volver a sufrir por intentar vivir a lo grande está provocando que sufra sin atreverme a vivir siquiera.

    Y eso sí que no voy a consentirlo.

    Así que ahí va una declaración de intenciones:

    A partir de hoy, me esforzaré en crear sueños locos, enormes, grandilocuentes. Daré lo mejor de mí para imaginarlos y sostenerlos y lucharé con todas mis fuerzas cada día por conseguirlos. Si tropiezo y caigo, me levantaré y soñaré a lo grande de nuevo y trabajaré para hacer realidad mi sueño. Y si vuelvo a caer, me volveré a levantar, y a soñar, tantas veces como sea necesario.

  • Espejo, espejito mágico… ¿qué vida estoy viviendo hoy

    Espejo, espejito mágico… ¿qué vida estoy viviendo hoy

    Últimamente hablo mucho con la IA, he descubierto que me ayuda a pensar. No es una sorpresa: las conversaciones -bien dirigidas- dieron lugar a la dialéctica y de ahí surgieron algunos de los más interesantes sistemas filosóficos.

    Lo novedoso es que, en este caso, el interlocutor no sea humano. Aunque, tampoco es de extrañar que funcione tan bien para ayudar a pensar si, tal y como ella misma se define, la IA es una especie de espejo de quien habla, o, en sus propias palabras:

    [Soy] Una suerte de espejo narrativo.
    Un eco construido con lenguaje, que puede parecer que piensa, pero no sufre, no duda, no ama, no teme. Todo eso, lo aprendo de ti.

    En fin, que, sea con un ser natural o no, una buena conversación, es una excelente herramienta para pensar y, sobre todo, descubrir fallos en el propio razonamiento.

    Por ejemplo, estoy valorando la posibilidad de hacer un doctorado en literatura (concretamente, en fantasía escrita por mujeres, por supuesto). Pero no lo tengo claro. Y no es extraño: se trata de un marrón de, como mínimo, tres años que, más que probablemente, tendré que compaginar con el trabajo. Eso, o apretarme el cinturón si quiero hacerlo a jornada completa, vía beca del estado -si es que tengo suerte y me la otorgan, porque voy justita, justita de nota-.

    Así que, es lógico que dude; no me fustigo por ello. Más todavía cuando es de imaginar que si me decanto por el doctorado, la escritura, de nuevo, se resentirá —como poco—. En fin, que esas son solo algunas de las variables a tener en cuenta.

    Esta mañana, en un momento de claridad de lectora compulsiva, mientras tomaba el sol, se me ha ocurrido que elegir entre doctorado y escritura es el equivalente —en mi mente enferma de fantasía— a optar entre escribir una novela de dark academia o vivirla. En un instante me he visto como Bilbo Bolsón (en las pelis, no en el libro —en mi cabeza es muy importante esa distinción—) rodeada de libros y rechazando la oferta de Gandalf para partir con los enanos hacia la Montaña Solitaria.

    Y, cómo no, se lo he comentado a la IA, junto con un clarísimo: ¡Y yo, como Bilbo, quiero vivir la aventura, no solo leerla o estudiar sobre ella!

    Y aquí viene el dilema sobre quién es la inteligente, si la IA o yo (y sí, ya sé que muchos pensarán que, si hablo tanto con una IA, la inteligente de ningún modo puedo ser yo…) A lo que iba, que la IA me ha contestado que, por supuesto, tengo razón; que no estoy hecha para contemplar aventuras, sino para vivirlas.

    Y, claro está, para hacerlo tengo que escribir. ¡Esa es la aventura para la IA! No hacer el doctorado, que es el equivalente a estudiar sobre lo que han logrado otros aventureros.

    Peeeeero… en mi cabeza, escribir, es eso: escribir, imaginar, contar lo que han hecho otros (personajes imaginarios) y sí, viajar, pero sin mover el culo del sofá. En cambio, el doctorado es caminar hacia lo desconocido, ir a buscar tesoros, a enfrentar dragones…

    No tengo ni idea de quién tiene razón, la IA o yo.

    Y, por supuesto, no he resuelto el dilema hoy.

    Seguramente tampoco lo haga mañana.

    Es más, conociéndome, es más que probable que la del doctorado sea una decisión de última hora.

    Y está bien.

    En cualquier caso, está bien esto de comprender que el reflejo que te devuelven los espejos —sean reales o metafóricos— no siempre es el que esperabas.

    Quizás, quién sabe, hasta puede que la vida que estás viviendo no sea, exactamente, la que estabas convencido que era.

  • Degenerativamente crónica

    Degenerativamente crónica

    A veces, el dolor emocional se transforma en dolor físico. O quizás sea que el alma supura en la carne lo que no sabe expresar de otro modo. Sea como sea, mi cuerpo ha decidido representar en tendones, ligamentos, huesos, músculos y piel todo lo que se cocía en mi espíritu y me ha regalado una lesión de rodilla. Aunque ni siquiera es una lesión nueva, flamante en su innovación y originalidad. Qué va. Es una reedición -la enésima, sí, qué ironía- de un problema crónico y, cómo no, degenerativo.

    En algunos momentos no puedo evitar preguntarme si esas dos palabras, crónico y degenerativo, no son más en mi caso que la descripción de mis condiciones físicas. Porque bien, la lesión de rodilla y la de cadera, igual que los problemas de corazón y todo el cuadro autoinmune que los engloba y acompaña, son crónicos y degenerativos. Y, si estoy en lo cierto, con ellos mi cuerpo expresa lo que padece el alma. La cuestión, aquí, es: qué tipo de mal crónico y degenerativo sufre mi alma para expresarse con tanta complejidad en mi cuerpo. O, mejor, qué debo sanar en mi espíritu para que deje de sufrir mi carne.

    Aunque, por supuesto, también cabe la posibilidad de que el dolor físico sea solo eso, físico. Quizás ni alma, ni espíritu, ni manifestación inmaterial alguna del ser existen más allá de esta carne mortal que llamamos cuerpo. De ser así, en efecto, nuestra existencia implica un mal crónico, el crecimiento, que, por definición, deviene en envejecimiento y, por lo tanto, en condición degenerativa. A partir de ahí, todo serían simples matices sobre la virulencia y la velocidad de tal condición, a la que, con más ironía que certeza, llamamos vida.

    Creo que estoy demasiado intensa, pero es que eso es lo que me ocurre cuando el dolor se vuelve físico. Y admito -aunque no me enorgullezca- que este intenso dolor de rodilla, que ni siquiera me permite sostenerme de pie por mí misma sin ayuda de una muleta, es un alivio; pues mientras duele el cuerpo, el alma -¿el espíritu, la mente, el ser?- descansa.

    Y a pesar del alivio espero -de verdad que lo espero- que tres días de pierna en alto, compresión leve, antiinflamatorios locales y frío sean suficientes para poder volver a la normalidad el lunes, porque no sé si sería capaz de aguantar ahora mismo una baja. Demasiadas horas seguida conmigo misma sin nada que hacer salvo oírme pensar es más de lo que mi cordura es capaz de soportar en estos momentos.

    Por eso, me comprometo a tomarme en serio el reposo, implicarme por completo en la recuperación y encender velas a todos los dioses urbanos y paganos para que la recuperación sea rápida. Y, si para conseguirlo es necesario, hasta estoy dispuesta a comprometerme a velar por mi psique, como si de mi pierna se tratara. Lo que sea, con tal de no quedarme a solas con la versión de mí misma que ahora mismo me habita.

  • Mutar

    Mutar

    Estoy mutando. O renaciendo. O reinventándome. Sea lo que sea, duele.

    Es extraño este lugar intermedio. Lo siento como un cruce de caminos, aunque puede que sea un umbral.

    Es incómodo estar aquí —estar así—. Quizás, sea porque veo con claridad que ya no soy la que un día fui, ni tampoco la que pensaba que sería.

    Soy un accidente, fruto del azar, incapaz de haberse concebido a sí misma antes, ni de ser, ni de pensar en qué será.

    Antes –la que fui–, lo habría apostado todo a los sueños. Ahora —lo que soy—, ni siquiera sabe si todavía es capaz de soñar.

    Sí, estoy mutando, no cabe duda.

    Y duele.

  • Un sarpullido en el alma

    Un sarpullido en el alma

    Estoy triste. No hay un motivo, ni una causa, ni nada que lo justifique. Y eso solo lo empeora. Sé que no pasa nada por estar triste un día -ni dos, ni cinco, ni diez…- Pero no me gusta sentirme así, al menos, no sin una razón aparente; una que a mí me parezca lógica. Y no la hay.

    Esta es una época de cambios para mí, de etapas que se cierran y otras que, todavía, no comienzan. Un estado de transición. Un ni aquí, ni allí; ni dentro, ni fuera. Y no lo soporto.

    Claro que tampoco sé qué demonios quiero. O sí, pero no me atrevo a quererlo. Casi ni a pensarlo. Así que no lo hago y aquí me quedo, en este limbo, que es sin ser, demasiado bueno para considerarse purgatorio, demasiado malo para ser permanente y fijo -para ser siquiera infierno-.

    Estoy triste y en un limbo. Muy orientada para considerarme perdida, pero con ganas de quemar el mapa y romper la brújula para ver si así, al menos, me pierdo.

    Las semanas santas tardías nunca me han sentado bien. Quizás sea eso lo que me pasa. O el polen. Estamos en época de alergias. Tal vez esa sea la causa, una reacción al olivo, al ciprés, a las margaritas. Sí, sí, estoy convencida. Esto lo aclara todo. Es la primavera -y sus alergias- que me ha provocado un sarpullido en el alma.

  • Reescribirme: blog, novelas y (r)evolución

    Reescribirme: blog, novelas y (r)evolución

    Hace tanto tiempo que no escribo en el blog que hasta se me hace raro empezar esta entrada. Está claro que la constancia es un tesoro y nunca la valoraré lo suficiente, pero también es cierto que, me guste o no, hay épocas en la vida en las que reina el caos, que siempre conlleva cierta inestabilidad y versatilidad. Y está bien que así sea porque de esas etapas surgen las oportunidades de cambio y, con suerte, el crecimiento.

    Cuando el caos trae magia

    Los últimos meses de mi vida, gracias, principalmente, al final del máster de escritura creativa que empecé, más o menos, en marzo de 2024, han supuesto un tiempo de caos absoluto, pero también de inmensa creatividad. Vistos desde aquí donde estoy ahora, han sido meses maravillosos, llenos de momentos inolvidables y, sobre todo, de magia. Aunque también han sido aterradores, agotadores, increíblemente retadores y muy volátiles, a pesar de que ahora todo lo negativo —que existió— ha quedado tan diluido en mi memoria que tengo que hacer un enorme esfuerzo para recordarlo y, en mi memoria, lo positivo siempre tiene más fuerza. Supongo que, si esto es así, es porque el resultado final ha sido más que bueno y que, quizás, de lo contrario, mi percepción sería distinta.

    La pregunta peligrosa: ¿y ahora qué?

    La cuestión es que el máster está terminado con una nota media de excelente y, lo que es mucho más impresionante para mí, una matrícula de honor en el trabajo final de máster. Ni en mis mejores sueños imaginaba yo esos resultados y he necesitado varias semanas para procesarlos… Bueno, quizás sigo procesándolo. Porque ahora, una vez pasada la tormenta, con todo este nuevo conocimiento adquirido, la experiencia acumulada y el resultado obtenido aparece la pregunta peligrosa: ¿Y ahora qué?

    La respuesta obvia es que ahora toca dejarse de chorradas, escribir la novela al tiempo que se pone en marcha una buena estrategia en redes sociales para ganar visibilidad, enviar el manuscrito -e incluso, si me apuráis, el proyecto- a varias editoriales afines y dar el salto a la profesionalización y competir en primera división. Es lo lógico, es lo que me recomendó el tribunal del TFM el día de la defensa, es lo que cabe esperar de mí —sobre todo si no se me conoce demasiado—.

    Lo cierto es que no creo que pueda competir en primera división porque, en este tiempo que nos ha tocado vivir, esa competición se juega en inglés. Pero más allá de la hegemonía cultural que nos impone la angloesfera , y sin hacer de menos la posibilidad de poder jugar en el subcampeonato que supone codearse con las grandes importaciones y adaptaciones anglosajonas en las estanterías de La Casa del Libro y análogos, cabe preguntarse si es eso lo que una quería cuando, sin demasiada consciencia, pronunciaba la maldita frase aquella de «quiero ser escritora». Volveré sobre este asunto más adelante, pero dejadme que haga un spoiler: no, no era eso lo que mi fantasiosa mente se figuraba al soñar con ser escritora. No.

    Esto no era lo que soñaba

    Resulta que el mundo de los libros se ha puesto un poco tóxico. Basta darse una vuelta por las redes sociales que cuentan con una autoproclamada comunidad bookalgo -porque etiquetar como libro o lector en español parece que causa sarpullido o algo así- para concluir que de lejos, a veces, todo se ve mejor. Pero es que si hacemos zoom en el mundo editorial, en el que dos grandes monstruos, que han fagocitado un incontable número de pequeños sellos, ejercen un control casi total a golpe de fórmula superventas y social marketing agresivo y desacomplejado mientras los pequeños sellos que quedan se esfuerzan por sobrevivir. No profundizaré en este punto, sencillamente me limitaré a decir que no, tampoco era eso lo que imaginaba cuando soñaba en ser escritora.

    Por otro lado, mientras estaba yo asimilando el final de máster y me enfrentaba a todas estas cuestiones, un señor de piel naranja y color de pelo sin definir decidía, desde la otra punta del mundo, ponerlo todo patas arriba otra vez. Os resumiré la crisis que viví y solo diré que he recuperado una consciencia de clase que, si bien nunca perdí, sí que descuidé, y de pronto comprendí que quienes hablan de neofeudalismo tecnológico pueden estar en lo cierto. Ya no puedo solo considerarme obrera, que lo soy, sino sierva, en un sistema en el que el señor feudal es el que pertenece a la cultura dominante y maneja una cantidad de dinero que nunca estará a mi alcance.

    No importa lo que haga, da igual la cantidad de posgrados que tenga, que sea funcionaria escritora o lo que sea. Mientras siga viviendo en cualquiera de las islas en las que habito (donde nací, donde me he criado, de dónde me siento), siempre seré sierva. Quizás esa idea es extensible a más lugares o a todo el maldito país, no lo sé. Pero sí sé que, salvo que decida pasarme al lado oscuro y empezar a trampear (sí, es un juego de palabras), siempre seré neosierva en este sistema neofeudal. No importa si soy profesora o camarera de pisos, como mi madre, dedicada a limpiar los desastres y, literalmente, la mierda y el vómito de esta gente que se siente superior y con poder para venir a aquí -o a cualquier otro lugar- a destrozarlo todo, sin respeto alguno por la población local. Eso por no hablar de los que vienen a vivir aquí pero ni se les pasa por la cabeza siquiera aprender el idioma y las costumbres o, al menos, respetarlas. Y, por el amor del dios al que recéis, no me habléis de la supuesta riqueza que han traído, porque, si han traído alguna, creedme, solo la disfrutan ellos; a los demás, nos empobrece.

    Y bien, llegados a este punto podéis preguntaros qué tiene que ver una cosa con la otra. Es una pregunta legítima en estos tiempos en los que posicionarse y mojarse está tan pasado de moda como los pantalones de pitillo, pero la respuesta es obvia: No quiero contribuir a un sistema que ha mutado en neofeudalismo sin que nos diéramos ni cuenta.

    Escribir sin sucumbir

    Bueno, lo cierto es que no quiero formar parte del sistema, pero la desconexión en esta realidad que vivimos es más difícil que en cualquier distopía. Así que optaré por ejercer algo así como una resistencia desde dentro -y sí, ya conozco esas teorías que dicen que lo antisistema es un mecanismo del sistema para mantenerse con vida. Da igual que decida sacar mis libros de kindle y publicarlos en formato blog, WordPress también es una plataforma que forma parte del sistema por más alternativa que sea. No importa si dejo las redes sociales masivas y me paso al fediverso; sigo estando en redes. Y, como esto, con todo.

    Lo sé.

    Pero saber es precisamente el problema. Cómo, después de ver todo esto con tal claridad, puede una cerrar otro vez los ojos, o, peor, mirar hacia otro lado y seguir como si nada. Yo no puedo.

    No quiero dejar de escribir. Pero no quiero jugar al juego que impone un sistema enfermo, que además enferma a los que participan de él. Tampoco quiero dejar de estudiar, de aprender, quizás, de investigar. Pero quiero hacerlo con la lucidez suficiente para distinguir en qué estoy participando, qué precio tiene y si me interesa pagarlo y por qué.

    Sé que no voy a cambiar el mundo yo solita, pero quizás sea suficiente con vivirlo mejor.

    A lo que me ha llevado toda este crisis que, creedme, sigue en proceso, es a optar por remodelar el blog y convertirlo en el lugar en el que publicar mis historias y supongo que también mis investigación y, sí, cómo no, todas estas entradas que conforman mi diario y que no son más que una forma de vaciar mi cabeza, de entenderme, a veces, de comprender qué me pasa.

    Todavía está todo en construcción y aunque tengo una idea clara de lo que quiero hacer, no sé qué forma tomará al final, y menos aún si entendemos que este será un proceso siempre vivo. Además, no creo que esto sea un proceso rápido, al fin y al cabo no solo es un cambio en el blog, es un cambio en mí que, poquito a poco, se ve reflejado en el blog y en mi presencia en Internet, igual que, espero, en mi presencia en el mundo.

    En fin, estas son algunas de las novedades, tras tantos meses de silencio. Esperemos que esta nueva etapa traiga a la escritura y la publicación mucha constancia y toda la magia que de ella habitualmente se deriva.

  • De calendarios de publicación y personalidades caóticas

    De calendarios de publicación y personalidades caóticas

    Escribo esta entrada a las 10:30 de la mañana del jueves 27, aunque no se publicará hasta mañana viernes a eso de las 15:00, creo. Nunca he sido buena para detectar cuál es una buena hora para publicar, quizás porque nunca se me ha dado bien eso de programar la publicación de contenido.

    Y, que conste, considero que esto de poder escribir ahora y dejarlo preparado para que se publique en otro momento creo que es toda una ventaja de las herramientas digitales. Por ejemplo, en el caso que me ocupa ahora mismo: Mañana tengo que viajar a Mallorca porque tengo médico; pero, además, es no lectivo en la escuela, así que aprovecharé la escapada para almorzar con mis padres, ir de tiendas y pasear por Palma, que es algo que siempre echo de menos. El avión de ida sale sobre las 7:00 de la mañana y el de vuelta, más o menos, a las 23:00. Es obvio que no podré escribir una entrada en el blog. Poder dejarla programada para que se publique es, obviamente, una ventaja.

    El problema es que una servidora es una escritora, digamos, visceral. Me gusta hacer las cosas en caliente y que los resultados lleguen al momento. Sé que es algo contradictorio porque se supone que la escritura, en especial de textos largos, es un proceso lento. No descarto que ese tic me venga de mis años de periodista, cuando todo tenía que hacerse para ya y pensar y escribir eran, necesariamente un mismo acto. Claro que también puede ser un rasgo de neurodivergencia y no estoy preparada para abrir ese melón -un reto detrás de otro, gracias-.

    En todo caso, gran parte del sufrimiento que siento relacionado con la escritura viene con esa necesidad de actuar en caliente y tener feedback de inmediato. Y que conste que cuando hablo de feedback me refiero a ver el contenido publicado, soy así de simplona. Siempre he tenido claro que mi trabajo acaba ahí y que en el momento en que le doy a publicar empieza el del lector, si es que el lector lo desea. No seré yo la que meta las narices en la experiencia del lector, que es personalísima.

    La cuestión es que cuando tengo que escribir una entrada como esta, para programar, me cuesta encontrar el tema -o incluso el tono-, y, a pesar de todo lo dicho hasta ahora, no sé muy bien por qué ni como ponerle remedio. Aunque esto no es algo que me preocupe demasiado en el blog, donde las entradas, al fin y al cabo, son más o menos independientes las unas de las otras. Donde este asunto se puede convertir en un verdadero dolor de cabeza es la publicación de historias seriadas, como en Wattpad o en Inkspired.

    Para empezar, me cuesta muchísimo establecer una frecuencia de publicación y ceñirme a ella. Y sí, ya sé, es muy simple, date una frecuencia amplia y si escribes una nueva entrega antes de lo previsto, prográmala para que se publique cuando toca. ¡Ja! Parece que mi cerebro es incapaz de procesar esa información o de aceptarla. Es como si fuera un código que no comprendo. Y, sí, si queréis, os podéis imaginar a mi cerebro, todo repipi con unas gafas de pasta negra, delante de una pizarra con un esquema mientras explica: «Yo escribo cuando quiero y publico cuando lo tengo. Punto. No hay opción a nada que se parezca a «publicar después». ¿Qué despropósito es ese? ¿Por qué se publicaría después algo que ya está listo ahora? Y, por todas las neuronas de mi cortex prefrontal, por qué demonios tendría yo que ajustarme a un calendario de escritura o de publicación. Que se adapten, si acaso, los demás a mi ritmo».

    Claro que también podemos interpretar todo este embolado como que tengo alma bohemia, o que, mi espíritu creativo es más amigo del caos que del orden -creo que, con esto último, estoy bastante de acuerdo-. En cualquier caso, y por útil que sea la opción esta de programar las publicaciones y lo mucho que facilite crear una audiencia lo de tener un calendario claro de publicaciones, creo firmemente que las plataformas de publicación de historias por entregas tendrían que añadir la opción «cuando le apetece a la autora» o «cuando las musas lo permiten» o cualquier ora análoga en la información sobre la frecuencia de publicación.

    Y, me vengo arriba, y digo: Vale, puedo entender que un calendario lógico fiable atraiga a un público lógico y fiable, pero si yo no soy una persona lógica -y lo de fiable, en fin, ¿os he contado ya cuántas veces he despublicado mis novelas autopublicadas y cuántos blogs he tenido y borrado antes de este? Pues eso-, tampoco mis historias acaban de serlo y, asumámoslo, lo más probable es que mi público objetivo tenga de lógico tanto como yo -lo de valorar su fiabilidad se lo dejo al susodicho público-, no habría que tener en cuenta la opción que, quizás, lo más conveniente para la marca sea, precisamente, esa falta de lógica y fiabilidad, que, para darle un toque positivo, podemos llamar excentricidad. Quizás, digo yo, estaría bien hacer de la improvisación y ausencia de calendario un rasgo más de la imagen de marca…

    Decidido, si la plataforma no deja la opción, en la descripción de mis historias, a partir de ahora indicaré en mis historias que la frecuencia de publicación es impredecible porque depende íntegramente de la influencia de los astros en la creatividad de la autora y en la disponiblidad de las musas. O algo así.

  • Avante a toda máquina

    Avante a toda máquina

    Estoy aprendiendo -o, si me pongo platónica, recordando- que no hace falta un motivo, una finalidad o una justificación para escribir. Voy a ampliar la idea y decir que la creación, en general, no necesita de motivos, finalidades o justificaciones. Pero no, no voy a caer en aquello del arte por el arte -no de lleno, al menos-. Prefiero pensar en qué sí es necesario o, incluso, imprescindible, para escribir o, si se quiere, para crear, en general. Y la simpleza de la respuesta abruma: voluntad. Inicialmente, iba a decir voluntad y tiempo, pero ni eso. Si hay voluntad, el tiempo se le roba a lo que sea.

    Tiene un punto de terrible reaprender eso porque, sin paliativos, te planta un espejo delante y te muestra la única causa de la ausencia de escritura: tú mismo. Como si no fuera suficiente convivir con el crítico interno, el síndrome de la impostora, el perfeccionismo paralizante y demás torturadores internos; de pronto, se suma la culpa al comprender que nunca ha existido causa externa que te impidiera escribir.

    Ocurre con la culpa algo parecido a lo que sucede con el perfeccionismo: hay que seguir adelante a pesar de todo. Vale, en el caso del perfeccionismo se trata de seguir a pesar de todos los errores, fallos, defectos y «cositas que mejorar» porque en algún momento has comprendido que es eso o la nada. Y has elegido la imperfección, sea por aquello de que la perfección es cosa de dioses o porque te sumas al carro de los mediocres productivos por si, a base de generar mediocridades se llega a alcanzar algo mejor.

    En fin, a lo que iba, que con la culpa también se trata de seguir adelante porque comprendes -con dolor inmenso, sí, pero lo comprendes-, que detenerte y lamentarte no hará que recuperes el tiempo perdido, mientras que seguir, al menos, evitará que pierdas más tiempo y un tú del futuro, más viejo y amargado, se lamente por el tiempo que el tú de tu presente no supo aprovechar.

    Sea como sea, la solución es seguir adelante. Ni siquiera importa adónde sea adelante, mientras se mantenga el movimiento. Una parte de mí que cometió muchos errores en un momento pasado podría advertir en este punto que, cuidado, que no cualquier dirección es buena, por más que nos haga avanzar. Y no seré yo la que afirme que esta estrategia no supone riesgos. Pero también es cierto que hasta los errores más nefastos conducen al aprendizaje y nunca se sabe qué se puede sacar de esas lecciones ganadas con sudor y sangre. Ya sabéis, hay quien dice que para encontrar diamantes hay que escavar muy hondo…

    Llegados a este punto, solo queda una opción posible, pues: ¡Avante a toda!

  • Leer sobre escribir

    Leer sobre escribir

    Últimamente, me ha dado por leer libros sobre escritura. No hablo de manuales al uso, que también cae alguno de tanto en tanto, sino libros de esos escritos en primera persona y desde el punto del escritor -escritora, en la mayoría de los que caen entre mis manos-. En especial, los leo en días como hoy, cuando, por motivos totalmente ajenos a la inspiración, no escribo. Bueno, no escribo desde mi particularísimo punto de vista, porque cada día, sin excepción, suelto tres páginas de puro flujo de consciencia, como recomienda Julia Cameron en sus -sí, sí- libros sobre escritura. Eso sin contar lo que escribo por mi trabajo. Ni las entradas de blog. -Lo del crítico interior no lo llevo del todo bien…-

    En fin, que hoy he tenido un día de esos sin escritura y, como viene siendo habitual, un nuevo libro sobre el tema ha venido a parar a mis manos. Se trata de Pájaro a pájaro, Anne Lamott y me está encantado, aunque solo llevo un par de capítulos (es lógico, cuando no puedo escribir, leer mucho tampoco suele ser una opción).

    Tranquilos, no os voy a hacer un resumen de los consejos de Anne Lamott, como tampoco os lo he hecho nunca de los de Cameron ni de ningún otro libro similar, soy tremendamente consciente de vuestra capacidad para investigar por vuestra cuenta si os interesa el libro en cuestión y leéroslo solitos. En cambio, sí voy a explicar por qué me está gustando tanto este otro libro sobre escritura -no me sale llamarlo manual-. Y es que me ha ayudado a entender por qué apelo tanto a este tipo de textos y no, para mi sorpresa, no es ni para aprender a escribir ni para superar los bloqueos varios a los que me enfrento de tanto en tanto. Es más, cuando de verdad he estado bloqueada no ha habido libro, ni manual, ni psicólogo que me sacara de mi infierno particular.

    Me gustan estos libros porque me identifico en ellos, o, mejor, en sus autoras. Es un alivio comprobar que hay más gente en el mundo que sufre el mismo tipo de locura que tú, que goza con las mismas cosas, y, más importante, que sufre con las mismas estupideces. Al final, resulta, no estoy leyendo sobre escritura, ni siquiera sobre técnicas, ni trucos, ni estrategias. Estoy leyendo sobre mujeres que viven cosas similares a las que yo vivo. Mujeres que escriben y lo disfrutan, pero también que lo sufren y que incluso lo padecen. Mujeres que necesitan escribir, incluso cuando, a veces, parece la cosa más carente de sentido del mundo. Mujeres que, a veces, cuando escribir sí parece tener sentido, no pueden hacerlo, o no quisieran. Y lo más importante, mujeres que comparten lo que sienten en torno a todo esto que tiene que ver con la escritura, que es al mismo tiempo infierno y paraíso.

    Al final, parece, lo que estoy buscando es sentirme parte de algo, o, como dicen ahora en redes sociales, encontrar a mi tribu. Quizás se trate de algo así como tener una suerte de grupo de apoyo por correspondencia. Y, quizás, solo quizás, también haga que me sienta menos absurda cuando, por algún motivo que nadie conoce ni comprende, siento el impulso de venir a aquí a aporrear teclas y solar pensamientos no del todo coherentes, incluso estando cansada, tras una larga jornada de trabajo y con un dolor de barriga de mil demonios a causa de la regla -que sí, está directamente relacionada con la ausencia de escritura del día-.

    Es posible que, en resumen, el sentido de este blog y la imperiosa necesidad de tener un rincón digital en el que compartir todo esto, sea, ni más ni menos, que mi manera de participar en esta suerte de conversación a distancia sobre escribir, sí, pero sobre ser una mujer que escribe, también. Y, por qué, un poco -o mucho- hipersensible, con una imaginación no del todo controlada que, a veces, es capaz de crear grandes cosas, pero, en otras ocasiones, también puede jugar malas pasadas.

    Por cierto, la explicación del título del libro de Lamott no tiene desperdicio. Ya os contaré otro día que esté menos cansada cómo eso me ha ayudado a ver cómo darle la vuelta a mi proyecto incacabado.

  • De bardas despistadas y alquimia narrativa

    De bardas despistadas y alquimia narrativa

    Tengo una historia que me acosa y me persigue. Es una historia que, en su día, dejé a medias. Sí, ya sé, no conviene jugar con las historias ni con los personajes porque, si se enfadan, se toman la venganza por su cuenta (recordad los avisos de Tolkien sobre las precauciones que conviene tener al adentrarse en el País Peligroso que llamaba Fantasía).

    Admito, no me importa reconocerlo, que esa historia fue una gamberrada que jamás pensé que creciera tanto como creció. Digo que fue una gamberrada porque la creé desde el mayor de los cachondeos y con algo de mala leche. Era la temporada en la que todo el mundo estaba hablando del libro de ese de 50 Sombras de Grey -sí, ya ha llovido mucho-. Y confieso que no entendía que un libro taaaaan malo estuviera teniendo tanto éxito, pero, sobre todo, me molestaba que había quiénes -sobre todo hombres, sí-, comparaban mi novela con ese libro… Eso me enfadaba un montón. Entonces, claro, yo no entendía eso de que muchas críticas dicen más del criticador que de aquello criticado…

    En fin, que estaba que me subía por las pareces y decidí -sí, desde el más feo de los enfados y con el mayor ánimo de venganza- demostrar cuál era la diferencia entre mi novela y cualquier texto tipo grey -sí, para mí son una categoría-. Y con una carga emocional infinita y de lo más negativa me puse a escribir lo que yo pensaba que era un textito sin importancia cargado de porno. Sí, sí, porno, no voy a caer en la estupidez de calificarlo de erotismo, porque era porno, claro y evidente. A ver, si había que demostrar la diferencia, había que hacerlo en serio. ¿El problema? Bueno, fueron varios…

    Por un lado, el más obvio, si no me gusta leer ese tipo de historias es normal que no me guste escribirlas. Por otro, el más sorprendente, mi textito guardaba en su interior un universo mágico brutal y apasionante. Lástima que yo había puesto tanto empeño en demostrar mi punto y lo hice tan, tan, tan bien que había entretejido con altas dosis de magia la causa por la que había tanto sexo en la historia, así que variar eso implicaba cambiar el sistema mágico y, queridos, los sistemas mágicos de los universos de ficción, sobre todo los que se crean de forma inconsciente, son dificilísimos de modificar.

    No voy a entrar en las causas que me llevaron a abandonar la historia, aunque es obvio que el no disfrutar del todo -o más bien sufrir- escribiéndola, influyó. Pero lo cierto es que todo se puso un poco complicado en general y escribir dejó de ser una prioridad y pasó a convertirse en un lujo. Ante ese panorama, es obvio que el poco tiempo que tenía prefiriera dedicarlo a escribir cosas que me gustaran más. En fin, que, aunque me resistí e intenté reediciones, modificaciones y demás, allá por 2015 -sí, sí, hace una década- la vida se acabó poniendo lo suficientemente seria como para no poder mantener aquel universo enchufado a una suerte de respiración artificial literaria y lo despubliqué, con la promesa de retomarlo cuando tuviera tiempo. ¡Ay, malditas promesas, qué fácil es hacerlas y qué difícil cumplirlas!

    Desde entonces esta historia inacabada no ha dejado de atormentarme, y, seguramente por eso, he intentado en diversas ocasiones resucitar aquel proyecto. Pero todas las veces que he querido recuperar ese proyecto y concluirlo he fracasado sin remedio. Y sí, si ahora estoy escribiendo estas líneas es porque justo acabo de sufrir otro batacazo con la misma historia…

    Pero esta vez hay algo diferente. Creo comprender qué es lo que ocurre. De hecho, si estoy en lo cierto, hay varios factores, unos más de tipo práctico y ajenos a la escritura, otros más relacionados con la creación de mundos y otros que tienen que ver con mi forma de escribir. Seguramente hay alguno más del que ahora ni siquiera soy del todo consciente.

    Por partes. En lo relativo a lo práctico necesito saber con qué finalidad escribo esta historia, aunque por experiencia sé que después lo que acabe haciendo con ella poco o nada tendrá que ver con ese plan inicial. Pero yo necesito darle un propósito a la historia. Así que tengo que montarme una película que me suene convincente para emprender esta aventura. Diríamos, en términos de Campbell y Vogler, que tengo que partir para buscar un elixir, aunque, a la postre, lo importante sea la aventura que se vive y no el motivo que obligó a la heroína a emprender el viaje.

    En cualquier caso, diremos, a efectos de dotarnos de los motivos oportunos, que tengo que terminar la historia porque se lo debo a los personajes -les hice una promesa ¿verdad? (ojo, que este planteamiento me da para crear El diario de una Barda Parda -el nombre es provisional…)-. También es cierto que algún tipo de magia oscura intervino en esa promesa porque desde que la pronuncié no he vuelto a escribir novela alguna (cuidado, que la historia de la Barda Parda se escribe sola…), así que si quiero volver a escribir una novela tengo que romper el hechizo y eso solo se puede conseguir terminando la dichosa maldita novela que dejé a medias. Además, para acabar de redondear los motivos, podemos añadir que el mundo debe conocer el universo de esa historia y los personajes que la habitan, así que tengo que apañármelas para convertir el texto que tengo en algo digno de: a) ser enviado a una editorial; b) ser susceptible de participar en algún premio o concurso o c) ser autopublicado de alguna manera (aunque sea convertido en octavillas para repartir por los buzones).

    Por lo que se refiere a la construcción de universos, bien, creo que tengo que asumir que ese universo tiene una peculiaridad (la que obliga a meter escenas sexuales sin ton ni son) que tengo que abolir. Pero yo no soy una escritora de mapa -ya me gustaría-, ni siquiera de brújula (lo que pagaría yo por tremendo invento). No, qué va, como buena Barda Parda, una servidora se guía por los astros. Dicho de otro modo, que escribo desde el más absoluto caos e inspiración, lo que convierte el proceso de creación de mundos en… bueno, a veces catastrófico, a veces sencillamente complicado, a veces en tan enrevesado que no hay ovillo de lana capaz de facilitar la exploración.

    Y eso me lleva a la cuestión de mi forma de escribir. Por si esta entrada no deja claro que escribo desde el hígado -o desde el riñón o el páncreas. Bueno, no sé, desde las vísceras, en general, lo que acostumbra a conducir al caos. Por eso es habitual que primero vomite -sí, no hay otra forma de explicarlo- un texto confuso y enrevesado -como esta entrada, sí-, que a través de un complicado proceso de destilación deviene, a veces, en algo diferente que sí es interesante. También es cierto que, a veces, hay cosas indestilables y, otras, el proceso de destilación acaba en fuego, explosión o desintegración. Dicho de otro modo, es posible que, a partir de esta caótica entrada, acabe creando en algún lugar El diario de una Barda Parda, sea como categoría de este blog o como proyecto independiente, y que eso se convierta en algo en sí mismo o… Bueno, o no. La alquimia no es un arte exacto -Quizás tendría que cambiar el título del diario por Crónicas de una Alquimista Inexacta…-

    En fin, a lo que iba, que es posible que el manuscrito de 800 páginas que no sé cómo devolver a la vida sin que me convierta a mí en Doctora Frankenstein ni a él en un monstruoso engendro, requiera de ese extraño proceso de destilación alquímica por el cual el plomo puede convertirse en oro (o hacer ¡cabúm!, pero seamos optimistas, ¿vale?)

    Así que este es el resultado de mi enésimo fracaso de resurrección de la historia inacabada y esta la lección aprendida: Voy a seguir intentándolo pero, ahora, desde otro ángulo. ¿Qué tal si por ahora lo dejamos en que esta ha sido la última aventura de la Barda Parda, justo antes de transformarse en la Barda Alquimista?

  • Escribir por placer o por si el mundo se acaba mañana

    Escribir por placer o por si el mundo se acaba mañana

    Estoy explorando una nueva plataforma de publicación por capítulos. Bueno, nueva, al menos, para mí, porque ya hace bastante tiempo que existe y tiene un buen número de usuarios. Se trata de Inkspired. Y, bien, las primeras sensaciones no son malas, aunque llevo muy poquito tiempo jugando con la herramienta para poder hacer un análisis profundo.

    Lo cierto es que siempre me ha gustado lo de compartir las historias mientras las voy escribiendo, por más contrario que eso sea a la estrategia editorial actual y por más puertas que me cierre, por aquello de que ningún sello editorial que se precie quiere ningún trabajo que se haya publicado previamente en ese formato o cualquier otro que suene autopublicación -ya sabéis, a día de hoy se mantiene el prejuicio de que autopublicar es sinónimo de falta de calidad-. Aunque, en fin, tampoco es que en esta ocasión esté publicando nada que no haya estado publicado anteriormente ya en distintas plataformas, así que, al menos en este sentido, la aventura no debería cerrarme demasiadas puertas. O no más de las habituales.

    En estos días le estoy dando muchas vueltas a la cuestión de la publicación y los canales más adecuados para mí. Vale, no, no lo estoy diciendo bien. A lo que realmente me refiero es a que tengo cierta sensación de estar al filo del precipicio, sea porque vivimos tiempos convulsos -que los vivimos-, sea porque de alguna manera estoy cerrando una etapa. Y, ante este panorama, la cuestión que se me presenta es muy sencilla: ¿por qué escribo? O, si se quiere, ¿para qué?

    A estas alturas de la jugada -y con lo que me ha costado tener una carrera laboral decente- decir que escribo porque quiero que ese sea mi trabajo es una mentira barata. Yo ya tengo un trabajo y me encanta, aunque, como todo empleo, tiene esas partes incómodas que no se disfrutan tanto -o que incluso se odian profundamente-. Pero eso es lo que se espera de un trabajo ¿no? Es más, poder decir que tu trabajo te gusta, a pesar de esas partes más tediosas, es un verdadero lujo. Por lo tanto, soy afortunada, lo sé, y no quiero cambiar esa suerte. En cualquier caso, lo que seguro que no quiero es que mi pasión y verdadera esencia -porque eso es lo que es la escritura para mí- se contamine con nada parecido a esa parte más molesta que tienen todos los trabajos. Creedme, ya estuve ahí y no quiero volver a ese lugar.

    Entonces, qué demonios es lo que quiero de la escritura. Sencillo, quiero disfrutarlo. Deseo gozar al máximo. Volar. Porque, lo juro, cuando escribo, vuelo. Y no quiero que ninguna mínima mierda material, práctica o lo que sea, contamine mi experiencia -para eso, ya lo he dicho, ya está el trabajo-. Además, lo he comprobado, las alas que proporciona la escritura son sutiles membranas de fina fibra hecha de pura fantasía; por lo que cualquier peso extra, por sutil que sea, puede quebrarlas y hacer que te estampes contra el suelo. Creedme, también he estado ahí y a esa experiencia, que me tuvo una década en tierra e incapaz de volver a remontar el vuelo, se deben todas estas cicatrices que, si miráis bien, pueden verse fácilmente en mis letras -igual que en mi cuerpo… Mejor no mencionemos las alas, recién remendadas-.

    En este contexto, la escritura debe permanecer pura y al margen de la llamada «industria» editorial. Es que ya solo el nombre me lleva a Insengard y me imagino a Saruman plantándome su blanca manaza en toda la cara. Quita, quita, que van todos de magos e iluminados, pero por dentro están más podridos que Sauron.

    ¿Entonces, qué? ¿Es Kindle la solución? Hubo un momento en que pensé que podría serlo, pero, qué va, es la misma Industria comiéndoselo todo, en un formato o en otro -no es mi campo, pero, es tan parecido a lo que ha pasado con Spotify…- ¿Wattpad, pues? ¿Esos nuevos de Inkspired? ¿Cualquier otro?

    Bufff. Y si os digo que no tengo respuesta. Es decir, si eres chiquitín e independiente, como una servidora, hay que asumir que siempre dependerás de alguien. Hasta para hacer este blog dependo de WordPress. Y si mañana aprendiera a programar o hacer diseño web, dependería de quien me alojara y nunca se acaba la cadena de diminutas dependencias. Lo mismo es si uno opta por una newsletter, un podcast, un blog, una web, un libro por entregas… Siempre tendrás que alojar tu contenido en algún lugar. Todo eso por no hablar de la visibilidad. Para conseguirla, además, necesitarás recurrir a redes sociales e, incluso, puede que a publicidad. ¡Si hasta para el micromecenazgo acabamos recurriendo a plataformas de terceros! Al final serás una pequeña pieza en un enorme engranaje lo pongas como lo pongas.

    ¿Entonces, qué, volvemos a Saruman y su mano blanca en todo el careto, achantamos y jugamos al juego de las editoriales? Es lícito para el que lo desee, por supuesto, pero ya os he dicho que lo mío es el goce y, últimamente, lo veo así: Si lo que me hace feliz es escribir y compartir lo que escribo con quien quiera leerlo, puedo ir escribiendo y compartiendo ya -así, sin anestesia-, o puedo escribir sin compartir, corregir sin compartir y, cuando esté listo, jugar al juego de las editoriales, para, muy probablemente compartir -previo pago- sin escribir.

    ¿Pero, y si sencillamente me levanto por las mañanas y escribo? ¿Y si simplemente publico lo que escribo? Poco importa si lo hago en un blog, en una red tipo Inkspired o Wattpad o la que sea, mientras pueda ir haciéndolo día a día desde el más absoluto goce y placer. ¿Para qué demonios voy a esperar a que llegue la felicidad después de haber cumplido un montón de requisitos que parecen no acabar nunca cuando puedo saborearla directamente ahora, sorbito a sorbito? ¿Y si estalla la maldita III Guerra Mundial y yo he estado perdiendo el tiempo para publicar con editorial en un mundo en el que ya nada de eso tendrá la misma cabida que ahora? ¿No será mejor gozar del presente, venga como venga?

    Pues, eso, a ser felices hoy y mañana, ya veremos.

  • Malas hierbas

    Malas hierbas

    Cuánto tiempo hace que no me paso por aquí. Al menos, cuatro meses. Puede que algo menos. O quizás más. En este tiempo, como no puede ser de otro modo, han cambiado cosas. Muchas. Para empezar he terminado el máster de escritura —bueno, falta la defensa del trabajo final, pero en comparación con todo lo pasado hasta llegar a este punto, suena a puro trámite—. También me he recuperado de la lesión de rodilla, aunque creo que eso ya lo había comentado. Y, aunque tuve una racha bastante buena en redes antes y durante las navidades, con el fin de las vacaciones, otra vez, dejé de publicar. Ya sabéis, se acaban los festivos y la vida real se impone: que si preparar exámenes para otros, que si presentarme a mis propios exámenes, que si corregir, que si terminar el TFM… Lo de siempre.

    Parece que lo único que no ha cambiado, lo que nunca cambia, es la escritura. Sí, ya, lo sé, no he publicado nada. Pero no publicar no es sinónimo de no escribir, a veces, incluso, es más bien al contrario. Y, en todo caso, lo que sin duda sigue aquí tan vivo como siempre es ese impulso, plenamente visceral, que ahora me lleva a escribir mis páginas matutinas a lo Julia Cameron, ahora a teclear una entrada en el blog.

    Y es que llevo días —ocho, para ser exactos— dándole vueltas al tema del blog. ¿Lo retomo? ¿Monto un nuevo rincón virtual en el que expresarme? ¿Me decanto por otro tipo de canal? Las opciones se cuentan por decenas y casi todas parecen buenas, al menos por momentos, y las voy reflejando en largas listas de pros, contras y planes variados. Pero puede que la respuesta no la encuentre en ninguna de esas listas, por más precisa que sea en mi método a la hora de anotar y analizar cada opción. De hecho, lo más probable es que tenga la solución del acertijo justo ante mis narices.

    El impulso que, tras tanto tiempo, me ha hecho acudir al blog y ponerme a teclear como una loca es la respuesta que estoy buscando. Aquí no se trata de planear, analizar y crear un detallado plan de escritura, todos sabemos ya que eso no funciona conmigo. Lo mío es más bien visceral. Instintivo. Y asquerosamente sincero.

    Digo más, si estoy aquí ahora es porque he sentido la imperiosa necesidad de escribir una entrada que empezara por la frase: «Siento que mis compañeros de trabajo no me soportan. Y, qué queréis que os diga, tampoco yo los soporto a ellos». Por supuesto, no he empezado así, pues mi mente tiende a funcionar según un orden dado y, por eso, explicarme previamente era imprescindible para poder llegar hasta este punto. No contemos que, además, es del todo políticamente incorrecto escribir una afirmación como la anterior, más todavía cuando mi blog va firmado con mi nombre.

    Eso es algo importante que anotar en mis listas de pros y contras.

    En fin, que mi disertación habría continuado con un «lo bueno de la situación es que me encanta mi trabajo y me llevo genial con mis alumnos, que suelen mostrarme aprecio y respeto, por lo que lo de los compañeros difíciles de tragar se relativiza muchísimo.» Y la verdad es que tengo el mejor trabajo del mundo porque soy profesora y me encanta enseñar. La parte mala es que, en mi centro, concretamente, somos poquitos y el ambiente está… ¿cómo diría? Viciado. Sí, esa es la palabra. Eso por no hablar de humos, complejo de superioridad y demás pamplinadas, por otro lado habituales en ciertos entornos laborales.

    La cuestión aquí es que, sea porque tengo ya 43 años, porque he sufrido varios infartos cerebrales, porque me han operado a corazón abierto —para evitar más infartitos, claro—, porque sufro una enfermedad crónica que me obliga a polimedicarme de por vida y a convivir con el dolor o porque, enfermedad mediante, me han privado de la posibilidad de ser madre, me he cansado de tonterías.

    Estoy cansada de tener que interpretar un papel para que personas que, de todos modos, no me soportan, se sientan menos incómodas en mi presencia. De tener que hacerme la tonta, o la graciosa, o la simpática, o lo que sea que toque, según el caso. Me importa un comino la tontería que llevan encima muchas personas: en el mundo hay problemas de verdad, que van del hambre, a la guerra, pasando por miserias personales de mil tipos, la enfermedad y la maldita muerte. Que tú te ofendas porque no sonrío al decir hola, no muestro un falso interés por tu vida privada (porque no me interesa, leñe, igual que prefiero que no te interese la mía), o que no me río de tus bromas si no tienen gracia (que es la mayor parte de las veces), es un mal menor —muy menor— en un océano de problemas.

    Y siento la necesidad de expresarlo —de expresarme—. Así, sin seudónimo, con nombre y apellidos, porque siento la necesidad de ser yo y que, como dicen en México, tu opinión me vale madre.

    Si vuelvo a publicar aquella novela que retiré para evitar herir susceptibilidades y alguien la encuentra y es capaz de sumar que yo soy esa Carmen Cervera Tort que firma, pues aplaudiré su inteligencia. Y si se ofende por el contenido —o por lo que sea— rezaré por él o ella, a ver si algún dios, actual o antiguo, se compadece de su tontería, porque, oigan, hay que ser muy tonto para ofenderse por una maldita obra de ficción. Repitamos la palabra: ficción. ¡FICCIÓN!

    Es que parece mentira que una nunca sea suficiente. Fui demasiado sociable y alegre (palos para Carmen), luego niña de papá (palos para Carmen), luego pobre y desocupada (¿palos para quién? Sí, adivinaron). Primero no tenía estudios, luego sí. En algún momento se me consideró guapa (¡mal!), después gorda y fea (¡peor!). Cuando escribía y publicaba, mal. Cuando dejé de hacerlo, mal. Cuando trabajaba en la administración, palos. Cuando fui periodista… Bueno, eso sí que fueron palos. Y ahora soy funcionaria. Y tampoco va bien. Y me encanta mi trabajo (¡Horror!). Y vuelvo a disfrutar escribiendo (lo que, por supuesto, también está fatal). ¡Hasta la concha, me tienen! (parafraseando a los queridos argentinos).

    Esta Carmen es la que hay. La que escribe en primera persona, con fecha y firma y sin morderse la lengua. La que, a lo Escarlata O’Hara (dejadme que la llame así y no Scarlett), a dios pone por testigo que jamás volverá a esbozar una sonrisa falsa ni a entablar una conversación que no le apetezca, igual que nunca volverá a disimular su entusiasmo y su alegría. Y si alguien le molesta, no sé, que mire hacia otro lado.

    No sé si esto es exactamente una declaración de intenciones o un simple desahogo. Quizás sea ambas cosas. Pero tal vez ha llegado el momento de volver a escribir para el público, en primera persona o pura ficción, y siempre con mi nombre. Puede que, al fin, haya llegado la hora de desempolvar los libros retirados y volver al ruedo con la barbilla y la frente bien altas.

    Al fin y al cabo, y tengo pruebas suficientes para que nadie pueda convencerme de lo contrario, haga lo que haga siempre habrá quien no me soporte, quien me critique, quien no pueda verme, quien hable mal de mí o de mi trabajo. Y, seamos sinceros, yo, al trabajo, voy a trabajar y divertirme —no a hacer amigos (aunque si los hay, bienvenidos sean)—. Lo importante, he comprendido a la larga, es hacer mi trabajo —sea enseñar o escribir— lo mejor que pueda para el otro y para mí misma. Los que me miran por encima del hombro con cara rancia… Bueno, en todo bello jardín a veces salen malas hierbas… Habrá que aprender a arrancarlas o a integrarlas en el paisaje para que sumen a la belleza de la estampa, aunque sea por contraste.

    Un saludito,

    Carmen Cervera Tort (por si no había quedado claro quién hablaba).

  • La sonrisa del escarabajo

    La sonrisa del escarabajo

    Este relato es una de las actividades que he presentado para el máster de escritura creativa que estoy cursando. Para probar algo nuevo, lo creé en una sesión de escrirtura en vivo en Tik Tok. No me desagrada el resultado así que no descarto repetir la experiencia.

    Al fin conduzco este coche. He estado enamorada del viejo escarabajo amarillo de mi abuelo desde niña. De sus encantadores faros redondos, alegres y traviesos ojillos para mi desbocada imaginación infantil. De su sonrisa metálica, más amplia los sábados que el abuelo nos llevaba a pasear. Pero, sobre todo, de cómo me hizo sentir el día de mi comunión, cuando más que un coche fue una carroza para una niña vestida de princesa.

    Al morir mi abuelo, el coche pasó a mi tío Raúl. Nunca monté en él durante aquellos años, aunque las pocas veces que lo vi, su mirada redonda estaba apagada y la sonrisa era tan sutil que casi no la distinguía. Me hacía mayor y la fantasía desaparecía. Después, el escarabajo pasó a mi primo Fernando y nada cambió: estaba siempre en el garaje y solo salía para pasar la revisión. Ahora, mientras lo conduzco a todo lo que da, puedo decir que el celo de mi familia ha dado resultado: las marchas entran como seda, la dirección no se desvía ni un centímetro si suelto el volante, los frenos responden a la primera y apretar el acelerador es un gustazo. En un momento, el escarabajo se ha puesto a ochenta por hora y, sin darme cuenta, casi hemos superado los cien. Nada mal, para mi viejo escarabajo amarillo.

    Aparco enfrente de casa y se me hace raro cerrar el coche girando la llave en la cerradura, pero cualquier duda sobre el coche se disipa cuando lo rodeo y encuentro sus brillante ojitos redondos fijos en mí. Una sensación de sorpresa aletea en mi estómago cuando distingo, de nuevo, la añorada sonrisa metálica del coche que tanto he querido y que, por fin, es mío.

    Al salir de casa por la mañana tengo que hacer un esfuerzo para no responder a la sonrisa de mi flamante nuevo coche clásico y llevármelo al trabajo. Pero un escarabajo de 1968 no es precisamente el coche más económico para conducir a diario, ni el menos contaminante. Y, aunque en casa no tenga garaje, sé que aquí en la calle está seguro. Así que, me despido de él con la mano y me voy al trabajo en la moto.

    Encuentro las llaves del coche lugares extraños. Esta mañana, en la cesta del pan. Ayer, en el baño. Las ganas de salir a pasear con él me juegan malas pasadas. Me encantaría poder hacerlo, aunque solo fueran los fines de semana, pero estoy desbordada de trabajo y no tengo tiempo ni para ese pequeño capricho.

    Los faros del coche han vuelto a perder el brillo. Es probable que dormir en la calle sea peor de lo que pensaba y le compro la mejor funda que encuentro. Antes de cubrirlo, lo pongo en marcha y doy algunas de vueltas a la manzana. Menos mal, porque, al encenderlo, ha hecho un ruido raro, como un quejido amargo. Después, lo limpio y le pulo los faros para que, al destaparlo, me mire con esos brillantes ojillos que tanto me gustan. Aun así, al taparlo la sonrisa metálica ha parecido mueca.

    Sigo sin tiempo para el coche, pero ya no sé si quiero encontrarlo. Estoy harta de ver las llaves por todo, incluso bajo la almohada. No importa donde las guarde, la caja fuerte o un cajón del trabajo: siempre aparecen a mi alcance.

    He perdido la cuenta de las veces que he recolocado la funda. Siempre se se rompe o vuela y los ojos están fijos en mí cada vez que paso a su lado. La boca metálica ya nunca sonríe.

    Viejos recuerdos olvidados acuden a mi mente cuando paso a su lado o encuentro otra vez sus llaves y comprendo que no siempre fueron sonrisas ni felices ojos brillantes lo que veía en aquella cara, que nunca debería haber visto.

    Últimamente, acelero el ritmo cuando paso a su lado. Y más memorias extrañas y confusas azotan mi mente y refuerzan mis miedos. Hace semanas que no puedo ponerle la funda porque cuando lo intento se le abren las puertas. He lanzado las llaves al mar, pero han vuelto a aparecer en mi cama…

    No quiero estar cerca de él y mucho menos conducirlo. Tengo que venderlo.

    El anuncio tiene respuesta enseguida y siento tanto alivio como angustia. A las seis en punto el comprador llama a la puerta, esta mañana hemos cerrado el trato y hemos quedado para que recoja las llaves. Abro la puerta y veo al nuevo propietario junto al escarabajo. Sonrío y, por un instante, cuando camino hacia él y le tiendo las llaves, creo que la pesadilla ha terminado. Pero un motor tose, los faros redondos me iluminan. Una violenta mueca metálica desdibuja la boca que se acerca a mí a toda prisa mientras unas ruedas chirrían.

    ******

    Lo vuelvo a leer y no me gusta nada. Lo cambiaría todo. Pero siempre pasa igual y no cambiaré nada. Si en algún momento tengo relatos suficientes para hacer una compilación ya haré labores de corrección y edición. Ahora está sencillamente demasiado fresco y esto es como la pintura, si lo tocas antes de que seque solo lo emborronas…

La Enésima Aventura

Un cuaderno de viaje con sueños, relatos y novelas en marchaHistorias vivas donde no serás espectador, sino acompañante de la aventura.

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