Blog

  • Antes de que suene el timbre

    Antes de que suene el timbre

    Según el cronograma ese que mi mente se ha montado sin mi permiso, los fines de semana no me toca escribir blog, solo novela.

    Pero aquí estoy.

    Y es que no se me ocurrió otra cosa que invitar a mi madre a comer paella.

    Esas comidas no suelen acabar bien e, imagino, por eso estoy nerviosa.

    Aunque también ocurre que soy incapaz de ponerme a trabajar en la novela porque sé que, en cualquier momento, sonará el timbre y tendré que parar.

    Nada me molesta más que me interrumpan. Aunque sea una interrupción prevista. Así que, en estas situaciones, directamente, no empiezo la tarea que sea que no deseo que sea interrumpida.

    Y aquí estoy, escribiendo un post sobre nada, que es exactamente lo que este domingo merece, porque tengo que hacer tiempo de alguna manera mientras espero a mi madre.

    Lo malo de la paella es que debe cocinarse prácticamente al momento.

    Claro que podría dejar listo el fondo ahora, pero conozco lo suficiente a mi madre para saber que eso sería una mala idea.

    Quizás deba aprender de la experiencia y recordar que cuando invito a mi madre a comer un domingo o festivo cualquiera, mejor que sea un plato que me mantenga atareada en la cocina hasta el momento de su llegada, porque, total, a partir de cierta hora, seré incapaz de aprovechar la ninguna otra cosa.

    La escritura, hoy, se posterga oficialmente hasta la noche.

    Feliz domingo.

  • Trece años y un universo sin terminar

    Trece años y un universo sin terminar

    Tengo un problema. Para entendernos, aquí, entre amigos, vamos a llamarlo «el problemón», aunque ya os avanzo que no es un problema de verdad. Solo lleva trece años sin dejarme dormir.

    El problemón, del que, por cierto, no es la primera vez que hablo en este blog, es que tengo un universo inacabado que comencé a construir hace unos trece años —año arriba o abajo— que odio y amo a partes, pero del que, además, me avergüenzo profundamente.

    Ya sé, ya sé, lo del autor que no soporta su propia obra, es un tema viejo. Igual que lo del escritor atormentado y ya mejor no hablemos del artista maldito. Pero, muy a mi pesar, os lo aseguro, a veces parezco más un deteriorado compendio de clichés que un ser humano.

    La cuestión es que, por poco original que sea mi situación, es la que padezco. Tengo una obra que odio, al menos en parte, pero no lo suficiente como para deshacerme de ella o avanzar más allá de ella. Sobre todo porque, me temo, igual que detesto una parte de ella, amo con locura otra, que hasta puede que sea mayor.

    Lo malo no es solo odiarla, que ya tiene tela, es avergonzarme. Más cuando ese azoramiento, que me paraliza, es mayor que cualquier amor que pueda sentir hacia esa parte de la obra que no rechazo.

    El resultado ha sido, durante años, una suerte de tormenta perfecta en la que he sido incapaz de escribir ninguna otra historia larga, pero tampoco he podido terminar ese universo que me atormenta y que, joder, es un maldito universo, no un libro, no veo dónde acaba porque —y ese es mi mayor temor— es posible que ni siquiera lo haga. Ya sabéis, universo, infinito, y tal…

    Me fastidia porque ese universo es completamente mío. Del todo. Y eso es lo que amo. Lo que me impide sencillamente ignorarlo. Pero al mismo tiempo está contaminado por el momento en el que nació, las tendencias de entonces y, lo que es peor, por la necesidad de querer demostrar algo. Ya sabéis de qué tipo de necesidad hablo.

    El problemón, para concretar, consiste en que tengo una historia, que es contenedor de historias, que es enorme, que es compleja, que es propia y bastante original pero que —vaya con la autora tiquismiquis— no es la que querría haber escrito.

    Por lo tanto, no sé qué hacer con ella, pero tampoco puedo ignorarla y seguir adelante sin más porque la atracción que ejerce sobre mí es mayor de la que soy capaz de soportar.

    Durante estos meses de ausencia, creía haber encontrado la solución: usar seudónimo. Fácil, rápido y aparentemente indoloro.

    Lo que ocurre es que estamos hablando de un universo, con todo lo que ello conlleva en cuanto a tamaño y, por lo tanto, tiempo y cuidado requeridos. Dicho de otro modo, si me dedico a ese universo con seudónimo es más que probable que caigan el resto de proyectos porque una no tiene la capacidad de bilocarse y si no hay siquiera una identidad compartida, el proyecto descuidado, se diluirá en la inmensidad de ceros y unos que es este mundo digital que habitamos.

    Eso por no hablar que a día de hoy promoción es sinónimo de vídeo y, muy a mi pesar, de autenticidad no entendida como sinceridad sino como poner la cara frente a la cámara. Y, seamos sinceros, cualquier proyecto de ese tipo sin promoción no llegará a ningún lugar, pero usar seudónimo y ponerse frente a una cámara muy compatibles no son.

    Esa es la otra capa del problemón. Si decido asumir que esta obra es mía, me guste o no, y no publicarla, de una forma u otra, si no la promociono seguirá atormentándome básicamente igual que si no la hubiera escrito.

    Y en ese dilema he estado desde que se me ocurrió la genialidad del seudónimo —unos cinco años, con varios intentos, varios seudónimos—.

    Pero hoy se me ha ocurrido algo. Seguramente porque, de un tiempo a esta parte, como cada primavera, no paro de darle vueltas al asunto. No es algo fácil. Ni inocuo. Ni que no vaya a tener un coste emocional para una servidora. Pero a los clichés anteriores podemos sumar el de autora sufridora, si queréis.

    En fin, que la nueva idea revolucionaria que me ha asaltado es algo así como convertir mi dolor en arma de marketing. En mi defensa diré que mis primeros estudios superiores fueron de comunicación y que eso te deja algunas taras de por vida, como la de usar dolor como sinónimo de característica y, en ocasiones, de necesidad y todos ellos como herramientas legítimas para una comunicación exitosa, pero una vez más, eso, mejor, lo dejamos para otro post.

    Por lo que, desde la teoría, debería funcionar ese uso del dolor propio como característica es que me diferenciaría de la competencia a la vez que me aliviaría, porque podría dar salida a mi producto (como odio hablar en estos términos de mis libros) y hasta, si fuera capaz de hacerlo bien, me podría acercar al público desde la proximidad, autenticidad, empatía…

    Quizás al contar aquí la estrategia me estoy haciendo un flaco favor porque hay quien puede pensar que todo es marketing. Pero en este caso lo que hay es un proceso de trece años de sufrimiento que, con suerte, el marketing desatascará. Que haya herramientas de marketing no quiere decir que el discurso sea falso.

    Si me atrevo a hacerlo, y me sale bien, mi lema podría ser algo como «este es mi universo. Lo odio y lo amo por partes iguales, pero no puedo hacer otra cosa que compartirlo». O «escribí esto en un momento de guardia baja y, aunque, en parte, lo odio, soy incapaz de dejar morir este universo».

    No creo que hoy decida nada. Ni mañana. Estas suelen ser decisiones que se cuecen a fuego lento y en segundo plano, mientras la vida sigue desplegándose como si no pasara nada. Pero sí puedo decir que hoy, con este enfoque, por primera vez en trece años creo ver una salida.

  • De Jordis a Melusinas

    De Jordis a Melusinas

    Hubo un tiempo, cuando me tomaba en serio a mí misma y esto de escribir, en que días como hoy eran, siempre, días de ajetreo. Ferias, firmas, eventos, actos y dar vueltas cual peonza sin parar ni saber demasiado bien dónde te encuentras. Eso quedó atrás hace bastante y aunque en algún momento sentí cierta nostalgia ahora lo veo desde otro lugar y, en realidad, ni siquiera sé qué siento.

    No soy una persona sociable. Entendedme, si tengo que relacionarme con otros humanos, lo hago y, a veces, hasta lo disfruto. Pero si puedo elegir entre eso y quedarme en mi agujero hobbit escribiendo, obviamente, elijo el agujero —quizás el problema siempre ha sido que soy un hobbit y no un humano, pero mejor dejamos esa disertación para otra entrada—. Y si alguna vez coincidimos en un gran evento es probable que descubráis que yo también tengo un anillo de invisibilidad que me ayuda a salir por patas cuando me harto, como Bilbo, solo que el mío no está vinculado al mal ni es un arma de destrucción masiva (bueno, al menos, todavía nadie ha conseguido probarlo).

    En fin, a lo que iba, que Sant Jordi ha vuelto a ser para mí exclusivamente el día de gastarme una pasta en libros, de ver cuál es el modelo de rosa de la temporada (ya he pasado por fieltro, papel, cristal, comestible…) y coleccionar puntos de libro. Y me gusta este enfoque.

    Pero no deja de ser verdad que año tras año por estas fechas vuelve el dilema sobre qué escritora soy, qué escritora quiero ser y qué demonios estoy haciendo con mi vida porque, no nos engañemos, una creció el siglo pasado cuando ser escritor era sinónimo de libro en papel, editorial y giras para dar a conocer el libro. Eso es una línea de código que no he sido capaz de cambiar, borrar ni hackear en mi cabeza.

    En ese contexto, ser autora en digital, con más nombres que Satanás porque lo que produzco se niega a caber en una única etiqueta, no computa como escritora. Más que eso, me devuelve un error de sistema y, a veces, hasta provoca algún que otro pantallazo azul, que mis seguidores perciben, si es que lo hacen, como ausencia —ya sabéis, ya sabéis, lo del anillo como el de Bilbo…—

    Es más, hasta empiezo a pensar que igual que existe el día del libro también tendría que existir el día del blog o del boletín —me niego a llamarlo newsletter— o de las letras digitales, que suena muy a invento de un Ministerio de Asuntos Insustanciales, o de las letras independientes, pero me hace pensar en manifestaciones con banderas y lazos de colores. No. El día de las letras electrónicas. Ese me gusta.

    Y, en lugar de un santo y un dragón quizás podríamos apelar a un duendecillo en bicicleta pedaleando a todo tren dentro de una torre de PC. O, una tipografía vintage en tono verde Matrix sobre negro pantalla analógica, pero claro, ahí dónde está el mito… No sé, podría ser cualquier cosa desde Prometeo entregando un chip en lugar del fuego a Arturo desclavando un iPhone en lugar de a Excalibur. Mejor, Melusina, alada, huyendo de la torre del idiota incapaz de mantener una promesa y respetar su privacidad. Al fin y al cabo, ni el santo ni el dragón tienen demasiado parentesco con el libro. Al menos, Melusina es una tipa interesante. Y su historia es demasiado feminista, por más que hayan intentado tergiversarla, para ser tan mainstream como la de los pesados de Jordi, Arturo, Rodrigo, Roland…

    Si la leyenda de Melusina fuera la propia de nuestro Día de las letras electrónicas, en lugar de rosas y libros, propongo margaritas, mucho más prosaicas, pero no menos hermosas, y códigos QR enlazados a webs y árboles de enlaces.

    Admito que la margarita es mi flor favorita, pero ya que me estoy currando esto, creo, puedo regalarme elegir flor. Aunque, en pos de la modernidad, quizás cada participante en el Día de las letras electrónicas debería poder elegir la flor o símbolo que desee, al fin y al cabo, esto es muy de nuestro espacio, aquí cada uno hace lo que quiere, donde quiere y como quiere, y aún así, joder, funciona.

    En cualquier caso, es obvio que hoy ya no llego a tiempo a sustituir el día del libro por el de las letras electrónicas ni por cualquier otro invento. Y, me temo, lo ideal no es reemplazarlo, sino crear ese nuevo espacio. Quizás, entre proyecto y proyecto, debería buscarme un hueco para esto.

    O, tal vez, basta con rescatar del olvido a Melusina y otras mujeres análogas, hacer algo con sus historias y, por qué no, actualizar mi árbol de enlaces y repartir por ahí mis QR, con o sin margaritas… O tal vez las margaritas podrían ser algo más cuqui, como pegatinas. O calendarios. ¿O acaso hay un equivalente digital al punto de libro? Bueno, da igual, de momento que alguien vaya avisando a Melusina.

  • Manual imprefecto nº 6: Hazlo aunque sea mal

    Manual imprefecto nº 6: Hazlo aunque sea mal

    Hace unos días otra vez me propuse escribir una entrada a diario en el blog.

    Y otra vez estoy fallando.

    Quizás el problema sea que ese es un objetivo demasiado exigente. Pero os aseguro que si lo rebajo a «escribir cuando pueda» acabaré por desaparecer de nuevo durante una larga temporada.

    Puede que la solución pase por tratar de escribir y publicar cada día pero, eso sí, obligarme a hacerlo solo una vez a la semana. Aunque me da en la nariz que si esa es la premisa el resultado será que publicaré semanalmente durante el primer mes, o quizás también el segundo y hasta puede que el tercero. Pero, a la que me descuide, las publicaciones serán quincenales. Y no pasaría nada porque así fuera, salvo que me conozco y sé que me desmoronaría por no haber cumplido con mi propósito. Y otra vez —sí otra más— desaparecería.

    Pero sucede que hoy, a las nueve y un minuto de la noche, he decidido no darme por vencida, aunque en apariencia no tenga nada interesante que decir, aunque todo dentro de mí me grite que este último esfuerzo de cabezonería del día ni vale la pena ni llevará a nada. Y me he puesto a escribir.

    Resulta que, tecleando, como siempre, he rebajado revoluciones y calmado mi alma. Y puede que no haya llegado la inspiración —no siempre llega, no—, pero sí lo ha hecho cierta claridad mental, lucidez si me apuras, y se me ha ocurrido pensar que quizás, solo quizás, sí se trata de empeñarse al máximo en tratar de escribir cada día.

    Escribir en el blog o en el móvil, en el archivo de Scrivener donde malvive tu novela o en ese word medio olvidado que se resiste a desaparecer en un mar de ceros y unos. ¡Como si quieres escribir a mano! Pero escribir lo que sea que te has propuesto escribir, y sí, cada día, llueva, nieve, haga sol o esté a punto de explotarte la cabeza por una maldita migraña.

    Porque el propósito es escribir, no hacer un tratado ni crear una obra de arte.

    Escribir cada día (el blog, la novela, el guion, lo que demonios sea), aunque se escriba un único párrafo, una palabra, una línea.

    Es ahí, me temo, donde hay que bajar el listón, no en el empeño de hacer cada día eso que amas, que en mi caso es escribir, pero podría ser escalar, cocinar, o, yo qué sé, tejer.

    Hazlo cada día, aunque sea un minuto.

    Hazlo, aunque sea mal.

    Pero hazlo.

    Hace diez minutos pensaba que esta sería la entrada del blog más corta de la historia con una sola frase del tipo «esto es lo máximo que puedo hacer para cumplir mi propósito de escribir en el blog cada día». Y si esa hubiera sido la única frase, habría estado bien. Si ha acabado por salir una entrada, lo está también.

    Creo que este es un buen momento para recuperar aquel Manual imprefecto de una escritora en apuros. Aunque lo haga de la manera más imperfecta del mundo —o precisamente por eso— y sin una lista de consejos al final, apartados que hagan más llevadera la escritura y una llamada a la acción para conseguir comentarios.

    Hoy, otra vez, escribir es lo importante. Porque entiendo que no todos los días de escritura serán buenos. Pero también comprendo que es mejor tener malos días de escritura que no escribir en absoluto.

  • Atributo

    Atributo

    Pues ya lo entendí.

    No estaba bloqueada. No lo estoy. Nunca lo estuve.

    Estaba asustada.

    Aterrada.

    Me daba pánico quedarme sola.

    Pero no sola de cualquier manera, sola sin vosotros.

    Porque os quiero, con toda el alma. Tanto, que he sido capaz, durante años, de rechazar lo que hago, de esconder lo que soy, para ajustarme a lo que debería ser.

    Ocurre, no obstante, que yo os quiero tal y como sois. Con luces, sombras, verdes, ocres, rojos, burdeos… No importa si hay partes que me gustan más y otras menos, lo que amo es el conjunto que a cada uno hace ser exactamente lo que es. Mejorable, sí. Pero único.

    Por lo visto, os quiero aunque me rechacéis.

    Y por eso ajusté mis horarios para que la escritura no fuera motivo de fricción. También borré los «no puedo, tengo que escribir». Ajusté mis momentos de abstracción mientras se forja una historia, un personaje o un paisaje para que no os incomodaran, o, en todo caso, lo hicieran menos. Por último, amplié mis temas de conversación y aparté todo lo relativo a mis historias, mis personajes, mis letras.

    Y fue bien.

    Fue tan bien, que todos hemos olvidado esos años de fricción, cuando sí escribía, cuando yo era feliz, pero todos los demás no.

    Pensé que era un cambio menor. Al final solo se trataba de apartar un poco una actividad, entre todas las que llevo a cabo a lo largo de un día. ¿Qué podía pasar?

    Lo que entonces no sabía es que escribir, mira por dónde, no es solo algo que hago, es algo que soy.

    No es optativo, ni siquiera premeditado. Por no tener, generalmente, no tengo control siquiera ni sobre lo que escribo. Sale lo que sale, cuando sale, y luego ya yo lidio con ello.

    ¿Cómo es eso posible?, gritan algunos, con las manos en la cabeza. Son en su mayoría gurús del manual de escritura, de la técnica estructural.

    No tengo respuesta a su pregunta. Ya quisiera yo ser de esos autores de mapa, de calendario y horario regulado. De los de palabras por día y fecha de entrega cerrada. Y juro que lo he intentado, para muestra los cursos y cursos de escritura durante estos años de sequía, de supuesto bloqueo —ese que, en realidad, era pánico—.

    Resulta que no escribo lo que quiero ni cuando quiero. Nunca lo he hecho. Digo más, ni siquiera escribo solo cuando escribo, lo hago todo el maldito rato: cuando cocino, cuando me ducho, cuando estudio, cuando hablo, cuando leo, cuando duermo, cuando te miro…

    No es opcional, ni domesticable, porque no es una actividad —ni mucho menos una afición—, es una forma de ser, una naturaleza, una esencia. Digamos, gramaticalmente, que es un atributo y no un mero complemento del nombre. ¿Se entiende mejor así la diferencia?

    Adaptarme, como llevo años haciendo, es sinónimo de rechazarme.

    Y por eso no escribía, porque si escribir es lo que soy —no solo algo que hago—, cómo demonios voy a hacerlo desde el rechazo. Es lógico que yo misma huya de mí si tanto me desprecio.

    He tardado años en comprenderlo. Demasiados. Y sigo teniendo miedo. Y os sigo queriendo. Pero resulta que, por más que haya intentado rechazarme a mí misma, he comprendido que a mí también me amo.

    No quiero quedarme sola. No quiero perderos. Nadie quiere perder a quienes ama. Pero en el camino hasta aquí, a costa de tratar de mantenerme a vuestro lado, casi me he perdido a mí misma.

    Por suerte, porque incluso en los desiertos, de tanto en tanto, llueve, en este tiempo también he descubierto que me gusta estar conmigo. Me gustan mis mundos, mis personajes, mis paisajes…

    Me gusta tanto ese mundo interior, que exteriorizo cuando escribo, que, aunque al aceptarme sin tabúes ocurriera lo peor, por más que doliera la pérdida, jamás me quedaría sola porque, con o sin mi consentimiento, en mi imaginación habitan multitudes.

  • No solo maldita

    No solo maldita

    Tengo una tiara de princesa que, sorprendentemente, porque es de niñas, encaja en mi cabeza, una varita mágica de plástico de colores y un unicornio de peluche con cara de enfadado que gruñe cuando lo aprietas. Es mi kit de supervivencia para días tontos en los que la escritura no sale ni a latigazos. O, peor, para esos días en los que sí sale, pero rechazo el resultado.

    Rechazar lo que escribo no es nuevo. Tampoco odiarlo. Ni ocultarlo o esconderme yo como autora, sea con un seudónimo, sea con una conveniente y magistralmente ejecutada desaparición. Este último, de hecho, es un truco que se me da de perlas. Si eres de mis más antiguos seguidores, seguro, ya te habrás dado cuenta.

    Por lo visto, el rechazo a la propia obra es algo más habitual de lo que parece en los ámbitos creativos. Poco importa que escribas, pintes, cantes, bailes o, yo qué sé, te dediques a la alta cocina, siempre puedes caer en la tentación de odiar tu producción ya sea por indigna, poco original, predecible, o, directamente mala.

    Julia Gilbert, o alguien muy parecido a ella, decía que esa autoaversión es un mal europeo, cosa del malditismo artístico. Puede que tenga razón. Lo mío, en todo caso, no es eso. O no solo.

    El rechazo que yo experimento hacia mi propia producción, en cambio, no tiene tanto que ver con su calidad o falta de ella ni con cualquiera de las cosas que he mencionado. Para nada. Lo mío está directamente relacionado con la idea de escritora que durante mi infancia y adolescencia construí en mi cabeza y que poco o nada tiene que ver con la escritora que soy. Y es un mal, ya os lo adelanto, que no se cura ni con tiaras de plástico barato, unicornios malcarados ni listones coronados con estrellas a modo de varita mágica.

    Ocurre que yo querría escribir luz, pero escribo oscuridad.

    Para más señas, estoy trabajando en un proyecto que quería ser un cuento del tipo de La forma del agua o La pesadilla prenavideña de Tim Burton, pero me ha salido una catástrofe sin final feliz posible, sin importar el sentido que lo miras. Es como si hubiera intentado escribir Harry Potter y hubiera ganado Voldemort. Peor, peor. Es Romeo y Julieta, pero además se suicidan los padres y hasta el alcalde de Verona aquel que nos da contexto. Peor todavía. El tenorio, pero Doña Inés va al infierno.

    Y, claro, aquí estoy yo, con tiara en la cabeza, varita junto al teclado y unicornio entre los brazos todavía con los ojos llorosos mientras intento asumir que eso es lo que escribo y que lo más parecido a un final de feliz que sale de mis manos es un «y no te quejes que estás viva», después de haberme cargado a sus amores pasados y presentes, su carrera y el lugar en el que vive.

    Yo quería escribir un cuento de hadas y me ha salido otro cuento macabro.

    ¡Sssshhhhh! Que te veo, ni se te ocurra decirme que los cuentos populares originales eran macabros. Lo sé, pero eso no tiene cabida en esta conversación ahora. ¿No ves que tengo un unicornio gruñón entre mis brazos y estoy dispuesta a usarlo si es necesario?

    En fin, que no escribir, duele. Lo sé. Pero hacerlo, a veces, también.

    Ahora toca recuperarse. Mi método es el helado de menta con chocolate, que para eso está. Y cuando haya sobrevivido, que sobreviviré, os contaré con calma de qué va este proyecto —horrible, horrible, horrible— que estoy escribiendo y cómo, cuándo y dónde podréis disfrutarlo.

  • Todo lo que no vuelve a casa conmigo

    Todo lo que no vuelve a casa conmigo

    Cualquiera diría últimamente que solo escribo los lunes, pero, creedme, no es logística, son circunstancias.

    Resulta que, tras no poco esperar, al fin la semana pasada se hizo público y oficial lo que tanto deseaba: me han concedido el traslado a Mallorca, y, por fin, tras seis añitos, podré volver a casa.

    Y, más allá de celebrar y contarlo, he necesitado tiempo para asumirlo. Se cierra una etapa, bonita pero dura, y, aunque el cambio sea para bien, todos estos cambios suponen cierto duelo y a mí, que soy de género sensible, me dejan en una suerte de estado de shock en el que no soy del todo operativa.

    Hay quien puede llamarme exagerada y decir que la distancia entre mi hogar e Ibiza no es tan grande como para justificar ni tanta nostalgia y añoranza antes, ni ahora tanta alegría. Y es verdad, estamos a veinte minutitos de avión o dos horitas de barco. Un suspiro.

    Sumémosle al argumento anterior que no he tenido que marchar a un lugar terrible, sino más bien a un paraíso, de precios imposibles, sí, pero igualmente paraíso. Además de la cuestión de que nadie me echó sino que me fui, digamos, por voluntad propia. Y también tendrían razón.

    Pero es que seis años dan para muchas cosas y no tengo claro que la persona que vuelve sea la misma que se fue ni que el lugar al que regreso sea el mismo de antes. Al fin y al cabo, los lugares son más que espacios físicos, también son las personas que los habitan, y algunas, como mi padre, ya no están.

    Así que si echo la vista atrás y pienso en los objetivos que me marqué una década atrás, después de que la vida me venciera por K.O. y me dejara desparramada y malherida en un ring en el que ni siquiera sabía que competía, parece que he cumplido la mayor parte: me he mantenido con vida tras un ajuste quirúrgico en mi corazón averiado y me he reconstruido profesionalmente, adaptándome a las circunstancias que mi salud requería.

    El balance es bueno. Mucho, diría. Pero el precio ha sido alto. Mucho más de lo que imaginaba. Tanto que ahora que estoy aquí, todavía con confeti en el pelo, no puedo evitar preguntarme si ha valido la pena, si no habría sido más enriquecedor apostar por el otro camino, el que no me alejaba de casa, el que me permitía disfrutar durante esos diez años de las personas que quería y que ahora, cuando vuelva a casa, ya no estarán para recibirme; que ya no han estado para celebrarlo.

    No tengo respuesta.

    Por supuesto, cuando tomé la decisión de cambiar de profesión y apostar por una estabilidad que requeriría renuncias en el corto plazo pero que valía la pena a la larga, lo hice muy segura y convencida. Mi entorno me empujaba a ello. Es más, en algunos momentos parecía el único camino posible, la única opción aceptable.

    Y dejé de escribir. Y de salir. Y de soñar. Me centré en los estudios, en el baremo, en los puntos. Me convertí en una máquina con un objetivo claro que no veía más allá de la meta fijada. Y si para conseguirlo tenía que irme a Ibiza, me iba. Y si hubiera tenido que irme a la Antártida, allí me habría ido.

    Y por el camino quedaron muchas cosas. Muchas. Y personas. Incluso puede que partes de mí.

    Todo para poder volver algún día a casa, con estabilidad y tranquilidad, para poder vivir feliz, estar con los míos, salir, disfrutar, quizás, quién sabe, volver a escribir.

    Por supuesto, no imaginaba hasta qué punto se me secaba el alma cada día. Tampoco que de los míos, al volver, ya no estarían todos, que salir ya no apetecería y eso de disfrutar, bueno, quizás tenga que intentar volver a aprenderlo. Igual que a escribir.

    Lo peor es que esa estabilidad anhelada que me daría la tranquilidad necesaria, según los planes, por supuesto, nunca ha dependido de mí ni de lo que yo haga. Porque yo ahora volveré a casa, sí, con un trabajo soñado estable y maravilloso, pero el mundo, otra vez, está en llamas. Y nadie sabe qué puede pasar ni cuánto puede durar esta nueva maldita guerra ni las consecuencias que puede tener, porque la realidad es que nunca nadie sabe nada. Nada. NA-DA.

    No solo eso. Es que ahora es esta guerra, igual que hace unos años fue otra —que, no lo olvidemos, todavía dura— y antes la pandemia. ¿Cómo vamos a saber qué puede pasar mañana? ¿Cómo calcular el tiempo que tenemos para estar con las personas que queremos, para hacer lo que amamos? ¿Con qué criterio postergar una cosa en pos de otra?

    No me malinterpretéis, no me arrepiento de lo que he hecho, porque me encanta lo que he conseguido. Adoro mi trabajo y el curso que viene podré ir a trabajar caminando o en bici, o, si llueve, en tren o en bus, y a comprar al mercado o a pasear por mi ciudad, de la que siempre he estado enamorada.

    Soy feliz con lo que he conseguido, pero es imposible no pensar en si habría podido haber otra manera, otros caminos, ni mejores ni peores pero que condujeran a la felicidad igualmente. Quizás no a la misma, sino a otra, formada por otras piezas.

    A lo mejor resulta que la felicidad no es un proceso, como decía Aristóteles, sino un puzle compuesto por distintas piezas, algunas mejores que otras, pero que colocadas juntas crean una hermosa forma. Un puzle que, para poder mostrar la belleza que esconde, implica elecciones y renuncias. Al final, quizás la cuestión no es tanto qué dejas o con qué te quedas sino la armonía del conjunto. Tal vez, quién sabe, existan tantas felicidades como combinaciones de piezas posibles.

    En cualquier caso, esta es mi posición en este momento: feliz por lo logrado pero consciente de su precio. En algo similar al estado de shock, sin ser del todo operativa todavía, y asimilando todo lo que se ha quedado por el camino y todo lo que tendré que volver a aprender en esta nueva etapa de mi vida.

  • Teoría absurda sobre el alma (y un resfriado)

    Teoría absurda sobre el alma (y un resfriado)

    Escribo envuelta en una manta. No sé si es porque las temperaturas han vuelto a bajar y el día ha amanecido nublado o porque el catarro que lleva una semana torturándome ha averiado, entre otras cosas, mi termostato interior.

    En justicia, debo decir que ambas opciones son igualmente plausibles y que no tengo intención de tratar de averiguar cuál es la correcta. Al menos, y eso es lo único que ahora cuenta, tras siete días de fiebre, tos, mocos y tremendo dolor de garganta, hoy vuelvo a escribir.

    Tengo la teoría de que la enfermedad, más que algo negativo que le sucede al cuerpo, es el síntoma físico de un proceso que vive el alma. Claro que esto lo dice una enferma crónica cuya medicación, por lo visto, provoca, entre otros efectos secundarios, delirios de sesgo insoportablemente positivo.

    Pero, volviendo a mi disparatada teoría, la enfermedad física sería al alma lo que el dolor de huesos al crecimiento. O como la fiebre a un proceso infeccioso o inflamatorio. O, yo qué sé, como el estornudo a la alergia.

    Aunque, puede ser, lo admito, que mi premisa se base en la búsqueda de una explicación que haga tolerable el padecimiento y que, por tanto, carezca de validez alguna, también es probable, si me fijo únicamente en mi experiencia, que haya algo de cierto en ella.

    Así, si doy por buena la hipótesis y dado mi acatarrado estado, no solo tendría que estar hidratándome como si estuviera en el desierto, dopándome con paracetamol como si no hubiera un mañana y dándole al jarabe de la tos cual Keanu Reeves encarnando a John Constantine , sino también preguntándome qué demonios intenta decirme mi alma con este resfriado.

    Lo primero que viene a la cabeza es que, si dejara de lado la manía de sacar la indumentaria de primavera antes de hora, como si mi vida fuera un anuncio de El Corte Inglés, seguramente no me resfriaría cada marzo. O, al menos, no de una manera tan salvaje. Pero eso, más que a mensaje del alma, me suena a ego enfadado, así que lo descarto como conclusión.

    Justo después aparece el tema de los cambios que, quiera o no, se me vienen encima en los próximos meses. Pero, a pesar de aterrarme, porque son cambios, por más buenos que sean a priori, los tengo bastante asumidos. La vida, en fin, es un proceso de cambio constante y la estabilidad una mera ilusión aparente y pasajera.

    Entonces, no, no son los cambios los que han hecho saltar esta vez las alarmas. Aunque, tal vez, sí una de sus consecuencias, que no debería suponer ningún problema pero que, quizás, sí sea un reto o una prueba que no sé si me apetece enfrentar.

    Esa consecuencia es el vacío que queda —siempre, siempre, queda— cuando se consigue un logro largamente perseguido, que ha requerido de mucho esfuerzo y dedicación. De pronto, una se encuentra con horas muertas, espacios vacíos, silencios.

    De algún modo, la meta ha supuesto, a la vez, victoria y pérdida. La primera, por el éxito conseguido, la segunda, por la rutina que se desvanece al alcanzar el triunfo. Ganas lo deseado, pero pierdes la vida que, sin darte cuenta, habías construido para conseguirlo.

    Y cuando eso ocurre, no solo tienes que adaptarte a la nueva vida tras el logro soñado, qué ya conlleva lo suyo. Además, tienes que construirte otra rutina, otro día a día, para la persona en la que te has convertido, pero que todavía no conoces, porque estabas demasiado ocupada luchando por aquello que ya has logrado.

    Así que toca reencontrarte contigo misma, volver a conocerte, descubrir qué necesitas —o qué has dejado de necesitar—, qué te gusta, qué odias, qué pequeñas cosas quieres ahora, qué nuevos retos si lo hay e, incluso, quién eres.

    En este trance de reencuentro conmigo misma me he visto la pasada semana, en la que este fuerte —muy fuerte— catarro, que todavía arrastro, me ha frenado la vida hasta el punto de dejarme un par de días en cama.

    Y, ahí, convaleciente, me he descubierto conociéndome después de demasiado tiempo sin mirarme siquiera a mí misma, y, a la vez, descubriendo que estoy en este tonto impasse, tan propio de lo público, entre darte una noticia y hacerla oficial y firme para poder contarla.

    Tanto estoy en este limbo, en el que no puedo todavía decir el qué, que ni siquiera me había dado cuenta de que aquí era donde me encontraba. Pero, aún así, mi alma, que es de lejos mucho más lista que mi mente, ya había intuido el vacío y anotado las consecuencias. Por suerte, se ha ocupado de acatarrarme para que me enfrente a mí misma y a mi vacío en un entorno seguro —entre la cama y el sofá— antes de que la cosa se ponga seria.

    Sería, pues, este resfriado un entrenamiento de la que me espera una vez que todo lo que se tenga que concretar se concrete y el próximo curso empiece a ser algo más que una hipótesis.

    Aunque, por supuesto, también podría ser todo esto poco más que el fruto de una ensoñación mecida por la febrícula esa que no hay modo de quitarme de encima. Por suerte, hace ya tiempo que perdí la navaja de Ockham y la remplacé por un buen cuchillo plegable de acero toledano y bonito mango de madera de olivo.

  • El problema nunca es solo el idiota

    El problema nunca es solo el idiota

    Mallorca, 14 de marzo de 2026.

    Quince días desde el inicio del conflicto en Irán.

    Cada mañana me despierto con la incertidumbre de saber qué habrá hecho durante esas horas el hombre ese que cree gobernar el mundo desde una enorme y antigua casa pintada de blanco al otro lado del planeta.

    Y cada día el susto es mayúsculo.

    Hoy, claro está, no podía ser menos: que si bombardeo en una isla estratégica para las reservas de petróleo, que si despliegue de soldados en tierra, que si ataques a las embajadas en terceros países.

    Lo veo todo con pasmo, ansiedad y cierta rabia porque una única persona —vale, está bien, varias de ellas, ya que poderosos a los mandos de vehículos demasiado importantes tenemos a varios— se esté cargando el mundo otra vez.

    Noto que me pongo con facilidad en el papel de víctima cómoda, pues sí, sufriré, como todos, las subidas de precios y toda la incertidumbre que el desastre causará en la economía, pero, por fortuna, otra vez estoy lejos de bombas, drones y disparos. Todos nosotros, los mal llamados occidentales, lo estamos.

    Al mismo tiempo me doy cuenta de lo sencillo que es buscar y señalar culpables, porque, demonios, los hay y no se esconden, sino que alardean de sus actos. Y, en cierto modo, me consuela que así sea. Siempre produce cierto alivio saber que existe un malo, que, por supuesto, no es uno mismo.

    Pepito Grillo

    Pero hay una voz en mi interior, una suerte de Pepito Grillo, que no deja de preguntarme sobre la causa del conflicto y su inicio real en el tiempo. Me cae mal esa voz porque, en cuanto le respondo, me interroga sobre qué hemos hecho nosotros, los occidentales en general y, en particular, los europeos, para subsanar los problemas y evitar la escalada del conflicto a lo largo del tiempo.

    No nos engañemos, esta guerra, como la mayoría —por no decir todas— es por recursos. Concretamente, por gas y por petróleo. ¿Qué también hay detrás de todo eso una guerra cultural? ¡Por supuesto! Pero la historia nos ha demostrado una y mil veces que las batallas culturales no las ganas las letras sino el oro, sea dorado, negro o del color que sea que tengan esas tierras raras por las que ya empiezan a pelearse todos.

    Y la mayoría de los ciudadanos europeos, revestidos de esa suerte de superioridad moral que nos otorga la historia que cargamos a cuestas y el aprendizaje que, en teoría, hemos obtenido de ella, hemos hecho lo que fuera que estuviera en nuestra mano para que el petróleo y el gas dejaran de ser un problema. No en vano, todo el maldito continente dedica en sus casas más espacio a los cubos para separar residuos que a la despensa. Usamos transporte público y bicicletas, tratamos de consumir productos de ecológicos y de proximidad, reutilizamos ropa y, por todos los dioses antiguos, hasta bebemos en botellas cuyos tapones atentan contra la integridad de nuestras narices.

    Pero, seamos sinceros, los grandes cambios rara vez se producen por pequeños gestos. Si no nos independizamos de esos malditos combustibles fósiles las mismas guerras se reproducirán una vez y otra, mientras África agoniza, Oriente Próximo se aniquila, Rusia y EEUU alucinan cada uno con reconstruir su propio imperio y China se frota las manos mientras desarrolla una economía alternativa e independiente de nuestra realidad, que cada día se parece más a una distopía escrita por un adicto al opio a finales del siglo XIX.

    El iceberg

    Necesitamos que nuestros gobiernos y, sobre todo, que esa utopía mal construida llamada Unión Europea, den un golpe de timón y hagan girar este buque antes de que se estampe contra el iceberg que nadie parece ver, a pesar de que lleva años flotando ante nosotros.

    Hay que apostar decididamente por las energías verdes, aunque, de momento, para poder prescindir del combustible fósil, haya que recurrir a la energía nuclear. Y sí, es un horror, es peligroso, está mal visto y sería mejor no tener que pasar por ese trago. Pero la realidad es caprichosa y nos está dando a elegir entre el Limbo y el Infierno. Ninguna opción es buena, pero, quizás, alguna de ellas facilite el camino hacia el cielo.

    Claro que no bastará con desenchufarnos del mundo, hay que cambiar el modelo. Hay que asumir que, yo qué sé, las naranjas no son una fruta de todo el año y que si un alimento, prenda de ropa, electrodoméstico tiene que cruzar el mundo para llegar a nosotros, con independencia de lo que nos cobren en la tarjeta, es un producto que nos está saliendo caro.

    Hace falta un maldito cambio de sistema y cualquier transición en ese sentido es asquerosamente dolorosa. Pero no creo que nadie en su sano juicio pueda decir que el sistema tal y como está ahora funciona. Menos todavía si Europa lleva adelante sus planes de armarse y prepararse para los conflictos futuros, con todo el dinero que eso supone, en lugar de optar por apostar radicalmente por independizarse de un sistema que se ha demostrado fallido y obsoleto.

    Y no, no voy a decir aquí que si el capitalismo no sé qué y si cualquier sistema alternativo no sé cuántos. ¿Es que nadie se ha parado a observar que cuando se describieron todos los sistemas económicos que sirven de base a los actuales el mundo todavía funcionaba a base de carbón y vapor?

    Esto no va de capitalismo contra cualquier otro -ismo, esto va de supervivencia y adaptación a los nuevos tiempos y realidades. Y no creo que la supervivencia de Europa pueda pasar por mantener la dependencia del gas y el carbón y un modelo económico envejecido frente a competidores feroces que no siguen las mismas reglas del juego.

    Tampoco pienso que sirva para nada todo esto que he escrito. Está claro que no seré yo la que cambie el mundo ni mucho menos lo salve, por mucha ropa reciclada, separación de residuos, ahorro de agua y consumo de proximidad que practique. En fin, que no bajará la gasolina porque yo vaya en bicicleta.

    Pero, al menos, me alivia, aunque me duela, comprender que la culpa de todo no es de un idiota que se peina con cortinilla y un señor naranja empeñado en estropear el mundo. Ni siquiera de los regímenes autoritarios que han crecido a costa de violar los derechos humanos o de extremistas de este u otro palo.

    La culpa, a veces, también es del vigía que no es capaz de ver el iceberg hasta que ya es demasiado tarde, del capitán que dio la orden de avanzar a toda máquina o del segundo al mando incapaz de girar a tiempo el timón.

    Tampoco son culpables los viajeros, ni siquiera los de primera clase, por rabia que pueda provocarnos verlos vivir a todo trapo mientras el resto permanece encerrado sin opción de luchar siquiera por su supervivencia.

    Y, de corazón, espero no estar acertando con la metáfora, porque no es necesario haber visto recientemente la peli para recordar que no había barcos salvavidas para todos.

  • Otra enésima vez

    Otra enésima vez

    Han pasado seis meses desde la última vez que escribí en el blog, semana arriba o abajo.

    Seis meses.

    Y necesitaba el parón. Era imprescindible. Igual que ahora necesito volver.

    No voy a enumerar aquí los motivos por los que tuve que apartarme del blog, porque ni siquiera sé si he llegado a descubrirlos todos. En cualquier caso, lo importante es que la tregua ha funcionado, al menos en parte.

    Lo que sí me llama la atención es que una de las razones que me llevó a parar es más o menos la misma que me está impulsando a volver. Y es innegable que eso me genera sorpresa y, lo que es peor, algo parecido a la ansiedad, creo que a causa de cierto desajuste entre expectativa y realidad.

    Seis meses después

    Me explico. Resulta que yo quiero —deseo, anhelo, ansío…— ser una escritora de ficción de esas que imaginan y crean historias maravillosas, mundos fantásticos, personajes increíbles. La maldita realidad es que siempre acabo escribiendo absurdos diarios y crónicas de mi aburridísimo día a día. Eso cuando no me da por filosofar, comentar la actualidad, o, peor, muchísimo peor, teorizar sobre escritura, estructuras narrativas y creación de personajes.

    Yo quería pertenecer al mester de juglaría y me he quedado ya no en el mester de clerecía, sino relegada a monje copista en la biblioteca del monasterio que, a lo sumo, añade anotaciones en los márgenes y, en noches de tormenta, escribe su diario desde su celda triste y fría.

    El desastre

    Pero si algo me han enseñado mis cuarenta y cuatro años de vida es que de poco o nada sirve luchar contra la realidad. Eso, por lo general, solo sirve para perpetuarla o, incluso, empeorarla. La única opción sensata cuando se quieren cambiar las circunstancias que a una le han tocado vivir es usar esas mismas condiciones para construir otras mejores.

    Y, por más que me pese, yo soy una maldita escritora de diarios. Una cronista del yo —como si a alguien le pudiera interesar eso—. Una millennial de la primera hornada que ni encaja en su generación ni en la anterior ni, mucho menos, en la siguiente, pero que condensa todos los malos vicios de las tres.

    En resumen, un desastre con acceso a Internet y la compulsiva necesidad de escribir sobre todo, salvo sobre lo que quisiera querer escribir.

    Si digo esto no es porque lo sospeche. No, qué va. Es porque desde el día después de apartarme del blog me creé un diario en una aplicación del teléfono, amén de otro en un documento de Scrivener en el ordenador y, por supuesto, de torturar diversas libretas, muy cuquis ellas, con los pensamientos que no me dejaba vomitar en el blog.

    La suerte, por llamarlo de alguna manera, fue que mi salud empeoró lo suficiente para que hasta esa escritura intimísima fuera complicada y, por lo tanto, mi retiro lo fuera más de lo que yo misma me estaba permitiendo.

    Pero de un tiempo a esta parte he empezado a encontrarme mejor. No bien todavía, pero sí mejor, con días buenos, regulares y malos. Pero cada vez más de los regulares y menos de los malos. Y eso, cómo no, me ha devuelto a la escritura.

    La aceptación (maldita palabra)

    Durante estos meses, la enfermedad, así como otras cositas que han ido pasando, porque, por más que una esté muerta de dolor, la vida tiene el vicio de seguir como si nada, me ha ayudado con algo que antes rechazaba de plano: la aceptación.

    Aceptar, al contrario de lo que yo entendía, no es rendirse ni renunciar. Más bien es al revés, consiste en ser consciente de la realidad y actuar de forma consecuente.

    Con un ejemplo se verá más claro. Si tengo un insoportable dolor en la cadera que limita mi movilidad es ridículo, además de perjudicial, empeñarme en hacer deporte igual que antes. Eso no quiere decir que no pueda ejercitarme nunca más, quiere decir que debo adaptar el movimiento a mi circunstancia actual para favorecer la recuperación y, con trabajo, poder volver a hacer ejercicio.

    Otro ejemplo. Aceptar que escribo compulsivamente sobre mí, mi vida, la actualidad, teoría literaria o pensamientos variados no implica que renuncie a escribir también todas esas historias de ficción que tanto me gustan. Sencillamente significa que esa es mi manera de estar en el mundo, entenderlo y entenderme a mí misma. Y, oh, sorpresa, cuánto mejor estoy conmigo misma y con el mundo que me ha tocado habitar, más fácil es que escriba esas otras historias que tanto deseo escribir.

    Es posible que nunca sea el tipo de escritora que desearía ser. Pero negarme a ser la escritora que sí soy no me convertirá en ella. Lo mejor que puedo hacer, creo, es aceptar lo que soy, la vida que tengo y mis circunstancias, las buenas y las malas, y tratar de hacer con ello lo mejor posible, aunque no sea exactamente lo que yo había soñado.

    Creo que es bueno tener sueños. Los sueños pueden funcionar como una dirección general hacia la que dirigir los pasos. Pero cuando esos sueños se convierten no solo en un impedimento para disfrutar del trayecto sino en una causa de sufrimiento, hay que apartarlos, porque ya no son sueños, sino pesadillas camufladas.

    En algún momento de septiembre del año pasado me convencí de que ser la escritora que soy —la que escribe para entender el mundo y habitarlo, para entenderse y soportarse, para sobrevivir— me impedía convertirme en la escritora que deseaba ser.

    Y por eso me obligué a dejar de escribir lo que estaba escribiendo, como si, al hacerlo, por arte de magia, fuera a aparecer esa otra escritora, llena de místico glamour, que crea historias igual que respira. Como si hasta entonces la hubiera tenido escondida y maniatada en algún oscuro rincón de mi interior.

    Por supuesto, eso no sucedió.

    No creo que haya dos escritoras en mí. Tampoco creo que sea posible que no haya ninguna, por el simple hecho de que cada vez que, por una causa u otra, dejo de escribir el sufrimiento que experimento es infinito y desemboca una y otra vez en la escritura.

    Creo que sencillamente soy alguien que escribe por necesidad, porque es mi manera de pensar, de sentir, de procesar y entender el mundo y la vida. Y por eso es tan difícil y doloroso cuando me obligo a escribir un tipo de texto u otro, o a no escribir nada en absoluto, porque para mí la escritura no es una elección, sino una consecuencia directa de la experiencia.

    La enésima vez

    Así que, mientras sigue mi recuperación, o quizás como parte de ella, he decidido aprender a aceptar la escritora que sí soy, conocerme y, quién sabe, hasta puede que llegue a caerme bien, quizás a valorarme o, tal vez, incluso a quererme.

    Y eso pasa por vivir escribiendo, libre y sin remordimiento por hacer lo que hago y, sobre todo, sin complejos por no ser como ese ideal que solo existe en mi cabeza, que tanto tiempo llevo persiguiendo y que, en lugar de ser un destino, una motivación, un ejemplo, se ha convertido en mi peor juez y verdugo.

    Para conseguirlo, creo que el primer paso es recuperar este espacio para que pueda ser no solo un almacén y escaparate de mi trabajo, sino un fiel reflejo de lo que soy y lo que hago.

    En fin, que todo este texto es para decir que estoy de vuelta. Que todavía no sé cómo, ni mucho menos cuánto o cuándo, pero que al menos el qué y el quién parecen estar más claros. Veremos la forma que va tomando el blog en esta nueva etapa. Al fin y al cabo, solo es una nueva encarnación del mismo proyecto de siempre. Una nueva fase. La enésima.

  • El Vampiro o El placer de mirar

    El Vampiro o El placer de mirar

    Sé que me veis y me imagináis terrible. Aunque no lo soy más que cualquiera de vosotros. Y aun así, en esta posición tan absurda, nos ha colocado el mundo: yo colgado de una ventana abierta, con la imprudencia del que se cree a salvo de todo, y ella, uno de los vuestros, dormida en su cama, apenas cubierta con un camisón, incapaz de imaginar lo que le espera.

    Es un clásico, lo sé. La habitación a oscuras, la decoración barroca, la muchacha, de pálida piel, cubierta por blancas telas, entre las que destaca la larga melena rojiza, y yo, el depredador, que avanza sigiloso hacia ella.

    La chica no se despertará. No es que yo sea más silencioso que cualquiera de los vuestros, aunque lo soy. Tampoco que el sueño de la joven se vea ayudado por el alcohol y otras sustancias que ha ingerido durante la noche de fiesta y desenfreno, antes de refugiarse en la habitación que creía segura. Ni siquiera son mis dotes hipnóticas, que las tengo, las que mantienen a mi víctima sumida en el sueño. Sois vosotros, indiscretos voyeurs, mirones de pacotilla, que os protegéis tras las páginas para hacer realidad vuestros más oscuros deseos y os introducís en la piel de otros para hacerlos bailar a vuestro son.

    Pero no cerráis el libro, no. Nunca lo cerráis. No importa que os advierta de vuestra responsabilidad. Tampoco que ya tenga en mis manos a la chica, cuyo cuerpo, flácido por el sueño, se acomoda en mi abrazo y deja el cuello al descubierto. ¿Es esto lo que queréis ver? ¿Deseáis observar cómo muerdo? ¿Cómo rozo primero su piel, casi como si fuera en un beso, justo antes de sacar los colmillos, más blancos incluso que su lechoso cutis, y los hinco en ella con la fuerza que solo otorga el hambre de milenios?

    Bebo. Bebo y me sacio. Pero sigo, sin que ella se inmute, sin que apartéis la vista. Tengo los ojos cerrados, pero el movimiento de tela sobre una de mis manos me indica que el camisón ha dejado un pecho de la joven al descubierto. Suave, terso, coronado con una rosada y erizada flor. Y ahí seguís, observando. Me muevo levemente para bloquearos la vista, pero la nueva posición provoca una mayor cercanía de nuestras caderas. El pulso de la joven es débil pero estable. Mi entrepierna despierta. Ella jadea. Vosotros suspiráis.

    Mis opciones son limitadas. Siempre lo son. Si sigo bebiendo de ella, la mataré. Si me paro, despertará, presa de un frenesí que solo el mordisco de un vampiro provoca, y yo, que solo soy un personaje de esta patética historia, la tomaré. Ella disfrutará —por supuesto— y yo también. Y vosotros, seguramente, también. ¿Por qué, si no, lo leeríais?

    Aunque, cosas de esta época, os molestará más este desenlace que la muerte de la joven a manos mías. Ella no era consciente y yo habré abusado de mi posición de fuerza. Y es así, tendréis razón. Pero soy un vampiro, un asesino, un monstruo. No se supone que deba tener moral, ¿no creéis? Y, en todo caso, si nací como mito moderno no fue por las ganas de nadie de que se alimentaran de su sangre, pero parece que con los años habéis perdido la capacidad de entender las metáforas.

    Y aquí estoy yo, con ella ya desnuda entre mis manos, pero aún sorbiendo su sangre. Todavía a tiempo de dejarla morir y librarme de vuestro juicio. Al menos, me quedaré saciado. Insatisfecho, quizás, pero lleno.

    Lástima de esa puerta que se abre y de esos ojos ávidos que leen demasiado rápido. No tengo tiempo siquiera para registrar lo que sucede. Siento una maldita estaca atravesarme el pecho y veo mi sangre impura manchar los desnudos senos de la joven, que ahora, todavía adormilada, se desliza de entre mis manos.

    Me llevo las manos a la herida, pero no hay nada que hacer. Caigo. Caigo en un vacío inmenso. Uno hecho de olvido y desesperanza. Caigo, pero aún vivo. En mi lenta agonía, alcanzo a ver el frenesí brillar en los ojos de la joven y al cazavampiros que, desde detrás de mi cuerpo ya casi inerte, se deja poseer por una lujuria que no le pertenece.

    Mis fuerzas se apagan, el vacío me engulle y os veo aún ahí, ávidos, como siempre lo he estado yo de sangre. No parece que encontréis nada malo en que sea ella la que, junto a mi cadáver, tome al aguerrido héroe que ha acudido a salvarla.

    Espero que lo disfrutéis mientras yo me hundo en la nada.

    Malditos voyeurs…

    …La oscuridad nunca devuelve una única vez la mirada.

  • Tregua

    Tregua

    Dicen que los astros están removidos. Diría que lo noto en las entrañas, pero es posible que esa sensación se deba más a que se acerca mi cumpleaños, fecha que siempre me sume en un estado de introspección.

    A veces lo he imaginado como una hibernación —cosas de haber nacido en noviembre— de la que suelo salir reforzada tras unos días —semanas, a veces meses— de aislamiento elegido.

    Otras veces lo he sentido como una suerte de retiro, mental o espiritual. Otras muchas ha sucedido sin que me haya dado cuenta de ello hasta que ha pasado ese periodo de silencio y cierta oscuridad.

    Esta vez lo veo como una tregua.

    Seguramente sea porque, sí, en muchos sentidos hasta ahora he estado en guerra. En guerra con la vida, con el destino, con el mundo, conmigo misma. En guerra con todo.

    Y ya no puedo más.

    Así que levanto una bandera blanca y me retiro.

    Quizás sean solo unos días. O puede que ni eso, y sencillamente cambie la frecuencia o la regularidad con la que escribo. Puede que solo cambien los temas. No lo sé. Ni me toca saberlo ahora.

    Ahora solo me aparto un poco.

    Para descansar.

    Para observar.

    Para prepararme para celebrar que he vivido un año más.

    O solo para estar.

    Así que esta entrada no es un adiós.

    Ni siquiera es un hasta luego.

    Solo una tregua.

  • No es el mundo, es la forma en que lo habito

    No es el mundo, es la forma en que lo habito

    Estaba pensando en la posibilidad de que este mundo no fuera para mí. O, para ser más exactos, que yo no estuviera hecha para este mundo.

    Y lo pensaba en serio.

    No tanto como para hacer una estupidez, pero sí como para bajar los brazos y dejar de luchar.

    Pero creo que hay un error de planteamiento en esa idea. Aquí la cuestión no es el mundo, ni este ni otro. Tampoco su funcionamiento. El asunto, el crucial, el urgente, es la forma de habitarlo.

    Así que voy a reformular la cuestión: Creo que no estoy habitando este mundo, que me ha tocado vivir, de la mejor forma para mí.

    Claro que este enfoque es problemático porque, al contrario que la primera formulación, que carga la culpa sobre la realidad, esta me entrega a mí la responsabilidad. No la de la naturaleza y funcionamiento del mundo, por supuesto, pero sí la que me atañe a mí —que, por otro lado, siempre ha sido mía—, de estar aquí con coherencia, de vivirme, expresarme y habitarme desde el sentido.

    Y es en este punto, en el que descubres —o decides, porque en el fondo siempre lo has sabido— que no lleva a nada buscar fuera soluciones a circunstancias que, en realidad, son internas —medulares—, cuando surge la pregunta de qué quieres realmente y, más importante todavía, para qué.

    Es un momento bonito y duro a partes iguales. Muchas de las motivaciones que te han traído hasta aquí se descubren absurdas, vacías, ridículas. Otras son, sencilla y llanamente, ajenas. Muchas pertenecen a la sociedad y el momento que nos ha tocado vivir. Otras a mentiras que nos hemos repetido a lo largo de los años hasta convencernos de que realmente eran verdad.

    Para qué. Esa era la pregunta importante. Qué curioso. Llevo años haciéndomela, pero desde un lugar del todo equivocado. Pensaba en para qué escribir, enviar a editoriales, a concursos, publicar… Para qué, me decía, si lo más probable era que no pudiera vivir de ello, que tuviera que compaginarlo con un empleo que me drenaría y que, al final, la suma de ambas actividades, en combinación con mi precaria salud, acabarían conmigo.

    Pero ese para qué, tal y como yo lo formulaba, pertenecía a ese mundo en el que siento que no encajo, que no es para mí —que no soy para él—.

    Aunque, al final, el problema no era del mundo, sino de mi forma de habitarlo. Y eso transforma la pregunta y, con ella, seguramente la respuesta.

    Probemos con este nuevo enfoque. ¿Para qué escribir, concursar, enviar a editoriales, publicar…?

    Para empezar, para descargar la mente y el alma y compartir el resultado de esa operación con quien pueda necesitar leerlo. ¿Y si esas letras llegan a alguien que necesita leerlas?¿Y si ofrecen consuelo a una sola persona? ¿Y si alguien se siente identificado y, por ende, menos solo, acompañado, incluso?

    Si queremos seguir puedo decir que porque yo no soy nadie para limitar el acceso a los universos que he creado. Es como si el constructor de un parque de atracciones decidiera quedárselo solo para su disfrute. Y, vale, es posible que nadie goce de mis mundos como yo lo hago, que a nadie le gusten más que a mí… Pero ¿y si resulta que sí hay gente que encuentra en ellos entretenimiento, alivio, consuelo, paz…?

    Por último, por poner en algún lugar el punto final, diré que hacerlo otorga sentido a mi vida como nada más lo hace. Y solo por eso, y la paz que hallo al hacerlo, ya vale la pena.

  • Manual imprefecto nº 5: protocolo básico de desmoronamiento controlado

    Manual imprefecto nº 5: protocolo básico de desmoronamiento controlado

    Un plan de trabajo cuidadosamente elaborado

    Se supone que tengo que escribir una entrada para mi Manual imprefecto de una escritora en apuros. Y es así porque tengo un cronograma que así lo indica, según un plan de trabajo cuidadosamente elaborado.

    El problema es que los planes de trabajo y los cronogramas son muy útiles cuando una es una escritora funcional —o, directamente, una persona funcional—. Y yo solo soy eso una parte del tiempo. Una parte pequeña. A veces, pequeñísima. Tan, tan diminuta que la supuesta funcionalidad brilla por su ausencia.

    Cuando el cuerpo no coopera

    Esta mañana, por ejemplo, han tenido que ayudarme a ponerme los calcetines y los zapatos. También han tenido que prepararme el café con leche. Y, bueno, sé que hay personas que están peor, y por eso cada día doy gracias por lo bien que estoy, lo mucho que avanzo, pero sigue sin ser agradable sentirse así de limitada.

    Y eso que, en mi caso, con las horas, los estiramientos y el movimiento —y sí, también la medicación— la movilidad mejora. Así que no es que ahora esté como para ir a correr una maratón, pero sí puedo estar aquí sentadita escribiendo esta entrada sobre por qué creo que no debería escribir sobre esto.

    El sentido de escribir incluso sin sentido

    Pero, mientras tecleo, una parte de mí comprende que quizás sí tenga sentido, más allá del cronograma maldito y el dichoso plan de trabajo, escribir hoy —precisamente hoy— otra entrada de este bendito manual, al que, quizás, debería añadirle también la palabra supervivencia en algún lugar.

    Y es que, veréis, más allá de su imperfección, que la tiene, esta guía, que no deja de ser un compendio de trucos y tretas aprendidas a través de los años, es, precisamente una cuerda de seguridad o, mejor, una línea de vida, pensada para no caer al vacío cuando, precisamente, días como el que hoy tengo yo, te dejan sin punto de agarre.

    De la mente tramposa y el Real Instituto de Letras Colapsadas

    No tienes por qué sufrir un dolor o impedimento físico para encontrarte en este tipo de situaciones. En absoluto. Ni siquiera implica que haya algo ánimo o espiritual que te haya afectado de forma demoledora. A veces —demasiadas— basta con el mismo devenir de la vida, tan caótica, tan tremenda, para descolocarnos, hacernos tropezar y ver el precipicio con más claridad que nunca.

    Creedme si os digo que en muchas ocasiones son esas experiencias, tan cotidianas y aparentemente inocuas, las más capaces de hacer perder pie. Y, quizás por su apariencia, tan común, tan poco extravagante, son, en realidad, las más peligrosas.

    Así que sí, hoy soy, como tantas otras veces, una escritora en apuros.

    Tan, tan, apurada estoy, que al empezar a escribir ni siquiera me sentía capaz de escribir sobre este tema. Ni mucho menos pensaba que estuviera autorizada para ello, como si existiera en algún lugar una suerte de institución que repartiera ya no solo carnets de escritora —como muchos me consta que creen…—, sino también título oficial de apurada… Algo así como el Real Instituto de Letras Colapsadas. O la Academia Nacional de las Escritoras Sobrepasadas.

    Pero no, resulta que la única capaz de otorgarse —y quitarse— título alguno es una misma. Digo más, estoy a punto de buscar en algún comercio online un birrete e imprimirme un diploma, a ver si, a base de impostura, soy capaz, de una vez por todas, de creerme ya no escritora —esa guerra la doy por perdida—, pero, al menos, sí apurada.

    Cómo minimizar los daños colaterales del caos

    Toda esta parrafada sin demasiado sentido pretende ejemplificar que la mente es tramposa y puede hacernos dudar de absolutamente todo, desde nuestra capacidad —y autoridad— para escribir de la propia experiencia hasta de la utilidad de la planificación y la conveniencia de seguir lo programado, por más cuidado y cariño que se aplicara a la creación del plan y su calendarización.

    Así que, en resumen, estos son los tips de hoy del Manual imprefecto…

    1. Tener un plan y un calendario que seguir, aunque a veces pueda parecer que encorseta la inspiración, también ofrece un asidero para cuando todo se derrumba y el vacío se hace presente.

    2. Haz el plan con cariño, con mucho cariño, que sea suave y flexible. Tan suave y flexible, que hasta cuando dudes de tu propio nombre, te sea sencillo darle, al menos, una oportunidad, aunque sea sin fe ni ganas.

    3. Procura que tu plan tenga un único objetivo claro a corto plazo y no demasiado grande como para no creer que es posible conseguirlo. Si es posible, intenta que ese objetivo forme parte de un plan mayor y claro, pero de ese plan más grande ya hablaremos otro día… Ahora el que cuenta es el chiquitín, el que puedes llevar contigo junto al teléfono móvil y las llaves al salir de casa.

    4. Haz un calendario. Hazlo. Breve y muy flexible. Pero hazlo. Puede ser semanal o mensual. Incluso puede ser solo para varios días. Pero hazlo. Y hazlo en función de ese plan chiquitín para conseguir ese objetivo asumible.

    5. Comprende que tu objetivo, tu plan y tu calendario chiquitines son flexibles. Si un ovni cae del cielo sobre tu ciudad y todo se paraliza, obviamente, el plan se interrumpe. Y no pasa nada. Repito, no pasa nada.

    6. Asume que tan flexibles son tu objetivo, tu plan y tu calendario como determinada debes estar tú a cumplir con todo lo marcado en ellos. Recuerda que dijimos que son pequeñitos y alcanzables, entonces las tareas del día también deben serlo. En otras palabras, si el ovni que ha caído no traía consigo marcianos hostiles y hayamos entrado en estado de guerra, sencillamente, trata de cumplirlo. Siempre habrá tiempo para cotillear después sobre los ovnis.

    7. Último, pero no menor: no importa lo que diga tu mente hoy, importa tu intención general y mantenida en el tiempo. Si hoy tu mente te dice, por ejemplo, que tu historia no vale un euro, no importa. Acepta la situación, dile que la has oído, que su opinión te importa un carajo y déjala de lado. Si tienes que imaginar una enorme caja fuerte en la que poner mente y pensamiento, hazlo. Y ciérrala con llave, por favor. En todo caso, lo importante es que tú te mantengas en esa intención (escribir tal historia, publicar un post al día, terminar un cuento, redactar un artículo, lo que sea…) y lo hagas de manera sostenida a lo largo del tiempo.

    Ahora que lo leo, puede que también necesitemos en algún momento una entrada del Manual imprefecto sobre eso de la intención sostenida, pero, con vuestro permiso, me la guardo para un día en el que tenga, aunque sea, solo una pizquita más de fuerza y confianza en mí misma.

    Y ahora tú

    ¿Planeas tus sesiones de trabajo?

    Si es que sí: ¿Tienes algún método que quieras compartir y pueda ayudarnos a todos?

    Y, sobre la mente traicionera… ¿También te sabotea tu propia mente? ¿Qué haces cuando eso ocurre?

    Te leo 👀

  • Aun así, escribir —siempre— es placer

    Aun así, escribir —siempre— es placer

    Hace mucho, mucho tiempo —quizás en otra vida…—, a una servidora le pagaban por escribir.

    No era una vida fácil, pero acaso alguna lo es. Era una vida en la que escribía. Y era mía.

    Por supuesto, entonces no escribía sobre lo que quería sino sobre lo que debía. A veces era sobre política, otras de sociedad, muchas sobre empresas, productos o servicios de cuya promoción se encargaba la empresa de turno en la que estaba contratada.

    Y aun así, escribir era placer.

    Siempre ha sido placer.

    Sigue siendo placer.

    Esa vida quedó atrás cuando la salud me abandonó. Ya lo he dicho, no era una vida fácil. Dedicarse a escribir en un contexto periodístico suele implicar dosis de estrés poco aptas para cuerpos, digamos, imperfectos.

    Pero no hay día que no la eche de menos.

    No son las prisas lo que añoro, esas, por ridículo que resulte, siguen presentes, aunque quizás con urgencias más llevaderas.

    Tampoco echo en falta la política, ni la sociedad, ni mucho menos los deportes. Ni siquiera extraño la cultura, aunque, de todo, es lo que más morriña me genera.

    Lo que de verdad, de verdad de la buena, no puedo dejar de lamentar es la ausencia de la escritura como actividad prácticamente exclusiva y, por supuesto, central de mi día.

    Entonces no lo apreciaba. Creedme, no lo valoraba en absoluto.

    Escribir era solo una herramienta sin más valor que el fin al que servía: transmitir el mensaje de la manera más rápida, objetiva y atractiva posible.

    Ser la herramienta, no el fin. ¡Qué planteamiento más absurdo! ¡Qué ridículo!

    Ahora, solo ahora, desde este páramo desolado en el que me encuentro, comprendo hasta qué punto era exactamente al revés.

    La escritura nunca, jamás, estuvo al servicio de nada. Si acaso eran esos supuestos señores a los que servía los que, sin pretenderlo, servían de excusa para su práctica.

    Escribir.

    Escribir.

    Escribir todo el día.

    Sobre todo.

    Sobre nada.

    Pero escribir nada más.

    Eso es lo que quiero.

    Eso es lo que tuve y perdí.

    Es lo que no sé cómo recuperar.

    Escribir todo el día para ser.

    Para estar.

    Para existir.

  • Sofía y yo

    Sofía y yo

    Levantarse solo para volver a caer, o caer para volver a ponerse en pie una vez tras otra. No importaba el modo de decirlo, sino únicamente hacerlo, y Sofía ya no recordaba cuántas veces había pasado por lo mismo en los últimos días. Las últimas semanas. Meses. Años. Hundirse, y hundirse un poco más, hasta tocar fondo, y una vez abajo, sacando fuerzas de algún lugar desconocido, impulsarse hacia arriba con los pies. Así que aquella no era una mañana especial, solo una mañana más, en la que se ponía la máscara de «todo está bien», se vestía con uno de sus trajes de pantalón y chaqueta y se iba a trabajar. Cada vez el fondo estaba un poco más abajo, algo más lejos, de eso sí se había dado cuenta. Del mismo modo que había comprendido que cada vez que se decía hoy es la última vez en realidad quería decir no sé cómo demonios parar. Pero daba igual, no importaba. No le importaba a ella, no le importaba a nadie.

    Salió de casa, sintiéndose molesta por el repiqueteo de los tacones contra el suelo. Sabía que sería un día duro, una semana dura, y llevó una mano a su bolso, para asegurarse de que estaba con ella. Caminó como cada mañana hasta su despacho, saludó a todo el mundo cuando entró y agradeció a su secretaria el café con leche que acababa de dejar sobre la mesa. Una mañana normal, sin nada extraordinario. Salvo por el hecho de que sería la última, aunque, por supuesto, eso, ella no lo sabía. No podía saberlo.

    Eran solo las once cuando hizo la primera escapada al lavabo de señoras, bolso en mano. Cada vez empezaba más pronto, cada vez llegaba más lejos. Y regresó a la una y media, antes de salir a almorzar, y después, cuando volvió de su comida de negocios, se encerró un rato largo a solas con su bolso, sentada sobre un retrete, perdida por unos minutos toda compostura. Solos, como estábamos, ella y yo. Reconozco, porque tengo que admitirlo, que me gustaba verla así, abandonada y completamente entregada a mí. Cosas del oficio, imagino, porque nada hay más hermoso que el instante en el que alguien comprende que su voluntad me pertenece, aunque esa comprensión llegue tarde, siempre, muy tarde. Sofía lo comprendió esa mañana.

    Siguió su jornada, tan atareada como siempre, tan responsable, tan activa. Aunque en algunos instantes casi se dio cuenta del movimiento involuntario de una de sus piernas, o del escaso control que tenía de la mandíbula, a pesar de los chicles de menta y regaliz que masticaba a todas horas. Sofía era hermosa, incluso así, perdida en ella misma, perdida en mí.

    A las ocho de la noche ya no podía llevar la cuenta de sus visitas al lavabo, aunque tampoco le importaba, la oficina ya se había quedado vacía y no había necesidad alguna de esconderse para que yo pudiera regalarle mis caricias. Dulce Sofía.

    Sacó una botella de algún whisky escocés que en algún momento le había regalado un cliente y se sirvió una copa, intentando que el alcohol nos relajara a ambos, pero era tarde. Tarde para relajarnos, tarde para ella, e incluso tarde para mí. No había modo de que pudiera convencerme de que, en realidad, ella no era para mí. Lo era, tan mía como yo suyo, solos como estábamos en ese momento ambos en el mundo. Y lo supo, porque se levantó y repasó con cariño y asco por igual la estantería repleta de premios que había sido su única compañía durante aquellos largos años, desde que lo dejara todo por su carrera y por mí. Me sentía honrado, pero sobre todo encantado de que hubiera sido ella, tan fuerte, tan magnífica, la que se había rendido a mí. Allí donde otros tenían fotos de familia, ella tenía recuerdos de ambos. Aquella semana frenética terminando la campaña que lanzaría su carrera, jamás la amé tanto como aquellos días, y desde entonces Sofía nunca dejó de amarme a mí con la misma furia con que yo la necesitaba a ella.

    Sofía, de pechos turgentes y corazón de piedra, ya había decidido que al fin por siempre sería mía. Pero ella aún no lo sabía. Se sentó de nuevo en su silla, con la cabeza llena de recuerdos y las manos temblorosas, quizás por tener más de mí de lo que debía, quizás por desearme con furia. Sacó la bolsita en la que guardaba el polvo mágico que nos unía, y yo me puse junto a ella, deseando que me viera, que supiera de mi existencia. Y creo que lo conseguí porque, durante un instante, antes de que agachara la cabeza sobre la mesa para introducir en su nariz el último tiro que tomaría, sus ojos se quedaron fijos en mí. Fue hermoso verla morir, aunque con su vida finalizara también nuestro juego. Al fin y al cabo, no debía de tener el corazón de piedra, porque fue ese músculo el primero que falló, acabando con ella, y con mi deseo de tenerla. En fin, Sofía… Fue hermoso mientras duró.

    ______________

    Escrito y publicado en algún momento entre finales de 2012 y principios de 2013 con el título Sofía en mi antiguo y perdido Diario de una escritora.

  • Mis eternas tareas pendientes: lo que siempre pospongo

    Mis eternas tareas pendientes: lo que siempre pospongo

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Hay algo que siempre pospones? ¿Por qué?

    ¿Qué es lo que siempre pospongo? ¿En serio tengo que contarlo? ¡Qué vergüenza! Yo, que me las doy de escritora…

    En fin, si hoy toca daily prompt, toca daily prompt

    Las viejas deudas literarias

    ¿Qué va a ser lo que siempre pospongo más que terminar la saga que inicié en 2010? Bueno, quizás también podría ser darle las últimas puntadas a aquella novela que lleva una década esperando en el cajón para ser publicada. Y, cómo no, también está aquel proyecto de novela por el que me dieron una matrícula de honor en el máster de escritura.

    Sí, todas esas son mis vergüenzas. Pero, seamos sinceros, se trata de los fantasmas de las escrituras pasadas. Que no por pasados duelen y molestan menos, pero sí han ido perdiendo urgencia.

    Lo que ahora aprieta

    Lo que ahora aprieta es otra cosa. Se supone que tendría que estar escribiendo el primer borrador de un proyecto de novela en el marco de un prestigioso programa de mentorías… Y que tengo que hacer la primera entrega de borrador, semana arriba o abajo, en diciembre.

    No he escrito ni una línea.

    Ni una.

    Ya lo sé, vergüenza para mí y vergüenza para mi vaca es lo único que merezco…

    Pero tengo excusas.

    Y buenas.

    Las excusas de rigor

    Primero, el fallecimiento de mi padre solo un mesecito antes de que me incluyeran en el programa de mentorías y que me dejó hecha polvo —todavía lo estoy, en realidad, aunque este blog se ha convertido en mi refugio y clavo ardiendo…—

    Después, el empeoramiento de mi salud. Vale, ahora, con la medicación, estoy algo mejor y, es verdad, quizás podría empezar a plantearme escribir algo de ese proyecto cada día. No se trata de pegarme la gran paliza, solo de hacer algo, un poquito, lo que sea…

    Hasta podría cambiar el proyecto, adaptarlo a este momento que estoy viviendo y explicar, con toda mi cara de artista bohemia incapaz de adaptarse a un mundo lleno de plazos, planes y perspectivas de negocio, que ahora soy incapaz de escribir nada más. Que lo mío es arte. Que me sale del alma. Y que mi alma machacada solo puede hacer lo que sea que me salga cuando, al fin, me digne a coger papel y boli y empezar a escribir —es un decir, ni soy tan bohemia ni escribo a mano las novelas. Al menos, no el grueso de ellas—.

    El eterno retorno a la escritura

    En fin, que, cómo no, este post va sobre escritura, igual que todo lo demás en mi maldita vida, por más que yo me empeñe en que mi día a día trate de otras cosas.

    Y, por lo tanto, si hay algo que pospongo —que lo hay—, es lo mismo que hago todo el rato: escribir. Otro tema es si escribo lo que debo o, como buen desastre ambulante, lo que me brota del alma.

    Y ahora tú

    ¿También tienes un proyecto maldito que has ido postergando y postergando a lo largo del tiempo?

    ¿O acaso, como servidora, tienes una deadline cada vez más cercana y amenazante?

    ¿Y algún proyecto a punto de devorarte?

    O, mejor todavía: ¿tienes alguna solución para este mal, tan extendido por otro lado este oficio, de la procrastinación?

  • Domingo de tormenta

    Domingo de tormenta

    Se prepara tormenta.

    Desde la ventana se ve el cielo negrísimo. Tanto, que parecen las seis de la tarde, aunque son poco más de las once y media de la mañana.

    Pero es el movimiento de las ramas del olmo, mecidas por un aire que nada tiene de tranquila brisa, lo que delata el cambio de tiempo.

    Eso y el silencio de los pájaros.

    Ese olmo y yo somos viejos amigos. Nos conocemos desde que lo sembraron, jovencito, durante la construcción del edificio en el que vivo. Pegó el estirón en aquellos dos años de obra —aunque yo entonces no me di cuenta, quizás porque procuraba pasar cada día por delante de la finca, a ver cómo avanzaba el proceso.

    Pero cuando, después de lo que a mí me pareció una eternidad, nos entregaron la casa, ya era un señor olmo hecho y derecho, y casi ni rastro quedaba del arbolito que un día había sido.

    Supongo que igual que nosotros, que en esos años pasamos de poco más que chiquillos jugando a quererse a jóvenes llenos de obligaciones de adultos.

    La vida adulta trajo consigo muchos dolores de cabeza. Demasiados. Sueños rotos. Renuncias. Olvidos. Reencuentros.

    Pero seguimos aquí. Como el olmo. Azotados de tanto en tanto por el viento, abrasados por el sol, alguna que otra vez helados y hasta cubiertos de escarcha, y remojados por esa lluvia revitalizante, suave pero nutriente, mucho menos habitualmente de lo que nos gustaría.

    Me encanta observar el árbol desde la ventana. A veces, mientras escribo, me pierdo en el bamboleo de sus hojas y en sus juegos de luces y sombras. Me quedo embobada mirándolo hasta que, de improviso, me encuentra la palabra que había perdido y que yo ni siquiera sabía que buscaba.

    En justicia, debería incluirlo como coautor de mis obras. Tan suya es la inspiración que hay en ellas como mía.

    Aunque es posible que él no quisiera. Es un árbol, un ser mucho más libre que cualquiera de nosotros, por más que lo veamos tan firmemente aferrado a la tierra. No me imagino a árbol ni planta alguna añorando algo tan banal, tan egoico, como querer ser reconocidos por la autoría de nada. De lo contrario, podrían reclamarnos tantas cosas de este mundo que damos por hechas y entendemos como nuestras.

    Ya llueve.

    Con fuerza.

    Y truena.

    Me gusta escribir cuando la meteorología hace de banda sonora.

    Me encanta.

    Pero aquí llueve con esta intensidad en tan pocas ocasiones que prefiero disfrutar de la tormenta.

    Feliz domingo, de parte de mi olmo y de una servidora.

  • Cuarto movimiento

    Cuarto movimiento

    La tormenta

    Lorena miraba al cielo a través de la ventanilla del coche, hipnotizada con la hermosa tormenta que se había desatado de repente. No podía evitarlo, le encantaban las tormentas. Más aún las nocturnas. Siempre que tenía ocasión observaba embobada su furia eléctrica. Solo había una cosa que le gustaba más que contemplar las descargas eléctricas o dormirse arrullada por el sonido de la lluvia cayendo con fuerza: salir a caminar, brincar o bailar bajo la tormenta. Pero hacía muchísimo tiempo que no se daba el gusto de hacerlo, tanto como años habían pasado desde que había abandonado la pequeña ciudad que la había visto crecer para ir a vivir a la capital en busca del futuro que siempre había soñado. Ahora, aquel anhelado futuro profesional que tanto le había costado conseguir, se había convertido en pasado, y se había quedado vacía, perdida, rota y en la cola del paro. 

    La posibilidad de que pudiera reconstruir su vida profesional en breve era escasa, o nula, estando como estaba el mercado laboral. Pero, más allá de eso, Lorena no podía evitar preguntarse hasta qué punto quería recuperar la vida que había perdido. Si acaso a aquel soñado futuro que había convertido en su realidad se le podía llamar vida de alguna manera.

    En los últimos años lo había sacrificado todo por su carrera, primero para conseguir que sus notas fueran las mejores de su promoción, después desvelándose en el puesto de becaria en la mejor empresa del sector, que había conseguido gracias a su expediente, todo ello con la vista puesta en conseguir un empleo estable en la compañía que le permitiera seguir desarrollando su carrera. Un empleo que consiguió y por el que se desvivió, trabajando durante inacabables jornadas, renunciando a fines de semana o a vacaciones, con tal de poder aspirar a un puesto directivo y ver cumplido su sueño. 

    Y todo ello para que, una vez realizado, su sueño se convirtiera en polvo a través de una fría carta de despido. Porque Antonio, quien había sido su mentor desde que entrara en la empresa y su jefe directo, no había tenido el valor ni de comunicarle el despido a la cara. 

    Él sabía a cuánto había renunciado por su trabajo, por la empresa. Sabía que hacía ya tres años que no iba a visitar a su familia, que los únicos amigos que tenía eran las mujeres con las que compartía piso, porque se había ido distanciando de los demás a causa del trabajo. Incluso a ellas casi solo las veía cuando se cruzaban por la casa antes de acostarse o al levantarse por las mañanas. Antonio sabía perfectamente qué significaba su empleo para ella y ni siquiera había tenido la decencia de dirigirle una palabra de ánimo o una disculpa después de que hubiera leído la fatídica carta. Nada. Se había limitado a apartar la vista y esperar a que saliera de la oficina.

    Lorena había tardado varios días en asumir que había sido despedida y, al fin, llorar y gritar de rabia por la pérdida. Por supuesto, sus compañeras de piso, sus amigas, habían estado a su lado tanto antes como después de que se hundiera, y, solo entonces, gracias a su apoyo y comprensión, había ido dándose cuenta de lo vacía que había estado realmente su vida hasta ese momento. 

    Había creído tenerlo todo y, en realidad, no tenía nada. Se había distanciado de su familia hasta el punto de que ya a duras penas se dirigían la palabra, había perdido el contacto con todos los amigos que alguna vez hubiera tenido, salvo con sus compañeras de piso, y eso último había sucedido más por casualidad que por su voluntad de conservar amistad alguna. De hecho, era una pésima amiga, y también una terrible compañera que creía que podía sustituir las tareas que no hacía o el tiempo que no compartía pagando un poco más de alquiler que las demás. Y su vida sentimental se limitaba a los ligues de fin de semana a los que nunca volvía a llamar después de abandonar su cama por la mañana. 

    Pero más allá de eso, también había renunciado a todo lo que le gustaba, y lo peor era que hasta después de haber perdido el trabajo y verse todo el día metida en casa no se había dado cuenta de nada. ¿Cuándo había sido la última vez que había leído una novela? ¿Desde cuándo no pasaba una noche de viernes de película y pizza en casa? ¿Y la última conversación con sus amigas? ¿Cuándo había caminado, brincado y bailado por última vez bajo la lluvia?

    Había dejado tantas cosas por hacer, había renunciado a tanto sin darse cuenta siquiera de que lo hacía, que sentía que había perdido un montón de maravillosos años de su vida. Seguramente los mejores de ellos. Pero todavía estaba a tiempo de hacer algo, de cambiar su propia historia, aunque no tenía ni la menor idea de cómo rehacer su vida para que fuera digna de ser llamada de esa manera. Porque la vida tenía que ser necesariamente algo más que una existencia esclavizada en pos de la consecución de unos objetivos, que después se demostraban vacíos de un verdadero valor y contenido. Estaba segura de ello, pero no sabía qué debía buscar, ni cómo, ni dónde. 

    Sus amigas pensaban que seguía deprimida ya no solo por la pérdida de un trabajo que lo había sido todo para ella, sino también por la nula respuesta a todos los currículos que creían que había enviado. Pero nada tenía que ver lo que le ocurría con su situación laboral. Ya no. Ahora estaba buscando un sentido a su vida, a la vida en general, y se sentía triste y frustrada porque no era capaz de encontrarlo. Solo sabía que durante todos aquellos años le había faltado algo, lo más importante, quizás, pero no tenía ni la menor idea de qué era eso que no tenía pero necesitaba tanto como el aire para respirar.

    A causa de ese desconocimiento, y un tanto llevada por la frustración de no dar con una respuesta satisfactoria para su búsqueda, había optado por ir recuperando lentamente todas y cada una de las cosas que había ido dejando atrás. En los últimos meses desde que había perdido el trabajo se había volcado en la relación con sus compañeras de piso y había comprendido, al fin, que eran, y siempre habían sido, sus amigas, aunque ella no se había merecido en ningún momento su amistad. También se había ocupado de las tareas de la casa y había descubierto que tenía cierta habilidad para la cocina y que aborrecía todo lo relacionado con la colada. Había leído, visto películas, ido al teatro, bailado, reído, llorado… 

    Y también había intentado retomar paulatinamente el contacto con su familia, aunque, de todo, eso estaba siendo lo más complicado y no le extrañaba en absoluto que así fuera. De todo lo que había sacrificado por el supuesto bien de esa carrera, que al final se había revelado absurda e inútil, nada le había dolido tanto como dejar de lado a su familia. Sus hermanas nunca le habían perdonado que se marchara de casa cuando su madre estaba gravemente enferma, mucho menos que no se tomara ni un día libre para asistir siquiera al entierro cuando falleció dos años después. Su padre y su hermano pequeño eran los únicos que todavía le dirigían la palabra, aunque sus conversaciones no iban más allá de una charla cortés e insustancial.

    Pero Lorena se había propuesto recuperar la relación con su familia, igual que todo lo demás que había perdido o abandonado. Y ese momento era tan bueno como cualquier otro para hacerlo y rescatar del pasado una de las cosas que más extrañaba.

    —¿Se puede saber a qué estáis esperando? —preguntó a sus amigas mientras se inclinaba hacia delante entre los asientos delanteros.

    —A que pare de llover —respondió Nuria.

    —O, al menos, a que no lo haga con tanta fuerza —añadió Sonia, que seguía trasteando con el teléfono móvil mientras lo movía de un lado a otro para tratar de recuperar la cobertura de datos.

    —¡Deja eso ya! —ordenó y le arrancó a Sonia el móvil de las manos.

    —¿Pero qué haces? 

    Sonia intentó recuperar el aparato, pero ella se lo escondió tras la espalda y se echó hacia atrás en el asiento.

    —Nos hemos perdido y es toda una aventura, no quieras estropearla con ese trasto —explicó, mientras esquivaba los intentos de Sonia por recuperar el teléfono—. Patri, ¿no has dicho que si el conjuro surtía efecto habría extrañas casualidades?

    Patricia asintió, confundida.

    —Pues yo creo que esto es una extraña casualidad que tenemos que aprovechar. Llevo semanas deseando poder disfrutar de una buena tormenta, caminar y bailar bajo la lluvia —explicó, comprendiendo que quizás las ganas que sentía por algo tan simple como eso estaban directamente relacionadas con aquello que buscaba—. ¿No es curioso que justo hoy, después del conjuro de Patricia, haya pasado esto?

    —Tú lo llamas curioso, yo lo llamo desastroso —se quejó Nuria.

    —¡Qué va! —dijo Patricia, sonriendo—. Lorena tiene razón. ¿No queríamos una aventura para romper con la rutina y olvidarnos de los problemas? Pues esto lo es.

    —Exacto —convino, más animada ahora que Patricia se había sumado a su causa—. Venga, bajemos del coche.

    —Espera, espera —pidió Nuria a la vez que levantaba ambas manos para enfatizar sus palabras—. Sí, queríamos una aventura, pero no mojarnos y pillar una pulmonía. 

    —A lo mejor yo sí quiero esa pulmonía —la interrumpió Sonia y las sorprendió a todas—. Quizás eso es exactamente lo que necesito para olvidarme de los problemas y la rutina.

    Sonia abrió de par en par la puerta y dio un pequeño grito cuando el agua la salpicó. Pero en lugar de echarse atrás, se desabrochó el cinturón y saltó fuera del coche, dando brincos y chillando cuando la lluvia la empapó por completo casi de inmediato.

    Antes de darse cuenta de lo que hacía, Lorena estaba empujando el asiento del coche en el que Sonia había estado sentada para unirse a ella y a su absurdo bailoteo bajo la lluvia.

    —¡Está helada! —gritó Patricia que había salido del coche justo detrás de ella.

    —Pero sienta tan bien… —murmuró Lorena con el rostro levantado hacia el cielo y mientras gozaba de la suave y refrescante caricia del agua de lluvia sobre la piel—. Hacía años que no disfrutaba de esto. Lo echaba tanto de menos.

    —Propongo que empecemos a caminar hacia la casa cuanto antes o todas acabaremos consiguiendo esa pulmonía que Sonia tanto parece desear —gruñó Nuria desde detrás de ellas.

    Lorena oyó a sus amigas darle la razón a Nuria, pero no les hizo caso, concentrada como estaba en aquel momento que le parecía verdaderamente mágico. Y no fue hasta que un estruendoso trueno acompañó a un relámpago que la obligó a abrir los ojos cuando comenzó a caminar detrás de sus amigas, que ya le sacaban una buena ventaja.

    —¡Esperadme!

    —Date prisa —ordenó Nuria, que parecía claramente molesta con ella.

    No tardó en alcanzarlas y enlazó su brazo con el de Nuria, que caminaba cabizbaja.

    —Lo siento, no quería que te enfadaras.

    —No me enfado, me mojo —protestó Nuria.

    —Bueno, no puedo decir que no quería que te mojaras…

    —No pasa nada, es que no me gustan las tormentas. Me asustan —explicó Nuria.

    Lorena se fijó en la expresión de su amiga y comprendió que estaba pasando un verdadero mal trago.

    —No lo sabía… —se excuso y vio a Nuria quitarle importancia con un movimiento de cabeza—. De verdad que lo siento —insistió.

    Y era cierto que lo sentía. Mucho. ¿Cómo podía ignorar que a Nuria le asustaban las tormentas después de más de seis años viviendo juntas? Realmente debía de ser la peor amiga del mundo.

    —No te preocupes. —Nuria estrechó su brazo, la acercó a ella y sonrió picardía—. Se te ve feliz y hacía tanto que no te veía así que el remojón vale la pena. Además, solo de pensar lo que diría Miguel si me viera de esta guisa ya me doy por satisfecha —susurró a su oído.

    Las dos rompieron a reír, detenidas bajo el chaparrón, hasta que un trueno apagó de golpe las carcajadas de Nuria.

    —Venga, démonos prisa que esto no me hace ninguna gracia —pidió mientras tiraba de ella y miraba a sus amigas con evidente preocupación en la mirada.

    Caminar bajo la lluvia con aquellos tacones y en un camino pésimamente asfaltado y sin más iluminación que la de los relámpagos no era tarea fácil, pero la casa iluminada que habían visto desde el coche no estaba demasiado lejos y mientras se iban acercando la lluvia fue perdiendo intensidad hasta convertirse en poco más que una molesta llovizna. Aun así, ni los truenos ni los relámpagos cesaron en los más de quince minutos que tardaron en recorrer la distancia que las separaba de aquel lugar iluminado que, ya no había duda, era una especie de hostal o, quizás, un hotel rural, en vista del lugar en el que estaba. 

    Pero cuando al fin parecía que estaban a punto de llegar, encontraron unas enormes barreras negras que cerraban en el paso y en las que, hecho con la misma forja de la verja, se podía leer «Sombra».

    Las cuatro se quedaron de pie frente a la barrera que las separaba del edificio de tres plantas que habían creído que sería un refugio seguro, o, al menos, un buen lugar en el que pedir ayuda. Pero, a pesar de la barrera, Lorena no podía apartar la vista de la construcción de altas y gruesas paredes encaladas, resaltadas por la iluminación que procedía del interior. El edificio, que siguiendo la típica arquitectura ibicenca parecía estar hecho de cubos de distintos tamaños adosados entre ellos para crear un conjunto al mismo tiempo caótico y armonioso, estaba a unos cincuenta metros de distancia. Y Lorena sentía la necesidad de llegar hasta él, ya no solo en busca de alojamiento o de ayuda, sino de algo más que no entendía de dónde provenía o qué era.

    —Es extraño, si hay tanta luz es que está abierto, pero estas barreras… —se quejó Sonia, con evidente desánimo.

    —Quizás tendríamos que volver al coche —dijo Nuria, que cada vez parecía más cerca de entrar en pánico.

    —Ni hablar. Las barreras solo son barreras y no quieren decir nada —dijo mientras recorría la distancia que la separaba de la verja y empujó hasta que se abrió sin protestar.

    —¡Qué bien, está abierto! —Nuria se puso enseguida a su lado y tiró levemente de ella para que empezara a caminar hacia el que debía considerar un lugar seguro.

    —¿Esto no es allanamiento de morada? —preguntó Patricia desde detrás de ellas.

    —Ese delito no existe en España —explicó Sonia, tirando de Patricia para que caminara con ella—. Ves demasiadas películas americanas.

    —Si esto fuera una película americana, siendo hoy Halloween y con la tormenta… —empezó a decir Nuria, pero Lorena tiró enseguida de ella y la obligo a seguir caminando.

    —¡No digas tonterías! —se quejó, poco dispuesta a que sus amigas le fastidiaran la aventura—. Esto no es una película americana, ni mucho menos de esas. Esto es nuestra aventura.

    —¡Cierto! —dijo Sonia, de nuevo animada—. Además, ¿cuántas de esas pelis pasan en Ibiza? Ninguna.

    —Supongo que tenéis razón —admitió Nuria.

    —Pues claro que la tenemos.

    —Chicas —llamó Patricia y provocó que todas se pararan de golpe—. Este lugar es precioso —dijo a la vez que señalaba hacia la fachada que tenían enfrente.

    Habían estado tan absortas en la conversación, y seguramente tan asustadas como la propia Nuria estaba, que ninguna había prestado atención alguna al edificio hacia el que caminaban. Pero ahora que lo tenían enfrente, y gracias a la iluminación que procedía de las ventanas, Lorena comprendió que de ninguna manera ese lugar podía ser el escenario de una de las películas de terror a las que se refería Nuria. Ni tampoco un hostal. Más bien parecía una antigua finca señorial reconvertida en hotel rural. 

    Aún con toda la sencillez que las líneas rectas y el color blanco le otorgaban a la construcción, el edificio estaba cuidadosamente conservado. Numerosos detalles, propios de la vida en el campo de la isla o de la artesanía local, decoraban el pequeño porche que rompía la sobriedad de la entrada y enmarcaba un enorme portal con dos gruesas puertas de madera labrada y decoradas con sendos llamadores de forja. A cada lado, dos aros de metal en las paredes, que debían de haberse usado para atar a los animales de tiro, recordaban el carácter rural del lugar.

    —No me hubiera importado que la oferta incluyera un hotel como este —murmuró Sonia.

    —Bueno, ahora estamos aquí, que es lo que cuenta.

    Lorena avanzó hacia la enorme puerta y, sin pensarlo, la empujó igual que había hecho con la barrera. Y, del mismo modo, la puerta cedió sin esfuerzo, abriéndose ante ella, que se encontró frente a frente con un alto y atractivo hombre que la miraba con expresión sombría.puerta cedió sin esfuerzo, abriéndose ante ella, que se encontró frente a frente con un alto y atractivo hombre que la miraba con expresión sombría.

  • Crónica del primer encuentro. Parte IV: Cuando los mundos se tocan

    Crónica del primer encuentro. Parte IV: Cuando los mundos se tocan

    💫 Si todavía no has leído la tercera entrega, puedes hacerlo aquí: El idioma del silencio

    Los ojos de Erion estaban muy abiertos, más de lo que lo habían estado en ningún momento hasta entonces, y las dos lucecitas que parecían estar encerradas en su interior, y que antes habían encogido hasta casi desaparecer, ahora habían crecido hasta ocupar prácticamente todo el espacio negro que las rodeaba, otorgándole a su mirada felina una nueva apariencia, desconcertante e hipnótica por igual. Amanda, mientras tanto, permanecía muy quieta, tal y como su nuevo amigo le había pedido, esperando a sentir algo extraño, por leve que fuera. Pero ella no sentía nada, salvo fascinación por aquel par de ojos que ahora brillaban con fuerza, hasta el punto de iluminar tenuemente la habitación. Ninguna sensación, ni un leve cosquilleo, delataba el escrutinio interno al que Erion la estaba sometiendo y al que ella, gustosa, se había ofrecido. La única prueba del experimento, como él lo había denominado, era, en todo caso, el cambio en los ojos de su amigo, y su gesto ausente, casi vacío, como si él se encontrara en un lugar muy lejano de allí donde estaba su cuerpo.

    —Es posible —murmuró Erion, aún abstraído, y pilló a Amanda, que dio un brinco al oír su voz, completamente desprevenida—. Quizás sí que seas tú quien me ha traído.

    —Entonces… —empezó a decir Amanda mientras contemplaba absorta como los ojos de Erion se apagaban lentamente para volver a la normalidad—. Si es así —musitó—, todo esto es culpa mía.

    Amanda se sintió de golpe muy culpable, como si hubiera cometido el más atroz de los crímenes, pero, al mismo tiempo, no pudo evitar que una nueva emoción, placentera y reconfortante, se instalara dentro de ella. Era una emoción pequeña, contenida, instalada discretamente en el centro de su tripa, igual que una burbuja jugueteando en la boca de su estómago.

    —No creo que sea tu culpa —dijo Erion, cuyos ojos habían vuelto ya a la normalidad, aunque su rostro parecía aún vacío y absorto—. En todo caso, fue tu deseo el que hizo yo te encontrara. Lo deseaste con tanta fuerza, que sucedió.

    —Pues fue mi culpa —sentenció ella, enfurruñada y sintiendo que la culpabilidad iba a tragarse la burbuja que instantes atrás había crecido en su vientre. Pero la risa musical y aguda de Erion la sorprendió y la burbuja de su interior saltó, aumentó de tamaño y la reconfortó.

    —Algo muy extraño debe de haber ocurrido realmente con los humanos si te sientes culpable por lo que ha pasado —Erion subió a la cama de Amanda y apartó con suavidad el cabello que le cubría el rostro—. Los orastes somos guardianes, Amanda. Nosotros nos ocupamos de cuidar y acompañar a aquellos que nos necesitan, y, según cuentan las leyendas, los primeros seres de los que cuidamos fuisteis vosotros, los humanos.

    —Pues no debisteis hacerlo muy bien si desaparecimos —murmuró Amanda, que aún no sabía si sentirse culpable o reconfortada por la presencia de Erion en su dormitorio.

    —Bueno, eso es lo que dicen las leyendas —explicó Erion—. Ni nosotros supimos cumplir bien con nuestra labor, ni vosotros con la vuestra, y ambos fuimos castigados.

    —¿Castigados? —preguntó Amanda, incapaz de ocultar su sorpresa y cierta indignación. Nunca había entendido los castigos, y eso que ella era una experta en ellos, pero pensaba que más que para prevenir nuevos desastres servían para provocarlos. No, definitivamente no creía que ningún castigo sirviera para absolutamente nada.

    —Sí —dijo Erion, asintiendo—. Vosotros a desaparecer y nosotros a hacernos cargo de cualquiera que necesitara de nuestra ayuda, así fue como, según las leyendas de mi pueblo, nos convertimos en lo que ahora somos, en guardianes.

    —¿Y cómo es eso de ser un guardián? —preguntó Amanda, llevada por la curiosidad, y Erion se encogió de hombros, resignado.

    —Bueno, es un castigo —dijo muy bajito—. Según mi amigo Arelin es como ser un criado. Te necesitan, te llaman, no puedes resistir la necesidad de acudir, vas, haces lo que tengas que hacer, y regresas. No es algo que se pueda elegir, ¿sabes?

    —¿Por eso crees que estás aquí? —dijo ella y Erion asintió—. Entonces, ¿soy tu castigo?

    La curiosa risa de Erion llenó de golpe la habitación y Amanda pensó que realmente ese sonido era el más alegre que jamás había oído.

    —Quizás Arelin pensara eso, aunque no lo creo —respondió Erion, acercándose a ella—. Es posible que esté aquí porque soy un oraste y tú, sin saberlo, me has llamado; pero no te considero mi castigo, sino mi amiga. Igual que tú, desde el primer momento, me has considerado tu amigo y has querido ayudarme sin reparos.

    Amanda asintió, llena de alegría, mientras la burbuja que había nacido en su estómago crecía hasta llenarla por completo. Por primera vez en mucho tiempo ya no se sentía sola, ni rara, ni rechazada. Al fin, había encontrado un amigo y no conocía palabras suficientes para expresar la alegría que sentía, así que, en lugar de decir nada, saltó sobre Erion y le dio un abrazo. Por un instante sintió la suavidad de su piel, la firmeza de sus estilizados brazos en torno a ella y el sonido de su risa, pero, de repente, y sin previo aviso, el sonido de la risa de Erion fue disminuyendo al mismo tiempo que sentía como su cuerpo se estaba evaporando entre sus brazos.

    —¿Erion? —preguntó, asustada, apartándose, pero él parecía querer retenerla cerca—. ¡¿Erion?!

    —Amanda —escuchó decir a Erion, pero su voz sonaba ya lejana—. ¡Está ocurriendo otra vez! ¡Amanda!

    —¡Erion, no te vayas! —gritó, mientras veía diluirse en el aire el cuerpo de Erion—. ¡Erion! Eres mi amigo… No puedes irte así… —dijo, y su voz se mezcló con el llanto.

    —¿No era eso lo que necesitabas, Amanda? —preguntó Erion y su voz sonó en la distancia mientras su cuerpo no era ya más que una leve sombra de trazos negros y blancos—. ¿No era un amigo lo que querías?

    Amanda asintió, incapaz de hablar, mientras entre lágrimas veía a su amigo desaparecer.

    —¿Volveré a verte? —preguntó, pero un murmullo que no fue capaz de comprender fue la única respuesta.

    Se enjugó las lágrimas y buscó en la oscuridad de su dormitorio, pero Erion ya no estaba. No había ni rastro de su presencia y, por un instante, viéndose en la cama sentada, pensó que tal vez aquello no había sido más que un sueño, aunque, de inmediato, alejó esa idea de su cabeza. Era imposible que su mente hubiera creado tal historia, ni en sus mejores días podía imaginar tales cosas: un ser del que nunca había oído hablar, que pertenecía a una especie de guardianes, los oraste, y que vivían en un mundo con más de una luna por más tiempo del que ningún humano era capaz ni de imaginar. No, ella no había podido imaginar eso, y, por lo tanto, Erion era real. Siendo así, seguro que, de algún modo, ella lo encontraría.

    Fin

    …De momento…

La Enésima

Aquí cultivo letras, a veces nacen historias

Saltar al contenido ↓