Pues ya lo entendí.
No estaba bloqueada. No lo estoy. Nunca lo estuve.
Estaba asustada.
Aterrada.
Me daba pánico quedarme sola.
Pero no sola de cualquier manera, sola sin vosotros.
Porque os quiero, con toda el alma. Tanto, que he sido capaz, durante años, de rechazar lo que hago, de esconder lo que soy, para ajustarme a lo que debería ser.
Ocurre, no obstante, que yo os quiero tal y como sois. Con luces, sombras, verdes, ocres, rojos, burdeos… No importa si hay partes que me gustan más y otras menos, lo que amo es el conjunto que a cada uno hace ser exactamente lo que es. Mejorable, sí. Pero único.
Por lo visto, os quiero aunque me rechacéis.
Y por eso ajusté mis horarios para que la escritura no fuera motivo de fricción. También borré los «no puedo, tengo que escribir». Ajusté mis momentos de abstracción mientras se forja una historia, un personaje o un paisaje para que no os incomodaran, o, en todo caso, lo hicieran menos. Por último, amplié mis temas de conversación y aparté todo lo relativo a mis historias, mis personajes, mis letras.
Y fue bien.
Fue tan bien, que todos hemos olvidado esos años de fricción, cuando sí escribía, cuando yo era feliz, pero todos los demás no.
Pensé que era un cambio menor. Al final solo se trataba de apartar un poco una actividad, entre todas las que llevo a cabo a lo largo de un día. ¿Qué podía pasar?
Lo que entonces no sabía es que escribir, mira por dónde, no es solo algo que hago, es algo que soy.
No es optativo, ni siquiera premeditado. Por no tener, generalmente, no tengo control siquiera ni sobre lo que escribo. Sale lo que sale, cuando sale, y luego ya yo lidio con ello.
¿Cómo es eso posible?, gritan algunos, con las manos en la cabeza. Son en su mayoría gurús del manual de escritura, de la técnica estructural.
No tengo respuesta a su pregunta. Ya quisiera yo ser de esos autores de mapa, de calendario y horario regulado. De los de palabras por día y fecha de entrega cerrada. Y juro que lo he intentado, para muestra los cursos y cursos de escritura durante estos años de sequía, de supuesto bloqueo —ese que, en realidad, era pánico—.
Resulta que no escribo lo que quiero ni cuando quiero. Nunca lo he hecho. Digo más, ni siquiera escribo solo cuando escribo, lo hago todo el maldito rato: cuando cocino, cuando me ducho, cuando estudio, cuando hablo, cuando leo, cuando duermo, cuando te miro…
No es opcional, ni domesticable, porque no es una actividad —ni mucho menos una afición—, es una forma de ser, una naturaleza, una esencia. Digamos, gramaticalmente, que es un atributo y no un mero complemento del nombre. ¿Se entiende mejor así la diferencia?
Adaptarme, como llevo años haciendo, es sinónimo de rechazarme.
Y por eso no escribía, porque si escribir es lo que soy —no solo algo que hago—, cómo demonios voy a hacerlo desde el rechazo. Es lógico que yo misma huya de mí si tanto me desprecio.
He tardado años en comprenderlo. Demasiados. Y sigo teniendo miedo. Y os sigo queriendo. Pero resulta que, por más que haya intentado rechazarme a mí misma, he comprendido que a mí también me amo.
No quiero quedarme sola. No quiero perderos. Nadie quiere perder a quienes ama. Pero en el camino hasta aquí, a costa de tratar de mantenerme a vuestro lado, casi me he perdido a mí misma.
Por suerte, porque incluso en los desiertos, de tanto en tanto, llueve, en este tiempo también he descubierto que me gusta estar conmigo. Me gustan mis mundos, mis personajes, mis paisajes…
Me gusta tanto ese mundo interior, que exteriorizo cuando escribo, que, aunque al aceptarme sin tabúes ocurriera lo peor, por más que doliera la pérdida, jamás me quedaría sola porque, con o sin mi consentimiento, en mi imaginación habitan multitudes.




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