Imagina que el mundo es,
por una vez,
un lugar apacible.
Un sitio amable.
Un mundo sin absurdas prisas,
ni el ensordecedor ruido —ni el olor a carbonilla—
de los malditos coches.
Un lugar donde, de noche, se ven las estrellas
y hasta la vía láctea,
si es que aguantas despierto hasta justo antes del alba.
Uno donde el bosque fuera bosque
y el prado, prado
y el mar, mar
y no vertedero.
Algunas noches despierto allí
y oigo cantar los grillos,
que habitan en mi memoria,
tan llena de veranos de cielos estrellados,
limpias mañanas silenciosas, con olor a café
y a rodajas de sandía,
y de baños en un mar,
que era solo mar todavía.
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