El cielo es demasiado azul para estar triste. No pega. La tristeza, a mi parecer, es más cosa de estaciones frías, de cielos grises y días cortos. Pero el estado de ánimo no me ha dado a elegir y estoy triste ahora.
He pasado el día dándole vueltas a la causa de esta tristeza a destiempo y no he conseguido nada, salvo confirmar su existencia. Tal vez, me digo, es una de esas tristezas sin una única causa, sino fruto de motivos variados y de tamaño e intensidad diversa, pero que, al acumularse, son capaces de causar estragos.
Sí, una tristeza veraniega de este tipo tiene que tener, por narices, más de un único origen. Quizás se deba, me digo, a que es el segundo verano que empiezo la estación sin acudir a las verbenas que lo festejan. Por segunda vez consecutiva no ha habido conciertos en la plaza, ni vasos con pomada, ni hamburguesas del club de esplai municipal. Y sin su inicio tradicional, quién sabe, hasta puede que el propio verano no se haya dado cuenta de que ha empezado.
Tampoco ha habido este año —y eso sí que se me hace raro— exámenes de junio. La falta de salud no solo priva de lo bueno, también de lo ritual, lo extraño y lo malo, sea donde sea que encajen los exámenes en esa categoría. Pero sin el acostumbrado trámite académico, cómo va a saber el verano que ha empezado.
Y es seis de julio cuando escribo esto —seis ya— y tampoco ha habido playa todavía. Ni paella junto al mar. Ni botella de vino blanco, de ese que sube a la cabeza aunque entra demasiado bien para darse cuenta. Y no es que eche en falta la arena, que se mete por todas partes, pero sí el agua salada, y ese cansancio al final del día, que, no sé cómo, pero es pura medicina.
Pero, claro, tampoco ha habido paseos en moto. Ni mucho menos bicicletas. Ni largos paseos al caer la tarde. Ni granizado de limón. Ni polos de menta. Si son tantas las cosas que faltan, es, de hecho, imposible que el verano sepa que hace ya más de dos semanas que ha empezado.
De esta guisa, por más azul que sea el día y elevadas las temperaturas, no es de extrañar que la tristeza asome, como en cualquier estación. Si ni el propio verano se ha dado cuenta, cómo va a saber la tristeza que el verano ya ha empezado.




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