Todo lo que no vuelve a casa conmigo

Cualquiera diría últimamente que solo escribo los lunes, pero, creedme, no es logística, son circunstancias.

Resulta que, tras no poco esperar, al fin la semana pasada se hizo público y oficial lo que tanto deseaba: me han concedido el traslado a Mallorca, y, por fin, tras seis añitos, podré volver a casa.

Y, más allá de celebrar y contarlo, he necesitado tiempo para asumirlo. Se cierra una etapa, bonita pero dura, y, aunque el cambio sea para bien, todos estos cambios suponen cierto duelo y a mí, que soy de género sensible, me dejan en una suerte de estado de shock en el que no soy del todo operativa.

Hay quien puede llamarme exagerada y decir que la distancia entre mi hogar e Ibiza no es tan grande como para justificar ni tanta nostalgia y añoranza antes, ni ahora tanta alegría. Y es verdad, estamos a veinte minutitos de avión o dos horitas de barco. Un suspiro.

Sumémosle al argumento anterior que no he tenido que marchar a un lugar terrible, sino más bien a un paraíso, de precios imposibles, sí, pero igualmente paraíso. Además de la cuestión de que nadie me echó sino que me fui, digamos, por voluntad propia. Y también tendrían razón.

Pero es que seis años dan para muchas cosas y no tengo claro que la persona que vuelve sea la misma que se fue ni que el lugar al que regreso sea el mismo de antes. Al fin y al cabo, los lugares son más que espacios físicos, también son las personas que los habitan, y algunas, como mi padre, ya no están.

Así que si echo la vista atrás y pienso en los objetivos que me marqué una década atrás, después de que la vida me venciera por K.O. y me dejara desparramada y malherida en un ring en el que ni siquiera sabía que competía, parece que he cumplido la mayor parte: me he mantenido con vida tras un ajuste quirúrgico en mi corazón averiado y me he reconstruido profesionalmente, adaptándome a las circunstancias que mi salud requería.

El balance es bueno. Mucho, diría. Pero el precio ha sido alto. Mucho más de lo que imaginaba. Tanto que ahora que estoy aquí, todavía con confeti en el pelo, no puedo evitar preguntarme si ha valido la pena, si no habría sido más enriquecedor apostar por el otro camino, el que no me alejaba de casa, el que me permitía disfrutar durante esos diez años de las personas que quería y que ahora, cuando vuelva a casa, ya no estarán para recibirme; que ya no han estado para celebrarlo.

No tengo respuesta.

Por supuesto, cuando tomé la decisión de cambiar de profesión y apostar por una estabilidad que requeriría renuncias en el corto plazo pero que valía la pena a la larga, lo hice muy segura y convencida. Mi entorno me empujaba a ello. Es más, en algunos momentos parecía el único camino posible, la única opción aceptable.

Y dejé de escribir. Y de salir. Y de soñar. Me centré en los estudios, en el baremo, en los puntos. Me convertí en una máquina con un objetivo claro que no veía más allá de la meta fijada. Y si para conseguirlo tenía que irme a Ibiza, me iba. Y si hubiera tenido que irme a la Antártida, allí me habría ido.

Y por el camino quedaron muchas cosas. Muchas. Y personas. Incluso puede que partes de mí.

Todo para poder volver algún día a casa, con estabilidad y tranquilidad, para poder vivir feliz, estar con los míos, salir, disfrutar, quizás, quién sabe, volver a escribir.

Por supuesto, no imaginaba hasta qué punto se me secaba el alma cada día. Tampoco que de los míos, al volver, ya no estarían todos, que salir ya no apetecería y eso de disfrutar, bueno, quizás tenga que intentar volver a aprenderlo. Igual que a escribir.

Lo peor es que esa estabilidad anhelada que me daría la tranquilidad necesaria, según los planes, por supuesto, nunca ha dependido de mí ni de lo que yo haga. Porque yo ahora volveré a casa, sí, con un trabajo soñado estable y maravilloso, pero el mundo, otra vez, está en llamas. Y nadie sabe qué puede pasar ni cuánto puede durar esta nueva maldita guerra ni las consecuencias que puede tener, porque la realidad es que nunca nadie sabe nada. Nada. NA-DA.

No solo eso. Es que ahora es esta guerra, igual que hace unos años fue otra —que, no lo olvidemos, todavía dura— y antes la pandemia. ¿Cómo vamos a saber qué puede pasar mañana? ¿Cómo calcular el tiempo que tenemos para estar con las personas que queremos, para hacer lo que amamos? ¿Con qué criterio postergar una cosa en pos de otra?

No me malinterpretéis, no me arrepiento de lo que he hecho, porque me encanta lo que he conseguido. Adoro mi trabajo y el curso que viene podré ir a trabajar caminando o en bici, o, si llueve, en tren o en bus, y a comprar al mercado o a pasear por mi ciudad, de la que siempre he estado enamorada.

Soy feliz con lo que he conseguido, pero es imposible no pensar en si habría podido haber otra manera, otros caminos, ni mejores ni peores pero que condujeran a la felicidad igualmente. Quizás no a la misma, sino a otra, formada por otras piezas.

A lo mejor resulta que la felicidad no es un proceso, como decía Aristóteles, sino un puzle compuesto por distintas piezas, algunas mejores que otras, pero que colocadas juntas crean una hermosa forma. Un puzle que, para poder mostrar la belleza que esconde, implica elecciones y renuncias. Al final, quizás la cuestión no es tanto qué dejas o con qué te quedas sino la armonía del conjunto. Tal vez, quién sabe, existan tantas felicidades como combinaciones de piezas posibles.

En cualquier caso, esta es mi posición en este momento: feliz por lo logrado pero consciente de su precio. En algo similar al estado de shock, sin ser del todo operativa todavía, y asimilando todo lo que se ha quedado por el camino y todo lo que tendré que volver a aprender en esta nueva etapa de mi vida.

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