Por placer, para calmar la mente, para entender el mundo, para ordenar ideas, para escapar de la realidad, para comprenderla, para fijar recuerdos, para revivir momentos, para imaginar situaciones que de ningún otro modo pueden suceder… Estos son solo algunos de los motivos que se me ocurren para escribir. Aunque me consta que hay muchos más.
Por eso no puedo entender que estos días atrás, con motivo de la festividad del libro, en muchos medios escritos diversos articulistas —algunos de ellos escritores profesionales y otros tantos académicos, pero, en su mayoría, periodistas— resaltaban la enorme cantidad de libros publicados en la actualidad, en un mercado, decían, saturado, en el que no hay lectores para tanto libro. Y, además, se llevaban las manos a la cabeza porque —menuda desgracia— hoy en día todo el mundo conoce a alguien que escribe. ¡Cómo puede ser eso!
No deja de maravillarme que la mayoría de las digresiones opinadas que leí pensaban en la escritura solo como una actividad económica, es decir, de la que sacar un rédito, como si nada que no implicara la posibilidad de un futuro provecho monetario pudiera valer en modo alguno la pena.
Pero lo que más me alucina es que esas personas —en su mayoría señores, aunque no sé hasta qué punto el género es importante aquí salvo porque en la mayor parte de la historia este tipo de actividades intelectuales las han practicado, mayormente, hombres— parecían incapaces de pensar que hay más motivos para hacer cualquier cosa más allá que el simple lucro.
En justicia debo decir que algunos aludían también al postureo, sí, así tal cual, como causa probable del auge escritoril del ciudadano de a pie. Ya sabéis, eso de planta un árbol, trae un hijo al mundo y escribe un libro, que, por lo visto, sigue dando caché y siendo sinónimo de una vida plena.
Pero, por lo visto, nadie —al menos no que yo leyera— defendía la escritura como una afición placentera, como quien hace ganchillo o se dedica al cuidado de las plantas o, yo qué sé, juega a rol o a videojuegos. Las referencias al goce, a la satisfacción, al disfrute en una actividad como esta de escribir brillaban por su ausencia.
Qué vida más triste, pensé, la de estas personas incapaces de contemplar el placer y de pensar solo en términos de logros, éxito y, por supuesto, dinero. Pero, de pronto, me di cuenta de que esa no es más que la esencia destilada del espíritu de los tiempos que vivimos.
Unos tiempos en los que tener un blog como este, tipo diario digital, es, según la inteligencia artificial, una actividad vintage. Porque, claro, ahora, lo que se lleva son los vídeo diarios. Que, oiga, muy respetables me parecen, igual que lo fueron en su día los cilindros de cera que usaba en Drácula el Dr. John Seward para sus anotaciones sobre el comportamiento de Renfield. No obstante, el medio no debe desmerecer la práctica. O, al menos, no necesariamente.
Esto de priorizar el fin —y que este siempre sea económico o de prestigio, que suele redundar en lo anterior— explica, muy a mi pesar, qué está pasando con géneros como la diarística, la autoficción o la llamada literatura del yo, que, de tanto etiquetarlos, han acabado convertidos en fórmulas carentes de originalidad. Quizás si la práctica fuera por goce —o necesidad de expresión, o de entenderse a uno y al mundo, o de búsqueda de belleza, o de reflexión— otro gallo cantaría.
Un poco igual ocurre con la ficción. A base de etiquetas y fórmulas nos estamos cargando la diversión —prefiero no hablar de calidad, porque ese es otro tema— tanto de leer como de escribir.
Ojo, que no estoy defendiendo la ignorancia del autor. La narratología es una materia que merece todos mis respetos y que, por cierto, me encanta. Pero tengo la costumbre de dejar todos los manuales en la estantería cuando me siento a escribir. Y creo firmemente que lo contrario no es escribir, es otra cosa.
Particularmente, me declaro en rebeldía. Me niego a escribir por nada que no sea placer o pura necesidad, que son los motores que comúnmente me empujan, indistintamente, a coger el boli o a aporrear teclas.
No consideraré más la escritura oficio, a lo sumo, artesanía, por aquello del perfeccionamiento a través de la práctica. Digo más, nada que no sea pasión conducirá jamás mis letras, con independencia de que queden fijadas en un blog, un cilindro de cera, un libro, electrónico o de papel, o en un video diario cualquiera.




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